Will Nausteck

LA CAZA

El jabalí ya está quieto para siempre.
Su error fue existir, comer hierba,
saltar una linde, vivificar un espacio, ocupar un hueco.
Bastó un tiro (y el de gracia)
de quien le dio muerte por deporte:
un héroe casero, titán de asuetos,
gastador de horas en borrar del bosque
la parda estampa, la bella sombra
diluida en el paisaje.
Hizo un agotador esfuerzo
al apretar el gatillo
y será una valentía a recontar
al subordinado que lo escuche.
Usó para la hazaña
el dedo con el que empuja la pluma
de firmar despidos,
de señalar destinos,
de decidir ‘este sí, éste no,
aquel ya veremos’.
Dedo corrupto que niega andar metido
en a, en be o en zeta.
Tras la machada de matar al bicho,
que cabía entero en su mira telescópica,
se retrató en cuclillas junto a la fiera vencida,
alcanzando su efímera gloria
la inmortalidad del imbécil.
Esa tarde colgó el traje gris
en la percha gris del gris despacho.
Después siguió siendo lo gris que era:
un guerrero de diseño congelado,
un número primo de una lista manoseada,
el ‘éste mismo’ como relleno.
El jabalí pasó al estado de la nada,
a despojo sangrante si acaso,
a brillo apagado ante el asombro,
a pupilas quebradas por el terror,
a mancha fruto de una falsa batalla
en el libro de la estupidez humana,
en cuento absurdo para pasto
del club selecto de notables.
'Dele Dios mal galardón’.
Justiciero de pluma y escopeta,
bien merece una ristra de desprecios
quien firma una infamia al alba
y mata al jabalí al caer la tarde,
animal ajeno a burocracias,
inmerso en la costumbre
impuesta por Madre Naturaleza
de vivir para vivir,
sencillamente.

© Will Nausteck

DUO DE SALZBURGO

DUO DE SALZBURGO
Preda-Timoianu

Alexander Preda (austriaco de origen rumano, 1953) suele hacer una gira de conciertos por el sur de Europa cuando la Naturaleza renace, como si la vida se pusiera de acuerdo con el pianista para que se sumara a la celebración anual del tiempo nuevo. El artista es el mismo y distinto cada vez, ya que da forma a sus programas con obras de las más diversas escuelas: hoy Schumann, Listz, Brahms; mañana, Balakiref. Berg, Chopin, Mussorgski, Ravel, Falla, y siempre Bach. ¿Quién rezaba aquella oración que decía: Creo en Dios, en Bach, Mozart y Beethoven?
La discreta estancia en el Sur de este Profesor de la Universidad Mozarteum de Salzburgo -aparte de los cursos que imparte en Bélgica, Italia o España- coincide con la de las golondrinas. Llega con sus sonidos y en silencio se marcha. Bien saben los que asisten a sus conciertos que cuando Alexander Preda se expresa y se gusta transciende al propio acto, se eleva sobre sí mismo y regala al auditorio esa visión única que brota del misterio de la creación, esa soledad íntima que abre para que todos compartan la belleza anunciada con su sola presencia ante el piano. Hasta en el silencio que crea con sus pausas se produce el encanto de las mínimas vibraciones que puedan percibirse. La prensa europea hace referencia a su arte cuando lo perfila de 'coloso por musicalidad y técnica que busca y encuentra en las obras todas las posibilidades; que posee un dominio del piano como pocas veces hemos podido admirar y que demuestra un virtuosismo difícil de superar’.
Sus biógrafos escriben que inicia sus estudios de piano a los 5 años, cuando el instrumento es aún un divertimento, el mismo que después se convierte en una serena comunión en los escenarios para dejar clara su talla de pianista. En ocasiones lo acompaña la violonchelista Yvonne Timoianu, con la que forma el Dúo de Salzburgo, cuyas actuaciones marcan fechas memorables, como la del concierto ofrecido en el Ateneo de Sevilla, en el que estrenaron en España la Sonata número 2, op. 66, para cello y piano de Heitor Villa-Lobos, aparte del Gran Tango, de Piazzolla, la Suite Española, de Joaquín Nun o la Sonata Op. 16/2, de Onslow. Los registros de estos dos excelentes músicos no paran en lo conocido, sino que abren de continuo las puertas de la música para que entren todas las sensaciones sonoras posibles. 
Cuando los artistas se siente artistas, dan lo mejor: su arte. Preda y Timoianu vienen poco al Sur y más tendrían que venir, no sólo a tocar en los escenarios ante sus incondicionales, sino a impartir clases magistrales en los Conservatorios: seguro que el alumnado lo agradecería como un preciado regalo. Su presencia, sin duda, eleva siempre el nivel cultural del sitio por el que pasan, equilibra en cierto modo ese bache que a veces se ufre y que deja el nivel por debajo de lo básico con el triste argumento de que "se programa lo que le gusta al público". 

© Manuel Garrido Palacios