Patrimonio Inmaterial


LA VOZ Y EL INGENIO
SIMPOSIO SOBRE PATRIMONIO INMATERIAL
El humor, el chiste, la ironía, el gesto intencionado

Fundación Joaquín Díaz
Valladolid

ÍNDICE

El ingenio en la oralidad.
Deslindes sobre el ingenio y lo ingenioso en la literatura oral
Maximiano Trapero

Cuando el humor es cosa de dos: de la comprensión e interpretación de los chistes populares
 Luis Díaz Viana

 El hablar de manos, ¿es de villanos?
 Jean-Francois Botrel
El tiempo colonial y su desarticulación por la risa: ”Juan Verdejo, roto de Chile”
Maximiliano Salinas Campos

Trovos y cañuteros: ingenio y humor en Nuevo México
Tomás Lozano

La televisión y yo
Manuel Garrido Palacios

El gesto en la comunicación religiosa
Luis Resines

De la "Ínsula Barataría" a la "República de los Cocos"
(Voz e ingenio de una modernidad fronteriza)
Susan Campos Fonseca

Florencia | Santa Croce




◄ Entierro de San Francisco

(Giotto)






Claustro Mayor. Capilla Pazzi ►







◄ 

Fachada principal

Santa Croce está considerada como una de las iglesias góticas más bellas de Italia. Desde 1294 a nuestros días ha acogido testimonios espirituales. históricos y artísticos, legado del que conserva obras maestras. En las capillas laterales está la historia de la pintura florentina del tiempo de Taddeo y Agnolo Gaddi, Giovanni da Milano, Maso di Banco o Andrea Orcagna, muestra que culmina con los frescos de las Historias de San Francisco, de Giotto en las capillas Peruzzi y Bardi. Con la unificación de Italia en el s. XIX, Santa Croce se convierte en lugar de celebración de las glorias nacionales; pueden verse los monumentos fúnebres de Galileo Galilei, Maquiavelo, Michelangelo, Dante, Vittorio Alfieri, Rossini, Ugo Foscolo… sin dejar atrás las obras de Benedetto da Maiano, Donatello, Rosellino, Cimabue. Anexo a la Basílica está el claustro, a cuyo fondo se encuentra la capilla Pazzi, de Brunelleschi. La fachada de Santa Cruce preside la plaza de su nombre, considerada por muchos como el corazón popular de Florencia.

© MGP.

Javier Salvago






LOS MEJORES AÑOS
Javier Salvago
Ed. Renacimiento
Sevilla 



Si alguien accediera por primera vez a un libro de poesía y el libro fuera éste: Los mejores años, estaría de suerte; amaría el verso desde ese instante porque habría entrado por una puerta abierta a las palabras bellamente escritas y al sentimiento soberanamente expresado. Desde el Prólogo al Epílogo se percibe un hilo tensado del que cuelgan pliegos que hablan de batallas intimas, de edades, del juego de la vida, del amor, de los primeros placeres, de respuestas encontradas, de generaciones, de estampas cotidianas y de tentaciones. El prólogo, para coger tono, ya pinta en versos un “Último retrato de juventud”:

Hace casi tres años que no escribo
poemas, me abandono, apenas leo;
no me cultivo ni me informo. Siento
dentro de mí una especie de vacío
que avanza -y no me asusta- como un río
de lava; o mejor, como un desierto
que va ganando más y más terreno
al calcinado bosque, ayer tan vivo.
Sueño poco. Deseo lo necesario.
No tengo nada, y nada extraordinario
espero en adelante. No disfruto
del placer de vivir. Miro la vida
con reserva y distancia. Cada día
me consienten los años menos humos.

Ya en pleno corpus de la obra, se lee esta gota que colma el vaso y que nombra como “Imagen del desengaño”:

Con el dinero justo siempre,
sin poder y sin gloria, más bien harto
del poder y la gloria, de versitos
bonitos, de la vida y sus trabajos
─de contarle a un papel lo que ha vivido
en lugar de olvidarlo─,
de ser hombre, de ser poeta lírico,
de vivir, de saber que el arte es largo.

