5/07/09

LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD


Francisco Huelva ha regresado a lo de las guerras del Peroporeso y de L’Espanto no para acumular trienios, sino para buscar voces en el silencio creado. Ya que ambas terminaron con lágrimas para los mismos y medallas para los de siempre -¡malditas guerras, pasto de sangre para la Historia!-, su pacífico arsenal de armas lo componen un móvil, un cuaderno de rayas y un lápiz. No es de extrañar que alguien haga estas cosas; para raro, mister Náferez, que no llegó a entender el manejo del despertador. Lo de Francisco es distinto porque, aun inmerso en las virtuales batallas, intenta conocer los motivos del resto; por eso telefonea a islas desérticas, traza charlas con gente inquietante y lo amasa todo en el lenguaje de las entrevistas.
En su libro “La búsqueda de la identidad”, publicado por Editorial Onuba, dice que “las personas nos pasamos la vida buscándonos, queriendo saber de dónde venimos, hacia qué punto vamos, ya que no hay tierra, espacio ni lugar de encuentro con las raíces que nos dieron vida porque perdimos la señal del ancestro”.
En el camino se cruza con otros troteros que van, vienen o están en su línea de reflexión, y los escucha a ver si algún eco le da un norte, le mueve los dentros. El pintor Néstor Goyanes, ante su obra “De viajeros, inmigrantes y aventureros”, hombre “achaparrado, de cara amable, barba libertaria, gorra marinera”, le dice un mediodía que “el Sol es el poncho de los pobres”. El escritor Manuel Moya, junto a un par de heterónimos: Violeta Rangel y Li Song, le habla con mucha enjundia de su "tío Domingo, que soñó con una mina rentable en su finca y que dio con ella tras excavar a destajo porque la mina lo esperaba”.
Ante Juan Manuel Seisdedos, el autor confiesa que “pocas veces he tenido la impresión de ser tan pequeño como hoy. La magnitud del artista me ha cohibido y he llegado a pensar que he pasado los años sin hacer absolutamente nada”. Hipólito G. Navarro le comenta que “el relato tiene la medida justa. El personaje principal es el lenguaje. Se experimenta en un espacio que va desde dos a veinte páginas. El cuento exige lectores cómplices que se involucren en el texto. Los novelistas sueltan que escriben cuentos para descansar; y es al revés: lo más difícil es crear una obra en tres folios”. Victor Pulido le asegura que “andar la vida no es fácil: la existencia es frágil. Es imposible vivir sin estar desequilibrado. El problema es no saber que lo estás. A mí me salva de la locura mi propia locura”.
Del poeta Odón Betanzos dice que “su palabra siempre fue remanso, quietud, serenidad, calma. Aunque si el guión lo exigía, respondía a la ofensa con manifestaciones críticas, duras, claras, cortantes”. Con el pintor José Guevara platica de política, economía, literatura, teatro, pintura, escultura, de los marchantes y de los críticos de arte”. A Rafael Oliva lo enmarca con sus lienzos en Ayamonte, su “esquina de Andalucía”; espacio donde, desde el inicio de los tiempos, viene a morir el Guadiana. Al escritor Marcos Gualda lo ve “en todos sitios”. Raro el evento artístico sin su “figura inconclusa, grande como un oso, pelo largo, coleta, barba indefinida, gafas de intelectual, camiseta serigrafiada con algún esperpento reivindicativo y mirada para radiografiar como diciendo: ¿Tú de que vas?”.
A Juan Luis Galiardo le “gusta ser un actor terapéutico. Es necesario que haya productores con soluciones. Yo estuve sometido a psicoterapia para desbloquear el subconsciente; no se puede dialogar de continuo con el exterior sin saber hablar consigo mismo”. Conversa con Brice Echenique en La Rábida, donde el escritor le regala un disco en el que Rulfo lee cuentos de El llano en llamas. Elías Rodríguez confiesa que empezó como guitarrista flamenco: “me di cuenta de que ese camino no era el mío y que debía dedicarme a la escultura y a la imaginería”. En Luis Muñoz ve a una “persona tímida, recluida en sus cuitas, en sus sueños; único lugar apto para que habite un poeta”.
Francisco José Martínez, Rector de la Universidad de Huelva, prologa y valora el coro de voces como “libro que te corteja; uno queda en deuda para buscar la obra de ese escritor, de ese pintor”. Con sus palabras cierro: “Es un canto a la creatividad y a la magia de la buena conversación”.


© Manuel Garrido Palacios

28/06/09

BAEZA LE NACIÓ DENTRO


El viaje regala testimonios reacios a las vitrinas, no aptos para posar junto al bicho disecado; no son nada que ande en vías de desaparecer, sino simples frutos de las “buenas gentes que viven, / laboran, pasan y sueñan, / y en un día como tantos, / descan­san bajo la tierra”. Emociona sentir voces que defienden su expresión en esta batalla que libran en una socie­dad que no las valora con el “res­peto imponente” que José Carlos de Luna pedía para el Piyayo: “¡algo de nuestro ayer, que todavía, / vemos vagar por estas calles viejas!”.
Vamos del “aún” al “ya” en un soplo, total, para saber que no somos tan diferen­tes los de aquí y los de allá, por aleja­dos que estén los suelos. El ser humano es igual a sí mismo por los siglos de los siglos, con su carga de grandezas y miserias, sus mitos y creencias como respuesta a sus dudas; no más: “gentes que danzan o juegan, / cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra”.
Voy en el tren de la vida. Miro por la ventanilla y llevo la impronta puesta de que me gusta anotarlo todo en el papel o en la memoria. En un trayecto largo y en un departamento estanco, que es un mundo, se aprende mucho porque el renuevo de voces se impone cada vez que se llega a una estación, entrando los recién llegados al diálogo abierto sin más trámite. Lejos de las chácharas soporíferas, aquí reinan el sentir y la gracia. Es el caso de la mujer que va frente a mí, de Madrid ella, que dice que “el chotis es una danza escocesa, pero por lo que cuenta mi madre, con casi el siglo de edad; antes se bailaban seguidillas, tiranas, fandangos y jotas, como en Nava­rredonda, Villaviciosa de Odón o en Cadalso de los Vidrios”.
El tren llega a un destino cualquiera, final para unos, de paso para otros; salen, entran; hay revuelo de maletas y el andén hierve unos instantes con despedidas y en­cuentros. Después todo tiembla y el tren camina de nuevo. El departa­mento entra en conversación y mi cuaderno de notas se llena de sitios a los que ir, de gente a quien buscar, de cosas que hay que ver; en suma, de constatar que, pese a tanto viento en contra de la cultura base, aún existen pueblos y voces que los pregonan. “Quien va y vuelve / buen viaje hace”, dice alguien. Todos charlan alegremente mientras la luz del día cambia. Una mujer cuenta esto: “resulta que el Canelo le hablaba a la Punti­lla y el Mono se lo contó toito tó a la madre”. El tren hace tran tran con su paso redondo. Pendu­lea mi cabeza. Un hombre dice que ayer se lastimó un brazo, que un pastor le dio un tirón seco para dejarle los huesos en su sitio y que se lo vendó con un pañuelo pringado en clara de huevo. El tren frena y hace rechinar los dientes. Puesto otra vez en marcha, sobre las rodillas viajeras plantan una maleta para echar una partida de cartas. Me preguntan si me gusta el juego. Respondo: “¡Psss!”.
Un vendedor de chaqueta blanca y una canasta se asoma: “¡Pastelitos buenos y baratos!”. Una dama saca un termo de café humeante y comenta: “Las procesiones de mi pueblo, Cazorla, parecen colgadas de la montaña”. Tras envolver el aire de aroma cafetero, pregunta a la señora que va al lado: “¿De dónde es usted?” “Yo soy de Baeza, el pueblo de don Antonio Machado” La otra la corrige: “Ese poeta es de Sevilla” La una se revuelve: “Si no nació en Baeza, Baeza le nació dentro, que mi pueblo puede presumir de eso, de rebonito y de deliciosos platos como ajoharina, andrajos, gachas, sopa y migas; y ya sabe el refrán: no donde naces, sino donde paces”.
“El tren camina y camina, / y la máquina resuella, / y tose con tos ferina. / ¡Vamos en una centella!” El departamento guarda silencio ante tanto desparpajo. Es hermoso que haya gente que ame tanto a su pueblo como para regalarle un poeta entero.
Subo la persiana y abro el libro del poeta al que le nació Baeza dentro: “Tras la turbia ventanilla, / pasa la devanadera / del campo de primavera. / La luz en el techo brilla / de mi vagón de tercera. / Entre nubarrones blancos, / oro y grana. / La niebla de la mañana / huyendo por los barrancos. / ¡Este insomne sueño mío! / ¡Este frío de un amanecer en vela! / Resonante, jadeante, / marcha el tren. El campo vuela. / Enfrente de mí, un señor / sobre su manta dormido; / un fraile y un cazador / ‑el perro a sus pies tendido‑. / Yo contemplo mi equipaje, / mi viejo saco de cuero; / y recuerdo otro viaje”.



© Manuel Garrido Palacios

22/06/09

CIERTA LUZ QUE ME ALUMBRABA


Un río literario es una lieva de palabras en vez de agua. Metidas en la corriente -dichas, escritas- no quieren retorno. Partieron de su origen -necesaria expresión- y avanzan sin pausa hasta desembocar en el mar de la comunicación.
En este marco, ya alimentado, entre otras obras, por la biografía que le hizo José Andrés Vázquez para Biblioteca de la Huebra, editora del libro de que hablamos, o de Anatomía del Humanismo, en edición de Luis Gómez Canseco para la Universidad de Huelva, abro el que da nombre a este trabajo: Cierta luz que me alumbraba, una Antología hecha por Carlos Sánchez Rodríguez de textos de Benito Arias Montano, humanista, teólogo, polígrafo, nacido en Fregenal en 1527: “cuando en mi niñez me educaba en aquella parte extrema de la Bética, que en la actualidad se llama Extremadura”; muerto en Sevilla en 1598, figura clave en el tiempo de Felipe II, de quien fue hombre de confianza: “haberme mi amo [el Rey] dado tanta priessa para que dejase mi rinconcillo [la Peña]”.
Dedicado a sus estudios en Alcalá de Henares, “por la fuerza irracional de la bilis negra, o por alguna otra alteración espiritual o física, caí en un tormento de angustia y tristeza”; viajó a Flandes para mediar en su afán secesionista, publicó la Biblia políglota, se refugió en la Peña de Alájar, hoy con su nombre tallado en la memoria, al ser señalado por la Inquisición: “este sitio está en término de Aracena, que es lugar de mil vecinos”; participó en el Concilio de Trento, fue embajador en Portugal en época tormentosa, dominó lenguas: “en lo que toca a instituir Cátedra o lección de lengua española [en Lovaina]”; fue experto en numismática, música: “imitando [los niños] los cantos y ritmos de los mayores, los repiten”; medicina: “Hame hecho Dios merced de darme mejoría de ictericia con la cura que aquí he hecho“; entendió de nigromancia, fue párroco en Castaño del Robledo, abrió Cátedra de Latinidad en Aracena, rozó el centenar de libros escritos y se creyó que platicaba con las aves.
En esta personalidad tan compleja se centra el libro, cuya pretensión ha sido acercarse a la figura de Montano sin intermediarios, mediante el acceso directo a su palabra, no ocultando la dificultad por lo inabarcable de su obra: “miles de páginas parió su pluma con letra-pulga, pesadilla de los censores”. El año antes de morir escribía: “sin espejuelos hago y leo muy menuda letra; al tiempo que ésta escribo, que es de noche, mirando a lumbre de aceite, que hace mejor y más uniforme sombra”.
Otro muro que señala Carlos Sánchez es el de “lo especializado de sus libros”, tan ajenos muchos de ellos al común de la calle, a lo que añade “el escollo de la lengua, pues a partir de 1568 escribe casi toda su obra en latín”, para lo que el editor ha recurrido al trabajo de un grupo de traductores, que han sido “como el pintor que copia del natural y nos reproduce fielmente la realidad”.
Cierta luz que me alumbraba ha salido con vocación de divulgar una muestra breve de sus escritos para que no queden en un círculo restringido de especialistas, sino al alcance de todos. Se divide la obra en tres partes: la primera, nutrida de recuerdos, de sensaciones personales; un Montano hablando de sí mismo: “Santiago Vázquez, por segundo apellido Matamoros, fue quien me inició y me enseñó el trazado de líneas en el dibujo”. La segunda, con varias poesías, forma favorita de Montano en todo momento, no en balde se le valora como el mejor poeta latino del renacimiento español, tan mejor como desconocido: “el hueso y armadura de este mi cuerpo no te fue escondida; / tuya es su compostura”. Y la tercera, en prosa: “En Ramatha nació Samuel. Allí le daban cada año sus padres el vestido que se vestía”.
La obra quiere señalar el empeño de Montano “en abrir nuevos caminos en la anquilosada ciencia medieval, basada en el autoritarismo del magister dixit. Penetra en las modernas sendas de libertad que propiciaba el acceso a las fuentes de la antigüedad gracias a su conocimiento de las lenguas, lo que lo lleva a buscar caminos de encuentro y a ser tolerante en una sociedad que no lo era. Sopesó el riesgo y la prudencia y dijo lo que tuvo que decir; vivió situaciones apuradas, pero también supo usar su inteligencia para salir airoso en cada lance”.


© Manuel Garrido Palacios

14/06/09

UN MUSEO IMAGINARIO


A menudo, cuando el cartero llama una o dos veces es para traerme un libro. Así que recorro el camino bordeado de adelfas, recojo el envío y el regreso se convierte en el rito de abrir el sobre y ojear las páginas, hasta que, como un pájaro que deja el vuelo, el libro se posa en mi mesa de trabajo y la estancia vuelve a su ser incorporando las palabras recién llegadas. De seguir describiendo el cuadro tendría que añadir que suena un piano, que la luz que penetra por el ventanal lo dora todo y que un tintineo de tazas y de platos pone un fondo sonoro inesperado. En el caso de hoy el libro trae dentro poemas, y ya dijo Krönan que “el desnudo del alma podría ser un manojo de versos”. En ellos se aprieta la simple complejidad de la vida, no siempre triste, no siempre alegre. Cierto que la comunicación sublime entre el poeta y el lector no siempre sucede, ni siempre falla. Lo que no admite un libro de versos es que algunos entendidos se atrevan a valorarlo como “bueno” o “malo”. ¿A criterio de quién? Hay que dejar que el libro hable. Si no llega al oído interior podría ser cosa del lector, no del libro. Ninguna lectura requiere tanta atención como el verso, que no es una historia, sino el eco, el respiro, el pulso, la entraña, el humo que liberó la llama apagada.
Calambur ha editado Las profundas aguas, del valenciano Alfonso López Gradolí, autor de El sabor del sol (1968), Los instantes (1969), El aire sombrío (1975), Una muchacha rodeada de espigas (1977), Las señales de fuego (1985), Una sucesión de encuentros (1997) y Los signos de la soledad (2000), a los que hay que sumar Los días luminosos (2000) y Quizá Brigitte Bardot venga a tomar una copa esta noche (1971), “un conjunto de collages y poemas narrativos considerado por el suplemento literario de The Times de hace algún tiempo obra maestra de la poesía visual”.
José Hierro dice que “escribir con miedo y sin demasiada fe es lo mismo que escribir por insoslayable necesidad. Y quien hace esto es ya un poeta. La poesía de Alfonso es necesaria y útil para el propio poeta, lo que equivale a decir que tiene que serlo también para el lector. Es necesaria, porque, él nos lo ha dicho, escribe cuando no puede más, cuando necesita entregarse a un regazo maternal en el que descansar, confesándose. Es útil, porque la claridad que necesita en su vida es posible alcanzarla por medio de la poesía. No olvidemos que si ésta tiene mucho de diario en el que se registran los acontecimientos espirituales, no menos tiene de hilo de Ariadna que enseña al poeta a conocerse a sí mismo. La poesía perpetúa el sonido de la vida y ayuda a desvelar su sentido”.
La lectura es, precisamente, el nombre del primer poema, Gradolí lo enmarca en “el momento, vacío de consuelo grande, / en el que al borde de una copa llena / de vino, tengo el desaliento / de este sabor que aturde, / sombría cautela del que espera golpes, / la conmoción que procura la nostalgia. / Recordamos unos ojos, playas, / el ardor de la luz, el rito / de mirar los juegos de unos cuerpos ágiles / entre las barcas, en la arena. / Me vuelven versos de un gran poeta, / palabras quietas y colores malvas / como trémulos, suavísimos sonidos / que llueven sobre el llovido silencio / del campo en penumbra. Las ramas / se mueven, un soplo casi música. / Batir de alas en la pequeña plaza. / Renglones de poemas con la pureza toda / nos dan sus extensiones de ternura, / está aquí mi vida, mis años reunidos, / las columnas de tiempo dejado atrás. / Y llega la anochecida, una mezcla / de dulzura y desconcierto, agrisado / el cielo tibio, oscuro, con olor a brezo. / Y llegan los recuerdos de mi tierra, / interrogante vida antigua, vuelve como / brisa tras la lluvia de septiembre. / Unos trozos de tiempo, rayas de derrota, / la insistente erosión. La lejanía lleva / desplegadas velas de lo que nos importa. / Racimos de instantes, son las grietas / hechas por los años. Historias, años, / soledad. Alto silencio. Propicia hora / para leer al escritor que preferimos. / Árboles como oscuras hogueras, / ya sin fuego. Todo se une para / explicar las tardes, o intentarlo”.
Pasa con el libro de Alfonso López Gradolí que la sensación del inicio pide tiempo y se hace necesario dejar la lectura para dentro de un rato con tal de saborear intensamente el aroma de cada poema.


© Manuel Garrido Palacios

7/06/09

EL RITMO DE LAS SOMBRAS


“Sentían ya las moscas la vendimia / y la mimosa, el pruno y el olivo / ensayaban, / a coro con el aire, / melodías de siempre, / con batuta de otoño. / Metida en un paréntesis de tiempo, / ella miraba al suelo, / contemplando / la danza improvisada de las hojas. / Un bodegón dinámico que trazan / los dedos invisible de la luz. / Permanecía quieta / sólo ella. Plena, su sombra plana / acariciaba / la nuca del silencio”.
Celia Bautista Iglesias nace en Riotinto y ejerce como Catedrática de Lengua y Literatura Españolas lejos de su cuna; otra cuna, que es donde naces y donde paces. Incontables son los galardones que adornan su obra, por si no fuera bastante la obra misma. Diré, por decir, algunos nombres de premios: “Ciudad de Barcelona”, "Luis Cernuda", “Nicolás del Hierro”, “Joaquín Lobato”, “Diario del Norte”, "Leonor", “Carmen Conde", etcétera. Por eso, que podríamos llamar lo exterior, y por lo que deja traslucir en sus versos, Juan Delgado dice que “es poeta merecedora de ser conocida en su tierra, porque es su tierra la que se la está perdiendo, y no hay tanto trigo como para que queden las mieses sin cosechar”.
Mieses sin cosechar ¿hasta cuándo sólo se van a cosechar las de siempre?; sentimiento por sacar ¿de qué textura, de qué pulso para que no se diluya en el camino?; frases aún por decir ¿a quién, para quién por quién?; latido pendiente ¿de qué circunstancia? ¿cómo es el paisaje que sólo se ve con los ojos del alma?: “Este sol tamizado / que tiembla entre las sombras de su pruno, / no es como el sol de ayer / con pupilas de fuego, / que secaba el aliento de las flores / tan solo con mirarlas. / Es ámbar derretido, / orujo de membrillo recién hecho, / cendal de brisa y miel que huele a otoño. / A un otoño precoz / que, desde siempre, / se hizo un hueco en ella y le ha robado / centenares de hojas casi verdes, / que un vendaval de vida arrebató / al árbol sorprendido de sus sueños”.
Aquí y ahora parece que todo ha pasado cuando todo está por pasar. Repito algo que dijo John Lennon un día que no cantaba: “la vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas”. La vida de cada cual se va enganchando en las nasas invisibles del camino, nasas sin salida una vez dentro que sólo el sentir puede romper a golpe de versos, quizás quitando “a todos sus recuerdos / el polvo del silencio de los años. / Los hechos que conforman lo que ha sido, / sin orden, le reclaman / las horas que no pudo o supo darles. / Que los mire y los recree, / presiente que le piden. / Tal vez, vivir no sea más que esto. / Dejar que el tiempo vaya amontonando / la arcilla de pasiones necesarias. / Para, llegado el día, regalarles / el aliento, / la voz / y todo el tacto / que modelen sus cuerpos de vasijas. / Si, al fin, consigue hacerlo, / las llenará con todos los latidos / que algún viento celoso le robó. / Para beber de ellas cada día”.
Y entre tanta luz cegadora de realidades, un manojo de sombras al ritmo de las sombras; sombras que se van o se quedan junto al modelo. Pero, al final, sólo sombras: otra manera de manifestarse la luz: “Con estos prolegómenos de otoño / el jardín se sacude / los últimos sudores del estío. / A espaldas de su mundo, / ella no se resiste a contemplar / las sombras que no encuentran / la dimensión exacta del deseo. / Son distintas, siempre, / las formas que proyecta un mismo árbol. / Tal vez, todo se deba / al ímpetu del aire que lo anima / y cimbrea su talle, / hasta sacar de él / temblores que recuerdan / la danza estremecida / que siente cualquier cuerpo / cuando por fin lo templan / las manos invisibles que soñara. / Se acerca a sus recuerdos de puntillas / como quien no quisiera despertar / al fantasma del tiempo. / Ese que nos esconde / las horas una a una, / para que no exprimamos / su delicioso jugo. / Pretende recorrerse las estancias / que, por algún motivo, se dejó / a media luz / y rescatar de ellas / las sombras que aún palpitan / del sueño inacabado que ya fue”.
He leído El ritmo de las sombras, de Celia Bautista mientras el estudio se poblaba con los Conciertos para violín de Mozart. Unir tanta belleza en una sesión me ha parecido esa sensación que no se puede asumir del todo, porque, como la autora dice: “hay en ella una fuerza que se escapa / en dirección contraria de la meta, / rompiendo las cortinas que ha tramado / la pertinaz araña del olvido”.


© Manuel Garrido Palacios

31/05/09

MEMORIA DEL PRÓDIGO


Tanto si se le llama verso: “se abre este poema en mi herida”, como si se le llama prosa: “escribir en estío siempre ha de oler a sosiego”, lo que viene publicando Ramón Llanes en sus continuas entregas es todo pura poesía. Escribiré Poesía con mayúscula porque trae savia de lo salido del corazón, no de la barriga: “alumbra la verdad lo poco que precisa la noche”. Le pedía el cuerpo al poeta, o el alma -¿qué misterio, qué impulso es el que nos pide por dentro?-, reunir sus cuartillas de éste y de otros tiempos, de todos sus tiempos: “mediodía de primer curso / pantalones cortos / patio de recreo”, y ordenarlas para compartirlas con los demás en un libro que es un disfrute leer: Memoria del pródigo: “estoy hecho a la melancolía / de tanto cenar tristeza […] ¿A quién dedicaré mi ternura? ¿A quién mi turbulencia? / Acaso a la tierra. Sí, hincaré mi travesía en la tierra / con la rabia de un herido o la insatisfacción de un pródigo”, publicado por Editorial Onuba en su Colección Románticos. Hubiera salido en este sur o en el sur de Madagascar, lo cierto es que la obra ha cuajado en un goce para los sentidos, un muestrario de madurez lírica y, diría, después de conocer la andadura literaria del escritor, una tarja profunda en su expresión más íntima. Su aire, aunque suyo hasta las trancas (escucharlo es leerlo), no es ajeno a la brisa de Miguel Hernández: “hablaron los poetas para mi memoria”, ni al magisterio de Juan Ramón Jiménez, ese nombre de hombre de todos que tanto manosean los de siempre a ver si les cae un goterón de gloria mismo.
“Hay un buzón para las cartas tristes”, dice Ramón Llanes en uno de sus poemas, y “un ciprés sin difuntos”, y “canciones serenas para tardes de estío”, y “un retrato en sepia en el desván del tiempo”, y “una búsqueda imposible por lugares sin caminos”, y “un recuerdo abierto al silencio”, y “el pregón poético de una lágrima”, y “todos los todos del Tharsis que de siempre me aferran”, y es que “llovía anoche mientras nos olvidábamos”, porque “es la página muerta el epílogo de las huídas desenamoradas” cuando “los ojos han quedado en la aduana de la tarde” y “cuesta la misma vida mandar lilas y memorias” y ya “no es tiempo, mujer, de perderse, de vagar con lo puesto”, porque “nos pertenecemos / desde aquel domingo de mayo”.
De tener que hacer un retrato del poeta habría que emplear, más allá de biografías al uso para salir del paso, pasto de solapas, un tinte antiguo para representar a Ramón Llanes como una voz. Él lo confiesa en el papel: “Toda esta voz, hecha y escrita, es de presente, / pensada en pasado limpio, en futura paz, / voz con garras sin filo, brocal de rebeldía, / desconsuelo. Es la voz que me sale, me sienta / y me eleva, no tengo más trago en voz ni en compostura, / es la dolida voz de los sueños soberbios, / la voz que se inventa para contar el poemario / penoso con carencia de discordia, / es la doblez de la voz en caricatura, / un cestón de nubes en los pies, un loco en silencio, / es mi voz, mi voz que contiene brasas / y quemaduras. Mi voz traspasada, no requerida, / no deseada, no llamada; voz de durmiente / velatorio de calamidades en desuso, / ya no es invierno; voz que sangra y alivia. / Acaso voz que espera / la palmada de un beso, / sobre el ascua”.
Es lo propio que los libros hablen por sí mismos porque a fin de cuentas es la página abierta por el verso la que te dice, la que eleva la luz de una tarde, el eco de una palabra, el silencio elocuente a rango de categoría. Si pretendiera cerrar con uno de los mejores poemas de este libro pecaría de lo que no quiero, que es intentar hacer una selección personal. Prefiero que sea un poema cualquiera el que cierre esta nota que habla de Memoria del pródigo. Y puede ser así porque cada página destila la hondura expresiva de un claro poeta: “Las horas de mirarte se me acaban / y quisiera que las horas de mirarte / esta tarde de sosiego me empezaran / y se fuera al desdén de los desechos / todo el lastre de las horas sin mirada, / todo el limo de los párpados caídos / por la ausencia, en mi alma solitaria. / Las horas de tenerte se me cansan / en un reloj temblón, sin minutero, / que ha dejado de sonarse la campana / de los sueños que a nosotros nos traía / y a nosotros dulcemente nos tocaba, / para sonar ahora con tristeza / a eso que en amor se llama circunstancia”.



© Manuel Garrido Palacios

24/05/09

DICCIONARIO DE DUDAS


“Apuntar las dudas en un cuaderno, / colocarlas una detrás de otra / me ayuda a dormir, / aunque sé que me tranquilizo / con un engaño, / porque, cuando se ha estado cierto tiempo / inventándole límites / a la incertidumbre, / se acaba no distinguiendo / la verdad de la retórica. / También hay quien camina / tratando de no pisar / las junturas de las baldosas / o quien no cruza la calle / hasta que no pasa un coche rojo”. Vale decir que hoy trazamos poemas, entre otras expresiones, igual que “los ejemplares de homo sapiens peor adaptados se pasaban el invierno inventando símbolos que amansasen su miedo”.
El poema no es el límite. El lenguaje lo es. El poema intenta, consigue, a veces, rasgar la marca del límite, decir más de lo que se pretendía. Es el lenguaje el que se para si no hay horizonte que alcanzar, duda que abrir. “La partitura se explica por oposición al silencio”. Bendita la duda que acelera el latido, que crea un paisaje de niebla, que pinta el aire de lo inesperado, que define el escribir como “enhebrar una aguja con los ojos cerrados”. Si sumamos a esto la dificultad que entraña al tratarse de Poesía, la duda hace que te sientas por dentro, que extrañes tu presencia en mitad del misterio de la vida, que te sitúes junto a “una señal donde se leen los nombres de varias ciudades y las distancias que hay que recorrer para llegar a ellas. Dividirse, bifurcarse, ramificarse. Un lugar que es ningún lugar y es todos los lugares a la vez”.
A José María Cumbreño le ha editado Calambur su poemario Diccionario de Dudas: “El lado hacia el que miro delante del espejo no es el lado hacia el que mira mí imagen reflejada”. La duda habita en sus páginas, y el poeta, que sabe que “es posible irse de un lugar y no abandonarlo”, une duda y diccionario porque “una y otro intentan lo mismo: descarnar la palabra hasta llegar a su esencia”, aunque la más simple duda pueda eternizar un instante. Todo esto dicho en verso convierte el lenguaje en traducción simultánea del sentimiento, algo así como “oírse a uno mismo, hablar en otra lengua con la sensación de estar oyendo a otra persona”.
La duda habita en el papel con “la tensión del arco y el arquero, / el blanco y la flecha”, con el temblor último, decisivo. De la tensión de la duda nace este hermoso libro: “el cuaderno abierto como una llanura sobre la que llevase años sin llover. Miro mi lápiz afilado entre el índice y el pulgar esperando que en algún momento tiemble”. El autor lo plantea entero sin que la gran sombra abandone una página, despejando la duda de que “estudiando las relaciones entre una consecuencia (si la hay) y sus causas (si existen) se puede llegar a una conclusión determinada y también a la opuesta”, señalando el ámbito de la indeterminación al decir que si “la forma más perfecta [resulta] ser la del cero probablemente no signifique nada y sea mi imperfección la que le otorgue un significado”.
José María Cumbreño (Cáceres, 1972) Filólogo, ha sacado antes Las ciudades de la llanura (2000), Árbol sin sombra (2003), De los espacios cerrados (2006), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (2008) y Teorías da ordem (Antología bilingüe española-portuguesa), aparte de colaboraciones en varias revistas especializadas: Turia, El Extramundi, Reloj de arena, Müsu, Diversos o Espacio / Espaço Escrito. Es Premio de Poesía Ciudad de Badajoz y de Narrativa Breve Generación del 27. Es profesor y dirige la colección Litteratos en Llttera Libros. Pero sobre los fríos datos, José María Cumbreño emerge como poeta, claro poeta a flote en el mar de la duda, de las dudas… esos imperceptibles puntos suspensivos que “según las gramáticas […] sienten temor, se asombran. Dejan frases a medio terminar. Son nerviosos, inseguros. Se colocan al final de las listas, enumeraciones e inventarios donde hacer recuento de lo que se tuvo o se ha sido, donde añorar lo que no se tiene o no se es”.
“Al narrador, por si acaso, no conviene tomárselo demasiado en serio. Porque no siempre resulta fácil descubrir cuándo es él mismo y cuándo un personaje”. Lo cierto es que el lector comparte sus dudas convencido de que “mientras se traza un círculo se conoce la calma”, que viene a ser la sensación de que tanto somos lo que hemos hecho como lo que hemos dudado. ¿O no?


© Manuel Garrido Palacios

17/05/09

LA ILUSIÓN COMO FRONTERA


Lo virtual puede tener algo de real si alguien se empeña en hacer creer a los demás, desde algún ángulo al que no se tenga acceso más que mediante una porción de los sentidos, que lo que dice sucede tal como lo expone. Supongamos una larga conversación entre dos vía Internet, sin verse. Cada uno podrá proponer lo que desee sin que ni un gramo de argumento asegure al otro que habla verdad o mentira. Situados en un punto opuesto, lo real, en un puro cara a cara, ¿qué proporción puede tener de virtual? En los dos casos cierras los ojos e imaginas que cuanto te rodea habita dentro de un globo imaginario y, poco más o menos, así vamos, así nos movemos y, como decía el otro: así nos va.
Lo imaginario no es precisamente una mentira; más bien habría que definirlo como una verdad invertida; en palabras de un viejo maestro: lo imaginario hace que parezca que ocurre fuera de una persona lo que sólo sucede dentro de ella; no es la realidad, sino lo que cree que es. Y, para bien o para mal, que no me he traído hoy el malómetro ni el buenómetro, lo imaginario ocupa un porcentaje de escándalo en nuestra vida, en todo lo que hacemos en este escenario en el que actuamos, tantas veces, más con la barriga que con el cerebro.
Hay escritores que tratan el tema en sus obras con acierto, poniendo toda la carne en el asador del interés y de la preocupación por saber algo más; hasta hay quien le imprime gracia, sin que el intento signifique llegar a conclusiones; basta con dar los pasos que se tengan en mente, que la cabeza libere lo que le aturde, que el corazón se acelere y que todo eso se plasme en el papel en forma de historia.
La novela “Sexo entre mentiras” publicada por Ediciones Baile del Sol (Tenerife, 2008) traducida del portugués con pluma de orfebre, es, según su autor, Fernando Esteves Pinto (Cascais, 1961), la historia de un escritor de mediana edad que, para combatir el tedio de una relación de veinte años, explora en la virtualidad de Internet el latido afectivo de mujeres que pudieran andar en su mismo horizonte. Piensa Esteves Pinto que cuando en lo virtual se prepara un encuentro y se avanza hacia lo real, todas las construcciones emocionales que se le exponen al otro corren el riesgo de disiparse. Hay excepciones, pero se suele construir en lo virtual lo que luego se destruye en lo real, y en todo momento se es consciente del engaño.
Ante la posibilidad de un grado de atracción sicológica en las relaciones virtuales, Fernando Esteves Pinto cree que es porque lo virtual actúa de máscara emocional que se genera entre interlocutores distantes, recurriendo al proceso poético para explicar deseos y sensaciones. Y es ahí donde todo falla. Se crean imágenes perfectas del uno frente al otro siempre con la latencia, no exenta de temor, de que la realidad venga a poner las cosas en su sitio, a mostrar el error, la equivocación. Se juega con la complejidad de lo virtual sin contar con la regla madre de lo real: “Esto es como es”, capaz de dar con todos los castillos en tierra. La ilusión es la frontera donde los dos mundos se enfrentan, se miden. Lo real no es la cobardía y lo virtual la audacia. Es el ser y el no ser.
Estevez Pinto ha publicado “Na Escrita e no Rosto” (poesía) Ed. Europress, “Siete Planos Coreográficos” (poesia, edi. bilingüe), Ed. 1900, Huelva, “Ensayo Entre Portas” (poesia) Ed. Almargem, “Conversas Terminais” (novela) Ed. Campo das Letras, “Sexo Entre Mentiras” (novela) Ed. Leituras (2ª edición en español) y “Privado” (novela) ed. bilingue español/portugués) Ed. Canto Escuro. En 1990 recibió el Premio Inasset Revelación de Poesía del Centro Nacional de Cultura.
En esta novela, después de manejar con desparpajo las peripecias que gozan o sufren los protagonistas, Fernando Esteves Pinto resume: “La imagen distorsionada que tenemos de los demás es un cuadro que representa una soledad habitada por una esperanza. Nada es real si no te veo y lo que escribo es sólo un resto de maquillaje en tus labios. La virtualidad sentimental es un pozo vacío. A veces siento pena de ser sólo el interior de mí mismo: código sentimental de lo que soy en realidad; un dejar el cuerpo en casa y presentarme con las palabras escritas”. Al final, el autor reconoce que “lo virtual nos suele dar con la puerta en las narices”.


© Manuel Garrido Palacios

10/05/09

CALLECEDARIO


Cuando la niña Irene subió al estrado con el ramo de flores para entregárselo a su padre, Petronila Guerrero (con un cabal recuerdo para Diego Díaz Hierro), José Antonio Marín (conocer algo tan cercano como tu calle) y Gonzalo Prieto (la ciudad es un cuerpo vivo que crece), acababan de presentar en el Hotel Paris el libro motivo del acto: Callecedario. Su autor, Domingo Martín Gómez, besó a su hija y el público se sumó a este broche con un aplauso de los que van más allá del tiempo de protocolo. Entendió lo que ya al inicio de la obra (dedicada a Carmen, Abraham e Irene) dice Domingo: “por apoyarme durante años, por vuestra comprensión, paciencia y por vuestro amor, sin el cual, jamás hubiera podido hacerla”. .
Tras años de trabajo minucioso, Domingo Martín Gómez ha aportado a Huelva un libro que pone a la mano de todos lo que es de todos: el por qué de los nombres de sus calles, la luz que ilumina a cada personaje escrito en la piedra accidental de una esquina o el recontar hechos que quedaron fijados en un rótulo de azulejos; hechos sufridos o gozados colectivamente, hechos que la costumbre hizo que quedaran disimulados o ignorados para quien pasaba bajo las letras de molde. “Lo nuestro es pasar”, escribió el gran poeta que tiene su Pasaje por la calle Puerto; pero si pasamos sabiendo algo más del sitio por el que se pasa, es como si no pasáramos tan de largo, tan indiferentes por esta ciudad que tanto cariño necesita y merece.
Domingo Martín Gómez aludió al largo tiempo que ha gastado en hacer el libro, aunque anunció que su discurso no duraría tanto. No cayó en que su discurso, que es su hermosa obra y no las cuartillas leídas en el acto de presentación, va a durar una porción de “siempre” hasta que otra mano futura venga a ponerla al día. Se citaron casos puntuales para ilustrar, para animar a abrir el libro, a crujirle las tapas, como el de los cambios en la nomenclatura de las calles según corrían los vientos políticos. Notable es que este estudio-vaivén sobre los nombres del callejero se empezara en 1956 con el intento de cambiar el nombre de Rafael Guillén, republicano él, por el de Miguel de Cervantes, que ya tenía su calle adjudicada. No era una propuesta de sustitución, sino de demolición, de destrucción por sus convicciones. Este cambio de rótulos lo citó Marín Rite al comentar una fotografía antigua en la que aparecía una escalera apoyada en la cal de una fachada de un pueblo cualquiera; un bragado subido en ella arrancaba impunemente un letrero con un nombre y una historia y ponía otro. Con un par. Cuestión de aquí estoy yo. Puede que haya sido una de las causas que nos han tenido tan despistados a veces. El mandamás de turno exigía que su nombre fuera insculpido en la piedra o grabado en la mezcla para la posteridad (aunque más de una vez, por falta de presupuesto para herramientas o por el papeleo que requieren estos asuntos, todo quedara en faena de pintura y brocha gorda). De este modo, mucha gente, sin mudarse de casa un solo centímetro, ha vivido en tres o cuatro calles diferentes. También es verdad que sobrevivir en ciertas épocas ya era un reto. .
A quien esto escribe le gusta ver que nombres como los de Julio Caro Baroja, José Manuel de Lara, Manuel Siurot, Diego Díaz Hierro, Antonio José Martínez Navarro o Jesús Arcensio, por citar a seis (citaría a todos) encabecen una vía pública y suenen como destinos de un envío, un correo, una visita, una pregunta: “¿Dónde queda la Avenida Julio Caro Baroja?”, aunque no se valore al pronto el beneficio cultural que ha heredado el común de cada uno de ellos. Un caso raro es el de Arcensio, que tiene una calle a la que jamás llegará una carta porque ni en la acera izquierda ni en la derecha hay una puerta que dé acceso a una vivienda. Parece la calle del Limbo. Sólo hay ventanas con rejas. Esa circunstancia y el olvido se dan la mano, cosa que habría que arreglar (si hay voluntad, claro) para dar un trato más cercano y cálido al gran poeta que cuajó su obra en Huelva. Decía alguien: “O sobra poeta o falta calle”.
Sería ocioso comentar las cuatrocientas páginas de Callecedario. El libro es para tenerlo en casa y abrirlo cuando convenga. Su autor, Domingo Martín Gómez, rubrica así la dedicatoria que hace a su familia: “Sois lo más importante de mi vida. Os quiero”.


