Selene Garrido Guil

Perder un trabajo es un golpe
que desubica y pone la nada por delante.

¿Puede volver a volar un ganso con el ala rota?

Cuando Eva era pequeña y tenía que salir a deshora del colegio, siempre le invadía una sensación extraña al ver las calles vacías de niños y escuchar el griterío lejano de los recreos y las aulas. Igual que un ganso salvaje al que encierran en un gallinero y revolotea desesperado al ver pasar bandadas de hermanos, en aquellos momentos ella se sentía desubicada, con la nada por delante. A pesar de ir de la mano de su madre o de estar en casa o en cama, estaba convencida de pertenecer a otro lugar, a otro grupo y deseaba volver a su pupitre. Entendía las cosas así y por eso nunca le atrajo la emoción de hacer novillos.
Es temprano en la calle y Eva nota el frío en su cara. El vaho de las palabras se mezcla con sirenas de colegios y ambulancias. Un hombre que habla por un móvil le pide disculpas porque su maletín ha chocado con su pierna. Ella lo mira, más que con disgusto, con comprensión. Dice para sí: “Llega tarde al trabajo”. Y se siente desubicada sin ese impulso de la prisa diaria.
Sentada en el metro, Eva lee que parte de la identidad de cada cual se corresponde con lo que se cree ser. Se queda atrapada mirando la oscuridad de la ventana y piensa que quizá otra parte de la naturaleza humana se conforme con los vínculos que constantemente aparecen y desaparecen de las vidas, como cordones umbilicales invisibles. Por tanto, para bien o para mal, una porción del estado de esa identidad debería estar moldeada por la condición de esos nexos: afianzados, rotos, recién creados, debilitados...
La desubicación de Eva es tan lógica como la de un bebé obligado a abandonar el cálido seno materno, a romper el vínculo físico. Es un desasosiego que no encuentra sitio en la razón, aunque sepa que le quedan muchos otros cordones pendientes, algunos muy sólidos. Tras media vida de ritmo casi frenético, un parón en seco deja a cualquiera fuera de combate. A veces llegó a sentirse imprescindible: un engaño en la mente. Bajó de aquel tren del día a día y todo siguió adelante, pero sin ella. Vio claro que lo importante era no perder el norte porque había trenes a todas horas, para todos los sitios. El mundo se había tornado un edificio frío y destartalado hacia el que ella avanzaba con su bagaje personal, con su tragedia íntima por el nexo roto, con la pregunta silenciosa de “¿A quién le puede importar...?”. Un mundo donde se cruzaba con cientos, miles de habitantes desubicados, sin rumbo, sin tren, sin cordón al que asirse. Con el ala rota.
Aquel ganso salvaje formó parte de la niñez de Eva. A pesar de curarle el ala, nunca más pudo volar y se quedó a vivir en la casa. Cada invernada, corría y aleteaba con todas sus fuerzas; se esforzaba en reunirse con las bandadas que llegaban a la marisma. Pero por más empeño que ponía no despegaba del suelo más de medio metro. Sólo con el paso de los años, el ánsar, al principio huraño, solitario y desconfiado con gallos, patos y cuanto rondara cerca, se fue ganando un lugar y un respeto; incluso emparejó con una pata doméstica con la que, a su modo, fue feliz hasta el final de sus días. Lo hermoso fue que, cuando el ganso reconoció sus nuevos límites, se reinventó y se elevó muy alto.
También Eva tuvo un ala malherida, pero remontó el vuelo incluso con más destreza y más libertad de movimiento. De no bajar de aquel tren, de no empezar un nuevo camino aquella mañana fría, hubiera seguido viviendo una realidad diferente, quizá más amable, quizá más cálida, pero sin sensibilidad alguna para captar el imperceptible sonido de tantos y tantos aleteos a su alrededor.

Christophe Ono-Dit-Biot

 
INMERSIÓN
Editorial Berenice

Gran Premio de Novela de la Academia Francesa 2013
Premio Renaudot des Iycéens 2013

«La hallaron así. Desnuda y muerta. En la playa de un país árabe. La sal había formado cristales sobre su piel.»

