Antonio Orihuela






NARRACIÓN DE LA LLOVIZNA
Antonio Orihuela
Ed. Baile del Sol. Tenerife





Hay poemas que rozan lo mágico y te concilian con un libro por razones que se nutren de sinrazones. Te paras en sus versos porque notas que su latido trasciende de la individualidad del poeta al universo común, al sentir de todos. La editora me envía el poemario “Narración de la llovizna”, de Antonio Orihuela, y lo abro, y lo leo: 
“Somos extraños en el único lugar donde no somos / extranjeros, / aunque a nadie conoce el río como a nosotros, / ni su fondo de fango e historias podridas. / Extraña nuestra forma de mirar las puertas, / el amor, / las mayorías. / Igual que otros, / extravagantes temporeros / llegados por la cosecha de recuerdos amarillos. / Tejemos con ellos un viejo mantel de tiempo / un lugar a donde trasladarnos un día, todos juntos / cuando sucesivamente caduquen los salvoconductos / los cuerpos y los labios. / Un lugar / no extranjero / a todas partes extraño”. 
Antonio Orihuela nace en Moguer. Profesor, escritor, investigador, Doctor en Historia, ha publicado en poesía libros como “Comiendo Tierra”, “Piedra, corazón del mundo”, (Valencia, con 2" Edición), “Tú quién eres tú” (Tenerife, 2006), “La ciudad de las croquetas confiadas”. (Tenerife, 2006), “Para una política de las luciérnagas”, (Madrid, 2007), Durruti en budilandia (Tenerife, 2007), “Que el fuego recuerde nuestros nombres”, (Huelva, 2007) y “La destrucción del mundo”, (México, 2007). Autor de la novela experimental “x Antonio Orihuela”, (Béjar, 2005) y de los ensayos “La Voz Común: una poética para reocupar la vida”, (Madrid, 2004), “Archivo de Poesía Experimental”, (Málaga, 2007) y “Libro de Tesoros”, (Sevilla, 2007). Coordina los Encuentros Voces del Extremo, de la Fundación Juan Ramón Jiménez, desde 1999.

“Narración de la llovizna” (Baile del Sol. Tenerife) es un poemario que sale en 2ª edición, cosa no frecuente en los libros de versos (la 1ª es de 2003) y el autor agrupa los poemas en tres partes: “Lluvia”: “Infiernos del agua / ahora me paseo lineal y suave, / abriendo una brecha en la memoria para que salga / lo que quede de todo lo que fue... / cartoncito, / dolor de piernas, / me alegro, igual que la fina proa recta de mi barca, / así nos vemos, sin rumbo, / no vinimos aquí para ganar concursos, / sino para pasar disfrutones en el concurso / que es vivir con otros vivos / sin juicio. / Es hermoso salir de este agua de marisma / y respirar la noche sin humo / y sin más ruido que el de los astros desplazándose, / regalo extendido que nos han hecho seres muy brillantes, / dividiéndonos entre la azucena, / los maestros naranjas / y este resoplar de perro que se atraganta de sol en los atardeceres... / ¡Ay de ti!, si pruebas / un sorbo de todo esto”. 
La siguiente es “La púrpura”: “Otro día / para la taba que hemos recuperado de debajo del laurel, / para el fragmento de terra sigilata / que Ángela ha encontrado en el jardín, / para la extraña piedrita que ha recogido Mar entre los aromos / y que limpia es un as de época de Galieno. / Otro día / para el bifaz que Dor trae en la boca desde el río / y del que me sorprende su perfecto acabado, su filo / cuando, a modo de raedera, entre risas, / lo uso sobre él. / Otro día para todos nosotros, / seres y pedazos / de tan frágil duración / mientras, / en la casa de los vecinos, / una pala excavadora precipita todo esto mismo / en un camión / y en su estruendo, / creo ver la ternura barrida / y el amarillo / de las últimas páginas / de un libro”.  
La que cierra es “La muerte”, a la que pertenece el poema que sigue: “Un niño / suspendido en las ramas de la higuera / mira un paraguas roto aún más alto. / El no sabe que es pronto para llegar allí. / Yo ya no soy / ese niño. / Inútil, como entonces, / me afano en arrancar algunas notas a la flauta / escondida / de sus ramas. / Ellas caen sobre mí / a través de un paraguas roto. / Me dicen que es tarde para el niño, / que es pronto para mí”.

Todo el libro responde a lo dicho al principio, a esa magia que te une a sus páginas más allá de la lectura. Y siempre hay un poema que hace de llave. En mi caso, no sé por qué, o sí lo sé, es “Con su mano en la mía”, que dice: “Le dijo a su compañera de cama que yo era su hijo / pero que no me gustaban los hospitales. / Hacia frío en la calle / y los árboles estaban pelados / a ella le gustaban las flores / y los días de estío / murió esa noche / vino a decírmelo”.