© Manuel Garrido Palacios

3/05/09

CRUCES DE MAYO EN ALOSNO


La lucha que libra la cultura del pueblo contra el proceso de homologación y falsedad al que se le somete, la fuerzan a adaptar sus tradiciones, a que las fechas cundan como puentes para la vacación, a que muchas veces se baile, se cante o se ritualice sin apreciar su significado.
Alosno, por diversas razones, conservó lo que los pueblos venidos le aportaron, heredando tal monto cultural que es injusto reducirlo a “cuna del fandango”; ésta es su expresión de andar por casa, pero no la única. Alosno guarda ecos que igual suenan a ayer mismo que a tierra prometida. Es la suya una contracultura a la que la Cultura con mayúscula llama popular porque transmite un saber distinto al de los criterios santificados.
Ahí vemos las colás en las que se planta la Cruz junto a elementos paganos, que no están ahí casualmente, sino que ese era y es su sitio; la colá es un marco conciliador de doctrinas diferentes, ejemplo de sincretismo. La esencia de la vida fluye pujante en estos templos caseros, antaño para el amor sagrado, y los protagonistas así lo sienten, que el sentimiento siempre pudo más que la razón.
Las colás se adornan con lo mejor que se tiene: cortinas, encajes, tapices, rasos, blondas, espejos, cornucopias, grabados, galerías y paños de cortadillo, que “cuando la Cruz viene, cada una luce lo que tiene” o “quien de la fiesta sepa gozar, desde la víspera ha de empezar”; y se celebran dos veces: la Cruz Grande, o sábado después del 3, y Cruz Chica, o sábado siguiente. Los altares se cubren con tisú de plata y joyas y la Cruz puede ser labrada, policromada, tallada o de ramos. Quien entra a sacar a una moza al llano para bailar tiene que pagar “la voluntad”, dinero que se destina al coste del decorado, que “día de fiesta, algo cuesta”. Se dice “una perrilla pa la lú”, pero el significado va más allá.
El aspecto de las colás transporta a unos a un salón renacentista; a otros, a los antiguos templos del amor sagrado. En ellas todo pasa sin filtros, sacando a bailar mozos a viejas, viejos a mozas, pastor a heredera, pobres a ricas, sin que sea ley bailar bien, sino bailar sin más. Las mujeres mayores cantan sin forzar la voz; sueltan coplas como rezos, o mantras, o seguidillas en murmullo al son de las panderetas. La fiesta está hecha para lo que está y quien quiera ir que vaya, que lo que tenga que pasar no quedará sin que pase.
El llano es el espacio para bailar entre los cuatro escaños: al frente, las mujeres mayores cantan, observan, vigilan; los dos laterales son para las jóvenes con sus mejores galas, dispuestas a salir con el hombre que se lo pida, guste o no, y el otro, haciendo de frontera con la calle. Las mujeres avisan si la gente se agolpa allí: “Que corra aire por el pasillo de los hombres”; son las que defienden sus cantos antiguos de la Cruz de Mayo frente a las jóvenes, que atacan más los de moda. En ese ángulo esperan turno los hombres para bailar, ya elegida de lejos la moza; al final, ella recibe el dinero y lo deposita en el altar. “Una, dos, tres seguidillas / al pie de la Santa Cruz / y al final de la tercera / la perrilla pa la lú”.
Cuando alumbraban los quinqués, el haz de luz que salía a la calle oscura indicaba que allí había un pequeño santuario esperando: “Por esta calle me voy, / por la otra doy la vuelta, / la niña que a mí me quiera, / que tenga la puerta abierta”.
Ir de Cruces en Alosno es asistir a una fiesta derramada por todo el pueblo; se deja una colá y aún el eco no se ha perdido cuando se percibe el de otra: “Vi sentada en el escaño / a la dueña de mis sueños, / la quise sacar al llano / y vi que tenía dueño / por un anillo en su mano”.
Si a la que bien baila, poco son le basta, la que lo hace por imposición sigue dejando que su pensamiento se enrede a la espera del mozo que a ella le gustaría que asomara, que igual andará visitando otras colás, cantando canés de alejanza aquí, de anuncio allí. “Te crees que soy tuya / porque pagaste este baile, / yo tengo mi cuerpo aquí, / mi corazón en la calle. / Y así, cantando / menudillas verdades / te voy soltando”
Las mujeres mayores achucharán a las nuevas al presentirlos: “¡A cantar, niñas, que viene mozo!”. Y en la noche mágica flotarán una vez más esos versos de Miguel Hernández que hablan de “muchachas y muchachos, / que no dejarán desiertos / ni las calles ni los campos”.

© Manuel Garrido Palacios

26/04/09

SABE DIOS QUE HICE MI PARTE


Escrito quedó en el río Ouse el último latido de Virginia Woolf. Nacida en Londres en 1882, Adeline Virginia Stephen -Woolf por su boda con Leonard- percibe en su mente un mal sin solución, un muro letal para la creatividad, y un día de primavera de 1941 llena de piedras los bolsillos de su bata y se entrega a las aguas voluntariamente, para siempre. Michael Cunningham narra en “Las horas” tan triste hecho de quien, según Jeanette Winterson, «sentó las bases de la novela futura». Una carta al marido sella su decisión, cierra una gran página literaria en Inglaterra y acaba con Hogarth Press, la editorial de ambos, exquisita en la selección de textos merced a un criterio tallado en la lectura y en el afán de comprender el trabajo ajeno.
Ensayista, atenta a los vaivenes de su tiempo, cultivadora del ingenio y de las tertulias de Bloomsbury, barrio al que se muda desde el de Kensington y que da nombre al grupo en el que se integran las voces más lúcidas de la generación, tan frontales a las intocables costumbres victorianas, Virginia Woolf aparece para los críticos como “mujer excepcional, que lega frutos indispensables: experimenta con su idioma, innova la novela y saca a flote técnicas como la del fluir de la conciencia”. En “Un cuarto propio” se sitúa en la invitación que le hacen en 1928 para hablar sobre "la mujer y la ficción" en la Universidad de Cambridge, tribuna idónea para preguntarse por ciertos aspectos de la condición femenina y exponer sus ideas acerca del escaso número de escritoras en la historia de la literatura. Para ello, mezcla el análisis sociológico, el histórico y el filosófico con su potencial poético y cuestiona, por ejemplo, qué habría pasado si Shakespeare, que para Virginia Woolf es el genio que trasciende su individualidad e ilumina la tierra con un brillo único, hubiera tenido una hermana a la par de creativa que él, pero sin poder escribir por el sólo hecho de ser mujer.
Desde el ángulo feminista pone el dedo en la herida ante el atónito auditorio de Cambridge, el centro académico de más prestigio en Inglaterra, al que ella hubiera querido asistir, pero que hasta seis años después de su muerte no abre sus puertas a la mujer para realizar una simple inscripción formal. Antes, la mujer podía ir a las clases, pero sus estudios carecían de validez en la sociedad inglesa.
Su discurso en semejante escenario no lo quiere solventar con faena de aliño, sino mostrándose como es: una mujer culta, capaz de un rigor y una seriedad a la altura de la institución. Sabe que si sus palabras impactan en aquel foro, lo harán con más fuerza en la sociedad que lo sustenta. Se inventa para ello una narradora de ficción, que comparte con ella la tribuna, a la cual da vía libre total para expresarse como una mujer que piensa, siente, investiga y habla de manera distinta a lo previsto por algunos.
En los previos de “Un cuarto propio”, obra publicada por la UNAM, México, en una colección que reúne reflexión, análisis o crítica de autores de épocas, lugares y orígenes diversos, señala Raquel Serur que el nombre de Virginia Woolf es “imprescindible en las cumbres de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX. Se convierte en paradigma de aquello a lo que debiera aspirar toda mujer que tomara la vía de escribir como compromiso vital y creativo”.
Para Virginia Woolf, lo que produce la mujer es esencial para construir una sensibilidad propia. Escribe: “Allí estaba yo (con el nombre que se les antoje: da igual) sentada a la orilla de un río, absorta en mi pensar. El yugo de que les hablé -las mujeres y la novela, la obligación de resolver un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios- doblaba mi cabeza hacia el suelo”; e insiste en que para el desarrollo de todo esto, la mujer necesita su sitio, su espacio vital, su “cuarto propio”.
La obra es un referente que se universaliza, porque, como advierte Rosario Castellanos, “un feminismo bien entendido” conduce a hacer que mujeres y hombres colaboren “en la construcción de un mundo nuevo luminoso, habitable para aquellos en quienes se manifiesta lo mejor de la humanidad: la inteligencia, el amor, la justicia, la laboriosidad”. Virginia Woolf añade: "Sabe Dios que hice mi parte con mi pluma y con mi voz. No debo nada a nadie".


© Manuel Garrido Palacios

19/04/09

FUERA DEL TIEMPO


“Aquí se urdió la historia” dentro del tiempo. Amalia Minguez convocó a quien quiso ir a Rociana para hacer la entrega del Premio Internacional de Poesía Odón Betanzos Palacios, y ella vino de Nueva York a presidir el acto en la Fundación que honra el nombre del esposo, poeta, compañero, hombre bueno, “en esta encrucijada de silencio / sintiendo la soledad / como si me hubiera devorado el horizonte; / la sangre manando para mí / y para las exangües fuerzas / de quien ha amado”.
De la obra que alcanzó el premio: “Fuera del tiempo”, su autora, Francisca Gata Amate, leyó algunos versos: “También fuera del tiempo me perteneces. / Es otro sueño que desea recobrarte junto al jardín, junto a las rosas. / Aunque nuestro cielo te halla derribado. / También fuera del tiempo negado en una lágrima, / alma que vagas y me ofreces la muerte que te lleva / más allá…”.
En “Fuera del tiempo” los versos están dichos a tiempo, a su tiempo, en su tiempo; no importa si se escribieron siglos atrás o si pudieran escribirse mañana: todos tocan la herida profunda del alma y dejan que el verso se eleve sobre sí mismo, se desprenda de autoría y se intemporalice, cualidad que hace que lo escrito por una mano determinada hoy, sea asumido por quien lo lea siempre: “Siento la calma / antes de estar perdida ya para siempre / o ser sólo una huella en el barro. / Sentir que todo me limita / como pequeña tierra bautizada en tu nombre. / Y qué más da si amaso esta virtud / o amaso el vicio y sueño y siento / y late mi corazón más todavía / y mi pupila se empeña en la ceguera. / Repleta estaba mi luz, / también mi negra noche / porque de tanto contarlas / las estrellas dormían en tus ojos”.
Uno se pregunta desde su silla de espectador pasivo, ¿cómo surge un poeta, es decir, se incorpora a la nómina humana una persona que entresaca de la nada visible un trozo de belleza para expresarse y, dado el caso, compartirlo con los demás?, como “reguero de amapolas, / como rastro sangriento para sentirme / más de carne y más de vida. / Qué misterio palpita en el camino, / cómo habla esta lengua tan osada, / qué deseo irrefrenable de continuar / con el alma más espesa y generosa. / Y este aroma de la tarde y el suspiro de sus árboles ante la eternidad. / Mirado así, aprendiendo la ternura de una soledad de pasos lentos”.
Cada día tiene su pregunta sin respuesta. La que flota hoy en el río que nos lleva puede valer para todo lo bello que nos mueve: ¿en qué limbo dormitaban los ecos hasta que los genios compositores los arrancaron de un tiempo fuera del tiempo para este tiempo nuestro? Y una vez más indagas en el impulso artístico y penetras en el túnel en cuyo origen habita el gran misterio, ese instante eterno de partida de toda creación al que no es posible regresar.
Dice Amate que “es tarde y todo duerme. / Es otra claridad la de esta noche / otro día llegado del revés / e igual de intenso. / Todo duerme, / pero este silencio es tan luminoso, / tan sabio en el enigma descifrado. / En esta llamarada se contempla la vida, / sus rincones, su mordedura mal curada. / Su memoria. Extraña luz, / reflejo en la paz de cuerpos inocentes. / Inusual, querida, / festejada luminosidad, / apetitosa danza. / No ha nacido la noche / sino otro amanecer de rojo eterno. / La vida se ha llevado el miedo / como una orquídea negra que dolía”.
No es fácil abrir un libro nuevo de versos y guardar la intención latente para reabrirlo mañana. Se da poco. En mitad de ese tiempo sin palabras habita el tiempo que nos cerca. Tiempo colectivo de un día hecho de tiempo en el que los versos fluyeron y lo que bullía dentro se hizo un fuera en voz alta o en palabra serena plasmada en el papel; ambas, voz y letra, venidas de un grito interior, de un “estar encerrada en mi cáscara, / protegiendo la clandestinidad de mis ojos, / enmudecida en mi estado de sitio. / Contar las sombras asumiendo mi reflejo / en todos los retrovisores. / Fingir que era audaz mi soledad. / Con el óleo de tu recuerdo goteando, / sin interpretar ese sollozo de tierra. / Agazapada, ajena. / Se deshacía la hermosura de vivir. / Qué lejos todo / y qué miedo no tener silueta para el amanecer”.
El dolor dilata el tiempo. El placer lo acorta. El poeta lo capta. Su llanto es calmo; su plegaria, leve: “se avino a amarme limpiamente y a limpio me supo su silencio”. Es todo.


© Manuel Garrido Palacios

12/04/09

UNA LUZ A SU MEDIDA


Juan Delgado nace y renace en Campofrío cada vez que escribe: “El pueblo era tan campo / que el campo por sus calles paseaba”. No se ausenta. Se limita a asomarse a la cornisa infinita del verso en la desierta planicie del papel. En Minas de Riotinto fragua su vocación literaria, lugar que lo adopta como Hijo para sumar a sus milenios de afanes el pálpito de una obra sólida, extensa, reconocida, mezcla de memoria, esencia, compromiso, emoción, origen, amargor, ternura.
Juan Delgado vuelve en Paisajes de la memoria a Campofrío: “la luz; donde las cales / subliman claridad y se hacen vida; / donde el amor es una herida / cardinal que da luces cardinales; / donde los patios y brocales / encuentran una luz a su medida; / donde el sendero de la huida / se le niega a la luz y a sus cristales; / donde palomas y jazmines / conjugan con la luz la melodía / de un mágico concierto regalado; / donde invitados a festines / de luz, nos encontramos cada día / por la gracia de un dios enamorado”.
Su voz, que puebla el estudio esta tarde, divide su obra en tres estancias: Paisajes del agua, del aire y de carne. En la primera nos lleva por la Fuentecilla: “Vengo a verte otra vez, y ya no eres. Todo está igual pero nada es lo mismo”; por el Socavón: “me atrevo a buscar tu alma de siglos; / entro en ti. Me disfrazo de sol y rompo el aire donde cuelgan racimos de murciélagos”; por la Fuente del Cabezo, que, “ciega de amor, ausente de pisadas, se ha extinguido como un abrazo roto en la inutilidad de la caricia sin cuerpo acariciado”; por las charcas del Odiel, donde “está el mar ahogado en la intima embriaguez de un sueño evanescente”; por el Pilar de agua: “vienes a mi memoria como la queja sorprendida y pura del leño que se quema en el hogar”; por las Albercas del Chorrero, en las que “los duendes pervertidos de dimes y diretes campan a su albedrío por los rojos confines de la tarde”; y así por Valdelombre, Copa, Fuente Ramiro y Huerta Adela, hasta alcanzar los Paisajes del aire, en los que caminamos por el Puerto de la Cruz, que “mima por el Norte un encinar recio, de seria verdura penitente y secular”; por el crepúsculo en el Odiel: cuando “la tarde va tejiendo su costal de matices con estambre de sombras”; por la Calleja de los Pozos, en cuya vida “tal vez hubo horadados misterios para encontrar tesoros”; por la del Molino: “paraíso de juegos y de mundos infantiles”; por la del Papa: “humilde, pobre, honrado, sencillo, padre de siete hijos; amor y hambre por hacienda”; por la del Sastre, por la que “transitaban sueños de taurinos triunfos”; por la del Risco Gordo, de “orgullo latente y vejez asumida”; por la Cañada, donde “todo es redondo”; por las Ventas en primavera, cuando “el canto del cuco va marcando el pulso de los campos”; por la casa vieja, buena para “dormir cansancios, alborear amores”.
En los Paisajes de carne aparecen Catalina, de “voz grave y cansada, ronca, como lija en el aire serrano que abrazaba al pueblo”; el hombre de campo, “de sol a sol trabajando como una hormiga; el sol y el agua curtieron en bronce tu voz de almendra”; Fideíto, “que vivía con dos tías viejas, flacas, macilentas, enlutadas y tristes en una casa antigua, profunda, sin aire, de una sola habitación oscura al fondo a la derecha”; Olegario, a quien “el juego lo incitó a la conquista de cielos y de soles [y quedó] mutilado; Angélica, de portón “siempre abierto para que entrara la gracia de Dios”; Manuel de Emilia, que compartía “el secreto del penúltimo nido en los campos de encinas”; tío Francisco, “raigón de brezo: duro, fuerte, hirsuto, calcinado”; Fermina, “hada buena, venida a menos”; y el afilador, que “llenaba las calles de música celeste”.
Supe del libro en vísperas de que un sanedrín lo intentara diluir en disimulada espera. Lamentable que un poeta de la talla de Juan Delgado sufriera la arbitrariedad de quien sólo sacó de su pluma blanduras y ripios. Pero “la memoria se llena de dioses tutelares”.
La obra, editada por Huebra, es para el poeta “un viaje por un silencio luminoso, compañero, liberador, / y una soledad que propicia el revuelo / de rubias mariposas por la mente / orquestando en la sangre sinfonías de tiempo recobrado”.
Eso dice Juan Delgado en su entrega de versos: “Quise poner nombre a su sola presencia / y no había palabras”.


© Manuel Garrido Palacios

5/04/09

LA REALIDAD SIMBÓLICA


Venía el hombre tristón tras hablar con la nieta de María, que le había mostrado la carta que le escribió el abuelo Joaquín poco antes de ser fusilado contra las tapias de cualquier cementerio. Escritura a mal lápiz y peor papel que había tenido que pagar comulgando en la celda. “Si me vais a matar igual, ¿para qué la comunión?”, preguntó. “Comulga y no te hagas líos de cabeza”, le respondieron. “¿Seguro que si comulgo recibirá la carta mi María?” “¡Faltara más! ¿Es que no tenemos palabra?”.
Venía el hombre por la calle de la gran ciudad setenta años después de que Joaquín hubiera escrito la carta y le hubieran estampado las entrañas contra el paredón rato más tarde. Setenta años después de que María recibiera la carta en la que Joaquín se despedía, carta en la que le habían obligado a añadir un párrafo que dejara claro que lo habían tratado bien. Setenta años después de que el que le llevó la carta obligara a Maria a beber ricino por no estar conforme con el crimen.
Venía el hombre bajo de ánimo cuando el cartero le entregó un paquete con un libro: La tierrra negra, una novela escrita por Manuel Moya, en su Fuenteheridos natal y vital, dedicada a quienes, como la nieta de María, combaten a su manera la impunidad, a quienes buscan a sus muertos, a quienes sienten la historia no como “cuatro cosas que pasaron, ¡qué le vamos a hacer!”, sino como muescas de dolor, injusticia y sangre.
Se le agolpaban al hombre ¿qué historias? contadas por ¿cuánta gente? en Dios sabe dónde. Historias de ricino y pólvora, de cales salpicadas al alba, de ayes y de infamias. Y acudían a su mente las páginas escritas por María Dolores Ferrero Blanco sobre la resistencia rural en el suroeste andaluz en La historia del año de los tiros (la infamia no tiene fecha fija), o los sucesos de El Campillo durante la maldita guerra -¡malditas todas!- en la que hurga el denso, emocionante libro de Manuel Moya.
Venía pensando en estas cosas cuando la novela lo llevó por más caminos del pasado, por páginas que traían a los protagonistas a su sala, a su cocina, a su patio para ser parte de ese catálogo de atrocidades que conforman la pequeña gran historia de los pueblos; historia sin mayúscula y pintada en rojo, que no es más que la partida mortal de unos contra otros, hoy venganza, mañana fusilamiento, pasado silencio; algo que cuesta traducir a palabras y que en el caso de este libro el autor lo ha hecho soberanamente mojando en la tinta del corazón.
La tierra negra, editada por Guadalturia, escrita por alguien que tanta cultura ha movido en este ámbito, Manuel Moya –narrador, poeta, crítico, traductor–, es la trágica sucesión de hechos de unos fugitivos en el paisaje de la Guerra Civil; gente que permaneció oculta en la recóndita Sierra por toda una eternidad de siete años. Voces que sólo al morir uno de ellos alzaron el tono y levantaron la cabeza para que fuera enterrado “como se entierran a las personas”.
Este es el eje sobre el que gira la historia que se cuenta. Es como un cuerpo que en su interior guarda toda la complejidad del conflicto que se vivía, de las circunstancias que rodeaban el momento. La novela deja en el lector el perfil de la anatomía del odio, y siempre la infamia, y el dolor, y la sangre, y la tenaz linde con un letrero invisible marcando que “ese muerto no era de los nuestros”. Alrededor de esto van las aspas de treinta y dos capítulos y una nota de cierre removiendo los aires irrespirables de un paisaje en un tiempo determinado.
Manuel Moya, que tanto ha dado (hasta dos poetas en uno) nos sorprende ahora con esta novela, de la que él dice que los hechos de los que se nutre “son aproximadamente reales o, mejor, casi nada de lo que cuento es rigurosamente verdad, si bien, los cinco "topos" existieron (eran naturales de Navahermosa, Galaroza y La Nava). He sentido mucho más interés por la realidad simbólica que por el rigor histórico. De haber querido hacer historia, habría emprendido una investigación. Sólo he pretendido escribir una novela que hable de la dignidad, y la dignidad muy raramente habita fuera del corazón palpitante de las mujeres y de los hombres”.
Venía el hombre tristón y de pronto topó con esta ¿realidad simbólica? plasmada en una de las novelas más duras e intensas escritas en los últimos tiempos.



© Manuel Garrido Palacios

29/03/09

EL PRESTIGIO DE LA CENIZA


El libro “Nanas para dormir desperdicios”, de Francisca Aguirre, ha merecido el Premio Valencia de Poesía y lo ha editado Hiperión. Aunque la poesía de Aguirre precede a su propio verso, vale asomarse a sus páginas para ver algunas claves.
Juan Cueto me dijo en Gijón que una nana podía ser un arrullo, un conjuro para que huyera el duende que robaba el sueño inocente y un aviso para que el amante rondador cayera en que no eran horas para escarceos.
Sobre el vocablo “desperdicio”, tan presente en la obra, Aguirre dice: “No sé muy bien cómo explicarles / lo que resulta ser un desperdicio, / porque lo grave de esta historia / es que nadie conoce realmente / eso que, de forma extraña y muy precipitada, / denominamos desperdicio; // aquello que asían nuestras manos, / de tan difícil catalogación, / tan raro, tan absurdo / que apenas si nos atrevíamos a nombrarlo, / eso, precisamente eso, / [que] sobraba en nuestro espacio. / Tal vez fuera un desperdicio // aquel resto, aquel aquello”. Entramos en el corpus del poemario siguiendo el rastro de algo que es “dolorosamente nuestro” y que viene “cargado de asombros y temores”. Por ejemplo, sin perder el hilo de los versos: “No cabe duda de que el peso, / si nos referimos a los desperdicios / es de suma importancia / para determinar su naturaleza. / Hay desperdicios minuciosos, / desperdicios ingrávidos / y, debido a ello, el peso es decisivo. / Es el caso de la cicatriz”.
Insiste Aguirre en que “lo imposible es a veces / tan sumamente desperdicio / que yo no sé qué hacer”. El envés de un poema es la sensación que deja en el ánimo: “¿Quién iba a imaginar el desperdicio que vivía / en el moho de aquel recuerdo jadeante?” La autora, que ve “extraño / llamar a un sobresalto desperdicio”, cree que lo importante es “cantar para que duerma al fin / eso que llora y llora sin parar / dentro del corazón aquel / lleno de escombros”.
En otra página asegura que “nadie sabe qué música ponerle a los desechos. / Aunque parezca raro / hay desechos resplandecientes”, porque “hay que ver lo que vive en los cajones, / cada cajón es como un universo / en el que duerme todo: desperdicios, estampas, lapiceros. // ¿Cómo no vamos a cantarle una nana a aquel pañuelo de la abuela?” Entre las músicas que habitan el alma, “casi todo el mundo ha oído / la música de las baratijas, / puesto que la baratija es un brillante desperdicio. // Las esquinas son el desperdicio perfecto”.
Aguirre canta al crepúsculo: “un desperdicio muy equívoco; / mi nana / unas veces termina demasiado pronto / y el crepúsculo sigue muy despierto, / otras, yo canto sin parar / y el crepúsculo duerme ya bajo las estrellas”; y a las sobras “para dormir el hambre / mientras el hambre nos dormía”; y a las hojas caídas: “criaturas parlanchínas / voz de nuestros árboles”; y al dormir de los relojes: “como nadie conoce dónde empieza la muerte // me gustaría creer que el tiempo es sólo un sueño, un escuálido desperdicio”. Canta a las cartas con “el olor desvalido del abandono / y el tono macilento del silencio”, que son “desperdicios de la memoria, residuos de dolor”; a las tachaduras, a las que “les cuento la vida de las otras palabras / para que vean que son un desperdicio”. Y así discurren las nanas, hurgando a ver qué se fue con cada desperdicio. Aguirre pasa su vista por los hilos en barullo, las flores mustias, las espinas, la ceniza, los aparentemente simples cordones, un pingo o las mondas de patata de 1943: “¿qué hubiera sido de nosotros / sin el apoyo de los desperdicios?”. Observa los despojos, los libros viejos: “prendas tan de abrigo”, el humo, “que tiene muchos detractores”, y añade: “le canto la nana del silencio / para que no se sienta solo”; nanas para el odio, la tristeza o el miedo: “compañero de la especie”.
Puede que Francisca Aguirre cante estas “Nanas para dormir desperdicios” en un afán de ponerlos en la balanza que el ser humano tiene dispuesta en sus dentros para hacer mediciones puntuales. Y así asistimos desde la íntima distancia del verso a una escenografía de los sentimientos, sin perder de vista el “prestigio de la ceniza” de la vida y “cuanto recuerda a la muerte”, en el convencimiento de que “hay que entonar la nana que nos pide” cada momento, “aún sabiendo / que esa canción de cuna nos aterra”.


© Manuel Garrido Palacios

26/03/09

COMO UNA VIEJA CANCIÓN


Hablando en Itzea de los motes con Don Julio Caro Baroja, el maestro mencionó uno que recogió en Rociana durante su viaje por Huelva en 1949, dato que imprimió entre sus notas de campo. Para no restarle nada a la gracia solapada con la que adornaba estas charlas, me limito a repetir sus palabras: “En Rociana nos contaron el caso de una mujer que fue al Ayuntamiento para hacer una gestión y al preguntarle cuál era el nombre del marido dijo que Naboduro. Tardó bastante en convencerse de que además tenía otro que correspondía al apellido en propiedad”.
Lo recuerdo hoy al recibir Chrónicas Moticensis, obra escrita y editada por Alberto Casas, autor de aquel espléndido estudio basado en la obra de Miguel de Cervantes, también conocido por Manco de Lepanto, cuyo título era: La ciencia de los marineros y el Arte de navegar. El libro de ahora se subtitula: Motes, Sobrenombres, Alias y Apodos, marcando de entrada que, aunque cuente cada palabra con su matización, todas son ramas que proceden del mismo tronco: aplicar a alguien un nombre que no es el suyo, sea por realzar su figura, evitar nombrarlo, simular que no existe, burlarse de algún rasgo o vaya usted a saber. Si todo quedase en fruto de la sana intención, la ingenuidad o para abreviar, como pasaba, pasa y pasará aquí o allá, valdría. Lo malo es si lo que sustituye al nombre trae la vejación puesta. Más de una tragedia hubo a cuenta de esto. Ya dice Covarrubias que “Mote vale tanto como sentencia y de aquí se formó el verbo motejar, que es poner falta en alguno".
También puede ser bien decir, según trata el tema Luys de Milán en su Libro de Motes de Damas y Caballeros, publicado en 1535. Pero ciñéndonos al de Casas, éste arranca advirtiendo que desde los tiempos antiguos tiende la condición humana a resaltar virtudes o defectos de las personas, creando con ello, a su vez, un léxico singular de motes, alias, apodos y sobrenombres, que acaban anulando al nombre propio. Cita el caso de “un inspector de Hacienda que fue a Moguer para localizar a Fulano de Tal y Tal, topándose con la sorpresa de que era desconocido en el pueblo; hasta que un día refirió a uno el insólito resultado de su comisión, manifestando, por primera vez, que al que buscaba le decían Chirito; entonces el otro dijo: ¡Hombre!, hubiera empezado por ahí; el Chirito soy yo”. Añade el caso del “cardenal Cisneros, a quien sus adversarios políticos lo citaban como el Cisne, contraseña secreta que evitaba el riesgo de aludir al poderoso regente de Castilla”.
También puede beber este fenómeno del gentilicio de una persona; en el Quijote (I, 8) dice el de la Triste Figura al orondo escudero: "Me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día… que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus descendientes se llamaron desde allí en adelante Vargas y Machuca". Observa Casas que Cervantes distinguía el sobrenombre del alias, lo que puede verse en el Quijote (II, 36): “Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la condesa Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, en una carta que Sancho Panza escribió a su mujer”.
Aristófanes (V-IV a J.C.) hostigaba así a Sócrates en Los caballeros: “¡Ah, los conozco miserables! ¿Hablas de aquellos charlatanes pálidos y descalzos, entre los cuales se encuentra el perdido Sócrates el Murciélago?”. Igual puede crear confusión si nombre y apellidos conforman un todo compacto, aludiendo a la mujer que se llamaba Dolores Fuertes de Barriga. Ocurre con las personas y con los lugares: “París, o la Ville Lumiére, Cádiz, o la Tacita de Plata. El Sol es llamado Lorenzo y Catalina la Luna. A una ciudad sureña vino el siglo pasado un gobernador que, al ver el ámbito estudiantil algo revuelto, dijo que ‘iba a obrar duro’, por lo que cargó para los restos con un mote: el Estreñío”.
Tras estos aperitivos, Casas aborda los motes locales con curiosos ejemplos, nutriéndose de fuentes fiables y evitando siempre los despectivos, groseros y mendaces.
Esta brevería sólo quiere dar fe de vida de su libro, prieto de motes, y dedicado, como la vieja canción de Papas & Mamas, a quien pudiera interesar.


© Manuel Garrido Palacios

15/03/09

INSÓLITA DOÑANA


© Fotografía de HÉCTOR GARRIDO
En la exposición y en el libro
“ARMONÍA FRACTAL DE DOÑANA Y LAS MARISMAS”



Ver las cosas desde lejos hace que el aire de la vida corra por delante y limpie de hojarasca el cuadro. Los perfiles se amontonan y componen lo que algunos llaman objetividad. Verlas desde arriba facilita la comparación de las dimensiones externas y nos distancia de los latidos interiores, que no se ven, se intuyen. Desde abajo se enfatiza el cuerpo, se achica el alma. A ras, el ser humano se mide con las imágenes. Rozarlas con los ojos es acceder a una porción corta, aunque, a veces, en una mirada cabe un universo. La pregunta viene sola: ¿cuál sería la distancia ideal? La respuesta sigue el discurso: hacer que lo que vemos lo vean otros porque si cualquiera de las visiones propuestas, o por proponer, no es compartida, no existe.


© Manuel Garrido Palacios

URUEÑA: EL BORDE DEL HORIZONTE


Nace un libro que trae las actas del Simposio sobre Patrimonio Inmaterial organizado en Urueña por la Fundación Joaquín Díaz y la Cátedra de Estudios sobre la Tradición de la Universidad de Valladolid. Se trata de un valioso referente sobre una de las variantes que propicia la unión de la voz y el ingenio, basado en este caso en el humor, el chiste, la ironía y el gesto.
Del contenido de sus páginas cabe hacer una síntesis. Maximiliano Trapero (Universidad de Las Palmas) subraya el ingenio en la literatura oral, resaltando que “nunca se había puesto el acento de manera monográfica sobre un aspecto como el ingenio”, y cita, entre otros, el caso del repentista cubano Orlando Laguardia, que ante uno de aquellos apagones del “período especial” (año 1997) lo invitaron a un abundante refrigerio al término del Festival de la Décima en Las Tunas, y dijo: “Tal parece que mi vida / es una pesada cruz: / cuando hay comida no hay luz / y cuando hay luz no hay comida”. Añade salsa con versos de otro cubano, Juan Antonio Díaz: “La memoria, a mi entender, / es la maquinaria humana / que hace llegar a mañana / lo que fue suceso ayer. / Pudiendo violada ser, / por diabólico motivo, / la memoria es el archivo / donde el hombre con acierto / transita después de muerto / como si estuviera vivo”.
Jean-François Botrel (Universidad de Rennes) indaga sobre el lenguaje y se pregunta si el “hablar de manos era cosa de villanos”. Luego hace un “atrevido y somero intento de arqueología del gesto, buscando en lo escrito y/o lo representado y en la literatura oral, fundamentalmente narrativa, todo lo que en las prácticas del pueblo español histórico remite a la gestualidad para poder analizar la posible función expresiva de un ‘arte del cuerpo’, estudiando cómo, cuando lleva intención, contribuye a la función ingeniosa de la voz, llegando a sustituirla a veces”.
El Profesor Salinas Campos (Universidad de Chile) escribe del tiempo colonial y su desarticulación por la risa, con el recuerdo de Juan Verdejo, “roto de Chile: representación viva de la otredad de Occidente en la historia” de aquel país, cuyos rasgos de origen quizás habría que buscar en tiempos de Felipe II, cuando mandó desterrar “a Chile a los individuos que consideró incorregibles y peligrosos para el gobierno y el orden establecido en el Nuevo Mundo”, Una pincelada de sus prontos: “Por mi abuela / que somos rotos fatales: / no poder comer cazuela con ají / por culpa de don Morales”.
Tomás Lozano habla de Trovos y cañuteros en Nuevo México: “En la puerta de mi casa / tengo una mata e cirgüela, / no te chinquetes conmigo / chiquétate con tu abuela”. Luis Díaz interpreta los chistes populares. Luis Resines da todo un recital sobre el gesto en su comunicación religiosa, y Susan Campos (Autónoma de Madrid) viaja desde la Insula Barataria a la República de los Cocos con los perfiles de Sancho, Charlot y Cantinflas en una reivindicación del poder como individuos libres. Don Quijote escribe a Sancho: “sé bien criado y procura la abundancia de los mantenimientos". Charlot dirá: "Pensamos demasiado, sentimos muy poco. Más que máquinas necesitamos tener más humanidad. Más que inteligencia, bondad y dulzura". Cantinflas aludirá a ello en Su Excelencia: "Estoy de acuerdo con lo que dijo el representante de Salchichonia: con humildad de albañiles no agremiados debemos de luchar por derribar la barda que nos separa, barda de la incomprensión, de la desconfianza, del odio, pero no la barda de las ideas, ¡eso no!, ¡nunca!; el día que pensemos y actuemos igual dejaremos de ser hombres para ser máquinas […] Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz, no sólo impulsado por su instinto de conservación, sino por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada cada vez más digna de la especie humana, aspiración que no será posible si no hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”.
Tras una semana de hablar de todo esto en Urueña, pueblo erguido al borde del horizonte, y de mojar ideas y palabras con los sabrosos caldos castellanos, sale de la imprenta este libro-resumen con la conclusión unánime de que el humor, además de Patrimonio común para bien usar, es una de las cosas más serias que existen.


