VINCENT VAN GOGH

VINCENT VAN GOGH

La tumba donde reposa Vincent van Gogh está en Auvers sur Oise, pueblo que queda a hora larga al norte de Paris, cruzando los paisajes testigos del tramo final de su trágica historia. Parece que el caminante entrara y saliera de continuo de algunos de sus cuadros cuando va. La tumba está junto a la de su hermano, rozando una de las tapias del recinto sagrado, ambas cubiertas por una densa capa de hiedra de la que sobresalen los fríos datos tallados en las lápidas: Vincent (1853-1890), Theodore (1857-1891). Sobre las reticencias surgidas para que Vincent fuera enterrado aquí por las circunstancias de su muerte, se impuso la razón. El cementerio de Auvers sur Oise, de extensión media, sin tapias blancas, sino pardas, coronadas de musgo, acoge a diario, desde temprano hasta el ocaso, una discreta peregrinación de sensibles. Si se deja atrás la última casa del pueblo, para llegar a la verja hay que atravesar trigales que se infinitan a ambos lados, tapices ocres sajados por el sendero, y si luce una luz de otoño y el caminante encara sin prisas el grandioso marco, éste le dirá a sus sentidos que esos trigos maduros son los mismos que el artista pintó. En los meses finales de los treinta y siete años que estuvo entre nosotros, creaba constantemente: testamento artístico de setenta pinturas, treinta dibujos y un solitario grabado. No se sabe qué hubiera sido del pueblo de no haberlo habitado Vincent van Gogh y de no poder contar ahora cuanto se cuenta. Lo cabal es que Auvers le debe al pintor ese hormigueo humano que no cesa así llueva, truene o resplandezca la luz atenuada de esta comarca francesa. Auvers sur Oise agradece al artista la llamada de atención que hace al plasmarla en la tersura del lienzo, apasionadamente además. Por eso el pueblo ha respetado el paisaje tantas veces pintado y no ha consentido que se edifique nada que lo rompa, enturbie o manche, para que siga como él lo vio y lo amó. En una cuesta suave hay una venta cuyo dueño muestra orgulloso el cuarto en el que vivió Vincent, cuyos pinceles expresaron con tanta intensidad lo que veía: colores, formas, macizos, vacíos; y hasta puede que te cuente la desazón de sus amores no correspondidos como quien da a probar una amargura, y el mal que lo envolvió en un sudario de silencios, y el disparo que acalló sus latidos. Y la soledad: eso que nadie escoge. Una nube suelta deja caer cuatro gotas en el camino de vuelta del cementerio al pueblo, ocasión para que el caminante, refugiado bajo la fronda de un árbol, observe cómo el mar de trigo tiembla merced al soplo inesperado del viento que pasa. E imagina que llega la hora mágica en la que el espíritu inquieto de Vincent van Gogh, pasea por estos campos conservados para él mientras busca el encuadre ideal para pintarlos. Es como si el trigo, al saberlo, se estremeciera.

© Manuel Garrido Palacios

AGAPITO, GAITERO DE CABORANA

Gaitero de Caborana 

Agapito hace gaitas y las toca en La Reguera, Caborana, (Asturias). Usa torno de pedal en vez de eléctrico porque cree que es más bello hacerlo todo de manera artesanal. Desbasta la madera, la alisa y la taladra con una barrena por un extremo hasta los medios y con otra hasta el final. Eso, hablando del puntero, del pito, que es lo que canta la melodía. Luego mete en el palo el escariador de acero y lo ahueca hasta darle su calibre. Dice que el mejor constructor de gaitas que hubo en estas tierras fue Antonín de Cogollo, y me muestra varios de los modelos que guarda y que hizo él. Emplea madera de tejo que le traen de Cabañaquinta. La deja secar porque verde no es buena para la barrena. Una vez hechos los agujeros viene el retoque. Me indica que por el soplete entra el aire al fuelle, que lleva un depósito para que la saliva no lo pudra, porque esa humedad es dañina para estas piezas.
Si el puntero es la flauta, el roncón que lo acompaña es el bajo. Éste requiere madera de ébano de Guinea o de Cuba. El boj también es bueno para el puntero porque tiene un sonido dulce. En Asturias se cría en los huertos. Para el fuelle seca piel de cabrito o de cordero y la forra de terciopelo, faena que hace su hija. A veces le dicen que la gaita que vende es cara, pero si se suman estos gastos con los tres días que tarda en terminar el instrumento desde el tronco en bruto hasta que toca, piensa que cobra lo justo.
La gaita gallega es como la asturiana. Una u otra, o lleva la pajuela para que cante sola o se construye para que cante en conjunto. Para afinarla coloca la pajuela y va rodando el roncón hasta que coincide el tono con el del puntero. Tiene su gaita favorita, que nunca estuvo en venta. Todas las que salieron de su taller tienen contentos a sus dueños. Las que esperan ser recogidas lucen su cartel con el destino: Cangas de Onís, Gijón, Sama, Cudillero, Oviedo. Quien dice gaitas enteras dice pitos o punteros, roncón, ronquillo y ronquete. Aun siendo constructor de ellas, lo llaman para que toque danzas en las fiestas, con lo que saca sus extras para esto o para lo otro, que en las casas, ya se sabe, todo es poco.
De Galicia vino huérfano siendo un niño a vivir con la abuela a Asturias. Viajó en un barco desde Vivero a Pravia por cinco pesetas de entonces. De Pravia, en un tren hasta Ujo y otro hasta Moreda. Un tío suyo lo llevó a las minas poco después y en ellas se inició en el duro trabajo de ramplero, de caballista y de ayudante. Lo hizo tan temprano porque traía el entusiasmo de poder comprarse una gaita asturiana. Así que con los primeros dineros ganados fue a Mieres y compró la gaita deseada. De La Industrial Asturiana pasó de picador a La Hullera Española, a todas horas pensando en tocar la gaita y en hacerla. Buscó herramientas y hoy sus gaitas están en América, en Europa, en Asia...
Le gusta que la gente lo aprecie, aunque algunos sólo vean en él al minero jubilado. Cuelga diplomas del muro y mientras los leo él hace sonar la gaita que le he comprado. Así transcurre la mañana entre un artista sereno, de mucha labia, y un andariego del sur, que no sabe qué decir ante tanta sensación.

© Manuel Garrido Palacios