Revista de Folklore nº 417




Sumario:

Editorial de Joaquín Díaz (Director):

Richard Wagner utilizó en varias ocasiones el eterno tema de la contienda poética, situándolo en el castillo medieval de Wartburg en Turingia o en en el Nuremberg del Renacimiento. En este último caso, sobre el que construyó el argumento de la ópera Die Meistersinger von Nürnberg, Walther von Stolzing, impresionado por la belleza de Eva, la hija de un famoso orfebre, se le acerca y le pregunta si está prometida... +


Andrés Padilla Cerón


José Luis Rodríguez Plasencia


José Delfín Val Sánchez


Miguel Ángel Martínez Pozo


José-Luis Anta Félez

REMBRANDT

MICHAEL TAYLOR
LA NARIZ EN REMBRANDT
(Carne y espíritu en los retratos del maestro)
VASO ROTO edic.


Tras siglos transcurridos desde que se sentaron frente a Rembrandt, los rostros que nos miran desde los lienzos del maestro de Leiden, aún ejercen su poderosa atracción sobre nosotros: son tan cercanos, que podemos leer su alma. ¿Qué técnica les da esta vitalidad? ¿Qué hizo el artista para plasmar gestos así?
Michael Taylor (Washington, EE.UU., 1944) toma como punto de partida para este ensayo un rasgo que no podría ser más simple, y que resulta determinante en el destino, los rasgos físicos y las ambiciones del genial sujeto de este estudio: el pintor. La reflexión de Taylor se desenvuelve con una prosa elegante y una reveladora perspectiva, y trata con tono cotidiano lo que hoy conocemos sobre Rembrandt y el universo que nos descubrió. W. S. MERWIN.
Taylor, especialista de la pintura holandesa del siglo XVII, Doctor en Literatura Comparada, es autor de destacados libros sobre arte, como La mentira de Vermeer (2012) y el publicado con el poeta Merwin la obra L’Appel du Causse (2013).  Actualmente reside en Francia.

Juan Miguel González

Juan Miguel González
VISIÓN DE LA PIEDAD
Libros del Aire
Prólogo: Ignacio Gómez de Liaño
Premio de Poesía Giner de los Ríos 
·
Y tuyas como son estas palabras,
y aprendidas de ti,
nada de ti contienen felizmente,
pájaro hermoso.
En el almiar de oro,
yo sé que estás, con tu piquillo abriendo
las mañanas del mundo.
Señor, sea así siempre,
nunca al pie de la letra.
No quieras que el redicho corazón,
tan compasivo siempre,
lo obligue a descender del aire de su cruz.
Oigo su canto y lloro, porque sé que no está,
porque nunca ha existido,
y esa es la canción que nunca olvidaremos. 

Un músico escribe una obra y necesita un intérprete. Un escritor requiere un editor, un lector. Se habla de la novela como género ‘menos imposible’ para intentar su publicación, y se tiene a la poesía por género maldito al que la imprenta no ama, a menos que el nombre del poeta haya alcanzado un eco con los años. Y ni así a veces. Las estanterías traseras de las editoriales están habitadas por bellos proyectos impresos resbalando lamentablemente hacia el abismo del reciclaje. El autor es el primer eslabón de la cadena literaria; el editor, el segundo, pero es ese séptimo sentido, que sólo poseen algunos editores, el que decide la aventura de imprimir el texto.  

Cómo te obstinas, Dios —¿por qué, Dios mío?—
en hacernos felices.
Cómo dejas caer sobre nosotros
tus más amables plagas.
El agua de mis ojos secarías
si me vieras sufrir;
y si, despierto, corro a los palacios
que tu clemente mano alza en mis sueños,
¿no es sólo porque quieres que del llanto
salte el arco y la fuente del reír?

Luego está un tercer personaje, uno y múltiple y anónimo llamado lector. Con él se cierra el triángulo, nunca equilátero, dentro del cual funciona el ciclo de escribir, editar y leer.

Quizá a la media tarde de los gestos tranquilos,
dejemos de esperar.
Pero el campo se queda atado al hierro
de los arroyos secos,
oyendo cómo el hombre, tras las bardas,
amasa el pan y enciende
las brasas de las viñas.
¿Quién no lo quiere así?
Tú, mi pequeño gavilán de caña,
morisco corazón,
que siempre abres el libro de las nubes
por el poema de la eternidad.