© Manuel Garrido Palacios

8/03/09

UN VIAJE POR EL ALMA


Recuerdo algunos sitios en los que estuve con Ramón Masats –aprendiendo, sin perder ripio–: Sa Pobla, Mallorca; Madrid, en clases de montaje (con su bacalao de Revuelta a media mañana o sus calamares al caer la tarde); Sevilla (torerías de Paula o de Curro); San Sebastián (tras el rodaje íbamos a Biarritz a devorar cine; entre otras perlas, cayó en su momento de “aquellos tiempos” la Enmanuelle de rigor; esa noche vinieron a la proyección Teo Roa y Alberto, operador y ayudante de cámara, muertos meses después en Alaska en el accidente de avioneta junto a Félix Rodríguez de la Fuente); sigo: Dublín, la Torre de James Joyce; Portugal, donde nos tocó ir en procesión tras el último participante de una carrera; Guernica y otros pueblos vizcaínos cuando dirigió el espléndido documental “Apuntes vascos”; y Huelva, para la que proyectamos un libro al que un día le daremos forma.
Hoy quiero hablar de los cuadros -¿o son fotos?-, o crónicas para un golpe de vista, que cuelga en el Museo Provincial y que recorrí ayer con su Directora, Juana Bedia. Imágenes que con tan buen criterio ha ordenado el Comisario de la exposición, Chema Conesa, para que tanto digan en solitario como en conjunto. Tener cerca, aunque sea en leve proporción, la obra de Masats es un lujo cultural no frecuente por estos pagos. Ahí está José Luis Ruiz abriendo latitudes a esta ciudad, con Masats y otros grandes maestros de la fotografía, según viene siendo su talante: ayer con cine, hoy con fotos, mañana no se sabe, anchando el horizonte para que no se ahogue el gusto en lo manido de siempre.
Una imagen es un juego complejo de ingenio y de sensibilidad. Una aparente “nada” puede ser un “todo” y viceversa. La técnica sola no basta. Si de un concierto lo que se te queda es el cartel que había al fondo, malo para el artista; si de una película sales alabando más que otra cosa los paisajes, peor. Pero si se va a una exposición de fotografías y se tiene la sensación de haber hecho un viaje por el alma, hay que escribirlo con palabras mayores. Este es el caso.
Digo que puede parecer que no pasa nada mientras pasa todo. El artista es un buscador que encuentra; ve ángulos inéditos, los plasma y de su arte surgen otros mundos que estaban ahí, esperando la mano de nieve. Decía un sabio que aunque sólo fuera un tío montado en un burro, por su puerta pasaba un universo. Eso nos proponen las fotos de Masats, capaces de encerrar en un instante el latido vital que a menudo nos pasa tan callando.
La historia de una casa se abre con un clic que recoge el zócalo blanco raído; el desconche de una fachada azulina y el recerco de una puerta componen la bandera de la nostalgia; el pasavolante que alguien da a su interior puede ser un parón, un respiro en el afán, como el roal antesala del umbral de entrada, o la huella de la mezcla con la que se restañan grietas, o se agranda un patio o se parchea una cocina, centro de ese universo. Cada casa lo es. Sólo se necesita verlo, sentirlo y, como en la muestra, captarlo. He ahí lo que quien mire cada imagen puede percibir: un universo íntimo que al mismo tiempo es la forma y que rubrica una mancha irregular amarilla que domina el cuadro, señal simple del paso de los días y de las noches de los que habitan el sitio.
Las obras de Ramón Masats son una sugerencia que no se interrumpe. Tienen ruido, alma, pulso, voces que permanecen en el interior de cada marco y que si se pone oído, cuentan las historias prietas de humanidad que destila cada una de ellas.
Los huecos se han llenado de arte fotográfico y las exposiciones son muescas que se van haciendo en la tarja de la expresión, marcando estas obras los niveles a los que se llega cuando se es capaz de ver la belleza que guarda y da cualquier cosa que antes sólo era aire.
Después de filmar miles de fotogramas, el artista aísla uno para compartirlo en muestras así. Y no es sólo valorable la fuente de luz, la incidencia del rayo, el motivo encajado en el cuadro, el impulso por el que aprieta el botón, la emoción que te regala el resultado, ni siquiera el foco fino con el que se ha recogido. En Masats lo importante es todo junto y a la vez; lote de exquisiteces de las que no te hartas, por lo que cualquiera de sus imágenes merece una reflexión serena por lo que representa. En suma, una vez más, un aprendizaje.

© Manuel Garrido Palacios

2/03/09

EL ASOMBRO DE DOÑANA


El retorno de los brujos, de Pauwles y Bergier, recuerda que “hay otros mundos, pero están en éste”. Uno de ellos es, sin duda, Doñana, cuerpo tallado en el tiempo que a veces se desnuda para mostrarnos un perfil inédito.
El Pabellón del Perú, CSIC, en Sevilla, primero, el antiguo Hotel Paris, en la Plaza de las Monjas, de Huelva después, y otros sitios de otras ciudades, han acogido/acogerán una exposición que refleja lo dicho: “Armonía Fractal de Doñana y las Marismas”, cuyo libro resumen acaba de presentarse en el Fnac hispalense. La historia de la muestra (www.armoniafractal.com), que vendrá a Huelva y que es “un recorrido por un camino cuyo norte es la belleza”, empezó, según Juan Manuel García, “cuando Fernando Hiraldo, director de la Estación Biológica de Doñana, me envió un paquete de fotografías de Héctor Garrido con una escueta nota: ‘Te van a encantar’. Me encantaron. Eran fotos aéreas de las marismas atlánticas, imágenes extraordinarias de color, forma y textura que recordaban obras de pintores modernos y contemporáneos. Las disfruté en la soledad del estudio y en el tiempo libre en el laboratorio; me aliviaron las esperas y las compartí proyectándolas en Granada. Yo había estudiado la génesis de las formas naturales en modelos a escala, en fotos aéreas de lugares remotos e inaccesibles, en las altas cumbres, en los desiertos y cañones, en la superficie de Marte. Pero lo que fotografiaba Héctor Garrido desde el aire estaba a un paso de nuestras casas, en una marisma mil y mil veces fotografiada, pero jamás vista desde esta perspectiva captada con la intención de valorar lo inanimado: la propia piel de Doñana… paisaje generado por los trazos que deja sobre la tierra el vaivén del agua y el viento. En el siglo pasado, Benoit Mandelbrot convenció al mundo científico de que la geometría euclidiana usada desde los tiempos clásicos no servía para describir la naturaleza: que las montañas no eran pirámides, ni los árboles conos, ni las líneas de costa rectas. Y propuso usar una nueva geometría para describir la complejidad de las formas naturales: la geometría fractal, que se manifiesta en todos los aspectos del paisaje, especialmente en los lugares no transformados por mano humana. En las marismas atlánticas andaluzas, probablemente el paraje mejor preservado de Europa, la geometría de la curva, de la frondosidad, se muestra en todo su esplendor, y más cuando se observa desde el aire, como en las fotos de Héctor. Las imágenes muestran características típicas de los fractales: formas irregulares que no pueden ser descritas por las formas geométricas, o que son autosimilares: que las partes se parecen al todo. Las costas son curvas, con cabos y golfos, entrantes y salientes, ensenadas y riscos. Un río es un cauce de agua al que llegan afluentes, un afluente es un cauce de agua al que llegan arroyos, un arroyo es un cauce de agua al que llegan riachuelos, un riachuelo es un cauce de agua al que llegan barrancos, un barranco es un cauce ocasional de agua… “
Héctor Garrido dice que la marisma fue su paraíso personal cuando niño: “Navegué junto a mis amigos por sus saladas aguas, sufrí sus corrientes y probé el sabor de su lodo. Las aves fueron durante años la excusa y el motor de mis aventuras marismeñas y verlas sobrevolar el mundo abrió una puerta más de mi imaginación”. Años después, agosto de 2008, por ejemplo, Héctor sale al alba del Aeropuerto de Jerez y censa desde la avioneta que pilota Hans la realidad de 1.800 cigüeñas, 375 espátulas, 410 gaviotas, 65 cigüeñuelas, 230 ánades y 870 avocetas en un cálculo de recuento mientras pasa sobre 90.000 aves.
Sentadas estas bases, el libro trae vocación de comunicar su contenido a la distancia justa para fomentar el respeto por ese patrimonio común, estableciendo ángulos de visión lejanos para permitir que el aire de la vida limpie de hojarasca el cuadro en bien de la objetividad: ángulos altos que faciliten la comparación de las dimensiones externas; bajos para enfatizar la visión; a ras de tierra para que el ser humano se mida con el entorno, o casi rozándolo, en una sensación virtual, conscientes de que en una mirada puede caber un universo. En suma, a la distancia ideal para que su contenido se esparza como un eco y se comparta; para, como escribe Luis Landero: “ser eternos al menos por un día”.
Odile Rodríguez de la Fuente, ante el pálpito del paisaje de barro se pregunta “¿cómo definir la belleza que derrocha el orden de la complejidad, la estructura de la irregularidad, la simplicidad de la sofisticación, todo aquí representado?” Ese todo que José B. Ruiz Limiñana ve como “un ser descomunal [que] yace durmiente, mientras su piel queda a merced del sol y los parásitos; un corazón compartido, un músculo indómito que cobra vida con el fluido elemental que acude a revivirlo”. Paddy Woodworth pinta en su imaginario real: “microbios en una muestra, agua y algas bailando con las arenas; todos encuentran su forma, y son formados por otras formas; una estrella en el barro, un hombre saltando por las nubes”. A estas voces se une la de Francisco Correal para decir que “el medio es el mensaje. La media de edad no es la Edad Media. Un árbol holográfico allí abajo, como huellas de glaciaciones. Sombra en marismas de sol; calzada descalza”. Juan Várela Simó escribe: “siempre me ha resultado extraño el rechazo de cierto público por el arte moderno, como si la abstracción no formara parte de un proceso creativo inconsciente. Pienso ahora, a la vista de estas increíbles imágenes, que lo verdaderamente extraño es el empeño de algunos en reproducir única y fielmente la realidad convencional. ¿Sabe la Tierra que hace arte?” Diego Escarlón detecta la presencia de “manchas grises en el follaje del Árbol de la Vida. Manchas de muerte y oscuridad, de Hombre, el que pisa fuerte, el que todo lo envenena, lo mata, lo arranca, lo calcina. Quizás los llantos despierten al Hombre y éste entienda que morirá si el árbol cae”.
José Luis Sanz ve “la materia viva y la inerte como realidades inextricablemente unidas. Los procesos bióticos y abióticos como fenómenos íntimamente asociados desde hace miles de millones de años. El icono principal de los seres animados, el Árbol de la Vida, gentilmente esculpido por el agua en la superficie de la gea”. Regla Alonso Miura siente que “el lenguaje del agua se asemeja en el arte y la naturaleza. En una acuarela, la expresión de su belleza depende de la intención del artista, la textura y composición del soporte, la carga del pincel, la intensidad del trazo. La naturaleza, fiel a sus leyes, dibuja aparentemente distraída un esquema que, por esencial, resulta intrínsecamente bello”. Para Miguel Delibes de Castro “un gran árbol transpira cada día cientos de litros de agua a la atmósfera. No hay troncos ni ramas en el bosque, sino canales disfrazados por donde corre el agua. Troncos líquidos, copas verdes, el sol arriba... ¿No es un árbol? ¿Es una ensoñación? ¿Será fractal la materia de los sueños de Shakespeare?”. Ramón Masats confiesa: “jamás me imaginé Doñana al microscopio. La he sobrevolado varias veces y nunca había caído en lo que Héctor Garrido me ofrece”. Erika López, absorta ante el marco, expresa: “Estoy en un lugar de mi memoria que no recuerdo”. José Saramago escribe: “observado desde el aire... parece un árbol tumbado, enorme, con un tronco corto y grueso, constituido por el núcleo central de sepulturas, de donde arrancan cuatro poderosas ramas, contiguas en su nacimiento pero que después, en bifurcaciones sucesivas se extienden hasta perderse de vista, formando una frondosa copa en la que la vida y la muerte se confunden”. Juan Carlos Rubio cree que “una sola gota fue capaz de organizar el mundo; en ella se contenía todo un cosmos. Nadie sabe quién la envió. En su lento discurrir modeló todo lo conocido, luchando sin descanso contra el caos”. A Juan Luis Arsuaga las imágenes le “parecen las circunvoluciones de un cerebro”. Alberto Donaire cuenta que “tras haberla sometido, Hércules fecundó sus huevos, y por las aguas se esparcieron criaturas nunca vistas. Y al son de sus cantos trazaron en la arcilla rasgos quebrados preñados de hijas. Eran las ideas, que venían para derrocar a los sueños”; trazos que Francisco Márquez describe como “garabatos de gigante, laberinto de plastilina, serpientes de agua, puzle de esperanza”.
Dice Joaquín Araujo que “para que el chisporroteo de las ideas, los recuerdos y las emociones nos concedan la condición humana, necesitamos el enramado río de las neuronas, que son puro plagio de la voluptuosidad que comparten las estructuras fractales que el agua inicia”. José María Montero mira a Doñana “con su llamativa grafía de lodos y almajos; con sus gigantescos pictogramas que se asoman al cielo”, y se pregunta: ¿quién, a ras de suelo, advierte las claves de este idioma cobrizo? ¿Es la Tierra quien habla? ¿Es la Tierra quien escribe? ¿Quién entiende su lenguaje? ¿Quién atiende su mensaje?” Para Joaquín Fernández, “una formación paisajística fractal… sangre seca purpúrea sobre amarillos limón y tenues grises, delimitados, o no, por un verde acuoso inmóvil y eutrofizado… tiene el significado que el observador quiera darle: la cabeza de un pez exangüe, contaminado por algún vertido, que yace de perfil como los personajes muertos en las medallas”. Mario Sáenz de Buruaga cree que “indescriptibles a nuestras retinas se revelan y rebelan los jeroglíficos que inventa la marisma ahogada. Doñana seca, Doñana ahogada, asilo de vacas al pasto, de equinos asalvajados, de marismeños curtidos; el río va y viene, toma y devuelve, y siempre es el agua la que modela”. Para Ezequiel Martínez “fluye silenciosamente La savia de la Vida. Armonía caprichosa del agua. Orden, desorden, complejidad. Abren cauces fractales. Hacia el mar, la Libertad”. La retina de Josefina Maestre “ha sido capaz de convencer a la razón para que acepte como real lo que podría no parecerlo. Cuesta admitir que unas perlas moteadas hayan quedado engarzadas en una cola de ballena hecha de marisma; en unos pulmones regados de sabia dulce-salina por los que respira un río, o expira, al encharcar y expandirse por abiertos de arena”. Alejandro Víctor García sitúa la pasión en los surcos de una montaña, en las hebras de las nubes, en las formas del limo, en la orografía blanda de los copos que caen sobre nuestros corazones. El mito se cumple en todas las escalas”.
Francisco Hortas ve que “las mareas en su discurrir diario perfilan los limos de las zonas estuarinas creando pozas y canales de drenaje, que permiten el desarrollo de cantidad de invertebrados que sirven de alimento a multitud de aves”. Jorge Drexler añade “una red en cada nodo, una espiral de espirales. Las infinitesimales partes que abarcan el todo”. Juan Manuel García Ruiz ve “cuatro líneas paralelas que dibujaron los hombres de las salinas. Cuatro caballones para contener las aguas que se han de evaporar. Un descuido, un abandono y la marea rompe la estructura impuesta, reconquistando un terreno donde el agua, cargada de vida, fluye otra vez celebrando la geometría natural”. “Agua clara en un estuche de cristal. Un sueño donde el agua discurre por su piel y aflora por sus poros. Una marisma o una diosa, tan enigmática como cercana”, escribe Cipriano Marín. PhilI Ball, memora el eco de antiguas deidades al decir que “el agua es indiferente a distancias, tallando las mismas estructuras en la arena y la roca”. Fernando Hiraldo añade que “en Altamira, nuestros primitivos ancestros inmortalizaban a sus presas. En Doñana, cuando la marisma se seca y agua y alimento escasean, la fauna, en su afán por sobrevivir, representa cada año con las huellas de sus movimientos la belleza de la lucha por la vida. Arte irracional y efímero, robado para la inmortalidad” en este libro. Bárbara Din abraza la energía del agua: “recorro la nada mientras creo nuevos surcos que no serán ya inertes. Me pierdo. Me encuentro en un trazo cercano y me extiendo. No importa si mi terreno es inmenso o diminuto. Crezco. Pujo. Intento; no me detengo. Soy la vida”
Otro mundo que está en éste es Doñana. Y el libro que la cuenta y canta, Armonía Fractal, es una obra donde arte y ciencia se unen para que la Tierra se exprese ante un coro de voces asombradas.



© Manuel Garrido Palacios

22/02/09

DENTRO TODO ES LEYENDA


Lees un libro de poesía y al cerrarlo te quedas con un verso, un poema, el libro entero flotando como un eco. “Dentro todo es leyenda / sombra de sombras”. El que lleva por título “Invención de gato”, de Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) trae pegada esta virtud. Aparte de Estrellas por la alfombra (2001), Vocación de rabia (2002), Bajo la lluvia equivocada (2006), su presencia en antologías y la traducción, entre otros, de Dylan Thomas: Muertes y entradas, mano a mano con Niall Binns (2003), Pérez-Sauquillo publica ahora en Calambur este poemario del que el editor dice que es “la recreación de lo desaparecido a partir de las huellas que dejaron los habitantes de una casa derruida: el color de las paredes de la medianera, los cercos o las voces que renacen en el solar velado por un gato. En un inmenso solar se convierte una ciudad portuaria donde una vez hubo cafés cantantes, marineros rusos, niños asustados, amantes, bebés y mujeres que duermen siempre solas mientras la noche avanza”.
Si la ciudad puede ser cualquiera, la autora la fija en Cartagena: “donde las casas se convierten en sueños antes de desaparecer”. Sus palabras describen un vacío sentimental pleno de latidos: “Un gato está velando nuestra época. / Vela en la oscuridad, en la quietud / aunque a lo lejos alguien cante o llore. // Cada cuarto un color. / La medianera vista desde el solar -arena y sueño, / una ardilla enterrada- / se va habitando de fantasmas. / Breves chispazos / iluminan la pared que fue roja. / Para quitarse el miedo / un niño antiguo juega a encender luces / y qué importan, luciérnagas perdidas / en lo alto, una noche de luz desobediente / y buscada, fuego fatuo, / compañía indomable / como aquella pareja del cuarto amarillo // Se me cruzan los cuerpos en la cara, algo / se va desvaneciendo adentro. Desvaneciéndose, / la habitación azul tiene un silencio extraño. / Allí no llega el ruido y todo es de cristal”.
El reencuentro con el mundo que se fue crea esquinas de sorpresas, que antes fueron escenarios de vida simple, apenas perceptibles mientras se debatía en ellos la eterna partida de ajedrez entre la vida y la muerte: “en el cuarto marrón / hubo una vez un comedor sombrío. / Ella iba siempre en bata. / Tenía la carne tibia // Él, / extranjero como los relojes, / la esperaba sentado / limpiándose las gafas; esperaba / la sopa / que cuando aparecía lo iluminaba todo”, rango de categoría que permanece gracias a los versos. Luz en la memoria es también el cuarto donde “los amantes encienden las palabras. / Qué importa lo que duren, si prenden rápido”.
En este paisaje hecho mágico resuenan los pasos sin regreso posible y los ecos de las palabras talladas a golpe de sentimiento, cuya “transparencia está en las sábanas, / donde las quemaduras de tabaco / hacen de celosía / y una constelación sin pretensiones / destella carne. // ¿Quién tiene sueño ahora?”
A la íntima visión de aquello: “mítica sirena del recuerdo”, nada le resta el espectáculo inserto como un color inesperado: “Una bella mujer en una mesa baila para tres hombres. / El Zarcero no la quiere mirar, sigue cantando. / En él algo se ensancha. Es algo / más brillante que su pelo / más negro que su pelo, más largo / que sus piernas. El deseo, / como un líquido denso / e inflamable va llenando su vaso, la botella”.
Como un testigo intemporal, que pasa a ser manojo de sensaciones sin saberlo, “un gato está velando nuestra época. / Vela en la oscuridad, en el silencio / aunque a lo lejos alguien cante o llore // su cabeza se mueve imperceptiblemente, // con los ojos borrachos de tan fijos, // La radio suena y vela, / vela este gato / absorto y afilado / por lo que no velamos los demás”.
Los demás componen un coro sintetizado en la voz solista de la autora; un murmullo que deja en nuestro oído el eco de una canción inacabada: “siempre nos quedará la geometría. / Donde hubo un anaquel hay una recta, / donde un espejo un círculo, un rectángulo / en sombra es el nicho de un cuadro / y a veces una cama. Es como el hambre, / el dolor o el sueño, algo que reaparece / cuando todo se ha ido”.
Todo esto ocurre en “Invención de gato”, de Vanesa Pérez-Sauquillo, que no quiere dejar pasar página sin asombro “hasta que los fantasmas vuelvan a ser manchas / y el gato cierre un ojo / y haga frío”.

© Manuel Garrido Palacios

18/02/09

SU PUEBLO Y EL MÍO


Pepe Rosas pudo ser un cuenta cuentos brillante en la gran plaza de Marrakech llamada Asamblea de los Muertos. Lo fue en vida en la de Álora, dando juego constante a las memorias con las que se cruzaba, indagando en la que pasaba por la otra acerca mientras hablaba con la que estaba en ésta. Lo que aprendía de saber popular le gustaba enviármelo porque confiaba en mi respeto por lo que era: un documento, y porque sabía que, de alguna manera, hoy o mañana me pondría a organizar el material para darle el eco merecido.
Con el correo de sello en el sobre y con mis visitas –magnetofón en ristre- al pueblo, me fue posible elaborar la edición del libro “Álora la bien cercada” y publicar varios artículos en los medios gráficos, amén de programas de radio o de televisión. Allí estaba presente Álora porque Pepe no paraba de enviarme datos nuevos, aunque lo que fuera contara con siglos de edad.
Hoy tengo la ocasión de devolver a Álora una vieja canción de Navidad que recibí en una carta en la que el buen amigo se disculpaba por la mala escritura: “Apenas veo”, decía en ella. Fue la última que recibí. Después, unas llamadas por teléfono, mi visita al pueblo para una charla y el silencio para siempre.

VILLANCICO

Estando la Virgen lavando,
lavando las camisitas,
estándolas refregando
se presentó santa Rita.
La besa y la abraza
con mucho cariño;
le dice: -María,
¿dónde está tu niño?
-Entre usted y lo verá,
pobrecito desgraciado,
entre usted y lo verá
en un pesebre acostado.
Pobrecito niño,
rey de los cielos,
que por no tener cuna
se acuesta en el suelo.
El niño que la escuchaba,
por halagar a su madre,
dijo: -Si no tengo cuna,
ya me hará una mi padre.

Álora puede incorporar a su patrimonio oral este documento y aplicar a la actitud de Pepe Rosas lo que José Manuel de Lara dice en uno de sus poemas: “Cuando el hombre deja su obra, no se ha ido”.


© Manuel Garrido Palacios

15/02/09

ES TARDE EN LA GRAN MANZANA


Me siento a leer en uno de los lugares favoritos de Gabriela Mistral en Nueva York. Ningún fondo mejor que el rumor de la fuente que la recuerda: “Miro correr las aguas de los años, / miro pasar las aguas del destino. / Antiguo amor, te espero todavía: / la tierra está ceñida de caminos”.
Paso las páginas de Desolación, primero de los libros publicados aquí, y veo en mi mente a la autora, que muere en esta ciudad a los 67 años, a la Profesora venida de su Chile que imparte clases en 1904 en La Compañía al tiempo que escribe en El Coquimbo y en La Voz de Elqui, a la mujer que pierde el gran amor, suceso que marca su vivir, a la madre de América, premiada en 1914 en Santiago con Sonetos de la Muerte y en 1945 con el Nobel de Literatura: “La tierra a la que vine no tiene primavera: / tiene su noche larga que cual madre me esconde. // ¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido / si más lejos que ella sólo fueron los muertos?”; a quien conoce en la Araucanía a Neftalí Reyes, que dará su eco al mundo como Pablo Neruda, a la voz que se alza ante la Liga de Naciones en Europa, a la errante: “este largo cansancio se hará mayor un día / y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir”; a la que deja el nombre de Lucila María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga para tallar en sí misma un homenaje a Gabriele D'Annunzio y a Frédéric Mistral: “El nombre mío que he perdido, / ¿dónde vive, dónde prospera? / Nombre de infancia, gota de leche, / rama de mirto tan ligera. / De no llevarme iba dichoso / o de llevar mi adolescencia / y con él ya no camino / por campos y por praderas. / Llanto mío no conoce / y no la quemó mi salmuera; / cabellos blancos no me ha visto, / ni mi boca con acidia, / y no me habla si me encuentra”.
Antofagasta, Punta Arenas, Temuco. Leer poesía en sitios lejanos -¿lejos de dónde, de qué?- da al verso otra dimensión, lo apura como últimas palabras creadas: “Es la noche desamparo / de las sierras hasta el mar. / Pero yo, la que te mece, / yo no tengo soledad. / Es el cielo desamparo / si la Luna cae al mar. / Pero yo, la que te estrecha, / yo no tengo soledad. / Es el mundo desamparo / y la carne triste va. / Pero yo, la que te oprime, / yo no tengo soledad”. Soledad que pinta Gabriela como tronco que nunca prende: “Se va de ti mi cuerpo gota a gota. / Se va mi cara en un óleo sordo; / se van mis manos en azogue suelto; / se van mis pies en dos tiempos de polvo. / Se te va todo, se nos va todo. / Se va mi voz, que te hacía campana / cerrada a cuanto no somos nosotros. / Se van mis gestos que se devanaban, / en lanzaderas, debajo tus ojos. / Y se te va la mirada que entrega, / cuando te mira, el enebro y el olmo. / Me voy de ti con tus mismos alientos: / como humedad de tu cuerpo evaporo. / Me voy de ti con vigilia y con sueño, / y en tu recuerdo más fiel ya me borro”.
En este lugar tan suyo siento cómo el poder de sus versos nace de la hondura del sentimiento y se eleva sobre lo que existe. Su voz no vale verla con la lupa del contador de sílabas -alejandrinos, romance, copla, silva-, sino con el prisma amorfo de la tristeza, el más extraño deseo que alberga un alma; tristeza forjada en el yunque del recuerdo: “Hablan extrañas lenguas y no la conmovida lengua / que en tierras de oro mi pobre madre canta…”; de la bondad, esa insólita cualidad humana: “Creo en mi corazón, siempre vertido, / pero nunca vaciado…”; del amor, el misterio hecho impulso: “Quiso el amor soledades / como el lobo silencioso. / Se vino a cavar su casa / en el valle más angosto / y la huella le seguimos / sin demandarle retorno”. Sus versos, “No turbó su ensueño el agua”, sus vocablos, más que fruto de una búsqueda en el mar del lenguaje son un encuentro con la clave que define la idea poética y la dota de eco duradero: “Siento mi corazón en la dulzura / fundirse como cera: / son un óleo tardo / y no un vino mis venas”.
El amor truncado en su vida: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, / te bajaré a la tierra humilde y soleada”, lo intuye en los paisajes místicos dichos con escueta perfección: “Tú no oprimas mis manos. / Llegará el duradero / tiempo de reposar con mucho polvo / y sombra en los entretejidos dedos. / Y dirías: No puedo amarla, / porque ya se desgranaron / como mieses sus dedos. / Tú no beses mi boca. / Vendrá el instante lleno / de luz menguada, en que estaré sin labios / sobre un mojado suelo. / Y dirías: La amé, pero no puedo / amarla más, ahora que no aspira / el olor de retamas de mi beso. // No me toques, por tanto. Mentiría / al decir que te entrego / mi amor en estos brazos extendidos, / en mi boca, en mi cuello, / y tú, al creer que lo bebiste todo, / te engañarías como un niño ciego. / Porque mi amor no es sólo esta gavilla / reacia y fatigada de mi cuerpo, / que tiembla entera al roce del cilicio / y que se me rezaga en todo vuelo. / Es lo que está en el beso, / y no es el labio; / lo que rompe la voz, y no es el pecho: / es un viento de Dios, que pasa hendiéndome / el gajo de las carnes, volandero”.
Dios “terrible y fuerte” está ahí para preguntarle con dolor por su amante muerto. La vida es la espera de una cita ineludible con la luz, con las sombras, a través de Dios; una preparación sobrecogedora hacia la visión suprema: “Grávidos van nuestros ojos de llanto / y un arroyuelo nos hace sonreír; / por una alondra que erige su canto / nos olvidamos que es duro morir. / No hay nada que ya mis carnes taladre. // Siento que Dios me va haciendo morir”.
La forma, señuelo que atrae, encierra el encanto de su voz. Se abre, sale el perfume y se hace poema que se suma a lo bello. Si expresamos este milagro a su tiempo, cuando el oído interior pide otras maneras de extraer de la palabra la poesía que contiene, tendremos a Gabriela Mistral, sin que el agua deje de correr al fondo de sus versos “en esta tarde lenta como una hebra de llanto”.

© Manuel Garrido Palacios.

8/02/09

A ORILLAS DEL SILENCIO


La Asociación para el Desarrollo Rural de la Cuenca Minera de Riotinto ha cerrado el Marco Comunitario 2000-2006 con la publicación de un libro, dice Juan Jesús Bermejo, del que el poeta Juan Delgado y el fotógrafo Manuel Aragón han sido los responsables de editar, en el que la literatura y la imagen son protagonistas y nexos que unen temáticas, autores y contenidos.
Martín Soler traza el marco: “Las minas fueron durante miles de años creadoras de riqueza, pero también existieron épocas que llevaron a los pueblos mineros a la desolación más profunda. Estos cambios bruscos en la historia fraguaron las huellas de la mina como parte del patrimonio, de la cultura y de la sociedad”.
Versos de Alberti abren el capítulo Historia: “El Palacio de la Noche / fluye, ardiendo, / tristes espumas de cobre”, en el que Jesús Fernández Jurado observa que “la belleza llama nuestra atención, nos inquieta; se muestra sugerente al tiempo que impide que la alcancemos; se ofrece y nos turba con su indiferencia. Así es Ríotinto: una belleza incógnita de matices infinitos, que no somos capaces de aprehender; impávida, serena, silenciosa e irredenta tras milenios de sentirse sometida al hurgar de quienes han querido poseerla. Desde ese entonces, que aún ignoramos, se nos viene ofreciendo sin entregarse. Por estas tierras anduvieron quienes aún desconocemos y de los que con dificultad presumimos incluso su existencia, ni tenemos certeza de las causas y razones de su deambular por un territorio apenas parecido al que ahora caminamos”.
Para Francisco Sánchez, “vista desde el espacio, la Cuenca Minera aparece como una herida en la Tierra, una inmensa cicatriz de diez kilómetros de longitud, cuyos colores cárdenos semejan sangre coagulada. Aunque sus tonos rojos procedan de los minerales oxidados, este lugar también es el resultado de siglos de sangre vertida. Porque si todos los territorios, en distinta medida, son obra de la mano humana, en Riotinto la naturaleza ha sido suplantada hasta convertir el terreno en una pieza escultórica, en una tierra donde hasta la última piedra ha sido tallada”.
Manuel Flores Caballero cree que “La milenaria historia de las minas nos muestra que la vida de sus explotaciones, al igual que sucede con la de las personas, tienen conductas que se convierten en reglas y leyes de comportamiento. Cuando se ponen en marcha o se rehabilitan son mentes creadoras de riqueza, se producen grandes inmigraciones de personas y asentamientos de nuevos pobladores en sus proximidades. Cuando se cierran se viven los efectos de la pérdida de la fuente de riqueza produciéndose el abandono masivo de la población y la desolación”.
Concha Espina escribe que “Convertíase en maravilla del mundo el gran templo de los judíos mediante la brillantez de los orocalcos, el cobre de la montaña; se engrandecían Tiro y Sidón con las excavaciones hechas por asiáticos en el misterioso confín, y ya los tartesios no estaban conformes en trocar sus minas por leyes rimadas, poemas escritos, abecedarios y perfumes. Las pasiones que dan su fuerza a la avaricia empezaron a rugir en las alturas dominadas por el castillo del rey sabio desde el cerro que aún lleva su nombre. Acudieron romanos y cartagineses al señuelo del botín, encruelecidos ante el polvo que se convierte en monedas, disputándose la fabricación de los discos rojos, semejantes a corolas. No hubo compasión para los criaderos grávidos y profundos, ni para los hombres miserables y tristes”.
El tema del medio natural se abre con las Ordenanzas de Zalamea la Real de 1535: “Que nadie nadie pueda enrriar lino en las aguas que bebiesen los ganados. Otrosí que por quanto en la dicha villa ay necesidad de aguas para que beuan los ganados de agosto e muchas personas las dañan enrriando lino en ellas”.
Pedro Flores describe la cuna: “La Sierra de la Gargantilla, Sierra de la Chaparrita, Sierra de San Cristóbal o del Padre Caro. Términos de Nerva y la Granada de Riotinto forman parte de la cabecera del río Tinto, que desde su nacimiento comparte divisoria de aguas, por su derecha, con su río hermano el Odiel y que no abandonará hasta su desembocadura. Cientos de pequeños arroyos de estas sierras del noreste poco a poco van haciendo al río Tinto”.
Ricardo Gómez define la Cuenca como un biotopo que incluye “cauces de agua, bosques de coníferas, eriales, vacies mineros y dehesas”. comarca de “algo menos de sesenta y ocho mil Hectáreas donde existen diferentes unidades ambientales interrelacionadas entre sí por la situación geográfica, el clima, la hidrología, las tierras y la cultura ancestral de sus gentes que, a lo largo de siglos, han ido modelando los paisajes”.
Según Elena Rubio de Miguel, “La Cuenca Minera de Riotinto, en pleno corazón oriental de la provincia de Huelva, mantiene a lo largo de su historia una íntima relación con la naturaleza a través del aprovechamiento de los recursos de su entorno. Este continuo que se produce entre hombre-naturaleza engloba un complejo de relaciones económicas, sociales, culturales, políticas, ecológicas y artísticas enmarcadas en un contexto más amplio: el medio ambiente”, concepto que no se restringe a los espacios naturales, “en el sentido más 'no humano' del término”; también hay que incluir “los aspectos naturales y socioculturales que envuelven la vida”.
José Manuel Rubio perfila la comarca “con los términos municipales de los poblados de Berrocal, El Campillo, Campofrío, La Granada, Minas de Riotinto, Nerva y Zalamea la Real”, que, “en mayor o menor medida estuvieron influidos por el fenómeno económico minero de la explotación de unos otrora riquísimos yacimientos piritíferos y asociados, en los que se benefició, en distintas épocas, el hierro, el cobre, la plata, el oro y otros productos; aparte de exportarse en grandes cantidades mineral en bruto o con un grado leve de enriquecimiento. La situación de esa actividad es hoy arqueología industrial”.
José María Morón abre el capítulo llamado Sociedad: “¡Qué bien repiten los aires / el sermón de la montaña!”, en el que Mario Rodríguez habla en cabal de las Cruces de Berrocal, fiesta que sintetiza con palabras de José Romero: “Sacraliza la fertilidad y la belleza de los campos, el romero y el animal, el tótem, la bestia de carga -el mulo-, ejes principales de esa romería [...] cristianización de paganas fiestas en honor del árbol" y que se enmarca en un “hermoso paraje donde el Barranco de la Estación se entrega al Tinto […] una bandada de torcaces refleja su vuelo en aguas rojas. Jaguarzos, retamas, cantuesos, zarzas, romeros, jarales, aulagas, tojuelos, asedian de verdor a las encinas. Territorio de la abeja, el conejo y el jabato”. Juan Ramón Jiménez cantaría al marco: “Ponte de blanco, vida, para / ver en el monte la flor de la jara”.
José Manuel Delgado reflexiona sobre gentes, modos y formas de “este aparente rompecabezas que es la Cuenca Minera” cuyo pulso “se encuentra mediatizado por una economía que ha venido a condicionar nuestro territorio a lo largo de los siglos, insistiendo en una comunicación constante, en un diálogo permanente no siempre exento de tensiones entre los colectivos, entre las gentes de la comarca y este referente socioeconómico que constituye la minería”.
Julio Caro Baroja aporta notas y dibujos de Serafín Baroja, que estuvo de Ingeniero en Riotinto en los años anteriores a la venta de las minas a Matheson & Cía. de Londres, en 1873. Serafín, que “a los veintiocho o veintinueve años de edad tenía un temperamento optimista y un gran entusiasmo minero, creyó que las minas iban a ser explotadas racional, científicamente, que los ingenieros jóvenes como él iban a tener una misión grande que llevar adelante. La decisión por parte del Estado de vender las minas le descorazonó". Sensación que sobrevoló los tiempos para posarse en los versos de José Mª Morón: “Ya el silencio te apretaba / contra tu ansiedad en vela”. Sombras de cobre y viento que avanzan implacables hacia el poema de Juan Delgado: “Barrenos, malacate, contramina, / túnel, entibación, zafra, portada, / relevo, tufo, pozo, tonelada, / catite, pico, mecha, disciplina, / corta, volquete, excavación, -doctrina / del ganarás el pan- calor, jomada, / vagón, destajo, capataz, bancada, / fundición, jefe, máquina, oficina... “
Para Dominga Márquez, “El desarrollo rural es considerado hoy como un concepto integral que engloba múltiples factores además del económico, tales como culturales, de identidad, gestión y manejo de los recursos ambientales y está orientado a mejorar la calidad de vida de las poblaciones. En esta línea de pensamiento confluyen otros enfoques como el desarrollo local, la nueva ruralidad, la multifuncionalidad del espacio rural y, más recientemente, el capital social considerado como eje dinamizador del desarrollo de los espacios rurales”.
Francisco José Martínez dice que “En la Universidad de Huelva tenemos la suerte de habernos cruzado con la historia de la Cuenca Minera, con más de 5.000 años de mitos y minería, a los que nuestra Universidad puede investigar y enseñar desde el punto de vista académico. Y es que, aunque muchas veces se hable de la contribución de la Universidad de Huelva a la Cuenca Minera, en realidad debemos empezar por agradecer la enorme aportación de ésta a nuestra institución. En primer lugar en recursos humanos, pues son muchos los profesores, alumnos y personal de administración y servicios que somos de la Cuenca”. Palabras a las que Neruda parece poner continuidad en el discurso del libro: “Aquí viene el árbol, el árbol / cuyas raíces están vivas / sacó el salitre del martirio, / sus raíces comieron sangre / y extrajo lágrimas del suelo”. Y añade Antonio Machado: “Mi corazón no duerme. / Está despierto, despierto. / Ni duerme ni sueña, mira / los claros ojos abiertos, / señas lejanas y escucha / a orillas del gran silencio”.
Ana Berruguete hace la semblanza del pintor nervense Vázquez Díaz; Fernández Lacomba glosa a Labrador, tan vinculado a la Cuenca; Juan Delgado a Evaristo Márquez, María Izquierdo, Mario León y Romero Alcaide, que ofrece en sus cuadros historia, crudeza, lucha, injusticia, tristes teleras…; Pedro A. Cantero da los rasgos de José Delgado, pintor de Campofrío; Jesús Velasco, del zalameño Vicente Toti; Gerardo Pérez de Juan Barba; Beatriz de Ana de Jesús del Toro, y a la nómina plástica se suman las pintoras Candela Delgado y Elena León.
En la recta final del libro, José Luis Pastor (Pío) trae ecos de la música en la Cuenca con tres partituras: La Esquila, de Minas de Riotinto, las Sevillanas Pardas, de Zalamea, y el Pasodoble de Nerva del Maestro Rojas. Y Manuel Arcenegui, en “La piedra se hizo carne y habitó entre nosotros”, siente que “Estamos en el paisaje, somos el paisaje; especialmente en la Cuenca Minera de Riotinto, la piedra es materia, es paisaje, evidencia”. Juan Delgado da fragmentos de su obra Memoria de la niebla, desde El siglo victoriano hasta Epitafio para una adolescente.
Llegados al punto cero en el que se podría volver a empezar, el libro se pregunta con palabras de Cernuda ante “un esqueleto de metal retorcido, sin cristales, sin muros, un esqueleto desenterrado al que la luz postrera del día abandonaba. ¿Qué puede el hombre contra la locura de todos?”. Ahí observa Salvador González como horizonte “el cierre total de las instalaciones”, como si los siglos cerraran sus puertas en un “para siempre sin regreso”. La esperanza queda atada a los versos de Juan Delgado, el gran poeta de la Cuenca: “Está ahí el alma de la mina, esperando la mano de un sueño realizado, difuminada en nieblas de abandono, con toda la grandeza y el espíritu noble de nuestra identidad [mientras que] risueñas y elegantes, columpiándose al viento, dando vida al paisaje, están las amapolas como un símbolo fértil de amor y de esperanza”. Mina y flor que se convierten en puro eco “a orillas del gran silencio”.