© Manuel Garrido Palacios




AUTOGOBIERNO

Antonio Orihuela


LO IGUAL


Cerdos y saris. Basura y belleza.
Espejo y huellas. Tigre y tiempo.
Erizo y caricias. Polvo y estrellas.
Amor y glaciaciones.
De la picadura del ego
llevo milenios intentado curarme.
Espero que un día
una hormiga se lo lleve todo
en la boca.

LA CLASE MEDIA ARDERÁ
(para Manuel Cañada)

I
La clase media enciende el televisor
y los ricos se frotan las manos.
Un viejo cierra la puerta de su casa para dejarse morir
y los ricos se frotan las manos.
Un hombre entra en la consulta del psicólogo
y los ricos se frotan las manos.
Una mujer busca en el cajón sus ansiolíticos
y los ricos se frotan las manos.
Una chica solicita en la biblioteca libros de autoayuda
y los ricos se frotan las manos.
El paro, la angustia y la hipoteca
son violencia cotidiana, doméstica,
y los ricos se frotan las manos.
Los políticos y los sindicaleros hablan de diálogo social
y los ricos se frotan las manos.
La selección mete un gol, dos, tres,
y los ricos se frotan las manos.
Las calles, las barriadas obreras, los coches
se llenan de banderas españolas,
y los ricos se frotan las manos.

II
Los ricos se frotan las manos
y de ellas sale el despido arbitrario, barato, subvencionado,
salen millones de parados,
recortes de salarios,
congelación de pensiones,
expansión de ETT’s,
bancarización de las cajas,
privatización de correos y loterías,
cobro por consulta médica.
Los ricos se frotan las manos
y de ellas sale el miedo, la indefensión, la conformidad,
la calma, la abulia, la mansedumbre,
el silencio
solo roto por el grito de gol.

III
Gol tras gol
hasta que las calles, las barriadas obreras, los coches
se llenan de banderas con un mismo lema.

I LOVE CAPITALISMO

Porque nadie quiere vivir fuera de lo obvio,
de lo real, del sentido común,
porque todos queremos ser apacibles burgueses,
esclavos de la hipoteca
abonados a la religión del individualismo propietario,
porque nadie quiere ser otra cosa,
nadie quiere luchar consigo mismo
porque
el día que queramos luchar contra nosotros mismos,
ese día
la clase media
arderá.

© Antonio Orihuela

Luis Alberto Ambroggio

Luis Alberto Ambroggio
Poetry without Borders: U.S. Poetry in Latin America-Hispanic Poetry in the U.S.


Poema compuesto en el vuelo de regreso de Israel, donde asistió como presidente honorario el XXXII Congreso Mundial de Poetas y recibió el Doctor Honoris Causa en Letras. Antes se le dedicó la VII Feria Internacional del Libro en Lawrence, Mass, y la Cámara de Diputados del Estado lo distinguió con un Reconocimiento Especial, declarándolo 'visitante ilustre', acto que compartió con Armando Lucas, autor de En busca de Emma, Zoé Valdés, Jacobo Morales o Xiomara Laugart. Habló de los 450 años de poesía hispana de los Estados Unidos.

SEMILLA

“Se me abre el surco entre la flor y el labio”
Eunice Odio


Te siento como

sílaba de alegría

ardiendo sobre la piel verde.
Y germino yo mismo con muchas vidas
en la gravidez del brote infinito,
un rayo duro desbocando
el patrimonio de la piedra.

Victoria que eleva
el templo de la vida
desde el fervor de las raíces.

Celebro el agua,
hijo, hija
de los besos de la tierra.
Polen en el viento de cuatro manos,
multiplicamos la unidad
para romper la frontera,
resurrecto hallazgo
de los entierros.

No somos héroes,
sólo compañeros bienvenidos
en la familia sin límites
que continúa la ternura
en los surcos del enigma.

© Luis Alberto Ambroggio

http://www.anle.us/338/Luis-Alberto-Ambroggio.html

M. Garrido Palacios · Hacedor...

EL HACEDOR DE LLUVIA
Manuel Garrido Palacios
Calima Ed. Palma de Mallorca
Portada: Héctor Garrido
LE FAISEUR DE PLUIE
Ed. Harmattan. Paris
Portada: Héctor Garrido

