Juan Manuel Carvajal


Corrales, azufre, cobre y río
(De enclave minero a población dormitorio)
Juan Manuel Carvajal

Te topas con pueblos cuya vida cabe a duras penas en un rincón de la Historia con mayúscula, más atenta a las batallas y a las derrotas (toda guerra es una derrota de ambos bandos) que a los latidos, y ves que son sus habitantes los llamados a escribirla por pertenecer a una memoria colectiva a la que se le han ido pegando testimonios capaces de hilar lo que pasó, que eso es la Historia, lo que pasó; súmale el cuándo, el cómo y la tendrás entera. El por qué hay que buscarlo en la ambición, cuya meta ni el propio ambicioso conoce.
Juan Manuel Carvajal Quirós ha reunido esencia en «Corrales, azufre, cobre y río. De enclave minero a población dormitorio», libro que, con este encuadre general, estaría descrito, pero que puede completarse si le añadimos el subtítulo que la Dra. Alida Carloni da al prólogo de la obra: «Memoria de una aldea onubense rescatada por un minero». En efecto; desde su experiencia minera, Carvajal «recupera un patrimonio antropológico olvidado, sumergido, denigrado a veces por los mismos actores que lo han vivido. Las familias mineras se inclinan por abismar en su memoria los recuerdos ligados a la pérdida de un ser querido que la industria minera les arrebató; remembranza sangrante que sumerge en el olvido los muchos aspectos positivos de las interrelaciones humanas de la esfera minera, hundiendo el patrimonio cultural intangible que representan: la fuerza de voluntad, el afán de superación, la convivencia o el papel de la mujer en el tejido de la cohesión social, además del claro estoicismo frente al dolor y la muerte. Gracias a este libro, Corrales preservará su memoria histórica y los corraleños se verán reflejados» en sus páginas cuajadas de relatos con focos intensos. Del autor dice que «me comentaban en la Universidad de Huelva que este ingeniero técnico de minas representaba una "institución" en la historia de la minería onubense. Tras trabajar juntos en el proyecto de recuperación y puesta en valor del patrimonio minero andevaleño, mi visión es que su labor equivale a la de historiador cronista y notario del Patrimonio industrial y minero del Andévalo». Perfila a Carvajal como autor que «con una pluma concisa, sintética y estilo de cronista, escribe una antropología de lo cotidiano con un vocabulario preciso, sin arabescos literarios. He aquí una etnografía descriptiva en la que los corraleños pueden reconocerse como en un espejo, hecha por un historiador social que, tomando posiciones en favor de los oprimidos, entreteje la trama de la vida de la cultura minera». Los enunciados de sus capítulos corroboran lo que la Dra. Carloni dice de la obra de Juan Manuel Carvajal, empezando por el análisis de «Los cimientos de una realidad industrial», siguiendo con la secuencia clave de cuando «La industria británica se hace con el control de las minas de Tharsis». El capítulo 3º trata de «La nueva política de The Tharsis Sulphur and Copper», con un estudio sobre «Los efectos de la cultura industrial británica». Los capítulos finales hablan de «La estructura del poder y la capacidad de los trabajadores para superar las adversidades», «Corrales entre la decadencia y el progreso» y «El Patrimonio etnológico e industrial y el Corrales del Siglo XXI».
Esta es una obra que lo dice casi todo sobre un pueblo. Obra que pide ser leída no sólo por esto, sino por quien quiera saber algo más de nosotros mismos.

© Manuel Garrido Palacios

Uberto Stabile


Tatuaje
Uberto Stabile

Entrevista

Pregunta: “Tatuaje” es otro libro de Uberto Stabile (Editorial Atemporia), que inicia su andadura por el mundo: “Aquí, el libro. Aquí, el lector”. Preséntalo en dos trazos.
Respuesta: “Tatuaje” es una antología personal hecha desde el rigor, la osadía y la emoción, sin concesiones a lo políticamente correcto.
P: Son ya varias antologías.
R: Tres en España, dos en México y una en Portugal. Son antologías que me han publicado en las que se recogen poesías que andaban dispersas entre editoriales independientes y revistas.
P: Es una fiesta interior poder decir tan cerca y tan lejos: “He aquí mi obra”.
R: Lo es. Comienzo la gira en México D.F., sigo por Baja California, Tijuana, Ensenada, Mexicali, Saltillo en Coahuila, Monterrey en Nuevo León y la finalizo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco. Así completo un sueño que empezó hace meses en Ciudad Juárez, Sacramento y Chihuahua: recorrer la frontera mexicana leyendo mi poesía y rodando un documental sobre la poesía mexicana actual.
P: México te quiere.
R: Yo lo quiero más. Fue un amor a primera vista, desde sus volcanes al tequila, del mestizaje a su resistencia indigenista, de las novelas de Rulfo a las canciones de Chavela Vargas o Alfredo Jiménez, del universo de Frida Khalo a la poesía de Sabines, de los desiertos de Sonora a las selvas de Oaxaca y Yucatán; México es esa patria que nunca tuve y que como todo forajido construyo en mi propia huida.
P: En un poema dices: “voy despacio, despacio hacia ningún lugar”. Te sale el espíritu de adelantado que abre camino hacia…
R: Creo que lo importante no es el lugar sino la forma de llegar. Hemos construido un mundo del que ahora nos queremos bajar; perdimos valores y arrastramos en nombre del progreso el sueño que los alimentaba. Dice el poeta portugués Alberto: “¿Qué país es este donde la espera desemboca en otra espera?” Es hora de reconciliarse con esa naturaleza que nunca debimos abandonar.
P: Se dice que el novelista viene a escribir siempre la misma novela, aunque parezca otra. ¿Y el poeta?
R: Lo hermoso es volver a decirlo todo de una manera diferente. Todos los poemas son el mismo poema y cada poema es uno nuevo. Ya dijo Juan Ramón en “Espacio”: “Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo. Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir.”
P: Las fuentes son el sentimiento y qué más.
R: Son muchas, aunque sólo la emoción mide la distancia entre lo escrito y lo sentido. En cada verso nos jugamos el siguiente, por eso los mejores poemas nunca se pasan a limpio.
P: Escribir es un trabajo para unos, un placer para otros, una terapia, un dolor, una necesidad…
R: Escribir puede ser trabajo, placer, dolor, terapia, depende de las circunstancias del escritor, pero cuando surge como una necesidad entonces estamos en el mejor de los estados para hacerlo. La escritura es siempre un acto de higiene mental, que deberíamos ejercer todos.
P: En la poesía se muestra el alma con sus cicatrices, sus callos…
R: Hay dos maneras de escribir poesía, desnudo o disfrazado. También hay otra poesía posible, que no necesita ser escrita; es la que trasciende su propio género y nos reconcilia con la vida. En ella ando.
P: ¿Para quién escribe el poeta?
R: Para quien lo lea. No renuncio a ello; me emociona cuando sé que algunos poemas míos han servido a otros para recordar, amar, olvidar, soñar. Es un juego solitario para saber que no estamos solos.
P: Presentaciones en España.
R: “Tatuaje” circulará sólo en México; aquí tengo pendientes “Habitación desnuda” en Tenerife, “La línea de fuego” en Valencia y “Maldita sea la poesía” en Zaragoza.
P: Hijos, libros, el árbol de los versos…
R: Dos hijos, una docena de libros y algún árbol. Voy a sembrar el bosque de la bibliodiversidad, en contra de la deforestación intelectual de este país, que vuelve a oler a pandereta.
P: De una sola gota de lluvia sale un libro de poemas.
R: Y sin escribirlo; basta leer el poema en la misma gota.
P: Andar y andar y el viento lamiendo las pisadas. ¿Para qué andar?
R: Para seguir sintiendo el viento y el mar y la hierba y la tierra bajo nuestras cicatrices, para conocer y olvidar, para soñar; “los sueños pueden ser peligrosos, pero más peligroso es vivir sin sueños”.

