Eugène Grasset
Eugène Grasset
Affiche pou le Salon des Cent
(1894)
Pochoir 64,2 x 50,2 cm.
Collection Privée
L’Art Nouveau · La Revolution decorative
Pinacothèque de Paris
Manuel Moya
APUNTES DEL NATURAL
Manuel Moya
Premio Iberoamericano de Poesía
"Hermanos Machado"
Fundación José Manuel Lara
I
ANTE “MUJER HACIENDO UNA PIZZA”
DE EDWARD HOPPER
Querría escribir este poema,
pero no sé cómo empezarlo.
Porque, cómo lo diría,
todo cuanto ha de haber en él
debiera ser leve como tú
mientras mezclas harina y agua para hacer una pizza,
esa manera tuya de saber que estás, que eres,
desnuda desde dentro y desde fuera,
ese estar conforme contigo y con las cosas,
con la harina y con las gambas, por ejemplo,
con la miel que dejas derramar sobre la masa,
con ese mancharte de las cosas,
ese hacer que las cosas vivan y sean vivas en tus dedos,
y querría escribir este poema, tan desnudo como tú,
mezclando harina y agua, alcaparras, miel,
y no pedirle nada más al mundo
sino ser consciente de mí mismo en este mundo,
saber que el tiempo existe mientras escribo este poema,
que existes tú
mientras mezclo todas estas cosas,
y tomar en mis manos miel y letras y alcaparras
y saber que la vida, toda vida, cabe en eso,
en una mujer desnuda escribiendo un poema,
en unos dedos que nunca se cansan de ser dedos,
en la harina de estas letras torpes
manchadas de dedos y de vida.
© Manuel Moya
Juan Carlos de Lara (2 libros)
Admiro a quien abre el arca íntima para que los demás se asomen. El poeta lo hace a través de sus versos -transparencias del alma- al dejar en carne viva sus dentros en cada obra. Quizás una hoja en blanco pueda ser todavía el gran poema, pero mientras se llega a esa síntesis, en la magnitud que alcanza un sentimiento hecho verso habita la belleza. Escribir poesía es hablar a tumba abierta. Lo que hay es lo que queda cuando el poema toma rango de frontera entre el sentir y el arte de expresarlo.
Juan Carlos de Lara tiene voz propia para
la poesía y voz heredada por vía directa. Privilegio de los Lara. Casta. Su
sabiduría está en ahondar en la voz que le sale de dentro sin rechazar la que
le viene de herencia con un golpe de efecto freudiano de los de matar al padre.
Conmueve ver cómo la asume y enriquece con ella su estilo, su expresión, su
hacer. Encauza en ambas ese río de amor que desemboca en el hijo, las hijas, en
su caso, en las que se mira porque completan el cupo de ternura que le tocó en
suerte. Son voces, la desnudamente suya y la vestida de herencia, que avanzan
paralelas, equidistantes, como líneas de un pentagrama que esperan todos los
cantos que le bullen y que quedan por salir. Las dos destilan emoción al
leerlas porque es cualidad que traen; las dos excavan insaciables en el estrato
de la infancia porque allí suele quedar sepultada por extraños aluviones una
hermosa porción de la esencia poética, del jadeo vital, que él sabe
inalcanzable.
Sus libros dicen lo que digo: Caminero del
aire (1985), Elegía del amor y de la sombra (1987), Antes que el tiempo muera
(2000), Memoria del tiempo claro (2008) y sin que termine el año este
espléndido Paseo del chocolate, publicado por Renacimiento (Sevilla), que
presentó en la librería Beta hace unos días.