En los días de Semana Santa, en los que, entre playas y cofradías los partes meteorológicos son puras sentencias, indultos o condenas de vida o muerte, Manuel Garrido Palacios se presenta con su última novela titulada El hacedor de lluvia. Precisamente ahora, como queriendo mentar a la bicha, llega anunciando desde los escaparates de las librerías el peor de los agüeros, enemistándose con todos al dar la bienvenida a quien nadie quiere recibir porque su llegada trae aguaceros y tormentas.
Pasarán las vacaciones, con ellas las cábalas y supersticiones y El hacedor de lluvia podrá ser recibido como el regalo que supone una nueva entrega, un nuevo avance, el punto y seguido de El Abandonario, la primera novela del profeta onubense, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española en Nueva York, Premio Borges de Narrativa, cineasta, ensayista, investigador y rescatador de la cultura, la lengua y la palabra, escritor, compañero y amigo, si él lo permite, Manuel Garrido Palacios.
La novela es el monólogo de un muerto. Una sola voz que narra, interpela, reflexiona y sobre todo recuerda. Es un réquiem por la memoria olvidada. El último esfuerzo por prolongar la expiración, por mantener el aliento de un final asegurado. Es el relato de la muerte con mayúsculas porque después no habrá nada, ni futuro, ni pasado, ni antes, ni después, sólo la eternidad entendida como «el lugar donde la nada es el algo que hay».
Dos nonagenarios, los últimos habitantes de un pueblo perdido llamado Herrumbre, mueren al tiempo, invitando a la soledad de su velatorio a todos los protagonistas de una memoria histórica que fallece con ellos. En torno a la muerte, resucita un pueblo que nunca estuvo vivo más allá de sus fronteras. Tan solitario y abandonado en vida que al morir, podría pensarse que fue el único, el último reducto de una civilización extinguida. El pueblo sólo importa por sus gentes, no se describen más que sus fronteras y lo imprescindible para situar a unos personajes que son los mismos que en cualquier otro pueblo. El alcalde, el cura, el terrateniente, el médico, la alcahueta, el tabernero y las putas, más otros menos mentados, pero igual de imprescindibles, como el monaguillo, el sepulturero, el panadero o un político que llega de visita prometiendo progreso a cambio de favores. Como en vida, en el velatorio de muertos no hay más que el propio pueblo y sus personajes que regresan para dejar escrita y salvar la memoria colectiva. No hay más remedio en un lugar donde «el polvo del camino no envolvía figuras encarando el pueblo, sino de espaldas amesnando pesares» y donde a sus últimos inquilinos sólo «soledad con soledad nos queda. Vida que no vuelve. Voces que no claman».
La trama se mantiene viva con continuas interpelaciones del narrador a Tasio, el amigo que lo encontró muerto y murió velándolo. La historia conserva la intriga gracias a un secreto que no se desvela hasta las últimas páginas, un misterio en torno a la muerte o asesinato del malo malísimo, que también tiene su sitio en Herrumbre. Intriga, amoríos, traiciones, descubrimientos, tragedias, celebraciones, la sencilla vida de un pueblo contada desde el recuerdo en primera persona. El narrador no es protagonista, aunque titula el libro en homenaje a un personaje que le hizo sentirse especial en vida, que le otorga el único momento de gloria en una vida anodina y plegada al resto de sus paisanos. El personaje hacedor de lluvia no es más que una anécdota, pero es la anécdota de quien asume la responsabilidad de rescatar del olvido la memoria del pueblo. Tal vez Ausencio sea el protagonista, un antihéroe, como no podía ser de otra manera, o la tía Carmelita, madre de todos y de nadie, o incluso el propio Tasio, tan callado e inerte. 
El libro de Manuel Garrido Palacios es un agasajo a la palabra por sí misma. Una fiesta de nombres propios-inventados para regalar al lector un banquete de letras manejadas a su antojo para recrear vocablos que de antiguos u olvidados parecen reinventados para expresar lo añejo de una vida que sólo cocinando en los fogones de la lengua puede recuperar el sabor de la tradición que hoy resulta aún más sabroso. La maestría definitiva se muestra en los versos, continuas cancioncillas de las que se vale el narrador para reafirmarse y puntualizar conceptos. Trovas, coplillas, oraciones o himnos, ecos de la memoria colectiva, coletillas orales que nacieron para reforzar el recuerdo en retahílas. 
Sin un punto y aparte, de corrido, cuenta un fulano de tal la historia de Herrumbre, que puede ser la de cualquier pueblo baldonado al olvido que se resiste a dejarse morir reivindicando el derecho a resistir, simplemente por la memoria de los que lo vivieron. Manuel Garrido Palacios, con El hacedor de lluvia, parece querer llamar la atención de un mundo que está olvidando su pasado, permitiendo que muera su ayer, como el investigador, el insólito arqueólogo que enaltece el valor de una piedra antiquísima despreciando al tiempo la importancia de la sabiduría popular, el sentimiento y la memoria de quienes habitan.

