MÚSICA PARA LA SOLEDAD

MÚSICA
Paris

Quizá el concierto más humilde que sonó en Paris el Día de la Música, dentro de los quinientos previstos, fue este en el Boulevard de Saint-Germain. Fui el único espectador vivo que asistió al evento. Por si eran pocas las citas musicales que celebraban la fecha, este fue el 'uno más', ese que siempre va por su cuenta, bandeja petitoria abierta para las voluntades al paso. El artista tocó sin parar, sin hacer pausa entre piezas. Creo, incluso, que se durmió un rato mientras tocaba y que el violín siguió a su aire por inercia. Digo 'vivo' porque el otro espectador era de bronce: Denis Diderot. Desde su pedestal sobre el músico parecía querer despertarlo con el gesto para que mirara a cámara. ¿Por qué no pudo ser así la magia del momento parisino?

© M. Garrido Palacios

PARIS · DÍA LLUVIOSO

Gustave Caillebotte pinta y dona este óleo
a Claude Monet · Museo Marmottan
Calle de Paris, tiempo lluvioso (2013)
© Foto: MGP 

Un hombre come cuchillas de afeitar en una calle del Barrio Latino. La noche es plácida para las cenas con velas coloreadas en las mesas bajo toldos a las puertas de los restaurantes. Mientras docenas de comensales saborean un asado de buey regado con un burdeos de la casa, este hombre come cuchillas en medio de un ritual en el que, para demostrar que no engaña a nadie, abre un periódico, lo saja limpiamente a lo largo y el mismo filo cortante se lo lleva a la boca, lo tritura con los dientes y lo traga. Y por si no bastara, sonríe al transeúnte que se para asombrado a mirarlo. Hay quien le pregunta si no se hace daño con el metal punzante. Él responde pausadamente que existen peores comidas que la suya. Por ejemplo: «La de quien traga sapos mañana, tarde y noche en sus respectivos comederos-despachos y, a simple vista, no parece perjudicado, aunque luego rabie a solas». Añade: «No hay que sucumbir a la tentación a abandonar lo que sabes hacer. Yo sólo pretendo que ustedes me den algo para comerme luego un panini con atún. A cambio les regalo una sensación que ninguno tendrá nunca. Sólo yo. Con ello no hago mal a nadie». Llueve sobre París como si un angelote la regara desde lo alto y hubiera olvidado que a veces se recomienda descansar, que la humedad persiste y cala en lo hondo. Al pasar por la calle Montergate, cuyo atractivo mercado permanece abierto hasta entrada la noche, veo que un hombre se lleva una botella de vino de las que están expuestas para la venta, un trozo de queso, un pan flauta y un paquete de leche. Cuando una señora de las que compra advierte al tendero y éste sale a la calle, el hombre ya se ha esfumado, por lo que decide dejarlo ir sin dar excesivas muestras de cabreo ante el robo. Lo que sí hace es llamar a la policía, que viene pronto a recibir la protesta, ya que al hombre será difícil encontrarlo. La lluvia persiste; es menuda, incesante, de las que no te dan más tregua que la que tú consigas bajo un alero o en el interior de un café, donde, por cierto, reina un buen gusto en la selección de la música que tienen de fondo para diluir conversaciones o para saborear el ambiente. Se trata de la Sinfonía 40 de Mozart, tan nueva a todas horas a pesar de ser tan conocida. Siempre me pareció que esta obra llevaba dentro una alegría triste, racionada para que nadie se creara ilusiones extremas. Misterios de Wolfgang Amadeus aún sin resolver. Esto pienso cuando, aprovechando el primer clarito, me aventuro a llegar a mi hotel en la calle Amboisse. En la esquina veo sentado en la acera al hombre que huyó antes del mercado de Montergate dando el último tragantón al vino, al pan, al queso y a la leche. Y en el tiempo que tardo en sobrepasarlo se me suman otras sensaciones de la noche, como la de la lluvia que no cesa, la de Mozart en el café, la de la policía escuchando al tendero, la del asado de buey regado con un burdeos de la casa y, sobre todas ellas, la del comedor de cuchillas de afeitar en el Barrio Latino, tan paralelo al kafkiano Artista del hambre. Y me pregunto entonces qué habrá sido de él, qué será de cualquiera de nosotros, comamos lo que comamos.

