Fernando Pessoa

LIBRO DEL DESASOSIEGO
Fernando Pessoa

Edición de Manuel Moya

Hoy parece conjurarse todo para que la jornada sea mágica. Abres el libro que recibes, suena en el estudio el Concierto nº 5 de Beethoven, y lo que lees y lo que escuchas forjan en tu interior un “alguien” que eras o no eras antes, que serás o no serás después. Y si, como dice Pessoa, ese “alguien te dijera que todo esto es falso y absurdo, no le creas. No creas tampoco lo que yo te diga, puesto que no debes creer en nada. Desprécielo todo, pero de manera que ese desprecio no te incomode. No te tengas por superior a quien desprecias. El arte del desprecio noble consiste en eso. Volver puramente literaria la receptividad de los sentidos y las emociones, cuando acaso parezcan inferiores, convertirlas en materia aparecida para con ella esculpir estatuas de palabras fluidas y lambentes”. 
Manuel Moya, tan sólido en todas sus entregas literarias, sean de poesía, novela, ensayo o artículo, ha traducido, editado y prologado “Libro del desasosiego” de Bernardo Soáres, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa (Ed. Baile del Sol), “uno de los proyectos más persistentes y complejos del poeta que constituye en sí mismo toda una literatura”. María José de Acuña le pregunta qué aporta su traducción; Moya responde que “Pessoa ha contado con traductores fantásticos, como Llardent, Campos Pámpano o Crespo. Muchos lectores lo descubrimos en esta espléndida versión en Seix Barral. Pasa que Crespo murió antes de que “Libro del desasosiego”, hecho con fragmentos dispersos, fuera revelado entero. Después vino la edición de Cuadrado, en Acantilado, que sigue la de Zenith para Assírio & Alvim (Lisboa, 2003). Mi versión aporta texturas más abiertas o literarias; sobre todo hay en ella una ordenación propia”. 
Dice Pessoa: “A muchos les parecerá que mi diario, hecho para mí, es artificial en exceso, pero es en mí natural ser artificial. ¿Con qué otra cosa habría de entretenerme, pues, si no fuera con escribir cuidadosamente estos apuntes espirituales? Por otra parte, los escribo con descuido. Del mismo modo, con ese mismo descuido por el refinamiento los agrupo. Soy alguien para quien el mundo exterior es una realidad interior. No siento esto metafísicamente, sino con los mismos sentidos por los que conocemos la realidad”.
Manuel Moya cree que la obra es una referencia ineludible en la literatura del siglo XX. Desde su aparición, ha ido creciendo, sacralizándose con cada edición. Es un texto inagotable sobre el que no cabe la indiferencia. La concepción inacabada y abierta de sus fragmentos, su sentido confesional, que muestra en su desnudez a un hombre radicado en su soledad y abismado en su realidad interior, pero indemne en su integridad; esa imbricación entre sueño y realidad que sustancia un territorio emocional que surge de una experiencia vital, pero, sobre todo, el canto de un individuo consciente de su intransferible existencia, hacen que su lectura sea una experiencia única para el lector, que asiste a la aventura de un hombre emboscado en sí mismo, y que a través de su mirada nos introduce en un universo concreto y abstracto, real y simbólico, donde cielo, infierno y purgatorio se entrelazan, entran en conflicto, se neutralizan, iluminando un espacio en el que conviven la miseria y la grandeza humanas. 
A la magia se suma Lorca cuando dice: “¡Qué extraño que me llame Federico!”, para seguir con Pessoa: “¿A qué asisto cuando me leo como si leyera a un extraño? ¿En qué orilla estoy cuando me miro en el fondo? Otras veces me encuentro con fragmentos que no recuerdo haber escrito -lo cual me sorprende poco- […] Ciertas frases son de otra mentalidad”; y Juan Ramón desde la hondura de su ser, cuando Pessoa expresa: “Soy más viejo que el Tiempo y que el Espacio, porque soy consciente. Las cosas derivan de mí; la Naturaleza entera es la primogénita de mi sensación. Busco y no encuentro. Quiero y no puedo. Sin mí, el sol nace y se apaga; sin mí la lluvia cae y el viento gime. No son por mí las estaciones, ni el curso de los meses, ni el pasaje de las horas”. 
“Libro del desasosiego”, o “genio de Pessoa en todo su apogeo”, al decir de Zenith, que Moya ve como “bosque inmenso que el caminante ha de recorrer por sus propios medios”; obra, en fin, de “una de las personalidades más inquietantes, luminosas y complejas de una época”, que se fue dejándonos su legado.

© Manuel Garrido Palacios
Imagen: Perfil de Álvaro de Campos en una casa de Tavira.

