Diego Lopa Garrocho

LAS CARAS DE HUELVA
Diego Lopa Garrocho
Universidad de Huelva


En la calle Medio Almud, o Amado de Lázaro, paso entre San José, Independencia, Gínés Martín, Jacobo del Barco y Aragón, estaba la taberna de Carmelo y Claudina, padres del escritor Diego Lopa Garrocho. El local tenía su mostrador de madera, su viejo reloj de péndulo, una cabeza de toro disecada donada por el Litri, su patio cubierto por una parra y un buen vino valorado por los paladares expertos. Diego, aparte de lo dicho, la distingue de otras tabernas del barrio: El Valle, El Trentiuno, Sietenovias o El Túnel porque, además de acudir gente modesta, era foro de lo cultural, lo artístico y lo taurino en saludable rebujo. Limitaban el sitio por el Norte el cabezo de la tragedia,  el Hospital de la Merced por el Este, la Vega por el Sur y el centro de la ciudad al otro lado. En su ámbito hay que recordar las figuras de Dolores la Papera, Pepa la de la Cebá, Paco Asunto, Zacarías el carbonero, Anacarte, Ana Limón, la Pineta, Pepe Hierro el del aguardiente, Ricardo el de los carros, Juana la Camisera, el Picúo, el Cano, el Cinini, el Cuartoquilo, el Miji, el Trabuco, el Pepico, el Juanini y los que de mayores fueron escritores, periodistas o pintores… nombremos a Rafael Delgado, Jesús Hermida, José María Segovia, Seisdedos, Rebollo, etc. Sobre este aire revuelto ha escrito Lopa Garrocho su hermoso libro: “Las caras de Huelva”.
Si es verdad que “la cara es el espejo del alma”, Diego ha querido poner rostro al escenario en el que se talló su vida, dividiéndolo en escenas con las sombras de quienes deambulaban por el olvido: Arturito, que rasgaba la calma con su vara, sus gritos y sus carreras, figura con la que las madres metían miedo a los niños, o el Nini, que nadie supo si tenía o no valor frente a un toro, pero que parecía desconocer esa diferencia. No en balde dice en el prólogo Francisco José Martínez, que “las caras lo dicen todo, reflejan lo vivido, lo anhelado, lo sufrido, la felicidad, la aflicción, lo que se hereda con los genes”. Y es que las de este libro conforman la cara de la ciudad en la generación del autor; caras de personas,  monumentos, calles, unas vivas, otras en la memoria común, todas resistiendo el vendaval del tiempo.    
Diego Lopa escribe que ha visto crecer a Huelva a la par que él mismo, y deja resbalar su nostalgia al nombrar sus paisajes favoritos, esos que lo vieron tomar notas durante años para darlas en estas páginas: “los atardeceres en el muelle del Tinto, los olores a brea y a salitre en la Glorieta, las Colombinas en el muelle, la Cinta y su feria, la Fuente Magna, la de las Naciones, el Titán, San Sebastián en su barrio del Cementerio Viejo, la llegada del primer Obispo, la venida de la Virgen de Fátíma, los partidos de fútbol del Velódromo, los paseos “arrastra pies” por la calle Concepción, los cines de verano, la Plaza de las Monjas, el Conquero, la sesión numerada del domingo en el Mora, en el Rábida, en el Gran Teatro, en el Oriente, la quiniela en el Buenavísta, la primera cerveza en La Copa, en El Tupi, la venta de biznagas y su pregón: ¡A gorda los jazmines!, o el de las caballas: ¡Vivitas de la bajamar!, o el de las sardinas: ¡Las llevo del alba, de galeón!, las papas fritas de la rubia, el kiosco de Manuel, la tienda de Baltasar, las sultanas del chato, el paso de los toreros en los coches de caballos, los tranvías amarillos, sin dejar atrás las calles adoquinadas donde se jugaba a piola, a las bolas o a la pelota de trapo, las puertas en las que los vecinos se sentaban en las noches de verano para charlar bajo la bonanza del clima, ausente la prisa, es decir, todo un cúmulo de anécdotas elevadas al rango de categoría por su mano y por su voz, ya que el libro trae un disco con este hervor latente.
Avalan la edición la Universidad de Huelva y Uniradío, emisora del programa “Del rosa al amarillo”, germen de estos textos, espacio en el que el autor ha entrevistado a los dueños de esas caras, riqueza expresiva y documental a la que ha añadido sus recuerdos.  
Se preguntaban los primeros griegos, cuando una obra se culminaba, si el autor y actores habían puesto pasión en ella. Situando la pregunta en nuestros días y aplicándola a este libro y a su artífice, Diego Lopa Garrocho, cabe contestar: Toda.