© Manuel Garrido Palacios

Manuel Moya







LAS CENIZAS DE ABRIL
XII Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones
Alianza Editorial, 2011




“Podré olvidarme de los demás días de mi existencia, pero no de aquellos en los que me dejé envolver por la locura del 25 de abril. Cuando miro hacia atrás y hago recuento de los distintos episodios de mi existencia, sólo atisbo unos breves instantes de resplandor, y uno de esos pocos instantes es éste, en el que, de pronto, todo lo imposible se hizo posible”.
Sophía acaba de suicidarse en un hotel de París. Ha dejado a un amigo el encargo de rescatar su maleta donde se guardan ciertas claves que conciernen a sus vidas. Corren los tiempos previos a la Revolución de los Claveles cuando Sophia, una joven de familia acomodada, se enamora de Fernando, un idealista radical que transforma su percepción de la vida social y política portuguesa.
Crecidos en una Angola azotada por las guerras coloniales, ambos se implican en la lucha contra la dictadura, formando un comando terrorista cuya misión será secuestrar a un agente de la PIDE, la temida policía política, que les anda siguiendo los pasos. Sin embargo, la información que obtienen de su secuestrado les revela no sólo sus métodos expeditivos, sino también una cuestión personal que alterará de forma irreversible sus existencias.
Las cenizas de abril, construida como una inquietante novela de intriga, está narrada desde la perspectiva de un joven exiliado en París que se adentra en las peripecias, sueños y desencantos de cuatro personajes, víctimas de unos tiempos oscuros en los que aún cabe la esperanza de la revolución y el fin de la dictadura. Con una estructura de saltos retrospectivos, llena de sugerentes descripciones, Manuel Moya esboza todo un fresco de la sociedad portuguesa de la época que bien podría ser también la española. El autor nos introduce en los mecanismos de un régimen perverso que, enrocado en sí mismo, se encamina hacia su ocaso, para desembocar en esos días maravillosos e irrepetibles que siguieron al 25 de abril, la Revolución de los Claveles, tan sobrecargados de ilusiones como de sombríos desengaños.

© Editorial.







LA TIERRA NEGRA




Venía el hombre tristón tras hablar con la nieta de María, que le había mostrado la carta que le escribió el abuelo Joaquín poco antes de ser fusilado contra las tapias de cualquier cementerio. Escritura a mal lápiz y peor papel que había tenido que pagar comulgando en la celda. “Si me vais a matar igual, ¿para qué la comunión?”, preguntó. “Comulga y no te hagas líos de cabeza”, le respondieron. “¿Seguro que si comulgo recibirá la carta mi María?” “¡Faltara más! ¿Es que no tenemos palabra?”.
Venía el hombre por la calle de la gran ciudad setenta años después de que Joaquín hubiera escrito la carta y le hubieran estampado las entrañas contra el paredón rato más tarde. Setenta años después de que María recibiera la carta en la que Joaquín se despedía, carta en la que le habían obligado a añadir un párrafo que dejara claro que lo habían tratado bien. Setenta años después de que el que le llevó la carta obligara a Maria a beber ricino por no estar conforme con el crimen.
Venía el hombre bajo de ánimo cuando el cartero le entregó un paquete con un libro: La tierrra negra, una novela escrita por Manuel Moya, en su Fuenteheridos natal y vital, dedicada a quienes, como la nieta de María, combaten a su manera la impunidad, a quienes buscan a sus muertos, a quienes sienten la historia no como “cuatro cosas que pasaron, ¡qué le vamos a hacer!”, sino como muescas de dolor, injusticia y sangre.
Se le agolpaban al hombre ¿qué historias? contadas por ¿cuánta gente? en Dios sabe dónde. Historias de ricino y pólvora, de cales salpicadas al alba, de ayes y de infamias. Y acudían a su mente las páginas escritas por María Dolores Ferrero Blanco sobre la resistencia rural en el suroeste andaluz en La historia del año de los tiros (la infamia no tiene fecha fija), o los sucesos de El Campillo durante la maldita guerra -¡malditas todas!- en la que hurga el denso, emocionante libro de Manuel Moya.
Venía pensando en estas cosas cuando la novela lo llevó por más caminos del pasado, por páginas que traían a los protagonistas a su sala, a su cocina, a su patio para ser parte de ese catálogo de atrocidades que conforman la pequeña gran historia de los pueblos; historia sin mayúscula y pintada en rojo, que no es más que la partida mortal de unos contra otros, hoy venganza, mañana fusilamiento, pasado silencio; algo que cuesta traducir a palabras y que en el caso de este libro el autor lo ha hecho soberanamente mojando en la tinta del corazón.
La tierra negra, editada por Guadalturia, escrita por alguien que tanta cultura ha movido en este ámbito, Manuel Moya –narrador, poeta, crítico, traductor–, es la trágica sucesión de hechos de unos fugitivos en el paisaje de la Guerra Civil; gente que permaneció oculta en la recóndita Sierra por toda una eternidad de siete años. Voces que sólo al morir uno de ellos alzaron el tono y levantaron la cabeza para que fuera enterrado “como se entierran a las personas”.
Este es el eje sobre el que gira la historia que se cuenta. Es como un cuerpo que en su interior guarda toda la complejidad del conflicto que se vivía, de las circunstancias que rodeaban el momento. La novela deja en el lector el perfil de la anatomía del odio, y siempre la infamia, y el dolor, y la sangre, y la tenaz linde con un letrero invisible marcando que “ese muerto no era de los nuestros”. Alrededor de esto van las aspas de treinta y dos capítulos y una nota de cierre removiendo los aires irrespirables de un paisaje en un tiempo determinado.
Manuel Moya, que tanto ha dado (hasta dos poetas en uno) nos sorprende ahora con esta novela, de la que él dice que los hechos de los que se nutre “son aproximadamente reales o, mejor, casi nada de lo que cuento es rigurosamente verdad, si bien, los cinco "topos" existieron (eran naturales de Navahermosa, Galaroza y La Nava). He sentido mucho más interés por la realidad simbólica que por el rigor histórico. De haber querido hacer historia, habría emprendido una investigación. Sólo he pretendido escribir una novela que hable de la dignidad, y la dignidad muy raramente habita fuera del corazón palpitante de las mujeres y de los hombres”.
Venía el hombre tristón y de pronto topó con esta ¿realidad simbólica? plasmada en una de las novelas más duras e intensas escritas en los últimos tiempos.