© Isabela de Mier



M. Garrido Palacios · Le faiseur...



LE FAISEUR DE PLUIE
Manuel Garrido Palacios

Ed. L'Harmattan, Paris.
(Ecritures. Littérature. Europe)
traduit de l'espagnol de
par Isabelle Toledo et William Rozenblat

EL HACEDOR DE LLUVIA
Ed. Calima. Mallorca
© Fotos portadas: Héctor Garrido




Estamos ante un fenómeno narrativo nada frecuente, ante un esfuerzo narrativo nacido del milagro de saber hacerlo. En pocas palabras: puede decirse que jamás cupo tanta vida en una sola muerte. Dicha la novela en primera persona (voz de un muerto al que otro vela sin saber si está aún vivo) y sin más punto y aparte que lo que el ritmo narrativo exige para cambiar. en apariencia, de capítulo, por sus páginas pasa toda la lírica y la épica de la que es capaz un pueblo, Herrumbre, perdido no se sabe dónde, tan perdido, que la voz le pregunta al interlocutor si no será que ha desaparecido el resto del mundo y son ellos los dos últimos cuerpos a enterrar, que, por cierto, nadie enterrará jamás.
La escena maestra se desarrolla en una alcoba –la misma que en EL ABANDONARIO– en la que un cuerpo yace metido en un ataúd y otro permanece sentado en un sillón que impide que caiga derrotado al suelo. La memoria entonces se abre y se complace en recorrer tiempos y secuencias de la vida en el pueblo donde entra en juego toda la gama posible de infamias del chivato frente al día a día de cada uno de sus habitantes. Libro de ambiciones, amoríos y crímenes en un ambiente de pre-guerra civil donde cada personaje perfila su papel más que como contado, pintado. Sería larga la nómina y siempre quedarían algunos por decir. Valga valorar que todas las vidas componen un tejido compacto común en un momento dado hasta que empiezan a detectarse los rotos en la tela de la convivencia para no quedar más que estos dos personajes, uno de ellos, relatando minuciosamente, a veces con pena, a veces con un humor fino de recámara, siempre con un punto de ironía que tiende a universalizar lo que cuenta.
El escenario principal es la alcoba, pero en los diferentes pases atrás que la narración requiere, tenemos el balneario de las aguas de sulfo, la iglesia, el burdel frente al convento, y como vehículos, la burra Todaella, la reata de mulos del correo y el carro fúnebre, que lo mismo sirve para llevar finados al cementerio que como plataforma para instalar una Máquina Cantaora comprada a dita para que suelte los sones de su único disco: El Danubio Azul. Especial atención podríamos poner en resaltar lo que un antihéroe como Ausencio sea el que con un inusitado arrojo libere al pueblo de la persona que históricamente impidió su desarrollo normal, su vida sin miedos. 
Esto es en líneas generales, muy generales, EL HACEDOR DE LLUVIA, hecho como esos paños que salen de los telares artesanos, trozo a trozo, hilo a hilo, puntada a puntada, hasta componer la pieza. Si una simple rebusca de castañas nos lleva al támbalo para que dé a luz la infeliz hija del Palangana, una gota de agua imprevista y loca crea nada menos que un mito con el visitador que barrunta el carácter de las nubes, EL HACEDOR DE LLUVIA. Entre el médico y la santiguadora se moverán los cuerpos enfermos y el cura Doninmaculado siempre estará con una mano donde debe y otra donde puede.
Podría decir que es tan divertida en su forma la novela, que se lee de un tirón porque cuesta dejarla para el día siguiente. Es un a ver lo que pasa continuo. En su fondo es un enorme fresco de la tristeza, del dolor, de la impotencia de unas gentes atrapadas que empiezan a ver cómo ya no aparecen viajeros encarando el pueblo, sino de espaldas en un adiós constante que, junto a la otra muerte, va creando un desierto.
Hay que agradecer esta literatura, no exenta de guiños a la picaresca y al surrealismo; también a lo que se ha venido en llamar: realidad mágica, en la que es modélica. Viajando por las páginas de esta obra maestra he llorado, he reído, he sentido el calor de la vida y el frío de la muerte. No sé si el autor ha inventado el nombre del pueblo: Herrumbre. De no ser así, seguro que mi impulso estaría deseando conocerlo. No había leído una novela de esta envergadura desde hacía años, con esta solidez narrativa, pétrea y a la vez alada, con esta precisión, sin un resquicio de los que suelen llamarse residuales o de relleno. Novela bella de fondo y forma, donde siempre pasa algo, que uno a la anterior del mismo autor, El Abandonario, y que espero –muchos esperamos- que sea la intermedia para pasar a la siguiente entrega, porque, si buscando la síntesis tuviéramos que llegar a una sola palabra, sería esta: apasionante. 