© Manuel Garrido Palacios

MAXIME CHEVALIER

MAXIME CHEVALIER
CUENTO TRADICIONAL, CULTURA, LITERATURA
(SIGLOS XVI-XIX)
ESTUDIOS FILOLÓGICOS
EDICIONES UNIVERSIDAD
SALAMANCA

CULTURA

CULTURA

Asisto a lo que llaman un acto cultural. Lagarto, lagarto. Los que me acompañan llenan el regreso de opiniones sobre el evento. Escucho y cato. La queja común es que se confunde ocasión con tradición, sabiduría con datos, palabreo con reflexión, hábil con artista, listillo con inteligente, entendederas con atrevimiento, hambre con ganas de comer y todo así. Repito algunos de los ejemplos expuestos:
1) Un político que tenía que recibir a figura literaria internacional, en vez de saludarlo como lo que representaba, le espetó: «Yo también soy poeta».
2) Un... -¿cómo llamar a éste?- le largó a un escritor tallado y reconocido:  «Yo quiero tener las tardes libres para poder escribir como usted».
3) Un caso lastimoso le dijo a un recién llegado que en el Sur sólo había dos poetas de valía: Juan Ramón y él.
Como es interminable la lista de disparates pongo punto porque estas osadías no merecen más. Aunque son empobrecedoras en sí mismas y no resistirían un análisis, dan norte en conjunto de lo difícil que resulta entender el significado de Cultura, palabra que tanta resistencia opone a ser definida porque tiene un corazón tan tierno que cualquier vaivén podría herirla. Gracias a que por venir de dar culto a lo superior conserva un halo misterioso que la protege. Hay quien se mueve en lo que le parece Cultura y con ello recorre el camino de la autocomplacencia. Los que andan encariñados con ella ven ese camino cultural poblado de saberes, de formación, de personalidad, de gusto, de sensibilidad, de  inteligencia, de tomar las grandes obras como modelos para aprender, no para plagiar, de sentirlas como tesoro de la humanidad, sean tradiciones artísticas, científicas, religiosas, filosóficas; todo eso que conforma un modo de vida: arte, moral, ley, costumbres, hábitos. Como alimento del espíritu nunca hubo empacho por la Cultura, sino sensación de bondad por permitir que nos abriera paso hacia ideas que nos enseñaran a sentir que nadie es el eje del mundo; p sea, para universalizarnos.
La Cultura es el grano que queda limpio en la era cuando se aventa la paja. Ella se defiende de la confusión porque está hecha a distinguir la voz del grito, el hablar mucho del decir poco, o nada, el auditorio vacío aunque parezca lleno, de discursos superficiales, alharacas pelotilleras,  autobombo y aplausos subvencionados a costa del contribuyente. En cierto despacho no sabían qué cargo darle a un «compromiso» y le dieron "Cultura mismo". Toma ya.
Habría que elevar el listón, no bajarlo a niveles infames bajo el pretexto de poner no se sabe qué al alcance de todos. Lo grande es que suban esos todos. Que no parezca que somos incapaces de ser más que figurantes de una obra manida que sólo sabe justificarse a diario. Por cierto, ¿de qué acto llamado cultural venía yo para escuchar estas perlas durante el regreso?