© Manuel Garrido Palacios

1/02/09

PILAR PAZ PASAMAR


“De pronto los árboles se ponen a escribir / transforman sus raíces en plumas de escribir / los pájaros anotan con plumas de escribir / mientras otros colocan sus plumas y subrayan / Yahoo y punto es. / Arroba y punto net (todo se escribe) / Hotmail punto com (todos escriben) / Todos se comunican. La luna arroba arriba. / Redondo signo blanco. / El sol y punto net redondo y amarillo. / La tierra en su formato de polos aplastados. / El alma a solas. Qué”.
Pilar Paz Pasamar (Jerez, 1933), gran dama del verso, publica Mara con 18 años, poemario que elogia Juan Ramón Jiménez y que Manuel Moya valora como “desacostumbradamente hondo para una adolescente”. A Mara le siguen Los buenos días (1954), Ablativo Amor (1956) Del Abreviado Mar (1957), La Soledad Contigo (1960), Violencia Inmóvil (1967), La Torre de Babel (1982), Textos Lapidarios (1990), Philomena (1994), Sophía (2003), La Alacena (1986), Ópera Lecta (2001) y los ensayos Poesía femenina de lo cotidiano (1964), La poesía femenina hispanoamericana (1992), Fernando Quiñones y José Luis Tejada en la época de Platero (2000) y En tomo a Rafael Alberti y las Américas (2001). Para teatro escribe El Desván (en colaboración con José Mª Rodríguez Méndez, 1955), y Campanas para una ciudad (1987), y en relatos, La Dama de Cádiz (1990), Historias Balnearias (1999) e Historias Bélicas (2004). Académica de la Hispanoamericana de Cádiz y de la de San Dionisio de Jerez, da vida a la revista Platero junto a Quiñones, Mariscal, Bonald y Tejada.
De Los niños interiores, editado por Calambur y galardonado por los Premios El Público de la RTVA como el mejor libro de poemas de 2008, se dice en la solapa que es “libro de madurez, sorprendente, que corona la trayectoria de sus grandes temas”, como la memoria: “sucedió contigo / lo mismo que otro tiempo / sucediera en la etapa de las briznas / cuando el niño llegó frente al tendero / con la hucha acariciada / y el hombre sopesó con las dos manos / su contorno de barro, como el de una granada / de recóndito jugo apetecible // ya rota la alcancía, desparramado el contenido… // Así guardé tu gesto y no te dije nada”; la trascendencia: “en la inocencia plena y absoluta, / en desnudez, en cueros, / ya solo el balbuceo nos precede // El tiempo nos reclama / el sitio que ocupamos”; lo humano: “El cuerpo, este preludio de lo eterno / lo siento y toco y miro y me pregunto / si no son demasiadas esas atribuciones / que le otorgamos siendo poca cosa. / Y sin embargo, es a través del cuerpo / con que te reconozco y te comprendo. / El tacto te vocea y te proclama. / En el placer la gloria y en el suave / contacto la armonía. / Bulbos acariciados somos en primavera, / unos con otros, sépalos / humedecidos, tiernos. / En la boca el pezón que se estremece”; lo divino: “Pinchos de alambre coronaban su frente, / taladraban las sienes. Apenas si podía / sostener en las manos el humillante cetro. / Entre tanto dolor, el Nazareno / recordaba el olor de Betania // y el olor del perfume con que la de Magdala / ungió sus pies que luego secó con sus cabellos”; lo cotidiano: “Aguardo audiencia con su excelentísima / y con su serenísima ilustrísima / y con su nobilísima / y su presidencial y viceversa / y con el secretario / de la secretaría / y con el consejero / de la consejería, / con el cofrade de la cofradía, / con el notario de la notaría / frente a la ventanilla del cajero, / ante el lotero de la lotería”; la mística del vivir: “La casa es muda y ciega, blanca e imperceptible / su longitud de nieve, su ardido camuflaje, / oro de soledad renovado en las horas / tramo de la escalera prendido a su clausura / el interior absorto se inflama, hace reclamo”; lo sufrido: “Las aves migratorias que cruzan el Estrecho, / su cielo azul, avistan lejanos tendederos / donde van a secarse, flameando banderas / los restos de otros cuerpos, las prendas desprendidas / por el mar, de otros miembros / que ondean como algas, o caen en las rocas, / donde las aguas lamen los restos naufragados”; lo gozado: “El oro derretido, tan puro y tan caliente, / ebrio en la pleitesía de la estación dorada, / frente a tanta belleza, nos acerca al principio, / al amor inicial escondido en espera, / a la alquimia del beso”; la ternura: “Si te dejaras sostener en mis manos / serías un libro abierto y al besarte / un labio y al moverte, / mis pies”; la sabiduría: “Tu nombre no figura en la lista de accesos / al porvenir. Tú nunca lo tuviste. / Ya te vas, y no estás ni siquiera empezada”; lo popular: “La Palabra es la táctil / tarea que te impongo / tan rápida y tan fácil. / Primero fue el silencio, / La Palabra, más tarde”; lo culto: “Braschessi, descubierto en la dulce Florencia de los Médicis, en la galería Ufficci. Por ser amor platónico tardó más en borrarse de mi pensamiento”; la vivencia sublimada: “Cuando así me miró en aquella edad / que todo para él era sorpresa, / puro descubrimiento, hallazgos de tesoros / prohibidos, cerraduras y cofres, / fragancias y fragmentos para él inservibles, / digo que cuando aquella vez me miró, la primera / de un desvelar insólito por triste, / o amargo, no lo sé precisamente, / algo quedó por siempre en mi memoria”; las preguntas sin eco: “A través de los años no obtuvo las razones / del por qué de su infancia cercada y oprimida, / del por qué de sus días en Auschwitz, las hambrunas... / Con los ojos abiertos, echado en el asfalto / aún seguía inquiriendo respuestas”; o la vinculación entre el creador y el mundo con la inocencia de la niñez que grita en los dentros: “Nido inmenso es el mundo / por donde nuestras bocas / insaciables asoman / como crías hambrientas”.
Versos de Pilar Paz Pasamar que impulsan a volver al principio para saber que “los árboles hoy se han puesto a escribir / con plumillas de aquellas que portaban los cofres / de los niños pues quieren dedicar su madera / a estuches sapienciales, antes que ágrafo el mundo / olvide la escritura”. Me siento árbol.

© Manuel Garrido Palacios

27/01/09

LA ESCUELA DE CINE



El Teatro Cine Mora de Huelva era de fachada sepia, corti­nas de terciopelo verde olor a meada rancia, y auditorio de tres pisos: el bajo, con butacas de fuelle, meta de cáscaras, boniatos, tronchos y membrillos disparados desde arriba: «¡Quién haya sido, me cago en tus...!» A lo que respondía el afectado desde la penumbra: «¡Y yo en los tuyos!» Anfiteatro, o los medios, de asientos de sube y baja: ¿Queréis dejar las sillas, que no se escucha la pelí­cula? Con su réplica: ¡Pues vete a tu casa! Y también: ¡Vete al coño p’ahí! Y rozando el techo, a pie de viga, el galli­nero, de escalones crujientes, lugar de iniciación sexual, como el Correo, pero sin frío ni lluvia, con ventaja de ten­derse en el pasillo y tener de fondo música de película. Había veces que era mayor el estruendo que provenía de allí que el de la pantalla, y más, si la película se nutría de acciones violentas, que provocaban acelerones, gritos, suspiros y ayes más propios de terremoto erótico que de séptimo arte. Lo que son las cosas. Yo tuve mi primer impacto cinema­tográfi­co en ese anfiteatro a los tres años de edad, cuando una vecina vino enloquecida a decirle a mi madre que echaban la película Genoveva de Brabante. Esa tarde ocupó el mujerío de mi patio la primera fila, vaya que sí, negándole la asisten­cia a los maridos porque, según Nemesia, “no entendían de cosas de llorar”. La entrada fue en tromba, a oscuras y a mitad de cinta, con escánda­lo de ponte bien, estate quieta, suma chirridos de asientos, protesta y varazos del acomodador. Mi impacto emocional vino porque, sin dar luces, al ser sesión continua, vi que Genoveva de Brabante moría a manos de unos malos (fin de película) y acto seguido, a los pocos minutos salía otra vez viva a retozar por el bosque (principio), milagro espantoso que estrenó mi asombró por el cine lo mismo que provocó las iras de Nemesia al tener que reprimir la pena alqui­lada en taquilla: “Dejarla muerta un rato, que no sé donde meter las lágrimas!”. Aquella tarde las mujeres apuraron todos los pases con la misma entrada, tiempo en el que Genoveva murió y revivió sin desmayo varias veces, como un sin fin, hasta que el acomodador llegó con la vara de dátil y dijo: “¡A la puta calle! ¿Habéis tomado esto por un llorade­ro?” Ese impacto a una edad tan temprana me dejó el deseo -¿se dice vocación?- de desentrañar el truco del cine en el futuro y, aunque a su tiempo lo supe, aún después de haber rodado miles de metros, la sensación no me ha desaparecido a estas fechas. Tanto es así, que si llego a un cine y la película está empezada, prefiero esperar a la siguiente función o volver otro día.O sea, puedo decir que mis primeras prácticas cinematográficss fueron en el Cine Mora. Me daban el duro en casa, hacía cola ante la taquilla de Rosarito (ventana con barrotes cortados), y, tras la conquista del billete, corría por pillar un banco de gallinero. Luego me situaba debajo de los haces lumino­sos de la cabina para interceptar la proyección haciendo el conejito con los dedos, lo que provocaba una explosión de insul­tos en los tres pisos de la sala, sin tener en cuenta mi voluntad de participación. Yo perseguía hacer mi propia película, y el que a la gente le sentara tan mal me reafirmaba en que el futuro estaba en provocarla más cada día. Con el tiempo me atreví a hacer sombras chinescas que representaban un perro ladran­do, un gato, un ratón, y aunque tampoco era compren­dido por el público del Cine Mora, estaba seguro de que aquello constituía, no sólo mi aportación a lo que se proyectaba, sino el anuncio de mi oficio venidero. Ocurría que, cuando menos lo esperaba, aparecía el acomodador con una vara de dátil dando a diestro y siniestro, lo que unido a las protestas del resto hacía que muchas veces se interrumpiera la proyección y se enciendieran las luces a ver si cundía el orden. Raramente me encontra­ban. Sabía escabullirme. En la aventura me acompañaban el Cuartoquilo, el Miji, el Trabuco y el Cinini, que de mayores no pensaban dedicarse a este arte, sino que lo hacían por diversión, que también vale. Ya por entonces existía la censura, anda que no, pero por parte nuestra, sin contar los cortes que trajera la cinta. Era una censura que arrancaba del público tal rabia, que, incapaz de pillar a los autores, que éramos nosotros, se enganchaban a pelear entre sí por no poder sufrirla. Era una práctica cinematográfica muy simple, algo que luego supe que se llamaba “fundido a negro”. Era que, hartos de hacer conejitos, gatos y perros, esperábamos que el desenlace de la película pusiera la historia en su momento cumbre, en su rojo vivo, que era el beso de tornillo o el fin de una trifulca, y en el preciso instante en que se iba a producir, que coincidía con las ansias tensas del público, el Cuartoquilo, el Trabuco, el Cinini, el Miji y yo uníamos las manos y tapábamos totalmente el haz luminoso, de manera que el griterío en el cine era el de una guerra mundial. La verdad es que exageraban y así no había quien aprendiera nada. No era para tanto. Aquello duraba poco, lo justo para que la escena pasara y darnos tiempo a correr. Duraba lo que luego aprendí que tenía que durar un fundido; ya por entonces apuntaba un servidor para hacer cosas de estas, no como el Cuartoquilo, que se fue a Barcelona y lo perdí de vista, o el Miji y los demás, ya digo, que lo hacían por sabe Dios. Hay que decir también que cuando la película no nos gustaba, protestábamos con un fundido a negro más largo, o sea, en vez de hacerlo con las manos, metíamos en el cuadradito por donde salía la luz un trapo o un papel y salíamos corriendo. El escándalo que se armaba no es cosa de contarlo con palabras, sino de medirlo en decibelios. Lo peor eran los tacos, que dolían, oye, como puñaladas malhabladas. A veces, al venir el acomodador con la vara de dátil sorprendía a un espectador intentando quitar el trapo, y, sin más chicha en la mollera, creía que aquél era el culpable y la emprendía a varazos, con sus respuestas por parte del otro y el jaleo general. Allí aprendí efectos sonoros especiales que luego no utilicé jamás en lo que filmé. Si el sonido que provenía de la pantalla llegaba débil en una persecución a caballo, los de gallinero pataleaban la tarima de madera, o se le gritaba a una pareja que andu­viera metida en amores, o se le avisaba al confiado al que iban a sorprender por la espalda, o se aplaudía al héroe (el muchacho) cuando la historia pedía lagrimones. En fin, lo cierto es que todo lo que ha venido luego enlatado de América, en el Cine Mora se podía aprender de tirón en una tarde. Nunca sabe uno dónde salta la liebre, dónde están las aulas verdaderas, quién te enseñará mejores cosas, ni nada. No sabe nada. Pero, insisto, los que protestaban no veían nuestro interés por participar en la película, sino su egoismo. Por eso el Cuartoquilo se fue a Barcelona aburrido y yo me fui a Madrid, donde aprendí que los fundidos se podían hacer de otra forma, no tan artesanalmente como los hacía en el Cine Mora.

© Manuel Garrido Palacios.

24/01/09

ASÍ DE SENCILLO


Antonio José Martínez Navarro presentará pronto su libro sobre el músico Primitivo Lázaro en un acto en el que un pianista de fuste tocará piezas del maestro. Él lo cuenta con el entusiasmo con el que presentó su primer libro en 1988: Aquellos incomparables carnavales..., porque, a pesar del trabajo sin tregua, de su disciplina de escribir diez folios diarios, de las miles de páginas publicadas, de las que esperan para ir a la imprenta, de la incomprensión de unos, de la indiferencia de otros y de haber hecho de su casa “un santuario de la historia de Huelva”, no ha perdido ese punto de ingenuidad, esa pureza que tallan los sueños en quien los vive. Hoy viene aquí por esto y porque desde hace unos días tiene una calle con su nombre en la ciudad.
Inmerso en la investigación histórica, podría pensarse que su archivo lo desborda, pero no es así; emociona ver con qué precisión lo maneja, con qué amor lo cuida y con qué generosidad da el dato que saca de su inédita Gran Enciclopedia de Huelva, obra que ya tendría que tener editor municipal por su interés común, de la que da avances en su serie libresca Historia Menuda, donde habla de la Fuente de las Naciones, la Glorieta, la Casa del Granel do Pogo o de Colón, la de la Bola, el economato de la Compañía Riotinto, la Plaza de toros, los hoteles Granada o Cuatro Naciones, el ciclista Vidarte, el Titán Club de Fútbol, el cementerio británico, Imperio Argentina y Juan Ramón Jiménez, los colmados, el establecimiento Al Andalus, el Zeppelín, el Cabezo de la Horca y mil temas más, como la vida de Pedro G. Morales, nacido en la calle Botica, que dirigió la London Symphony Orchestra entre 1927 y 1936, o su gran sueño: hallar el perfil definitivo del piloto Alonso Sánchez, cuyo esbozo publicó en la revista Historia y vida.
Crece Huelva con una calle más ancha, una casa remodelada o un barrio nuevo, o sea, con lo que afecta al ciudadano además de las fiestas, los pregones, los goles, el dominó, el tute o la cita con Hacienda. Pero también crece, aunque se vea menos, con las tareas calladas como la de Antonio José Martínez Navarro, autor que espera en el andén del tiempo que pase el tren de la edición de su obra, en especial, de la Gran Enciclopedia, hombre paciente que se pregunta en silencio por el motivo de la tardanza para que le ayuden a orear el tesoro de sus archivos sobre la ciudad a la que ha aportado tantos estímulos de memoria para recuperar señas de identidad.
Martínez Navarro se nutre a veces de lo transmitido vía boca oído, que si todo quedara ahí, ya sería documento; la transmisión oral ha contribuido a traer desde los nimbos difusos un monumento de la literatura española: su romancero, y a lomos de la oralidad han viajado leyendas, mitos, canciones, rituales, la propia historia antes de fijarse en el papel: la cultura. Pero él no se queda ahí, sino que minuciosamente constata en los archivos cada dato en un esfuerzo inmedible en horas.
Con todo, su sueño es la figura legendaria de Alonso Sánchez, para unos, un marinero de carne y hueso, para otros, un fruto de la imaginación. Hay que decir que todos jugamos con lo imaginario en un alto porcentaje frente a la desabrida realidad del resto, esa mínima porción que nos envuelve en prisas y agendas apretadas. Decimos: me gustaría hacer esto, quisiera ir allá, si yo pudiera…, para luego seguir por la acera del tozudo dos por dos son cuatro. El ser humano parece un proyecto sin acabar en el que lo imaginario completa lo que la realidad le resta. En las sesudas discusiones de si son galgos o podencos, se suele emborronar el sueño, o el hecho real, de una supuesta casa habitada por Alonso Sánchez, a quien se le niega hasta su existencia, que igual la tuvo el hombre, aunque no figure en los papeles. Mientras los datos le hurtan el pan y la sal, la imaginación se lo da todo. Es cierto que no hay un impreso con su foto y su NIF, y que quizás por ello Alonso Sánchez se ha convertido en leyenda, en eso que, según Caro Baroja, es una especie de memoria lejana, un relato de algo que pudo ocurrir, un hecho impreciso que derramó sobre los tiempos su eco y que a pesar de los siglos devoradores y de las burocracias aplastantes, sigue tan vivo en nuestras conversaciones que no desaparecerá jamás. Y pasa en este sur de sures, que, al dar toda la gloria al almirante Colón, es posible que se le esté restando alguna al humilde marinero Sánchez.
No son “historias menudas” las que mueve Martínez Navarro, sino historias, sin más. Si midiéramos lo menudo o lo grande de algo por lo que fuera capaz de perdurar en la memoria colectiva, probaríamos que más vale ser un Alonso Sánchez invisible, cuyo latido hace soñar durante siglos, que alguien con un eco que viene a durar lo que la chispa contra el pedernal. Al llamar “menudas” a estas historias es como si Martínez Navarro reflejara su propia modestia, o que ante algún sabio en nómina haya optado por no molestar y nombre así sus trabajos con tal de dejar la grandilocuencia para otros.
Aprovechando que estrena calle, valga recordar que casi toda su obra ha visto la luz a sus expensas y que buena parte de ella la ha vendido en persona puerta a puerta, no para lucrarse, sino para sufragar el nacimiento de otro libro, de otro sueño. Así de hermoso. Así de sencillo.


© Manuel Garrido Palacios.

18/01/09

RETRATO APRESURADO


“Está lloviendo. Llueve, / interminablemente, desde el alba. / No se ve el cielo ni se ve la tierra, / solamente el agua. / Silencio. / ¿Qué decir / sin que no se me mojen las palabras? / Tengo abierto delante un horizonte / que se me está cerrando por la espalda. / Y no sé qué pensar, ni sé qué hacer / debajo de esta lluvia fría y larga. / El mundo se ha encogido, que las cosas / parecen más pequeñas con el agua; / y yo, empequeñecido, me contemplo / en el mojado cristal de una ventana. / En el centro de un círculo pequeño / ahogada tengo el alma. / Levantaré la frente hasta ponerme / un arañazo de lluvia por la cara. / Voy pisando los charcos fuertemente, / salpicando de barro la esperanza; / que hasta Dios me parece descendido / de su altura de luz esta mañana”.
Hace un par de días, a las cinco de la tarde, la ciudad de Huelva hizo una de las cosas que tenía que haber hecho hace muchos años: abrir una calle con el nombre del poeta José Manuel de Lara, a quien pertenecen estos versos que trae el libro “Retrato apresurado”, que es, como reza en la página-prólogo, una antología de poemas, labor encargada a sus hijos por parte de los editores. Desde la gestación del proyecto hasta que éste vio la luz se mantuvo al poeta al margen de toda gestión. Fue, por tanto, para él, una sorpresa; para sus lectores, un gozo; para sus amigos, un honor; para la literatura, un acto de justicia. Huelva tiene que agradecer que haya tomado forma en su ámbito la obra de una de las voces poéticas más recias de las letras españolas.
Una veintena de títulos jalonan su afán, desde aquel Surco Nuevo, en 1957, pero José Manuel de Lara pasaría a la Historia de la Poesía aunque sólo hubiera escrito un poema como Agua de otoño: “No sé qué larga sombra de silencio / entristeció la duda de tus ojos. / Aquella luz, aquel abril contigo / ahora sólo es agua del otoño. / Desconfiada y triste me preguntas / por un amor que fue y quedó en nosotros; / y, sin quererlo, anidan en mi sangre / aquellos raros pájaros remotos. / Sé que la vida ha puesto, desde entonces, / un algo sobre ti, que no conozco. / Pero en tu modo inquieto de mirarme / contemplo tu niñez, llena de asombro”.
Toda niñez trae pegado el eco de los paraísos perdidos, y el poeta observa la suya y la de los demás; la propia parece que la canta. Podría acompañarse de un ritmo que ni fuera vendaval ni aire solo: “Ilusión y esperanza, canto y risa, / y en el aire fragancia de canela / Y correr y saltar por la plazuela / quebrando, por quebrar, la yerbaluisa / Pura y mansa y azul siempre la brisa / a la salida ingenua de la escuela. / Y ante la verde cruz de una cancela, / en dos trenzas envuelta, una sonrisa. / Incienso. Tarde malva. Y en el viento / la cara sin la cruz de un pensamiento / leve y frágil, como una golondrina. / Y está la infancia alegre y siempre abierta / llamando, por llamar, en cada puerta; / gritando, por gritar, en cada esquina”. La niñez ajena la pinta como la ve y con sus herramientas: las palabras, enmarcándola en el tiempo sepia de su época de profesor: “Cuatro paredes tiene el colegio. / Los niños gritan sin gana / lecciones, cantos y rezos, / mientras el patio vacío / repite el eco. / Sobre la negra pizarra / trazos inciertos, / y en un rincón pone un mapa / colorines polvorientos. / Todas las amplias ventanas / tienen su trozo de cielo. / Y un rayo de sol le pone / guiños de luz a un tintero. / Lentos, cansados, monótonos, / dicen a un tiempo / montes y ríos de España, / canciones y padrenuestros, / mientras un aire dormido, / sumiso y tierno, / entre pupitre y pupitre / bosteza su aburrimiento”.
Si cualquiera de sus versos merecería mármol en el que grabarse, cualquiera de sus libros, su obra entera bien merece la calle recién estrenada en honor del poeta, que se indaga piel adentro buscando un origen: “¿Desde qué cielo perdido, / desde qué silencio, / me llega esta nostalgia indefinida?”.
Huelva hizo días atrás lo que hace tiempo tenía que haber hecho: rotular el nombre de quien escribe estos versos en el “para siempre accidental” de las esquinas, acto que no hará que Lara exhiba en el futuro ningún gesto solemne; lejos de conciliábulos y banderías inútiles, él seguirá plantándose cada mañana, cada tarde o cada noche ante el abismo del folio en blanco con el latido humilde del que empieza, tal como un día trazara su perfil: “Aquí me ves, ausente, la mirada / perdida en una rota lejanía. / Hundida en la esperanza que tenía / y ya no tengo. Ciega y olvidada. / Aquí me ves, de gris, con la cansada, / melancólica y fiel soledad mía, / repitiendo la inútil letanía / de unos sueños que ya no dicen nada. / Solitaria mi voz. Sólo una sombra / tras de un sol desprendido que me nombra / las estrellas que tuve, una por una. / Éste soy yo, ya ves, que anda y tropieza. / Y que a veces recuerda con tristeza / al que ayer hizo versos a la luna”.
Un poeta nace cuando escribe el primer verso y lo escribe cuando siente el primer impulso. Su biografía, hoy en plenitud creadora, la resume él mismo en un soneto magistral: “Nací en Andalucía un martes triste / del otoño del año veintinueve. / Hoy es martes también y también llueve, / pero aquel yo lejano ya no existe. / El hombre que ahora soy se resiste / a contaros su vida en este breve / milagro de un soneto. No le mueve / la pasión con que ahora se reviste. / Sólo os confesaré, y en confianza, / que he vivido amarrado a una esperanza / que quedó sin final y sin salida. / Lo demás ya carece de importancia. / Es difícil decir con elegancia / las mil desilusiones de la vida”.


© Manuel Garrido Palacios

10/01/09

DIME SI TE DUELE


De un tiempo a esta parte se suceden con notable frecuencia las publicaciones conjuntas entre Portugal y España y los actos en los que en ambos idiomas leen sus obras autores de los dos países vecinos. La palabra, herramienta básica, aquí ibérica más que nunca y con rango artístico, abrió fronteras antes de hacerlo la política. Diría que la palabra jamás las consideró cerradas, aunque lo estuvieran.
Hace nada ha salido a la calle el número 2 de Sulscrito, revista Literaria que, además de escritores de España y Portugal, incluye en su horizonte nombres de México, Guatemala, Angola y Cabo Verde. La labor editorial corre a cargo del Círculo Literario del Algarve, bajo la dirección de Fernando Esteves Pinto, João Bentes y Pedro Afonso, con ilustraciones fotográficas de Ángeles Santotomás y Paula Ferro.
La revista se divide en varios tramos. La imagen de portada se glosa en la Introducción como lema: “Diz-me se te dói. Dime si te duele… el cuerpo de resbalar por la ladera del tiempo en la búsqueda constante, si rasgas el nervio de la pregunta. Puedes hacer un puente para salvar la distancia, pero cosechar palabras no es un deporte, ni cargar con la incertidumbre crea músculos en el alma. Si te duele en lo hondo, observa la vida que se va, por la que preguntas. El dolor no se soporta; hiere el poema. No le huyas. Combátelo como si fuera una herida en la escritura. Ninguna palabra es posible si el dolor no abre el pensamiento. El tiempo se consume al ritmo de la memoria. Escribir es meter la cabeza en un agujero. Lo que sientes es la presión que te lleva de palabra en palabra en un sofoco infernal. Hay que abrir el horno de la imaginación y ocupar ese espacio contemplativo que sólo soporta la presencia de tu inspiración. Escribir es una forma de ocultar la mitad de uno mismo. ¿Qué mitad de ti es la que no escribes?”
Trae después un Dossier que luce un poema de Diana Almeida, fechado en Abano en 2004, y otros de Elisa Yorch: “Si el licor se me resbala / por las comisuras de mi sexo”, de Manuel Domingos: “A poesía quer-se a horas decentes”, de Antonio Orihuela: “Antes muertos que sencillos, que sobrios, que atentos, que tensados contra la injusticia”, de Pepe Varos: “Y he querido creer en tantas cosas / que si la arena, que si las brujas / que si la rosa cobalto, / que si el labio”, de Luis Filipe Cristóvão: “Da sabedoria”, de Eladio Orta: “En los arenales movedizos / de la resistencia poética / ladran los perros escondidos / en el ramaje profundo”, de Miguel Godinho: “Entre o real e o que nos ofrecem”, de Luis Pons Mora: “Hicimos de los susurros rayos / y caballos de los secretos / y galopamos en espiral”, y de Carmen Camacho: “Ya he probado / con todos los detergentes / pero ninguno saca / las miradas más difíciles / el invierno incrustado”. Amadeu Baptista (portugués) aporta textos junto a una sabrosa entrevista, y Rafael Camarasa (español), cuatro poemas; dos autores que obtuvieron el Premio Internacional de Poesía Palabra Ibérica 2008, convocado por el Ayuntamiento de Punta Umbría.
Las páginas siguientes están dedicadas a la pre-publicación de Espelho Negro, de Miriam Reyes, con traducción de Jorge Melicias: “He tenido mil hijos tuyos / por mi sangre revolotean / espermatozoides hambrientos de leucocitos / como vampiros intravenosos”; y como colofón, la revista Sulscrito ofrece un amplio corpus literario en prosa y verso, alternando los idiomas, a cargo de Rui Costa, Gil Pedro, José Manuel Vasconcelos, José Luis Tavares, Ivo Machado, André Sebastião, Rita Grácio, María do Rosario Pedreira, José Emilio Nelson, Fernando Aguiar, Rodrigo Miragaia, Agustín Calvo, Paulo Bandeira, José Rui Teixeira, Arturo Accio, Rui Días Simão, Ondjaki, Eduardo Halfon, Miguel Real y Verónica Palacios Rojas, con cuyos versos podría cerrarse esta breve panorámica: “Uno debería aprovechar la poesía / para hablar mal de la familia. / Ser feminista, burlarse un poco / de Narciso y de Edipo. // Uno debería utilizar la poesía / para hablar horrores de parientes mano larga, / de injustos maestros, de malos padres / y decisiones crueles”.
Cuando dicen que las revistas literarias pertenecen a una especie extinguida o a punto de desaparecer, sale en el Sur de Europa esta segunda entrega de Sulscrito, hoy en dos idiomas, mañana en los que se tercien, como nudo fuerte de palabras con la única meta de expresarse libremente. Y, más allá o más acá de los diferentes análisis que pudieran hacerse de los autores y de sus obras, el meollo de esta reseña se nutre de testimoniar el evento sin forzar línea alguna sobre “qué quiso decir cuando dijo lo que decía” en la página 12 o en la 100, que es la última; lo suyo es dar noticia de ello y mostrar serenamente su contenido. Trayendo versos de Rafael Delgado, le basta con “ser en el viento / sin peso / palabra o luz / y en el verso volar / sin sensación de cuerpo / elevado no distante / en un estado comparable / a la sonrisa más hermosa”.

© Manuel Garrido Palacios.

6/01/09

LA NOCHE QUE MURIÓ DON JULIO


Agosto de 1995; jueves por más señas. Cenaba con Odón Betanzos en su casa de Mazagón y se nos vino a la palabra la figura de Don Julio Caro Baroja. Le dije que la última noticia la había tenido por teléfono desde Madrid y no era esperanzadora: «Apenas conoce a nadie». Se interesó Odón por saber más de Don Julio y en el ambiente distendido de la sobremesa le conté lo que sabía de propia mano. En 1972 rodaba yo en Lesaka, Navarra, y supe que Don Julio acababa de llegar a Vera. Acostumbrados como estamos a tanto estúpido parapetado tras secretarias, horarios, agendas apretadas y otras lindezas para darse fuste, la primera lección que recibí directamente de quien tanto he aprendido fue que llamé a la puerta de Itzea y la abrió él mismo. Aquella tarde plácida en la biblioteca del piso alto, el paseo por el monte y el rosario de visitas posteriores me mostraron el camino a seguir en el gustoso trabajo de hacer documentales etnográficos; me situó en el punto de partida de todo investigador en este campo, usara luego la técnica cinematográfica u otra cualquiera. Me quedó claro que lo que no suma, resta; que no hay que temer a la anécdota, sino elevarla a categoría, y que el recopilador debe evitar el protagonismo, sacrificar el 'yo' en favor del 'todo'. Debo a Don Julio Caro Baroja lo mejor de mi formación, el criterio preciso para sacar adelante los casi 400 títulos entre Raíces, La Duna Móvil, El Bosque Sagrado, Rasgos y cuanto haya hecho o me quede por hacer; su sello está impreso en mi manera de asomarme a cada tema, en mi modo de mostrar el mundo que quiero contar. Lo recuerdo en otra tarde de febrero en Vera, rodando los Carnavales de Lanz y de Zubieta-Ituren. No ponía el gesto solemne para hablar. Solía perder la mirada mientras soltaba su sabiduría como un regalo, su generoso regalo... y otras tardes en Madrid, y otras, y tantas. Cuando he asistido a cursos en los que he coincidido con su hermano Pío (Huesca, Logroño...), todo mi afán ha estado, más que en el desarrollo de los actos o en mi intervención, en indagar sobre Don Julio y su tío, Pío Baroja -Ortega dijo de él que era una encrucijada-, cuya personalidad me fascinó de niño y que, sin abandonar la sensación, parece que trasladé al sobrino Don Julio. Era el 'gran padre' de todos, el orientador perfecto, sin tonteras ni mandangas; el que proponía siempre que se llamaba: «¿Qué día le conviene?»; el que jamás negó la visita: «Estaré en casa; venga a la hora que quiera». Había quien lo tachaba de «cascarrabias». No. Nunca. Era que no le gustaban los imbéciles puestos a culturizar. No los quería. Su humilde grandeza no los aceptaba. Era tan exigente para el que iba a preguntarle como para él mismo. Al tiempo de dejar un poco los trastos de rodar para ponerme a sacar en libros el fruto de tantos años de correteo, también acudí a él. Fui a verlo con el manuscrito de «Alosno, palabra cantada», y no sólo me lo orientó, sino que le puso subtítulo y le hizo el prólogo, lo que sin duda me ayudó a publicarlo de inmediato. Fondo de Cultura Económica, de México, lo sacó en 1992 en 1ª edición, y en 2ª en 2007, 15 años después. Los libros que le han seguido, y los que salgan, responden a un proyecto trazado en aquellas conversaciones. Escribo en este momento más con el corazón que con la cabeza. Lo sé. Lo que hago es sumar mis palabras a las de cuantos lo quisimos, lo respetamos y escuchamos. Un amplio alumnado. Meses antes me escribió Antonio Cea; en su carta venía una frase definitiva para saber el estado de Don Julio: «Ya no pinta». Más acá, Joaquín Díaz, en Valladolid, me añadió: «Ya no escribe». Todas estas cosas y más, muchas más, se las contaba el jueves de madrugada a Odón Betanzos en su casa de Mazagón. Era la una. La una y diez, para ser exactos, cuando miré el reloj. A las dos moría Don Julio tal como pasó por la vida, sin hacer ruido.


© Manuel Garrido Palacios.

4/01/09

PASEO DEL CHOCOLATE


Admiro a los que abren el arca íntima para que los demás se asomen. El poeta lo hace a través de sus versos -transparencias del alma- al dejar en carne viva sus dentros en cada obra. Quizás una hoja en blanco pueda ser todavía el gran poema, pero mientras se llega a esa síntesis, en la magnitud que alcanza un sentimiento hecho verso habita la belleza. Escribir poesía es hablar a tumba abierta. Lo que hay es lo que queda cuando el poema toma rango de frontera entre el sentir y el arte de expresarlo.
Juan Carlos de Lara tiene voz propia para la poesía y voz heredada por vía directa. Privilegio de los Lara. Casta. Su sabiduría está en ahondar en la voz que le sale de dentro sin rechazar la que le viene de herencia con un golpe de efecto freudiano de los de matar al padre. Conmueve ver cómo la asume y enriquece con ella su estilo, su expresión, su hacer. Encauza en ambas ese río de amor que desemboca en el hijo, las hijas, en su caso, en las que se mira porque completan el cupo de ternura que le tocó en suerte. Son voces, la desnudamente suya y la vestida de herencia, que avanzan paralelas, equidistantes, como líneas de un pentagrama que esperan todos los cantos que le bullen y que quedan por salir. Las dos destilan emoción al leerlas porque es cualidad que traen; las dos excavan insaciables en el estrato de la infancia porque allí suele quedar sepultada por extraños aluviones una hermosa porción de la esencia poética, del jadeo vital, que él sabe inalcanzable.
Sus libros dicen lo que digo: Caminero del aire (1985), Elegía del amor y de la sombra (1987), Antes que el tiempo muera (2000), Memoria del tiempo claro (2008) y sin que termine el año este espléndido Paseo del chocolate, publicado por Renacimiento (Sevilla), que presentó en la librería Beta hace unos días.
Juan Carlos de Lara (Huelva 1965), que recibió de la vida todo esto, ya dice a quien le sigue: “Me haces verdad esa esperanza mía”, como si refrendara en un escueto verso que estamos hechos de pasado, y llena su bagaje de impulsos para el futuro dando las claves de lo efímero a los que le hereden: “Te entregaré lo poco que he reunido: / mi casa, viejos juegos que no olvido / y estos versos que el tiempo hará pedazos”. Al poeta, que “encontrará en tu llanto su despertar auténtico” le “quedará ya siempre / una razón inmensa para vencer el miedo”. Dice el padre a la criatura que abre sus los ojos al mundo, de la que pronuncia su “nombre como una bienvenida”: “Mi horizonte tendrá la altura que tú alcances”. Y le añade al alzarla como una copa de Klitias: ”Hoy que estás en mis brazos he podido / desbaratar al fin todas las piezas / de este particular rompecabezas / de vivir sin creer que se ha vivido”. Le confiesa que si: “aún no comprendes lo que te escribo ahora / llenaré tu niñez de poemas”, porque en esta vida “sólo queda sin herida / la infancia y poco más que algún instante”, niñez que “la vivo como si en ella fuera / otra vez a encontrarme con las cosas perdidas”, aunque “el tiempo pasará sin detenerse”
Este gesto del alma que es la poesía, tan minoritario a menos que, como decía -¿quién lo decía?-, te llames Federico, Juan Ramón o Donantonio, plantea en las presentaciones de libros una pregunta que levanta pasiones por un lado e indiferencia por otro -que es otra manera de apasionarse-: ¿Para qué sirve la poesía? La respuesta abarca un espectro tan amplio de ángulos que puede ir de “absolutamente para nada” a “vitalmente necesaria”, según se sea sujeto u objeto de ella, agente activo o pasivo, llegando, incluso, al desprecio de los que jamás accedieron a ella porque nunca surgió en sus paisajes o porque intentaron hacerla con los pies, con la barriga o con la soberbia, a la luz del día o detrás de la cortina del despacho, aunque a simple vista aparezcan bajando de sus olimpos caseros mirando con tono de suficiencia al ingenuo que se atrevió a dar forma bella a su sentimiento verso a verso.
Mejor que remover la cuestión de para qué sirve la poesía, es preferible disfrutarla sin más, como la impresa en el libro Paseo del chocolate, de Juan Carlos de Lara, quien, a manera de epílogo, añade estos versos, que saben al paso de la gamuza sobre lo escrito en la pizarra, a sensación de borrón y cuenta nueva, intento imposible por otra parte, porque la tiza sacó las bellas palabras de algo tan imborrable como lo que hemos sido, y ya le decía a Tasio su velador que sólo somos el pasado más un sueño: “Mis hijas han crecido / y nunca más tendré la altura necesaria / para alcanzarlo todo, / ni volveré a ser fuerte, ni sabio, ni valiente…/ porque muy pronto / las que siempre me han visto de ese modo / descubrirán que no soy así”.
La poesía es como la guitarra del mesón machadiana; diga lo que el autor haya querido decir, a cada uno dirá un “nosequé”, que le moverá la fibra propia, cuya hondura nace en el verso y nadie sabe dónde muere el eco. Y esto es porque el verso no roza la mente. Va de corazón a corazón. Y le basta.

