TARTESSOS EN EL TIEMPO


TARTESSOS EN EL TIEMPO
Jesús Fernández Jurado
(Premio Ernesto Cardenal 2010)
Prólogo de Manuel Garrido Palacios


Muchas páginas históricas de Huelva podrían escribirse desde sus cabezos, gigantes amarillos que ya se erguían silenciosos ante los antiguos viajeros y que no han dejado de tener protagonismo a lo largo de los siglos. En las cuevas de los del Conquero, hoy allanadas y engullidas por mansiones de lujo, vivía la gente marginada que no tenía sitio en la ciudad. El de la Horca carga con su oscura leyenda. El de la Esperanza parió una tarde una urna funeraria y un diente de tiburón. El de la calle Aragón, trágico por el derrumbe, sostiene en su cima un milenario lienzo de muro. El del Pino ofrecía ramas y mesetas para el columpio y la comba. El de la Plaza de Toros daba la mejor lama para bolindros de butre y grada gratis a los que lo trepaban para ver torear al Litri. En el de la Morana se descubrían conchas por los pasadizos tallados por el agua. En todos estrenó el amor parte de una generación medianera entre un ayer de encanto pueblerino y un desasosiego de urbe. En la cornisa del que bordea la Cinta se reunían los pastores al atardecer para juntar las piaras y arrimarlas a los corrales; punto alto sobre el camino a Gibraleón, la marisma y el río, que puso a soñar a alguien con antiguas naves fondeadas en los esteros y soltar en voz baja que de la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos, visión poética de quien sólo sabía de sueños ante una realidad en la que ni pedía juguetes a los Magos, sino un bollo, cinco higos, tres bellotas.Pero no hay sueño sin un pie en la tierra, aunque el soñador tenga la mente en las nubes y el mar de marco. No hay idea, por abstracta que sea, sin raíces prendidas al suelo, ni especulación que no parta de un suceso tangible, ni hecho que no guarde sus razones, como pasa con la petición del autor de ‘Tartessos en el tiempo’ a quien esto escribe de unas líneas previas para su obra. Un prólogo es el umbral por el que se accede a un edificio levantado con palabras; palabras que son sombra de hechos; hechos de los que afloran restos; restos que son fuentes materiales en las que el investigador bebe. Podría parecer extraño que Jesús Fernández Jurado confiara un prólogo a quien no tiene más actividad en esta disciplina que la de acercarse humildemente a ver qué es Tartessos, pero no es tan extraño si vemos que las razones que conforman su decisión se condensan en una sola: su generosidad. A sabiendas de que una historia es más bella cuando se cree que cuando se estudia, quizás el autor haya querido que abra las puertas de su libro la imagen idealizada que se grabó en la plastilina de mi generación, cuando de niños sólo sabíamos de Tartessos que su nombre flotaba en el aire salobre de esta tierra, Argantonio arriba o abajo. Desde el Santuario de la Cinta imaginábamos en la ría las naves fondeadas mercadeando lo que se terciara para con la primera marea regresar al horizonte. Veíamos, sin ver nada, cada nave como un puente que unía el mundo conocido con este sur de Europa, el medio de relación entre pueblos alejados entre sí, el vehículo para entender “los procesos económicos, culturales e ideológicos” que emergían a partir de que un vendedor y un comprador estrenaban comercio en una playa. Desde entonces, por más que he intentado hallar respuesta a si los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos, el esfuerzo sólo me ha dado la incertidumbre cierta de que los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos. Con tan preciso panorama fue fácil caminar por los ecos hasta la cornisa del cabezo, desde cuya altura todo tomó forma de mito, entendiendo por mito no una mentira, sino la verdad invertida que hace que sea fuera lo que sólo es dentro, para eso somos inasequibles al vacío que produce la ignorancia. Pero Tartessos no respondía del todo a la ambigua realidad del mito, ya que tanto las escasas fuentes escritas, que emitían latidos de su ser real y no imaginado, como los hallazgos habidos en las excavaciones merced al trabajo sistemático de los especialistas, eran datos tozudos, aunque propios para el análisis de los investigadores, no para el sueño de la generación que jugaba en los cabezos, o en las compuertas del Molino, o en la Vega o en la Merced, para la que la pobreza de noticias sobre Tartessos hacía que el vocablo sólo diera nombre al sueño, sin más respaldo que lo que cada cual imaginara en aquel colegio sotanero con maestro republicano. Sin embargo, casando lo que se le escapaba a don Enrique casi en susurro –no fuera a ser antialgo y lo estamparan contra el paredón– con el menudeo diario, se llegaba a comprender por qué las personas de aquel mundo –parientes, allegados, vecinos, artesanos, municipales, gruístas, embarcados, pescadores, rederos, constructores de chozas, criadores de cerdos, carpinteros de ribera, mineros de Tharsis o los que pasaban por allí camino del alfolí, el salaero o la mojama-, no soltaban prenda sobre Tartessos en sus conversaciones. Para la chiquillería de la época hubiera sido un cuento abuelero enriquecedor, justo para contrarrestar el protagonismo de héroes justicieros que se nos pegaban al alma como el Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Jabato... Hoy pienso que nadie decía nada sobre un pasado tartésico porque Tartessos no era para ellos un pasado, sino la continuación de un lejano ayer en el presente puro y duro, ya que vivían y actuaban en el escenario común representando idéntico drama desde milenios atrás, cuyo argumento era tan simple como gastar este algo entre dos nadas que es la vida según el ánimo de cada instante. Sin saberlo explicar, ellos se sentían a su modo parte de una cultura antigua, perdida en el laberinto de los orígenes, con sus dioses y diosas, sus hambres, sus hartazgos –menos–, sus mandamases –aunque no se llamaran Argantonio, vocablo que pobló el imaginario colectivo y del que aquel maestro nos dijo lo que sabemos ahora: que está hecho del nombre que los celtas daban a la plata, arganto–, y sus comerciantes, cambistas, navegantes, mineros, chipichangas de puerto..., o sea, un pueblo llano dándole al cedazo de los días para sacar la miga de la subsistencia mientras los jefes de turno cerraban tratos con los visitantes:

Las pastoras van solas
con el rebaño,
que los pastores
están ajustando cuentas
con los señores.

¿Por qué las gentes de a pie del agua del Tinto o del Odiel iban a extrañarse de que siete siglos antes de este apaño de Era hubieran existido otros como ellos, que hacían las mismas cosas? No queda ahí la especulación de aquel tiempo, sino que al observar el patio de vecinos, el barrio, la ciudad entera o un amplio círculo alrededor, tampoco era raro ni nuevo que los jóvenes bajaran a las minas de la gran franja rica en yacimientos, ni que una parte del fruto extraído se fundiera para convertirlo en joyas menudas que las diteras vendían a plazos por los patios, ni que ese intercambio propiciara un comercio indeclarable –lo que puede la tradición–, ni que de los barcos fondeados en la bella y maltratada ría se alijaran prendas para el mercadeo en tierra, ni que no existiera escritura propiamente dicha, sino unos signos detrás del almanaque con el te debo me debes del panadero o del de la fruta, ni que las leyes se agarraran a la memoria porque lo de leer se resistía, ya que el alfabeto no era de dominio público. En cuanto a echar el corazón fuera cantando, a pregonar el sentir en versos, ¿valdría con decir Alosno, que aún no paró de hacerlo? El muro con el que se topaban al final de su vida era el mismo que el de ahora. Nadie sabe qué se cantaría entonces, pero su fondo no podía diferir mucho de...

Cuando la muerte se inclina
a llevarse a los mortales,
ya no valen medicinas
ni los grandes capitales;
mandan las leyes divinas.