Idea en la que Salvago insiste más adelante en “Al margen de sus versos” porque, según confiesa:

Leo mi vida
─en esta especie de diario
que van siendo mis versos─,
y echo de menos tanta vida…

“Otra edad” es el siguiente gozo que traen estas páginas, que bien podrían estar escritas por ese autor mal llamado “Anónimo”, que cualquiera lleva dentro, porque lo que expresa es asumido de inmediato por el degustador de versos, compartiéndolo además:

Se me pasó la edad de ser poeta
porque todo se pasa, es ley de vida;
aunque siga, por vicio o por querencia,
hablándole a un papel, la poesía
ya no es mi patria, ni mi territorio.
Sólo regreso a veces, de visita,
como quien vuelve a donde fue dichoso.

Y como estas líneas sólo pretenden ─si pretenden algo─ poner un punto de atención sobre un autor y su obra, cerremos con dos poemas más; uno, dedicado al amor:

Mi madre, que me encuentra más delgado
y se preocupa porque tengo ojeras. 
Mi padre, cada día más distante,
y, sin embargo, cada vez más cerca.
Mi hijo, que aparece con sus ganas
de vivir, y me rompe los esquemas.
Y, aunque lo dudes, tú,
que me soportas o que te rebelas
cuando reniego o callo, que compartes
mi malhumor y mis miserias.
Y poco más... Es todo lo que puedo
llamar amor a los cuarenta.

Y otro, que titula “La tentación”, como epílogo de cuantos vienen en el libro:
EL leve roce de su pelo negro
al mover la cabeza, sofocada.
El roce de su mano, en un descuido,
sobre mi mano, en la sudosa barra.
El roce de su cuerpo, en una curva.
Sus pechos, al cargar en la parada
el autobús. El roce de sus muslos
casi desnudos... Sin palabras,
bajamos. Por caminos diferentes
nos fuimos alejando, y no hubo nada.

Leer a Javier Salvago es escuchar al escritor en voz baja; sus páginas son visiones que rumia a solas en su afán diario ante su banco de trabajo y sus herramientas: un folio, algo que pinte, su mesa, la soledad del estudio y su mirada al abismo de la hoja en blanco para ver cómo el alma se precipita hasta el fondo, al puro misterio, allá donde suena el venero de los versos.

© Manuel Garrido Palacios

Raquel Vázquez







PINACOTECA DE LOS SUEÑOS ROTOS
Raquel Vázquez
Isla Varia Ediciones (Col. Poesía XXX)
Salobreña


PASE ESPECIAL
(pág. 9)

Tantas palabras rotas
buscando sólo pintarte en el viento
para beberte siempre en la esquina del aire.
No llegaré a saber de tu piel más que su nombre,
pero derramaré todas mis alas
por invocar la llave hacia una sola
lágrima del océano de luz
que ajeno a mí anida en el reverso de tus labios.

CREPÚSCULO
[ Vasili Kandinski ]
(pág. 53)

Sigilo de luciérnaga
acaricia el almacén de la noche
como el ruin eco de un sol desangrado.
En el talud de miel incandescente
alumbra un sueño ajeno
tan lejos de los mimbres de su hogar
agredido por flechas del hastio
y los mirlos que olvidan
el arroyo de luz que trae su canto.
Sólo queda el calor de la bandera caduca
mientras la noche se viola a sí misma
y aquel crepúsculo comienza a ser
el imposible invento de una ilusión ausente.