© Manuel Garrido Palacios

Camilo José Cela

Vagabundo por el Condado de Niebla.
Primer viaje andaluz (Madrid, 1959)








...el vagabundo, por el aire, ve pasar tres aeroplanos que van como locos y envueltos en un ruido atemorizador. El gavilán y el palomo burraco que le huía, huyeron juntos: espantados los dos del ave del diablo que habían inventado los hombres.
-¡Van cagando rayos, maestro!
-¡Y usted que lo diga, compadre!
El vagabundo se fue a almorzar de lo que llevaba puesto -que no era mucho- y de los higos que la Divina Providencia colocó a sus alcances -y que eran tantos que no se daban comidos-, más allá del paso a nivel del tren minero y a orillas del cauce del Chorrito, que queda a más del medio y abierto camino de Gibraleón a Cartaya. El Chorrito es vena de agua que cae al Odiel por Aljaraque, frente a Huelva y sus islas.
Un hombre jinete y un burrillo rucio, pasó camino de Cartaya.
-¡Muy grande me parece usted para higuerero, amigo!.
El vagabundo disimuló como pudo.
-No se fíe usted de tamaños, patrón; ahora andan las cosas muy revueltas.
-Ya lo veo, ya...
Cartaya, más allá del arroyo Sorbijo, que viene del rincón al que llaman Canito, es pueblo lleno de luz y de tradiciones marineras. Juan Vizcaino y Rodrigo Talafar y Alonso Rodríguez, anduvieron en lo del descubrimiento de América.
El vagabundo, en Cartaya, tiene un amigo que se llama Roque Redondo Méndez y es talabartero. Roque Redondo Méndez, por eso de que llegó durante la guerra a brigada de intendencia, prefiere que le llamen don Roque. La gente -¡qué mala es la gente y qué poco les hubiera costado a todos el complacer al amigo del vagabundo!-, en vez de llamarle don Roque o, por lo menos, Roque, le dicen Espantible.
-¡Al primero que me llame Espantible lo mato! -dijo don Roque un día que se ajumó.
Desde entonces, claro es, le llama Espantible todo el mundo. Que el vagabundo sepa, don Roque todavia no mató a nadie.
Cartaya es tierra de marismas, como Huelva; estos países en los que la tierra y el mar se casan, o se aconchaban, y viven juntos y confundidos, suelen ser cuna de buenos navegadores.
Espantible, vamos, don Roque, invitó al vagabundo a una copita de vino; el vagabundo, en prueba de su reconocimiento, le llamó don Roque.
-¡Qué gordo está usted, don Roque, y que buen pelo cría!.
El río Piedras, para vaciarse en la mar. forma un estero bien guardado de los vientos y otras inclemencias.
Espantible puso un gesto de tonto de escalafón.
-¡La buena vida, amigo mío, la buena vida...! Qué, ¿me acepta usted otra copita?
-¡Hombre, don Roque, no le voy a desairar a usted!.
El río Piedras baja lento y solemne, perezoso y señor. El arroyo del Tariquejo va al rio Piedras. Y la cañada de los Hor nos. y el carío de la Rivera, y los esteros del Carbón y de los Tejares, y el arroyo Sorbijo -que ya saltó el vagabundo- y el Margarita y el Pozuelo.
Espantible se infló como una novla talluda.
-¿Y alguna tapa..., mojama, huevas, cangrejos, pescado frito?
-¡Hombre, don Roque, me pone usted en un compromiso! ¡Yo, a usted, no le puedo decir que no!
El río Piedras sale a la mar por el faro del Rompido. Desde el Rompido a Punta Umbría, entre pinos, toda la playa es cartayera.
Espantible empezó a babear.
-Mire usted, amigo, yo creo que lo mejor es que cenemos juntos.
-Bueno, don Roque, todo llegará; ahora estamos bien por aquí por los bares, don Roque.
Los pescadores de Cartaya se traen a tierra el robalo, el choco y el lenguado.
Espantible rompió a bizquear.
-¡Tiene usted razón! ¡Cada cosa a su tiempo! Pero usted cena conmigo, ¿eh?
-¡Don Roque!.
Por este campo crecen el eucaliptus y el pino, el naranjo y la vid, la higuera y el almendro.
Espantible comenzó a sentir fenómenos de levitación.
-Sí, sí..., usted cena conmigo, ¡no faltaría más! Pero ahora vamos a tomarnos un aperitivo que quede bien.
-¡¡Don Roque!!
Cartaya es pueblo que reza a San Pedro, el pescador, hoy
guardián de las puertas del cielo.
Don Roque se volvió al mostrador.
-¡Niño! ¡Una botella de San Patricio y todo lo que haya para picar!
-¡Va en seguida!
Don Rqque y el vagabundo, por mor de las tapas, estuvieron esquilmando cocinas tabernarias desde las seis haste las diez.
-¿Otra copita?
-¡A su salud, don Roque!
El vagabundo llegó a la cena en no muy buenas condiciones. Sin embargo, y como en su cartilla bien claro se dice que la única causa noble para no comer es la de no tener que comer, el vagabundo -una mano en la pared y dos dedos de la otra en el gañote, pero por dentro- devolvió a Cartaya lo que era de Cartaya y se quedó como nuevo.
La señora de don Roque, doña Ana Fleming Parreño, naturaI de Valvercle del Camino, el pueblo de los zapateros, obsequió al vagabundo con unos chocos con habas de las cuales guardará eterna memoria, junto a su gratitud eterna.
El choco es un calamar berrendo en marisco y un bocado de finísimos gustos. Los chocos con habas se cocinan friendo unos dientes de ajo en aceite, tan abundante como abrasador, y echando encima de todo los chocos cortados en pedacitos, se revuelven bien y, al medio cuarto de hora o poco más, se le añaden las habas y algo de agua caliente; se revuelve con cuidado, se tapa no del todo y, cuando el agua se fue ya por el aire, se sirve al afortunado a quien se ha de servir.
-¡Bendito sea Nuestro Señor Santiago que, de vez en cuando, nos permite despertar el bandujo!
El vagabundo, aquella noche, durmió en casa de don Roque. Su señora era muy amable y, al día siguiente, le dio de desayunar y hasta le permitió que se lavara los pies. ¡Qué fecha más señalada, la del encuentro con don Roque, en la vida del vagabundo!
De Cartaya a Lepe no hay más que una legua, fácil de andar aunque el terreno, a veces, sea algo escarpadillo. Quien quiera higos de Lepe, que trepe...


