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JUAN DELGADO
POESÍA · 1971-2010
Universidad de Huelva 
Prólogo de Manuel Moya


De acierto hay que valorar la iniciativa de reunir en un libro los versos del poeta más genuino y cabal que ha dado la Cuenca Minera y la Sierra de Huelva, Juan Delgado (Campofrío, 1933): POESÍA 1971-2010, es decir, la contenida en obras como La sangre perseguida (inédito), Por la imposible senda de tu boca, El cedazo, Oficio de vivir, Cobre y viento, Al andar, Cuaderno de Santa María de Mave, La luz con el tiempo dentro, De cuevas y silencios, Carpeta de Navidad, Cancionero del Odiel, Treinta sonetos vegetales, Seis sonetos para un mismo amor, Los días encontrados y otras oraciones, Tiranía del viento, Paisajes de la memoria, Suite de la Sierra, Árbol de bendición, árbol sagrado, Cancionero del Río Tinto, Memoria de la niebla, Julianita, Habitante del bosque, El sueño de una noche de ginebra, Antología Amarilla, Cuentos del viejo capataz y Geografía y amor.
De acierto hay que valorar que haya sido Manuel Moya el encargado de ponerle orden, prólogo y estudio a tanta belleza escrita, a tanta pasión. Venteando la visita de la dama negra, Juan Delgado le dijo a Moya -según Ángeles, su esposa-, que tratase de conducir este proyecto hast:a su final aunque tuviera que publicarlo “en papel de estraza”, ruego humilde, conmovedor al que este libro, que no llegó a publicarse en vida y del que valdría recontar las dificultades, los despropósitos y los estúpidos silencios burocráticos de los sabios de turno que lo impidieron, da ahora justa respuesta. Hay que temer a los auto-autorizados.
De acierto hay que valorar que la Universidad de Huelva abra con tan importante obra su Colección Ibn Hazm. Escribe Moya: “En su sepelio fue el Rector, Francisco José Martínez, quien asumió la publicación, extremo que le honra y honra a la institución”. Manuel José de Lara, Vicerrector, dio también todo el apoyo a la obra y a la memoria de un poeta de verdad, que llevó siempre la dignidad como enseña”.
En el libro, el lector conoce al poeta, lo encuentra, lo reencuentra, quizás lo descubre. Al ver el contenido del corazón de su medio millar de páginas se nota que no era Juan tan conocido como merecía. En un triste acto de los que suelen celebrarse ‘como sea’ a la muerte de un grande –él lo era-, los intervinientes –salvo un par de honrosas excepciones- leyeron los tres o cuatro versos que estaban publicados en Internet, como si lo esencial estuviera en “decir algo, un algo, lo que fuera” subidos al estrado para salir en la foto al soltarlos, aunque no pasara la cosa de repetir las mismas palabras que el anterior dijo y que el siguiente diría, incluyendo, ¡cómo no! alguna mención personal para aparecer en un pico de la imagen con el yo por delante, y todo, como si las cuatrocientas noventa y nueve páginas restantes de su obra, como si los miles de versos que las habitan no existieran porque no los había señalado oportunamente papá Internet. Lamentable. Esto ocurrió en Riotinto, ya digo, en lo que parecía un contrahomenaje. Aire.
Frente a toda esta vana palabrería surge este libro: cartas sobre la mesa, obra en atril. codos en la madera, rigor y corazón al canto; latido puro. Un Juan Delgado parido por sus versos; unos versos paridos por Juan Delgado; un Juan con su poesía dentro –extraña luz montaniana que lo iluminaba-, con su anatomía de la pena, su discurso del dolor. su trazo serio, su verticalidad de poeta entero. Es un lujo para el sentimiento esta recopilación completa de su obra, “tan dispersa y poco divulgada que a veces ni él disponía de ejemplares de sus libros”. Obra antologada en Chile o Méjico, considerada en Cuba, pero que, una vez más, otra, apenas había logrado la atención de sus sensibles paisanos. Señala Moya que “el hecho no es nuevo, pero no deja de ser orientativo y hasta cierto punto escandaloso”. La obra de Juan Delgado es para el recopilador “vocacionalmente compleja, poliédrica y, déjenme añadir, arbórea, de manera que uno se siente en ella como cuando de niño, en las siestas de junio, se subía a los cerezos y veía tantas y tantas apetitosas cerezas que nunca sabía muy bien a qué rama acudir”.

© Manuel Garrido Palacios