VENECIA

Vista de Venecia 
(A. Danti)
Galería de las cartas
Ciudad del Vaticano. Roma

La primera vez que vi Venecia fue en París. Fui a la sede de la Unesco a visionar material filmado para ilustrar un documental acerca del, por entonces, director, Mr. Baw, y sobre el progresivo hundimiento de la ciudad de los canales y, ya metido en harina de la espléndida filmoteca que posee la institución, gasté todo mi tiempo en escudriñarla bien. Entre lo adquirido que me traje a España repicado estaban las tristes escenas del exilio republicano por la frontera francesa, secuencias inéditas de Valentín González, El Campesino, en plena actividad en el frente, las mismas que después incluí en su película biográfica, y, sin pretender meterlo todo en el mismo saco, pero que también sumé al lote, un hermoso reportaje de la R.A.I. de la visita que hizo Paul McCartney a Venecia cuando fue a dar un concierto con su grupo Wings: alas con las que parecía distanciarse de The Beatles para remontar el vuelo a solas. 
Pero lo que me quedó de aquel día parisino después de manejar miles de fotogramas fue mi deseo, vehemencia, prisa por ir a la Venecia tierra/agua que había disfrutado en la sala de edición. Y fui. Al día siguiente tenía que regresar a Madrid y lo que hice fue cambiar el billete y presentarme en la plaza de San Marcos como quien no puede más. Desde entonces no he dejado de ir para descubrirme todo eso que, con marea alta o baja, deambulando por los pasillos de madera o calzando botas hasta las rodillas, sería inútil de intentar contar. Venecia no se cuenta. Se vive. Mi entusiasmo se desbordó cuando hice un trabajo sobre la ciudad y tuve que permanecer en ella más tiempo del previsto. 
Hoy regreso a sus calles sin más bártulos que mi cámara, mi libreta y mi lápiz. Anoche dormí en la orilla continental por embarcar en el primer vapor de la mañana y adentrarme en esa calima que flota sobre el muelle al pie del Puente de los Suspiros, que hace que creas que aún duermes por el sueño en el que te ves envuelto. 
Se sabe que Venecia es un archipiélago de ciento y pico de islas y que puedes recorrer en el vaporetto interno después del largo paseo por las fachadas de sus palacios. Antonio Vivaldi está presente en elegantes cartelones beiges y rojos que anuncian los Conciertos de Violoncello y los de Violín, aparte de otros sones que te retrotraen en el tiempo. Y previo a toda música, la campanella de la gran torre y su tañido, los bronces de la Catedral con los suyos y el corazón, que acelera los propios ante tanta emoción reunida en un solo marco.
En Venecia me viene a la mente lo que dijo el gran poeta de Denia, Manuel Vicent: «La Eternidad puede esperar un poco».

© Manuel Garrido Palacios

Leonardo da Vinci en el paro







LEONARDO DA VINCI
(posiblemente estaría en el paro)







“¿Sería Leonardo da Vinci un buen candidato según las pautas actuales de los reclutadores? 

Después de leer varios artículos escritos por técnicos de Recursos Humanos y reclutadores, termino con la impresión de que el nivel de exigencia en los curriculum vitae aumenta proporcionalmente conforme disminuyen las posibilidades de encontrar un trabajo. Hablo del momento actual, hablo de España.
Por una parte aconsejan organizar el CV, resaltar cualidades y lograr diferenciarlo de la inmensidad de similares. Una vez generado el contenido, nos sugieren darle el valor añadido del diseño: “ha de ser atractivo”. Atractivo como se sabe, es un concepto cargado de subjetividad, por lo que cabe cuestionarse si contará para el reclutador que el diseño sea propio, generado una aplicación automática o por algún buen amigo.
Dejando abierta la cuestión, quería centrarme en el paso previo a la ansiada llamada de teléfono para la entrevista, es decir, en el proceso de selección donde un CV es considerado candidato o es descartado directamente.
Leo la siguiente declaración de un técnico de selección: "Si en los últimos 4 años has estado enfocado en otro tipo de trabajo, eso me indica que has cambiado tus preferencias y que seguramente no tendrás, al 100%, las competencias requeridas". 
Y me pregunto: con el estrecho margen que dan las dos carillas de un folio, ¿cómo podemos demostrar que quizá antes de esos últimos cuatro años sí hemos desempeñado las competencias requeridas y que aún valemos para ello? Para determinados entornos tecnológicos es cierto que se necesita una constante actualización de conocimientos, por la rápida evolución de los lenguajes y sistemas. Pero no es generalizable.
Hay trabajadores que, desde un primer momento, se han especializado en un skill concreto o en un sector muy específico del mercado laboral. Ésos no van a tener problemas en ser rápidamente ‘clasificados’ por el sistema.
¿Pero qué ocurre con las vidas laborales que tienen varios frentes abiertos? En muchos casos es un factor que suele jugar en contra. A primera vista, el técnico de recursos humanos suele pensar que el trabajador no se ha encaminado ‘correctamente’ y que esos varios frentes son una muestra de dispersión en la búsqueda de objetivos.
¿Pero por qué un CV puede llegar a ser ‘disperso’?
En primer lugar puede ser cuestión de suerte o de necesidad. No estamos viviendo una época de oportunidades y a veces hay que aceptar trabajos de poca monta en un compás de espera (con el consabido 'enturbiamiento' del CV).
Pero por otra parte, puede ser cuestión de versatilidad o de inquietud interior. Quizá quien haya sido capaz de ponerse unas botas de agua o de manejar maquinaria pesada, si luego ha sido igualmente capaz de ponerse un traje de chaqueta y trabajar en la gestión de una empresa, esté reflejando unas aptitudes humanas que vayan más allá de las que describan dos folios llenos de tecnicismos.
Me pregunto si estamos encaminándonos a una sociedad sistematizada y rígida donde la esencia de las personas no tenga cabida.  ¿Sería descartado en nuestro siglo el CV de Leonardo da Vinci? ¿Aceptaría un reclutador que una misma persona pudiera ser igual de brillante como pintor, como científico, como arquitecto, como botánico o como ingeniero?”