© Manuel Garrido Palacios

JOSÉ MANUEL DE LARA

JOSÉ MANUEL DE LARA
(Ciertos poemas)

Está lloviendo. Llueve,
interminablemente, desde el alba.
No se ve el cielo ni se ve la tierra,
solamente el agua.
Silencio.
¿Qué decir
sin que no se me mojen las palabras?
Tengo abierto delante un horizonte
que se me está cerrando por la espalda.
Y no sé qué pensar, ni sé qué hacer
debajo de esta lluvia fría y larga.
El mundo se ha encogido, que las cosas
parecen más pequeñas con el agua;
y yo, empequeñecido, me contemplo
en el mojado cristal de una ventana.
En el centro de un círculo pequeño
ahogada tengo el alma.
Levantaré la frente hasta ponerme
un arañazo de lluvia por la cara.
Voy pisando los charcos fuertemente,
salpicando de barro la esperanza;
que hasta Dios me parece descendido
de su altura de luz esta mañana. 

Hace unos días, en la Mèdiatéque de Biarritz (Francia) a las cinco de la tarde, fueron leídos este y otros poemas de uno de los grandes de la Poesía: José Manuel de Lara. Presidían el acto la Dra. Cécile Norfock, la editora de Le Soupirail, Mme. Moysan y el traductor  Jean-Marie Flóres, que iba repitiendo como un mantra los versos en francés. Frente a ellos, un público, sinceramente interesado en lo que se le ofrecía como primicia, cuyo aplauso tras el primer poema, hizo que la lectura siguiera.
José Manuel de Lara, Miembro de la Academia del Lunfardo (Argentina),  que jamás tuvo que alzar la voz para ser escuchado, ni correr por los pasillos, ni arrimarse al poder de turno, tan efímero como todos los poderes, para ser apreciado por méritos en el mundo de las Literatura, dio esta lectura sin estar presente, aparte de tener versos suyos traducidos al francés e incoporados a diversas obras.
Este poema y los siguientes fueron escogidos de su obra RETRATO APRESURADO, antología encargada a sus hijos, proyecto que se mantuvo ajeno al poeta desde su gestación hasta su publicación. Fue para él una sorpresa; para sus lectores, un gozo; para sus amigos, un honor; para la literatura, un acto de justicia, por ser, sin duda, una voz poética de las que ‘quedarán cuando el viento barra la hojarasca’.
Una veintena de títulos jalonan su afán, desde aquel Surco Nuevo, en 1957, aunque José Manuel de Lara pasaría a la Historia de la Poesía aunque sólo hubiera escrito un poema como Agua de otoño:

No sé qué larga sombra de silencio
entristeció la duda de tus ojos.
Aquella luz, aquel abril contigo
ahora sólo es agua del otoño.
Desconfiada y triste me preguntas
por un amor que fue y quedó en nosotros;
y, sin quererlo, anidan en mi sangre
aquellos raros pájaros remotos.
Sé que la vida ha puesto, desde entonces,
un algo sobre ti, que no conozco.
Pero en tu modo inquieto de mirarme
contemplo tu niñez, llena de asombro.

Toda niñez trae pegado el eco de los paraísos perdidos, y el poeta observa la suya y la de los demás; la propia parece que la canta y que las palabras bailan en el aire. Podría acompañarse de un ritmo que ni fuera vendaval ni aire solo:

Ilusión y esperanza, canto y risa,
y en el aire fragancia de canela
Y correr y saltar por la plazuela
quebrando, por quebrar, la yerbaluisa.

Pura y mansa y azul siempre la brisa
a la salida ingenua de la escuela.
Y ante la verde cruz de una cancela,
en dos trenzas envuelta, una sonrisa.

Incienso. Tarde malva. Y en el viento
la cara sin la cruz de un pensamiento
leve y frágil, como una golondrina.

Y está la infancia alegre y siempre abierta
llamando, por llamar, en cada puerta;
gritando, por gritar, en cada esquina.

