Florencia | Santa Croce




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(Giotto)






Claustro Mayor. Capilla Pazzi ►







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Fachada principal

Santa Croce está considerada como una de las iglesias góticas más bellas de Italia. Desde 1294 a nuestros días ha acogido testimonios espirituales. históricos y artísticos, legado del que conserva obras maestras. En las capillas laterales está la historia de la pintura florentina del tiempo de Taddeo y Agnolo Gaddi, Giovanni da Milano, Maso di Banco o Andrea Orcagna, muestra que culmina con los frescos de las Historias de San Francisco, de Giotto en las capillas Peruzzi y Bardi. Con la unificación de Italia en el s. XIX, Santa Croce se convierte en lugar de celebración de las glorias nacionales; pueden verse los monumentos fúnebres de Galileo Galilei, Maquiavelo, Michelangelo, Dante, Vittorio Alfieri, Rossini, Ugo Foscolo… sin dejar atrás las obras de Benedetto da Maiano, Donatello, Rosellino, Cimabue. Anexo a la Basílica está el claustro, a cuyo fondo se encuentra la capilla Pazzi, de Brunelleschi. La fachada de Santa Cruce preside la plaza de su nombre, considerada por muchos como el corazón popular de Florencia.

© MGP.

Javier Salvago






LOS MEJORES AÑOS
Javier Salvago
Ed. Renacimiento
Sevilla 



Si alguien accediera por primera vez a un libro de poesía y el libro fuera éste: Los mejores años, estaría de suerte; amaría el verso desde ese instante porque habría entrado por una puerta abierta a las palabras bellamente escritas y al sentimiento soberanamente expresado. Desde el Prólogo al Epílogo se percibe un hilo tensado del que cuelgan pliegos que hablan de batallas intimas, de edades, del juego de la vida, del amor, de los primeros placeres, de respuestas encontradas, de generaciones, de estampas cotidianas y de tentaciones. El prólogo, para coger tono, ya pinta en versos un “Último retrato de juventud”:

Hace casi tres años que no escribo
poemas, me abandono, apenas leo;
no me cultivo ni me informo. Siento
dentro de mí una especie de vacío
que avanza -y no me asusta- como un río
de lava; o mejor, como un desierto
que va ganando más y más terreno
al calcinado bosque, ayer tan vivo.
Sueño poco. Deseo lo necesario.
No tengo nada, y nada extraordinario
espero en adelante. No disfruto
del placer de vivir. Miro la vida
con reserva y distancia. Cada día
me consienten los años menos humos.

Ya en pleno corpus de la obra, se lee esta gota que colma el vaso y que nombra como “Imagen del desengaño”:

Con el dinero justo siempre,
sin poder y sin gloria, más bien harto
del poder y la gloria, de versitos
bonitos, de la vida y sus trabajos
─de contarle a un papel lo que ha vivido
en lugar de olvidarlo─,
de ser hombre, de ser poeta lírico,
de vivir, de saber que el arte es largo.

Idea en la que Salvago insiste más adelante en “Al margen de sus versos” porque, según confiesa:

Leo mi vida
─en esta especie de diario
que van siendo mis versos─,
y echo de menos tanta vida…

“Otra edad” es el siguiente gozo que traen estas páginas, que bien podrían estar escritas por ese autor mal llamado “Anónimo”, que cualquiera lleva dentro, porque lo que expresa es asumido de inmediato por el degustador de versos, compartiéndolo además:

Se me pasó la edad de ser poeta
porque todo se pasa, es ley de vida;
aunque siga, por vicio o por querencia,
hablándole a un papel, la poesía
ya no es mi patria, ni mi territorio.
Sólo regreso a veces, de visita,
como quien vuelve a donde fue dichoso.

Y como estas líneas sólo pretenden ─si pretenden algo─ poner un punto de atención sobre un autor y su obra, cerremos con dos poemas más; uno, dedicado al amor:

Mi madre, que me encuentra más delgado
y se preocupa porque tengo ojeras. 
Mi padre, cada día más distante,
y, sin embargo, cada vez más cerca.
Mi hijo, que aparece con sus ganas
de vivir, y me rompe los esquemas.
Y, aunque lo dudes, tú,
que me soportas o que te rebelas
cuando reniego o callo, que compartes
mi malhumor y mis miserias.
Y poco más... Es todo lo que puedo
llamar amor a los cuarenta.

Y otro, que titula “La tentación”, como epílogo de cuantos vienen en el libro:
EL leve roce de su pelo negro
al mover la cabeza, sofocada.
El roce de su mano, en un descuido,
sobre mi mano, en la sudosa barra.
El roce de su cuerpo, en una curva.
Sus pechos, al cargar en la parada
el autobús. El roce de sus muslos
casi desnudos... Sin palabras,
bajamos. Por caminos diferentes
nos fuimos alejando, y no hubo nada.

Leer a Javier Salvago es escuchar al escritor en voz baja; sus páginas son visiones que rumia a solas en su afán diario ante su banco de trabajo y sus herramientas: un folio, algo que pinte, su mesa, la soledad del estudio y su mirada al abismo de la hoja en blanco para ver cómo el alma se precipita hasta el fondo, al puro misterio, allá donde suena el venero de los versos.

© Manuel Garrido Palacios