El Hacedor de Lluvia

Manuel Garrido Palacios
EL HACEDOR DE LLUVIA ·    ·    · LE FAISEUR DE PLUIE
   1ª ed. Calima. Mallorca   ·   2ª ed. L'Harmattan. Paris

Con este título, Manuel Garrido Palacios ha presentado en la Feria del Libro su última obra, hasta ahora. Pero antes de tender el puente entre el autor y lectores del libro, conviene tener presente el profundo abismo que media entre determinadas creaciones literarias; por poner un ejemplo, el que hay entre un best-seller y una Novela. El Hacedor de Lluvia no es un best-seller, es una Novela, que son dos cosas completamente distintas. Las Novelas, ni lavan más blanco, ni quitan las manchas más rebeldes; ni son una franquicia, ni un producto industrial, y por no tener, no tienen marketing. Está todavía por ver que las Novelas de Cervantes, de Pérez Galdós, de Clarín, de Pío Baroja, de Valle Inclán, de Proust, o de Tolstoi, entre otros, figuren en las listas de los libros más vendidos o más leídos. El best-seller nace con la crítica bajo el brazo, con un lector dócil y manejable y con fecha de caducidad; a la Novela hay que construirle la crítica, justa o equivocada, y nunca neutral ni demostrable, y, generalmente, disfruta de la eterna juventud a pesar de que va a caer en las manos de un lector rebelde e inquisitivo.
El Hacedor de Lluvia es, sin duda alguna, una Novela; es Literatura, y además, admirablemente escrita. Garrido Palacios escribe con un estilo propio (cada escritor tiene el suyo), sin apartarse un ápice de las normas fundamentales de la preceptiva literaria, pero con su peculiar y original concepción de un barroquismo nuevo y original, que navega por los complejos senderos de la creatividad «con una precisión tonal y poética que nos recuerda al gran maestro Juan Rulfo» (Manuel Moya). Yo añadiría que soplan, también, vientos de Jorge Manrique y de Cervantes.
Del título, ¿por qué Hacedor se escribe con mayúscula? ¿Se refiere a alguien que el paisanaje respeta y teme como si fuera Dios, el Supremo Hacedor?; no estamos seguros, pero se vislumbra que la tendencia estética del autor desborda el mero valor literal de la palabra. La lluvia es un producto natural de la Ley Natural, sin asperges, latines ni orates frates; como mucho, se anuncia unos días antes con unos dolores que estrujan la espalda de la tía Carmelita. La verdad es que España, de siempre, ha sido una cantera inagotable de Hacedores de Lluvia.
Esta reflexión es una de las claves, puede ser, del proceso de la elaboración formal de la obra, desde su invención hasta su planteamiento literario, gramatical y artístico que, lenta y pausadamente, fue cultivando el autor hasta su definitiva floración, anudando en una sola unidad, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente, la alegría y la tristeza, la ficción y la realidad.
La historia, «chica, tierna y terrible», se desarrolla en un pueblo de cuyo nombre el autor no se acuerda, o no quiere acordarse, y se saca de la manga el nombre de Herrumbre (Oxido del hierro. Gusto o sabor que algunas cosas, como las aguas, toman del hierro. RAE) Puede discutirse si está en Extremadura, o en Aragón, o en Asturias, o en cualquiera otra «nación», pero a mí me da que, éste, se encuentra en el Andévalo; lo digo por el habla: «lejananza, lejiondo, ajobo, tagilar, recencio, medrosía, jopo, cacaruco, repapilar, andancio, guifa, pesina, pescudar, tristura, encevique, alpendre, escampar, quinterías, comistrajo, chinero...».
Herrumbre está encallado en la eternidad «donde la nada es el algo que hay», sentencia uno de los dos «herrumbranos, herrumbreños o herrumbrosos» que quedan en el abandonario. El pueblo ha muerto por consunción de sus referencias sociales y morales: la miseria, la explotación y la humillación «sin contar la época turbia en la que el chivato acabó con tanta criatura a tiro limpio» (Pág. 17), han secado las fuentes del futuro y del presente, pero no han podido, nunca pueden, apagar las brasas de la memoria, sobre todo, la que ahora llaman «memoria histórica».
Quizá sea este el poso de esperanza que brinda la Novela; por un lado, la eternidad de la memoria; por otro, la fe en el amor y la felicidad: «y no tiene nada que ver que no conociera un amor así para que creyera ciegamente en él» (Pág. 11); nacemos, vivimos y morimos, pero en el duro peregrinar, si creemos en ella, se encuentra la felicidad, «no la aparente, ni la de la bolsa llena, ni la cambiada por dignidad, sino la salida de dentro» (Pág. 32).
La técnica narrativa de Garrido Palacios se intercala, magistralmente, en la agilidad parlante de la retórica tradicional guardada en la talega de la sabiduría popular; dichos, refranes, coplillas y anécdotas acompañadas de situaciones jocosas y de rancio humor, como la competición sonora que se celebró en Herrumbre, y que en algo nos remite a la de los rebuznos contada en los capítulos XXV y XXVII de la Segunda Parte del Quijote, aunque la del pueblo no era de rebuznos precisamente. 
Creo que se trata de una hermosa y gran Novela que a los amantes de la buena Literatura les gustará leer, y tal vez releer, pues nos deja la inquietante sensación de que en ella, hay más.

© Alberto Casas