© Selene Garrido (Bióloga)

Modigliani


Amedeo Clemente Modigliani
(Livorno 1884 · París 1920)
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Portrait de Paul Guillaume
 (1915)
►
Portrait de femme au chapeau
 (1917)

Collection privée
Pinacothèque de Paris

PONTORMO · PICASSO



PONTORMO
(1494-1557)
Dibujos
◄

PICASSO
(1881-1973)
En el taller
►


Academia Norteamericana de la Lengua Española

Betti · Piña-Rosales · Dumitrescu
(ANLE)

La Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) presentó en Denver, Colorado, el nuevo Diccionario de la Lengua Española, en el que se incluyen términos como tuit y dron, venidos de la tecnología, y se explicó cómo su gestión permitió modificar una definición de espanglish que había desagradado a algunos lingüistas en Estados Unidos. La ANLE estuvo representada por Gerardo Piña-Rosales, director, Domnita Dumitrescu, numeraria y Silvia Betti, correspondiente. El acto se realizó el 19 de julio, durante el 97 Congreso Anual de la Asociación Americana de Profesores de Español y Portugués (AATSP), la mayor organización profesional de docentes de estas dos lenguas en los Estados Unidos, con la que la ANLE tiene suscrito un convenio de cooperación. Domnita Dumitrescu, profesora de California State University, Los Angeles, habló “Tradición e innovación en el diccionario académico” en un recorrido histórico por los antecedentes de esta magna obra lexicográfica, partiendo del Diccionario de Autoridades (1726-1739), que sentó las bases de los diccionarios posteriores de la RAE. Gerardo Piña-Rosales, profesor de The City University of New York abordó la ponencia “La 23ª edición del diccionario: Vino nuevo en odres viejos”, en la que detalló cómo se elabora un diccionario académico, sus fuentes documentales y algunas palabras que fueron aceptadas recientemente. Silvia Betti, profesora de la Universidad de Bolonia, Italia, abordó el tema del “espanglish”, tema en que es una reconocida experta. 

Cumbres Mayores · Voces de la Sierra

VOCES DE LA SIERRA
Capítulo 1º · Cumbres Mayores
Biblioteca de la Huebra · Fuenteheridos
Manuel Garrido Palacios