Desde su Cátedra de Poeta Puro pinta la niñez como la ve, con sus herramientas: las palabras, enmarcándola en el tono sepia de su época de enseñante:

Cuatro paredes tiene el colegio.
Los niños gritan sin gana
lecciones, cantos y rezos,
mientras el patio vacío
repite el eco.
Sobre la negra pizarra
trazos inciertos,
y en un rincón pone un mapa
colorines polvorientos.
Todas las amplias ventanas
tienen su trozo de cielo.
Y un rayo de sol le pone
guiños de luz a un tintero.
Lentos, cansados, monótonos,
dicen a un tiempo
montes y ríos de España,
canciones y padrenuestros,
mientras un aire dormido,
sumiso y tierno,
entre pupitre y pupitre
bosteza su aburrimiento.

Si cualquiera de sus versos merecería mármol en el que grabarse, cualquiera de sus libros, su obra entera bien merece actos como el que cito, sin solemnizar el gesto, sino como respuesta a quien indaga al ser humano piel adentro buscando un origen a través de la Poesía:

¿Desde qué cielo perdido,
desde qué silencio,
me llega esta nostalgia indefinida?.

José Manuel de Lara, presente con sus versos en el recital bilingüe de Biarritz, lejos de conciliábulos y banderías inútiles, seguirá plantándose cada mañana, cada tarde o cada noche ante el abismo del folio en blanco con el latido humilde del que empieza, tal como un día trazara su propio perfil:

Aquí me ves, ausente, la mirada
perdida en una rota lejanía..

Un poeta nace cuando traza el primer verso. Su biografía, hoy en plenitud creadora, la expusieron otras voces, a través de su Poesía, en el acto de la ciudad francesa.


© MGP.

POESÍA · JUAN DELGADO

POESÍA 1971-2010
Juan Delgado
Universidad de Huelva 
Prólogo de Manuel Moya 

De acierto hay que valorar la iniciativa de reunir en un libro los versos del poeta más genuino y cabal que ha dado la Cuenca Minera y la Sierra de Huelva, Juan Delgado (Campofrío, 1933): POESÍA 1971-2010, es decir, la contenida en obras como La sangre perseguida (inédito), Por la imposible senda de tu boca, El cedazo, Oficio de vivir, Cobre y viento, Al andar, Cuaderno de Santa María de Mave, La luz con el tiempo dentro, De cuevas y silencios, Carpeta de Navidad, Cancionero del Odiel, Treinta sonetos vegetales, Seis sonetos para un mismo amor, Los días encontrados y otras oraciones, Tiranía del viento, Paisajes de la memoria, Suite de la Sierra, Árbol de bendición, árbol sagrado, Cancionero del Río Tinto, Memoria de la niebla, Julianita, Habitante del bosque, El sueño de una noche de ginebra, Antología Amarilla, Cuentos del viejo capataz y Geografía y amor.
De acierto hay que valorar que haya sido Manuel Moya el encargado de ponerle orden, prólogo y estudio a tanta belleza escrita, a tanta pasión. Venteando la visita de la dama negra, Juan Delgado le dijo a Moya -según Ángeles, su esposa-, que tratase de conducir este proyecto hast:a su final aunque tuviera que publicarlo “en papel de estraza”, ruego humilde, conmovedor al que este libro, que no llegó a publicarse en vida y del que valdría recontar las dificultades, los despropósitos y los estúpidos silencios burocráticos de los sabios de turno que lo impidieron, da ahora justa, respuesta. Hay que temer a los auto-autorizados.
De acierto hay que valorar que la Universidad de Huelva abra con tan importante obra su Colección Ibn Hazm. Escribe Moya: “En su sepelio fue el Rector, Francisco José Martínez, quien asumió la publicación, extremo que le honra y honra a la institución”. Manuel José de Lara, Vicerrector, dio también todo el apoyo a la obra y a la memoria de un poeta de verdad, que llevó siempre la dignidad como enseña”.
En el libro, el lector conoce al poeta, lo encuentra, lo reencuentra, quizás lo descubre. Al ver el contenido del corazón de su medio millar de páginas se nota que no era Juan tan conocido como merecía. En un triste acto de los que suelen celebrarse ‘como sea’ a la muerte de un grande –él lo era-, los intervinientes –salvo un par de honrosas excepciones- leyeron los tres o cuatro versos que estaban publicados en Internet, como si lo esencial estuviera en “decir algo, un algo, lo que fuera” subidos al estrado para salir en la foto al soltarlos, aunque no pasara la cosa de repetir las mismas palabras que el anterior dijo y que el siguiente diría, incluyendo, ¡cómo no! alguna mención personal para aparecer en un pico de la imagen con el yo por delante, y todo, como si las cuatrocientas noventa y nueve páginas restantes de su obra, como si los miles de versos que las habitan no existieran porque no los había señalado oportunamente papá Internet. Lamentable. Esto ocurrió en Riotinto, ya digo, en lo que parecía un contrahomenaje. Aire. 
Frente a toda esta vana palabrería surge este libro: cartas sobre la mesa, obra en atril. codos en la madera, rigor y corazón al canto; latido puro. Un Juan Delgado parido por sus versos; unos versos paridos por Juan Delgado; un Juan con su poesía dentro –extraña luz montaniana que lo iluminaba-, con su anatomía de la pena, su discurso del dolor. su trazo serio, su verticalidad de poeta entero. Es un lujo para el sentimiento esta recopilación completa de su obra, “tan dispersa y poco divulgada que a veces ni él disponía de ejemplares de sus libros”. Obra antologada en Chile o Méjico, considerada en Cuba, pero que, una vez más, otra, apenas había logrado la atención de sus sensibles paisanos. Señala Moya que “el hecho no es nuevo, pero no deja de ser orientativo y hasta cierto punto escandaloso”. La obra de Juan Delgado es para el recopilador “vocacionalmente compleja, poliédrica y, déjenme añadir, arbórea, de manera que uno se siente en ella como cuando de niño, en las siestas de junio, se subía a los cerezos y veía tantas y tantas apetitosas cerezas que nunca sabía muy bien a qué rama acudir”. 