© Camilo José Cela

Alfredo Bryce Echenique







Hotel Tartesos
Alfredo Bryce Echenique
Revista Quehacer nº 123. Lima, Perú




Durante el tiempo que estuvimos casados, Maggie y yo salíamos disparados rumbo a España, cada verano, no bien terminábamos con nuestras obligaciones en París. Spain is different era el muy turístico y exitoso eslogan que, año tras año, a partir de los sesenta, iba aumentando considerablemente el número de extranjeros que empezaba a visitar una España tan tristona como llena de playas y de sol. Sin embargo, aquello de Spain is different tenía una connotación muy especial para Maggie y para mí. La gran diferencia, para nosotros, estaba sobre todo en un franco francés muy fuerte, en una peseta española muy débil, y en unos precios de ganga que nos permitían pasarnos tres meses vagabundeando de un extremo a otro del país, con los poquísimos francos que habíamos logrado mantener bajo nuestro colchón parisino, durante nueve meses de cinturones ajustados.
Maggie disponía de una beca eternamente renovable, debido al enamoramiento profundo de uno de sus profesores de la Escuela Nacional de Cooperativismo, un capo de esa institución, además, y yo de celos ni pío porque aquellos centenares de francos eran una de las cuatro patas sobre las que se apoyaba la mesa de nuestra supervivencia en París. Yo era lector en la universidad de Nanterre y, al mismo tiempo, enseñaba idiomas en un colejucho que pagaba con dinero negro a sus profesores. En ambos lugares, sólo cobraba mi sueldo durante los nueve meses de clases, y, después, arrégleselas usted como pueda hasta el próximo otoño, señor Bryce... Y, además, ya sabe usted: si no le conviene, etc...
También Maggie daba clases de castellano en el destartalado colejucho aquel de la rue des Francs Bourgeois, en pleno barrio del Marais. Le cedí las mías, al entrar yo de lector a Nanterre, en 1968, y conservé mis clases de alemán e italiano. Pero bueno, ¿con cuánto lográbamos vivir ella y yo en París, por aquello años? Yo diría que con unos trescientos a cuatrocientos dólares mensuales, menos en julio, agosto y septiembre, claro. Nuestros meses de verano dependían cien por ciento de nuestro colchón y del entonces tan difundido Spain is different.
Y así, en vagones de tercera y pensiones de mala muerte, íbamos Maggie y yo atravesando la geografía española, de norte a sur, de este a oeste. Recuerdo incluso las pensiones aquellas de cincuenta pesetas la noche, en que por un lado dormían las mujeres y por otro los hombres, en dos gigantescas habitaciones de altísimos techos, con tan sólo un lejanísimo mingitorio, su lavatorito de metal enlosado, siempre blanco, siempre enano, siempre desportillado, y dos interminables hileras de camas pegadas a las paredes, a menudo apiñadas, pestilentes siempre.
No es éste el momento de ponerse a pensar en lo felices que éramos Maggie y yo, a pesar de tantas incomodidades y privaciones. Pero bueno, ya que lo he pensado, lo digo, y lo digo con emoción e inmensa ternura por aquellos años: éramos tan pobres como felices y disfrutábamos como nadie de aquellos interminables vagabundeos españoles, tirando monedas al aire para ver si seguíamos hacia el sur, hacia el norte, o hacia la frontera con Portugal. Dos grandes aficiones nos unían: los toros y el flamenco, y muy a menudo nos limitábamos a una sola comida al día, con tal de poder pagarnos un par de asientos de sol en una plaza de Málaga, por ejemplo, o de costearnos el ingreso a aquellos maravillosos festivales de flamenco que, en una sola noche, reunían en algún escenario privilegiado -recuerdo, entre otros, el alcazaba de Almería y sus maravillosos jardines-, a un Antonio Mairena, un Fosforito, a un jovencísimo José Menese que ya empezaba a sorprendernos a todos por su seriedad y su poderío.
Comer más o menos nunca fue un problema para Maggie o para mí. Problema, y grave, era en cambio el del aseo, pues muy a menudo las pensiones en que nos alojábamos carecían incluso de un lugar donde podernos pegar un baño de esponja, siquiera. Y encontrarse con una ducha era algo tan poco frecuente que, la verdad, más parecía un espejismo en esas tierras secas y áridas del sur de España. O sea que Maggie y yo optamos por comer menos, aún, y por darnos el lujo de pagar un hotel como Dios manda, no bien sentíamos que la necesidad de un buen baño, un jabón sin estrenar, un champú de marca, y unas toallas decentes, empezaba a ser realmente apremiante.
Nunca olvidaré el pánico que Maggie y yo sentíamos cuando entrábamos a un hotel de tres, de cuatro estrellas, y pedíamos una habitación doble. Y cómo olvidar el pavor con que, no bien se marchaba el botones que nos había subido el paupérrimo equipaje, corríamos a ver el precio de la habitación, colgado ahí en la puerta del cuarto. ¿Podíamos o no podíamos pagar? Bueno, apretándonos aún más los cinturones, sí podíamos. Con las justas, pero sí podíamos. Y ahora a bañarse, bañarse y bañarse. Y a hacer el amor en la bañera y a volvernos a jabonar, a enjuagar. Y a lavar nuestra ropa y a hacer nuevamente el amor en la bañera y en la cama, hasta quedar exhaustos, pero siempre felices en esa habitación que parecía el cielo comparada con las de las pensiones que frecuentábamos, con esas camas de colchón de paja y un millón de baches y de bultos, más el maldito somier de alambre de púas, o casi.
Nuestra primera llegada a Huelva coincidió con la apertura del entonces mejor hotel de la ciudad, el Tartesos, que de pronto como que se cruzó en nuestro camino, nunca lo olvidaré. Y Maggie y yo estábamos tan inmundos que, sin pensarlo dos veces, nos dirigimos a la recepción, en busca de una habitación doble y de ese baño que estábamos necesitando a gritos. Pero, horror de horrores: ya estábamos registrados en el hotel, ya habíamos entrado a nuestra habitación, y ya habíamos visto aquel baño tan soñado como indispensable, cuando la lista de tarifas que colgaba en la puerta nos mostró que ésa y todas las habitaciones del Tartesos estaban totalmente fuera de nuestras posibilidades.
-¿Y ahora qué hacemos, Alfredo?- me preguntó Maggie, robándome la oportunidad de hacerle a ella exactamente la misma pregunta.
-Por lo pronto, nos bañamos, amor- le dije, tras una breve reflexión. Y añadí-: Si de todos modos nos van a botar a patadas, o nos van a mandar a la comisaría, al menos estemos limpiecitos cuando llegue el momento. Y como ese momento va a llegar, pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, aprovechemos para darnos una buena panzada en el comedor, esta noche, y para luego dormir a pierna suelta.
-Y mañana es otro día -sonrió Maggie, disponiéndose a abrir su mísera maleta.
-Tú lo has dicho, mi amor: Mañana sí que será otro día.
Mañana empezó esa misma noche y duró cuatro maravillosos días. Y mañana empezó cuando, ya bañadísimos y repletos de consumado amor, Maggie y yo decidimos bajar al comedor del hotel, darnos la comilona del verano, dormir, luego, y, al día siguiente, tras un desayuno como Dios manda, presentarnos en la recepción del Tartesos y confesar nuestro delito. Quiso Dios, sin embargo, que fuese otro nuestro destino, y que Maggie, tan alta como linda, tomase la delantera en las escaleras que llevaban a la planta baja, donde se hallaba el comedor. Y ya andábamos por los últimos escalones, cuando el rejoneador Ángel Peralta, que regresaba triunfal de la plaza de toros, rodeado de decenas de admiradores y llevando aún en las manos las orejas y el rabo que acababa de cortar, divisó a Maggie, mas no a su esposo, ya que éste se encontraba unos pasos más arriba y aún no podía divisársele desde el vestíbulo del hotel. Eufórico como estaba con su triunfo, Ángel Peralta se arrancó con un verdadero diccionario de piropos, íntegramente dirigidos a Maggie por supuesto. Y ya andaba por la jota, digamos, cuando apareció mi furibunda cabezota y quedó más claro que el agua que yo era el agraviadísimo consorte de aquella linda muchacha de la escalera.
Lo mío, por consiguiente, era desafiar a duelo a Ángel Peralta, o, lo que resultaba bastante más fácil e inmediato, arrojármele encima a puñetazo limpio. Y ya iba a optar por lo segundo, cuando el rejoneador me vio, lo entendió todo en un abrir y cerrar de ojos, y se arrancó con un nuevo diccionario, esta vez de muy sinceras disculpas y explicaciones de todo tipo. Maggie y yo nos dimos por enteramente satisfechos cuando, tras jurarnos una vez más que a mí no me había visto ni en pelea de perros, que había pensado que la chavala andaba solita su alma en la escalera, y que de lo contrario jamás se habría atrevido a piropearla, Ángel Peralta llegó a la zeta, digamos, y ésta consistía en que, para desagraviarnos, y hasta para indemnizarnos, si se quiere, él correría con todos los gastos de nuestra estadía en el hotel Tartesos. Nada menos.
Creo que nunca me he bañado tanto en mi vida, como gracias al rejoneador Ángel Peralta. Y Maggie, ni qué decir. Y además ahorrando los dos como locos y comiendo a la carta y con los mejores vinos del hotel Tartesos. Fuimos a toros y a tablados de flamenco, por cuenta propia, pero aun así ahorramos lo suficiente como para que Maggie decidiera comprarse un traje de verano, que, la verdad, yo encontré francamente horroroso. No era para nada su estilo, en todo caso, y por ello andaba yo de lo más cejijunto el día que abandonamos Huelva, rumbo a Badajoz.
Pero lo peor vino cuando nos dirigíamos a la estación del tren y a Maggie se le rompió un zapato, diablos y demonios. O, mejor dicho, a la pesada de Maggie se le rompió irremediablemente el zapato del pie derecho, en vista de que sólo tenía un par. No nos quedaba más remedio que comprar otro par, y yo, que ejercía siempre de banquero durante aquellos viajes veraniegos, le pegué la requintada del siglo, como si la pobrecita fuera culpable de algo. Aquello fue atroz, porque literalmente estallé y estuve horas sacándole en cara lo del traje ese horroroso. Y ahora, además, zapatos nuevos. Maldita sea. Uno, ahorra que te ahorra, y tú, en un instante, traje espantoso y zapatos nuevos... Requetemaldita sea... Adiós ahorros y cuánto te apuesto que escogerás los zapatos más feos del mundo...
Aquello fue como una pesadilla. Y sólo desperté cuando me di cuenta de que Maggie cojeaba silenciosamente a mi lado, con el taco roto y el rostro bañado en lágrimas, mientras íbamos en busca de una zapatería. Sólo entonces desperté, y me sentí cruel, sádico y perverso. Y terriblemente culpable, también. Tanto como ahora, Maggie, treinta años después y con el rostro bañado en lágrimas por algo que sucedió justo después de lo lindo que la habíamos pasado en Huelva y en el hotel Tartesos. Sí: con el rostro bañado en lágrimas, te lo juro, por algo que, sin duda alguna, tú ni siquiera recuerdas ya...

