POETAS DEL SUR DE EUROPA (I)

A MODO DE ZAGUÁN

La Poesía es la fragancia de la obra, el nexo con la belleza. El autor la capta, pero no sabe en qué lugar reside para arañarle porciones. Se aplica ‘Poesía’ al arte de la palabra porque con ella se hace el verso, pero esa rendija por la que se accede a otra dimensión también está en la talla, en la música, en el color, en la armonía, en la danza, en el cine, en cuanto nos mueve por dentro. Ese eco oculto que flota viene a ser como lo que dice Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-Puerto Rico 1958): ‘la chicharra sierra un pino, que nunca llega…’ (Platero y yo. 1907-1916. Librairie des Éditions Espagnoles. Paris 1956. Ilust. de Baltasar Lobo). 
Vienen aquí versos de poetas que fraguaron parte de su obra en el Sur de Europa y que nos llegan poco o no como merecen. Leerlos es escucharlos en voz baja, compartirles las visiones que rumian en soledad con herramientas como algo que pinte y el abismo de la hoja en blanco en cuyo fondo brilla el río que pasa sin hacer ruido.
En los viajes llevo libros de poemas y los leo allá donde voy por compartir nombres, obras, sensaciones. He aquí una muestra.


JOSÉ MANUEL DE LARA
ANTOLOGÍA

Estoy en un aeropuerto. Diez horas de vuelo, un aterrizaje, un pupitre para sellar el pasaporte, un policía que mira si me parezco al de la foto, un cuarto de hotel y, durante unos días, trabajo. Traigo versos de su antología RETRATO APRESURADO (Huelva, 2003) preparada por sus hijos; libro-sorpresa para el poeta, gozo para sus lectores, honor para sus amigos, acto de justicia para la literatura. Dice un poema:

Está lloviendo. Llueve,
interminablemente, desde el alba.
No se ve el cielo ni se ve la tierra,
solamente el agua.
Silencio. ¿Qué decir
sin que no se me mojen las palabras?
Tengo abierto delante un horizonte
que se me está cerrando por la espalda.
Y no sé qué pensar, ni sé qué hacer
debajo de esta lluvia fría y larga.
El mundo se ha encogido, que las cosas
parecen más pequeñas con el agua;
y yo, empequeñecido, me contemplo
en el mojado cristal de una ventana.
En el centro de un círculo pequeño
ahogada tengo el alma.
Levantaré la frente hasta ponerme
un arañazo de lluvia por la cara.
Voy pisando los charcos fuertemente,
salpicando de barro la esperanza;
que hasta Dios me parece descendido
de su altura de luz esta mañana.

Los versos no pesan en el equipaje; son memoria, sombras, olor a jazmín, pregón de tarde, canción que se intuye. El poeta hurga en el alma para sacar a flor los pilares que más la conmueven: el amor y la muerte. Sobre la muerte tiene el libro SOMBRA INFINITA [1965]. Sobre el amor, AGUA DE OTOÑO, poema directo como un dardo:

No sé qué larga sombra de silencio
entristeció la duda de tus ojos.
Aquella luz, aquel abril contigo,
ahora sólo es agua del otoño.

Desconfiada y triste me preguntas
por un amor que fue y quedó en nosotros;
y, sin quererlo, anidan en mi sangre
aquellos raros pájaros remotos.

Sé que la vida ha puesto, desde entonces,
un algo sobre tí, que no conozco.
Pero en tu modo inquieto de mirarme
contemplo tu niñez llena de asombro.



JOSÉ BERGAMÍN
ESPERANDO LA MANO DE NIEVE


Nace en Madrid y vive ‘temporalmente’ en la serranía de Huelva ‘entre huertos y emparrados, con frescas albercas y un trajín de avispas y rumor de lievas’. Ahi concibe este libro, en opinión del editor, ‘uno de los textos más conmovedores de la lírica castellana, acaso su poemario más deslumbrante y que viene a escenificar su despedida del mundo’. El poeta se sitúa en mitad del misterio de la vida:

Aquí estoy en este ahora
que es como un ahora eterno:
un ahora en que soy niño
y soy joven y soy viejo.
Estoy aquí desde hace
ochenta años lo menos,
pisando esta misma tierra
mirando este mismo cielo.
Siento que cierra mis párpados
la pesadumbre de un sueño
del que no despertaré,
ya, más que fuera del tiempo.