© Javier M. Azurmendi

He leído con detenimiento la novela El Hacedor de Lluvia, de Manuel Garrido Palacios, y al ponerme a hacerle una reseña, he de confesar de entrada mi asombro ante una obra de un hondo calado tanto en lo que dice como en la manera de decirlo. Aunque es novela independiente, también es continuación de su anterior El Abandonario, en cuyas páginas vimos toda la historia de un pueblo llamado Herrumbre, y de unas personas, que diría que son los perfiles de todas las personas, pues el abanico tipológico es inagotable en este autor. Parecía que en aquella primera salida quedaba todo dicho y resuelto, aunque como lector intuí que Garrido Palacios se había reservado el misterio de qué pasará mañana, como así ha hecho. A esta entrega de El Hacedor de Lluvia le seguirá una tercera con la que compondrá la Trilogía llamada a ser, sin la menor duda, un clásico de la narrativa actual.
De las reseñas que he leído destaco como clave en varias el hecho de sugerir en este autor el dominio de una realidad mágica que le llega desde la otra orilla del Atlántico y que tiene nombre: Juan Rulfo. Correcto. A lo que hay que añadir: y la propia. También he visto referencias a Fernando de Rojas, a Cervantes, a Quevedo, a Baroja. Opiniones con las que estoy totalmente de acuerdo. Pero me parece que se han pasado por alto influencias importantes, que dan la medida de un autor que cuaja su estilo entre el pasado y en el presente. Quiero decir que he querido ver en su literatura un atisbo de Willian Saroyan y, sobre todo, de Thomas Bernhard. Esto no significa que los temas de la obra de Garrido Palacios se parezcan a la de los autores citados, sino que en su originalidad contiene y retiene el encanto narrativo que hace que uno empiece por la primera página y no pueda dejar de leer hasta la última, y aún le parezca poco. 
Esta maestría es de destacar en El Hacedor de Lluvia, personaje que el autor pone y quita del papel, como a cientos, pues se trata de una obra coral donde las entradas, las salidas, los movimientos, las vidas y las muertes de los personajes van dando forma a una porción de novela, quedando al final relacionados todos con una solidez literaria asombrosa. Incluso los pasajes aparentemente livianos, aquellos que podrían tener un tinte anecdótico, se elevan por mano de este autor a rango de categoría.
Sería prolija la nómina a citar de cuantos se mueven en sus 180 páginas: Doninmaculado, Tía Carmelita, Wenceslao, la Guanera, el chivato, Constanza, Belarmino, Ausencio –héroe a la fuerza– y tantos otros que, a pesar de estar nombrados y descritos minuciosamente no se resisten a permanecer en un localismo limitado del pueblo de Herrumbre, sino que el narrador los universaliza con unos soberbios trazos. 
Conocía de Manuel Garrido Palacios lo que había publicado sobre Etnografía, y un buen día cayó en mis manos su primer libro de narrativa: El Clan y otros cuentos, que obtuvo el Premio Borges en Estados Unidos, libro en el que aparece ese monumento al sentimiento como es El Árbol del Futuro, aparte de otros relatos, como los obsesivos Cuento Curvo o El Resplandor, fantástica puesta en escena de un posible caos total. Y desde entonces mantuve mi atención hacia su obra literaria en la esperanza de verle otro libro de cuentos. En sustitución del mismo, sacó la novela El Abandonario, y ahora, camino del colofón, que será su Trilogía, acaba de publicar esta joya literaria llamada El Hacedor de Lluvia, de la que sólo me cabe decir, en atención al espacio periodístico, que quien no la lea, se perderá algo inolvidable.

© Jerónimo Soldevilla

Esta primavera, mojada abre la tercera hoja de su calendario con la Feria del Libro, de apariencia modesta, pero partícipe del universo inabarcable de la fiesta de la palabra escrita, que pretende, como si se tratara del rito de una religión abierta y tolerante, hacer proselitismo prometiendo a los conversos emociones, sabiduría, imaginación, fantasías, un espejo donde a veces se refleja la naturaleza humana y, con todo ello, de tanto en tanto, unos fragmentos de felicidad impresa. La Feria del Libro, la Fiesta de la Palabra, pregonada este año por Manuel Moya, que le ha conferido el toque de su sensibilidad de poeta, destilada en la Sierra, es ocasión propicia para comentar, recomendar, regalar libros. Para mí y para muchos, la llegada a nuestras manos de un nuevo libro marca el día con tonos festivos. Esta vez ha sido como una grata sorpresa. El libro es Le faiseur de pluie (L´Harmattan, 2011), flamante edición francesa de El hacedor de lluvia (Calima, 2006), de Manuel Garrido Palacios. Se trata de la pieza central de una trilogía, cuya gestación le ha ocupado al autor una década, iniciada con El Abandonario y cerrada con Memoria de las tormentas. Con esta obra Garrido Palacios ha incorporado Herrumbre, “un pueblo maldito perdido en ninguna parte”, a la geografía imaginaria de la gran literatura.
Al recibir el libro he evocado al Manuel Garrido Palacios amigo. He revivido un inolvidable viaje a Asturias, acompañados de Juana y Loli, en el que de su mano descubrimos el rincón mágico de Cudillero, en cuyo Ayuntamiento las horas son marcadas por las notas de un carillón con una tonada que él compuso. Y las excursiones al Algarve paseando calles, admirando paisajes, disfrutando de la cocina, y… En todos los casos soy consciente de haber recibido, no solo afecto, sino también una corriente inagotable de los conocimientos que fluyen de su personalidad renacentista.
Un apunte más para recordar al cineasta de Raíces, cumbre del cine documental, al etnógrafo que ha buceado en nuestras tradiciones y las ha vertido a libros imprescindibles, o al apasionado melómano y compositor. Pero si en el principio fue la palabra, Garrido Palacios es para mí, ante todo, un escritor que bebe en y actualiza a nuestros clásicos, para convertirse en un genial hacedor de palabras rebosantes de alma. Es una poderosa razón que nos invita al disfrute sosegado de la obra de este onubense universal.