© Manuel Garrido Palacios

Gioconda. Monna Lisa. Madonna Elisa

Gioconda. Monna Lisa. Madonna Elisa
(1503-8)
Óleo sobre tabla de álamo (77 x 53)
Leonardo da Vinci
Louvre. Paris

De mirada socarrona de parisina sentada en un café de los grandes bulevares, ve la vida que pasa y se deja ver por los que pasan por la vida. Estaba junto al xuadro de Las Bodas de Caná, de Paolo Veronese, la cambiaron de sala para introducir medidas de seguridad y ya regresó a su sitio. Ella sola se basta para atraernos esté donde esté, no en balde es la dama más observada, más retratada de la Historia: hace siglos, una vez ante el maestro; hoy, miles de veces al día. Puede que Leonardo le imprimiera ese gesto que conmueve pensando en la de ojos altivos que la mirarían, en la de figuras alzadas que querrían acceder a su altura, en la de perfiles aderezados ante el espejo para llamar su atención, en la de asombros que provocaría su rostro intentando descubrir el gran secreto de su sonrisa insinuada. Hay quien cree que Leonardo se oculta tras ella y que parte de la pintura utilizada se mezcló -¿casualmente?- con su propia sangre por un leve percance en el estudio, lo que pone a caminar la imaginación hasta el punto de pensar que Gioconda está allí viva, y que sale cuando el Louvre cierra sus puertas para deambular a sus anchas por las galerías, y que tiene sus charlas con los personajes de otros cuadros, y que se asoma a los enormes ventanales por los que se ve París desde todos los ángulos. Hasta se puede precisar que permanece más rato por la fachada que da al Sena que cuando mira hacia las Tullerías o Rívoli...Vaya usted a saber. Lo cierto es que de noche se escuchan pasos en la inmensidad del Museo; energías que no detectan las alarmas, pero sí la mente sensible. A menudo suben los bedeles porque sienten una música de salón, o el paso de un ejército que va a vencer o que vuelve derrotado, o el recuento de monedas, o el peso de la avaricia, o el vuelo susurrante de la Victoria de Samotracia, o el siseo de la Venus pidiendo prudencia. Uno de los fenómenos más bellos es el del Escriba Sentado, que se afana cada madrugada en colmar de signos un papiro -crónica mística- para que al alba lo lleve en su pico una paloma a una biblioteca oculta de Alejandría, antesala del Paraíso, ese lugar en el que te prometen plaza si eres bueno en la vida. Sobre estos asuntos hay quien opina que son pura mentira de gente enamorada del Louvre. Suelen ser los expertos en verdades absolutas, graves señores que argumentan, después de meditar durante la “breve eternidad de un instante” (verso de Lara) que Gioconda no se puede mover del sitio en el que la han puesto porque, simplemente, ella no es más que una pintura. Los que no pertenecemos a este grupo de escogidos y vamos a nuestro aire, no sólo creemos que Gioconda sale y entra, sino que derrama ternura cuando se sonríe ante los que la miramos al ver el triste espectáculo de los conflictos humanos, conflictos que no discutimos hasta agotar todas las palabras, sino que somos capaces de llevarlos al maldito y repugnante campo de batalla. Para unos, su gesto no pasa de ser óleo sobre madera. Para otros, la misma dimensión del misterio. Cuando Marlon Brando fue al Louvre y se puso ante ella dijo: «Este sí que es un rostro impenetrable». 

© Manuel Garrido Palacios

PARIS

 PARIS

En la parisina Eglise de Saint Ephren, sin público a esta hora de la tarde, ensaya una joven la Suite nº 1 de Juan Sebastián Bach para Violoncello. Chirrían los goznes de la puerta cuando entro al tiempo que ella sale de la sacristía para ocupar el centro del altar. La sorpresa crea un instante infinito en el que ambos dudamos si avanzar o retroceder. Igual ella prefiere esperar a que en el templo no haya ni un testigo de su ensayo mientras yo me debato entre quedarme o qué. Pero ambos resolvemos la situación dándole al instante su importancia. Ella se sienta en su solitaria silla, acomoda el violoncello y retoca levemente las clavijas hasta conseguir el temple justo en las cuerdas. Yo doy tres pasos de puntillas, encogiéndome para hacer menor mi presencia y me siento en uno de los bancos reclinatorios. El leve roce de las ropas y el encaje de posturas es el epílogo de lo mundano. Lo divino empieza cuando ella alza el arco y empieza a tocar. Jamás asistí a un concierto para mí solo. La Suite nº 1, BWV 1007, en sol mayor, consta de Prélude, Allemande, Courante, Sarabande, Menuet I-II y Gigue, como las demás suites hasta la 6. Sólo cambia de una a otra la tonalidad y el Menuet en la 3 y la 4 por Bourrée y por Gavotte en la 5 y la 6. Datos. Fríos datos que el calor del sonido que nace al fondo ahoga. El Prélude no le sale como quiere y antes de acabarlo lo corta, lo empieza otra vez y, ya segura, sin interrupciones, parece que ni ella está ni yo estoy. Brota un universo dentro del Universo y las notas lo pueblan como una familia cantora que anduviera de aquí para allá por su propia casa. Al final, ella permanece un momento con el arco bajo, pensativa y yo sin moverme por si el milagro del concierto se repite. Después se levanta y se oculta tras la cortina roja que cubre el frontal. Yo salgo a la calle y me pierdo en el barrio con sus otros sonidos, como si hubiera bajado de una altura pocas veces accesible. Me quedo con el eco de la belleza, con el regusto de un latido que tendré que escribir un día. Hoy mismo. Ahora. ¿Para que esperar?

© Manuel Garrido Palacios