Celia Bautista Iglesias





EL RITMO DE LAS SOMBRAS
Celia Bautista Iglesias
Colección Daniel Leví
VII Premio de Poesía Leonor de Córdoba





“Sentían ya las moscas la vendimia / y la mimosa, el pruno y el olivo / ensayaban, / a coro con el aire, / melodías de siempre, / con batuta de otoño. / Metida en un paréntesis de tiempo, / ella miraba al suelo, / contemplando / la danza improvisada de las hojas. / Un bodegón dinámico que trazan / los dedos invisible de la luz. / Permanecía quieta / sólo ella. Plena, su sombra plana / acariciaba / la nuca del silencio”.
Celia Bautista Iglesias nace en Riotinto y ejerce como Catedrática de Lengua y Literatura Españolas lejos de su cuna; otra cuna, que es donde naces y donde paces. Incontables son los galardones que adornan su obra, por si no fuera bastante la obra misma. Diré, por decir, algunos nombres de premios: “Ciudad de Barcelona”, "Luis Cernuda", “Nicolás del Hierro”, “Joaquín Lobato”, “Diario del Norte”, "Leonor", “Carmen Conde", etcétera. Por eso, que podríamos llamar lo exterior, y por lo que deja traslucir en sus versos, Juan Delgado dice que “es poeta merecedora de ser conocida en su tierra, porque es su tierra la que se la está perdiendo, y no hay tanto trigo como para que queden las mieses sin cosechar”. 
Mieses sin cosechar ¿hasta cuándo sólo se van a cosechar las de siempre?; sentimiento por sacar ¿de qué textura, de qué pulso para que no se diluya en el camino?; frases aún por decir ¿a quién, para quién por quién?; latido pendiente ¿de qué circunstancia? ¿cómo es el paisaje que sólo se ve con los ojos del alma?: “Este sol tamizado / que tiembla entre las sombras de su pruno, / no es como el sol de ayer / con pupilas de fuego, / que secaba el aliento de las flores / tan solo con mirarlas. / Es ámbar derretido, / orujo de membrillo recién hecho, / cendal de brisa y miel que huele a otoño. / A un otoño precoz / que, desde siempre, / se hizo un hueco en ella y le ha robado / centenares de hojas casi verdes, / que un vendaval de vida arrebató / al árbol sorprendido de sus sueños”. Aquí y ahora parece que todo ha pasado cuando todo está por pasar. Repito algo que dijo John Lennon un día que no cantaba: “la vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas”. La vida de cada cual se va enganchando en las nasas invisibles del camino, nasas sin salida una vez dentro que sólo el sentir puede romper a golpe de versos, quizás quitando “a todos sus recuerdos / el polvo del silencio de los años. / Los hechos que conforman lo que ha sido, / sin orden, le reclaman / las horas que no pudo o supo darles. / Que los mire y los recree, / presiente que le piden. / Tal vez, vivir no sea más que esto. / Dejar que el tiempo vaya amontonando / la arcilla de pasiones necesarias. / Para, llegado el día, regalarles / el aliento, / la voz / y todo el tacto / que modelen sus cuerpos de vasijas. / Si, al fin, consigue hacerlo, / las llenará con todos los latidos / que algún viento celoso le robó. / Para beber de ellas cada día”.
Y entre tanta luz cegadora de realidades, un manojo de sombras al ritmo de las sombras; sombras que se van o se quedan junto al modelo. Pero, al final, sólo sombras: otra manera de manifestarse la luz: “Con estos prolegómenos de otoño / el jardín se sacude / los últimos sudores del estío. / A espaldas de su mundo, / ella no se resiste a contemplar / las sombras que no encuentran / la dimensión exacta del deseo. / Son distintas, siempre, / las formas que proyecta un mismo árbol. / Tal vez, todo se deba / al ímpetu del aire que lo anima / y cimbrea su talle, / hasta sacar de él / temblores que recuerdan / la danza estremecida / que siente cualquier cuerpo / cuando por fin lo templan / las manos invisibles que soñara. / Se acerca a sus recuerdos de puntillas / como quien no quisiera despertar / al fantasma del tiempo. / Ese que nos esconde / las horas una a una, / para que no exprimamos / su delicioso jugo. / Pretende recorrerse las estancias / que, por algún motivo, se dejó / a media luz / y rescatar de ellas / las sombras que aún palpitan / del sueño inacabado que ya fue”. 
He leído El ritmo de las sombras de Celia Bautista mientras el estudio se poblaba con los Conciertos para violín de Mozart. Unir tanta belleza en una sesión me ha parecido esa sensación que no se puede asumir del todo, porque, como la autora dice: “hay en ella una fuerza que se escapa / en dirección contraria de la meta, / rompiendo las cortinas que ha tramado / la pertinaz araña del olvido”.

© Manuel Garrido Palacios