© Jaime de Vicente Núñez

J. F Jurado / Carmen G. Sanz

Carmen García Sanz
Jesús Fernández Jurado
Texturas
 (Fotografías)
Detrás de una imagen está quien la capta, la recrea. El esmero al hacerlo refleja su carácter, su mirada, la esencia que percibe, que para otros puede pasar como aire. Los sonidos flotaban en un dónde común hasta que aparecen los grandes músicos. El arpa de Bécquer sigue ‘olvidada y cubierta de polvo’ a la espera de la mano de nieve que sepa arrancarle las notas que guarda. Todo bloque de granito aspira a que el cincel le quite lo que le sobra. Y así. 
Me centro en las fotografías expuestas por Carmen García Sanz y Jesús Fernández Jurado bajo el genérico “Texturas”. Ante este trabajo hay quien se reafirma en la idea de que la fotografía no es sólo hacerse un retrato de carné –que también– sino jugar una dura partida con la luz, las sombras, los macizos, los huecos, los colores y cualquier otro matiz al alcance del objetivo que pueda aportar equilibrio y belleza a la obra. El escultor juega con la materia y los volúmenes. el músico con timbres y vibraciones, el escritor con palabras, el pintor con colores y veladuras, el ser humano con latidos más o menos acelerados en el milagro del vivir. Los fotógrafos, con todo. El Arte, en suma, se hace con eso tan escaso que es la sensibilidad, a la que nutre el sentimiento. Y si ese ‘algo’ se transmite al que lo ve, lo escucha, lo atiende, si logra el autor traspasar su sensación a otros, es Arte. Si no es así, llámale otra cosa. 
La exposición de Sanz y Jurado alcanza ese rango, nada fácil tratándose de fotografías. En vez de pincel o pluma, usaron el objetivo para buscar a través de ese ojo mágico el punto en el que habita lo bello. Puede decirse que todo es poner la cámara delante y hacer un clic. Bueno está con los sabios de salón. Para esas honduras tenía respuesta el maestro Masats: ‘Lo difícil está en saber el sitio exacto en el que poner la cámara (sólo tiene uno) y el momento justo de hacer el clic habiendo marcado antes el diafragma adecuado según el origen de la luz, previsto la profundidad de campo, pillado el foco, compuesto el cuadro y otras cosas ajenas al automatismo’. Hay que añadir que cámaras, pinceles y plumas se venden por docenas. Otro asunto es el uso que se les dé. En este caso, sorprendente.
Sin perder su individualidad como fotógrafos, Sanz y Jurado consiguen una unidad de obra elevada a categoría. Suenan a canciones sus imágenes aparentemente mudas. ‘Hagas lo que hagas, si lo haces bien, quedará’, decía Don Julio. Sanz y Jurado, conocedores de la lección, maduraron su fruto en fondo y forma. En fondo, transmitiéndonos la sensación de la belleza contenida en un detalle. En forma, plasmando cada tema soberanamente y sin títulos, como si nos dejaran participar aún más en sus obras entonando en silencio el ‘Imagine’ de Lennon.

