EL ANDÉVALO Y SUS MOLINOS

EL ANDÉVALO Y SUS MOLINOS
  

Molino de Puebla de Guzmán: 1 Piedra fija. 2 Piedra volandera. 3 Varón del carro. 4. 5 Pandereta. 6 Torva. 7 Travesal. 8 Galápago. 9 Carro (husillos, palillos). 10 Barril. 11 Sortijas. 12 Chamicera (viga que atraviesa). 13 Rueda grande. 14 Carretillas. 15 Canal. 16 Ejerto. 17 Rueda de engrane. 18 Dentones. 19 Rollete. 20 Jilaero. 21 Caja. 22 Rabo. 23 Reores. 24 Jarnal y pozo. 25 Caíllo. 26 Ulambres. 27 Techo. 

Alrededor del molino
tengo mis bienes,
una gata y un gato, mamita,
con cascabeles. 

En 1949 estuvieron Julio Caro Baroja y George Foster en Puebla de Guzmán, en Alosno y en El Cerro, lados que conforman un triángulo mágico en el Andévalo. Foster era por entonces Director del Institute of Social Anthropology de la Smithsonian Institution de Washington. De la Puebla escribió don Julio: “tuve la fortuna de visitar aquella villa”. En mis idas y venidas a su casa frente al Retiro, o a Itzea, en Vera de Bidasoa, le gustaba que le recordara gentes de estos pueblos, nombres de amistades de las que quedan prendidas a la memoria, en este caso, con tal fuerza, que lo hicieron volver junto a Foster en la primavera de 1950 a la Puebla por la romería de la Virgen de la Peña, patrona, el último domingo de abril, y no sólo para vivirla, sino para ahondar en su estudio. Viaje exprimido hasta la última gota, porque sumaron la romería de San Benito en El Cerro y las Cruces de Alosno: tres de las fiestas más insólitas que puedan imaginarse. 

Que muela la muela el grano,
que maquile la maquila,
que trituren las dos piedras
lo bueno que dá la vida. 

Como pocos elementos de la cultura popular pasaban ante don Julio en balde, descubrió en el paisaje las siluetas de los majestuosos molinos de viento que se asentaban por la comarca, en los que apreció diferencias notables respecto a los de otras provincias. Después de tomar de Pascual Madoz el número de molinos: 8 en Alosno, 3 en Cabezas Rubias, 1 en El Cerro, 3 en Santa Bárbara o 12 en Valverde del Camino, a los que habría que añadir los de Sanlúcar, El Almendro, Ayamonte, Paymogo, Calañas o Puebla de Guzmán, se centró en los molinos de la Puebla partiendo de las respuestas al cuestionario de Tomás López, recogidas por Bartolomé Macías y fechadas el 31 de enero de 1786, en las que reza que “en el contorno del pueblo hay 18 molinos de viento de pan moler por cuyo motivo se han atrasado muy mucho los molinos de agua de la ribera de la Cúbica, y se han perdido los que había en los ríos o riberas del Chanza y del Malagón”. 

Abre, molinero,
que vengo a moler,
un almud de trigo
para San José,
para unas poleás
muy ricas y espesas
que le pienso hacer. 

Algunas de las diferencias observadas por don Julio no estaban sólo en su sistema de aspas y velas, sino en que en el molino manchego, por ejemplo, la rueda del eje de engrane se situaba delante de la linterna y no detrás, molino en el que no existían las ruedas llamadas en la Puebla carretillas, que permitían que el giro del techo se hiciera por deslizamiento de hierros ajustados en círculo a un carril; y que mientras en el manchego, la harina caía al piso inferior por un conducto de madera, en los de la Puebla, el molinero, sentado en el marranillo, regulaba con el alivio la salida de la harina, que iba a parar al jarnal, suelo con lajas que estaba más alto que la piedra fija, de donde salía metida en sacos. 

A la luz de un cigarro
voy al molino,
si el cigarro se apaga,
vamos al río. 