Lo primero que sale al paso en Cumbres Mayores es su aire de cristal: un lujo que parece quedar atrás en la mal llamada calidad de vida. Envuelto en él se observa entonces que lo mismo que en los pueblos costeros las calles van a dar a la mar, en los serranos te llevan al castillo, testigo de ese ir y venir del miedo y de las ambiciones humanas.
Un hombre que tiene su casa pegada a la muralla apoya una escalera para subir al tejado y le digo que parece que lo va a asaltar.
-Ya lo hicieron muchas veces los antiepasados -contesta-; yo sólo voy a arreglar una gotera porque esta noche ha caído la toñá, que es la primera lluvia de otoño.
Repito para mí: otoñada, otoñá, toñá. El hombre añade:
-La toñá verdadera, por San Mateo la primera; es el primer verdor que sale.
Le pregunto si no estaría mejor la muralla libre de casas adosadas.
-Hubo un tiempo que Europa lo dijo también -responde-; a mí y a los pocos que las habitamos poco nos importaría trasladarnos a una barriada con comodidades, pero Europa no dio un duro y aquí siguen; y eso que hay ya casas descorrompías.
Me ve que anoto en mi libreta la palabra 'descorrompías', que también sentí decir en Alosno, y como si se asomara a un postigo, deja a un lado la escalera y echa un ojo a lo que hago. No sé con quién me confunde, porque me dice a renglón seguido:
-¿Usted no será por casualidad...?
No dejo que termine. Le aclaro que no soy quien se figura ni por casualidad ni por nada, no sea que me tome por el que tiene que venir de Europa con los cuartos para arreglar lo de las casas en la muralla, y yo sólo vengo de mí mismo con un macuto a cuestas. Medita:
-Aunque, caso de venir el que yo digo, vendría en helicóptero para ver el pueblo desde el aire; usted viene a pie.
-Pues eso.
Dobla una campana:
-¿Sabe cómo se le dice aquí al toque de muertos?. Dar la agonía -y sin darme ocasión de hablar o de escribir, sigue-: Al que echan de una casa se le dice defuciado.
Le digo que el maestro Correas trae en su Vocabulario: ‘A buena defucia, mala desierta. Cuando uno desahució con tiempo, y después, sin más cuenta, desampara las posesiones, como si dijésemos una casa o bodega, sin entregar las llaves y cubas con sus aderezos y regalos’
Él apoya la escalera en otro punto de la muralla y ya mediada la subida vuelve la cabeza hacia mí, como despidiéndose, y con las mismas sube al tejado y se pone a arreglar la gotera que le trajo la toñá.
Para entrar en el castillo me indican que pida la llave en un bar, pero por el camino encuentro a un municipal que la trae. Le habrán dicho que había alguien interesado y el hombre ha facilitado el trámite. No sé cuántos siglos dicen unos y otros que tienen las piedras gigantescas que le dan forma a la fortaleza. Los que tengan. Hoy se ve como una cáscara hueca cuyo centro utilizan como campo de fútbol.
-Bueno, mire usted -me dicen-, es como meter una chiva en un garaje o ir a la playa vestido de penitente.
Pero ahí está el monumento, símbolo del pueblo, con su embarazo deportivo, todo un terrero acotado con sus dos porterías y sus tenderetes para refrescos y papas fritas.
Si se sube a las almenas se ve a lo lejos )Segura de León?, ayer tan vigilante, hoy mota blanca pegada al paisaje. Si se camina por los adarves y se para uno en los torreones o baja a lo que queda del patio de armas, cae en que vale la pena el viaje por poder disfrutar de esa sensación tan esquiva que es contactar con la belleza. Y además, el aire.
Me hablan de la longevidad que alcanzan algunas personas de Cumbres Mayores (la mayor de las Cumbres: las otras son la de Enmedio y la de San Bartolomé); como ejemplo nombran a una señora que acaba de cumplir cien años:
-Se han conocido casos de hasta ciento treinta. Es el aire -añaden; yo creo también que es el aire.
Unos hombres andan atareados en remover a azada una suerte de tierra. Van a sembrar ajos:
-Como ha caído la toñá estamos trabajando desde las tres de la mañana porque este primer agua es la que saca los ajos mejores. Y eso que yo acabo de salir de un culebro.
Culebro, culebrín, culebrina. Le pregunto cómo se suele curar por aquí.
-Hombre, lo mejor es ir al médico. Antes había en Cumbres de San Bartolomé una señora que escribía una oración sobre la misma piel, hoy del hombro a la mano y mañana de la mano al hombro. A un tío mío se lo curó así. Aquí en Cumbres Mayores se ponía el curandero a cortar una mata de jara y a rezar:

Por las tres caídas que dio Jesucristo
vamos a cortar y a matar este bicho.

-Dicen que si junta la cabeza y el rabo -interviene otro- la persona muere. Ese rezo del culebro viene a ser como el de la erisipela. Se curaba cortando un palo de higuera silvestre, mientras decían por tres veces el curandero y el enfermo:

Por la callejita del Tajo pasé
culebritas y sapos corté.

Retoma la palabra el primero:
-Cosas antiguas. Y el esguince se quitaba con una palangana con agua caliente y un puchero encima puesto al revés; o untando la parte mala con aceite de oliva, como en Fuenteheridos. En otros pueblos se simulaba que se cosía con aguja e hilo mientras se decía:

Coso que coso
no sé qué coso
si cuerdas torcidas
o miembro miembroso...

-En Los Molares -entra un tercero- estaba una muchacha, Angelita, no sé ya, que arreglaba los huesos estropeados así, con un puchero en la candela y haciendo como que cosía mientras rezaba sus cosas.
Camino de la residencia de ancianos en dirección a la ermita veo que hay más gente dándole al zacho en la tierra recién mojada. Huele a húmedo y la tierra que levantan oscurece su tono como si se ruborizara de saber que en su seno está la vida. Han brotado de la noche a la mañana flores malvas en la vereda, por lo que prefiero ir por el centro, pisando barro, por no turbar este despertar después de tan largo letargo. Hace tiempo que las flores esperaban este momento.
A alguien que me pinta con palabras una reliquia folklórica: la Danza de la Esperanza, que bailan niños vestidos de pajecillos (danza que dejo para un estudio posterior y que ahora me gusta que me la cuenten), le pregunto a ver si sabe tal o cual canción. No recuerda ninguna de las que digo, pero entona:

I
Pom pon.
¿Quién es?.
El señor del Redondel.
Mi señora, que ha llegado
el señor del Redondel.
Mi criada, ábrele la puerta
al señor del Redondel;
saca el chocolate y el rapé
para el señor del Redondel.
Cuando venga el señorito,
se lo contaré.
Calla, calla, replicaora,
te compraré un traje
de todas las modas.
¡Huy!, mejor quiero estar
con el culo al aire
que ser alcahueta de nadie.
II
Un pájaro con cien plumas
no se puede mantener,
y un escribiente con una
mantiene casa y mujer
y moza, si tiene alguna.

Carmen se arrima y aporta un recitado:

Hartos estamos,
gracias a nuestros amos,
ellos se vean
como nosotros estamos,
ellos de criados
nosotros de amos.
Ellos metidos en un zarzal,
nosotros sin poder huir,
y ellos sin poder entrar.
Vaya la boya
y toma la cena.
Amén.

Manuela sabe dos coplas de cuando era chica. Asegura que son muy anti¬guas, sin precisar fecha:
-Aunque no hace tanto porque yo todavía soy muy joven.

Dos niñas que paseaban
por la calle con paraguas,
se le acerca un zapatero,
que es lo que ellas esperaban.
Y del campo no lo quiere
porque le parece bruto,
que lo quiere de la villa,
aunque le parezca mudo.
La mamá se duerme,
el papá se va,
se queda solito,
¿qué resultará?

Ya puesta a revolver su memoria, señala:
-Son coplas que se hacen en el pueblo para contar lo que le pasa a algunos vecinos.
Otra mujer se une al corrillo. Carmen me advierte:
-Esa señora no es de aquí, pero, vaya...
Nativa o forastera, suelta su son: 
I
Una niña que trabaja
en la fábrica Sotero,
llegando por la mañana
va derecha al cagadero.
Una mañana temprano
se vio en un gran apuro,
empezó a pedir un papel
para limpiarse el culo.
Las mujeres de la artesa,
que son más finas que el sape,
refregaron el papel
con una bola picante.
Hay que ver el efecto
que le hizo la bola,
que le puso el culo
como una amapola.
II
Era un mudo que aquí había,
que cinco duros que tenía
los invirtió en la lotería,
por casolidad, le llegó a tocar,
y en lugar de estar
siempre follando,
se está paseando
en un nuevo aulá (coche).

Hace una pausa, se lleva la mano a la frente forzándola a recordar y al fin consigue retomar la historia para ponerle punto:

Esta niña se llegó a casar
con viudo de buen pagará,
¿de dónde sacarían
tanto instrumental,
que hasta un palio con vela
sacaron para ir de noche
a los novios a alumbrar?.

Manuela llega con su sofoco puesto y vuelca su memoria en mi cuaderno:

Bebían en un piporro
y el piporro se rompió;
todos beben en el tiesto
de bruza como un cochino,
y a esa mujer sin conciencia
debe de darle el castigo,
levantarse de la artesa,
chorizos por amarrar,
que sus hijos se bebieran
en ese piporro
sin pitos ni na.

Pregunto a los que me encuentro si conocen a... pero no pillan norte:
-No me suena; se iría de aquí de niño y no ha vuelto. Se dan casos.
Una mujer se interesa:
-No diga cómo se llama, sino cómo le dicen, el mote.
-No lo sé.
Dar la vuelta al castillo, ir a la ermita después de beber en la fuente, volver al casino en el que reza un cartel: ‘Ser bético es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en España’, y acodarse de regreso en una barra ante un tinto y unas lonchas veteadas de jamón, es lo que haría cualquier caminante. Una vez leí un párrafo de letra y puño en el Ayuntamiento de Garganta la Olla, Cáceres, que decía: ‘Soy extremeño y me avergüenzo de no haber conocido antes este pueblo’. Se me ocurre lo mismo aquí. Pero no voy a ir ahora al Ayuntamiento a que me abran el libro de visita (sabe Dios dónde andará ahora el encargado para pedirle el favor). Así que lo digo bajito para que no se note mucho y quede escrito en el aire, este aire limpio, único, de Cumbres Mayores.