A los tres los une el amor a la palabra, un pulso sensible que les permite valorar su lugar en el discurso, una comunión con lo bello que sugiere. Un día –y aquí toma rango el verso de Bécquer-, “podrá no haber poetas / pero siempre habrá poesía”, desaparecido el primer personaje, quedarán el editor –hasta agotar existencias- y el lector, que conservará el libro durante dos traslados más o menos. Y aun así, “siempre habrá poesía”.

Donde quiera que mire, brisa y luz,
ligeras aves de felices vuelos.
Oh, pobres ojos nuestros, que no pueden
el prodigio seguir, sin dormitar.
Respira la mañana en su corola,
para que el mediodía alce sus templos
en el mar, que habrá de destruir.
Y así ya para siempre
y desde siempre: el fuego poderoso y su incesante
belleza germinante y destructora.

En la secuencia de los agradecimientos la gala sería para el lector, por haber tenido acceso a un texto que le ha movido fibras del yo que dormitaba. Recordará al autor para buscarle más palabras escritas, y al editor por sacarlas a oreo, pero será él, el más pasivo de los tres, el que abra curso a ese río maravilloso de la poesía.

¿Y tú qué bebes, Dios, con quién trasnochas,
cómo celebras que por ti los hombres
vivan y mueran, al abrigo sólo
de su sola ilusión?
No permitas abrir el Paraíso.
No dejes nunca que por las palabras
nuestra boca se salve.
Haznos libres, Señor. Haznos pastores
de tus bellos silencios.
Déjanos donde siempre te perdimos:
junto al perro que mira
crecer nuestra oración.

Estos versos pertenecen al libro Visión de la piedad. Junto a los que contienen sus 97 páginas, inician el camino del triángulo con la precisión de un orfebre de la palabra, de un traductor del sentir. Cada poema deja en el alma del lector un poso de ternura, de reflexión, un saberse  intermediario del diálogo humano con lo divino, de tactar la belleza que un puñado de palabras puestas en su sitio pueden crear. Al imaginarse, con su lectura, pastor de los silencios de Dios, es como si le surgiera esa visión de la piedad propuesta por el poeta, magistralmente dicha, además.


© Manuel Garrido Palacios

SALOBRE

SALOBRE
con
Manuel Briones y Ana Seisdedos
Festival de Cine Iberomericano de Huelva

Durante varias décadas en el siglo XX, la música en la ciudad de Huelva se manifestaba a través de la Banda Municipal, de la que dejaron buen recuerdo don Antonio Sarabia y don Vicente Sanchís, ambos directores, el flamenco que se cantaba en las tabernas de pescadería, Quitasueños y otras de grato recuerdo, una banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja, con el Maestro Baldomero Medina a la cabeza, la gran banda sinfónica militar con don Pedro Morales dirigiéndola, y lo que cada cual quería cantar en su casa. Aparte, lo que venía en llamarse canción moderna, estaba representada por alumnos de la Academia Ortiz, entre ellos, Manuel Briones y Ana Seisdedos. Los dos actuaron en los escenarios que pudieron con los escasos medios que había entonces, a veces, con ausencia de micrófono. Ana lo dejó. Manuel siguió un poco más y ahí quedó todo. Tenían unas voces hermosas y un sentido de la melodía excelente. Los músicos que le daban compañía son parte también de ese mundo que iba por los barrios y que salía a las fiestas de los pueblos a dar música para bailar agarrado o suelto, según. Sobre Manuel Briones trata esta película. En ella, con una canción hecha especialmente para él, Briones da norte preciso de sus facultades que, a pesar del paso de los años, permanecen y hablan de su exquisito estilo. Ana Seisdedos, su mujer, le sugiere, le da ánimos para dejar filmado este recuerdo (para la posteridad, para sus nietos: son sus palabras), ánimo al que se suma, dándole forma para la pantalla, Golden Harp Project, valorándolo, por cuanto queda dicho, como documento de una época que, por pasar tan rápida, parace que no existió.