A pesar del mal estado en el que encontró los molinos de la Puebla, don Julio hizo una descripción de ellos pieza por pieza, y dejó unos dibujos que constituyen hoy auténticos documentos. Aparte de su visión a pie de obra, se sirvió para ello de una maqueta del molino de San Sebastián que le regaló su dueño para el Museo del Pueblo Español, así como de las pinturas de García Vázquez, hijo del pueblo, y de los informes de puebleños, como Celestino Luque, colaborador que siguió enviándole datos a Madrid recogidos de viva voz de un antiguo molinero, Pedro Márquez Mora. Por eso sabemos hoy que en 1924 había en la Puebla 18 molinos, 5 en el Melonar: La Herrera, El Clueca, La Jaca Pingúa, Rabasa y La Aduana; 1 en El Santo, o San Sebastián; 3 en el camino de Paymogo: Vaca, Burón, Juan Pérez; 3 en Pocillo Barrero, uno de ellos sin nombre, y el resto del tío Carrasco. Otro, conocido por su ruido: el Chinguichanga, detrás de la calle Campo; 2 en el Pozo de la Cruz; y los que faltan en el Pozo Bebé: Pajarito, el AIto y el Lagareño. Por el año 1880 -fecha que se toma como inicio de su abandono-, cada uno podía moler en día de buen viento 24 fanegas de trigo, unos mil kilos. Quien quería harina llevaba su grano, que era rociado con agua, y daba aviso al molinero, que iba por las calles con su burro y su esquila anunciándose. La molinera ahechaba o ajechaba el trigo (lo limpiaba con un harnero o criba) y, ya sacada la harina, la cargaba el molinero y la repartía en sacos a lomos del burro. Una fanega de trigo daba para 28 panes de kilo y medio de pan blanco, a treinta céntimos la pieza. El molinero cobraba su maquila, que era un almud: tres kilos y medio por fanega. 

Molino parado
no gana maquila.
Quien me traiga el grano,
llevará su harina.
A moler, a moler,
vine de mañana,
me dió anochecer. 

Los molinos -según la descripción de don Julio- eran de piedra y barro, con muros de metro y medio de grosor por siete de altura, aunque hasta el tejado medían tres metros más, todo sustentado en una base de 8 metros de diámetro, que dejaba libre un interior de unos 5 metros. Una sola puerta daba acceso a la planta baja, y una escalera de piedra de 9 escalones, sin barandilla, llevaba al piso de la maquinaria principal, de igual diámetro que la base del molino y de una altura de tres metros largos. 

A la puerta del molino
me puse a considerar
las vueltas que daba el mundo
y las que tenía que dar. 

La enumeración de las piezas del molino nos podría llevar a una exhaustiva explicación de la función de cada una; digamos que sobre la piedra fija o solera estaba la volandera, con diámetros entre 1,30 á 1,5O metros, donde penetraba el tenazón, sujeto a la lavija; tenazón que soportaba el barril y aún encima el varón del carro, terminado en pala o cola de pato, ensamblado al barril y cogido por sortijas de hierro.
Recuento de piezas que igual nos llevaría a contactar con unas palabras, perdidas en gran parte, que pudieran dar pie a un vocabulario local de enorme interés. A tenazón y piedra volandera añadamos cojinete o galápago, viga, linterna, farolillo o carro, husillos, hogazuelas, rueda de engrane, tolva o torva, panereta o pandereta, ojo de la piedra, caíllo, paleta, alivio o freno, jarnal, carro, reores, camas, rueda grande o ingenio, techo de junco, palo chamisera o chamicera, piñones, dientes, injerto o ejerto, rabo, rollete, gollete, ulambre, berlingas (4 velas y 4 puños), escota, hocico, cintero, cigüeñal, abrazaderas y las velas, desplegadas según la intención del viento. 

Tiene mi molinera
el moño blanco
de la harina que vuela
de cuando en cuando.
Un moño verde,
su cara es la amapola
que a mí me pierde. 