© Manuel Garrido Palacios


Mozart / Carlos García Ruiz

Noche de Mozart



Un martes mágico me acerqué al Auditorio Nacional de Música de Madrid, calle Príncipe de Vergara, porque Wolfgang Amadeus Mozart ofrecía su Réquiem. Era una cita con la belleza y una des-cita con todo lo que presume de serlo sin pasar de ser pan para hoy, hambre para mañana. Me apetecía sentir en vivo la sutileza del Lacrimosa (que volvió a cantarse al final) y sus once hermanas musicales: Kyrie, Dies irae, Tuba mirum, Rex tremendae, Recordare, Confutatis, Domine Jesu, Hostias, Sanctus, Benedictus y Lux aeterna, en interpretación de la Orquesta de los Solistas de Moscú bajo la dirección de Jouri Bashmet -magnífico viola, además-, varios de ellos de los que hace años vinieron a España a dar un concierto y se quedaron, y la Coral de la Fundación Príncipe de Asturias, que estuvo sublime; rozó la perfección. 
La sorpresa vino al leer los nombres de las cuatro voces solistas: Arantxa Ezenaro, García Nieto, Guzmán y Carlos García Ruiz, barítono bajo, nacido en Huelva en 1982, alumno de Teresa Berganza, entre otros magisterios disfrutados, y con rumbo inmediato hacia Estrasburgo a continuar su carrera.
Al igual que Javier Perianez o Guillermo Orozco, Carlos García Ruiz, sin solemnizar el gesto –sólo para cantar– lleva el nombre de este sur por el mundo diciendo, sin pretenderlo, de qué modo si el esfuerzo del estudio se une a las facultades naturales, se sale adelante.
“Yo no sé muchas cosas, es verdad, digo tan sólo lo que he visto” –según el poeta–, y he visto que sin alharacas, sin más mérito que el propio, Carlos García Ruiz, una sola voz, hizo por sí mismo el gran homenaje de su tierra a ese dios venido a estar entre nosotros llamado Amadeus. Ajeno a los montajes en los que se majan en la marmita del noséqué un músico, un tabernero, un torero y el primo de la Matilde con una subvención y sale un campeón de golpes de pecho, él, desde el escenario del Auditorio Nacional de Música, le dijo a Mozart que en Huelva también se le ama, Más allá del círculo asfixiante de los genios locales –peor: oficiales, en nómina– con el aire fresco de la voz de García Ruiz vibraron todos los sures escondidos, esos que suelen parir discretamente savia nueva capaz de mejorar “esto” sustancialmente.
Lo comentaba con los que venían conmigo. Y es posible que advirtieran mi emoción porque durante largo rato compartimos un denso medite piel adentro por las calles de un Madrid, que se hizo Huelva un martes mágico para honrar a Mozart.

© Manuel Garrido Palacios

Francisco Basallote

EL CIRCULO DE BARRO


Ed. R.S.E. de Amigos del País de Vejer


Francisco Basallote nos regala un nuevo poemario, sugerente, cargado de reflexiones, con una visión siempre fresca y renovada. En esta ocasión el poeta se estremece ante el hecho mismo de la creación y desaparición de una realidad muy querida por él: Vejer. Como Vicente Aleixandre en los Poemas de la consumación, o como Juan Ramón Jiménez en sus alusiones al espacio y tiempo, Basallote vuelca su sensibilidad lírica en el descubrimiento de una realidad profunda que va más allá de lo que percibimos: ‘El hallazgo de otra verdad / en el reflejo de las cosas / sobre la extendida piel / del sueño / en la noche del tiempo’. Su título, El Círculo de Barro, transmite una idea de espacio cerrado que lo define. Son siete las partes en las que se divide, con desigual extensión. Los títulos de las mismas adelantan de forma clara su contenido. Como suele ser habitual en los poemarios de Basallote, el título de cada parte forma unidad indisoluble con la cita que la encabeza, convirtiéndose ambas en puerta de entrada desde la que tenemos claves de lo que aparece en su interior. Son ya muchos los poemarios de Paco que versan sobre Vejer, principio y yin de su creación poética: Frontera del aire, Retorno a Mellaría, En las colinas de Bashir, Cuaderno de Buenavista, Palimpsesto de Plazuela, Naturalezas muertas... En unos, Vejer es la novia que se engalana y aparece ante los ojos del poeta como si fuera la primera vez que la descubre. En otros es un misterio que reaparece siempre mostrando su mejor yo, evocando a veces lo que se ha perdido... En todos ellos la luz y el espacio de su ciudad natal constituyen una constante de su poesía. Ahora da un paso más; asistimos a la creación y a la destrucción de ese espacio mítico: ‘Todo ha vuelto a la tierra, / al eterno sueno del barro’, dice en el poema que cierra el libro. En El Círculo de Barro el autor trata de construir una nueva reflexión sobre la experiencia del origen. Del génesis a la inspiración poética, de la especulación filosófica al pensamiento musical y de éste al histórico, para caminar conjuntamente con la creación poética. Francisco Basallote convierte en poesía sus pensamientos sobre el origen y la destrucción de un lugar tan querido para él, como es su pueblo natal. En el recorrido de este círculo encontramos distintas civilizaciones que han marcado el lugar signado. De la construcción del tiempo en Dante y Proust a la recreación de los distintos períodos históricos: romanos, visigodos, árabes, castellanos... Es un ejercicio que se mueve entre las tareas de inventar, crear y recrear la vida que tiene lugar en estos parajes. Se advierte una clara influencia de un poemario anterior, Palimpsesto de Plazuela (2004) que muestra las distintas etapas históricas en ese lugar emblemático del pueblo. Francisco Basallote nos presenta ahora una mirada que pone de relieve lo que hay de particular en todo acto de percepción y apuesta por una concepción de la creación artística como búsqueda y desciframiento del sentido profundo de la realidad, que sólo puede lograrse desde la visión subjetiva. En definitiva, el autor realiza un arduo ejercicio de creación, donde el tiempo muestra una cara ambivalente, desde su no definición a un rápido paso a través de los siglos. Según avanzamos en la lectura, parece que la tristeza aletea hacia el final del poemario: ‘ha perdido la piedra / los siglos de cal /... otra vez engañada / por el poder, / ahora / el del consumo’. En este sentido El Círculo de Barro abre un espacio para la reflexión moral, filosófica y estética donde el futuro, como raigambre mental y verbal de la esperanza, se va diluyendo. Paradójicamente, el vigor de ese aliento que impulsa la creación ya mencionada hace olvidar el tono crepuscular que advertimos en sus versos anteriores. Basallote no cierra en ellos la puerta a la esperanza, terminando de este modo: ‘Por un azar, de nuevo eleve / este cieno en altivas olas’. Al igual que Basallote canta a su pueblo y a su historia, los vejeriegos deberíamos también conocer y valorar a este gran poeta que pregona el nombre de Vejer allá por donde va. Su singularidad y originalidad radica en las distintas modulaciones de su voz, los diferentes registros que utiliza, la variedad de su léxico, la musicalidad de sus versos... El poeta, el creador, el historiador y el artista se funden en uno, mostrando así la riqueza de una obra que se adivina cada vez mayor.

