Francisco Huelva ha regresado a lo de las guerras del Peroporeso y de L’Espanto no para acumular trienios, sino para buscar voces en el silencio creado. Ya que ambas terminaron con lágrimas para los mismos y medallas para los de siempre -¡malditas guerras, pasto de sangre para la Historia!-, su pacífico arsenal de armas lo componen un móvil, un cuaderno de rayas y un lápiz. No es de extrañar que alguien haga estas cosas; para raro, mister Náferez, que no llegó a entender el manejo del despertador. Lo de Francisco es distinto porque, aun inmerso en las virtuales batallas, intenta conocer los motivos del resto; por eso telefonea a islas desérticas, traza charlas con gente inquietante y lo amasa todo en el lenguaje de las entrevistas.
En su libro “La búsqueda de la identidad”, publicado por Editorial Onuba, dice que “las personas nos pasamos la vida buscándonos, queriendo saber de dónde venimos, hacia qué punto vamos, ya que no hay tierra, espacio ni lugar de encuentro con las raíces que nos dieron vida porque perdimos la señal del ancestro”.
En el camino se cruza con otros troteros que van, vienen o están en su línea de reflexión, y los escucha a ver si algún eco le da un norte, le mueve los dentros. El pintor Néstor Goyanes, ante su obra “De viajeros, inmigrantes y aventureros”, hombre “achaparrado, de cara amable, barba libertaria, gorra marinera”, le dice un mediodía que “el Sol es el poncho de los pobres”. El escritor Manuel Moya, junto a un par de heterónimos: Violeta Rangel y Li Song, le habla con mucha enjundia de su "tío Domingo, que soñó con una mina rentable en su finca y que dio con ella tras excavar a destajo porque la mina lo esperaba”.
Ante Juan Manuel Seisdedos, el autor confiesa que “pocas veces he tenido la impresión de ser tan pequeño como hoy. La magnitud del artista me ha cohibido y he llegado a pensar que he pasado los años sin hacer absolutamente nada”. Hipólito G. Navarro le comenta que “el relato tiene la medida justa. El personaje principal es el lenguaje. Se experimenta en un espacio que va desde dos a veinte páginas. El cuento exige lectores cómplices que se involucren en el texto. Los novelistas sueltan que escriben cuentos para descansar; y es al revés: lo más difícil es crear una obra en tres folios”. Victor Pulido le asegura que “andar la vida no es fácil: la existencia es frágil. Es imposible vivir sin estar desequilibrado. El problema es no saber que lo estás. A mí me salva de la locura mi propia locura”.
Del poeta Odón Betanzos dice que “su palabra siempre fue remanso, quietud, serenidad, calma. Aunque si el guión lo exigía, respondía a la ofensa con manifestaciones críticas, duras, claras, cortantes”. Con el pintor José Guevara platica de política, economía, literatura, teatro, pintura, escultura, de los marchantes y de los críticos de arte”. A Rafael Oliva lo enmarca con sus lienzos en Ayamonte, su “esquina de Andalucía”; espacio donde, desde el inicio de los tiempos, viene a morir el Guadiana. Al escritor Marcos Gualda lo ve “en todos sitios”. Raro el evento artístico sin su “figura inconclusa, grande como un oso, pelo largo, coleta, barba indefinida, gafas de intelectual, camiseta serigrafiada con algún esperpento reivindicativo y mirada para radiografiar como diciendo: ¿Tú de que vas?”.
A Juan Luis Galiardo le “gusta ser un actor terapéutico. Es necesario que haya productores con soluciones. Yo estuve sometido a psicoterapia para desbloquear el subconsciente; no se puede dialogar de continuo con el exterior sin saber hablar consigo mismo”. Conversa con Brice Echenique en La Rábida, donde el escritor le regala un disco en el que Rulfo lee cuentos de El llano en llamas. Elías Rodríguez confiesa que empezó como guitarrista flamenco: “me di cuenta de que ese camino no era el mío y que debía dedicarme a la escultura y a la imaginería”. En Luis Muñoz ve a una “persona tímida, recluida en sus cuitas, en sus sueños; único lugar apto para que habite un poeta”.