© Alfredo Bryce Echenique

Miguel Á. Núñez Beltrán






EL MAGISTRAL HEREJE
Miguel A. Núñez Beltrán





Miguel Ángel Núñez Beltrán nace en Tórtoles de Esgueva, Burgos, en 1955, se doctora en Historia en la Universidad hispalense con La Oratoria Sagrada, y, según confiesa, es andaluz de adopción. En dos trazos corrige un viejo refrán y lo deja en “Con quien naces y con quien paces”, sin exclusiones. Aparte de su tarea investigadora en la Historia de las Mentalidades y en la Edad Moderna, tras publicar varios libros dentro de este ámbito, escribe su primera novela: El magistral hereje. 
Sus páginas retratan la vida de un personaje caído en desgracia por la intolerancia. Una vez más, es la síntesis de una triste historia. Se trata de Constantino Ponce de la Fuente, de San Clemente de la Mancha, formado en la Universidad de Alcalá, que aparece en “la Sevilla esplendorosa del siglo XVI: uno de los focos del humanismo erasmista”, con tanta fama de buen predicador, que Felipe II hace que lo acompañe en su viaje a los Países Bajos; tiempo también en el que sobrevuela estas latitudes la larga mano de la Inquisición parando todo latido de renovación religiosa y cultural, cuya mirada represiva no pierde de vista ninguno de sus brillos. Fruto de tan agudo mirar es su decisión de cortar las alas de su palabra y, de paso, de su existencia, por lo que recluye a Ponce en la cárcel del Castillo de San Jorge en Triana.
La novela de Núñez Beltrán no se queda en narrar literariamente los avatares de su personaje, sino que apunta a una escenificación en la que el temor se transforma en terror y la sorpresa en temblor de muerte. En el capítulo de inicio, tras datar la escena en 1558, dice: “Las huestes del santo oficio irrumpieron en la calle de la Cerrajería y asaltaron, en medio de un gran alboroto, la casa del doctor Constantino Ponce. El magistral, con un libro en las manos, no opuso resistencia. Se levantó del sillón y con paso solemne quiso dirigirse a la puerta de una habitación contigua. Un soldado se lo impidió. Constantino se acerco a una estantería de libros para coger algunos, pero la justicia inquisitorial se lo prohibió. Los ojos del doctor Ponce escudriñaron el rostro ruborizado del alguacil, conocido suyo. En ese instante dos de la soldadesca lo sacaron a la calle. La algarabía del público y el silencio impotente del magistral recrudecían la tensión del momento. La severa y pacífica mirada del maestro recordaba a los discípulos los augurios que les había anunciado: el acecho de la Inquisición llevaba al aprisionamiento. En la marcha hacia el Castillo de Triana, su figura mayestática, flanqueada por guardia armada, caminaba delante de un gentío que profería gritos contra la Inquisición En la Puerta de Triana, una segunda guardia frenaba el paso de los adeptos al magistral. La comitiva atravesó el puente de barcas. Trescientos pasos de despedida para los discípulos y de incertidumbre para el maestro. Al entrar en el Castillo se adueñó de él un tormento interior. Sabía que comenzaba un tiempo de interrogatorios sin sentido, de acusaciones veladas, de tortura espiritual, de soledad. Le confortaban su fe y la confianza en sus amigos del cabildo, que conocían su honradez y su rectitud. Pero esto no le ocultaba nubarrones de dudas. Tiempo al tiempo, entre las gentes de Sevilla el espíritu de Constantino comenzaba a abatirse; el entusiasmo se hizo miedo, confusión, aún habiendo promovido antes algaradas ante los muros de Triana. Y no tardó mucho la masa en ponerse de parte de la Inquisición hasta con coplas como esta: “Viva la fe de Cristo / y la Santa Inquisición, / y quemen a Constantino / por perro engañador”.
Es el primero de una serie de días, bien contados en la novela, en los que se suceden torturas, juicios, condena y final: “El veintidós de diciembre de mil quinientos sesenta hubo un nuevo auto de fe. Por las calles de Sevilla los reos fueron objeto de improperios y pedradas lanzadas por los fanáticos. No se libraron las efigies que se erguían junto a los restos de las personas que representaban. Cristóbal Bernáldez conducía el pollino que cargaba con los despojos de Constantino. En la plaza de San Francisco se escuchó la sentencia: ‘…declaramos haber perpetrado y cometido el dicho Constantino Ponce los delitos de herejía y apostasía, de que fue acusado, y haber .sido muerto hereje apóstata, excomulgado, y por tal pronunciamos y dañamos su memoria y su fama. Y mandamos que sea sacada al cadalso una estatua que represente su persona, con coraza de condenado y con un sambenito que por una parte tenga sus insignias y por la otra un letrero con su nombre. Después de ser leída esta sentencia, sus huesos sean desenterrados y quemados públicamente en detestación de tan graves delitos, y quitar y raer cualquier título, si lo tuviese sobre su sepultura, de manera que no quede memoria de Constantino sobre la faz de la tierra, salvo de nuestra sentencia y de la ejecución”.
Como broche, exhumaron el cuerpo, aún en corrupción, lo metieron en una caja asfaltada para evitar olores, lo quemaron y arrojaron sus cenizas a la cloaca de la ciudad.
En el campo de honor del progreso y la renovación, estos varales siguen tirando del carro de la sociedad, salvando baches, pero sin dejar de avanzar; lo exige la naturaleza humana. Detrás queda el eco de una persecución ideológica más: “Tú piensas así, o creo, o me han dicho, o me conviene que sea así para tener motivos; pues ahora yo te anulo, te destruyo”.
Si; quedan el eco y las huellas en forma de recreaciones literarias, como El magistral hereje, dando testimonio de que tan duro es el camino de la libertad de pensamiento, que un hilo de sangre y otro de infamias se han convertido, a lo largo de la historia, en sus propias lindes.

© Manuel Garrido Palacios

Juan A. de Mora Negro y Garrocho





Huelva ilustrada.