© Manuel Garrido Palacios

Julio Caro Baroja

Los últimos días de Don Julio 

Agosto de 1995; jueves por más señas. Cenaba con Odón Betanzos en su casa de Mazagón y se nos vino a la palabra la figura de Don Julio Caro Baroja. Le dije que la última noticia la había tenido por teléfono desde Madrid y no era esperanzadora: «Apenas conoce a nadie». Se interesó Odón por saber más de Don Julio y en el ambiente distendido de la sobremesa le conté algunas cosas de primera mano. En 1972 rodaba yo en Lesaka, Navarra, y supe que Don Julio acababa de llegar a Vera. Acostumbrados como estamos a tanto estúpido parapetado tras secretarias, horarios, agendas apretadas y otras lindezas para darse fuste, la primera lección que recibí directamente de quien tanto he aprendido fue que llamé a la puerta de Itzea y la abrió él mismo. Aquella tarde plácida en la biblioteca del piso alto, el paseo por el monte y el rosario de visitas posteriores me mostraron el camino a seguir en el gustoso trabajo de hacer documentales etnográficos; fue el punto de partida de toda investigación en este campo, usara luego la técnica cinematográfica o la plasmara en libros y artículos. Me quedó claro que lo que no suma, resta; que no hay que temer a la anécdota, sino elevarla a categoría, y que el recopilador debe evitar el protagonismo, sacrificar el 'yo' en favor del 'todo'. Debo a Don Julio lo mejor de mi formación, el criterio preciso para sacar adelante los casi 400 títulos entre Raíces, La Duna Móvil, El Bosque Sagrado, Rasgos y cuanto haya hecho o me quede por hacer; su sello está impreso en mi manera de asomarme a cada tema, en mi modo de mostrar el mundo que quiero contar. Lo recuerdo en otra tarde de febrero en Vera, rodando los Carnavales de Lanz y de Zubieta-Ituren. No ponía el gesto solemne para hablar. Solía perder la mirada mientras soltaba su sabiduría como un regalo, generoso regalo... y otras tardes en Madrid, y otras, y tantas. Cuando he asistido a cursos en los que he coincidido con su hermano Pío (Huesca, Logroño...), todo mi afán ha estado, más que en el desarrollo de los actos o en mi intervención, en indagar sobre Don Julio y su tío, Pío Baroja -Ortega dijo de él que era una encrucijada-, cuya personalidad me fascinó de niño y que, sin abandonar la sensación, parece que trasladé al sobrino. Don Julio era el orientador perfecto, sin tonteras ni mandangas; el que proponía siempre que se llamaba: «¿Qué día le conviene?»; el que jamás negó la visita: «Estaré en casa; venga a la hora que quiera». Había quien lo tachaba de «cascarrabias». No. Nunca. Era que no le gustaban los imbéciles puestos a culturizar. No los quería. Su humilde grandeza no los aceptaba. Era tan exigente para el que iba a preguntarle como para él mismo. Al tiempo de dejar un poco los trastos de rodar para ponerme a sacar en libros el fruto de tantos años de correteo, también acudí a él. Fui a verlo con el manuscrito de «Alosno, palabra cantada», y no sólo me lo orientó, sino que le puso subtítulo y le hizo el prólogo. Lo publicó Fondo de Cultura Económica, de México, en 1992 en 1ª edición, y en 2ª en 2007, Los libros que le han seguido, y los que salgan, responden a un proyecto trazado en aquellas conversaciones. Lo que hago es sumar mis palabras a las de cuantos lo quisimos, lo respetamos y escuchamos. Un amplio alumnado. Meses antes me escribió Antonio Cea; en su carta venía una frase definitiva para saber el estado de Don Julio: «Ya no pinta». Más acá, Joaquín Díaz, en Valladolid, me añadió: «Ya no escribe». Todas estas cosas y más, muchas más, se las contaba el jueves de madrugada a Odón Betanzos en su casa de Mazagón. Era la una. La una y diez, para ser exactos, cuando miré el reloj. A las dos moría Don Julio tal como pasó por la vida, sin hacer ruido.

© Manuel Garrido Palacios.

Peter Lely

Peter Lely (1618-80)
THE CONCERT (around 1650)
Qil on canvas
The Courtauld Gallery
(Somerset House. London)

El Concierto al aire libre es uno de los más complejos y ambiciosos cuadros de Lely. En primer plano un hombre, probablemente él, toca un violonchelo mientras los niños y jóvenes siguen la música, todo observado por una mujer sentada y su asistente. Se pensaba que podía representar al pintor con su familia, y también que era una alegoría de la música, el amor y la belleza: su reinvención de la Arcadia de los pintores venecianos Ticiano y Giorgione, cuyo trabajo Lely vio en Londres.

mgp

Praga · Calleja del Oro

Calleja del Oro
Praga  

Parece ser que Franz Kafka escribió páginas de su obre en el 22 de esta calle praguense en 1917. Si las casas pegadas a la muralla hablaran, dirían que conocieron el siglo XVI, que fueron hábitat de los fusileros del Castillo, que una sirvió de cárcel, que en la época de Rodolfo II vivían en ellas alquimistas que buscaban el oro (de ahí su nombre), el secreto de la juventud imperecedera o la entraña de la piedra filosofal, que luego las ocuparon artesanos, músicos e indigentes y que en torno al barrio se tejió un halo romántico, un encanto que quedó quieto y que les dura.

mgp.