© Manuel Garrido Palacios

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31/12/08

UN ESQUEJE DE OLIVO


Al entierro de Antonio fueron tres personas contando el enterrador. Fue un día violento, gris, feo, de los que se dice que en las nubes andan mudando los chismes por el ruido tormentero que baja del cielo. Muerto de madrugada, sumando el sueño eterno al provisional, alguien dio el triste aviso por la mañana. Vino un municipal, el médico, qué sé yo quién vino. Seguro que sólo vino la muerte, dama negra que juega al ajedrez con todos y da jaque mate a los latidos. La beneficencia le puso caja y la fecha llanto. Sin oficio conocido, Antonio vivía, duraba, estaba, como todos, sin saber para qué en mitad del misterio de la vida: «Cuando venga lo que tenga que venir, aquí me tiene», dicen que dijo. O no fue así exactamente y alguien se inventó la frase en su honor.Su padre, pastor viejo, curtido, Domingo de nombre, me sondeó una tarde lluviosa a ver si yo quería comprar una piarita de corderos para que Antonio los cuidara. Le respondí que no entendía de eso, ni tenía cuartos, ni me apetecía. Pero ahora sé que padre Domingo me quiso decir mucho más que aquello. Me dijo, sin decirme nada: «Con piara o sin piara haz lo que puedas por él. Mira por mi Antonio». Ese día trajo el buen hombre un esqueje verde de olivo y lo plantó ladera abajo con esmero, con mimo. Lo medio ayudé con mi torpeza, y al hacer el agujero y clavar el palo entendí que lo que iba a florecer lo que allí floreciera no era solamente un olivo frondoso, sino una amistad serena, un respeto a la vida simple, un saber estar sin sobresaltos, una de esas cosas difíciles de describir pero que quedan fijas para siempre.Domingo murió y quedó el hijo Antonio. Con el tiempo creció el olivo y ahí lo tienes, hecho un ganapán, con su tímida fronda dando aceitunas, como los grandes: «Con aceitunas y un bollo nadie va al hoyo; si son gordales, mételas en salmuera treinta días; si son manzanillas, diez más; si echas un huevo en el tiesto y toma la forma de moneda tiesa y redonda, ya las puedes comer». Cuando paso cerca saludo al árbol nuevo como si Domingo estuviera cuidando que no se le arrimen las cabras, como si siguiera apelmazando el cepellón, como si nunca hubiera dejado de insistir en lo del hijo.Ya digo, y no se me va del pensamiento: tres personas fueron al entierro de Antonio, contando el enterrador, que está en cualquier entierro, en todos los entierros. Antes de empezar a echar paladas de tierra para tapar la caja tiró la colilla al suelo, la pisó con la dejadez de la costumbre y soltó una frase de las que no se entienden pero que sonó a rezo íntimo, aunque trajera ecos de no significar nada. Antonio, posiblemente, se encontró allí -¿dónde es allí?: la otra banda, decía él- con su padre, que imagino que le preguntaría por el esqueje de olivo que plantamos. Antonio igual le dijo que el árbol del afecto seguía donde mismo, basta que él lo hubiera sembrado, como clara señal de una extraña amistad que arraigó como el palo, que dio su fruto como las ramas, y que permanece después de tanto entierro, de tanta muerte, de tanta lucha, como un misterio del que, a decir verdad, no sé más que estas cosas que cuento.
© Manuel Garrido Palacios.

28/12/08

ELADIO ORTA


Escribe Eladio Orta en su libro “Traductor del médium” que “el tiempo pasa por el agujero de un dedal / y se detiene en el vacío cósmico / de un cuenco de gazpacho / en el filo pedregoso de una piedra eterna / espera sentado el tiempo / a que el tiempo borre / las huellas infalibles del tiempo”.
Yo no sé muchas cosas, es verdad (León Felipe) pero siento que el tiempo llevado a los versos, traducido al lenguaje poético, se convierte en esencia (lo es en sí mismo), en latidos que suenan sin ruido en su cúpula invisible, en pulsos que se dibujan en su pizarra transparente sin que lo percibamos. ¿Pasa el tiempo por nosotros o pasamos nosotros por el tiempo? Cuando lo nombramos o lo leemos de parte del poeta caemos en la cuenta, otra vez, de que el tiempo es nuestro único, verdadero patrimonio: tiempo que se escurre, tiempo que se va sin que el poderoso sea capaz de detener: “se diluye en el infinito el rostro / del último jefe apache / y el tiempo / imperturbable / ni se inmuta ni se cosca / el tiempo no viaja a ninguna parte / domina / el cosmos / sus ojos traspasan las barreras / arquitectónicas de lo infinito / al tiempo por ahora / aún no han logrado privatizarlo”.
Un libro de versos es un compendio de claves, un sueño escrito; apurando: una declaración, un proyecto de expresión. Puede ser que montañas de folios llenos de ensoñaciones hayan sido recibidos por las carcajadas abiertas de las papeleras, pero otros han marcado camino. No es fácil mirar hacia dentro y verse, ni mirar hacia fuera y apreciar lo que hay. Vamos montados en el tiempo con la teoría del espejo retrovisor. Vemos lo que había, pero cuando ya ha pasado y no es gozable en su plenitud. El poeta confiesa que “entre las páginas de éste libro / se esconde un enjambre sospechoso / crecido y alimentado entre el marasmo / perturbador de las ciénagas / la aridez invertebrada de los barrones / y los frenéticos cantos de los alcaravanes / abocados a las nocturnidades del salitre / enjambre atrapado / en el tronco-vasija / de maguelera reseca) / defendido / de los intrusos por púas de tuneras / y arropado por el ramaje de las retamas / tremendamente provocador para los urbanitas / aguijón seductor dispuesto a clavar / al primer descuido el veneno de la rebeldía”.
Enrique Falcón ahonda en el prólogo cuando dice que “hay un tipo de poesía, que menudea en nuestro país, que todo lo que hace es predisponernos a la resignación. Existe otra, por el contrario, que jamás ha podido olvidar el sabor de la sangre. Ante las asesinas amenazas de la invasión en las marismas, las fracturas de la palabra vuelven radicalmente crítica la textura agrietada con que aquí se muestran la tierra y su lenguaje: es entre la llama y el silencio donde este proyecto de escritura —valientemente rebelde como pocos— se atreve a crecer con su veneno, y consigue resistir”.
Eladio Orta es una de las voces más originales que ha dado el verso en este sur; voz nacida en la marisma, crecida en las bajamares, convencida en los lubricanes; voz casi pájaro que sobrevuela este paisaje mágico; voz vigilante que sabe pintar con palabras a tiempo todos los tiempos: “Invierno: marionetas de trapo bailando en los tejados / la lluvia habla el lenguaje de los signos / (meterse en los huesos del frío / beberse las humedades del salitre / apostar por lo invisible / apostar por lo desconocido / diluvio de barriletes volando a la intemperie […] lo verde brota / el fuego aviva los distraimientos de la carne / detrás de los cristales es invierno y / los higochumbos se desangran en los vallados / […] el viento tristón y alocado / golpea la puerta / queriendo compartir la soledad / el vino / y el calor […] Otoño: “de la candela / para concebir el milagro / siempre tan optimista / metafórico de la hierba / recordando las clásicas redacciones escolares: qué / es el otoño / y reíamos / porque coincidíamos en / en otoño crece el follaje entre los árboles / las risas más atrevidas / rayaban lo prohibido sin adivinarlo: / la garrapiña ataca al pájaro cobarde / que duerme en la jaula […] los pájaros marismeños / mis otros yo / se declaran en huelga de cantos / los humanos le cortan el suministro alimenticio / la danza trágica entre el pájaro y el mosquito / permanecerá como anécdota modernista / mosquito: / insecto vanguardista llamado a desaparecer”.
Cierra Falcón diciendo que la voz de Eladio Orta, lejos de la resignación “se ha querido convertir en médium conforme más cava más allá de lo que a las palabras les es permitido decir [...] Pasto para el fuego, aguijón envenenado, traductor del médium, material de estiércol y llaga de la boca” son “cinco maneras para aproximarse a una práctica de la poesía decidídamente dispuesta a liberarse de los servilismos del lenguaje en un tiempo como el nuestro. Perturbador, abrupto y áspero, y al mismo tiempo familiar, tierno y totalmente reflexivo, el verso de Eladio Orta tiene su única patria en el incendio de las cosas y el mundo. Quizá en derrota, pero nunca —irreductiblemente, nunca— en doma”.


© Manuel Garrido Palacios

27/12/08

ERNESTO CARDENAL


El poeta estuvo en Huelva, visitó A, B y H, leyó versos en una librería, habló de lo divinamente humano, o al revés, y se fue de vuelta a Nicaragua: “Todo en el universo gira. ¿Y el universo gira también? ¿Y gira en torno a quién?” No sólo dejó su palabra en el aire salobre de los cabezos, sino escrita en unos libros a la mano de todos: “Esfera es el deseo de un ser de ser lo más pequeño y simple que pueda ser” Ahí está su obra para quien quiera compartir con él que “Nuestro ciclo es el de las estrellas. Con la creación comenzó la expansión. Y tiritan azules los astros a lo lejos”Me conmovió la noche de la lectura (quince asistentes) fue la atmósfera creada con su presencia: “Cada vez más inadecuado pensar como individuos” Aquello era el libro sobre el libro, el gusto y el regusto, el pararse a escuchar una voz sin más bandería que la de los versos: “Todo se interpreta con todo” Era su verbo sólido, tallado, en paz consigo, en guerra permanente con las circunstancias. Era el proyecto de un joven talludo nimbado de blanco de querer conocerlo todo y reconocerse en ello: “Materia viva y no viva son lo mismo” Era apartar a cada momento la paja del grano para llegar a los centros de las cosas: “Si el espacio-tiempo se viera tendría forma de espuma” Era una lección improvisada para un puñado de personas atentas, que no pretendían salir en la foto para enseñar mañana. “Mira, aquí está Ernesto Cardenal conmigo” Era, fue, lo será en la memoria silenciosa un acto emocionantemente simple, pura sensación, curso acelerado de muchas disciplinas, fruto de un respeto imponente a la experiencia de una vida, cuya expresión brota en la poesía desnuda, más que nunca desnuda: “Cuando no tengas respuesta, mira las estrellas” Su voz no le venía del hoy agotador de tanto viaje, sino del ayer recio cuya esencia lo acompaña como pícaro destrón: “Solentiname. Suelo constelado de luciérnagas y cielo con millones de reacciones nucleares. Alcé una semillita de zacate pará. De zacate pará que cubre todo el postrero y entendí que el tamaño no es importante”Su mirada interior estaba situada a la justa distancia para que el árbol no le impidiera ver el bosque, y él entraba y salía del bosque, y llevaba y traía al leve auditorio al bosque y la librería era un hermoso bosque de libros, de palabras, de ideas, de saber que “Todo está conectado con todo” Una luminosa noche de Poesía con mayúscula: “Entropía es el tiempo que se va y no vuelve nunca para atrás. Las curvas exponenciales de sus cuerpos: todas las muchachas que yo amé se las llevó la entropía”“Cada encuentro de dos unifica el universo” Lo expresé allí: me gusta esto, me emociona que hayamos vivido esto, me parece que lo que hay que hacer es esto, un ‘esto’ mágico más allá de la palabrería y la vaciedad que nos inunda como el peor de los tsunamis. Un ‘esto’ que subraya lo que dice el poeta: “Todo lo posible es real en algún sitio”.

© Manuel Garrido Palacios

26/12/08

VINCENT VAN GOCH


La tumba donde reposa Vincent van Goch está en Auvers sur Oise, pueblo que queda a hora larga al norte de Paris, cruzando los paisajes que fueron testigos del tramo terminal de su trágica historia. Parece que el caminante entrara y saliera de continuo de algunos de sus cuadros cuando va. La tumba está junto a la de su hermano, rozando una de las tapias del recinto sagrado, ambas cubiertas por una densa capa de hiedra de la que sobresalen los datos fríos tallados en la piedra: Vincent (1853-1890), Theodore (1857-1891). Sobre las reticencias surgidas en un principio para que Vincent fuera enterrado allí -por las circunstancias de su muerte- se impuso, al fin, la razón.El cementerio de Auvers sur Oise es de tamaño medio, sin tapias blancas, sino pardas, coronadas de musgo, lugar que acoge a diario, desde temprana la mañana hasta el Sol puesto, una discreta peregrinación de sensibles. Si se deja atrás la última casa del pueblo, para llegar a la verja es necesario atravesar inmensos trigales que se infinitan a derecha e izquierda, tapices amarillos sajados por el camino, y si luce una luz como la de hoy y el caminante encara sin prisas el grandioso marco, éste le dirá a sus sentidos que esos trigos maduros son los mismos que el artista pintó. En los meses finales de los 37 años que estuvo entre los vivos, creaba un cuadro por día: testamento artístico de más de setenta pinturas, más de treinta dibujos y un solitario grabado.No se sabe qué hubiera sido del pueblo de no haberlo habitado Vincent van Goch y de no poder contar ahora cuanto se cuenta, pero lo cabal es que Auvers le debe al pintor ese hormigueo humano que no cesa así llueva, truene o resplandezca la luz atenuada de esta comarca francesa. Puede decirse sin temor a errar: «Auvers sur Oise o la luz» y agradecer al artista la llamada de atención hacia ella al plasmarla apasionadamente en la tersura del lienzo. Quizás por eso el pueblo ha respetado el paisaje tantas veces pintado y no ha consentido que se edifique nada capaz de romperlo, enturbiarlo o mancharlo, con tal de que siga como él lo amó.En una cuesta suave hay una venta cuyo dueño muestra orgulloso el cuarto en el que vivió Vincent, que con tanta intensidad expresó lo que veía a través de los colores, las formas, los macizos, los vacíos, y cualquier persona cercana sabrá recontar la desazón de sus amores no correspondidos como quien da a probar una amargura, y el mal que lo envolvió en un sudario de silencios, y el disparo que acalló sus latidos. Y la soledad: eso que nadie escoge.Una nube suelta deja caer cuatro gotas en el camino de vuelta desde el cementerio al pueblo de Auvers sur Oise. Ocasión para que el caminante, refugiado bajo la fronda de un árbol, observe cómo el mar de trigo tiembla merced al soplo inesperado del viento. Aunque también cabe imaginar que todo se deba a que llega la hora mágica del día en la que el espíritu inquieto de Vincent van Goch pasea por estos campos, conservados para él, buscando el encuadre ideal para pintarlo mañana. Es como si el trigo, al saberlo, quisiera ponerle su mejor cara y se estremeciera.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

22/12/08

ANATOLI FLIPOVIC





Uno de los heterónimos del ácrata Anatoli Flipovic, quizás el más querido por el poeta entre todos los nombres capaces de contribuir «a la paz y a la cultura», es el de Rafael Delgado. Nombres o corazones usados según para qué, como dice la sabia copla alosnera:

Yo tengo tres corazones

a mí no me afligen penas;

uno pa que vaya y venga,

otro pa que lo aprisionen

y otro pa que tú lo tengas.

Usando el de Anatoli, o el de Wolfgang o el de Rafael, o todos al tiempo, el autor consiguió hace unos años el Premio Saltés de Cuentos con una obra de una originalidad aún no valorada con justeza, a pesar del galardón nacional, puede que por la escasa difusión que tuvo. Su título: «Tres» sólo reflejaba el número de relatos que contenía: Una ronda del torneo de Bari Bari, El muñeco y La última ronda. Si le faltó eco, hay que añadir que ofreció la porción necesaria de literatura para que viéramos asomar jopo por el horizonte narrativo a este escritor de, como él dice: «sincronía anacrónica», y, como decimos los demás: de calidad suficiente para que celebremos ahora su nueva obra: «Diario de un hombre solo», en la editorial Cacúa, esa aventura con tan buen rumbo que dirige Marcos Gualda.Para los que queremos al buenón de Rafael de los mil nombres, reunirnos en la presentación del libro fue una fiesta por él mismo y también, egoístamente, por su obra, glosada por Uberto Stabile. Y es que no ha habido por aquí otro autor tan empujado a publicar, tan suplicado a sacar lo escrito en un libro que nos retornara a la poesía más allá del ego que tanto la empaña; que planteara en cada poema la partida de ajedrez que desde el primer día de la existencia libran la vida y la muerte. Que la universalizara. Un oráculo que no falla, el de otro grande: Manuel Moya, me lo dijo un día antes con otras palabras, como el agua que «canta el mismo verso, pero con distinta agua»: Dejó en el correo: «Peaso libro el de Rafalito».Dice en sus páginas: «Y de nuevo en mí, Espíritu», reconociendo en sus dentros esa voz hecha para «pintar el lienzo de la vida» cuando «la pasión me mira / donde miran las miradas / y en la mirada a una flor / contemplo el Universo», ese que pudo quedarse en anécdota como cuadro sepìa de la infancia y que el poeta eleva a categoría en un lamento sereno, sabiendo que están tendidas desde antiguo las nasas que son invisibles a las quejas: «Nosotros perdimos el paisaje, / las nasas y las redes, / el cielo transparente, el aire puro, / la dimensión de fondo, / la epopeya de los nativos / con la derrota en la mirada. / No había nada, dijeron / y sin embargo, / el horizonte, las playas, / la luz en el agua era el gran tesoro»«Diario de un hombre solo» detiene el tiempo, habla al sol, muestra la «esencia, la sangre, los músculos de alambre» de una arboladura humana que ve que «no se aleja el mar», sino que es la mirada la que no lo alcanza. Viento y memoria, latido puro hecho poesía por Rafael Delgado, heterónimo de un tal Anatoli, figura de versos «hasta los pies vestido».

© Manuel Garrido Palacios. 2008

21/12/08

EL MAGISTRAL HEREJE


Miguel Ángel Núñez Beltrán nace en Tórtoles de Esgueva, Burgos, en 1955, se doctora en Historia en la Universidad hispalense con La Oratoria Sagrada, y, según confiesa, es andaluz de adopción. En dos trazos corrige un viejo refrán y lo deja en “Con quien naces y con quien paces”, sin exclusiones. Aparte de su tarea investigadora en la Historia de las Mentalidades y en la Edad Moderna, tras publicar varios libros dentro de este ámbito, escribe su primera novela: El magistral hereje, con la que gana el Premio Onuba 2008, galardón cultural insólito, por único, en estas tierras.
Sus páginas retratan la vida de un personaje caído en desgracia por la intolerancia. Una vez más, es la síntesis de una triste historia. Se trata de Constantino Ponce de la Fuente, de San Clemente de la Mancha, formado en la Universidad de Alcalá, que aparece en “la Sevilla esplendorosa del siglo XVI: uno de los focos del humanismo erasmista”, con tanta fama de buen predicador, que Felipe II hace que lo acompañe en su viaje a los Países Bajos; tiempo también en el que sobrevuela estas latitudes la larga mano de la Inquisición parando todo latido de renovación religiosa y cultural, cuya mirada represiva no pierde de vista ninguno de sus brillos. Fruto de tan agudo mirar es su decisión de cortar las alas de su palabra y, de paso, de su existencia, por lo que recluye a Ponce en la cárcel del Castillo de San Jorge en Triana.
La novela de Núñez Beltrán no se queda en narrar literariamente los avatares de su personaje, sino que apunta a una escenificación en la que el temor se transforma en terror y la sorpresa en temblor de muerte. En el capítulo de inicio, tras datar la escena en 1558, dice: “Las huestes del santo oficio irrumpieron en la calle de la Cerrajería y asaltaron, en medio de un gran alboroto, la casa del doctor Constantino Ponce. El magistral, con un libro en las manos, no opuso resistencia. Se levantó del sillón y con paso solemne quiso dirigirse a la puerta de una habitación contigua. Un soldado se lo impidió. Constantino se acerco a una estantería de libros para coger algunos, pero la justicia inquisitorial se lo prohibió. Los ojos del doctor Ponce escudriñaron el rostro ruborizado del alguacil, conocido suyo. En ese instante dos de la soldadesca lo sacaron a la calle. La algarabía del público y el silencio impotente del magistral recrudecían la tensión del momento. La severa y pacífica mirada del maestro recordaba a los discípulos los augurios que les había anunciado: el acecho de la Inquisición llevaba al aprisionamiento. En la marcha hacia el Castillo de Triana, su figura mayestática, flanqueada por guardia armada, caminaba delante de un gentío que profería gritos contra la Inquisición En la Puerta de Triana, una segunda guardia frenaba el paso de los adeptos al magistral. La comitiva atravesó el puente de barcas. Trescientos pasos de despedida para los discípulos y de incertidumbre para el maestro. Al entrar en el Castillo se adueñó de él un tormento interior. Sabía que comenzaba un tiempo de interrogatorios sin sentido, de acusaciones veladas, de tortura espiritual, de soledad. Le confortaban su fe y la confianza en sus amigos del cabildo, que conocían su honradez y su rectitud. Pero esto no le ocultaba nubarrones de dudas. Tiempo al tiempo, entre las gentes de Sevilla el espíritu de Constantino comenzaba a abatirse; el entusiasmo se hizo miedo, confusión, aún habiendo promovido antes algaradas ante los muros de Triana. Y no tardó mucho la masa en ponerse de parte de la Inquisición hasta con coplas como esta: “Viva la fe de Cristo / y la Santa Inquisición, / y quemen a Constantino / por perro engañador”.
Es el primero de una serie de días, bien contados en la novela, en los que se suceden torturas, juicios, condena y final: “El veintidós de diciembre de mil quinientos sesenta hubo un nuevo auto de fe. Por las calles de Sevilla los reos fueron objeto de improperios y pedradas lanzadas por los fanáticos. No se libraron las efigies que se erguían junto a los restos de las personas que representaban. Cristóbal Bernáldez conducía el pollino que cargaba con los despojos de Constantino. En la plaza de San Francisco se escuchó la sentencia: ‘…declaramos haber perpetrado y cometido el dicho Constantino Ponce los delitos de herejía y apostasía, de que fue acusado, y haber .sido muerto hereje apóstata, excomulgado, y por tal pronunciamos y dañamos su memoria y su fama. Y mandamos que sea sacada al cadalso una estatua que represente su persona, con coraza de condenado y con un sambenito que por una parte tenga sus insignias y por la otra un letrero con su nombre. Después de ser leída esta sentencia, sus huesos sean desenterrados y quemados públicamente en detestación de tan graves delitos, y quitar y raer cualquier título, si lo tuviese sobre su sepultura, de manera que no quede memoria de Constantino sobre la faz de la tierra, salvo de nuestra sentencia y de la ejecución”.
Como broche, exhumaron el cuerpo, aún en corrupción, lo metieron en una caja asfaltada para evitar olores, lo quemaron y arrojaron sus cenizas a la cloaca de la ciudad.
En el campo de honor del progreso y la renovación, estos varales siguen tirando del carro de la sociedad, salvando baches, pero sin dejar de avanzar; lo exige la naturaleza humana. Detrás queda el eco de una persecución ideológica más: “Tú piensas así, o creo, o me han dicho, o me conviene que sea así para tener motivos; pues ahora yo te anulo, te destruyo”.
Si; quedan el eco y las huellas en forma de recreaciones literarias, como El magistral hereje, dando testimonio de que tan duro es el camino de la libertad de pensamiento, que un hilo de sangre y otro de infamias se han convertido, a lo largo de la historia, en sus propias lindes.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

17/12/08

CERVANTES Y EL MAR


Hay una librería de viejo en Sevilla, Plaza de los Terceros, que goza de rebotica continua. Vas a ver qué vejedades ha traído Ignacio de sus andanzas por las bibliotecas y acabas conversando de lo que se tercie. Su saber libresco es de pasmo. Le preguntas qué tiene de tal disciplina y te enumera los trescientos mil títulos que posee. Allí quedaba con Abelardo Rodríguez para el intercambio de libros propios, y de sus fondos proceden muchos de los que habitan mi estudio, obras que fui comprando conforme los temas que abordaba me exigían.Ayer estuve escuchando a un señor que disertaba sobre cosas «tan intrascendentes», según dijo cuando entré, «como la vida y la muerte». Después hablamos de Huelva, del espigón, del Algarve y de uno de los libros que había en un estante: Miguel de Cervantes. La ciencia de los marineros y el Arte de Navegar, de Alberto Casas. Casas es un especialista en el autor de Don Quijote, al que viene dedicando hermosos artículos con tacto de escritor tallado a machamartillo a la sombra de su lectura. Uno siente alegría de ver su libro por otras provincias, y más si el culto librero le pone aprecio, lo recomienda y el personal lo compra y lo lee.La obra salió en edición de autor y tuve el honor de prologarla. Entonces decía que Homero, ciego, relata La Odisea, La Iliada; Beethoven, sordo, construye las nueve sinfonías; Cervantes, manco, escribe el Quijote, como si la Naturaleza quisiera decirnos algo a través de estos cuerpos mermados del órgano-herramienta con el que creaban sus obras.Dichas en la charla estas claves, pero sin entenderlas, pasamos a comentar cómo un hombre tan de tierra como Cervantes habló tanto del mar; apenas hay escrito suyo donde no esté presente el mar como escenario. «El mar se convierte en su musa», dice Casas en su libro; es así porque mezcla en armonía la poética clásica con los trabajos en suelo firme gracias al equilibrio que define su magistral pulso literario.Casas ha pescado en el mar cervantino vocablos como galera, grumete, jarcia, sentina, popa, bastarda, quilla, boga, playa, con los que nos pone a pensar si La Mancha pudo ser en un tiempo un mar que se ocultó, cuya memoria captó la visión mágica de Cervantes: «Navego sin esperanza / de llegar a puerto alguno»; o bien: «Soy marinero de casta» y en mil ejemplos no oportunos en una columna.Pero su vida dice que Cervantes vivió el mar, no en sueños, sino en fatales realidades, ya que, lejos de la tierra en la que peligraba su mano, el destino le reserva el mar para que la pierda definitivamente.El buceo de Casas en la obra cervantina es fruto de la admiración que siente por Don Miguel. Obra rica de entraña, elegante de forma, soberanamente escrita por un marinero hoy en tierra, que nos hace ventear esa libertad de horizonte que Don Quijote (LVIII) valoraba ante Sancho como «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos».El libro de Alberto Casas, aparte de enriquecer el catálogo de estudios cervantinos, fue glosado ayer en la rebotica de esa librería de viejo sevillana. Lo que quiere decir que sigue vivo.

© Manuel Garrido Palacios, 2008

14/12/08

LA FATAL OCASIÓN


“Nadie ama la poesía como un ruso”, dice Pasternak en Zhivago. Siempre se exagera un poco en cuestiones que se nutren de la pasión, misteriosa estancia que, a pleno oleaje o en playa serena, nunca falta donde habita el latido. Definir la poesía es otro cantar. Podría ser conectar con la belleza a través de cualquier sentido más allá de la palabra. Valga un silencio. Lo cierto es que el camino que venimos recorriendo para acceder a la poesía es el del verso, dicho, cantado o escrito, forma literaria que parece acaparar la intención del término, a pesar de ser tan amplio el horizonte abierto.
Así las cosas, me hago con el libro de poemas “Historias de la fatal ocasión”, de Carmen Busmayor (León 1952), premiada varias veces por su obra poética, obra en la que la autora, Doctora en Filología Hispánica, reflexiona sobre el siempre nebuloso “adiós”, esta vez, “de relevantes escritores suicidas”.
Antonio Colinas dice en el prólogo que “hay dos maneras fundamentales de abordar un libro de poemas; una, acumulándolos en un proceso que arranca de ese momento mágico del que brota el primero de los versos, ése que al parecer alguien nos dicta; luego, planteándose un tema previo, predominante”. El libro de Carmen Busmayor “se decide claramente por esta última opción eligiendo un tema ambicioso y turbador: el del suicidio y los suicidas. Pero no nos encontraremos en él con anónimos suicidas, sino con […] escritores excelentes”; es decir, el libro alude a “uno de esos grandes temas —amor, naturaleza, tiempo, más allá, muerte— que están presentes en la tradición literaria y que el poeta no puede eludir. Es la muerte el tema central de este libro”, pero más que de la muerte misma, por si no bastara, de “los instantes previos en los que, quizá, el suicida repiensa su vida y decide sobre ella”.
Con la actriz Aída Peruzzi, compañera de Salgari, Carmen Busmayor comparte el saber “de la que es amada y pierde la razón entre espumas de luces heridas / por disparos de olvido. // Mis labios son la herida informe / que suscribe el duelo antes y después del rasear de los buitres. // He buscado caminos, muchas veces / patios hábiles para la claridad del consuelo y a menudo he encontrado / tan sólo las vísceras de la desolación”.
A Antonia Pozzi, “poetessa italiana” le dice que “al caer la noche, en sigilo, ciego / en la turbiedad, no deserta. No. Desgarra, / precipita la rueca del aliento / tal si fuesen las veloces esquinas del aire / o la misma luna ebria de morfina y sueño / en la audaz insistencia de la debelación”.
De Virginia Wolf escribe que “no fue el mar quien echó raíces en sus pies, pesadas piedras / en los bolsillos de su abrigo tampoco. // Porque el mar, enorme en el desacuerdo / y la misericordia, no posa sus ojos / en la lúgubre travesía de quienes suman cansancio / con sus dedos, / con su voz, / con sus piernas entrelazadas, / con la muelle sensación / de la riqueza, / con sus pupilas / teñidas de desencanto, / con todo, / con todo”.
Para Mario de Sá-Carneiro, fundador con Fernando Pessoa de Orpheu, “atrás queda la tarde. Tendida en el cansancio. / Lisboa, el ojo circular de la amistad. / París, una parcela de orillas o el pálido temor de quien / evita su pesada certeza. La dudosa trinchera / de un cuerpo culposo. Esta hora de miseria / sin límites, de luz lastrada por doquier”.
Gabriel Ferrater dijo que se suicidaría a los 50 años y lo hizo. Busmayor escribe que “podría ser en las proximidades del tedio / o en medio del beso oscuro de la desposesión. / Anonimado en cada sombra, / sentado en la euforia / o sobre la enlutada transparencia de la luz / o mordido por el óxido de la desobediencia / derrumbado en estratos de hiel / o ungiendo su cordura sin una brizna de entusiasmo. // Sucedió. En la alegre república del aire / Como si fuese hoy mismo”.
“Gracias a la vida” forma parte del legado de Violeta Parra, con la que Busmayor dice que “no resulta fácil desembocar en la belleza / inmarcesible ante la promesa de quien mata al mensajero. / Sin la poderosa caricia de lo pleno no hacer / de la sonrisa una intensa demolición o retener una dulce música // Con demasiada frecuencia la vida es un lugar / para la asfixia, y en tales momentos un rayo de luz, / ni siquiera una nota de estrellas al completo, / salva la impotencia. Una anemia profunda pone la esperanza / en fuga y ya no es posible poner en práctica el oficio / de mirarse a una misma con complacencia / o, al menos, con una arboleda benevolente / arraigada en el valle del corazón”.
Sí; exagera Pasternak. Rozan la treintena las “Historias de la fatal ocasión” trazadas por Carmen Busmayor (Calambur 2008), obra en la que “las horas han tejido esta certeza / con paciencia de isla”. Libro pura-esencia, de los de “asomarse al brocal del pozo del abismo / para conocer que no existe abecedario / para escribir sobre el mar y las estrellas / porqué alguien decide negarse el regreso / si nunca nos volverá a regalar su cara, su voz, / el oro existente bajo su piel”.
La autora sabe que, como declara la cita de Albert Camus que encabeza su obra: “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Son palabras que se suman, aunque la belleza de lo escrito por Carmen Busmayor quizás ni necesite.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

8/12/08

EL SUEÑO DE DAKHLA


Algaida ha editado el libro El sueño de Dakhla, atribuido al poeta saharaui Umar Abass, con poemas que hablan del exilio y de la tierra perdida desde una evidente actitud moral, sin renunciar por ello a una atmósfera intimista, a un ámbito propio. Umar Abass nace en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. A los dieciocho años se traslada a París, donde permanece hasta rozar la treintena. Posteriormente se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal. Tras un corto periodo carcelario es expulsado del país y se instala en Damasco, ciudad que abandona para incorporarse como combatiente a la lucha que libra su pueblo. No sólo participa en la proclamación de Bir Lehlú, sino que en ese período sufre heridas en combate. Desde 1987 vive entre Madrid, Tindouf y Kirsehir ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo cursos universitarios. Ha publicado el libro de viajes: Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por el norte de Irán y traducido por poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din al castellano. Su poesía escrita entre 1977 y 1998 es recogida por la prestigiosa editorial L’Harmattan (París, 1999) bajo el título de Tregua / Trêve. La obra El sueño de Dakhla abarca sus versos desde esa fecha hasta 2005.Sus poemas son como más de una vez hemos soñado que tendría que ser la Poesía: pura esencia. El titulado Abu Nuwas dice: “Hay tardes en que siento, aquí, en mi corazón, el río, / lo siento como siento que soy viejo. / Pero ajeno a mí, el río pasa y pasa, / mientras la tarde deja en las orillas una luz tibia, / olor a lodo, a flores muertas. / Sí, es este el río, / el que llega en las sombras, / el que muele las sombras, / el que arrastra las sombras”.En otro advierte: Sí así lo quieres, / cubre el cielo de tinieblas / y azota las cumbres y enfurece a los ríos, / pero apiádate de esta casa / que he alzado por tres veces / de la furia y la sevicia de los hombres. / Nada conozco más frágil que estos muros / donde un mísero fuego cada noche / me calienta y me da luz, / así que hazme el favor, / pasa de largo / y de castigar castiga las murallas del alcázar, / que se alzaron para desafiar al mundo, / y no a mí, que a nadie desafío”.En un tercero: “En mi casa espero la vuelta del sol, el viento / que hinche las sábanas, / las bruscas nubes de la primavera. / Me entrega la casa su seco mendrugo y la inquietud / de quien en ella ha visto anochecer / en una cadencia que no es nueva. / Ajena a la memoria, me tiende sus paredes (¿porque en ella / está lo que yo busco, lo que en vano busqué / en remotas aduanas? No lo sé) / Yo la oigo, como se oye al niño que llora en la memoria, / como se oye un río bajo la densa arena. / Y digo ‘i casa’ pero debiera decir que soy suyo, / la parte de mi casa que baja a por tabaco, a por naranjas / la parte que mañana, mañana mismo, / se sube a un avión y ya no vuelve. / Yo hice esta casa. Ella me ha hecho. No estamos en paz”. Parecen beber estos versos de uno sólo que leí hace años: “Si el río quisiera obedecerme”, escrito por el poeta Manuel Moya, quien, por cierto, ha obtenido con este libro el Premio Vicente Presa de Poesía.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