© Raquel Vázquez

Carmen Vargas Antúnez


Carmen Vargas Antúnez
SIN BILLETE DE VUELTA
Bohodón Ediciones. Madrid




“La historia que no me he atrevido a narrar hasta ahora, ha estado palpitando en cada momento de mi vida. En ella es probable que puedan verse reflejados muchos hombres y mujeres que sufrieron represión, cárcel o exilio durante la Guerra Civil y la posguerra española. Cuenta las vivencias de un hombre que temió durante largos años por su vida y la de su familia, que luchó con las únicas armas que tenía: su dignidad, sus ideales y su afán de libertad; a través de la mirada de una mujer que luchó en silencio por mantener la honorabilidad de los suyos, y contadas por un niño que vivió toda aquella vorágine, y que después de sesenta y cinco años, siguen latentes día tras día. Dicha familia es mi propia familia. Ese hombre era mi abuelo: Francisco Vargas Casas; la mujer, mi abuela: Carmen Bancalero Ortiz, y el niño que creció con aquella historia entre los dientes e incitó mi curiosidad por saber lo que había pasado, es mi padre: Jaime Vargas Bancalero, al que agradezco la herencia narrada. De ellos voy a desvelar su memoria. Esta obra intenta homenajear a todos los que hasta su muerte se sintieron perseguidos por el miedo, a los que dejaron sus vidas en campos de concentración o al borde de una carretera. En definitiva: a todas las familias que se resistieron al olvido”.

© Carmen Vargas Antúnez

Javier Villán





AQUELARRE DE SOMBRAS
Javier Villán
Calambur Ed.



'Al cónclave de amantes de lo oculto, con la imagen del macho cabrío en su trono, llamamos aquelarre. Las sombras, ecos silentes de los actos, se mezclan en la noche'. Este cuadro imaginario sugiere el libro 'Aquelarre de sombras', de Javier Villán (Torre de los Molinos, Palencia, 1942), en el que las sombras cabalgan por el bosque de los versos. El poeta hace recuento: 


Sombra solemne:

‘Mis palabras anuncian profecías. Reo eres; cautivo para siempre. Ya nunca serás libre.

Sombra sabia:

No hay planicie ni cóncava espesura que no haya recorrido. Cuerpo amado, siempre me diste cobijo.

Sombra insomne: 

Por sólo una caricia y la luz violeta de la tarde, te sientes exultante. Vendrá la noche y el reinado del sueño fugitivo; seré feliz a medias porque tú estarás triste.

Sombra noctívaga: 

Nada hay salvo la noche y su guarida de miedos y terrores. La noche ofrece su rostro más amable en sus comienzos. 

Sombra indecisa: 

Lo peor es no saber qué pasará mañana; sé de la noche sin ojos y de la noche con miles de ojos. Mas el día, nada hay que lo anuncie. 

Sombra impura: 

¡Cuerpo desdibujado! Dónde está tu esplendor; el vigoroso empuje de tu fervor y mástil verdecido. Desasosiegos te absuelven de todo compromiso.

Sombra purísima:

Brisa soy y agua lustral. Nunca me amaste y estoy en tus orígenes, en la raíz de tu infelicidad.

Sombra iracunda: 

Careces de aliados, estás solo. Perecerás por no aprender a tiempo que el hombre es compasión mal entendida. 

Sombra vengadora:

Podría consolarte de tu sufrimiento si inmerecido fuese. Pero eres árbol caído, soplo. Nada fuiste, sino el imperio bárbaro de un pene.

Sombra amorosa:

Rocío para tus ojos envelados, nieve para la fiebre de tus sienes, música de arpa para tu oído sordo; mariposas de colores para tus labios.

Sombra solitaria:

Nadie haga controversia sobre este amasijo de hipocondría; nadie me lo dispute.

Sombra libertina:

Álzate, tus noches serán otra vez lo que ya fueron: esplendor y alborada; noches de vino y clamores de cuerpos.

Sombra lustral:

Esos dedos que exploran la piel recóndita y sus sagrados repliegues; esos dedos inocentes e impúdicos.

Sombra apócrifa:

Ah, sombras sin conciencia y sin espíritu; ¿por qué lo atormentáis? Sois el lastre de todo lo que vive.