Nada de esto era ajeno al ámbito que viví de zagal. Si el maestro José hacía formeros para enaguar vírgenes, ¿quién era el artesano tartesio y a qué imágenes tomaba medida? No lo nombro por buscarle clientela, sino por subrayar que todos estos ecos desafinados suenan en orden al asomarnos a este hermoso libro cuando el autor dice que en la “Andalucía atlántica, pronunciar la palabra Tartessos es desencadenar una tormenta de emociones, de sentimientos que rebosan de leyendas, de antigüedad, de mitos y de deseos, de riquezas mineras y de historias de una Historia cierta que aún desconocemos y que quizás nunca logremos aprehenderla, ni siquiera asumirla como propia. Tartessos es una palabra que pretende definir, y al tiempo encubre, la realidad que fue mitificada; una voz que antes fue muchas otras en la transmisión oral de los que aún recordaban quiénes eran y de dónde procedían, sin saber a ciencia cierta hacia dónde iban” La respuesta la tendrá siempre el arqueólogo, que, en su papel de “historiador en sentido estricto”, ante la penuria de otras evidencias para llenar el gran vacío, es capaz de aportar a nuestras vidas la reconstrucción de un tiesto a partir de un fragmento minúsculo, o de extraer una verdad de la entraña de un grano de trigo. Esto no quita sabor al mito, tesoro poético que embellece la historia de cualquier país “La de España –según García y Bellido– tiene el privilegio de comenzar con los dos enigmas más sugestivos de la historia del Occidente europeo: el de Atlantis y el de Tartessos” Y advierte que “la mayor desgracia que puede ocurrir a la historia de un pueblo es que un día lleguen a descifrarse sus enigmas, que sus leyendas se conviertan en historia, que sus héroes y semidioses se reduzcan a seres humanamente palpables. Si conociésemos lo que hay de real y verdadero tras estos entes creados por la fantasía de los pueblos, perderíamos al punto un rico tesoro de sueños y ensueños porque la verdad es a veces triste. El hombre prefiere a la posesión de la verdad absoluta el difícil pero bello camino sembrado de dudas, misterios y enigmas que conducen a ella y nunca la alcanzan” Por si el ánimo de soñar decayera, Jesús Fernández Jurado escribe en otras páginas que “la cocina de Huelva no es el resultado de un desarrollo de lo gastronómico que pudiéramos considerar reciente, sino de la evolución y afianzamiento de una tradición culinaria que, sin exagerar un ápice, consideramos al menos trimilenaria y enraizada en aquellas gentes tartesias...” Para Julio Caro Baroja todo se halla mezclado: “...fábulas inventadas por los marinos, trozos de leyendas indígenas, teorías mitológico-geográficas ideadas por eruditos..., son demasiadas las alusiones para despreciarlas, aunque tampoco conviene que nos dejemos fascinar por ellas” Si una leyenda es una historia no contrastada, una historia puede ser una leyenda contrastada. La historia se nutre de datos y de interpretaciones. A la leyenda le basta un soplo para tejerse y poblar los sueños. Y así vamos en el barco de la noche -como late en la Odisea-, sin renunciar al sueño y a la vez esperando que la aurora de lo real abra camino en plena marea. Mientras la proa avanza –sigue Caro Baroja– “para explicar y describir armónicamente la vida social andaluza de épocas tan remotas, parece lo más propio comenzar contando un mito y glosarlo después, porque, si estamos lejos del tiempo en que se aceptaba entre los eruditos e historiadores toda referencia mitológica como dato positivo, también lo estamos de aquellos tiempos en que se creía que las narraciones fabulosas habían de ser sistemáticamente rechazadas”. De la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos. Ese fue el sueño de quien, sentado al borde del cabezo al lubricán, veía cómo el resplandor de los viejos dioses se ocultaba por Bacuta. Que toda historia haya de tejerse con hilos forjados en la investigación más rigurosa no quita para que en paralelo corra con vida propia la incertidumbre de la fábula, del mito, del sueño, porque, bien mirado, la Poesía nunca hizo daño a nadie.

© Manuel Garrido Palacios
© Imagen de portada de Carmen García Sanz
(Pluma de pavo real. Referencia a los productos exóticos que llegaban a Tartessos)

LAS MORADAS DEL VERBO

LAS MORADAS DEL VERBO
(Poetas españoles de la democracia)
Antología
Sel. y estudio: Ángel L. Prieto de Paula
Ed. Calambur