Juan Carlos de Lara (Huelva 1965), que
recibió de la vida todo esto, ya dice a quien le sigue: “Me haces verdad esa
esperanza mía”, como si refrendara en un escueto verso que estamos hechos de
pasado, y llena su bagaje de impulsos para el futuro dando las claves de lo
efímero a los que le hereden: “Te entregaré lo poco que he reunido: / mi casa,
viejos juegos que no olvido / y estos versos que el tiempo hará pedazos”. Al
poeta, que “encontrará en tu llanto su despertar auténtico” le “quedará ya siempre
/ una razón inmensa para vencer el miedo”. Dice el padre a la criatura que abre
sus ojos al mundo, de la que pronuncia su “nombre como una bienvenida”: “Mi
horizonte tendrá la altura que tú alcances”. Y le añade al alzarla como una
copa de Klitias: ”Hoy que estás en mis brazos he podido / desbaratar al fin
todas las piezas / de este particular rompecabezas / de vivir sin creer que se
ha vivido”. Le confiesa que si: “aún no comprendes lo que te escribo ahora /
llenaré tu niñez de poemas”, porque en esta vida “sólo queda sin herida / la
infancia y poco más que algún instante”, niñez que “la vivo como si en ella
fuera / otra vez a encontrarme con las cosas perdidas”, aunque “el tiempo
pasará sin detenerse”
Este gesto del alma que es la poesía, tan
minoritario a menos que, como decía -¿quién lo decía?-, te llames Federico,
Juan Ramón o Donantonio, plantea en las presentaciones de libros una pregunta
que levanta pasiones por un lado e indiferencia por otro -que es otra manera de
apasionarse-: ¿Para qué sirve la poesía? La respuesta abarca un espectro tan
amplio de ángulos que puede ir de “absolutamente para nada” a “vitalmente
necesaria”, según se sea sujeto u objeto de ella, agente activo o pasivo,
llegando, incluso, al desprecio de los que jamás accedieron a ella porque nunca
surgió en sus paisajes o porque intentaron hacerla con los pies, con la barriga
o con la soberbia, a la luz del día o detrás de la cortina del despacho, aunque
a simple vista aparezcan bajando de sus olimpos caseros mirando con tono de suficiencia
al ingenuo que se atrevió a dar forma bella a su sentimiento verso a verso.
La poesía es como la guitarra del mesón
machadiana; diga lo que el autor haya querido decir, a cada uno dirá un
“nosequé”, que le moverá la fibra propia, cuya hondura nace en el verso y nadie
sabe dónde muere el eco. Y esto es porque el verso no roza la mente. Va de
corazón a corazón. Y le basta.
Hace unos días ha presentado Juan Carlos
de Lara (Huelva, 1965) en la Librería Beta la obra “Memoria del tiempo claro”,
una antología de sus versos contenidos en Caminero del aire, 1985, Elegía del
amor y de la sombra, 1987 y Antes que el tiempo muera, 2000, editada por Alea
Blanca, de Granada. El título sugiere que el libro parece haberlo concebido el
poeta en la frontera entre dos épocas: la del tiempo claro y la del tiempo
oscuro, la del hasta aquí fue así y la de desde aquí se abren otros postigos,
otras puertas, aunque por igual talladas en madera de dudas: “sucede que el
pasado / me separa de ti, porque el futuro / no lo miro de frente”. En su casi
medio centenar de páginas, claras como el tiempo que pregonan, vemos cómo se
aleja la “niñez de cinco y media por el suelo / jugando con la guerra” o
“corriendo por la calle y en el cinto / tu espada de madera”, y en paralelo,
con una madurez ya apuntada entonces con casta de poeta: “la vida que una tarde
se escondía / detrás de mi tristeza”.
En su “carretilla del recuerdo” parece
traer Juan Carlos de Lara una plaza heredada, puede que “de las últimas citas”
o la de su propia porción de soledad. Plaza marco donde "a la sombra de tu
luz, niña morena / mi ilusión se desbarata en tu sonrisa”, donde “los días
cruzarán calladamente” mientras la “vida se fue mientras vivía”. En suma: plaza
que “por mi soledad te quiero, / por mi soledad la tarde / que busco ya no la
encuentro”.
El bardo se retrata:
Al filo del recuerdo
estoy corriendo
la tarde de una plaza
sin palomas;
y define esa frontera que quiere brotar del nombre del libro:
Y vuelvo hasta una
infancia que se esconde
de un otoño olvidado
entre las hojas.
Desde el arroyo claro de
otro tiempo
llega una madre alegre
que me arropa.
Arrópame hoy también con
la esperanza
que ayer se me cayó de
entre las cosas.