7/12/08

CARTAS DE VAROS


José López Sánchez Varos me dio ayer un libro, o antier, o un día que quiso darme un libro. Su título: Cartas a Oria, en cuyo prólogo, Antonio Enrique perfila a este poeta y editor como “El hombre que parecía una isla”.
La obra podría titularse “Cartas a mí mismo”, porque, como todo gran poema, se trata de un difícil ejercicio de sinceridad consigo, un echar fuera, sin contemplaciones, todos los dentros acumulados desde 1949, año en el que vino al mundo en la presente reencarnación. Cartas metidas a presión poética en la vasija del tiempo y echadas a nadar desde esa isla-humana que es Pepe Varos. Cartas-latidos desde Granada (1975), Mallorca (1984), Tabaiba (1988) y Andyamar (2004), sin olvidar la Carta desordenada (1986).
Este poemario se edita por primera vez en 1990 con el bagaje del Premio Uni-verso de Poesía, que concede el Gobierno Autónomo de Canarias. Década y media después se revisa, amplía y reedita, dando el cuerpo definitivo a esta historia epistolar.
Sigue Antonio Enrique con los trazos al retrato iniciado añadiendo que Varos es “un hombre cuyo carácter más íntimo ha ido conjugándose, de manera armoniosa, con su destino. Esto es porque, a la insularidad de su carácter, la vida ha ido imponiéndole una curiosa coincidencia: habitar siempre en islas. Esto ha hecho de él un hombre solitario, no en una soledad física, ni siquiera psicológica, sino recóndita, subyacente, que se patentiza en cada uno de sus libros”. Dicen sus versos: “Búscame la soledad apenas, / los zaguanes de la maldita dalia / doblada por la pus al asco de las perlas. / O vuélvete del pelo acariciado / hasta la lejanía de los golpes, / yerta en casi mil estaciones, / o abierta sobre los montes dorados / y en las cumbres del Timanfaya”.
Antes de entrar en versos, Alberto Linares Brito añade en un prefacio que “estamos ante un libro cuya misma estructura da lugar a su título o más bien a la mentira que lo sustenta: Cartas. Cartas para explicar, desde otro espacio que, a propósito de tejidos, crear es también la constatación de que el mismo mundo aparece, más veces de las que uno desea, como lo que oculta la visión de lo verdadero. El viejo relato, en fin, de buscar pero palpar, que tan de cerca conocen los poetas. Por eso hay afanes que, construidos desde la sinceridad y los trucos del escritor, terminan en la mentira, desbordados por las consecuencias del recurso elegido. Este libro puede ser un ejemplo. No espere el lector nada cercano a lo epistolar y que se ponga la ropa de combate. Lo esperan geografías varias, fechas distanciadas y un juego para leer en libertad, con la potestad y la prudencia, además, de elegir parada y fonda”.
Situados en la página 23, iniciamos el viaje con el autor leyendo: “Querida Oria: Estábamos cansados, y aquellas cuestas explotaban nuestras venas. Tú no lo sabías, Oria, pero el Mediterráneo te quedaba tan lejos, como mi amor a tu fuente oculta. Y no había duda: la ciudad era terca; y Granada huía de los dormitorios góticos para dormir entre cinceles de agua”.
Las cartas que flotan no son sólo a veces la voz del poeta que se expresa, sino que se convierten en el ser para el que fueron escritas, que bien podría tener por nombre Ausencia. Se dice “desde” como origen, pero nunca se pone el “hasta” como destino porque Oria está presente en cada tramo del poema: “Ayer, entre las olas, quise coger tu cuerpo como si fueras pez, y te escapabas. Y quise narrarte el cuento que aún no estaba escrito. Pero el sol, terriblemente, me asolaba. O tal vez eran tus ojos que, ausentes, no entendían... También quise morder el agua, y aquello sí fue cierto. Luego, la colina de los dos amantes me trajo la pena, de tanto que sería, si estuvieras”.
A través de sus palabras: “He ido de los ruidos a los mitos, a otras tierras, regresando después al misterio de lo escrito. He buscado los campos funerarios en pergaminos, olores de plantas olvidadas y humedades de oficina reteniéndome el pulso”, el lector navega por un mundo poético con sello de íntima propiedad, tallado a golpe de sensaciones, que eso es la Poesía, que eso es el Arte, sensación, esta vez, de saber y compartir que “el tiempo ya no discurre al mismo ritmo. Ni se explican abrazos, porque es, a la medida, paisaje con rostro .y explicación cercana a mil temas pendientes”. Sensación que no cierra en ningún punto porque “aún no he terminado de concretar la lágrima escondida”.
Mientras todo sucede como en el primer día, o se repite hasta el último, la poética de Pepe Varos busca almas en las que recalar, puertos sensibles en los que descargar su riqueza, su sentimiento: “Como llevando a barlovento tu dibujo / y anclarlo a tajo y valle de collares. / Y que doce veces / muerta la tortuga, que a doce olas / se talara un bajío, abierto y pavoroso. / Y todo el ocre andando los caminos / apenas polvo donde la luna hiriera”.
Varos me dio ayer este libro, o antier, o un día que quiso darme un libro: manojo de cartas de las que declara el autor que “No me han dado las claves, ventanas íntimas aún a mi medida justa, pero espero que lleguen a tiempo al próximo invierno”.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

6/12/08

CADA MOCHUELO A SU OLIVO


Imagen: Fotografía B&N. Héctor Garrido. 2004
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Una tarde se presentó en mi casa de Madrid mi amigo Fernando con un mochuelo metido en una jaula de cañizo. Acostumbrado a sus gracias (las de Fernando) creí que se trataba de una más, pero no; venía dispuesto a colocarme el pájaro, es decir, a que me lo quedara durante el tiempo que él iba a estar fuera de la capital. En un principio pensé que sería cosa de un día y opuse poca resistencia; pero al saber que iban a ser dos semanas, con sábados, domingos y otros festivos incluidos, le dije que para eso no estaba preparado, que yo también me ausentaba, que no funcionaba el aire acondicionado de la casa, que no sabia qué comida darle al pájaro y que tres por dos eran seis...; le di esos razonamientos que uno antepone a la negación rotunda; pero nada fue suficiente para convencerlo. Él vino a dejar el bicho y lo dejó. Aprovechando que me puse a atender una llamada telefónica, plantó la jaula de cañizo con su carga de ave en el estudio y él desapareció como una sombra. Así las cosas, tuve que rodar en Cataluña por aquellos días y no vi otra solución que llevarme al animal (me refiero al mochuelo) a peregrinar de hotel en hotel y de plaza en plaza. No es que hiciéramos muchas migas, pero, vaya, como me miraba tan fijo, pues, oye, le pillé cariño. El equipo hizo lo propio y hasta le cazaban langostas para que se las cenara; pero, la verdad, un rodaje no es sitio para un pájaro enjaulado, aunque el pobre no perdiera ripio de cuanto se hacía, no sé si con intención de dedicarse a ello en su madurez. Osados los hay. A mi vuelta esperancé en que Fernando viniera a recogerlo, pero no vino. Lo llamé. No contestó. Y pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas con sus fiestas de guardar y todo eso, y algo harto, me fui con el mochuelo a un bosquecillo tupido cercano a Prado del Rey, le abrí la puerta de la jaula y lo llamé desde cierta distancia. Quise hacerlo de ese modo para que por su voluntad decidiera si seguir aburriéndose en mi compañía o ser libre. Primero lo pensó, pero al rato dio un salto, se posó en el umbral de cañas y en un vuelo corto pasó a ocupar la rama alta de un chaparro. Esperé un rato a ver qué hacía y lo que hizo fue cambiar de rama y perderse en su propia libertad. Allí quedó la jaula vacía testigo de la escena. Al día siguiente se presentó Fernando para llevarse el mochuelo. «¿Qué mochuelo?», simulé sorprenderme. «El que te dejé en el estudio hace mes y medio» Yo me hice el desentendido: «¿Dices que me dejaste un mochuelo?». Respondió: «Sí, lo dejé ahí en el suelo y me fui porque sabía que lo ibas a rechazar». Le repetí que no sabía de qué me hablaba: «Mira, Fernando, he estado por ahí un tiempo y de regreso no he visto nada, ni mochuelo ni gorrión». Él se sintió confuso: «Me pones en dudas. Yo juraría que te lo dejé a ti y no a otro. Parece un misterio». Cerré: «Estas cosas suelen pasar». Estuvo nervioso indagando por teléfono a ver a quién le podia haber dejado el pájaro, pero las llamadas no dieron resultado. Y entonces nos fuimos juntos al centro, él a no sé qué y yo al cine. Seguro que hice una buena obra con el ave librándola de la jaula, y conmigo también, porque no es recomendable lo de cargar con mochuelos que no te corresponden.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

4/12/08

CONCIERTO DE LA SOLA NOTA

Imagen: Kammermusok mit Maurice Baquet. Chamonix 1957. Robert Doisneau (1912-1994)
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Esto era un músico que sólo había aprendido a dar una sola nota con su instrumento. Cierto que la dominaba hasta el punto de aportarle una expresividad como nadie antes había conseguido, pero como era una nota solitaria la que conocía y ahí acababa el tema, los compositores tenían grandes dificultades para componerle obras. Sin embargo, a sus conciertos acudía tanta gente para escucharlo que solían venderse las localidades con trimestres de antelación y se formaban largas colas de entusiasmados admiradores a la puerta de su camerino. La cosa era que el escenario se iluminaba, se alzaba el telón, salía él, ocupaba su asiento con toda la ceremonia de estos eventos, tocaba impecablemente su única nota y se producía a continuación una ovación enfervorizada acorde con el cuadro. El inconveniente era que todo este ritual del concierto duraba tan poco, que en ocasiones aún no había entrado un retrasado de hora cuando ya el público asistente aplaudía o estaba saliendo. Visto el éxito sin precedentes del músico, se le ocurrió al dueño del Teatro pedirle por favor, sin que ello supusiera un esfuerzo que dañara la interpretación, que admitiera obras en su programa que contuvieran, al menos, dos notas en lugar de una, o tres, aunque fuera la misma repetida, para que los conciertos duraran el doble o el triple de tiempo y los oídos pudieran disfrutar del placer de sentir la belleza de la nota más veces. No le pareció mal al músico, que encargó a compositores de casta la creación de partituras con esa característica, labor que llevaron a cabo encantados por lo que suponía de honor crear algo para tamaño artista. Y así fue cómo los conciertos duraron más al establecer en la programación una primera parte en la que se ejecutaba una pieza con la nota citada, seguía un descanso para fumar o ir al ambigú y se cerraba con la audición de la misma nota en la segunda. Si en alguna festividad concedía un bis al respetable en el que volvía a interpretar el Concierto de la sola nota, su pieza favorita y exclusiva, los críticos más avezados enloquecían plasmando en la prensa especializada, con grandes caracteres en primera página, el privilegio del que habían sido testigos. Tan novedosa idea hizo que la gente viniera desde lejanos pagos para gozar de los conciertos; incluso familias enteras hacían noche en los bancos que había en la plaza contigua con tal de no perderse el milagro sonoro del día siguiente. Esto dio que pensar al dueño del Teatro si sería oportuno pedirle al músico que diera un concierto por la tarde y otro por la noche con tal de complacer a todos los melómanos que querían escucharlo. Él no se pronunció en principio. Prudentemente, sólo torció el gesto en una expresión intraducible y rogó que le dejaran meditar el proyecto hasta por la mañana con tal de dar una respuesta madurada.El dueño del Teatro aceptó la espera y al final del plazo volvió a preguntarle sobre su decisión. El músico dijo: «Un exceso de actuaciones sería un egoísmo por mi parte por cuanto hay cantidad de artistas en paro, infravalorados, y lo justo sería repartir conciertos. Pero, además, creo que el arte no puede enmarcarse en horarios y que el afán del artista ha de estar en perfeccionarse en vez de dar espectáculos. No acepto dar doble concierto cada día por sentirlo como un impedimento para mi evolución artística. Estaría más pendiente de acabar que de empezar. Prefiero actuar de tarde y emplear la noche para ensayar en mi estudio. Así, el matiz que pudiera imprimirle a mi única nota al día siguiente tendría acumulada toda la sensibilidad que fui capaz de descubrirle a solas».
Y así lo hizo.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

2/12/08

TARTESSOS


Imagen: Bronce Carriazo

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Prólogo al libro de Jesús Fernández Jurado
TARTESSOS EN EL TIEMPO
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Mucha historia de Huelva podría escribirse desde sus cabezos, gigantes amarillos que ya se erguían silenciosos ante los antiguos viajeros y que no han dejado de tener protagonismo a lo largo de los siglos. En las cuevas de los del Conquero, hoy allanados y engullidos por mansiones de lujo, vivía la gente marginada que no tenía sitio en la ciudad. El de la Horca carga con su oscura leyenda. El de la Esperanza parió una tarde una urna funeraria y un diente de tiburón. El de la calle Aragón, trágico por el derrumbe, sostiene en su cima un milenario lienzo de muro. El del Pino ofrecía ramas y mesetas para el columpio y la comba. El de la Plaza de Toros daba la mejor lama para bolindros de butre y grada gratis a los que lo trepaban para ver al Litri. En el de la Morana se descubrían conchas por los pasadizos tallados por el agua. En todos estrenó el amor parte de una generación medianera entre un ayer de encanto pueblerino y un desasosiego de urbe. En la cornisa del que bordea la Cinta se reunían los pastores al atardecer para juntar las piaras y arrimarlas a los corrales; punto alto sobre el camino a Gibraleón, la marisma y el río, que puso a soñar a alguien con antiguas naves fondeadas en los esteros y soltar en voz baja que de la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos, visión poética de quien sólo sabía de sueños ante una realidad en la que ni pedía juguetes a los Magos, sino un bollo, cinco higos, tres bellotas.Pero no hay sueño sin un pie en la tierra, aunque el soñador tenga la mente en las nubes y el mar de marco. No hay idea, por abstracta que sea, sin raíces prendidas al suelo, ni especulación que no parta de un suceso tangible, ni hecho que no guarde sus razones, como pasa con la petición del autor de Tartessos en el tiempo a quien esto escribe de unas líneas que prologuen su obra. Un prólogo es el umbral por el que se accede a un edificio construido con palabras; palabras que son sombra de hechos; hechos de los que afloran restos; restos que son fuentes materiales en las que el investigador bebe. Podría parecer extraño que el Dr. Fernández Jurado confiara un prólogo a quien no tiene más actividad en esta disciplina que la de acercarse humildemente a ver qué es Tartessos, pero no tanto si vemos que las razones que conforman su decisión se condensan en una sola: su generosidad. A sabiendas de que una historia es más bella cuando se cree que cuando se estudia, quizás el autor haya querido que abra las puertas de su libro la imagen idealizada que se grabó en la plastilina de mi generación, cuando de zagales sólo sabíamos de Tartessos que su nombre flotaba en el aire salobre de esta tierra, Argantonio arriba o abajo. Desde el Santuario de la Cinta imaginábamos en la ría las naves fondeadas mercadeando lo que se les terciara para con la primera marea regresar al horizonte. Veíamos, sin ver nada, cada nave como un puente que unía el mundo conocido con este sur de Europa, el medio de relación entre pueblos alejados entre sí, el vehículo para entender “los procesos económicos, culturales e ideológicos” que emergían a partir de que un vendedor y un comprador estrenaban comercio en una playa. Desde entonces, por más que he intentado hallar respuesta a si los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos, el esfuerzo sólo me ha dado la incertidumbre cierta de que los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos. Con tan preciso panorama fue fácil caminar por los ecos hasta la cornisa del cabezo, desde cuya altura todo tomó forma de mito, entendiendo por mito no una mentira, sino la verdad invertida que hace que sea fuera lo que sólo es dentro, para eso somos inasequibles al vacío que produce la ignorancia. Pero Tartessos no respondía del todo a la ambigua realidad del mito, ya que tanto las escasas fuentes escritas, que emitían latidos de su ser real y no imaginado, como los hallazgos habidos en las excavaciones merced al trabajo sistemático de los especialistas, eran datos tozudos, aunque propios para el análisis de los investigadores, no para el sueño de la generación que jugaba en los cabezos, o en las compuertas del Molino, o en la Vega o en la Merced, para la que la pobreza de noticias sobre Tartessos hacía que el vocablo sólo diera nombre al sueño, sin más respaldo que lo que cada cual imaginara en aquel colegio sotanero con maestro republicano. Sin embargo, casando lo que se le escapaba a don Enrique casi en susurro –no fuera a ser antialgo y lo estamparan contra el paredón– con el menudeo diario, llegaba a comprender por qué las personas de aquel mundo –parientes, allegados, vecinos, artesanos, municipales, gruístas, embarcados, pescadores de lo que entrara en las redes, constructores de chozas, criadores de cerdos, carpinteros de ribera, mineros de Tharsis o los que pasaban por allí camino del alfolí, el salaero o la mojama-, no soltaban prenda sobre Tartessos en sus conversaciones. Para la chiquillería de la época hubiera sido un cuento abuelero enriquecedor, justo para contrarrestar el protagonismo de héroes justicieros que se nos pegaban al alma como el Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Jabato... Hoy pienso que nadie decía nada sobre un pasado tartesio porque Tartessos no era para ellos un pasado, sino la continuación de un lejano ayer en el presente puro y duro, ya que vivían y actuaban en el escenario común representando idéntico drama desde milenios atrás, cuyo argumento era tan simple como gastar este algo entre dos nadas que es la vida según el ánimo de cada instante. Sin saberlo explicar, ellos se sentían a su modo parte de una cultura antigua, casi perdida en el laberinto de los orígenes, con sus dioses y diosas, sus hambres, sus hartazgos –menos–, sus mandamases –aunque no se llamaran Argantonio, vocablo que pobló el imaginario colectivo y del que aquel maestro nos dijo lo que sabemos ahora: que está hecho del nombre que los celtas daban a la plata, arganto–, y sus comerciantes, cambistas, navegantes, mineros, chipichangas de puerto..., o sea, un pueblo llano dándole al cedazo de los días para sacar la miga de la subsistencia mientras los jefes de turno cerraban tratos con los visitantes:Las pastoras van solascon el rebaño,que los pastoresestán ajustando cuentascon los señores.¿Por qué las gentes de a pie del agua del Tinto o del Odiel iban a extrañarse de que siete siglos antes de este apaño de Era hubieran existido otros como ellos, que hacían las mismas cosas? No queda ahí la especulación de aquel tiempo, sino que al observar el patio de vecinos, el barrio, la ciudad entera o un amplio círculo alrededor, tampoco era raro ni nuevo que los jóvenes bajaran a las minas de la gran franja rica en yacimientos, ni que una parte del fruto extraído se fundiera para convertirlo en joyas menudas que las diteras vendían a plazos por los patios, ni que ese intercambio propiciara un comercio indeclarable –lo que puede la tradición–, ni que de los barcos fondeados en la bella y maltratada ría se alijaran prendas para el mercadeo en tierra, ni que no existiera escritura propiamente dicha, sino unos signos detrás del almanaque con el te debo me debes del panadero o del de la fruta, ni que las leyes se agarraran a la memoria porque lo de leer se resistía, ya que el alfabeto no era de dominio público. En cuanto a echar el corazón fuera cantando, a pregonar el sentir en versos, ¿valdría con decir Alosno, que aún no paró de hacerlo? El muro con el que se topaban al final de su vida era el mismo que el de ahora. Nadie sabe qué se cantaría entonces, pero su fondo no podía diferir mucho de...Cuando la muerte se inclinaa llevarse a los mortales,ya no valen medicinasni los grandes capitales:mandan las leyes divinas.Nada de esto era ajeno al ámbito que viví de zagal. Si el maestro José hacía formeros para enaguar vírgenes, ¿quién era el artesano tartesio y a qué imágenes tomaba medida? No lo nombro por buscarle clientela, sino por subrayar que todos estos ecos desafinados suenan en orden al asomarnos a este hermoso libro cuando el autor dice que en la “Andalucía atlántica, pronunciar la palabra Tartessos es desencadenar una tormenta de emociones, de sentimientos que rebosan de leyendas, de antigüedad, de mitos y de deseos, de riquezas mineras y de historias de una Historia cierta que aún desconocemos y que quizás nunca logremos aprehenderla, ni siquiera asumirla como propia. Tartessos es una palabra que pretende definir, y al tiempo encubre, la realidad que fue mitificada; una voz que antes fue muchas otras en la transmisión oral de los que aún recordaban quiénes eran y de dónde procedían, sin saber a ciencia cierta hacia dónde iban” La respuesta la tendrá siempre el arqueólogo, que, en su papel de “historiador en sentido estricto”, ante la penuria de otras evidencias para llenar el gran vacío, es capaz de aportar a nuestras vidas la reconstrucción de un tiesto a partir de un fragmento minúsculo, o de extraer una verdad de la entraña de un grano de trigo. Esto no quita sabor al mito, tesoro poético que embellece la historia de cualquier país “La de España –según García y Bellido– tiene el privilegio de comenzar con los dos enigmas más sugestivos de la historia del Occidente europeo: el de Atlantis y el de Tartessos” Y advierte que “la mayor desgracia que puede ocurrir a la historia de un pueblo es que un día lleguen a descifrarse sus enigmas, que sus leyendas se conviertan en historia, que sus héroes y semidioses se reduzcan a seres humanamente palpables. Si conociésemos lo que hay de real y verdadero tras estos entes creados por la fantasía de los pueblos, perderíamos al punto un rico tesoro de sueños y ensueños porque la verdad es a veces triste. El hombre prefiere a la posesión de la verdad absoluta el difícil pero bello camino sembrado de dudas, misterios y enigmas que conducen a ella y nunca la alcanzan” Por si el ánimo de soñar decayera, Jesús Fernández Jurado escribe en otras páginas que “la cocina de Huelva no es el resultado de un desarrollo de lo gastronómico que pudiéramos considerar reciente, sino de la evolución y afianzamiento de una tradición culinaria que, sin exagerar un ápice, consideramos al menos trimilenaria y enraizada en aquellas gentes tartesias...” Para Julio Caro Baroja todo se halla mezclado: “...fábulas inventadas por los marinos, trozos de leyendas indígenas, teorías mitológico-geográficas ideadas por eruditos..., son demasiadas las alusiones para despreciarlas, aunque tampoco conviene que nos dejemos fascinar por ellas” Si una leyenda es una historia no contrastada, una historia puede ser una leyenda contrastada. La historia se nutre de datos y de interpretaciones. A la leyenda le basta un soplo para tejerse y poblar los sueños. Y así vamos en el barco de la noche -como late en la Odisea-, sin renunciar al sueño y a la vez esperando que la aurora de lo real abra camino en plena marea. Mientras la proa avanza –sigue Caro Baroja– “para explicar y describir armónicamente la vida social andaluza de épocas tan remotas, parece lo más propio comenzar contando un mito y glosarlo después, porque, si estamos lejos del tiempo en que se aceptaba entre los eruditos e historiadores toda referencia mitológica como dato positivo, también lo estamos de aquellos tiempos en que se creía que las narraciones fabulosas habían de ser sistemáticamente rechazadas”. De la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos. Ese fue el sueño de quien, sentado al borde del cabezo al lubricán, veía cómo el resplandor de los viejos dioses se ocultaba por Bacuta. Que toda historia haya de tejerse con hilos forjados en la investigación más rigurosa no quita para que en paralelo corra con vida propia la incertidumbre de la fábula, del mito, del sueño, porque, bien mirado, la Poesía nunca estorbó a nadie.

© Manuel Garrido Palacios. 2006/2008

30/11/08

LA SOLEDAD DEL EDITOR DE LIBROS


Del ala de una gaviota que atravesaba el cielo se desprendió un grano de arena, un solitario grano que desde semejante altura empezó a descender despacio, a dar tumbos según los vientos y a cruzar nubes y humos hasta que vino a caer en la duna infinita del desierto.
Esto, que no es más que el principio de un cuento, se podría completar con dos finales bien diferentes: 1º) Ante tantos millones de granos de arena, el recién caído se sintió pesimista al creerse perdido en aquella inmensidad, convencido de la inutilidad de todo esfuerzo porque allí acababa su existencia. Y 2º) Ante tantos millones de granos de arena, el recién caído se sintió optimista al verse libre de la soledad de los aires por los que había viajado en las alas de la gaviota, y ante aquella multitud de granos de arena que lo recibía, dijo entusiasmado: “¡Jo, qué ambiente!”. Todo esto, claro, imaginando que los granos de arena tengan capacidad de pensar, hablar, entusiasmarse, ser optimistas, pesimistas o lo que les venga en ganas, que eso está por ver.
Ahora cambiemos el grano de arena por un libro. Cuando hace décadas publicábamos en el Grupo Santafé la Colección Litoral, que me cupo el honor de co-dirigir junto a José Manuel de Lara, los diez libros que llegamos a sacar a la calle fueron no más que diez granos de arena desprendidos de las alas de una ilusión pura y dura (no había ni gaviota para cuadrar la metáfora). Los libros volaban por los aires confusos de aquel tiempo y llegaban al desierto editorial, que era esta ciudad, con ese pesimismo de creer que acababa su vida, ya que aquí no había editoriales, ni libros, ni iniciativas personales que movieran el cotarro; es decir, no había otros granos de arena esperando, ni las instituciones soltaban plata para amortiguar la caída, ni tampoco los promotores de aquella aventura nos pusimos a pedir subvenciones, ni imaginábamos que pudiera venir una ayuda de algún sitio que no fuera la venta de ejemplares. Lo cierto es que intentábamos pagar a la imprenta y no siempre se cubrían ni los gastos. El único apoyo reseñable era cuando conseguíamos pasar el virus del entusiasmo a los sufridos impresores para que nos permitieran hacer el pago de su trabajo tarde y mal. Aquí no cabe lo de tarde, mal y nunca. Lo dejaremos en tarde y mal. La verdad ni mata ni ofende.
De pocos años a esta parte ha surgido en Huelva la Editorial Onuba, que dirige Manuel Ortega, hombre cercano al libro desde su juventud, que no sólo se atreve a sacar las obras de autores que él considera, sino que se permite elevar el listón editorial convocando todo un Premio Onuba de Novela, que ya disfruta de su 4ª edición, vale que sin dotación económica, pero también sin que su coste salga del bolsillo del contribuyente. Premio Onuba al que han optado esta vez obras de los cuatro puntos cardinales en número considerable, o sea, por seguir el hilo, obras o granos de arena que andaban volando por ahí sin saber en qué punto iban a caer.
El libro hoy por aquí, gracias a Ortega y a otros que se meten en la aventura, empieza a tener, con el Premio Onuba de Novela, su rito propio, su jurado, su criterio, su lectura, su gala y su edición de esmero. A esto hay que añadir el prestigio que el Premio va acumulando merced a la calidad de las novelas ganadoras y a los escritores premiados en anteriores convocatorias, que vienen a dar el testigo a los nuevos galardonados porque reconocen que esta iniciativa, pionera en estas tierras, ha supuesto un importante impulso en sus carreras literarias. En 2005 fue el onubense Rafael Rodríguez Costa con "El niño que quiso llamarse Paul Newman". En 2006, el asturiano José Ángel Ortiz con "Buenas noches, Laura". En 2007, el madrileño Francisco Martín con "Confidencias vacías", y este 2008 el burgalés Miguel Ángel Núñez con "El Magistral hereje". El Premio Onuba de Novela se ha analizado ampliamente en estos días en un acto organizado en Zalamea la Real, pueblo siempre atento a todo latido cultural que pueda producirse.
Afanes y nombres que Manuel Ortega va sumando a su proyecto, sin duda, merecedor de todo el respeto que merecen las cosas bien hechas. La suya es una labor callada en la soledad de su taller de editor, algo que hace decir al grano de arena que cae en su ámbito, o sea, al libro que sus máquinas acaban de parir: “¡Jo, qué ambiente!”.




© Manuel Garrido Palacios. 2008

25/11/08

HISTORIAS DE UN DESTIEMPO

Portada de Héctor Garrido. Editorial Onuba 2008
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Artículo de Manuel Moya sobre el libro de
Manuel Garrido Palacios
HISTORIAS DE UN DESTIEMPO
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Desde que en 1998 Manuel Garrido Palacios diera a las imprentas mallorquinas El clan y otros relatos, libro en el que ya daba cuenta de un mundo personal e intransferible que se encontraba en los límites de lo real, su autor ha ido escarbando en un universo que tiene tanto de onírico como de real, tanto de cotidiano como de mágico, todo ello localizado en un tiempo que es a la vez destiempo, donde muerte y vida no forman nociones distintas de lo real, sino que se imbrican, se funden, forman parte de un entramado que tiene mucho más que ver con los intramundos que con el mundo conocido propiamente dicho. No otra cosa ocurre, por ejemplo, en sus novelas del ciclo de Herrumbre, lugar que sólo existe a través de los hilos, los desórdenes y las trabazones de la memoria, y donde el tiempo se convierte en un pasado continuo que ni empieza ni acaba porque su transcurrir es del todo indiferente, puesto que las cosas suceden en un pasado ajeno al tiempo, es decir, en el más puro destiempo.En la escritura narrativa de Manuel Garrido Palacios, el tiempo, o el destiempo, como prefiera, aparenta jugar un papel residual, ajeno al conflicto que una y otra vez aqueja a los personajes, pero aceptemos que es esta cierta ausencia temporal, la que determina la atmósfera pasmosa y pasmada en la que se desenvuelven las vidas de estos habitantes del destiempo, que parecen moverse como cautivos, como fantasmas atrapados en una botella de cristal, abombados por la distorsión de ese lente, lo que inevitablemente nos acerca a los espejos del callejón de los gatos de Valle. Y es que el mundo de Manuel Garrido Palacios, que tanto tiene de rulfiano precisamente en la acotación mágico-temporal y en esa cierta obsesión por el destiempo, se sostiene sobre un mundo esperpéntico, pues cuanto Manuel nos propone está visto desde la deformación de una realidad que unas veces nos parece extrañamente cómica, trufada de obsesiones variopintas, escatológicas, entre cuyas bambalinas se esconden Bocaccio o nuestro Arcipreste, mientras que otras veces se muestra trágica, si bien la tragedia, al deformarse, presenta rasgos que la suavizan, humanizándolas.Pero centrémonos en la deformación de la realidad, capítulo en el que Manuel Garrido Palacios ha encontrado su horma. Tal deformación habría que atribuirla acaso a su larga trayectoria como hombre de cine, a esa impronta de maleabilidad que el cine impone sobre lo real, pero también, claro es, a que Manuel, procede de un territorio mental donde las cosas no eran exactamente lo que aparentaban y la razón se sostenía a duras penas y sólo en zonas muy concretas de la existencia, porque todo giraba sobre una cierta proyección mítica, legendaria, ficcional, en el que el hombre era un simple muñeco sojuzgado por los hilos del destino y la naturaleza. Hoy, cuasi desaparecido ese universo que aún nos unía umbilicalmente a lo mítico, nos queda la escritura de Manuel que pervive y persevera en ese universo mágico y cotidiano en el que voluntad es todavía destino y en el que Naturaleza es todavía razón.Manuel es un escritor puramente atmosférico, que sitúa a sus personajes más en el espacio que en la cronología, más en sus arduos conflictos y en sus extravagantes derivas a que les arrastran sus recovecos internos. Las acciones que traza el libro que nos ocupa, discurren en trazados temporales, pero lo interesante de los personajes y las acciones no está tanto en el discurrir como en el ser de cada uno de los personajes que aparecen por estas páginas que se esfuerzan en seguir una partitura descabalada, que es en realidad una sucesión de pequeñas luces en la vastedad alucinada de la conciencia.Como lectores poco nos importa en qué lapsus temporal o espacial se las arreglen los personajes de estas Historias de un destiempo, sino la luz que proyectan sobre nosotros, así como la capacidad de penetración que atribuimos a unos seres que al ser fruto no de una realidad exterior sino de un universo interior, nos llegan de una manera más subrepticia, pero más intensa. Porque hay escritores que cuentan, que fijan una historia y la van bordando, mezclando y anudando los hilos con precisión, componiendo un tapiz en el que somos meros espectadores de una historia o de un prodigio; son escritores sedativos que todo lo dirigen a la narración de una anécdota más o menos compleja y más o menos ilusoria y previsible, pero que son incapaces de bucear en ese pozo de luces inquietantes que es el hombre. Sin embargo Manuel nos deja en los apeaderos de una región desconocida, ajena al tiempo y sus miserias, donde uno se reencuentra con su memoria genealógica, con los tablones de un hemisferio apolillado, sí, en tenguerengue, sin duda, pero que aún corre por nuestra sangre.


© Manuel Moya. 2008

23/11/08

FÉLIX GRANDE




“He querido expresarme
Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley”.
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El bardo habló y dejó su eco. Poeta andaluz por auto adopción, porte de senador romano nacido en Mérida, criado en Tomelloso, madurado en Madrid, Premio Nacional de las Letras con su obra Las Rubáiyatas de Horacio Martín, un día se asomó, o buscó o se encontró en medio del misterio del flamenco y quiso compartir la visión con todos a través de su palabra. Lo primero que hizo fue explicar el concepto en su libro Memoria del Flamenco, buen punto de partida para lijar especulaciones y dedicar la atención al meollo. Una cita suya dice que “… flamenco, en siglos pasados venía a significar cantor. Carlos Almendros y Fernando Quiñones hacen derivar el término de Flandes por la identificación que se hacía en la corte de Carlos V de flamenco con cantor, lo que llegó a hacerse del dominio público. En la Corte de Carlos V, rey flamenco, los cantores de su capilla eran de Flandes [...] y se acudía a ellos para nutrir las demás [...] si se cantaba de modo solemne y, por así decirlo, profesional en los ámbitos referidos, resultaba lógico que el pueblo acostumbrara a considerar al flamenco (de Flandes) como sinónimo de cantor. El Emperador llevaba siempre en sus desplazamientos por España a sus cantores flamencos. Ello cooperó a que entre las gentes se extendiera la fama del flamenco‑cantor; y el sinónimo se hubo de hacer, por fuerza, del dominio público. En los libros del Coro de la Casa de Medinaceli aparece consignada la palabra flamenco y flamenco primero al principio del pentagrama, precisamente en el lugar destinado a las voces o cantores (...) Fácil fue ya el paso de la denominación flamenco a los cantores populares por parte de las gentes a partir del siglo XVI”.
Lo flamenco se hizo costumbre en la voz y en el atuendo. Lope de Vega, en la comedia La Nueva Victoria de Don Gonzalo de Córdoba, hace decir a Bernabé: “Para camino tan largo / mejor es no mudar traje, / demás de ser tan bizarro / este que llevas ahora; / que las mujeres han dado, / digo algunas, en querer / vestirse por modo extraño / han hecho hacer de algodón / como las flamencas, aros, / el talle por las rodillas / el chapín de vara de alto / con que cuando se desnudan / de más cáscaras y trapos / que de un palmito de Valencia / sale un espíritu flaco”.
Félix Grande, para quien la poesía “es un estado de gracia”, partió de ese puerto para describir los paisajes de asombro creados en los poetas cultos por los poetas iletrados, que en tres líneas de memoria lo contaban todo y dejaban el ánimo en vilo. Habló de Gustavo Adolfo Bécquer, admirador del Fillo, cantaor flamenco al que nombra en sus obras, y valoró la fusión expresiva del payo y el gitano, que en un siglo largo dieron cuerpo al flamenco cantado, bailado y tocado, creando un arte nuevo con los elementos más comunes, más a mano: el dolor, por ejemplo: “La pena y la que no es pena / toda es pena para mí…”
Trajo a Bécquer, a Juan Ramón, a los Machado, a Federico, a él mismo en Alosno, aprendiendo en silencio lo que es capaz de decir el sentimiento con las mínimas palabras, con un escueto restallo del alma. Una noche escuchó a un alosnero en el mostrador de Paco:

Arroyo no corras tanto,
mira que no eres eterno,
que te quitará el verano
lo que te dejó el invierno.

De todo esto habló Félix Grande. Y de las mismas voces de los que lo escuchaban se llevó un fandango que parece emparejar con los densos tratados de filosofía:

Si porque te ves que subes
crees que no has de bajar,
mira las nubes del cielo:
ayer eran agua de mar,
mañana, charcos del suelo.

El bardo habló y esparció su eco. Eco perdurable, claro, porque ese latido misterioso, como dice otro grande, José Manuel de Lara, en un poema: “…cuando deja su nombre, no se ha ido”.

© Manuel Garrido Palacios 2008

17/11/08

BERGAMÍN


«Aquí estoy en este ahora / que es como un ahora eterno: / un ahora en que soy niño / y soy joven y soy viejo»
Cuando me disponía a hablar sobre el autor de estos versos contenidos en el libro Esperando la mano de nieve, de José Bergamín, se me fue la intención sin apenas notarlo hacia su editor, Manuel Moya, cuya obra lírica (premiada y reconocida por esos mundos) llenaría columnas para hacer un templo. Sin embargo, esta vez la reflexión no me venía de sus versos, sino de su formidable obra editorial, una de las más importante de esta provincia, teniendo o sin tener en cuenta que su feudo se levanta en Fuenteheridos, punto geográfico que podría considerarse aislado y que no lo es, entre otras razones, por su labor callada, diré mejor: tan templada de voces en su forma y en su fondo, tan de criterio majado en la marmita del saber distinguir la paja del grano.
Manuel Moya, en La Huebra -una de sus colecciones de libros-, ha sacado Esperando la mano de nieve, de José Bergamín, con estudio-prólogo a su cargo sobre la persona y su obra. La Huebra la pueblan autores nacidos en la Sierra de Huelva o que han dedicado sus textos a ella: Muñiz, Nogales, Labrador, Hacha, Arcensio, Arias Montano, Nieves Romero, Duque, Pizarro, Lunar, Juan Delgado, Ortigoso, entre otros, o que la han fraguado en el seno de su paisaje, como es el caso de José Bergamín, nacido en Madrid en 1895 y «refugiado temporalmente» en Fuenteheridos en 1980 donde concibe este libro: «uno de los textos más conmovedores de la lírica castellana -al decir de Moya-, acaso su poemario más deslumbrante y que viene a escenificar su despedida del mundo», inexorable adiós que ocurre en Donostia cuatro años más tarde.
Sus versos –no un poema aislado, sino toda la obra- saben a ocaso, a lubricán, a estar andando entre dos luces con pasos que intuyen el camino de las sombras totales: «El paisaje es fantasmal / a mis ojos de fantasma. / El sol de otoño platea / el oro que arde en sus brasas. // Se va volviendo ceniza / la tarde, que el sol apaga / al mismo tiempo que va / apagándose mi alma. // Esta sosegada paz, esta silenciosa calma, / es la muerte la que viene / generosamente a dármela».
Sigue: «Yo creo que tengo un alma / y no sé por qué la tengo, / ni para qué, si, al tenerla / no sé que la estoy teniendo. / Un alma que se ha dormido / hace muchísimo tiempo / y está soñando mi vida / sin despertar de su sueño» «Estoy oyendo tus pasos, / muerte perezosa y larga, / cuando escucho tu silencio / con los oídos del alma. // La escucho como lluvia / cuando cae sobre el agua. / Y la música celeste / de las estrellas que callan».
Tenemos en Bécquer la imagen del arpa en el «ángulo oscuro» del salón, «de su dueño tal vez olvidada [...] esperando la mano de nieve», que sepa arrancar las notas de su corazón de cuerdas. Creo que Manuel Moya, con éste y otro medio centenar de títulos que adornan su trabajo de editor, es esa «mano de nieve» que ha rozado las obras para que suenen o vuelvan a sonar en este mundo «estrepitoso y palabrero», en palabras de Bergamín, para que cada cual escuche en el silencio de su alma, su corazón, «que también es silencio».