Versos que saben a ocaso, a lubricán, a linde entre la vida y la muerte: 

El paisaje es fantasmal
a mis ojos de fantasma.
El sol de otoño platea
el oro que arde en sus brasas.
Se va volviendo ceniza
la tarde, que el sol apaga
al mismo tiempo que va
apagándose mi alma.
Esta sosegada paz,
esta silenciosa calma,
es la muerte la que viene
generosamente a dármela.

Contemporáneo de Lorca, Juan Ramón o Cernuda, en la guerra civil española es un activista cultural contra el fascismo. ‘El exilio lo lleva a México, donde funda la editorial Séneca, que publica por vez primera Poeta en Nueva York o Residencia en la tierra’. A su regreso a España, ‘un altercado con el régimen franquista lo devuelve al exilio hasta 1974’.

CARMEN CIRIA
ÁRBOL DE INVIERNO

Así que de aquí para allá he compartido poemas de Machado, Bécquer, Gerardo Diego, Lorca y otros. Hace poco sucedió en Paris. Según esta costumbre, leí un poema de Carmen Ciria, a la que Uberto Stabile incluyó en MUJERES EN SU TINTA. Antología de voces poéticas femeninas (Huelva, 2004), de la que dice que ‘posee un universo lleno de ironía y sentido del humor’, como refleja el magnífico poema dedicado a Simone Ortega y a sus recetas culinarias y que titula Amantes glaseados:

Se escogen los recuerdos más delicados y los momentos
de epifanía, y se les raspa la piel
con el filo de un cuchillo.
Se les quita toda la nostalgia y las palpitaciones
que aún provoquen y se lavan bien.
Si son recuerdos pequeños, cotidianos,
se dejan enteros,
si son grandes, llenos de pasión y alma,
se cortan en dos a lo largo.
Se meten en un cazo con el agua fría, la mantequilla,
el azúcar y la sal.
Se recorta un papel grueso,
impregnado de ganas de librarse de ellos,
de confianza en el futuro,
y se mete dentro de la cacerola
tocando casi los sentimientos.
Se cuecen a fuego vivo
hasta que se haya consumado el dolor.
Cuando llega este momento
los recuerdos están a punto para ser olvidados.
Se sirven en fuente honda, acompañando al corazón
de la cocinera, salteado y con pimienta.

JESÚS ARCENSIO
SUEÑO Y COSTUMBRE

Con la humildad de los grandes espíritus, el poeta se autorretrata:

Este que aquí, de pan e incertidumbre
vive y desvive un poco cada día,
éste soy yo, de afán y de agonía,
de sed y agua, de ceniza y lumbre.

Hombre partido en dos ─sueño y costumbre─,
hombre de hielo ardiente y llama fría
a quien lenguas de dulce poesía
lamen la llaga de su pesadumbre.

Hombre, al fin, como tú, como cualquiera,
que no sabe quién es ni a qué ha venido
ni el color de la muerte que le espera.

Un hombre que ama y sufre, que ha bebido,
que es malo y bueno... y que, en verdad, quisiera,
si hay que morir, morir como ha vivido. 

Mantiene contactos con los poetas Buendía, Adriano del Valle, Guillén, Hernández y otros. El prólogo dice que ‘su producción se divide en dos momentos delimitados por la guerra civil. En el primero, su poesía es bucólica, amorosa, cercana al purismo de Juan Ramón; en el segundo está enmarcada entre el dolor, la pérdida de confianza en el hombre y en los vaivenes de la propia existencia’:

Todos van. Todos vienen.
Yo, parado, a las doce, en esta esquina
sobre el asfalto quieto,
porque he perdido el Norte de mi tiempo.

JUAN DELGADO
PAISAJES DE LA MEMORIA

Fue un acierto reunir en un tomo antológico los versos del poeta más genuino de la Cuenca Minera. Sus páginas se nutren de libros como La sangre perseguida, Por la imposible senda de tu boca, El cedazo, Oficio de vivir, Cobre y viento, Al andar, Cuaderno de Santa María de Mave, La luz con el tiempo dentro, De cuevas y silencios, Carpeta de Navidad, Cancionero del Odiel, Treinta sonetos vegetales, Seis sonetos para un mismo amor, Los días encontrados y otras oraciones, Tiranía del viento, Suite de la Sierra, Árbol de bendición, árbol sagrado, Cancionero del Río Tinto, Memoria de la niebla, Julianita, Habitante del bosque, El sueño de una noche de ginebra, Antología Amarilla, Cuentos del viejo capatazGeografía y amor. Los versos de Juan Delgado son una pasión expresada. La última conversación de su vida la tuvo con Manuel Moya, al que pidió que sacara a la luz y prologara su obra antológica ‘Aunque sea en papel de estraza’, ruego humilde para tan gran libro (Poesía, 1971─2010. Universidad de Huelva. Nombraba entre sus poetas preferidos a Victoriano Crémer: ‘Cuando Concha Lagos publicó en Ágora, de Madrid, El Cedazo, obra que tuvo problemas con la censura de entonces, Crémer hizo una reseña que me emocionó; yo era un principiante en un pueblo perdido y uno de los impulsores de Espadaña, revista que combatía las directrices culturales de la Dictadura frente a la titulada Garcilaso, donde pululaban los poetas del Régimen, se ocupaba de comentar mi libro”. En Paisajes de la memoria está CAMPOFRÍO, LA LUZ, poema que se lee como si se mirara un óleo en el muro de su obra:

Donde la luz. Aquí, donde las cales
subliman claridad y se hacen vida;
aquí donde el amor es una herida
cardinal que da luces cardinales.

Aquí, donde los patíos y brocales
encuentran una luz a su medida;
aquí, donde el sendero de la huida
se le niega a la luz y sus cristales.

Aquí, donde palomas y jazmines
conjugan con la luz la melodía
de un mágico concierto regalado.

Aquí, donde invitados a festines
de luz nos encontramos cada día
por la gracia de un dios enamorado.

ODÓN BETANZOS
SONETOS DE LA MUERTE 

En agosto de 1970 se presentó en mi casa Odón Betanzos, que venía de y regresaba poco después a Nueva York. En tan breve tiempo conversamos lo suficiente como para tallar una amistad, que se sustanció en trabajos sobre el idioma y el oficio de escribir. Este hombre, sencillamente sabio, repetía que en las relaciones humanas ‘no había que restar, sino sumar’. Frente a su actitud, su nombre y su obra no gozaron en su tierra de la consideración que merecían, mediocridad contra la que sólo oponía su palabra limpia y el devenir de la Historia, a cuya puerta, traspasada por él, vegetaba una legión de ninguneadores vocacionales esperando acceder en la postura que hiciera falta. Odón sembró su palabra, la amó y nos la dio hecha poema: Florezco con mi palabra, / articulación trabajada, / siglos de empeños. (La mano universal. Antología. 1972─1976). La palabra fue su herramienta como poeta, su trabajo como Director de una de las 22 Academias de la Lengua Española y su disciplina en la Universidad de la ciudad de Nueva York. La palabra lo elevaba sobre los dimes y diretes que nutren los rincones de lo turbio, de lo injusto. En unos días densos de literatura en la UNÍA (La Rábida), comentando obras de Darío, Sor Juana Inés, Borges, Neruda, Rulfo…, en un ambiente tan literaturizado era lo propio que la palabra buscara reflexión. Decía: ‘Ser escritor es como estar picado de tarántula; el herido no tiene cura; no hay más salida que entregarse por entero a la palabra escrita. Le dijeron a Neruda: Hay un hombre poco instruído que sabe de memoria los versos que ha inventado. Neruda pidió: Que venga. Será el que diga algo nuevo’. La palabra fue un buril que marcó su dimensión de poeta: Los fusilamientos de los padres / los dejaron sin llanto. (Perfiles de las muertes sombras, 1963). Odón inició su andar con la palabra ‘muerte’, y ésta lo obsesionó hasta llegar a dedicarle sus SONETOS DE LA MUERTE. Algo así como meter el dolor en catorce versos:

Por fin es la hora del morir naufragio
cuando el alma se quiebra en sus verdades;
me recuento y digo en eternidades,
corazón que habla en aires de presagio.

Sutil por lo que enseña es el adagio
del cuerpo que se muere en sus edades,
sufrir de día y ver calamidades
como norma sencilla del naufragio.

La vida dada la estimé en belleza;
me la hicieron a golpe de maldades
y no quiero vivir porque no quiero.

Con las ansias de morir se me empieza
lenta a morir el alma en soledades.
Poco a poco descubro que me muero.

Tenemos en Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870. Rimas y leyendas. Austral) la imagen del arpa en el “ángulo oscuro / de su dueño tal vez olvidada” esperando la mano de nieve que sepa arrancar vida de sus cuerdas. Un poema es esa mano de nieve que nos roza en lo hondo para que suene el alma en este mundo ‘estrepitoso y palabrero’, según Bergamín; para que cada uno se escuche y se sienta parte de ese algo entre dos nadas que es la vida.

© Manuel Garrido Palacios