Aún siendo tan claro el tiempo que se desliza en estos poemas, las nubes hacen su presencia y establecen la hondura del paisaje del poeta:
...porque nunca he
perdido la costumbre
de cargar con mi vieja
pesadumbre;
a ritmo de dolor,
tu voz me afirma.
Quiero aferrarme a ti
como las raíces a la
tierra.
Como a mi propio
aliento.
Sin ti me habita la
sombra
y este dolor diferente.
Descubrirte en mis
latidos,
descifrarte, amanecerte,
sentirte a llamaradas,
deshojarte, conocerte.
Los entendidos en las artes poéticas
fijarán su pluma en esto o en lo otro. Incluso en las comas, en los puntos
suspensivos. Sea como sea, la mirada del lector nuevo que tuvo el libro en sus
manos aún tibio del parto de la imprenta, se llenaría de belleza sólo con
repetir en desorden algunos versos de cualquiera de sus páginas:
No bastará mi voz para
decirte
qué oscuridad me trae tu
lejanía.
Entre las cien paredes
de mi cuarto
sólo los ecos de tu amor
habitan.
Tiempos claros y oscuros que se solapan;
luz radiante y cielo de tormenta. De quererle hablar a las nubes, el
poeta le hubiera dedicado sus versos que dicen que en
la línea circular de tu
alegría
en cada verso
dejé mi corazón y el
universo
y por volver a ti, yo
volvería.
© Manuel Garrido Palacios
Juan Ramón Jiménez, estudiante
Juan Ramón Jiménez,
estudiante
(De las migas de Moguer al Instituto de
Huelva)
Juan Carlos de Lara Ródenas
Moguer 2012
Juan Carlos de Lara parte en su estudio de cuatro
palabras de Platero y yo: ‘llevé al colegio todo’. ¿Qué era ese
‘todo’? Hay un ‘todo’ material en el que cada cosa lleva estampado en tinta
azul violáceo un sello: “¿Quedó algo por sellar en mi casa? ¿Qué no era mío?
(…) Al día siguiente, ¡con qué prisa alegre llevé al colegio todo!: libros,
blusa, sombrero, botas, manos, con el letrero: Juan Ramón Jiménez. Moguer”.
Pero Lara Ródenas saca de la cita otros matices poco explorados: “la experiencia
escolar tuvo en la vida de Juan Ramón una dimensión extraordinaria”. Alude en
el subtítulo a la miga de doña Domitila (parvulario. jardín de infancia,
casi-escuela) a la que iban niños de “familia asentada y pudiente”. Ampliando
lo local, también existía la miga de los de a pie: rebujina de
criaturas que se recogían allí para que las madres y los padres pudieran
trabajar en lo que cayera, si caía algo. Era barrera entre estratos sociales.
Del ambientemiguero queda el eco de la chiquillería atacando la tabla
de multiplicar, o “la salmodia incolora de los rezos cantados, o del deletreo
de la cartilla”. De una miga se salía para trabajar. De otra, con perspectivas
de estudiar en otros centros. Juan Ramón menciona “a ráfagas” sus vivencias en
las migas o escuelas de Moguer; incluso las de su paso por el Instituto de
Huelva se diluyen en un “halo poético” que las hace imprecisas. Instituto para
cuyo acceso era necesario haber cumplido diez años y aprobar un “examen de
doctrina cristiana, lectura, escritura, aritmética y gramática. Algunas de las
pruebas a las que se sometió el poeta en 1891 fueron “dividir 16.914 entre 34”
y escribir un dictado.
Aparte de “las barajas de naipes con los hierros de
los ganaderos en los oros, los cromos de las cajas de tabacos y de las cajas de
pasas, las etiquetas de las botellas de vino, los premios del colegio del
Puerto, las estampitas del chocolate…”, al poeta le producía desazón la
escuela, “a la que celebra no ir los días de purgante”. Anota Lara Ródenas que
“en las aulas del Colegio de San José tenían cabida alumnos pobres en un número
fijado por el Ayuntamiento. Así, junto a los ricos como Juan Ramón, su hermano
Eustaquio o Francisco Ruiz, “que tenía su sello en una cajita de plata”, JRJ
nombra a Nicolás Rivero, hijo de jabonero y “pobre”, a Juanito Betún, “corazón
con semilla de ideal” o al Marinerito, siempre dispuesto a hacer algo que
divirtiera a los niños ricos: “cuyas gracias reía con una admiración infantil.