Las muelas eran en parte de una cantera de Medina Sidonia, pero se usaron mucho las piedras sacadas de la propia Peña en la que tenía y tiene su trono la Virgen patrona; piedras labradas por el tío Paulino, viejo picapedrero puebleño, hasta que empezaron a traerlas francesas. En su viaje de 1949 constató don Julio que el único molino que quedaba en uso era el del Santo, dato que destila un tono de lamento cuando puntualiza que ya tenía las berlinas rotas, mal de difícil remedio. 

Tengo un molinillo viejo
donde ya molía mi padre,
que se lo dejó mi abuelo
y yo no tengo a quien dejarle. 

Emocionan los datos, las palabras, los usos, los nombres de las personas que manejaron estas reliquias que fueron los grandes molinos de la Puebla, naves con sus velas abiertas para recibir los vientos del Andévalo, que convertían el esfuerzo y el ingenio en el pan nuestro de cada día. Emociona el paisaje marco, tan magistralmente descrito por Manuel Chaparro Wert ese año de la primera visita de Caro Baroja, 1949: 

El mar manda luces pálidas
desde las costas de Huelva,
y el Andévalo, lejano,
se arrodilla entre la niebla.
En un alcor se destaca
el dibujo de la Iglesia
que hace farol de su torre
con resoles en la flecha
como sutiles plegarias
que vuelan hacia la Peña,
donde moran los amores
y consuelos de La Puebla. 

Estremece pensar que muchos de los molinos de la Puebla tuvieran como muelas trozos de piedra cercanos a la Peña de la Virgen, como si la Patrona los hubiera guardado como viejas herramientas para el mantenimiento de sus hijos. Advocación de la Peña en Puebla de Guzmán extendida, con el mismo viento que alimentó el cuerpo, a otras latitudes de nuestra geografía como alimento del alma... Alfajarín y Calatayud, en Zaragoza, Aniés y Graus, en Huesca, El Cabaco, en Salamanca, Sepúlveda, en Segovia, Pitarque, en Teruel, Congosto, en León, Briguega, en Guadalajara, Fuerteventura, en Canarias. 

Viste la molinera
zapato blanco,
y el pobre del molinero
anda descalzo. 

Romería de la Peña, de la que, aparte de la descripción de los molinos y del gozo de constatar la riqueza etnográfica que contenía Puebla de Guzmán, escribió don Julio que había visto “muchas ermitas, muchos santuaarios, muchas fiestas campestres y patronales, pero esta de la Virgen de la Peña me hace recordar lecturas de textos clásicos”. Él la sentía más vinculada “con el ambiente piadoso de los siglos XVI y XVII que con las romerías de otras partes de España. Esta romería mantiene un espíritu lejano al de estos tiempos. En esta Andalucía, con fama de arabizada, sorprende el culto a la Virgen de la Peña, porque en forma y espíritu es lo más cristiano viejo que cabe imaginar”. 

Galopa fuerte, Ligera,
no le temas al camino,
que a las claritas del día
tengo que estar en el molino,
junto a la morena mía. 

© Manuel Garrido Palacios © Dibujo de Julio Caro Baroja
 

JUAN RAMÓN DE FONDO

 JUAN RAMÓN DE FONDO

Tengo por uno de los poemas más bellos que se hallan escrito jamás el que el poeta siente como Viaje Definitivo. Dice así:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron,
y el pueblo se hará nuevo cada año,
y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico.