Sombra culposa:

Pido perdón y cumplo penitencia. No estuve presta ni adiviné estos tiempos de légamo y escombros.

Sombra esclava:

Puedo llamarte hermana y sé de tus pesares. Sólo el trabajo sucio me obliga y me encomiendan; no me quejo.

Sombra acusadora:

Nada te pertenece; ni siquiera el dolor’. Sombra suicida: ‘Sólo la vida en plenitud lo vale. Vas camino de nada, una pasión pensante.

Sombra política:

Ahí fuera, en la calle, sigue la vida. De todo te olvidaste. Pero la gente piensa, se afana y aventura. Tu decadencia está en tu descreimiento.

Sombra vigilante:

Ni una idea saldrá de tu cabeza que mi control ignore y frene; tengo tu pensamiento.

Sombra adolorida:

El dolor humilla; lo sé pues soy su sombra, la fedataria de su infamia, la testigo.

Coro de sombras:

Es nuestro fin, desfallece la noche y la aurora avanza. Pero permanecemos en la herida; en la pus y en el barro.

Sombra temerosa:

Entre el miedo real y el miedo a los fantasmas no hay apenas diferencia.

Sombra solitaria y difuminada por la luz:

El dolor es una venganza extraña de no sabemos quién e ignoramos por qué.

Sombra hacendosa:

Yo cuidaré tu casa, tu higiene, tu ventura. Ordenaré la red de tus metáforas y el caos de tus cacofonías.

Sombra muda:

Ninguna de las otras sombras, antes de huir, supo si compadecía o compartía el infortunio.

Sombra amistosa:

Yo vengo a rescatarte. Piensa sólo en la gente que en ti creyó; que te dio tanto.

Sombra del rocío:

Soy la última, me quedaré contigo hasta extinguirme. Fugaz soy y no formo aquelarre, ni conjuro ni cónclave ni hechizo. Cada mañana seré soplo, gota de agua que refresque la paramera de tus eternidades.

Con Aquelarre de sombras, canto coral sobre el dolor y el honor, Javier Villán culmina un proceso de depuración iniciado con La frente contra el muro. Lo fundamental de su poesía está en la antología (1975-2000) El corazón de la ceniza (Calambur 2007)
Aquelarre que acaba, sombras que huyen, luz que se filtra, libro que conmueve.

© Manuel Garrido Palacios

Manuel Garrido Palacios · ANLE


Manuel Garrido Palacios
ingresa en la 
Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE)
en Nueva York 
Correspondiente de la R.A.E.


Odón Betanzos, Director de la ANLE, hace entrega a Manuel Garrido Palacios de la medalla y del diploma el día de su ingreso (13 septiembre 1996) en la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York, Correspondiente de la Real Academia Española. Su discurso, “Etnografía en los medios de comunicación” fue contestado por el académico José Manuel Gómez y Méndez. Por deseo de Manuel Garrido Palacios, el acto se celebró en el Centro 'Antonio Machado' de Alosno, pueblo del que el nuevo académico es Hijo Adoptivo.

Calañas / Aguas medicinales








En
Tratado práctico de la gota.
Jean François Coste
(Alcalá 1791)





...perteneciente al Condado de Niebla, está el Lugar de Calañas, que es del duque de Medina Sidonia, saliendo del qual para otro, llamado Valverde del Camino, a una legua de distancia, y a un tiro de bala del camino a mano derecha, está una sierra llamada de la Mesa. En la falda de ella hay unas minas, que antigüamente se trabajaban, y de las que se sacaba oro, plata y cobre. En la parte más baxa se ve un risco, cuyo sitio se llama Escorial, por las muchas escorias de hierro que en él se encuentran; este, pues, brota cantidad de agua, que sin duda pasa por dichos minerales. El referido raudal, que nace en el mencionado risco, arroja el agua en bastante cantidad, y ésta es de sabor medianamente ácido, pone las piedras por donde pasa de color de cobre, y un poco azulado. Es muy freqüentada de todos los moradores de estos contornos, que la usan con felicísimos efectos en un gran número de enfermedades.