Francisco José Martínez, Rector de la Universidad de Huelva, prologa y valora el coro de voces como “libro que te corteja; uno queda en deuda para buscar la obra de ese escritor, de ese pintor”. Con sus palabras cierro: “Es un canto a la creatividad y a la magia de la buena conversación”.
En su libro “La búsqueda de la identidad”, publicado por Editorial Onuba, dice que “las personas nos pasamos la vida buscándonos, queriendo saber de dónde venimos, hacia qué punto vamos, ya que no hay tierra, espacio ni lugar de encuentro con las raíces que nos dieron vida porque perdimos la señal del ancestro”.
En el camino se cruza con otros troteros que van, vienen o están en su línea de reflexión, y los escucha a ver si algún eco le da un norte, le mueve los dentros. El pintor Néstor Goyanes, ante su obra “De viajeros, inmigrantes y aventureros”, hombre “achaparrado, de cara amable, barba libertaria, gorra marinera”, le dice un mediodía que “el Sol es el poncho de los pobres”. El escritor Manuel Moya, junto a un par de heterónimos: Violeta Rangel y Li Song, le habla con mucha enjundia de su "tío Domingo, que soñó con una mina rentable en su finca y que dio con ella tras excavar a destajo porque la mina lo esperaba”.
Ante Juan Manuel Seisdedos, el autor confiesa que “pocas veces he tenido la impresión de ser tan pequeño como hoy. La magnitud del artista me ha cohibido y he llegado a pensar que he pasado los años sin hacer absolutamente nada”. Hipólito G. Navarro le comenta que “el relato tiene la medida justa. El personaje principal es el lenguaje. Se experimenta en un espacio que va desde dos a veinte páginas. El cuento exige lectores cómplices que se involucren en el texto. Los novelistas sueltan que escriben cuentos para descansar; y es al revés: lo más difícil es crear una obra en tres folios”. Victor Pulido le asegura que “andar la vida no es fácil: la existencia es frágil. Es imposible vivir sin estar desequilibrado. El problema es no saber que lo estás. A mí me salva de la locura mi propia locura”.
Del poeta Odón Betanzos dice que “su palabra siempre fue remanso, quietud, serenidad, calma. Aunque si el guión lo exigía, respondía a la ofensa con manifestaciones críticas, duras, claras, cortantes”. Con el pintor José Guevara platica de política, economía, literatura, teatro, pintura, escultura, de los marchantes y de los críticos de arte”. A Rafael Oliva lo enmarca con sus lienzos en Ayamonte, su “esquina de Andalucía”; espacio donde, desde el inicio de los tiempos, viene a morir el Guadiana. Al escritor Marcos Gualda lo ve “en todos sitios”. Raro el evento artístico sin su “figura inconclusa, grande como un oso, pelo largo, coleta, barba indefinida, gafas de intelectual, camiseta serigrafiada con algún esperpento reivindicativo y mirada para radiografiar como diciendo: ¿Tú de que vas?”.
A Juan Luis Galiardo le “gusta ser un actor terapéutico. Es necesario que haya productores con soluciones. Yo estuve sometido a psicoterapia para desbloquear el subconsciente; no se puede dialogar de continuo con el exterior sin saber hablar consigo mismo”. Conversa con Brice Echenique en La Rábida, donde el escritor le regala un disco en el que Rulfo lee cuentos de El llano en llamas. Elías Rodríguez confiesa que empezó como guitarrista flamenco: “me di cuenta de que ese camino no era el mío y que debía dedicarme a la escultura y a la imaginería”. En Luis Muñoz ve a una “persona tímida, recluida en sus cuitas, en sus sueños; único lugar apto para que habite un poeta”.
Francisco José Martínez, Rector de la Universidad de Huelva, prologa y valora el coro de voces como “libro que te corteja; uno queda en deuda para buscar la obra de ese escritor, de ese pintor”. Con sus palabras cierro: “Es un canto a la creatividad y a la magia de la buena conversación”.
© Manuel Garrido Palacios














