GHP  

EL PERFUME DEL AMOR

EL PERFUME DEL AMOR 
(Novela)
ANTONIA MARÍA PERALTO PÉREZ
Prólogos de Carmen Palanco y María Luisa Borrallo
Editorial NIEBLA

PERFUMES
por
Manuel Garrido Palacios


Gamel se sienta ceremonioso en su taller de perfumes en Khattab, Giza, a un paso de las pirámides, y deja que floten las palabras. El espacio es obsesivamente blanco; paredes y techos se confunden en una interminable blancura. Nos va a dar una clase magistral, no en balde, Gamel -túnica blanca, trato exquisito, insaciable fumador: «mi contradicción», confiesa- tiene el privilegio de ser una de las treinta y seis narices expertas reconocidas que existen. De cuantos perfumes aroman  el mundo, la esencia de los veinte más importantes proceden de sus manos, de las de su gente en su aldea, El Fayum: una porción mínima de la República Árabe de Egipto, de sesenta y dos millones de habitantes, Tierra de Moisés, puente entre Asia y África, con milenios que contar, cruce de rutas de tres continentes, con un suelo que supera el millón de kilómetros cuadrados, de los que sólo un cinco por ciento está habitado, sea en concentraciones como El Cairo, Alejandría, Port Said o Suez, o a ambas orillas a lo largo del Nilo en núcleos agrícolas. Dice Gamel que cada persona requiere su perfume y cada perfume su precio. El azahar lo trae de los naranjales del sur de España. Cada gota que saca de los frascos la aplica sobre la piel de quien le escucha porque al mezclar el olor propio con el ajeno es cuando se valora el perfume idóneo individual. Para esas treinta y seis narices expertas que hay en el mundo existen cuatro tipos de perfumes: fuerte, dulce, floral y fresco, con mil variantes nacidas de ligar flores, especias y frutas. Día después, a bordo de una faluca voy al poblado nubio de Soheil con intención de seguir hacia El Fayum, el paisaje idealizado por Gamel. El sagrado río es tan bello que no importa si el camino de agua mide una hora o un siglo. Según presume una estudiante de la aldea, Mandolis es el equivalente a Osiris, Du-Dun es el dios nubio de las esencias, Egipto tuvo un faraón nubio: Ta-Jarka, siete siglos antes de Cristo, y la frase: Ai kadolli significa te quiero. Posados en las piedras del Nilo hay grandes pájaros blancos, garzas, espulgabueyes, guardavacas, que los campesinos aprecian porque lo limpian. Grazna un cuervo. Hace calor. Suena una canción apenas audible, que no cesa por la  presencia forastera. El tiempo pone ritmo. Es el son del momento. Un halcón se posa en el palo del barco, como si el mismísimo Horus diera la bienvenida a quien va a conocer la fuente dorada de los perfumes.
De regreso un mes después, me espera un libro de encanto: El  perfume del amor, de Antonia María Peralto, que desgrana los perfumes básicos del vivir: los que destilan los fogones, o pueblan las mesas, o invaden la casa, o se añoran cuando se está lejos, o revuelven la memoria si pasan  cerca, o conservan el secreto del  primer latido. Perfumes con los que Peralto ha construido un relato hermoso que penetra en lo que nos identifica con unas sensaciones de asombro, que no repetiré aquí para no restarle fragancia a la lectura e inducir a ella, y que salen de un impulso por intentar que cada cual pruebe ‘eso’ inexplicable que le aportará algo que parecía faltarle, que lo completa y le evita protagonizar lo que  decía Lennon: que a veces pasamos por la vida sin saber que pasamos por la vida. La autora encaja su relato entre Santaella en vísperas de la Guerra Civil y Sevilla cuarenta años después, pero en su fondo hay más. En su apariencia frágil, podría parecer una sucesión de anécdotas. Lo real es que Antonia María Peralto les imprime un carácter universal que las eleva a rango de categoría. Suena el libro a la guitarra del mesón del maestro Machado, donde cualquiera puede sentir un aire íntimo de lo que amó, ama o sueña amar. Repito: en las páginas de El  perfume del amor hay mucho más de lo que el título sugiere, bien percibido por el olfato, también privilegiado, de la protagonista y puesto en solfa por la escritora.
El de la aldea nubia es el perfume que adorna el cuerpo. El de la novela es el perfume que busca el alma, el origen si miramos hacia el principio del túnel ya caminado. Y en esta tarde noviembrina, se me juntan ambas sensaciones, plenas de sabor, para que escriba esta crónica.

© Manuel Garrido Palacios
Academia Norteamericana de la Lengua Española. Nueva York.