Perdía, queriendo, en los juegos; hacía el burro en el salto” o decía que había
sido él cuando se cometía una falta. A pesar de los aburrimientos escolares,
“Juan Ramón fue buen alumno”, llamado en el colegio “uno de los siete sabios de
Grecia” –precisa Lara.
Es el de San Luis Gonzaga, de El Puerto, donde sigue
con el bachiller, el que le aporta gran “caudal de experiencias y páginas
literarias” en comparación con el ‘todo’ anterior. Puede que sea ahí donde
trace “sus primeros versos”, ya fuera de la tutela familiar” (aunque su hermano
Eustaquio va con él) y que “el ambiente jesuítico” encaje más con su
personalidad “solitaria e introvertida”. Escribe: “Había en el jardín de mi
casa un pequeño bosque de plátanos y araucarias, y a la tarde, cuando volvía
del colejio, toda mi delicia era ocultarme entre el verdor, ya transparente del
oro del sol de las cinco”.
Lara Ródenas cubre con datos ese ‘todo’ lleno de
“lagunas documentales, silencios, errores biográficos y olvidos del poeta”,
dando rango a “un escenario y un tiempo” que tanta importancia “tuvieron en la
temprana formación intelectual de Juan Ramón”. Así ha sacado a la luz “con
tendencia a la exhaustividad”, toda la información hallada sobre el tema y las
palabras que Juan Ramón fue diseminando en su obra sobre sus vivencias como
colegial en Moguer y Huelva, sin duda, “parte esencial de su construcción
biográfica”. Lara hurga minuciosamente en el tiempo que refleja y le da un
orden clarificador. Tras la Introducción en la que habla de la miga de doña
Domitila y del aula de doña Benita, sigue por el Colegio de San José, de
Moguer, Las Huelvas de los exámenes, El Instituto y Los cursos 1891-1894. Como
colofón ofrece un excelente corpus documental y la bibliografía sucinta.
Para cerrar su trabajo cita a Bécquer cuando dice que
“un libro que él escribiera no podía ser muy largo. Salvando las distancias,
creo que tampoco uno mío”. Tienen sus razones ambos poetas, igual que quien
crea lo contrario o no crea nada. En un coloquio tras el estreno de Novecento, Bertolucci
dijo que ‘todo’ tenía su ambivalencia; “una obra podía durar un minuto o un
día, medir una pulgada o un metro, contener una palabra o un millón”. El libro
de Juan Carlos de Lara está en su justa medida. El ritmo interior la propicia,
la sensibilidad de poeta la ajusta. Su trabajo sobre ese gran Árbol de la
Poesía bajo el que se guarecieron generaciones, nos lleva a un tiempo mágico
que, por pasar tan deprisa, parece que ni existió.
Los silencios sobre los años que maneja se unen a los
posteriores a su marcha. Puede que, previo al Nobel, tuviera en su tierra una
calle con su nombre. La de hoy era antes Cánovas del Castillo. No sé si tenía
sitio o no más allá de los corazones. Pero se le hizo uno, profundo y oscuro,
de dos metros de largo cuando lo trajeron. Él no vino. En la película “Juan
Ramón de Fondo” se incluye la imagen de su entierro. Es Julio Caro Baroja quien
lo lleva sobre su hombro izquierdo por las calles calladas de Moguer.
© Manuel Garrido Palacios
La vida swing de Boris Vian
Piscina Molitor
La vida swing de Boris Vian
Editorial Impedimenta
«Una auténtica delicia»
(Marion Festraets, Expres)
«Este álbum vale su peso en oro»
(Clara Dupont-Monod, Marianne)
«Este es un libro perfecto»
(Jean Frédéric Tronche, Gala, Fr.)