Breve historia de la antigua y noble villa de Huelva.
(Imprenta del Dr. Don Gerónymo de Castilla.
Impressor mayor de la Ciudad. 1762)



La Magestad de señor Felipe IV hizo a Huelva la merced y gracia de ser libre y exenta de la leva y saca de gente para la milicia, expresando deberselo este privilegio por estar esta villa a la legua de un brazo de mar y a una legua de ella, por lo que necesitaba su gente para la defensa de Navíos Corsarios y particularmente de moros, que se entraban hasta aquella parte captivando a sus vecinos y pescadores, y que había sufrido muchas hostilidades en la guerra con los ingleses, y por esta razón había hecho un fortín a la boca de la mar, guarnecido con siete cañones y una compañía de cien infantes, que cada día se remudaban montando la guardia. Y que atendiendo a lo referido y a los privilegios que tienen los Lugares Marítimos, y a lo arriesgada que se hallaba dicha villa si se le sacase su gente para otra defense, siendo primero la propia que la agena; y que por la misma razón se le había reservado de no concurrir con gente para Cathaluña ni Portugal, para que la tuviese prompta para acudir a las invasiones marítimas. Por todo lo que su Magestad libertó a esta villa de concurrir con gente para cualquier otra parte, por su Real Cédula, despachada en Aranjuez en 6 de mayo de 1658, de la que se tomó razón en la Contaduría de Guerra a 5 de junio de dicho año.
[...] A 26 de Octubre de 1722, passó por Huelva hacia Portugal una ráfaga de huracán, que asoló cuanto topó. Derribó el Campanario de la Iglesia [...] con tres Campanas bien grandes, una de las cuales dio fuerte golpe sobre la Bóbeda de la Capilla mayor; mas esta ni se quebrantó con el golpe, ni cedió a el violento peso. Reparose este Campanario con las cuartas partes de los Diezmos el año 1723, quedando más fuerte y hermosos que antes. Volvió a caer sobre la misma Bobeda con el Terremoto del año pasado 1755, peró quedó la Bobeda ilesa. Por Octubre de 1758, se lastimó tercera vez a la violencia de un huracán deshecho, que causó grandes estragos en toda la Costa, quedando cuarteada la bobeda y desplomado el testero de la Capilla mayor, sobre que se levantaba el Campanario.

© Juan Agustín de Mora Negro y Garrocho

Jacobo del Barco


Antonio Jacobo del Barco
Dissertación histórico-geográphica
sobre reducir la antigua Onuba
a la villa de Huelva
(1755)


...nos dolemos sin consuelo de las injurias del tiempo y de la incuria de nuestros mayores, pues no hallamos en Huelva algún pedestal, o mármol, que nos diga algo de su antigüedad, si fue Colonia, o Municipio, o theatro de alguna memorable hazaña. No obstante, tiene Huelva algunos mudos testigos de su antigüedad, que dan señas de que es heredada de la célebre Onuba. El primero es un Acueducto subterráneo, que celebra Caro, que lo registró por muy antiguo y que en su tiempo daba abundante agua; pero hoy, habiendo hecho vicio la obra, ha lastimado la cañería, que contiene la bóveda, y en especial en años secos padece el pueblo mucha escasez. Es obra muy perfecta y da indicios de ser de romanos, pues sabemos la habilidad que tuvieron en minar los montes, y la cañería es una grande y espaciosa mina, que taladra muy altos cerros, sin saberse el manantial de donde se conduce el agua. Igualmente se encuentra en este campo multitud de monedas del tiempo de los Augustos. Pero lo más singular fue haber hallado, cavando la tierra para hacer plantío de viñas, unos antiguos sepulchros que contenían dos o tres como candiles de barro muy cocidos y unos grandes botijones llenos de cenizas. Y si estos candiles aluden a las lámparas sepulchrales llamadas inestingibles, y las cenizas a la costumbre romana de quemar los cadáveres de las personas ilustres, arguyen mucha antigüedad estos inventos. Ultimamente se ha encontrado en estos días una medalla con characteres desconocidos, que conserva el mencionado Archde Kin, y que según los alpharetos que en su ensayo ha publicado don Luis Joseph Velázquez, erudito andaluz, parece que conviene el epígrafe a la Deidad que se veneraba en Cádiz. No insistimos en estas antigüedades sino para inferir en común hallarse en Huelva rastros de pueblo muy antiguo.

© A. Jacobo del Barco

Uberto Stabile (2 libros)



MALDITA SEA LA POESÍA
Uberto Stabile


Me gustaría ser un recién llegado a Huelva, un viajero que se asoma a ella y ensancha su admiración descubriendo la poesía que oculta este sur de sures, y saborearla más allá de los rancios tópicos con los que la perfilan los encargados del ramo, más acá de las manidas frases que alguna mente preclara –o postclara, vaya a saber– reinventa sin pudor. Abelardo Rodríguez versificaba esta pasión con elegancia: «¿Quién pudiera como tú / ver por vez primera esta playa?»; versos que encierran un deseo compartido de ver con ojos nuevos este paisaje con sus figuras, unas con brillo propio y otras rodeadas de luces a pilas para hacerse notar. «Maldita sea la poesía» responde al nombre de un libro de Uberto Stabile, al que un día habrá que reconocerle cuanto hace por la cultura en esta tierra. Se trata de una Antología hecha por el autor y por Ignacio Escuín, prologada por Ángel Petisme y publicada por Editorial Eclipsados. Se puede leer en la página 79 por qué llama Stabile «maldita» a la poesía: «Yo he visto / los mejores poetas de mi generación / desterrados, desheredados / ocultos en el fondo de los bares / y he visto sus miradas / como versos trepidantes / cabalgar hacia el final de la noche / y he visto su ternura descuartizada / por la abundancia de quienes les temen / y en su miedo los hacen grandes. / He visto la bondad en sus gestos / la rebeldía de un mundo / que no necesita ni ley ni orden para ser justo, / la testaruda razón de quienes a la vida / responden con la vida misma. / Yo he visto / una canción que no tenía letra ni remite / y ellos la entendieron. / Les he visto levantarse / contra los versos exquisitos y subalternos, / les he visto encadenarse a las excavadoras / para frenar la destrucción de su tierra / de su conciencia / y nadie los invitó a los palacios de Doñana / y mucho menos a editar poemas / bajo el sello hipócrita / de quienes lavándose la cara / ensucian el mundo. / He visto cómo se engañaban para seguir / perdiendo en un círculo de ganadores / como alacranes en mitad de un fuego / que desintegra y reduce / la inteligencia y el miedo. / Y por todo ello han sido procesados, / sentenciados, condenados / abocados a la indigencia laboral / y clandestinidad de la palabra. / Yo he visto / los mejores poetas de mi generación / romper versos a conciencia / "porque bien ya otros lo hacen / y no ha ocurrido nada". / En su profunda voluntad de cambio / en sus humanas contradicciones, / en su maldita y genial resistencia / frente al pensamiento único, / he visto los mejores poetas de mi generación / perder sus mejores oportunidades / y no ha pasado nada, / pues nada hay más digno / que ser coherente y efímero / en todo momento y verso, / esa maldita poesía que nos hace libres / frente a la tradición.»
Cierra el editor: «Sólo alguien que dedica cuerpo y alma a la poesía puede titular un libro que recoge la esencia de toda su carrera poética con una afirmación tan cargada de sentido».
Sí, me gustaría ser un recién llegado a Huelva, un viajero capaz de descubrir la poesía que oculta.
HABITACIÓN DESNUDA
Uberto Stabile 