© Manuel Garrido Palacios

PARPALACIO nº 86

PARPALACIO nº 86
Urueña “ Valladolid


La Pastorada

A mediados del mes de diciembre tuvo lugar en la iglesia parroquial de Urueña la representación de una Pastorada. El texto que se representó es, sin duda, el auto más importante de las Navidades en Castilla y León. En su origen fue, probablemente, un texto corto que se representaba en las iglesias alrededor de la Misa del Gallo o intercalado en la misma y constaba sólo de lo que hoy se considera la parte central: el anuncio del Ángel a los pastores, los diálogos de éstos y la adoración y ofrenda de los presentes al Niño…





HOMENAJE A JOAQUÍN DÍAZ EN VALLADOLID

Revista de Folklore nº 418


SUMARIO

Editorial de Joaquín Díaz (Director)
El día último del año, día dedicado a san Silvestre, tenía lugar en muchas casas particulares una costumbre que se conocía con el nombre de «los años», «los estrechos» o «los casamientos». Consistía en hacer papeletas con el nombre de todos los que estaban presentes en la casa en ese momento, introducirlas en un recipiente e irlas sacando después de dos en dos para hacer parejas... +


SEPANCUANTOS

SEPANCUANTOS
Manuel Garrido Palacios
Biblioteca de la Huebra
Aracena / Fuenteheridos