Revista de Folklore 379 y Parpalacio 73
Revista de Folklore nº 379
Septiembre 2013
Sumario:
Editorial
"PIDE LO QUE QUIERAS, ÉL TE LO
CONCEDE". LA DEVOCIÓN POPULAR AL NIÑO
RICARDO ESPIELL EN UN CEMENTERIO DE LIMA
Fabiola Yvonne Chávez Hualpa
CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO EVOLUTIVO DE LA
POSPOSICIÓN EN UNA LENGUA AFRICANA: EL AGNI
Williams Jacob Ekou
“PARA AMAR A QUIEN YO QUIERO”. CANCIONES
FEMENINAS DE LA TRADICIÓN ORAL CHILENA RECOGIDAS POR RODOLFO LENZ
J. F. Botrel
Parpalacio nº 73
Julio, Agosto, Septiembre 2013
EDITORIAL
La filóloga sevillana
Ana Mancera nos recuerda en un reciente trabajo que durante todo el siglo XIX
se va creando paulatinamente desde el Estado una especie de necesidad de
recurrir a la opinión pública para que manifieste su apoyo o rechazo a la política
social y económica, y que esa necesidad, reforzada
por el poder que comienza a tener la prensa periódica termina asimilando
"opinión pública" con "opinión publicada".
NOTICIAS
• CURSOS: Digitalización de Fondo Antiguo
Fonográfico
• CONFERENCIAS Y CONGRESOS
• EXPOSICIONES: "La fuerza del humor:
revistas satíricas del siglo XIX"
• EXPOSICIONES: Muestra sobre pliegos de
cordel en Salamanca
• Premio a Fratelli Mancuso
http://www.funjdiaz.net
Carlos Muñiz-Romero
Carlos Muñiz-Romero
Publicaciones de la
Universidad de Sevilla
Colección de Bolsillo,
nº 18
Carlos Muñiz-Romero (Rosal, Huelva, 1930) es uno de los novelistas estudiados por J. L. Ortiz. de Lanzagorta en el libro Narrativa Andaluza: doce diálogos de
urgencia. Ha publicado dos
novelas. Los caballeros del hacha (Premio
Ángel Ganivet 1970), situada en Lima, y El
llanto de los buitres, con acción en las Islas Canarias. También su novela
andaluza El gurumelo y Seis poetas granadinos posteriores a García
Lorca.
Cuentos populares portugueses
La sirena de Alamares
y otros cuentos populares portugueses
Trad. y ed. de José Luis Garrosa
Gude
Calambur Narrativa
Fotografías al aire libre en Sevilla
Y AHORA, ¿QUÉ?
Desafios ambientales en un mundo que cambia.
Exposición al aire libre
Avd. de la Constitución
Sevilla
Exposición divulgativa del proyecto
EcoGenes de la Estación Biológica de Doñana - CSIC. Exhibition
organized by the Doñana Biological Station - CSIC within the 7FP project
EcoGenes
Cambia el Planeta. Lo hace
constantemente. Y la vida en la Tierra se adapta. Sin embargo, el ritmo del
cambio se ha precipitado y puede llegar a ahogarnos. Las imágenes de esta
exposición y la información que las acompaña ilustran las consecuencias del
Cambio Global, es decir, las alteraciones ambientales que pueden poner en
riesgo la capacidad del Planeta para sustentar la vida tal y como la conocemos.
Los desafíos surgen de forma espontánea...Y ahora, ¿qué?
Fotografía: Alcornoque de las Pajareras de Doñana atacado por "la seca"
© Héctor Garrido
Enrique Falcón
PORCIÓN DEL ENEMIGO
Enrique Falcón
Ed. Calambur
Porción del enemigo aparece no solo como un paso adelante en la trayectoria poética de Enrique Falcón, sino como un instrumento para pensar y afrontar, en términos de conciencia poética, el complejo momento al que se enfrenta la cultura occidental. En palabras del propio autor: ‘Mucho de lo que vivimos repite cíclicamente sometimientos, rebeldías, liberaciones y catástrofes. Nada de extraño hay en que dicha replicación se produzca también aquí. En la excesiva circularidad de ese ritmo, la pregunta que este libro le confía a la tribu no es si nuestro enemigo podrá ser vencido (lo será), sino si podremos mirarlo de una vez, al menos un centímetro por encima de nuestros propios temores. Estos poemas hablan, casi todos ellos, desde la altura formidable de ese único centímetro posible: ojalá la poesía siga revelando, desde él, los secretos de esa resistencia, cuando esa comunidad de hombres y mujeres la alcanza a conseguir». Un libro para la acción del pensamiento poético en tiempos temibles. Enrique Falcón (Valencia, 1968) es una voz clave de la renovación poética española, desde que en 1992 publicara El día que me llamé Pushkin. Su actividad poética y crítica, indisolublemente unida a su compromiso cívico, supone una actualización y adecuación de las poéticas de vanguardia y de las corrientes de la poesía comprometida, tanto españolas como iberoamericanas. Falcón es autor de AUTT (2002), Amonal y otros poemas (2005), Para un tiempo herido (2008) y Taberna roja (2008), así como de La marcha de 150.000.000, libro río publicado en sucesivas entregas, finalmente reunidas en 2009. De entre su actividad crítica cabe destacar Poesía y poder (con el colectivo Alicia bajo cero, 1997), El amor y la ira: escritos políticos sobre poesía (2006) o Las prácticas literarias del conflicto (2010).