© Ángeles Mª Vélez Melero


LAS NAVES DE MELKART


Se pobió el mar
con las naves de Tharsis,
y el ojo de Melkart
nos seguía mirando.
En el suelo quedaron
Vestigios de su paso:
la cerámica rota
que una nave trajera
desde Tiro o del Ática
y una incertidumbre larvada
que aún se cierne sobre
tantos espejos.

© Francisco Basallote

SÓLO QUEDA LA NOCHE
Premio Noches del Baratillo
Ayuntamiento de Sevilla 

Francisco Basallote es esencialmente un poeta del silencio, del recogimiento y la verdad. Alejado de modas y disputas tribales tan frecuentes y recientes, su tarea es la de una profundización en la expresión y en el concepto. Es el suyo un modo mesurado, lento, trabajado y riguroso de escribir. La. actitud contemplativa a veces, no significa en él pasividad o desidia, sino asimilación de la percepción y de lo percibido. Su trabajo poético es una labor de orfebrería clásica, eludiendo el barroquismo fácil, envolvente y llamativo. Hay una gran desnudez de pensamiento y forma. Un descamamiento de lo superfino para dejar bien patente la esencia de la idea y la palabra.

© Manuel Jurado


LXIX

Desciendes como lava,

ceniza y fuego

en tus designios.
¡Oh! Noche altísima.
En tus candelas
el abrazo de tu negrura
y la copa de mi disolución.

© Francisco Basallote
EN EL CORAZÓN DEL SIGNO
EH Ediciones. Jerez
Premio de Poesía ‘Hojas de Bohemia’ 2010

Si para Shakespeare estamos hechos del mismo tejido que los sueños, para Basallote parece que los sueños estén quizás hechos sólo de tiempo, de un tiempo maleable y arcano en el que el hombre se abisma, misteriosamente, en lo indecible. En estos vértigos de la historia y de la existencia Basallote descubre categorías humanas universales, sentimientos borgianos, aquello que nos hace diferenciarnos de las cosas: las otras  cosas que componen el mundo. En el corazón, digo, está el tacto, el oído y el olfato... la visión del dibujo y los detalles luminosos.

Juan Fernández Lacomba (Prólogo)

Primero fue la piedra,
su abierta llaga,
lugar del tacto
deslumbrante
en su primer hallazgo,
luego la materia se haría lecho,
hueco maternal,
origen de un camino
que conducía
al envés de los dioses:
el signo y su poder.

© Francisco Basallote

Revista de Folklore nº 368






Revista de Folklore nº 368
Fundación Joaquín Diaz
Urueña. Valladolid




índice

Editorial
Joaquín Diaz (Director)

Abanicos rígidos de banderola o ventalls en los pliegos franceses de Olivier-Pinot y Pellerin (2ª parte y conclusión)
Jesús Mª Martínez González

Las antiguas tenerías madrileñas
Alejandro Peris Barrio

Papeles antiguos
José Luis Rodríguez Plasencia

El guitarro tenor: cordófono de la Región de Murcia
María Luján Ortega y Tomás García Martínez

Análisis de la ruralidad en la narrativa de Miguel Delibes
Jorge Urdiales Yuste

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