«Una de las historias de amor más hermosas que la literatura nos ha ofrecido en mucho tiempo» (Bruno Corty, Le Figaro Littéraire)

«Una escritura majestuosa. Una novela hermosa y conmovedora» (Valérie Trierweiler, Paris Match)

Presentación:
Jueves 4 diciembre . 8 tarde
Institut Français (calle Márques de la Ensenada, 12 · Madrid)

Revista de Folklore nº 393



ÍNDICE

Editorial: Joaquín Díaz, Director

Margarita López Martín: Memorias del lino en Prádena del Rincón (Madrid)

María Fidalgo Casares: Julia Minguillón y la Escola de Doloriñas, patrimonio etnográfico y antropológico de Galicia

José Ramón López de los Mozos Jiménez y Juan M. de Cózar del Amo: La Pandorga de Semana Santa en Auñón (Guadalajara)

María Teresa Hidalgo Hidalgo: Las canciones de ronda en el ciclo vital de la mujer de la comarca Vegas Altas del Guadiana (Badajoz)

MADRE TERESA DE CALCUTA

MADRE TERESA DE CALCUTA

 “No tener nada” era suficiente para tener a la Madre Teresa entera, con su energía desplegada, con su convicción de que “esa nada” había que compartirla más allá de los signos religiosos o políticos. Bastaba con lo humano. Los turistas que le salían al encuentro se despojaban de joyas, que se recogían en una talega: broches, relojes, collares, pulseras, pendientes o anillos, oro cuyo fin era el trueque por dinero y éste por medicinas y alimentos para llenar en lo posible la inconmensurable “nada”. 
Era ella la que abría la puerta del cenobio de Calcuta cuando iba a buscarla antes del amanecer, aún fresco el día, aunque dentro del edificio hubiera cien monjas para ese menester; y previo a salir rumbo al lugar al que tocara ir, ella servía el te en jarritos para mantener el cuerpo hidratado durante la jornada. Pensaba yo en las personas-globo que viven parapetadas tras los despachos y que para acceder a ellas hay que salvar mil obstáculos. “No tienen nada”; palabras que se me prendieron al alma a las que habría que añadir la insistente cuestión: “Si no tenían nada entonces, ¿qué tendrán ahora?”. Frente a cualquier respuesta, la pregunta seguiría flotando como eco de tragedia, no premonitoria de ningún futuro, sino tragedia del presente rabioso, cuyos protagonistas son siempre los mismos, aunque parezcan otros; seres que, por “no tener nada”, perdieron hasta el latido. ¿De dónde iba a cobrar la Naturaleza su tributo si no era en propia carne?
De las veces que estuve en India, una fue de paso a Nepal, otra para un documental sobre Raví Shankar y otra para lo mismo con la Madre Teresa. Lo primero que me preguntó al llegar a Calcuta fue si me había medicado contra la malaria. Lo hice en Alemania y repetí la toma en Afganistán. Al día siguiente, en una leprosería en plena selva, me lo volvió a preguntar. En estos sitios ella tocaba a los enfermos sin temor al contagio. No era sólo la lepra lo que le preocupaba, sino la malaria. Al irme a Benarés poco después, me recordó las precauciones y la cosa quedó ahí, en un rincón de la memoria.
Tras ser hospitalizada en California en 1991 y caerse en Roma en 1993, con varias costillas rotas, leí en un periódico de Lisboa que estaba ingresada en el geriátrico Woodlands de Calcuta, en cuidados intensivos, mantenida con respiración asistida, afectada por problemas cardiacos. La noticia añadía que en su sangre se habían encontrado parásitos de malaria del tipo Plasmodium Vivax, secuelas del mal que sufrió en Delhi años atrás.
El temor a la malaria que tenía antes de padecerla me sonó entonces como una premonición en esta persona excepcional, fundadora en 1949 de la Orden de las Hermanas de la Caridad, pero que llevaba años haciendo lo que hizo hasta sus últimos días, con su marcapasos, en los barrios más pobres de Calcuta: ayudar, aliviar, dividirse en tantas madres como podía. Nacida en Skopie dentro de una familia albanesa, su faena empezaba a las cuatro de la mañana hasta el oscurecer. Visité con ella el templo de Kali, donde los moribundos esperaban, las leproserías más ocultas, los cenobios donde se formaban mujeres venidas de todo el mundo para seguir su labor. A veces eran viajes de ocho horas para una distancia de 100 kilómetros, a temperaturas que obligaban a buscar resguardo y tomar te contra la deshidratación a cada trecho. Luego la vi en Madrid cuando vino y mi admiración por ella, al margen de creencias, no decayó nunca. Siempre mantuve ese cariño que nace ante un ser humano tan especial, que empezó su labor recogiendo fetos de los basureros para enterrarlos, que llenó su casa de huérfanos hasta que organizó su comunidad. Por eso me produjo un escalofrío la noticia final de que sufrió malaria, como si el bichito infame fuera ese enemigo que esperaba y que ella sabía que habría de llegar. Una de esas cosas que uno no acaba de comprender nunca. 

© Manuel Garrido Palacios
Foto en una aldea comprobando el sonido recogido.

Emilio Ferrín

LOS PUENTES DE VERONA
Emilio Ferrín
Editorial En Huida
Presentación: 3 diciembre 2014 · 8 tarde
Espacio Cultural Colombre
Callejón Colombre (entre calles Febo 2-4 y Esperanza de Triana 35)
TRIANA