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.
En 1986, recién salido a la luz tras una ceguera de meses, fue el poema el que me llevó a rodar la película ‘Juan Ramón de fondo’ (55 min.) para una de las series televisivas en las que andaba inmerso en ese momento: La Duna Móvil. Reuní para ello a poetas locales y, sin salir del ámbito de Moguer, procuré dejar en el celuloide una visión de Juan Ramón Jiménez en las voces de los que participaron: nombraré a los que ya no viven: Figueroa, Feria, Arcensio o Abelardo. Rodé ajeno a prejuicios y a las diferencias que existían entre ciertos poetas; me refiero a ese incesante ‘que si tú que si yo’ destructivo capaz de dar al  traste con una energía que quizás produciría fruto más noble de mediar la elegancia y no la acidez, la voluntad y no las neuras revueltas. Mi idea era integrar a representantes de todos los grupos, sin importarme lo que A tuviera contra B, C o Z y viceversa (¡qué cruz!), con idea de hacer una breve antología filmada del momento poético en el ámbito juanramoniano. La película se hizo, aunque, salvando honrosas excepciones de saber estar, que no abrieron el pico en todo el rodaje ni para bien ni para mal- recibí presiones constantes sobre a quién tenía que ‘sacar’ en el film y a quién no ‘porque patatín patatán’, llegando alguno al punto de decirme que no lo pusiera ‘al lado de mengano o de sutano’. Por supuesto, no lo puse ‘al lado’, sino frente por frente, con lo cual solventé el absurdo capricho. Mi equipo y yo habíamos visto a mucha gente rara por esos mundos, pero no tanto por tan poca cosa. Incluso otro alguien, o el mismo, se atrevió a plantearme que ‘si venía fulano, él se iba’. Harto de tanta miseria, le respondí: ‘Pues vete’. No se fue, claro.
Ahora que se homenajea al Nobel -precisamente con el título de la película: Juan Ramón de fondo, aunque sin nombrarla, claro- he querido tomar esta nota que me ha venido a la mente como breve recuerdo de aquel trabajo. La memoria hace su balance y ve que, de entonces acá, poco han cambiado los protagonistas; unos han permanecido en su sitio, con una integridad que emociona, y otros, no sólo han seguido el camino ya marcado entonces por la soberbia y la estupidez, sino que lo han superado con creces, posiblemente porque les dio tiempo para ensayar.
Ando en tratos para hacer una segunda parte del apasionante mundo  juanramoniano. En principio, y vista la experiencia, se rodaría en Puerto Rico con poetas y testimonios de allá y contaditos de acá. Juan Ramón Jiménez merece ese respeto.

© Manuel Garrido Palacios

PLATERO Y NOSOTROS

Eduardo Lolo
PLATERO Y NOSOTROS
(Estudio crítico)
Alexandría Library
Miami

El Dr. Eduardo Lolo (Cuba, 1948) De la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York, es autor de varios libros de crítica y estudios literarios: Las trampas del tiempo y sus memorias (1991), Mar de Espuma. Martí y la Literatura Infantil (1995), Un huésped no invitado. La voz tangencial del indio en la literatura hispana (2001) y Después del rayo y del fuego. Acerca de José Martí (2003). Entre sus galardones están el Premio Letras de Oro del Instituto de Estudios Ibéricos (España/EE.UU.) y la Medalla de Plata a intelectuales extranjeros de la Société Académique d'Éducation et d'Encouragement, de Francia. Poemas y ensayos suyos han aparecido en numerosas compilaciones, antologías y publicaciones periódicas de América y Europa.
Este ensayo intenta determinar el género literario y el movimiento estético asociados a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Basado en los esfuerzos que le precedieron, haciendo uso de las más modernas técnicas de análisis literario, el autor examina a fondo los personajes, el lenguaje y la estructura narrativa de la obra en su totalidad. Se trata de un conciso.estudio ideado para profesores, estudiantes de literatura y para el lector interesado en profundizar sus conocimientos sobre la famosa obra y su autor.

© Ed.

Victoriano Crémer

 Victoriano Crémer
Los signos de la sangre 


Y canto para adentro
 porque no tengo afueras.
Me aprieto la guitarra
y siento la madera.
Se me llenan de música
las oscuras cavernas.
Yo soy yo, limitado
por carne sorda y venas.
Si alguna vez levanto
los ojos de las cuerdas,
me siento fugitivo
de lo que vale y cuenta. 