© Manuel Garrido Palacios. 2008

16/11/08

FIESTA DE DISFRACES

Los poetas: Alexis Diaz Pimienta y Uberto Stabile
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“Parece que fue ayer”, dice Alexis Díaz Pimienta (La Habana, 1966) en el primer verso de su libro “Fiesta de disfraces”, Premio Internacional de Poesía Los Odres, de la Fundación López Rejas. Publicado en Calambur, el editor anota en la solapa que la obra es “una reflexión sentimental sobre la identidad, las caretas, el fingimiento”, con su pátina de “melancolía encubierta” dentro de un “festín poético de lenguajes y metros”. Y el poeta confiesa, --por cierto, ¿con quién se confiesan los poetas?--: “Yo tengo un rostro aquí y otro mañana; / tú tienes otra máscara debajo”. Es así que el rostro es la máscara que nos ponemos cada amanecer como foso a veces insalvable en la relación humana, algo que “nos protege de los otros y de nosotros mismos”, a sabiendas de que “cada hombre es él, y su continuación / y la continuación de otro”.
“A todos, todo, nos parece que fue ayer”. Y al decir “ayer” vemos que la palabra se diluye como azúcar en el café que reposa en el velador, en ocasiones, cabal confesionario. Nos atamos al ayer porque no hay otro amarre. A lo demás lo llamamos esperanza, pero la estela no está en la proa del camino, sino en la huella del paso, en el ayer, en el pasado. Hablamos del presente y el presente no existe. Lo que se dice ya no es presente. Hablamos del pasado y el pasado no existe. Lo dicho ya no se recupera. Hablamos del futuro y el futuro no existe. Nadie sabe si podrá decir algo mañana. Sólo tenemos sensaciones de lo vivido y las llamamos pasado; de lo que soñamos vivir y las llamamos futuro; de lo que se nos escurre entre los dedos y las llamamos presente. Al final la vida es 'eso' que pasa sin que percibamos que pasa. Y removiendo ese primer café que nos despierta nos sorprendemos al descubrir que sólo somos ese pasado más un sueño. Machado pone en la voz de Juan de Mairena que “hoy es siempre todavía” y otros, como Arcensio, hacen de este pensamiento copla para que se cante: “Vamos viviendo, / que tiempo habrá de sobra / para ir muriendo”.
Para Alexis Díaz Pimienta, “ayer es la categoría más exacta del tiempo”, porque “hoy es un sitio abstracto” y “mañana es conjetura”, un hablar por hablar, un a ver qué pasa. “Ayer es el sitio en el que todo / parece haber sido”. Ese ayer tiene sus recodos, matiz que él versifica diciendo que “hay una curva del destino / en la que se bifurcan los recuerdos / nadie sabe hacia dónde / en la que es necesario atarse al mástil”.
Alexis Díaz Pimienta estuvo en Huelva un sábado y se marchó un domingo. Acudió a una lectura de poemas que le había pedido Uberto Stabile sobre el libro premiado. Uno de ellos dice: “Después de tantos años / diciendo que mis días favoritos son los jueves / que me gustan la lluvia, las palomas / los rones vespertinos, los boleros, / después de tanto tiempo confiando en el azul / y en las ventanas transparentes / resulta que amanezco con fotos rotas / en un charco de lágrimas / con las córneas llenas de colillas y cactus / con palomas muertas sobre los aleros / como si fuera viernes o domingo”.
Llueven lágrimas en todo tiempo a poco que se remuevan las nubes del alma, y le surge la pregunta: “las ganas de llorar cómo se quitan. / No el llanto, sino las ganas de llorar incontrolables, / cuando la soledad se llena de rostros ausentes, / de seres queridos que en algún sitio de otra ciudad / preguntan también cómo se quitan las ganas de llorar”. Ausencias; trozos de un pasado que talló al ser humano: hoy es lo que era, pero más crecido el cuerpo, igual de tamaño el alma: “De niños nos preguntábamos / dónde empezaban las líneas del tren, / siempre inabarcables con la vista. / Nos aburríamos de nuestros trenes de juguete / que daban vueltas y más vueltas / en el suelo del cuarto; / soñábamos con escaparnos algún día / en un tren verdadero, / hacia la nada. / Ahora sabemos que todo tren / parte de un pañuelito húmedo / que alguien agita en su memoria”.
Alexis Díaz Pimienta ha sacado a la luz otros libros de verso y prosa, como En Almería casi nunca llueve, Pasajero de tránsito, La sexta cara del dado, Los actuales habitantes de Cipango, Yo también pude ser Jacques Daguerre, Confesiones de una mano zurda, Prisionero del agua, Maldita danza o Salvador Golomón, que le han valido, aparte del Premio Los Odres, otros internacionales, como los de novela Luis Berenguer y Alba/Prensa Canaria, o los de poesía Emilio Prados o el Ciudad de las Palmas de Gran Canaria.
“Todo parece que fue ayer”, o que por pasar tan rápido, es como si no hubiera sido. En palabras del poeta: “pero si a todos, todo, nos parece que fue ayer, / entonces habrá sido ayer, / y punto”.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

11/11/08

UNA ORQUESTA DE ÁNGELES

Detalle de un óleo de Anne Vallayer-Coster (Paris, 1744-1818) Louvre.
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Llueve en Bollullos par del Condado un domingo cualquiera. Llueve para llenar mil barriles. Dejas la carretera, intentas preguntar en el pueblo dónde está… pero no ves a nadie a quien hacerlo, y no porque sea temprano, ni porque sea Bollullos par del Condado, ni porque sea un domingo cualquiera, sino porque llueve con tanto afán, con tanto entusiasmo de las nubes que apenas hay un bar abierto a estas horas para despejar los sentidos con un café a tono con el tiempo y orientarse.
Al fin un hombre que pasa hacia sus asuntos: «Buenos días», me indica que lo que busco está «por esa calle arriba-arriba. Tenga en cuenta los charcos». Me gusta recorrer «esa calle» como único transeúnte hasta desembocar en la plaza mojada del Sagrado Corazón; allí tiene su sede el Ayuntamiento y se ubica la hermosa iglesia de Santiago Apóstol con su nido y su campana. Pero ni un ser humano asoma por esquina ni balcón. Lo que sí distingo es, de fondo al picoteo de las cigüeñas de la torre, un leve eco de sonidos que, a falta de otras voces, van dirigiendo mis pasos.
Al rato entro en el Conservatorio de Música y conforme subo la escalera el latido de una orquesta se me hace más presente. Abro la puerta de la sala y toda la gente que antes no vi por el pueblo, está allí sentada presenciando el ensayo del concierto que darán los más jóvenes, los más nuevos, en el Teatro de Valverde del Camino el miércoles a la caída de la tarde.
La primera impresión que anoto es la de haber sorprendido a los ángeles bollulleros interpretando a los grandes clásicos. Se trata de jóvenes solistas que, con sus especialidades en trombón (Miguel Ángel Navarro), trompeta (José Félix Santos), flauta (Paula Caballero), clarinete (María Parreño), guitarra (Celia Fernández y Saúl García), violín (Juan Castilla) y piano (Penélope Carrasco), darán vida a obras de Gabriel Fauré (Après un Rêve), Henry Purcell (Concierto en Si b Mayor), Gluck (Eurídice), Wolfgang Amadeus Mozart (Concierto en La, K. 622), Antonio Vivaldi (Concierto en Re Mayor –largo-), Rieding (Concierto en Si menor, op. 35) y Juan Sebastián Bach (Concierto en Fa menor), acompañados por la Orquesta de Cámara de Bollullos ‘Manuel de Falla’, creada en 1993 a impulsos de un grupo de padres del pueblo con la intención de despertar en los hijos algo más que lo de siempre, creen llegado el momento, siempre a base de esfuerzos, de consolidarla como una más dentro del panorama musical andaluz.
Uno se siente contento de saber que parte de los impuestos que se lleva Hacienda sirve para algo tan bello y tan útil como esta educación universal del espíritu, y se alegra de haber pasado la mañana observando cómo José Joaquín Camacho ha dirigido a la treintena de músicos, entre 13 y 20 años de edad, que con el fin de elevar su nivel, reciben semanalmente, además, la visita de Profesores de la Orquesta Sinfónica de Sevilla.
Uno comparte el pulso de este pueblo que por la mañana le pareció desierto, ignorante de que la energía de la gente nueva, la «que no dejará desiertas ni las calles ni los campos», en palabras de Miguel Hernández, ya se estaba empleando felizmente en hacer música como los propios ángeles.

© Manuel Garrido Palacios 2008

2/11/08

GAITERO DE CABORANA

"La gaita que es sotil". Cant. M 350. Según el Poema de Alfonso XI.
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Agapito construye gaitas y las toca en La Reguera, Caborana, (Asturias). Usa torno de pedal en vez de eléctrico porque cree que es más bello hacerlo todo de manera artesanal. Desbasta la madera, la alisa y la taladra con una barrena por un extremo hasta los medios y con otra hasta el final. Eso, hablando del puntero, del pito, que es lo que canta la melodía. Luego mete en el palo el escariador de acero y lo ahueca hasta darle su calibre. Dice que el mejor constructor de gaitas que hubo en estas tierras fue Antonín de Cogollo, y me muestra varios de los modelos que guarda y que hizo él. Emplea madera de tejo que le traen de Cabañaquinta. La deja secar porque verde no es buena para la barrena. Una vez hechos los agujeros viene el retoque. Me indica que por el soplete entra el aire al fuelle, que lleva un depósito para que la saliva no lo pudra, porque esa humedad es dañina para estas piezas.
Si el puntero es la flauta, el roncón que lo acompaña es el bajo. Éste requiere madera de ébano de Guinea o de Cuba. El boj también es bueno para el puntero porque tiene un sonido dulce. En Asturias se cría en los huertos. Para el fuelle seca piel de cabrito o de cordero y la forra de terciopelo, faena que hace su hija. A veces le dicen que la gaita que vende es cara, pero si se suman estos gastos con los tres días que tarda en terminar el instrumento desde el tronco en bruto hasta que toca, piensa que cobra lo justo.
La gaita gallega es como la asturiana. Una u otra, o lleva la pajuela para que cante sola o se construye para que cante en conjunto. Para afinarla coloca la pajuela y va rodando el roncón hasta que coincide el tono con el del puntero. Tiene su gaita favorita, que nunca estuvo en venta. Todas las que salieron de su taller tienen contentos a sus dueños. Las que esperan ser recogidas lucen su cartel con el destino: Cangas de Onís, Gijón, Sama, Cudillero, Oviedo. Quien dice gaitas enteras dice pitos o punteros, roncón, ronquillo y ronquete. Aun siendo constructor de ellas, lo llaman para que toque danzas en las fiestas, con lo que saca sus extras para esto o para lo otro, que en las casas, ya se sabe, todo es poco.
De Galicia vino huérfano siendo un niño a vivir con la abuela a Asturias. Viajó en un barco desde Vivero a Pravia por cinco pesetas de entonces. De Pravia, en un tren hasta Ujo y otro hasta Moreda. Un tío suyo lo llevó a las minas poco después y en ellas se inició en el duro trabajo de ramplero, de caballista y de ayudante. Lo hizo tan temprano porque traía el entusiasmo de poder comprarse una gaita asturiana. Así que con los primeros dineros ganados fue a Mieres y compró la gaita deseada. De La Industrial Asturiana pasó de picador a La Hullera Española, a todas horas pensando en tocar la gaita y en hacerla. Buscó herramientas y hoy sus gaitas están en América, en Europa, en Asia...
Le gusta que la gente lo aprecie, aunque algunos sólo vean en él al minero jubilado. Cuelga diplomas del muro y mientras los leo él hace sonar la gaita que le he comprado. Así transcurre la mañana entre un artista sereno, de mucha labia, y un andariego del sur, que no sabe qué decir ante tanta sensación.

© Manuel Garrido Palacios

29/10/08

VERSOS DE CARMEN CIRIA


Cuando participo por ahí en un acto literario suelo cerrar leyendo obras de gente de mi entorno a la que admiro. Así he compartido con diversos auditorios poemas de Juan Delgado, Lara, Moya, Abelardo, Uberto Stabile y otros, sin que ellos lo supieran. Hablo de sitios a la mano como Calcuta, Nueva York, Dublín, etc.
Hace unas semanas presenté en Paris la reedición de un libro mío y, según esta costumbre, leí poemas de Carmen Ciria, a la que Stabile tuvo el acierto de incluir en Mujeres en su tinta, Antología de voces poéticas femeninas, voz con un universo “próximo y contemporáneo, lleno de ironía y sentido del humor, como refleja el magnífico poema Amantes glaseados”, que dedica a Simone Ortega y sus recetas. Ese fue el poema leído: “Se escogen los recuerdos más delicados y los momentos / de epifanía, y se les raspa la piel / con el filo de un cuchillo. / Se les quita toda la nostalgia y las palpitaciones / que aún provoquen y se lavan bien. / Si son recuerdos pequeños, cotidianos, / se dejan enteros, / si son grandes, llenos de pasión y alma, / se cortan en dos a lo largo. / Se meten en un cazo con el agua fría, la mantequilla, / el azúcar y la sal. / Se recorta un papel grueso, impregnado de ganas de librarse de ellos, / de confianza en el futuro, / y se mete dentro de la cacerola / tocando casi los sentimientos. / Se cuecen a fuego vivo / hasta que se haya consumado el dolor. / Cuando llega este momento / los recuerdos están a punto para ser olvidados. / Se sirven en fuente honda, acompañando al corazón / de la cocinera, salteado y con pimienta”.
Carmen Ciria acaba de publicar Árbol de invierno, libro que recoge su última cosecha de versos y que se lee con el mismo placer que sus anteriores: Espacios y distancias, La Luz y el Unicornio, Es hora de la Fuga, etc. A pesar de la rala edición de la obra, los versos de Carmen Ciria destilan Poesía con mayúscula, ajena a los laberintos que se vierten en la solapa sobre horizontalidad y verticalidad de no sé qué. Más allá de estas cosas, de premios, cargos, gestiones y otros adornos innecesarios, Carmen Ciria ofrece una vez más una clara y recia obra de las que se releen, de las que se recomiendan, de las que se memoran, de las que se comparten en eventos, con el honor que merecen, fuera del agobio localista.
Se hurga en el alma para sacar lo que se puede; no lo que se quiere: lo que se puede; mucho o nada, es la diferencia esencial del jadeo humano por conseguir expresarse. “Un viento amatista pasó sobre la tierra / y ha sellado las fuentes de mi abismo”. El alma es un punto en el infinito que nadie sabe dónde está, pero está, ni qué es, pero es. “Sólo beber la Luz; sólo beberla”. Hay quien cree que la toca y no consigue más que plagiar algún triste tejer y destejer, quizás convencido de que el alma reside en la oreja, en el colmillo, en la barriga o tras la cortina del despacho. Frente a estas incertidumbres, en tantos casos: lo único reseñable, aflora en contadas ocasiones, sin hacer ruido, una voz poética que trae en su obra el perfume del alma, que anuncia que está donde “se abre esplendorosa la campiña” plena de latidos. Y se sabe que su expresión proviene de esa sede única por la belleza que encierra su equipaje de palabras tras haber capturado “un tiempo remoto que me aturde / y ya no sé / si es tomillo o marisma lo que huelo”. El lector entonces se reconforta y dice carne adentro: “clareando mis murallas, / hermoseó mi alféizar con su obsequio”.
Quien crea belleza, sea con palabras, notas, colores o rayos, construye una sola obra. En el caso de Carmen Ciria, el material es el verso, del que nace el poema con vocación de perdurar en una voz, en un libro como Árbol de Invierno. Dice Leonardo: “El punto se mueve y nace la línea; la línea se desplaza y nace el plano; el plano se eleva y nace el volumen; tus manos sacarán lo que lleve dentro…”.
Carmen Ciria no ha sabido, hasta hoy que lo escribo, que el auditorio parisino aplaudió su poema y quiso que lo repitiera. Parece poco, pero hay que sentir ese aplauso en la capital de Europa dedicado a la obra de una colega lejana; aún más lejana en aquellos días, en los que ella estaba en América, quizás buscando ese punto crucial que es el alma, guardando sensaciones con las que nos volverá a sorprender un día de estos.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

28/10/08

ULTIMA HORNADA


Un viento que no sabe lo que hace ha abatido un tiesto de barro al que tenía gran aprecio. La pieza estaba sobre un alféizar desde un San Juan de hace décadas y componía su color rojizo con la cálida estancia. Brillaba en invierno su panza con el fuego de la chimenea y un año fue improvisado nido de pájaros. He intentado recomponerlo con paciencia para que, al menos, lo que quede recuerde que era una orza castañera de dos asas de las que se hacían en Cortegana cuando Elías Borrero y Francisco –Morito-, ejercían como los últimos alfareros que quedaban en una de las calles más artesanas que tuvo este país.
Mientras pego los trozos se me vienen ambos a la memoria como pidiéndome cuentas del roto. Elías se autojubiló ese año. La hornada hecha ese día fue el epílogo de su obra. Un libro de amases creativos que cerró para siempre. No hubo modo de convencerlo para que esperara a ver si venía un renuevo al alfar, alguien que se interesara por el trabajo milenario y que retuviera en su mente los perfiles de los cacharros con tal de que siguiera dando vida con sus manos a lo que era patrimonio de todos. Elías me escuchó atento, encendió un cigarro de picadura y dijo que para qué el esfuerzo, que estaba cansado, que lo dejaba. Agradecía mis palabras de aliento, pero eran poco frente a la pasividad de instituciones que tendrían que haber defendido su oficio a tiempo.
Los tiestos de la hornada eran como un resumen, un barullo de pulsiones, un boquete abierto en la sensibilidad del artesano por el que se escapaban orzas, cántaros, búcaros, lebrillos, platos, macetas: algo simplemente útil, necesario. A partir de ese instante sólo saldría del alfar el silencio en vez del dulce chirriar del torno, del plof de la pellá sobre la rueda chica, de su jadeo diario. Su queja era por la marginación que sufrían los artesanos y por el bajo coste al que tenían que vender sus obras para vivir. Oficio callado, humilde, paridor de cuencos para agua o leche o rayos, adornados con la santa calma de la honestidad. Diez, quince o cincuenta pesetas de entonces llenas de tiempo detenido. Nunca por tan poco dio alguien tanto.
La obra de Elías quedó por la comarca en las cocinas, en las matanzas, en el hervidero, tiznada sobre el estreor, presente en la sed, colgada del muro encalado o expuesta al viento que no sabe lo que hace en un alféizar lejano. Conforme fumaba aquel cigarro Elías abría y cerraba sus manos como si se desprendiera de todo para dejarlas definitivamente vacías. No quise que la hornada de Elías rodara en sabe Dios qué abandonarios. Me la quedé entera, una parte para mi pequeño museo de cosas amadas y otra para compartirla con quien supiera apreciarla. Dije alfares. En la misma calle Peña quedaba en pie el de Francisco, Morito, otro más que tendría que lidiar con el tiempo y el desinterés de quienes podrían haber desviado la visión limitada que dan las orejeras. Mientras pego hoy la orza me invade el pulso de aquel día y se me puebla el alma de un nosequé triste, de una emoción pura que me mueve en lo hondo al pensar que cada trozo pertenecía a la última hornada de un artesano.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

25/10/08

SIN NOMBRE APARENTE


Suena el teléfono a unas horas en las que no ha de sonar a menos que sea una urgencia o un error. Y uno duda si lo atiende o deja que se agote el tiempo y responda la voz enlatada. Cuando cesa se descansa porque, fuera lo que fuera, seguro que no era tan importante. Pero no pasa un minuto cuando vuelve a atacar con unos timbrazos de los de retemblar la casa. Ante la insistencia uno se levanta, interrumpe su lo que sea y lo descuelga. Tras el «Dígame» de rigor se produce la sorpresa consiguiente. Se trata de un poeta que ha escrito unos versos a no sé quién por algún motivo y quiere que los escuches atentamente para que le des tu opinión y tal y cual.Te atreves a decirle al vate que a ciertas horas ya no se tienen opiniones ni se escuchan poesías, pero le da igual; casi te ordena que calles y pongas oído a sus paridas sin más contemplaciones. Y de nada vale defenderte preguntando si el poema es largo porque se te quema algo en la hornilla o te llaman por otra línea; no sabes qué inventar para cerrar un diálogo absurdo y tampoco parece cívico soltarle que vaya a leerle sus versos al culto oficial de guardia.Bueno está. El poeta arranca a leer su obra con notas al margen, es decir, que a cada renglón (él lo llama verso) hace un inciso para explicarte que tal metáfora significa esto o lo otro, y lo que tenía que durar cero minutos se convierte en martirio inquisitorial para que uno confiese que el poema es guay y que el Nobel le espera a la vuelta de la esquina. Así se pasa la eternidad de media hora, tan pensando estas cosas: «Qué pronto se va el silencio. Cómo después de gastado da dolor. Cómo a nuestro parecer cualquier otro poema fue mejor».Los últimos ecos te llegan con los ojos en blanco y el respiro hondo de estar más dormido que despierto, y a la pregunta de si te ha gustado o no lo que te ha dicho a través del hilo reaccionas porque intuyes que después de eso acabará el tormento: «Sí, ¡cuántos versos!» y aprovechas para cambiar el tercio hacia «¿Sabes lo tarde que es?». Mal asunto, pues el poeta telefónico ha escrito algo sobre la fugacidad del tiempo, o sea, de lo tarde que es, y te lo lee inmisericordemente con machaque de oreja y derrote de párpados.Al final es él quién tiene prisa y te dice que no te puede leer más porque no son horas; que mañana seguirá (suena a amenaza). Y ahí se corta la comunicación, a los treinta y un minutos, dejándote en una estampa lamentable en la que se te ve roncando agarrado a un teléfono sin que al otro lado haya ya nadie.Despiertas al rato, ves lo insólito de la postura, cuelgas e intentas recuperar tu vida, que puede ser más o menos así o asao, pero es la tuya. Y aún no has empezado a gozar del rato en paz que te corresponde cuando vuelve a sonar el teléfono. Es el mismo poeta (¿puede odiarse la poesía a veces?) preguntándote si en la primera llamada fue pesado o te molestó por la hora tan avanzada que era. Le dices: «Déjalo ya». Pero una vez que te tiene pegado al auricular, va el tío y recuerda que antes se le olvidó leerte una oda al descubrimiento de América con Colón al frente. Y te la lee entera. Claro, él no sabe que por el verso noventa uno ha cogido la tijera y ha cortado el cable del teléfono. ¿Para qué molestarte en colgar? Ya lo arreglarán mañana. O que lo dejen así.

© Manuel Garrido Palacios. 2008

19/10/08

CASTIGO AL IDIOMA

(Detalle de un óleo de Chardin, 1734)
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Si al entendimiento se le cruzan los cables cae en una maraña de nudos de la que resulta complicado salir. Al laberinto contribuyen, sin duda, las agresiones que sufre el idioma desde ciertos ángulos. Es lamentable el trato que se le da en algunos medios de comunicación. Por ejemplo, en un mismo día he escuchado en una emisora de radio estas tres frases antológicas: 1) “...el club ha sido multado con una multa”, 2) “...el cadáver permaneció muerto desde que lo mataron”, y 3) “...le disparó tres disparos”. Posiblemente quiso decir que el club fue sancionado con una multa, que nadie se atrevió a mover el cadáver y que le disparó tres tiros.
Quiso decir, pero no dijo. Estas perlas, soltadas con el desparpajo habitual de quien parece querer descubrirnos el idioma (y la radio de paso) dan noticia del empobrecimiento que flota en la forma de expresarse de quien tendría que hacerlo correctamente desde un altavoz de privilegio. Estar detrás de un micrófono no autoriza a destrozar un idioma; más bien a animar a fijarlo, a construirlo; en suma, a respetarlo.
Esto, que a medio oído suena a anécdota, a oído completo adquiere rango de categoría. Otros compañeros aportan ejemplos que se suman a los anteriores: 1) “...la fiesta se celebró en un ambiente festivo”, 2) “...el almacén ardió totalmente por culpa de las llamas del fuego”, 3) (aquí se muerde el verbo): “...el caballo y la yegua corrió por el campo”, 4) “..si yo sabiese que el míster me iba a alinear”, y 5) “...le dio tres muletazos con la muleta”. Etc.
Hay libros que recogen frases dichas por alumnos en plena formación: disculpables a todas luces: quien está aprendiendo no tiene por qué saber todavía; pero también hay gramáticas y diccionarios que traen normas útiles para manejar el idioma, no sólo en cuanto a acentuación o entrecomados, sino en la mera expresión. Aparte, los medios cuentan con sus propios Libros de Estilo, de los que podríamos sacar la esencia en pocas palabras: Lo que no suena bien, no está bien dicho; es un instrumento de música destemplado. Lo confusamente dicho responde a lo confusamente pensado.
Otras personas traen anotados estos casos: 1) Le pregunta el camarero a uno si quiere el vino blanco o tinto. El otro contesta: “Me es inverosímil”. 2): Uno dice a su esposa en un teatro: “Voy al patíbulo a fumarme un cigarro”. Posiblemente quisieron decir “me es indiferente” y “al vestíbulo”. Cuando un listillo presentó a otro a un tercero, le soltó: “...este hombre tiene un hijo que es ornitorrinco”. El tercero en cuestión miró al padre y éste, ante su gesto de asombro, corrigió con ironía: “De momento, es sólo ornitólogo”. Y para remate (si cabe) se cuenta el caso de un entendido en terminología jurídica, que pregunta al abogado que sale de la sala en la que se acaba de celebrar una vista: “¿Qué ha pedido el fiscal para Mengano?” “Ha sido muy claro: o varios años de cárcel o cien mil euros”. El otro le aconseja: ¿Dígale que coja el dinero”.
El idioma es la patria, dijo un sabio. Haciendo un símil, si el suelo, los ríos o el aire de la patria física los tratamos como un basurero abierto las veinticuatro horas del día, la patria hablada, el idioma para entendernos, se ve a las claras que venimos a tratarlo igual. Es como una inercia. Ya puestos...

18/10/08

VIBRACIONES de SEISDEDOS

(El busto es mío II. Óleo y cera sobre tabla. 122 x 122 cms. de SEISDEDOS para la exposición que se cita.
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Juan Manuel Seisdedos nos pintaba el mundo con los colores que él lo veía y algo aportó a nuestra forma de mirar. Hablo de los 13, 14 o 15 años de edad. A partir de ahí fue figura inseparable y un referente para los cuatro perros callejeros que merodeábamos por las calles Aragón, Ginés Martín, Piojito, Carnicero, Vega, Merced, Molino y otros andurriales del entorno. Todos de la misma hornada: Picúo, Cuartoquilo, Paquiqui, Juanini, Trabuco. JMS trazaba en nuestro lienzo virgen, sin proponérselo, las líneas que intuía para buscar horizontes más allá de los patios de vecinos en los que vivíamos. Una imagen que se me talló de aquel tiempo fue el cruce que tuvimos en la Piterilla. Él cargaba con un macuto y se iba a Bélgica. Yo lo veía desde la esquina y quería irme. Cierto que poco después ya estábamos todos de pingoneo por esos mundos, pero él los pintó primero al dar forma a sus sueños. Su práctica pictórica no paró ahí. Ya cada cuervo en su olivo, Juan Manuel Seisdedos se esforzaba por dar a cada cosa su color, por mostrar una variedad de tonos capaces de convivir, por abolir del aire que respiráramos cualquier pincel dictatorial, todo extremo chirriante que enturbiara el vivir para vivir. Nunca quiso vivir por esto o por lo otro, sino vivir para vivir, por el simple placer de vivir. No lo vi jamás emborronar el retrato de un ausente, sino usar con arte la difícil técnica de la conllevancia –de esto lo sabía todo Boni, su padre– para evitar la menor chispa que pudiera prender en el campo sequerón de aquellos tiempos. Militamos en la aviación, donde quiso pintar con palabras al Che en una de las clases magistrales de adiestramiento. No se lo permitieron. En el entierro de mi padre estaba el amigo Juan –inolvidable escena– como figura autopintada de marrón en un paisaje triste y terso. Yo sólo me atreví a pintarle a los Beatles y, menos mal, un día que había corrido el tinto más que de costumbre, me concedió la autoría del cuadro: Si tú dices que son buenos, son buenos. En la década de los setenta fue el éxodo generacional a Madrid –antes se había instalado Pizán–, cuya galería de cuadros no pintados en semejante época sería interminable si pretendiera hacer relación de ella; valga con nombrar el menú diario de veinticinco pesetas frente al café en el Plaza por cincuenta; Galería Seiquer, Tato, Cuevas de Nemesio, Paco Toronjo, Jesús Mojarro... Eran retazos de aquel mundo que, seguramente, JMS guardaba en su mente para sacarlos un día, igual hoy mismo en la exposición que acaba de abrir en el Convento de Santa Inés, de Sevilla, en la que alguna sensación habrá de entonces. Vibraciones es el nombre que reúne los latidos madurados sin tener que solventar con palabras cada por qué de los tonos que emplea: los plasma y basta. Allá cada cual con sus interpretaciones. Pintara aquello o esto, lo que sigue intacto en Juan Manuel Seisdedos es el asombro que despierta en los demás. Sin dejar de ser callejero, ni perro, continúa pintándonos el mundo con los colores que él lo ve, con las formas que lo siente, dando a cada acto de su vida, a cada cuadro que cuelga del muro de la amistad, ese punto de bonhomía con el que nació, desplegando esa paleta de sinceridad con la que se hizo.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

10/10/08

FOTOSPECTIVA


A una fotografía de Héctor Garrido
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El arte que despliega el fotógrafo es parecido al de la chispa contra el pedernal, a la llama de una cerilla, a la gota que colma el vaso. Grandiosamente breve, inconmensurablemente conciso. Cuando hablo de fotógrafos me refiero a fotógrafos. No doy más explicaciones. Creo que se entiende. En las demás artes el artista dispone de tiempo para la reflexión, para corregir tal o cual rasgo o para volver a empezar. El fotógrafo, en cambio, sólo tiene ese instante mágico en el que ha de ver el motivo, la luz, el encuadre y aplicar a su sensibilidad la técnica de foco, diafragma, velocidad y otros perejiles, y todo junto, y al mismo tiempo, y sobre la marcha. Sólo ese instante tiene. Cuando levanta el dedo del disparador, ya está hecho todo lo que había que hacer. Lo habrá conseguido o no según su propia exigencia, pero hecho sí que está. Lo más que le quedaría sería repetir la toma, a veces tarea imposible, tan fugaz es la magia del instante. Si aún puede, lo que hará será captar otra imagen, pero nunca ya la misma, porque el misterio de esa primera huyó, se esfumó, y es necesario buscar la sustitución, peor o mejor, pero siempre distinta en este o en aquel detalle. La fotografía alcanza entonces rango de arte y asume esta sensación para transmitirla a quien la comparta cuando el artista la publica en un libro o la cuelga en una exposición. Y hay tanto automatismo suelto por el mundo, que cuando uno observa la obra salida de ciertas manos, se reafirma gratamente en lo dicho. Digamos que unos labios pueden ser el desnudo más integral que pueda retratarse. Labios que dimensionan el gesto con sus comisuras, su equilibrio sereno, su rasgo étnico, sus vacíos y sus macizos; labios de los que pueden salir todas las peroratas que el ser humano tiene pendientes; vistos desde otro ángulo, labios cerrados, reprimidos, expuestos. Labios que podían retratarse captando en un sólo instante tantos matices, o dejarlos pasar desapercibidos, como más de mil veces ocurre. Ante ciertas imágenes el tiempo ya no se va porque quedó prendido en la magia de un instante. Según los versos del poeta Dabrio: «La breve eternidad de un instante». Soberanamente, además. Digo labios porque son ellos los capaces de decirlo todo o de guardar un sagrado silencio. Pero también una mirada como esta puede expresar más que todo un discurso, sea plomizo o alado, que una conferencia de tribuna y pedestal, que un concienzudo estudio sobre si son galgos o podencos en doce tomos, un prólogo y una propina. Nunca algo tan leve y breve llegó a un fondo tan hondo. Nunca un gesto silencioso fue tan elocuente. Una mirada es un rayo de ternura que te sale al encuentro en cualquier recodo de la vida, un filo terrible que penetra en el alma sin rozarte. Los seres humanos somos mutuos actores y espectadores de nosotros mismos. Nos miramos, pero no siempre nos vemos. A veces somos hasta transparentes para otros. Es a lo que llamamos indiferencia. Detrás de la mirada hay un camino que va desde el mar al desierto mauritano y que se para en una aldea fijada al mapa como Boutilimit. La joven de los labios y de la mirada guarda un chiringuito de fruta con cuatro plátanos y seis naranjas. La madre dormita. Ella mira. Toda África mira a través de sus ojos. Una luz perdida le ilumina el perfil y es como si el pensamiento le asomara. Todas las preguntas de los mundos africanos están en esa mirada sin límites, dialogo mudo de un mundo con el resto del mundo. O lo que es lo mismo: de dos de los mundos que conforman éste. Una mirada que espera respuesta cada día.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

9/10/08

BEATLES


a David Garrido Guil por su trabajo
DEL FENÓMENO BEATLE EN LA CIUDAD DE HUELVA
Memoria de Investigación.
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Universidad de Huelva

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Dice un viejo poema:

Sólo una cuerda
para arrastrar un juguete,
para pender de ella,
para atar un sueño,
para anudar el pasado,
sólo una cuerda.

Göran Söllscher ha grabado con seis cuerdas en los estudios de la compañía Deutsche Grammophon en Hamburgo diecisiete temas de The Beatles bajo el título Here, there and Everywhere. Y se me da al escucharlo que Göran es uno de los artistas de la nueva generación que ha descubierto este tesoro musical que tanto acompañó nuestro andar durante varias décadas y que la seguirá acompañando mientras haya aliento. En mi discoteca no tengo sus obras en las baldas del pop, sino en las de los clásicos. Creo que Mozart se hubiera divertido con ellos, y Vivaldi, y Bach, porque, entre otras cosas, de ellos proceden en sus concepciones melódicas y armónicas, lo mismo que Pink Floyd viene del latido de Gustav Mahler o Wagner. El guitarrista Söllscher no se ayuda de otra técnica que la de sus dedos, que lo mismo sacan de las seis cuerdas un minueto de Haydn que el Let it be de Lennon/McCartney.
Así las cosas me llega un segundo disco grabado por doce violonchelistas de la Orquesta Filarmónica de Berlín con temas de The Beatles, y un tercero, grabado en el Moyzes Hall, Bratislava, por la Slovac Philarmonic, con el título Beatles go Baroque, en el que Peter Breiner ha agrupado veinte de sus melodías en cuatro conciertos según los estilos de Häendel, Vivaldi, Bach y el último a lo grosso, todos con sus zarabandas, allegros, polonesas, fugas…, o lo que es lo mismo: Lady Madonna, Michelle, Girl, A hard day’s night, Penny Lane, Yesterday (quizás la melodía más bella nacida en el siglo XX) o cualquiera de las piezas contenidas en sus discos originales para mayor gloria del grupo y gozo nuestro.
Decía mi maestro Masats refiriéndose a la obra de cierto cineasta cuyo nombre no viene al caso: No hay que plantearse si es buena o es mala. La pregunta oportuna es si es o no es. En resumen, ante estas versiones que se suman a las que existen, uno piensa que lo que fue sigue siéndolo y seguirá así en la próxima tanda humana porque ya se encargan de ello los artistas que tienden puentes con su labor no sólo para transmitir la belleza, sino para que lo que nació para durar permanezca a nuestro lado como modelo. La verdad tiene de misterio que todo lo que se fragua con ella queda, pasa al futuro como hito. En cambio, lo que no es más que engaño del momento dura lo que la chispa en el pedernal, o sea, lo que dura la subvención que se le arrimó a cualquier seudogenio, por cierto, subvención es igual a dinero común.
Cuando los grandes trazaron las líneas de sus obras lo hicieron con tal escasez de medios, que asombra pensarlo. The Beatles grabaron sus primeras canciones usando un magnetofón de una sola banda (puede verse el aparato en las salas de Abby Road). Sobre un billar solía escribir Mozart en el pentagrama. No digamos Cervantes en la celda. La grandeza destinada a ser futuro no se solía tallar a golpe de subvención. Hoy, al revés, primero se obtiene el favor económico y luego se piensa a ver qué sale. Así no es de extrañar que ciertas cosas duren como eso que dicen que dura lo que dura dura.

© Manuel Garrido Palacios

24/09/08

ÁLORA


Fotografia: Héctor Garrido
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Paralelamente a mi libro 'Álora la bien cercada', ha salido otro de mi buen amigo José Morales dedicado al pueblo, al 'lugá', que él ha querido que sea 'una guía práctica para viajeros diferentes'. Libro necesario, por supuesto, porque Álora encierra tal cúmulo de voces por escuchar y prodigios por ver, que se hace necesario un mapa literario, esta guía, por ejemplo, si se es, como se espera, viajero diferente. Álora no es el pueblo por el que se pasa de largo; es el pueblo al que se va, en el que se para uno; pueblo con una plaza por mar en la que confluyen todos los ríos humanos que corren por sus calles. Pueblo de dichos y de gracia, de ingenio y de bondad, de sabor rancio, antiguo. Álora es pueblo que se sabe protagonista en uno de los más bellos romances que dio el Romancero Viejo en Lengua Castellana. Es, como si dijéramos, pueblo-pueblo, con su Rafaela lotera, con sus churros de mañana, con sus cafés donde se fraguan los negocios de la vida, la vida misma, con su sabor a alma y su olor a pan recién hecho. Esta es la Álora que está en par del río, cercada por el Adelantado una mañana en domingo, la que Morales disecciona para decir al viajero lo que el viajero no sabe. Y por si fuera poco, trae bellas ilustraciones del pintor Jacques Laulheret y está dedicado a 'todos los que hicieron algo por su pueblo'.
El índice nos proporciona una sabiduría de rutas, montes, tierras de Lagares, sierra, lo que pudiéramos llamar 'un a través de los tiempos', incluyendo el capítulo que engloba la relación con la iglesia: templos, Semana Santa y curas nacidos o vividos en la bien cercada Álora. Recoge luego un puñado de ritos y de tradiciones, habla del amigo común Pepe Rosas y termina con la muerte. Quiero dar noticia de la aparición del libro y repetir la última conversación que tuve con su autor, José Morales, en la que me regaló una de esas 'perotadas' finas, afiladas, sutiles como sólo del pueblo salen. Veníamos de Bobastro y bajamos del Torcal de Antequera para comer en el primer sitio a mano. Ya en la mesa me contó que uno del pueblo había querido ser sacristán, pero como era analfabeto, el cura lo había rechazado. Y por más que hizo el hombre, el cura insistía: 'Si no sabes leer ni escribir, ¿cómo quieres meterte a sacristán?'. Al fin, se consoló vendiendo cigarrillos a la puerta de la iglesia. De los cigarrillos sueltos pasó al paquete, del paquete a la caja, de la caja al puesto y así hasta que compró una casa para almacén y luego otra y otra. Una vez que era rico y tenía a su cargo cien empleados, se admiró el cura: 'Hay que ver, Fulano, lo que has conseguido siendo analfabeto. Me pregunto, si hubieras sabido leer y escribir, ¿qué hubieras sido­?. Y él contestó: 'Sacristán'.
Álora, con su gente, cumple lo que hace muchos años leí estudiando a Marcel Mauss; esto no es más que elevar la anécdota a categoría, consigna que la sentí en varias ocasiones en labios de don Julio Caro Baroja. Durante mi vida peliculera la llevé pegada como una lapa. Durante mi vida libresca la sigo llevando. Ya la consigna va conmigo, haga lo que haga. Lo que me parece maravilloso es que aún haya pueblos en los que este trabajo no sea necesario hacerlo; son sus propios habitantes los que dan la categoría hecha, sin que apenas haya rozado la trivialidad de la anécdota. Esto pasa en Álora. Esto se recoge en el libro que comento. Esto es, sin duda, el principio de la Etnografía. La que un servidor ama.