NILO ARRIBA, NILO ABAJO

NILO ARRIBA, NILO ABAJO
El Cairo-Luxor 

Desde el alba dos egipcios sin edad juegan a la taula, mezcla de ajedrez, tres en raya, damas y swami. Al fondo se yerguen las crestas de Selsela, cantera de piedra arenisca, que convierten en monumentos. El buque llega desde Luxor a esperar turno para cruzar la esclusa de Isna. El sagrado Nilo impone su ritmo a cuanto vive en su ámbito. Es inútil sacar la prisa a oreo. Mejor es guardarla en el arca de lo inútil y sentirse fuera del tiempo, cosa que los jugadores de taula saben desde hace milenios, convencidos de que el tiempo pasará irremediablemente así pierdan o ganen esa partida. Desde ambas orillas se acercan al buque docenas de falucas cargadas con prendas de vestir.
Los vendedores ofrecen a los pasajeros en mitad de la mañana luminosa chilabas, velos, babuchas, túnicas y manteles de tela fina. No venden a la primera y menos por lo que piden. Si el comprador no regatea le pierden interés porque creen que ignora la esencia del comercio. Vienen tres en cada faluca: uno organiza las existencias, otro las vocea de pie en la proa y otro mantiene a golpe de remo la distancia justa desde la que puedan ser lanzadas hasta la cubierta del buque. Así que el vendedor muestra el género en alto y grita en un amasijo de idiomas: «¡Eh, amico, amico! ¡Sólo para ver!», tras cuyo aviso, al mínimo gesto de un viajero, relía el artículo, lo mete en una bolsa y lo dispara a la cubierta en la que llueven cientos de envoltorios como un maná de texturas. Si alguien se interesa por uno y desde la barandilla pregunta: «¿Cuánto?», empieza en ese instante un tira y afloja para algo que, de cuarenta euros de salida, o su par en libras egipcias, puede quedar en cinco.
Lo cabal es que, tarde o temprano, comprar, se compra. Al principio hay venta gruesa, pero con las horas decae el impulso, fondea el negocio y de cinco se baja a tres, a dos, hasta que el vendedor intenta un ultimátum dicho en un italiano adaptado: «¡Aspeta!», para barajar las últimas cifras rozando el agotamiento. Las bolsas sobrantes son devueltas a las falucas arrojándolas por la borda. No todas se salvan; alguna cae al Nilo y el vendedor lo pierde todo. Para cobrar utilizan idéntico juego; y si se enseña el dinero, ya sube el cambio detrás de la prenda antes de ser pagada. Estos tenderos ambulantes conocen en sus carnes que la noche es peligrosa, por el trasiego de los gigantescos buques, para regresar a las orillas con las falucas cargadas de género que nadie quiso. Cuando tras la madrugada asoma la luz de nuevo y se abren las compuertas de la esclusa para que el buque pase, surgen en tierra los rezos de los almuédanos mientras unos pescadores palean el agua en la orilla fangosa haciendo huir a carpas y barbos hacia las nasas ocultas que los esperan. Ajenos a tanto portento, al toma y daca, a las bolsas voladoras y a las aves que pugnan por la presa que flota, los dos egipcios sin edad permanecen en el mismo sitio. En un cielo que luce entonces su gama de azules únicos para adornar la bóveda que cubre la escena, sobrevuela un halcón. Horus no pierde norte de cada suceso, incluida la infinita partida de taula que empezó ayer al alba.

Manuel Garrido Palacios
© Foto MGP

Pablo d’Ors

Pablo d’Ors
ANDANZAS DEL IMPRESOR ZOLLINGER
Introducción de Andrés Ibáñez
Editorial Impedimenta

“Una trama llena de encanto y aparente  implicidad, de episodios ocurrentes e ingeniosos incidentes”.
Pilar Castro

Benito Arias Montano

Benito Arias Montano
Discursos sobre el Eclesiastés de Salomón declarado según la verdad del sentido literal 
Biblioteca Montaniana
Universidad de Huelva
Ed. Valentín Núñez Rivera

En esta edición se presenta un texto que ha sido atribuido por unos manuscritos a Arias Montano, mientras que en otros aparece a nombre de su discípulo, fray José de Sigüenza. Sea como fuere, los Discursos sobre el Eclesiatés constituyen un alarde de conocimiento bíblico y de las consecuentes armas retóricas para ahormarlo y darle forma literaria, a la hora de enfrentarse con uno de los libros más complejos y enigmáticos de las Escrituras. Recóndito y difícil, así se nos muestra el huidizo sentido del Eclesiastés, que el autor traduce a la letra, refundiendo en castellano la esencialidad del hebreo bíblico, y luego explana con comentarios explicativos. Todas estas estrategias exegéticas se desentrañan en una introducción al texto, que ha sido editado críticamente, es decir, anotando las variantes que presentan los distintos testimonios e intentando ofrecer el máximo orden y concierto en los pasajes en hebreo.

