PATRIMONIO INMATERIAL

PATRIMONIO INMATERIAL

Cuando después de Tordesillas el cielo se une con la tierra y crees que no vas a caber por el camino, aparece Urueña en un risco con la humildad que da la grandeza en su combate con el tiempo. Setenta vecinos, o un ciento largo de almas, o un rosario de puertas cerradas, o postigos que ya no abren, o nevisca en pleno abril si te dan de cara el agua y el frío juntos, o la soledad al asomo del lubricán, o la magia de lo sencillo. Todo eso es, o parece Urueña, pero también es el pueblo que luce diez librerías de primor, por lo que la llaman Villa del Libro, y un Museo de la Música con presencia de mil instrumentos generadores de la belleza sonora del mundo, y un exquisito estudio de grabación bajo la batuta de Luis Delgado, y un Museo de campanas con sus conciertos, y otro de la Imprenta, y uno en formación de gramófonos, y talleres de creación, y salas de exposiciones,  y puntos de aquí te veo para creativos, y restaurantes en los que se saborea de entrada la sopa castellana, sin olvidar los caldos de Toro o de la Ribera o de donde sean: caldos son. Y un motor como esencia: la Fundación Joaquín Díaz, con él al frente y a los flancos. Fundación con un corazón grande para albergar un ejemplario sobre la tradición en forma de biblioteca, museo, colecciones y fonoteca, sin dejar de lado la riqueza de documentales que dicen cómo era lo que ya no es. Np quisiera decir ‘y nunca volverá a ser’, pero lo he dicho.
          Puntualmente coincidimos en Urueña los asistentes al Simposio sobre el Patrimonio Inmaterial, con gentes venidas de América, Europa, Asia y con los escritores del Encuentro de Creación Literaria. Hasta hubo que adaptar horas y espacios para hacer posible que se hablara de genio e ingenio, de repentización oral, del gesto como lenguaje, de la comunicación religiosa, de los trovos, de la desarticulación del tiempo, del humor de una modernidad periférica, de la interpretación de los chistes, de libros –contra más viejos, más nuevos a veces-, de cuentos populares, de pensamiento mágico y de todo lo que abarca el saber tradicional.
          A la par de esto, brotaron las expresiones cantadas de esa América que conocemos poco, en la que un peruano canta, un mejicano le contesta, un chileno le hace ritmo, un colombiano el coro o un cubano le aporta la improvisación oportuna.
          Un milagro humano, una obra bella, irrepetible, que surge en su momento preciso estimulada por un campo bien labrado para que madure. Un campo de cultura cuyos surcos se le deben, sin duda, a nuestro Joaquín Díaz.

          En esta mirada hacia el Patrimonio Inmaterial organizada por la Fundación y la Cátedra de Estudios sobre la Tradición de la Universidad de Valladolid, Maximiliano Trapero habla de literatura oral y subraya que “nunca se había puesto el acento de manera monográfica sobre un aspecto como el ingenio”. Cita el caso del repentista cubano Orlando Laguardia, que ante un apagón del “período especial” (1997) fue invitado a un buen  refrigerio en el Festival de la Décima en Las Tunas. Dijo:

Tal parece que mi vida
es una pesada cruz:
cuando hay comida no hay luz
y cuando hay luz no hay comida.

Añade salsa con versos de Juan Antonio Díaz:

La memoria, a mi entender,
es la maquinaria humana
que hace llegar a mañana
lo que fue suceso ayer.
Pudiendo violada ser,
por diabólico motivo,
la memoria es el archivo
donde el hombre con acierto
transita después de muerto
como si estuviera vivo.

Jean-François Botrel indaga sobre el lenguaje y se pregunta si el “hablar de manos era cosa de villanos”. Luego hace un “atrevido intento de arqueología del gesto, buscando en lo escrito y/o lo representado y en la literatura oral, fundamentalmente narrativa, todo lo que en las prácticas del pueblo español histórico remite a la gestualidad para poder analizar la posible función expresiva de un ‘arte del cuerpo’, estudiando cómo, cuando lleva intención, contribuye a la función ingeniosa de la voz, llegando a sustituirla a veces”.
          El chileno Salinas Campos habla del tiempo colonial y su desarticulación por la risa, con el recuerdo de Juan Verdejo, “roto de Chile: representación viva de la otredad de Occidente en la historia”, cuyos rasgos de origen habría que buscar en tiempos de Felipe II, cuando mandó desterrar “a Chile a los individuos que consideró incorregibles y peligrosos para el gobierno y el orden establecido en el Nuevo Mundo”, Una pincelada de sus prontos:

Por mi abuela
que somos rotos fatales:
no poder comer cazuela con ají
por culpa de don Morales.

Tomás Lozano dice de Trovos y cañuteros en Nuevo México:

En la puerta de mi casa
tengo una mata e cirgüela,
no te chinquetes conmigo
chiquétate con tu abuela.

Luis Díaz interpreta chistes populares, Luis Resines da un recital sobre el gesto en su comunicación y Susan Campos viaja desde la Insula Barataria a la República de los Cocos con los perfiles de Sancho, Charlot y Cantinflas en una reivindicación del poder como individuos libres. Don Quijote escribe a Sancho: “sé bien criado y procura la abundancia de los mantenimientos". Charlot dirá: "Pensamos demasiado, sentimos muy poco. Más que máquinas necesitamos tener más humanidad. Más que inteligencia, bondad y dulzura". Cantinflas aludirá a ello en Su Excelencia: "Estoy de acuerdo con lo que dijo el representante de Salchichonia: con humildad de albañiles no agremiados debemos de luchar por derribar la barda que nos separa, barda de la incomprensión, de la desconfianza, del odio, pero no la barda de las ideas, ¡eso no!, ¡nunca!; el día que pensemos y actuemos igual dejaremos de ser hombres para ser máquinas […] Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz, no sólo impulsado por su instinto de conservación, sino por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada cada vez más digna de la especie humana, aspiración que no será posible si no hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social”.
Tras hablar de todo esto y mucho más en Urueña, pueblo erguido al borde del horizonte, y de mojar las palabras con sabrosos caldos castellanos, se podría fijar la idea de que el humor, además de Patrimonio común, es una de las cosas más serias que existen.

© Manuel Garrido Palacios