Manuel Garrido Palacios en el libro Sepancuantos ha desempeñado fielmente, como peregrino por la Sierra de Huelva, su oficio de bardo, de cosedor de cantos portadores de sentencias, romances, danzas, coplas de muerte, embrujos, hechizos, pócimas para la salud del alma y del cuerpo recogidas de la vegetación de la zona; refranes y fábulas bien documentadas en nuestra tradición picaresca del Lazarillo, de la Celestina, de Quevedo y que incluso se remontan en lontananza a Hesiodo en “Los trabajos y los días”, poema de experiencia humana en cuanto experiencia individual y colectiva, poema didáctico sobre las labores del campo, la distinción de los días fastos y nefastos para emprender una determinada acción o para suplicar a los dioses, poema que al igual que en este libro, intercala fábulas, como la del gavilán y el ruiseñor, y sentencias; asimismo se remonta a los conjuros y ensalmos para atraer el corazón del amado desdeñoso o el castigo, de la comedia, y poesía helenística, y a las Geórgicas de Virgilio, poema inspirado también en el cultivo de la tierra y en la vida de sus campesinos.
Por tanto, su libro‑ensayo arranca de las raíces de nuestra literatura occidental griega y judeo cristiana. Es el “yo” del poeta sumido en una tradición que desarrolla un trabajo etnográfico y antropológico con la descripción e interpretación de los usos, las costumbres, la ideología y la psicología de un pueblo conformado por su entorno natural, su historia y sus condiciones sociales, de un microcosmo incardinado en la serranía de Huelva.
El abanico temático es muy amplio: cuentos y canciones que parten del mito, ese inconsciente colectivo sin espacio ni tiempo, ese “Érase una vez”. Empezaré por canciones y cuentos didácticos que animan al trabajo y que recuerdan los consejos que daba Hesiodo a su hermano Perses, hombre de ágora y poco trabajador, exhortándolo a la virtud y al trabajo: “Mas tú, recordando siempre nuestra admonición, ¡Trabaja! Perses, divino retoño, para que el hambre te odie, y te quiera en cambio la bien coronada Deméter augusta, e hinche de alimento tu cabaña”. Así en el cuento de la viña (Santa Eulalia), el padre exhorta a sus hijos: “Jamás en la vida convirtáis la viña en era. Pero los hijos holgazanes vendieron la viña y en nada de tiempo se les acabó el dinero. Y cuando con los años volvieron al pueblo y pasaron por la viña dice uno: ¡Huy, qué limpia está la viña de nuestro padre! Dice el otro: ¡Ay, hermano! esta viña era nuestra. Por eso nos dijo padre que no la convirtiéramos en era”.
O cuentos de humor negro que reflejan las condiciones sociales, como es el del “Velatorio”, cuento de muerte que al final se truca en vida de penurias: “Había en un velatorio un hombre que solo hacía gritar: ¡Ay, que lo van a llevar allí donde no hay luz, ni se come, ni se bebe, ni na de na!”. Pero no se trata del descenso a los infiernos de Ulises, repletos de sombras en el vacío: “¡Hijo mío! ¡Cómo has bajado en vida a esta oscuridad tenebrosa?”, le dice su madre Anticlea, sino que la descripción lóbrega y sombría, que parece referirse al más allá, queda brusca y sarcásticamente truncada por la vuelta a la lóbrega realidad del más acá, “del muerto al hoyo y el vivo al bollo”, por el chiste que recoge la sabiduría pragmática y resignada de todo un pueblo: “Este hijo de su madre lo quiere llevar a mi casa”, piensa con terror un asistente del velatorio.Seguiré por los años del hambre en el Castañuelo: 

“Hablamos un poquito
de lo que son las castañas,
a ver si los tiempos malos
desaparecen de España.
Eran los años del hambre
y no los puedo olvidar,
comíamos nada más que tentullos,
solos, solitos, sin pan”. 

Y además de la angustia del hambre, la angustia del lobo: “Los fantasmas de la Sierra”, como dice Segundo Canterla: 

“En el camino Hinojales
en la Sierra Valle‑Cano
allí salían los lobos
por la mañana temprano”.

O de la relación “Amos‑criados” que con humor y resignación apunta a la ley del mas fuerte: 

“En los campos de las Huelvas
de chiquillo me crié,
los patrones eran buenos,
algunos malos también.
Porque en los otros trabajos
no quiero ni recordar
las penitas que pasamos
para poderlos cobrar”.

Resuenan los ecos de la fábula del gavilán y del ruiseñor de “Los trabajos y los días”: “Ved cómo hablaba un gavilán a un ruiseñor de moteado cuello, al que llevaba bien alto apresándolo en sus garras: Infeliz, ¿por que chillas? Te tiene alguien mucho más fuerte que tú”. “¿El trato con los dueños?”, pregunta el bardo al campesino: 

“No eran agradecidos. 
Bien se dice que quien no agradece, 
al diablo se parece.
Y lo más bonito era
que te cobraban por algo
en un terreno tan malo
que no entraban ni los galgos".

