Juan Rulfo

EL GALLO DE ORO
Juan Rulfo
Alianza Era

Asisto a un congreso en el que se habla de Juan Rulfo, escritor que regala a quien lo lee la sensación de haberlo conocido antes de leerlo. Juan Rulfo me pareció siempre un enviado del verbo; su imagen memora la del pregonero del pueblo que él mismo describe gritando que se han perdido un niño, una muchacha… Rulfo pregonó unas señas de identidad que en gran parte perdieron parte de su son nítido. Llegó su voz para tallarse hecha palabra entre nosotros, y quien quiso puso voluntad en escucharlo porque traía ecos que no se opacaban; ecos serenos de sonoros silencios llenos de las desafinadas notas del Zopilote Mojado; sólo quedaba cerrar los ojos, abrazar el libro y decirse bajito: ‘Este es. Aquí está’. 
Es mágico el marco donde encaja las historias, el trato con los personajes extremos, su andar por los yermos solitarios, su estar y no estar, el hablar simple de andar por casa elevado a rango de categoría. Gentes de los cuentos pueden entrar o salir de la novela o del guión cinematográfico en un impulso. No hay en sus páginas imágenes confusas; tras la bambalina de cada una lo que cabe ver es un mundo por descubrir, un patio brumoso de arriates con plantas de sonidos, un bosque de expresiones que vienen a conectar con los clásicos, un viaje hacia atrás para recoger lo que quepa en la memoria y seguir luego por donde se iba. En su obra la belleza se abre paso sin entender de fronteras físicas o temporales; sólo para saber de tormentas humanas.
Juan Rulfo posee el inefable poético, cualidad que permite que el lector analice, interprete y se interne en toda suerte de hipótesis sobre su obra. Después de habitar durante años en los anaqueles de la espera, conmueve ver que haya sido traducido a un centenar de idiomas, aunque sería desventaja no leerlo en el suyo, el rulfiano, más allá o acá de las gramáticas; idioma real con virtud de hacer mejor a quien lo lee.
La obra de Juan Rulfo forma parte de la llamada literatura de la revolución porque es un avance en el conocimiento humano, un sacar fuera los ocultos dentros bondadosos, un intento de justicia, un ansia de verdad, un ser y no sólo parecer. Vivimos instalados sobre lo que parece evitar la reflexión para no ver que somos los primeros engañados. Pasa así hasta que entramos en esos espacios revueltamente ordenados y nos paramos a escuchar las voces propuestas por escritores como Juan Rulfo; voces venidas del misterio de la vida para decirnos que no pueden dejar de ser lo que fueron, que no podemos dejar de ser lo que fuimos. Con Juan Rulfo llegó la revolución del lenguaje -no digo idioma- la del color de las palabras -tantas que viajaron a México hace siglos-, la de su sentido hondo, lejano y cercano a un tiempo; palabras que en una orilla desvanecían –y desvanecen- ante la presencia de otras lenguas y en la opuesta se sumaban a la propia y permanecían frescas, capaces de decirlo todo. Los rasgos de la esencia mexicana en la obra de Rulfo están a la vista. Es esencia que llega de un limbo que se difumina en el pasado hasta sólo dejarnos ver lo que hay en primer plano, tras de lo cual está una identidad en parte borrada. Juan Rulfo la topa y nos la muestra desde su sentir cuando dice: ‘un señor que se pone a platicar con la soledad, se pone a platicar con su alma’. 
Se habla de la modernidad de un autor que destaca por recuperar su esencia; esencia que ya Aristóteles señala en su Política, donde invita a ir al origen de las cosas si queremos comprenderlas. A las raíces. En Juan Rulfo es posible rastrear la modernidad cuando enseña el alma colectiva a través de los perfiles, de los gestos, de los labios sellados, de la llama del llano. Enseña el alma porque él la ha buscado en el más atrás para hallarla, aunque herida, maltrecha de tanta revolución quedada, de tanta apariencia. 
Cualquiera puede ser el enterrador, Dionisio, Bernarda o el Colmenero. Pero cualquiera no puede ser Juan Rulfo; él es esencia desde su propio universo, un clásico nacido en México para enriquecer esta bella lengua que hablamos millones de personas. Estudiarlo en congresos aquí o allá no le dará premio ni despremio; sólo ayudará a conocerlo más y mejor. El premio será siempre para ese aquí o allá donde suene su nombre.

© Manuel Garrido Palacios

Patricia Chapela Cabrera

 
CRÓNICA DE UNA MINERA
por
Patricia Chapela Cabrera

Hace mucho, el tiempo había anestesiado las ganas, los anhelos y la ilusión. Una fragua de vulcano en sus ojos fundía los recuerdos. Su cabeza aún sostenía, imaginariamente, la bandeja que portaba la sustancia natural, sólida y sin vida: maclas y menas que alimentaban los sueños. En la mina, una barcaleadora más; una de tantas que iban y venían por el piso pulverulento de roca sulfurosa. Su falda, de tela henchida por el movimiento eólico que emergía de entre aquellas piedras calientes, tiznaba en azabaches.
En su olfato aún mantenía intacto el olor azufrado que desprendían aquellos cantiles grises y negros. Su turno comenzaba a las seis de la mañana en los días de tajo, y en otros en los que no azuzaba la mina, viajaba a la capital en El Viajero para vender las materias del huerto y los huevos de gallinas camperas, regresando con el sustento en sus bolsillos.
Era como vela cangreja del bergantín que asoma desafiante frente a las costas, la mayor de las lonetas, junto al céfiro raudal que impulsaba la nave para flotar a los suyos. Esposa, madre, amante, hija…era tantas mujeres a la vez, que apenas podía contener en su ego, todos los vínculos de su familia minera.
Una mañana, la vaca, bocina histérica anunciadora de turnos, paradas y otras cosas, suspiró quebrando el aire. Una voz de nadie corría con el mensaje que no quería ser escuchado.
Ella, que había parado la tarde para las tareas domésticas mientras su amor se había sumergido en la galería como otro día cualquiera, sintió un murmullo que llegó hasta el umbral de su puerta; algo espantoso había ocurrido en lo abisal. Desprendimientos de esquitos, mineral y rocas asomaban a la puerta de algún pozo. La tarde languidecía, la camilla era portada por dos hombres que, entre lágrimas, llegaban prestos al hospital minero.
La noche partía entre sollozos y bramidos. Otro minero más. Su minero.
Permaneció con una mueca inerte; su mente traicionera la había trasladado a otros tiempos que erizaban el vello. Una minera más, perdida en el horizonte, buscando respuestas caducadas. Otra viuda del mineral.

© P.Ch.C.

Laboreos de desmonte en Filón Norte. Tharsis. Alosno. Huelva. Fotografía: Archivo Personal de S.G. Checkland. Glasgow (Escocia) © Propiedad de A Cielo Abierto. Patrimonio, Turismo y Desarrollo.


 

Revista de Folklore nº 405

Revista de Folklore nº 405
Urueña. Valladolid

Sumario:

Editorial de Joaquín Díaz (Director)
Aunque la potencia en la emisión de la voz era un factor determinante para los buenos oradores sagrados, no todos los predicadores poseían la fuerza ni el volumen de san Vicente Ferrer (quien repetía allá donde iba su famoso timete Deum con voz poderosa y bien timbrada) por lo que, al parecer, tuvieron que recurrir muy frecuentemente a la insospechada ayuda que les proporcionó una especie de vas spirituale amplificador llegado directamente del taller de un alfarero... +

Ignacio Javier Gil Crespo

Alfredo Blanco del Val

Arturo Martín Criado

Grupo de Estudio del Sur


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