Stabile, “fiel a sus orígenes, poeta de la transición y en transición permanente”, según Fernando Beltrán, es el polo opuesto a los brillos de neón y al alzavoz de tómbola de feria. Él se entrega “a la poesía sin miedo, sin pudor; con la gratitud y el respeto de quien se entrega, en la misma medida de sus sueños utópicos, a los demás”, dice Antonio Orihuela. Promueve cultura, reúne a escritores y él, que lo hace posible, apenas aparece; se le ve perdido entre bastidores, atento al mínimo detalle, pero sin dar resbalones por los pasillos del poder efímero con la puta pancarta del “yo, yo y mi yo”. Para Uberto –así lo he visto siempre-, el eje son los demás. No se dan casos así todos los días, hartos como estamos de tanto bobo de diseño, de tanto autobombo vacío, de tanto amiguismo, de tanta nadería revestida de estupidez y de plagio –repito- inmisericorde, vergonzante. De Stabile, en el que “la irreverencia, el humor, la ironía, la rabia y la permanente sugerencia son sus herramientas más efectivas”, según José Eugenio Sánchez, hablamos los demás porque es merecedor de miles de palabra por el cúmulo de cualidades que lo tienen por centro, porque, como dice Ángel Petisme: “Cuando uno conoce a Uberto Stabile entiende por qué a los soñadores de mapas nunca les tiembla el pulso bajo el crepitar de las velas”. Hoy se habla de él con la alegría añadida de haberse publicado en Ediciones Baile del Sol, de Tenerife, su libro de versos Habitación desnuda, una antología que abarca desde 1977 a 2007, de la que, por ejemplo, dice Alfons Cervera: “He leído estos poemas como los leí siempre: con la seguridad de que siempre hay un cuchillo dispuesto a agrandar con su filo las dimensiones de la belleza: desgarrándola. Es la poesía que me gusta”. Uberto Stabile “es poeta, pero le hubiera gustado ser la lengua de Mick Jagger o el mod de Quadrophenia”, escribe Juan José Téllez. El poeta, ya queda dicho, no habla de sí mismo. Aparte de otras voces, es su poesía la que habla por él y en la que entraremos en la 2ª entrega de esta breve reseña de su libro. De momento, cerremos esta primera con la cita que lo abre, escrita por Antonio Escohotado, y que nos da un norte de su pensamiento: "De la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción, elijo yo aquello que pueda o no cruzar esa frontera, soy un estado soberano y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país".

© Manuel Garrido Palacios

José Sarria





INVENTARIO DELLE SCONFITTE
José Sarria






“Le dije que se equivocaba, / que yo no tengo pedigrí / ni sangre azul, / que mi visa no da / para más de cien euros / y que nunca podré asentar la cabeza. / Le seguí detallando mi currículum / de perdedor, las credenciales de exilado / perpetuo. Le mostré los documentos / que me validan / como un desheredado de larga duración. / Le expliqué, sin titubear, / mi teoría sobre el largo plazo / y el día de mañana. / Intenté convencerla / de que a mi lado no tendría / más patrimonio / que un incierto futuro, / y a pesar de ello, / prefirió apostar por la aventura / de acompañarme. Desde entonces / ya no he necesitado a nadie más / para compartir este / inventario de mis derrotas”.
Este libro de Poesía trae el latido entre los versos. Digo Poesía con mayúscula para apartarla del ripio subvencionado, del insufrible “¡Oigo, PatrIa, tu aflicción!”, de las odas al descubridor y de la efímera moda, “Sé que no estaré muerto / mientras pueda vivir en tu memoria; / por eso estos poemas”. Un lector de Poesía que ponga empeño en entender un lenguaje que va desde la cima excelsa hasta el envilecimiento de la palabra, sabe que el Poeta cabal no requiere anuncios, ni pastar a la sombra de trapicheos con los que alimentar su historia, ni vestir galas que tanto marcan lo que no es por dentro. A José Sarria, Poeta, le basta con decir: “Escucho mi silencio y descubro / derrotas de una vida que han servido / para ir tejiendo / con paciencia infinita, con la firme / esperanza de las causas perdidas / esta tristeza que tanto me gusta: / la esencia de mis actos, lo mejor de mí mismo”.
Viene todo esto al hilo porque ando metido en un trabajo sobre el tema y he retomado varios libros, entre ellos, el de José Sarria: “Tratado de amores imposibles” (Ed. Libertarias) en el que las posturas banales citadas se colocan al fondo de baúl de lo inútil para compartir con quien lo lea, aún en los tiempos que corren, algo tan complicadamente sencillo como es la Poesía. Uno, que no es más que un viajero que se embarca en unas páginas abiertas, disfruta del íntimo paisaje que ofrecen a ver si alcanza la isla que el libro propone.
José Sarria se interna en el mar del amor desde el primer respiro, a sabiendas de que “ninguna pasión perdura / el número de cada noche”. Y con ello se asiste a una travesía por las formas de amar o desamar que, no por eternamente arcaicas, dejan de sorprender. Página a página, como un paseante por cubierta, ve que “un amante novicio pide a la amada que le muestre su corazón, y ella se abrió una brecha en el pecho con puñal de plata”. Luego le ocurrió -a ella o a otra- que “no pudo detener su herida y el alma se le quebró en mil pedazos”. Al fin, “se ahogaba con la última tempestad”, porque “no hubo terapias, remedios ni pócimas con que calmar su dolencia”, aún con las manos aferradas “a unas viejas cartas de navegación”. A pesar de la mortal singladura “nadie dio crédito a su historia”, y menos cuando ya fue sólo espíritu para “transitar entre los caballetes de los jóvenes pintores”.
Conoce el Poeta que todos los amores son el amor, por lo que su libro, que parece contener muchos amores, deja ver que sólo un amor lo habita. Veamos el árbol del poema XV, en cuyo viejo “tronco se pueden leer inscripciones de amores eternos”, a pesar de los otoños, de las podas, de los nidos o del resurgir de su propia muerte cada primavera, porque “el amor, como todo lo imposible, es lo único real”.
Tan real es esta entrega poética de Sarria que ha hecho que un escéptico en activo navegue por ella hasta la isla donde “el hombre había estado tan cerca del amor que su corazón estuvo a punto de acabar carbonizado. // He vivido, he amado a mil mujeres. Las hubo transparentes, gráciles, esbeltas o graves y sombrías como los abismos. Mujeres de caderas infinitas, de pechos adíanos y cabellos dorados. Mujeres que me llevaron en sus brazos a otros mundos y otras que me hicieron descender a los infiernos. Mujeres de fina porcelana, dúctiles, asequibles para el amor. Mujeres convexas, atrevidas, de palabras ligeras, mirada franca y hermosa piel. Mujeres que se deshacían con el aire y se evaporaban al salir el sol. Mujeres de una noche o de una vida. De todas ellas aprendí que una mujer desnuda es capaz de desbaratar, aunque sólo sea por un instante, el rostro de la muerte”.

© Manuel Garrido Palacios

José María Cumbreño






RETÓRICA PARA ZURDOS
José María Cumbreño




PREGUNTA: “Dicen que a quien le han amputado un brazo o una pierna le sigue doliendo de vez en cuando el miembro perdido. Lo mismo les ocurre a los poetas inéditos con los libros que no han escrito”. El párrafo sale de Retórica para zurdos, obra reciente de José María Cumbreño (Cáceres, 1972) autor que la perfila como…
RESPUESTA: …un repaso de todos los textos metaliterarios que han aparecido en otros libros míos, lo que la convierte en un conjunto misceláneo en el que la poesía, la narrativa condensada y el ensayo se confunden. Además incluye una serie de inéditos en los que escribir con la mano izquierda constituye un ejercicio subversivo.