© R. Tomé, Varia Balnearia. Ed. M. Reig. El Museo Universal (Madrid)

 Fotos mgp.

Manuel Crespo






EL ÚLTIMO CONCIERTO
M. Crespo García y M. Garrido Palacios
 (en Trigueros)





Casualmente había un sitio vacío a mi lado en la sala en la que se celebró el concierto. El público ocupaba todo el auditorio, pero la butaca que quedaba a mi derecha estaba vacía. El pianista Alexander Preda tocó un año más en Huelva, incluyó la ciudad “por cuyo puerto le gusta pasear” en su gira por el sur de Europa y elaboró su programa “La música y las otras artes” en base a obras de Debussy (Suite Estampes: Pagodas, Atardecer en Granada y Jardines bajo la lluvia), de Granados, del que Pau Casals dijo que era “el Schubert español” (de Goyescas: La maja y el ruiseñor y El fandango del candil), y por último, llenando toda la segunda parte, Liszt con la Gran Sonata en si menor, obra inspirada en la pintura impresionista francesa, en los cuadros de Goya y en el poema dramático Fausto, de Goethe.
Media hora antes había sido la Misa en San Pedro por el alma de Manuel Crespo, el amigo que se hizo ceniza, el compañero de correrías en los tiempos del Santafé, el crítico musical con más tino que ha tenido la ciudad, el autor de un libro espléndido en el que explica las claves para “Ser beethoveniano”, entre otros libros brillantes. Quien esto escribe quiso estar en un sitio un rato, junto a los suyos, y acudir luego al concierto de Preda, artista austriaco consagrado, de origen rumano, Profesor de la Universidad Mozarteum de Salzburgo, del que escribió Manolo Crespo el pasado año: “Alexander Preda, con el latido de la orquesta que duerme confiada entre un puñado de teclas blancas y teclas negras, nos transmitió ese inagotable sentimiento de nostalgia que sólo algunos románticos saben transmitir [...] impresionante esa emoción de la magia blanca y negra capaz de hacer del milagro una realidad”.
Alexander Preda, premiado en los festivales Juan Sebastián Bach y Arturo Rubinstein, aparte de los conseguidos en Jerusalén o Bucarest, ha actuado en todo el mundo tanto a piano solo como con el “Dúo de Salzburgo”, formado con la violonchelista Ivonne Timoianu. 
Al término del concierto fuimos al bar cercano de siempre a remojar la belleza regalada con sendos vasos de tinto, que lo uno es compatible con lo otro. Y por el camino le di la noticia. “El que te escribió esa reseña, Manuel Crespo, murió hace unos días. Hoy, precisamente, se ha celebrado la Misa”. En el mostrador brindamos por él como si saliéramos todos juntos del formidable momento musical que acababa de depararnos Preda. La última vez estaba Crespo con su copa y su bastón, y disfruté viéndolo derrochar conocimientos musicales como quien imparte una lección magistral con palabras de la calle.
Sí; había un sitio vacío a mi lado en la sala de conciertos. Y tanto allí como en la pequeña reunión posterior alrededor del tinto y de las aceitunas, me estuve preguntando si el asiento estuvo todo el tiempo que duró el concierto realmente vacío.