Corta es esta página para resumir las casi 600 del libro Las moradas del verbo,  presentado como selección de poetas españoles en castellano nacidos entre 1954 y 1968, que sacaron sus primeros títulos en el último cuarto del siglo XX, todos con amplia obra como para trazar un perfil de la misma. Veamos la nómina y una muestra del poema con el que cada autor ocupa su espacio:
Miguel Casado (1954): ‘Con frecuencia, el que mira / un río suele limitar su curso / entre dos curvas’; María Antonia Ortega (1954): ‘La soledad duerme / sobre el filo / de su espada / y sólo invita / a compartir / con ella su lecho / a los guerreros’; Julio Llamazares (1955): ‘Nacimos en tardes de cigüeñas con dos silencios largos en los ojos’; Julio Martínez Mesanza (1955): ‘También mueren caballos en combate / y lo hacen lentamente’; Concha García (1956): ‘Se pregunta a sí misma / por su pelo, recoge el cáliz, / toma el color del pomelo / y se ungüenta perpendicular a los árboles’; Tomás Sánchez Santiago (1957): ‘Venir desde muy lejos, de no se sabe dónde / a consumar el rito de la vida’; Juan Carlos Mestre (1957): ‘Mis antepasados inventaron la Vía Láctea / dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad’; Ángel Campos Pámpano (1957-2008): ‘La lentitud del rosa ensombrecido, la luz blanca o dorada de las plazas vacías tras la lluvia, en la tarde. Buscaba mi lugar’; Luis García Montero (1958): ‘Están.los mismos tilos al borde del jardín / los mismos ojos detrás de la ventana’; Blanca Andreu (1959): ‘Di que querías ser caballo esbelto, nombre de algún caballo mítico o acaso nombre de Tristán’; Álvaro Valverde (1959): ‘Silencio estremecido de la altura / callado serenar de lo que alienta’; Felipe Benítez Reyes (1960): ‘En amor el perdón es sólo una palabra / que no se aviene nunca a un sentimiento’;
Carlos Marzal (1961): ‘La crítica, tan crítica, tan lista, me ha indicado que soy nieto cercano de don Manuel Machado’; Aurora Luque (1962): ‘Cerré los ojos: quise / guardar esa armonía intocada. Y el sueño se prolongó en la aurora’; Amalia Iglesias Serna (1962): ‘Hace ya tiempo que no hay golondrinas al borde del tejado’; Jorge Riechmann (1962): ‘La intimidad del viento es inmisericorde. Descarna una casa como desnuda un cuerpo’; Amalia Bautista (1962): ‘Para ti nunca fui más que un pedazo de mármol. Esculpiste en él mi cuerpo’; Manuel Vilas (1962): ‘Cómo me acuerdo de tus manos y de tu sonrisa / todos los amantes se acuerdan de lo mismo’; Miguel Ángel Velasco (1963): ‘El polen de la aurora / la filigrana lenta de la savia / el trémulo rocío, cada gota / en que se copia entera la mañana’; Vicente Gallego (1963): ‘Que mi mundo sea la magia de esta casa tomada en su quietud por la penumbra’; Vicente Valero (1963): ‘Fuimos como animales extraños / atraídos por esta idea nuestra de empezar otra vez’; José Mateos (1963): ‘Mis amigos sabían ya del turbio / inextinguible fuego de tus labios / y yo no supe hablarte’; Antonio Moreno (1964): ‘Detrás del monte, queda el mar / y la clemencia de la luz dorada’; Juan A. González-Iglesias (1964): ‘Ríndete ya, no cuerpo, no persona / sino suma de puntos deliciosos’; Álvaro García (1965): ‘No hay nada que decir ni que escribir / pero es imprescindible expresar eso’; Ada Salas (1965): ‘Tengo un rumor morado entre los labios / un ave y una voz crucificadas / en la cima del pecho’; Luisa Castro (1966): ‘Cómo voy a contarte mi febril búsqueda de rastros en tu cuerpo abandonado’; Antonio Méndez Rubio (1967): ‘Abre de sol / los libros ciegos / las veredas que no sabrás nombrar / pero que existen / por ti desenterradas’; José Luis Piquero (1967): ‘Aquella maña que se daban para atraparme siempre / aunque volviera por otro camino’; Jordi Doce (1967): ‘Ahora es costumbre, agostada presencia, luz fría bajo el cielo arrasado de invierno’; Lorenzo Oliván (1968): ‘¿Desde qué oscura certidumbre sobre el tiempo / va amortiguando así toda esa angustia?’; y Enrique Falcón (1968): ‘Tenía una mano fría metida en un montón de tierra negra. Un día la cogí y la elevé por los aires’. 
Las treinta y dos voces poéticas que habitan ‘Las moradas del verbo’, con el preciso estudio de Prieto de Paula, hacen de la obra un necesario documento lírico de una época.

© Manuel Garrido Palacios