© Servicio de Publicaciones UHU
Benito Arias Montano
Cierta luz que me alumbraba (Antología)
Biblioteca de la Huebra
Ed. Carlos Sánchez Rodríguez

Un río literario es una lieva de palabras en vez de agua. Metidas en la corriente -dichas, escritas- no quieren retorno. Partieron de su origen -necesaria expresión- y avanzan sin pausa hasta desembocar en el mar de la comunicación.
En este marco, ya alimentado, entre otras obras, por la biografía que le hizo José Andrés Vázquez para Biblioteca de la Huebra, o de Anatomía del Humanismo, en edición de Luis Gómez Canseco para la Universidad de Huelva, abro el que da nombre a este trabajo: Cierta luz que me alumbraba, una Antología hecha por Carlos Sánchez Rodríguez de textos de Benito Arias Montano, humanista, teólogo, polígrafo, nacido en Fregenal en 1527: “cuando en mi niñez me educaba en aquella parte extrema de la Bética, que en la actualidad se llama Extremadura”; muerto en Sevilla en 1598, figura clave en el tiempo de Felipe II, de quien fue hombre de confianza: “haberme mi amo [el Rey] dado tanta priessa para que dejase mi rinconcillo [la Peña]”. 
Dedicado a sus estudios en Alcalá de Henares, “por la fuerza irracional de la bilis negra, o por alguna otra alteración espiritual o física, caí en un tormento de angustia y tristeza”; viajó a Flandes para mediar en su afán secesionista, publicó la Biblia políglota, se refugió en la Peña de Alájar, hoy con su nombre tallado en la memoria, al ser señalado por la Inquisición: “este sitio está en término de Aracena, que es lugar de mil vecinos”; participó en el Concilio de Trento, fue embajador en Portugal en época tormentosa, dominó lenguas: “en lo que toca a instituir Cátedra o lección de lengua española [en Lovaina]”; fue experto en numismática, música: “imitando [los niños] los cantos y ritmos de los mayores, los repiten”; medicina: “Hame hecho Dios merced de darme mejoría de ictericia con la cura que aquí he hecho“; entendió de nigromancia, fue párroco en Castaño del Robledo, abrió Cátedra de Latinidad en Aracena, rozó el centenar de libros escritos y se creyó que platicaba con las aves.

En esta personalidad tan compleja se centra el libro, cuya pretensión ha sido acercarse a la figura de Montano sin intermediarios, mediante el acceso directo a su palabra, no ocultando la dificultad por lo inabarcable de su obra: “miles de páginas parió su pluma con letra-pulga, pesadilla de los censores”. El año antes de morir escribía: “sin espejuelos hago y leo muy menuda letra; al tiempo que ésta escribo, que es de noche, mirando a lumbre de aceite, que hace mejor y más uniforme sombra”.
Otro muro que señala Carlos Sánchez es el de “lo especializado de sus libros”, tan ajenos muchos de ellos al común de la calle, a lo que añade “el escollo de la lengua, pues a partir de 1568 escribe casi toda su obra en latín”, para lo que el editor ha recurrido al trabajo de un grupo de traductores, que han sido “como el pintor que copia del natural y nos reproduce fielmente la realidad”. 

Cierta luz que me alumbraba ha salido con vocación de divulgar una muestra breve de sus escritos para que no queden en un círculo restringido de especialistas, sino al alcance de todos. Se divide la obra en tres partes: la primera, nutrida de recuerdos, de sensaciones personales; un Montano hablando de sí mismo: “Santiago Vázquez, por segundo apellido Matamoros, fue quien me inició y me enseñó el trazado de líneas en el dibujo”. La segunda, con varias poesías, forma favorita de Montano en todo momento, no en balde se le valora como el mejor poeta latino del renacimiento español, tan mejor como desconocido: “el hueso y armadura de este mi cuerpo no te fue escondida; / tuya es su compostura”. Y la tercera, en prosa: “En Ramatha nació Samuel. Allí le daban cada año sus padres el vestido que se vestía”.
La obra quiere señalar el empeño de Montano “en abrir nuevos caminos en la anquilosada ciencia medieval, basada en el autoritarismo del magister dixit. Penetra en las modernas sendas de libertad que propiciaba el acceso a las fuentes de la antigüedad gracias a su conocimiento de las lenguas, lo que lo lleva a buscar caminos de encuentro y a ser tolerante en una sociedad que no lo era. Sopesó el riesgo y la prudencia y dijo lo que tuvo que decir; vivió situaciones apuradas, pero también supo usar su inteligencia para salir airoso en cada lance”.

© Manuel Garrido Palacios