© Manuel Garrido Palacios

16/09/08

NERUDIANA


A los dieciocho años o así conocí a una mujer pareja en edad que me descubrió a un tal Pablo Neruda por un poema de un libro suyo en el que hablaba de naufragios y de «sentina de besos». Nunca tuve un ejemplar propio. Ni nadie. Cuando compramos un poemario, y más si los veinte poemas arropan a «una canción desesperada», nos llevamos un espejismo, una ilusión que el autor ha dejado suelta para que creamos que poseemos su Poesía, que vivimos ese cosmopoema continuo que nos figuramos que es su vida. Y lo que tenemos delante no pasa de un papel cosido a otro, y a otro, y a ciento cuarenta y tres más, con sus pastas gruesas, coloreadas, donde figura un título y un nombre.
Mi intención no era la de degustar poesía leída, sino hacerla directamente a, ante, bajo, cabe, sobre aquella mujer que se empeñaba en hablarme de Neruda («amada, amarra tu corazón al mío»), poeta del que empecé a tener celos, porque ella gozaba tanto al leerlo, que se debatía en orgasmos espirituales envuelta en el celofán de sus poemas. Quizás yo sólo quería decirle: «Aquí está el pan, el vino, la mesa, la morada, el menester del hombre, la mujer y la vida».
Al final, rompimos. «De pena en pena cruza sus islas el amor». A los dieci ¿cuántos dije? se rompe, se destruye, se lija el tiempo con pliegos del cero basto, se va y se viene como si se tuviera prisa por escribir sin escribir mil poemas de amor y desesperarse en una última canción. «Y establece raíces que luego riega el llanto». La semilla trabajada por ella no fue inútil: «desde entonces soy porque tú eres». Yo estaba vacío y la miés echada con buena mano fructificó dejándome ver que con las palabras podían pintarse los sentimientos: «Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte, nacen y mueren muchas veces mientras viven».
Al fin, los versos que Pablo Neruda ofrecía como muestra de sus dentros pasaron a ocupar un lugar en mi vida hasta el punto de entender de golpe, a través de su transparencia, al amor que tanto amé («No sé quién eres. Te amo»), ya perdido, y que me hizo sentir en su ausencia «los versos más tristes» muchas noches: «Ausente, por los sueños tu corazón navega / ... / es tu corazón el que reparte en mi pecho los dones de la aurora /... / te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma».
Treinta años más tarde presenté una película a un festival en el que se proyectó en sesión continua con otra de Antonio Skármeta, bellísima, cuyo nombre no recuerdo con precisión ahora, pero que podía ser «El cartero». (Perdona, Antonio). A la salida de la doble función pude expresarle mi admiración por la obra entera, pero, especialmente, por dos sutiles momentos. Uno es el ya conocido de querer leer la poesía de aquel poeta que no sabía que era poeta. Otro es cuando va a llevarse la policía de «la magna espuma de Isla Negra» a Neruda, con la tragedia de su país de fondo, y le repiten voces que no son de nadie y son de todos: «No tema, don Pablo, es un trámite, un trámite, un trámite». Skármeta hizo poesía visual sobre la poesía escrita al rescatar de la crudeza el eco traducido de aquella voz repetida: «supe que fui herido». Fue capaz de reflejar la sombra del «trámite» burocrático por el cual te cortan las alas de la expresión, te taponan las salidas del sentir. Por el cual te matan. Es el «trámite» que se aprieta en ese instante lindero entre la vida y la muerte. «Brasa negra del sueño /... / fundaremos un traje que resista la eternidad de un beso victorioso». «Trámite» de todo cuanto existe, siempre a tiro del poder, de la ambición; siempre con el dedo dictador a toda hora palpando el frío del gatillo. «Trámite», no para tomar el camino temporal de lo efímero, sino el que lleva «allí donde respiran los claveles».
No sé si aquel verso: «Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos», lo trazó su mano como epitafio, o si «El mes de marzo vuelve con su luz escondida» era un esperanzado latido con vocación de eterno, como lo es su obra. «Trámite» para los cuerpos. El alma aparece bien pertrechada sabiendo que «sólo somos un solo espacio oscuro, una copa en que cae la ceniza celeste, una gota en el pulso de un lento y largo río».
Cierto que «hoy es hoy con el peso de todo el tiempo ido». Fue un hoy cualquiera cuando me enteré a través del amor de aquella mujer nerudiana del nombre del poeta. También fue un hoy cualquiera de 1946 cuando Gabriela Mistral, al recibir el Nobel de la Academia Sueca, dijo: «Si el Premio era para honrar a mi país, tendría que haberse otorgado a Pablo Neruda». Hubo que esperar hasta 1971, otro hoy cualquiera, para que las mentes sabias que otorgan los premios acabaran de comprender «esta simplicidad sin fin de la ternura».
Posiblemente, lo mismo que al leerlo sólo poseemos un papel impreso, al premiarlo no hacían más que imprimir algo que ya estaba en el aire que habitaba el paisaje sobre el que Neruda había crecido como poeta: «Amo el trozo de tierra que tú eres /.../ y así recorro el fuego de tu forma besándote /.../ todo vive para que yo viva; sin ir tan lejos puedo verlo todo».

© Manuel Garrido Palacios 2008

7/09/08

PRAXIS


Artículo de José Mora Galiana
sobre el libro NOCHE DE PERROS

Un viernes de invierno, en Mairena del Aljarafe y diluviando, se concentraron más de 150 personas para dialogar sobre el pensamiento y la praxis de la liberación en América Latina. Conferencia, película sobre monseñor Romero y cine fórum fueron los tres momentos de la noche. Era una noche de perros. Sin pensarlo vino al recuerdo la obra de Manuel Garrido Palacios.
El animal humano asusta a veces a los perros. Pero el perro soporta al hombre, le quiere; arriesga su vida por el amo. En torno al hambre bailan vocablos añejos la danza de la muerte. ¡Mierda! Cuestión espinosa la del sentido de la vida. El viejo del acordeón estruja el libro sonoro entre sus brazos..., así escribe Garrido Palacios, enraizado en los Baroja, repleto de rasgos dramáticos, anecdótico, categórico, adulto con ojos nuevos en vía muerta. Y, sin embargo, ansioso de libertad, no sólo negativa, no sólo política, sino vital. Rebelde, primario, amigo del perro que no sabe dónde ir y se echa aquí o allá con los ojos cerrados -como si tratara de vislumbrar en la oscuridad el regreso del alma-.
«El perro se relame el hocico y nos mira como si acabara de descubrir a dos ingenuos filósofos recién llegados a este mundo». Sobre este mundo, «aldea global», cada uno se deja impresionar de forma bien distinta: sin fe en la espera o con esperanza: al atardecer de la vida o al clarear el día; en la bruma o en los sueños;rebuscando o indagando; en la taberna o junto a la chimenea; como una mota en el todo o siendo en los otros. Cada uno es uno mismo y el otro, así de relativo, así de prodigioso. ¡Bienvenida noche de perros!.
Una noche de perros unos matones asesinaron a varios cerebros y a una madre y a su hija. Se hizo eÍ silencio, tras las ráfagas descargadas. Tampoco se quiso investigar. ¿Qué es importante? No es de describir la risotada del carnicero blandiendo el arma manchada. El libro sigue empapado en sangre. Era el fin de una secuencia: ¡Más vale el amor que la guerra! Amor y muerte son pulsiones bien distintas y, sin embargo, ambas anidan en los animales humanos. Después vendría una relativa paz. Frente a la sangre, la palabra. ¡Nunca más el loco ir y venir de los ejércitos que juegan con la tecnología de las armas mortíferas, Unos avanzan hacia la vida, otros retroceden hacia la muerte. Uno mismo avanza y retrocede. Pero ¡cómo duele el retroceso! Si me matan, dijo Romero en marzo de los ochenta, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Dejemos el asunto en manos del tiempo.
El niño se anima por fandangos. Pare la perra, el perro ladra. Las mujeres ahogan sus voces enflorando las tumbas de los desaparecidos. ¡Nunca más la mortífera violencia! ¡Nunca más la guerra! ¡Ojalá se acallen las voces de los voceras! Que se paralicen las manos de quienes quieren exterminar tres mil millones de seres humanos. No se lo tomen ustedes a broma…«ladra el perro a lo que siente, /a lo que existe, al menor latido ladra...»
Dice Manuel Garrido Palacios en Noche de perros: «el perro no siente por el hombre asco, sino miedo, terror». Va en serio. Mejor silenciar el contenido de una conversación al final de los diálogos del cine fórum, aquella noche de perros. Dos animales humanos pueden matar a ciento cincuenta personas. Pero, «a Dios gracias», se restablece la calma... y nieva en la sierra. ¡Qué frío! «Somos personas».


© José Mora Galiana 2008

3/08/08

CANTOS DEL LLAMADO


Fotografia: Héctor Garrido
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En la isla de La Palma (Tenerife), la más occidental del archipiélago, se ha utilizado tradicionalmente para la pesca de la morena cualquier ‘peje’ –pez– que suelte sangre: caballa, sardina, bonito o atún. A esta ‘carná’ se le llama ‘engodo’ y a la acción, ‘engodar’. Eso, allí. Pero curiosamente, en Punta Umbría se dice ‘enguadar’ a lo mismo. En la isla de La Palma la morena acude al ‘chiflido’ o silbido que va haciendo el pescador, o al ‘engodo, enguao, enguado’, o al son de una cancioncilla que los que andan en la faena van repitiendo al remover las aguas, conocida como ‘Cantos del llamado’. Las dos estrofas más corrientes suelen ser: 1. ‘O, morenita o, / o, o morenita o, / que salga la hembra / y el macho no’. Y 2. ‘O, morenita o, / o, o morenita o, / que salga el macho / y la hembra no’. Dicen una u otra indistintamente. Parece más efectiva la música que la letra, aunque el hecho de nombrar al animal lleve su tinte mágico porque se está invocando su presencia. Hice en su día un documental sobre ello y lo acabo de ver en un congreso sobre estas costumbres que ya van camino de lo obsoleto. Por entonces me lo explicaron así en la isla: ‘Para pescar la morena hay que engodar, se viene engodando con el chiflido para llamarla y también con el canto. Y sale la morena, o murión. Suele salir la hembra desde antiguo. Es la sangre la que llama a la morena, que es voraz y mordiona. Ahora apenas se canta, sino que vale con el chiflido mientras se retuerce y se exprime el engodo. El sistema es que se hace un lazo con un alambre acerado y la morena sale de su escondite, se cuela por el lazo y queda presa; luego hay que golpearla contra el suelo hasta que muere. Yo no sé si atiende o no al canto, la cosa es que salir, sale. Lo que siempre he visto es que si uno le silba o le canta, la morena viene. La morena se vende luego o se lleva a casa para comerla’. Unos ejemplos de atraer a los bichos por métodos similares los trae Claudio Eliano en ‘Historia de los animales’: a) ‘Los pescadores de cangrejos han imaginado el medio de pescarlos con música. Los capturan con un pífano. Los cangrejos se ocultan en sus madrigueras y los pescadores comienzan la melopea. Al oírla, los cangrejos, como hechizados, se deciden a salir de su escondrijo y, ebrios de placer, salen incluso a la superficie del mar. Los flautistas vuelven sobre sus pasos. Los cangrejos los siguen y, cuando están en tierra, los cogen los pescadores’. b) ‘Los que viven a orillas del lago Marea [cerca de la desembocadura más occidental del Nilo] capturan sus chanquetes cantando con el mayor estruendo y acompañando el canto con el repiqueteo de castañuelas. Y ellos, como danzarinas, pegan saltos al compás de la melodía y caen en las redes dispuestas para su captura’. Aparte de ver el documental, esto viene al hilo por haber incorporado a la segunda edición del ‘Diccionario de palabras de andar por casa’ varios cientos más de entradas, como ‘enguao’, que es la ‘carná que suelta sangre para la pesca’, palabra tomada de los pescadores de Punta Umbría, como tantas otras que, sin duda alguna, han venido a enriquecer la obra.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

31/07/08

CICLOS


Fotografía de Héctor Garrido



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Te levantas una mañana como si hubieras encontrado aquello que buscabas sin saber qué era. Y lees la prensa, toda la prensa, incluso la prensa cuyas páginas vienen en blanco, y te paras en la que luce un roto en un pico, y piensas en lo que pudo pasar para que se rompiera el pico. La publicidad se encarama a los filos milimétricos de cada hoja y el ruido que hacen al pasarlas te trae la esperanza de que en cualquiera de ellas estará la sorpresa. Pero no. Es el mismo monotono repetido de ayer, el mismo que se repetirá mañana: Ca se mete con Ce, Ce con Ca, Ci con Ca o con Ce, Ce le contesta, Ca se sale de madre y pregunta a todos por la «bartibé de la vagande» y hasta los que nada tenían que ver en el asunto responden: «Ojxana pruni». Bien pensado, ante tan plano horizonte es lo único respondible, aunque se le podía exigir más a los respondones. Luego, quizás, quien sabe, a lo mejor, es posible que te topes por la calle con el barruntador de eventos que quiere saber si te has enterado de esto o de lo otro. Pues no, mire usted. Y que a la hora del café de media mañana en tu sitio de costumbre se te siente al lado la tristeza en forma de amistad dispuesta a contarte sus quebrantos. El mercado ofrece vida y llevas la amistad al mercado para que palpe esa vida pujante en forma de lenguado, rape, corvina, y oiga el pregón de los vendedores, capaces de cortar dos lomos de borriquete o pargo como expertos cirujanos. Vuelta y vuelta, un poco más caso de ser la pieza grande, o su tiempo de horno, y a reunirte con quien te plazca para compartir semejante tesoro nutricio, sin olvidar la salsa, en la que no puede faltar el ajo. Y la tristeza en forma de amistad te llama entonces y te pregunta si puede hablarte en ese momento. Claro. Pides disculpas a tus invitados y escuchas el rezo. Más tarde piensas que la tensión se ha diluido en conversaciones de tres al cuarto, pero notas que la tristeza en forma de amistad se te ha metido en los sesos y no ves otra forma de sacarla que sacándola de cuajo. Es cuando marcas su número porque crees que acabas de dar con una solución para sus problemas: milagro de pensamiento batido en la marmita durante todo el día; y se lo dices. La amistad en forma de tristeza te contesta que ya no le hace falta ayuda porque lo ha solucionado felizmente. Y te alegras porque no has sido necesario sino como cubo donde se echa lo peor. Y quieres decirle que la próxima vez mida su angustia para no derramarla encima del prójimo, pero la amistad ha colgado porque ya no hay tristeza, ni amistad, sino una circunstancia que da pie para todo. Al alba te levantas como si hubieras encontrado lo que buscabas sin saber qué era, y suena o no el teléfono, y es la tristeza o no en forma de amistad desesperada. Vuelves a la prensa de las páginas en blanco, y al café a media mañana, y al mercado a ver el pálpito de la vida, tal como ayer. Y así se pasan los días, tan callando, sin saber de qué se revestirá la amistad para el próximo número. Y un día vomitas todo esto en la esquina del tiempo y te liberas, pero al primer descuido se repite el ciclo porque el cubo para echar los restos está vacío y la amistad se presenta con clara voluntad de llenarlo.



© Manuel Garrido Palacios. 2008

PIANO MÁGICO


En la casa parisina de George Sand hay un cuadro de Gustavo Doré en el que aparecen unos pinos dorados por el atardecer. A primera vista podrían ser los talados del Conquero de Huelva, pero no lo son. Un cartel reza: «Paisage avec un cavaliere» La obra se integra en la exposición abierta con motivo del bicentenario del nacimiento de Sand y su lugar en la sala está junto a la vitrina que guarda en yeso la mano izquierda de Federico Chopin y la derecha de George, obras ambas de Augusto Cléringer. No se tocan. Se atraen como imanes sentimentales que avanzan a razón de una micra por lustro. Alrededor se cuelgan obras de Huet, Camille Corot, Fromentin y platos decorativos del taller de Giorgo Andreoli, además de óleos sobre tablas del mentado Doré, Midy o Delacroix. Pero no es esto lo que busco en el amplio estudio de las largas veladas, sino el espíritu de Chopin, ese que desataba su potencia creadora y cruzaba el muro de la chimenea en vuelo universalizador. El vigilante oriental apoyado en el quicio compone otro cuadro más de la estancia. La luz lateral hace que su rostro adquiera todos los matices de la mañana al moverse para ver pasar a los curiosos invasores del bello espacio. No habla. Sólo mira y así talla el hombre su impresión de cada uno. Alguien le pregunta pero tampoco consigue que pronuncie una palabra; sólo que saque un mapa de un cajón, calce sus gafas de cerca y le señale a dedo tieso el punto al que ha de ir. Suena insistentemente un piano. No sé dónde se ubica la fuente sonora, ni se ven altavoces, ni el volumen de la audición es tan alto como para entrecortar conversaciones, pero se reconoce en sus notas esa joya que es el Concierto nº 1 en mi menor de Federico Chopin, uno de cuyos máximos intérpretes fue siempre Arturo Rubinstein y hoy puede serlo María João Pires. Ante un momento tan propicio para percibir sensaciones parece lo suyo dejar que los objetos revivan su historia bajo el discreto fondo de la grandeza de la obra. Hecho al sabor del aire que se respira en la casa, lo propio es estar atento a todo sin pararse, ir y venir con la lluvia de la música al encuentro del espíritu del genio, ese algo que fue impregnando cada una de las intensas sesiones disfrutadas. Una dama inglesa intenta fotografiar un objeto, impulso que el vigilante oriental corta con un gesto, mientras el piano sigue derramando su magia sobre las paredes, el suelo, los muebles. Le pregunto al celoso guardián por qué no le permite la foto si ningún cartel lo prohíbe. Le cuento que en Benarés, a orillas del Ganges, vi la incineración de un cadáver y la familia no quiso que se le hicieran fotos porque el espíritu quedaría preso en la cámara sin subir al ámbito de las creencias. Entonces el vigilante me mira sorprendido, aclara que es hindú y que si insiste en impedir las fotos es por la misma causa, para evitar que con una imagen robada salga de la mansión el espíritu de Federico, cuya música escuchamos. A partir de ahí, poco más cabe hacer sino regresar al silencio.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

30/07/08

VIEJO AMIGO

Fotografía de Héctor Garrido.





El poder de evocación que tiene la música sólo es comparable al de los olores, dice Phil Krönang; y no hay que olvidar que el olor es el más antiguo estimulante para los sentidos, según Juan Pérez. Ambas sensaciones, música y olor, las analice quien las analice, nos hacen cerrar los ojos y permanecer inmóviles mientras viajamos atrás en el tiempo hasta sabe Dios qué paisajes. Ayer, por ejemplo, recibí un disco con la Pavana de Luys Milán (siglo XVI), obra que sabía interpretar de memoria mi amigo Manuel Cabanillas, un gigante como operador de cámara, con el que recorrí Nepal, China y otras cercanías. Al sonar la música al lubricán en el estudio toda la memoria común se me vino encima. No suelo hablar de esa época, pero es verdad que a veces caigo en ella a golpe de neura. Mía es. Así que dejé caer los párpados y vi a Manuel con su eterna camiseta a rayas (compraba veinte iguales en los zocos) abrazado a su herramienta de trabajo: la cámara, dando forma a los planos más bellos que por entonces se hacían (ahora reponen cosas nuestras en México). A trabajo cerrado, solía tocar con la guitarra que llevábamos en los rodajes esa Pavana de Luys Milán. Al llegar tiempos nuevos le ofrecieron un puesto en un partido a costa de abandonar lo de cameraman. No quiso. Sentía pasión por captar el mundo a través del objetivo, por el latido de la aventura, por la libertad de hablar, pensar y decidir sin que nadie hablara, pensara o decidiera por él. Pasados los años, por una necesidad natural de cambio, lo ficharon para otro equipo, y en el mío apareció otro tipo genial del que hablaré en su día. La cosa es que en el vestíbulo de un hotel de Atenas volví a encontrar a Manuel. Él regresaba de no recuerdo dónde; yo iba a Nueva Delhi. Ya se había votado suficientemente como para tener una opinión de conjunto del pasado y, como si nuestra charla nunca se hubiera interrumpido, me dijo: 'Aquí me ves, con mi camiseta a rayas, que es con lo que me siento feliz. Sin embargo, ahí tienes a algún pamplinas que, después de mucho bandeo, toda la dicha que ha conseguido es tener un ropero con trajes adecuados a un partido, chupillas cortas para otro, chaquetas así o asao por si un tercero respira y camisas de todos los colores para que vayan a juego con lo que pudiera venir, aparte de estar nervioso como un flan porque nunca sabe qué ropa se llevará mañana. Yo, al menos, sé que me pondré la misma camiseta'. Lo encontraron muerto en su casa de Madrid. De vuelta de uno de los tantos periplos se le apagó el aliento en soledad. Cinco días tardaron en descubrir el suceso. Su alegría de vivir, su clara visión en las tareas que se le pedían, su saber estar en mitad del misterio de la vida, llenaron ayer el aire del estudio al sonar la Pavana de Luys Milán. Esta vez no la tocaba él. Pero con la música parecía decirme que sus viejas palabras en cuanto al chaqueteo político seguían vigentes. Siempre fue Manuel un visionario.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

28/07/08

POLTRONAS


(Sobre la comunicación. Obra de Juan Manuel Seisdedos. 1972)


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Según un estudio reciente en el mundo se hablan en la actualidad unas seis mil ochocientas y pico de lenguas. El pico significa más o menos, que lo digo de memoria y tampoco me voy a levantar ahora a rebuscar la cifra exacta para que al final sean seis mil ochocientas y pico justas. De estas lenguas van a quedar un cuarenta por ciento al final del siglo que acaba de empezar y del que gastamos ya el año ocho. Ese es el dato desnudo y esas son las previsiones aún más desnudas. Otras fuentes más apocalípticas, diría, apuntan a que sólo quedarán no más de media docena de lenguas en activo para intentar entendernos, y aún hay sabios de cabecera que auguran que no serán más de dos las lenguas que nos sirvan. Y ya puestos, una. Y para una, ninguna, para que la comunicación se haga únicamente a base de muecas. Hay que imaginar desde ya una sociedad gesticulante deambulando por las calles. Bastará con reflejar nuestras intenciones en un gesto y así ahorraremos palabras, oxígeno, nervios, torpezas, insultos y todo lo demás. Al no haber palabras que decir, no serán necesarios los libros, ni las imprentas, ni las bibliotecas, ni los teatros, ni una sola hoja de la Enciclopedia Británica, ahora que le había cogido cariño a su montaña de tomos. Al no hablar, no gastaremos inútilmente el oxígeno, que se purificaría con vistas a la esperanza de que un día volviera a ser todo como fue, pero mejorado. Al no haber nervios ni gargantas hinchadas soltando vaciedades ni violencias, las pastillas marrones que toma Dongenaro pasarían a dormir su sueño eterno sobre la mesilla de noche por obsoletas. Al no haber torpezas, nos veríamos en el brete de tener que inventarlas y con ello valoraríamos más los aciertos. Al no haber insultos, ni de palabra ni de plomo, disfrutaríamos de una sociedad en paz, dispuesta a ser marco para que lo bueno que pudiéramos aportar como actores de ella, lo pusiéramos en juego. Cada vez seremos menos en saber, menos en sentir y más en ser dirigidos; la pobreza intelectual pondrá sucursales donde haya un ser humano y el silencio en cualquier dirección se apoderará de nosotros. No habrá necesidad de que algún entendido en nómina diga a quien no lo sea: usted hable cuando se le pregunte, vote con un escueto movimiento de cabeza cuando le toque y cuide de no protestar ni por esto ni por nada, vea lo que vea, oiga lo que oiga, pase lo que pase. Todo eso se descartará, por supuesto, y también los llantos de dolor y de injusticia porque harán ruido, y los jadeos de amor o de simple lujuria porque habrán sido olvidados por poco uso como sensaciones ajenas a la nueva concepción de la vida. Seremos un grupo más aburrido aún de lo que somos, pendientes de a ver qué se le ocurre al culto de turno para entretener nuestro tiempo, sea con carnavales, con pasiones o con cabalgatas, eso sí, y muy a tener en cuenta, sin que nadie se atreva a ir en contra de sus ocurrencias, y menos aún, a rozarle el sillón, no digamos a movérselo. Sólo para él y por ese motivo será posible el habla: para avisar de que hay alguien capaz de mover sillones, que parece ser que será lo único sagrado que quede.


© Manuel Garrido Palacios 2008
© Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York. 2008

3/07/08

ALOSNO





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Perolino, Juan Díaz, Paco Toronjo y el Pinche en una foto histórica extraída del libro ALOSNO, PALABRA CANTADA.




Se celebra en Alosno –tu pueblo, el mío y el de todos– un homenaje a Paco Toronjo, que es como decir un homenaje al fandango, esa seña de identidad cantada que tenemos en el sur; seña que él convirtió en monumento con su modo al expresarla. Esto sucederá el día 23, coincidiendo con el concurso anual que Alosno hace a ese tesoro que es su cante, si no fuera poco el rosario de celebraciones propias que luce durante el año y que le llegan de tan antiguo.
Emociona comprobar que exista un pueblo que siga alimentando su alma de sus ricas esencias; un pueblo que tenga tanto que decir y lo diga en cada ciclo vital con una seriedad y una elegancia conmovedoras; un pueblo que no recurra a espectáculos efímeros de los que pasan sin pena ni gloria, sino que sea capaz de abrir su despensa de valores y sacar unas Cruces de Mayo únicas, remotas, templos sagrados del amor pendiente, de la vida, y siga después con su San Juan, que es cita obligada, recuento alosnero, y que ahora, desde hace unos años, se descuelgue con una convocatoria de hondas raíces para darle aire al fandango: una de esas perlas invalorables que guarda en el cofrecillo de los sentimientos.
Alosno es un Universo. ¡Si lo sabrá quien esto escribe! Es cierto que formando parte del Universo global; o, reduciéndolo: del provincial, del nacional, pero aportando tal torrentera de elementos, que a poco que se “engarafite” desborda cualquier valoración que se haga. Y es así porque las nuevas generaciones, por un impulso misterioso, por un latido cuya dimensión escapa a los razonamientos, retoma el pasado, lo remoza, lo hace más suyo –porque suyo es ya– y lo encauza por la vida con una fuerza que sorprende, que rompe esquemas y que, sin salir de ese Universo, vuelve a fijar a cada poco las reglas por las que la fiesta íntima del pueblo tiene que caminar.
Digo esto porque hace algunos años grabé un disco con su gente –pronto se va a reeditar– llamado así: Alosno, en el que, por poner un ejemplo, Rosario Correa cantaba unas seguidillas alosneras (que no sevillanas) con la música que ella traía en la memoria y que correspondía al viejo romance que cuenta los amoríos de Gerineldo con una infanta. Aparte de la belleza que destila esa música (puedo decir que de las veintitantas versiones que he recogido, la alosnera es la melodía resuelta con más gracia) pensé al escucharla que era un camino a seguir para las músicas populares que podían caer en desuso: darles otra expresión además de la suya. Y para mi sorpresa, este año, en varias “colás” pude comprobar que lo que se cantaba, entre otras seguidillas alosneras, era la melodía del romance de Gerineldo, con lo que el milagro de la transmisión oral estaba cumplido.
Alosno es un pueblo de creadores, de oídos finos y voces que te remueven por dentro. Es pueblo que escucha al que viene a cantar, pero hasta ahí, porque Alosno se basta para cantar sus cosas, que es cuando saca a relucir esa esencia que decía al principio, ese pulso acelerado, esa humedad en los ojos, ese estado en el que se unen pasado, presente y futuro en una noche de pura emoción, en una noche alosnera. En una “alosnerá”.


© Manuel Garrido Palacios

28/06/08

SUEÑOS





Francisco Huelva era instructor de arqueros cuando servidor se incorporó a la Guerra del Peroporeso. Poco aprendí, a pesar de llevarle nueve años de veteranía, que parece un grado, pero que sólo son nueve años dando bandazos. Sus clases se dividían en A y en B. En A estaban el novato, el repetidor y el que no daba pie con bolo, como quien habla, y en B el que ya daba al bolo con ambos pies, la cabeza y lo que se terciara. La cosa es que me suspendió en cálculo hipersausaco, asignatura para la que no me preparé ni a fondo ni en la superficie. Él lo vio tan claro que me dijo: “¿Tú qué piensas ser en la vida muchacho?” “Nada. No sirvo ni para prisionero”, le respondí, imitando a Allen. Entonces me dejó caer: “Pues ponte a soñar y déjate de realidades”. Me sorprendió que me dijera eso cuando todos me decían: “Mira la realidad y olvida los sueños”. Un lío si lo miras bien, porque hoy te dicen una cosa y el instructor que ha de desasnarte en cálculo hipersausaco te sale con otra. Lo cabal es que Francisco quería hablar y, aprovechando lo plomizas que son las guerras y el tiempo que se pierde en ellas, además de la vida, me confesó que iba a dejar su empleo para escribir un libro que se llamaría: El perfil de los sueños. Y cada día de los que estuvimos en aquel laberinto, él de jefe y yo de nada, en vez de instruirme, me contaba un sueño (no digo que por esto servidor suspendiera; suspendí por inútil; la verdad ni mata ni ofende). Empezó con estas palabras: “No sé qué hay de sueños en mi vida y qué de vida en mis sueños”, y siguió con unas “Cuestiones inexplicables” referidas a un tal Víctor, raro él, y de que el “exceso de luz ciega los ojos de quienes deberíamos estar obligados a comprender”. Si digo lo que siento sin quitar ni poner, le noté siempre una especie de “Íntimo grito”, como si se viera forzado a gritarle en silencio a sus dentros. Por meter baza, le hablé de la única experiencia reseñable que había tenido en mi vida: la de darle de comer a un perro y, oye, a él le gusto y me escuchó la mar de atento. Fue cuando me preguntó lo de qué quería ser en la vida. Tendría que haberle puntualizado: Una metáfora. Pero no quise hacerlo porque Francisco tenía estos detalles de preocuparse por el resto además del miedo por la indefensión humana: “No tema –le dijo la enfermera de guardia-; tiene que tomarse las pastillas”. Y en tales instantes le afloraba el llanto. ¡Qué guerras más tontas la del Peroporeso, la del Górgoro, la de Lecanto y toda guerra que no se dirima a solas piel adentro!. Un sueño es un libro por escribir y un libro un sueño escrito. Así que pasados los siglos vi en el estante de una librería de viejo un título que me llamó la atención: El perfil de los sueños, escrito por Francisco Huelva, y me dio tanta alegría que, aunque ignoraba qué le había reservado el Destino -ese oscuro poder- al venerable instructor de arqueros, lo compré. Al leerlo me ha venido a la memoria cuanto he dicho y lo celebro doble porque veo que lo prologa el que por aquel tiempo se doctoraba en palabrografía poética: Manuel Moya, que dice que “el hombre es un animal hecho con material de los sueños”. Y tiene razón.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

2/06/08

HISTORIAS DE UN DESTIEMPO


Se presentó en la
BIBLIOTECA PÚBLICA DE HUELVA
el libro
HISTORIAS DE UN DESTIEMPO
a cargo de
Manuel Moya, Manuel Ortega y Francisco Huelva


HISTORIAS DE UN DESTIEMPO
reúne veinte relatos, que a su vez son cincuenta, entre ellos, EL ÁRBOL DEL FUTURO, Premio Borges de Narrativa en Los Ángeles, California (EE.UU) del Liceo Internacional de Escritores.
El índice de la obra es el siguiente:
■ La espiral
■ El cuarto donde nunca amanecía
■ Diles que soy poeta
■ Secuencia cero de una historia interminable
■ El voluntario
■ Vuela el búho al atardecer
■ Teoría sobre los gigantes
■ El nacimiento de un mito
■ La luz amarilla
■ Cuentografía del diestro
■ La danza helada
■ Retablillo del aprendiz y el maestro
■ La primera muerte de Ausencio
■ ¡Arráncate, Serafín!
■ La sor estará triste
■ El beso
■ El árbol del futuro
■ Son triste para piano viejo
■ La vida privada de un palo
■ Mientras sea posible

JUAN RAMÓN DE FONDO

Parte del equipo de rodaje







Imagen del interior de la casa de Juan Ramón Jiménez


En 1986, recién salido a la luz tras una ceguera de meses, rodé la película “Juan Ramón de fondo” (55 min., 16 mm., sonido directo) para una de las series de TV en las que andaba inmerso en ese momento: La Duna Móvil. Reuní para ello a poetas locales y, sin salir del ámbito de Moguer, procuré dejar en el celuloide una visión de Juan Ramón Jiménez en las voces de cuantos participaron. Nombro a los que ya no viven: Diego Figueroa, Jesús Arcensio o Abelardo Rodríguez.Vine a rodar a Huelva libre de prejuicios, ajeno a las diferencias que existían entre ciertos poetas; ese “que si tú que si yo” destructivo que dio al traste con una energía que quizás hubiera producido fruto más noble de haber mediado el tacto o la elegancia. Mi idea era la de integrar a representantes de distintos grupos, sin importarme lo que A tuviera contra B y viceversa, con tal de hacer una especie de antología filmada del momento. Se hizo, aunque -el dato no le viene mal a la historia-: salvando honrosas excepciones, que no abrieron el pico para bien o para mal, recibí presiones diarias indicándome a quién tenía que “sacar” en el film y a quién no, llegando alguno al punto de decirme que no lo pusiera “al lado de mengano o de sutano”. Por supuesto, no lo puse “al lado”, con lo cual cumplí con el absurdo capricho. Mi equipo y yo habíamos visto gente rara por esos mundos, pero no tanto. Incluso otro alguien, o el mismo, se atrevió a plantear que “si venía fulano, él se iba”. Se le dijo, hartos ya de tantas órdenes: “Pues vete”. No se fue, claro.

Ahora que se homenajea al Nobel -precisamente con el título de la película- he querido tomar una de las fotos que usé para ilustrar este breve recuerdo que me ha venido de aquel trabajo. La mente hace su balance y ve que, de entonces acá, poco han cambiado los protagonistas; unos han permanecido en su sitio, con una integridad que emociona, y otros, no sólo han seguido el camino ya marcado entonces por la soberbia y la estupidez, sino que lo han superado con creces. Parece ser que ha sido porque les ha dado tiempo a ensayar.

Ando en tratos de hacer una 2ª parte de la historia juanramoniana. Rodaremos en Puerto Rico con poetas de allá y contados de acá. JRJ lo merece.


© Manuel Garrido Palacios. 2008

STABILE


Según palabras de un sabio no oficial, o sea, de los que saben de verdad, aquel que dice “yo soy” es porque no tiene quien le diga “tú eres”. Puestos a otear el panorama desde este ángulo, hay personas que parecen llevar este lema tallado en el pendón. Sin ir más allá: nunca he visto a Uberto Stabile hablar de sí mismo, contar batallas, lanzarse flores, fuegos de artificio y otras lindezas que engordan al personaje, pero que un solo pinchazo lo dejan en nada: en lo que es. Incluso hay quien plagia párrafos, ideas, páginas de autores auténticos -que expresan su asco con la indiferencia- y van por esos mundos ondeando el ala de una falsa, robada originalidad.
Stabile, “fiel a sus orígenes, poeta de la transición y en transición permanente”, según Fernando Beltrán, es el polo opuesto a los brillos de neón y al alzavoz de tómbola de feria. Él se entrega “a la poesía sin miedo, sin pudor; con la gratitud y el respeto de quien se entrega, en la misma medida de sus sueños utópicos, a los demás”, dice Antonio Orihuela. Promueve cultura, reúne a escritores y él, que lo hace posible, apenas aparece; se le ve perdido entre bastidores, atento al mínimo detalle, pero sin dar resbalones por los pasillos del poder efímero con la puta pancarta del “yo, yo y mi yo”. Para Uberto –así lo he visto siempre-, el eje son los demás. No se dan casos así todos los días, hartos como estamos de tanto bobo de diseño, de tanto autobombo vacío, de tanto amiguismo, de tanta nadería revestida de estupidez y de plagio –repito- inmisericorde, vergonzante.
De Stabile, en el que “la irreverencia, el humor, la ironía, la rabia y la permanente sugerencia son sus herramientas más efectivas”, según José Eugenio Sánchez, hablamos los demás porque es merecedor de miles de palabra por el cúmulo de cualidades que lo tienen por centro, porque, como dice Ángel Petisme: “Cuando uno conoce a Uberto Stabile entiende por qué a los soñadores de mapas nunca les tiembla el pulso bajo el crepitar de las velas”. Hoy se habla de él con la alegría añadida de haberse publicado en Ediciones Baile del Sol, de Tenerife, su libro de versos Habitación desnuda, una antología que abarca desde 1977 a 2007, de la que, por ejemplo, dice Alfons Cervera: “He leído estos poemas como los leí siempre: con la seguridad de que siempre hay un cuchillo dispuesto a agrandar con su filo las dimensiones de la belleza: desgarrándola. Es la poesía que me gusta”.
Uberto Stabil