© Manuel Garrido Palacios

Revista de Folklore / nº 361


Revista de Folklore nº 361
Portada: La Ilustración Española y Americana.
Maravillas de la ciencia: una “prima donna” cantando en el receptor del fonógrafo de Édison
Director: Joaquín Díaz
Edición digital: Luis Vincent
Fundación Joaquín Díaz 
Patrocinado por la Obra Social y Cultural de Caja España / Caja Duero


EDITORIAL

Uno de los aspectos que mayor interés suscitan en la sociedad actual, denominada generosamente “de la comunicación”, es el de la precisión del lenguaje. Muchas veces ni sabemos lo que significan nuestros nombres ni por qué se denomina de una u otra forma a los terrenos en los que vivimos. La palabra “paisaje” viene de “pagus”, término con el que los romanos designaban el terreno rústico en el que vivían o tenían alguna propiedad, de modo que se acabó llamando paganos a quienes vivían en zonas rurales y a quienes, precisamente por su menor proclividad a las novedades y cambios propios de los núcleos habitados, aceptaban con notables reticencias que la nueva religión cristiana viniese a sustituir su complejo mundo de divinidades adscritas a la naturaleza por la creencia en un solo Dios. Con el tiempo la palabra pago vino a designar a cada una de las tierras que componían el término de un pueblo y a las que se nombraba de forma peculiar para poder distinguirlas de sus vecinas, que probablemente mostraban otras características. Esa época en que cada fragmento del paisaje tenía nombre y además un nombre que significaba algo, pasó a la historia. El paisaje es hoy un panorama abarcable, más o menos hermoso, más o menos degradado, que se muestra como el resultado de multitud de aciertos y contradicciones históricas y sociales cuya principal consecuencia ha sido una modificación paulatina de su esencia. En la modificación del paisaje ha intervenido desde siempre la mano del hombre pero también innumerables y sucesivas tecnologías agropecuarias que han llegado a crear un medio ─que hasta ahora se denominaba rústico o rural para diferenciarlo del generado en espacios donde se concentraba la población─, cuyos patrones han cambiado con tanta celeridad en los últimos tiempos que ya no se pueden denominar con el término habitual sin provocar equívocos. Desde el momento en que el paisaje es el resultado de una serie de elementos relacionados entre sí y abarcables para la vista humana, cualquier intervención del individuo sobre aquél debería estar marcada por el respeto al estilo resultante de la evolución histórica, a las características medioambientales o ecológicas y al sociosistema. Observando el entramado de este último convendría advertir además que el paisaje no es sólo la representación de una realidad más o menos compleja, sino el conglomerado de sensaciones ─sentimientos estéticos y emocionales─ que produce su visión en el ser humano, para quien el paisaje viene a ser un libro sobre el que puede leer el pasado y el presente de aquella misma sociedad en la que ha nacido y vive. Las intervenciones que se realicen sobre el paisaje deberán responder en consecuencia a dos principios básicos, que son el conocimiento histórico de la evolución y alteración sufridas por ese mismo paisaje y la seguridad de que dichas intervenciones se realizarán en beneficio de un desarrollo sostenible e inteligente del territorio, ajustándose no sólo a técnicas sino a la valoración y al respeto ambiental. Sólo así podrá decirse que la relación entre cultura y paisaje tiene verdadero sentido y se ajusta a la lógica. Sin embargo, la mayoría de las normativas que han servido para crear jurisprudencia en torno al territorio y a su uso por el ser humano han ido deslizándose peligrosamente desde la defensa del patrimonio común hacia la atención a intereses particulares, primando la realidad productiva sobre el disfrute colectivo del paisaje y potenciando políticas socioeconómicas de corto alcance por encima de visiones de conjunto con más amplio futuro. El resultado de esas políticas es la creación de situaciones ficticias en las que ni siquiera importan el desarrollo agropecuario o la economía local, sino los vaivenes de intereses mercantiles o macroeconómicos cuyos orígenes o cuyas consecuencias están muy lejos del ámbito en que se aplican.

© Joaquín Díaz 


SUMARIO


Editorial


Toponomástica molinológica de la provincia de Burgos
Mario Sanz Elorza


Noticia de algunos exvotos desaparecidos de la ermita de la Virgen de la Granja de Yunquera de Henares (Guadalajara) 
José Ramón López De Los Mozos


Las Rogativas
Modesto Martín Cebrián