© Calambur
(pág. 106)
Y VENDRÁ
Restaurarán tu casa.
Darán de nuevo a luz al último de tus hijos.
Digo que existe la camisa que ya te van tintando.
(Re-
cordarán tu nombre).
So-
bre el palo azul,
una hogaza en paz y espiga.
Con pañuelos y arados van a entrar en tu casa.
Levantarán tu techo:
Volverás a sembrar.
Digo que ya llega un diluvio sobre el miedo.
Que un hombre tiene siempre
la edad de su enemigo.
© Enrique Falcón
Jesús Aparicio González
LA PACIENCIA DE SÍSIFO
Libros del Aire
Colección LdA/poesía
En la obra poética de Jesús Aparicio, La paciencia de Sísifo es un libro distinto: ‘mi libro de siempre’, dice el autor. Cada libro es una estación en el camino de la creación, la contemplación y la aventura. Aparicio se recrea en lo pequeño para extraer lo más elevado, ocupándose en las cosas del día a día, dejando constancia del sentir para ir construyendo una esperanza. Original sin pretenderlo sabe que se necesita la humilde sabiduría del bien mirar. Esto es La paciencia de Sísifo. Ha publicado también Con distinta agua (Premio Villa Aranda de Duero), El sueño del león, 2005 o Las cuartillas de un náufrago, 2008.
(Texto de contracubierta)
Edita: Libros del Aire
Jesús Aparicio González (Brihuega, 1961) ha publicado Poemas como pasos (1981), Sendas del corazón (Premio Acción Getafense 1988), Como trago de agua fresca (1991), Las caras del espejo (1996) y La casa del siervo (1999),
DEBERES
El día tiene sus urgencias
-los mismos lunes rutinarios-
y el hombre baja del ascensor vacío a la calle
seguro de cumplir su tarea.
Todos lo hacen, sin distinción de oficio
sin que el cargo les libre de la danza
por tiempos repetida.
Para después, la música y la letra.
La vida tiene sus deberes.
El poeta al final de la jornada
sube el pan y olvida el periódico.
Para más tarde
-noche oscura, casa sosegada-
el poema.
© JAG.
J. León Acosta
DIARIO PÓSTUMO DE RAFAEL
J. León Acosta
Ed. Los libros del estraperlo
Prólogo: Antonio Miravent
(pág. 14)
esos caballos
Hay recuerdos que son como caballos
repentinos,
como caballos que giran el pescuezo
y miran de frente con los dos ojos abiertos.
Nos conocen y saben lo que pueden
con sus extremidades de hierro.
Saben que nos asustamos
con su rostro de huérfanos viejos.
Indiferentes a veces, otras resentidos,
no hablan demasiado para no levantar más
polvo.
Nos miran, dan media vuelta en el eco de sus
cascos
y regresan a la penumbra por la que han
venido.
Esos caballos pastan su rencor antiguo
en la tristeza y la culpa de ser quien
fuimos.
No hay manera de domarlos
ni adivinar por dónde su cabeza oscura
asomará de repente para helarnos.
Son caballos sin dueño,
recuerdos que nadie quiere
y de los que poco hablamos.
© J. León Acosta
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