P: “Escribir ocultando más de lo que se muestra”.
R: En la literatura lo que se cuenta no es que no sea la verdad, sino que ni siquiera es una parte de la verdad. El escritor sensato sabe que si, por casualidad, lo que escribe se correspondiese alguna vez con lo que realmente quería haber escrito, en ese preciso instante (y para siempre) tendría que dejar de escribir.
P: ¿Podría tomarse también como incapacidad para expresarse o por un no querer darlo todo?
R: Prefiero pensar que se trata de una manera de ocultarme para intentar saber quién soy. Sólo detrás de una máscara se puede ser realmente sincero.
P: En este marco en el que nos movemos, ¿para qué sirve la poesía?
R: Hay quien dice que para nada. Hay también quien asegura que es imprescindible. Probablemente ambas afirmaciones sean verdaderas y falsas al mismo tiempo.
P: Otros añaden que es para sacar fuera algo que duele dentro; que es como una catarsis. Digamos que cada cual cuenta la fiesta según le va.
R: No me gusta la idea de la poesía como desahogo. En mi opinión, más que sacar la basura, la poesía construye una casa en la que se vive protegido de la intemperie.
P: Publicar poesía, ¿no es presentar en cierto modo el alma desnuda?
R: Era una manera de entender la poesía en el Romanticismo. Sin embargo, la poesía es también (y sobre todo) un género de ficción.
P: Hay días que no se está para nada, ni siquiera para la poesía.
R: Incluso en esos días la poesía está ahí si uno la necesita.
P: Ya que la poesía es capaz de mover el mundo, si te dieran una palabra como punto de apoyo…
R: …es probable que me cayera.
P: Escribir y escribir y el viento lamiendo las pisadas. Pasa el tiempo, se lleva las palabras, deja el eco de lo que se dijo, de lo que se escribió. Es como sembrar esperanzas en qué.
R: Esperanzas tengo pocas, la verdad.
P: Leyendo tus poemas tenía puesto un concierto para piano de Haydn, especie de cortina sonora que te aisla para centrarte más. ¿A la hora de escribir te planteas también esta necesidad?
R: Con dos niños en casa resulta imposible. Antes era un maniático para escribir: siempre a la misma hora, siempre en el mismo sitio, siempre en silencio absoluto. Ahora no me queda otro remedio que leer y escribir en medio de una casa llena de ruido, a saltos, con dibujos animados permanentemente de fondo.
P: Uno de tus versos describe al poeta como prestidigitador, cuya varita mágica… ¿acierta o confunde?
R: Prueba, ensaya, tantea.
P: La poesía puede estar dentro y fuera del verso.
R: En muchas ocasiones, nada tiene que ver con el verso.
P: Cada poeta tiene su ámbito, su mundo interior, del que parte.
R: El ser humano tiene de sí mismo un concepto demasiado elevado, porque, en cuanto se descuida, piensa que es distinto a los demás.
P: ¿Se nace o se hace el poeta? ¿Cómo sucede?
R: La poesía surge en el momento en que aprendemos a ver cuando miramos.
P: En realidad, ¿para quién se escribe poesía?
R: Como diría el cartero de Pablo Neruda: "La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita".
P: Si tuvieras que entresacar un texto de “Retórica para zurdos” para compartirlo y así cerrar esta página…
R: Sería el libro entero, pero ciñéndome a uno, puede ser el que titulo Amor cortés, que dice: “A pesar de todo, era preferible amar (aunque a uno no lo amasen) a no amar (aunque hubiera alguien que estuviese loco por nosotros). Una vez que esto había quedado claro, el enamorado adquiría categorías distintas en función de lo que iba consiguiendo. Si bien, literariamente, hay que admitir que resultaba mucho menos interesante la fortuna del tímido vencedor que el infortunio del audaz vencido”.


DICCIONARIO DE DUDAS

“Apuntar las dudas en un cuaderno, / colocarlas una detrás de otra / me ayuda a dormir, / aunque sé que me tranquilizo / con un engaño, / porque, cuando se ha estado cierto tiempo / inventándole límites / a la incertidumbre, / se acaba no distinguiendo / la verdad de la retórica. / También hay quien camina / tratando de no pisar / las junturas de las baldosas / o quien no cruza la calle / hasta que no pasa un coche rojo”. Vale decir que hoy trazamos poemas, entre otras expresiones, igual que “los ejemplares de homo sapiens peor adaptados se pasaban el invierno inventando símbolos que amansasen su miedo”.

El poema no es el límite. El lenguaje lo es. El poema intenta, consigue, a veces, rasgar la marca del límite, decir más de lo que se pretendía. Es el lenguaje el que se para si no hay horizonte que alcanzar, duda que abrir. “La partitura se explica por oposición al silencio”. Bendita la duda que acelera el latido, que crea un paisaje de niebla, que pinta el aire de lo inesperado, que define el escribir como “enhebrar una aguja con los ojos cerrados”. Si sumamos a esto la dificultad que entraña al tratarse de Poesía, la duda hace que te sientas por dentro, que extrañes tu presencia en mitad del misterio de la vida, que te sitúes junto a “una señal donde se leen los nombres de varias ciudades y las distancias que hay que recorrer para llegar a ellas. Dividirse, bifurcarse, ramificarse. Un lugar que es ningún lugar y es todos los lugares a la vez”.
A José María Cumbreño le ha editado Calambur su poemario Diccionario de Dudas: “El lado hacia el que miro delante del espejo no es el lado hacia el que mira mí imagen reflejada”. La duda habita en sus páginas, y el poeta, que sabe que “es posible irse de un lugar y no abandonarlo”, une duda y diccionario porque “una y otro intentan lo mismo: descarnar la palabra hasta llegar a su esencia”, aunque la más simple duda pueda eternizar un instante. Todo esto dicho en verso convierte el lenguaje en traducción simultánea del sentimiento, algo así como “oírse a uno mismo, hablar en otra lengua con la sensación de estar oyendo a otra persona”.
La duda habita en el papel con “la tensión del arco y el arquero, / el blanco y la flecha”, con el temblor último, decisivo. De la tensión de la duda nace este hermoso libro: “el cuaderno abierto como una llanura sobre la que llevase años sin llover. Miro mi lápiz afilado entre el índice y el pulgar esperando que en algún momento tiemble”. El autor lo plantea entero sin que la gran sombra abandone una página, despejando la duda de que “estudiando las relaciones entre una consecuencia (si la hay) y sus causas (si existen) se puede llegar a una conclusión determinada y también a la opuesta”, señalando el ámbito de la indeterminación al decir que si “la forma más perfecta [resulta] ser la del cero probablemente no signifique nada y sea mi imperfección la que le otorgue un significado”.
José María Cumbreño (Cáceres, 1972) Filólogo, ha sacado antes Las ciudades de la llanura (2000), Árbol sin sombra (2003), De los espacios cerrados (2006), Estrategias y métodos para la composición de rompecabezas (2008) y Teorías da ordem (Antología bilingüe española-portuguesa), aparte de colaboraciones en varias revistas especializadas: Turia, El Extramundi, Reloj de arena, Müsu, Diversos o Espacio / Espaço Escrito. Es Premio de Poesía Ciudad de Badajoz y de Narrativa Breve Generación del 27. Es profesor y dirige la colección Litteratos en Llttera Libros. Pero sobre los fríos datos, José María Cumbreño emerge como poeta, claro poeta a flote en el mar de la duda, de las dudas… esos imperceptibles puntos suspensivos que “según las gramáticas […] sienten temor, se asombran. Dejan frases a medio terminar. Son nerviosos, inseguros. Se colocan al final de las listas, enumeraciones e inventarios donde hacer recuento de lo que se tuvo o se ha sido, donde añorar lo que no se tiene o no se es”.
“Al narrador, por si acaso, no conviene tomárselo demasiado en serio. Porque no siempre resulta fácil descubrir cuándo es él mismo y cuándo un personaje”. Lo cierto es que el lector comparte sus dudas convencido de que “mientras se traza un círculo se conoce la calma”, que viene a ser la sensación de que tanto somos lo que hemos hecho como lo que hemos dudado. ¿O no?

© Manuel Garrido Palacios