“Hasta que vino el jaleo de la República, que se pensaba que iba a mejorarlo todo, pero fue más pataleo, porque no se dejaban gobernar, hasta que reventó la cosa con el dictador y nos aplastó unos pocos de años: 

"En el castillo Monjui,
en el último rincón,
tenía que estar metido
el que estas muertes firmó.
Por tener ideas republicanas
Que es la más sana de la Nación”.

Son asimismo cantos de carnaval que se conforman en las vísperas del despertar de las fuerzas incontroladas de la primavera y, por tanto, de la libertad de palabra y de acción. En un “Sal fuera de ti” como nos predica Dionisios. 

“Por el carnaval todo pasa,
que no nos coja de espanto,
y si alguno se agravia,
que baje agua del Barranco”.

O coplas de juegos infantiles ya perdidos como el de la comba: 

“Soy la reina de los mares,
señores, me van a ver,
tiro mi pañuelo al suelo
y lo vuelvo a recoger”. 

O cantos de matanza o de la molienda, o el del “recado para objetos y animales”, o de bodas, o de amoríos felices o infelices. Y toda esta variopinta tradición, pensamiento y sabiduría popular toma carne y hueso en la figura del pintor Marcial, en el “Encuentro imtemporal”, en Linares de la Sierra: “Quien venga buscando un genio, no lo va a encontrar, pero quien venga buscando un tonto, tampoco. Soy casado -señalando la fotografía de boda, agrega-: aquí empecé la vida. Muy feliz. Pero se tuercen las cosas. Yo no he querido tocar más a ninguna mujer. Soy la mitad religioso; la otra mitad invisible. Voy a misa cuando puedo. El cura viene por aquí; es amigo; me dice: Vaya usted a misa todos los días. ¿Todos los días, con las cosas que tengo que hacer? No soy aficionado a hincarme de rodillas, ni a cosas extrañas; yo no sé si el sacerdote tiene algo que decirme; si lo tiene, que me lo diga; por ejemplo: Usted menea demasiado las orejas. Lo escucho y adiós”.
Manuel Garrido Palacios, guiado por el hilo de su inspiración poética, como Teseo por el hilo de Ariadna, se ha internado en el laberinto de la Sierra y en la médula consciente o inconsciente del bosque de la mente para desentrañar su misterio y, de esta manera, documentar con rigor científico y calidad literaria el saber y sentir ancestral de sus gentes a través de un entramado de canciones, fábulas, refranes, cuentos, que como bien señala: “van a la búsqueda de unas señas de identidad que los una como grupo; la incógnita ante cualquier más allá, aparte del amor, del miedo, de la muerte”.

© Margarita Ramírez Montesinos

ÍNDICE

A modo de zaguán
1
LA MEMORIA DE ESPIRI Y AMELIA
(Santa Ana la Real)
2
EL CUENTO DEL VELATORIO
Y SUS PARALELOS LITERARIOS
(Desde Aracena)
3
TÓMALO, JUAN. DÁCALO, JUANA
(La Umbría)
4
HALO DE ALDEA
(Castañuelo)
5
LA ERA DEL SAPO
(Castañuelo)
6
A LA UNA, ANDA LA MULA
(Castañuelo)
7
LA PALOMA ENCANTADA Y OTROS ENCANTOS
(Los Marines)
8
ANDANDO CON LOBOS
(Los Marines)
9
LA SOLEDAD SALE AL PASO
(Marigenta)
10
ENCUENTRO INTEMPORAL
(Linares de la Sierra)
11
MAÑANA SIN MEDIDA
(Linares de la Sierra)
12
LAS MEDIAS AZULES Y OTRAS PRENDAS
(Corteconcepción)
13
UN ÚLTIMO CUENTO
(Fuenteheridos)
14
TIEMPO DETENIDO
(Valdelarco)
15
CALLE BOMBA SIETE
(Valdelarco)
16
LA HISTORIA INACABADA
(Puerto Moral)
17
MARZO RABÚO
(Calabazares)
18
ALREDEDOR DE LA TÓRTOLA
(Hinojales)

Notas al texto