Hace algunos años medio organizamos un Aula de Poesía en el Ateneo de Huelva, entonces presidido por el Dr. Vázquez Limón, y quisimos traer a figuras del arte para que nos ilustraran con su verbo, con sus trazos. Vinieron Francisco Candel, tras el éxito de su novela “Los otros catalanes”, Juan Genovés, del que conocíamos sus imágenes por exposiciones en Madrid y, entre los poetas pusimos el acento en Victoriano Crémer, al que leíamos y del que gozábamos, sin que él lo supiera, de su magisterio. Con los primeros personajes pronto se nos vaciaron los bolsillos, que era con lo que se cubrían los gastos, pero, aún así, aquel Aula de Poesía (Arcensio, Figueroa, Lara y un servidor) inició las gestiones para traer a recitar sus versos al gran poeta, proyecto que, de entrada, aceptó. Ya había venido otra vez con ocasión de un homenaje lírico a Juan Ramón Jiménez. El problema surgió cuando en la siguiente carta me tocó explicarle que, como no teníamos dinero para pagarle ni el viaje. ni la estancia ni nada, oye, ni nada, a ver si él... Victoriano no se negó por ello a venir y dijo que el trayecto de León a Huelva lo haría gustoso para ofrecernos un recital, pero… más adelante. La ocasión, como tantas que quedan en el cedazo del tiempo, nunca llegó. Lo que vino puntual fue la noticia de su muerte un 26 de junio, cuando ya no estaban varios de la época y hasta el propio Ateneo se convirtió en un bingo.

Y no me reconozco,
y me doy tanta pena
que enmudezco y me duele
la raíz de la lengua.
Por eso cuento y canto
para adentro las penas:
Porque me sueno a hombre
y me duelo de veras.

Le Editorial Calambur sacó su obra poética (1944-2004), bajo el título de “Los signos de la sangre”, cuyas páginas recorren “la historia de la poesía española desde el fin de la Guerra Civil hasta el momento presente”. A estas alturas da cosa repetir que fue Premio Nacional de Poesía en 1962, Premio Castilla y León de las Letras en 1994 y Doctor Honoris Causa por la Universidad de León en 1991, entre otros merecimientos, aunque es bueno decirlo, como que nace en Burgos en 1907 y diez años más tarde se traslada a León para siempre. Al término de la contienda, durante la cual lo encarcelan dos veces, se dedica al periodismo, actividad que no deja hasta sus últimos días, ya pasado el siglo de vida. Día a día el Diario de León vino sacando su columna de opinión. En 1944 funda y dirige, con González de Lama y Eugenio de Nora, la revista “Espadaña”, centrada en la Poesía. Ese mismo año publica su libro "Tacto Sonoro", que contiene el pálpito “de las preocupaciones permanentes del escritor: el dolor humano, el hombre perseguido, el silencio de Dios”. Le siguen los dos poemarios “Caminos de mi sangre” y “La espada y la pared”, puras marmitas donde maja la “problemática existencial, la social (el mundo de los humildes), el terror de la guerra o el latido de su entorno, temas que retoma más tarde en “Nuevos cantos de vida y esperanza”, “Furia y paloma” o “Tiempo de soledad”:

Y puedo decir: Hambres,
en plural; Vida Perra;
o simplemente Amor;
y escupir a la Tierra.
Canciones que me arranco
de las furiosas piedras
del montón de la sangre
que llevo siempre a cuestas.
Me escucho y no me importa
que los demás entiendan;
me basta con sentirme
el alma en la madera. 

Con Celaya, Otero, Nora y otros forma parte de la histórica “Antología de la Joven Poesía Española” (1952). Luego vendrían los versos del sosiego en libros como “Lejos de esta lluvia”, “El cálido bullicio” o “El último jinete”, publicado en 2008, ya pasada la linde del siglo. Inabarcable el contenido de ese corazón parado, de ese pulso que se mantuvo firme hasta el último verso, cantó a la soledad, al recuerdo, al sufrimiento, al amor, a los hijos, al dolor, a la vida sencilla del barrio de Puertamoneda, a la vejez, a la muerte acaso:

Que canto para adentro,
porque no tengo afueras. 

Se dice que desde el primer libro “encontró su voz”. Lo más bello para un poeta. La esencia.

© Manuel Garrido Palacios