EL ESCRIBA SENTADO

EL ESCRIBA SENTADO
Cuaderno de Paris
Manuel Garrido Palacios 

Si se entra al Louvre por la puerta Sully al encuentro de la cultura egipcia, lo primero que sale al paso es la sala de los escribas, cada uno en su urna en postura de profesional de la comunicación con su papiro dispuesto sobre las piernas cruzadas. Visto el conjunto de golpe se piensa que se está ante el cuadro de una agencia de prensa cristalizada en cronistas de las dinastías 19, 20 y 21, con su tintero y su sello para marcar documentos. Miles de años nos separan de la visión de lo que podría imaginarse la redacción de un viejo periódico, donde en vez del director preside la sala el dios Thot, mientras que Horus no pierde ojo como buen redactor-jefe. En el Louvre cada cual tiene sus visitas fijas como si fueran viejos familiares a los que no se les puede perder cara, además de disfrutar de todo lo demás y de lo que las salas previas ofrecen como exposiciones pasajeras. ¿Qué se saca de una sala que es casi de paso? ¿Qué podría ofrecer una fría mañana una reunión de escribas? Mucho. Uno se figura que el que está más cerca del ventanal por donde se ve la calle ha escrito esto: ‘Un gran inconveniente de la guerra social comparada con la guerra ordinaria es que las influencias de la ley natural están más o menos combatidas por la voluntad y las instituciones humanas, y no es siempre mejor el más robusto, ni el más adaptado el que tiene la suerte de subir. Al contrario, por lo regular suele sacrificarse la grandeza individual del espíritu a preferencias personales inspiradas por la posición social, la raza y la riqueza’. Un poco más allá, otro escriba podría decir en su papiro: ‘La sociedad debe estar organizada de forma que la felicidad de uno no nazca de la ruina de otros; lo justo es que cada individuo encuentre el bien propio en el de la colectividad, y viceversa, que resulte de la colectividad únicamente el del individuo’. No para ahí la cosa; el escriba que queda frente parece hacer señas para que se le lea su obra del día: ‘Llegará un tiempo en que la distancia entre el punto de partida y el de llegada se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del porvenir se negarían a admitir la posibilidad de un lazo entre ambos, si los escritos y los vestigios del pasado no les dieran los materiales necesarios para guiarles en su juicio’. También se puede sentir en la sala el siseo de un escriba aislado que ofrece su texto: ‘No hay mano que detenga a la Tierra en su curva, ni oración que detenga al Sol, ni calme el furor de los elementos que luchan entre sí. No hay voz que despierte del sueño de la muerte, ni ángel que liberte al prisionero, ni mano que baje de las nubes para dar pan al hambriento, ni signo celeste que dé conocimientos sobrenaturales’. Lo que es común a todos estos escribas es el estar erguidos con un orgullo de oficio expresado con el cuerpo, aparte de saberse notarios de la Historia. Los escribas tienen la postura tan fijada porque quieren decir con su lenguaje corporal que se puede escribir durante siglos guardando semejante equilibrio, o apoyados en una mesa, o sobre el muro, o en el propio lecho siempre que se escriba en libertad lo que se desee escribir. Cualquier postura será válida, menos de rodillas.

© Manuel Garrido Palacios

MÚSICA PARA LA SOLEDAD

MÚSICA
Paris

Quizá el concierto más humilde que sonó en Paris el Día de la Música, dentro de los quinientos previstos, fue este en el Boulevard de Saint-Germain. Fui el único espectador vivo que asistió al evento. Por si eran pocas las citas musicales que celebraban la fecha, este fue el 'uno más', ese que siempre va por su cuenta, bandeja petitoria abierta para las voluntades al paso. El artista tocó sin parar, sin hacer pausa entre piezas. Creo, incluso, que se durmió un rato mientras tocaba y que el violín siguió a su aire por inercia. Digo 'vivo' porque el otro espectador era de bronce: Denis Diderot. Desde su pedestal sobre el músico parecía querer despertarlo con el gesto para que mirara a cámara. ¿Por qué no pudo ser así la magia del momento parisino?

© M. Garrido Palacios

PARIS · DÍA LLUVIOSO

Gustave Caillebotte pinta y dona este óleo
a Claude Monet · Museo Marmottan
Calle de Paris, tiempo lluvioso (2013)
© Foto: MGP 

Un hombre come cuchillas de afeitar en una calle del Barrio Latino. La noche es plácida para las cenas con velas coloreadas en las mesas bajo toldos a las puertas de los restaurantes. Mientras docenas de comensales saborean un asado de buey regado con un burdeos de la casa, este hombre come cuchillas en medio de un ritual en el que, para demostrar que no engaña a nadie, abre un periódico, lo saja limpiamente a lo largo y el mismo filo cortante se lo lleva a la boca, lo tritura con los dientes y lo traga. Y por si no bastara, sonríe al transeúnte que se para asombrado a mirarlo. Hay quien le pregunta si no se hace daño con el metal punzante. Él responde pausadamente que existen peores comidas que la suya. Por ejemplo: «La de quien traga sapos mañana, tarde y noche en sus respectivos comederos-despachos y, a simple vista, no parece perjudicado, aunque luego rabie a solas». Añade: «No hay que sucumbir a la tentación a abandonar lo que sabes hacer. Yo sólo pretendo que ustedes me den algo para comerme luego un panini con atún. A cambio les regalo una sensación que ninguno tendrá nunca. Sólo yo. Con ello no hago mal a nadie». Llueve sobre París como si un angelote la regara desde lo alto y hubiera olvidado que a veces se recomienda descansar, que la humedad persiste y cala en lo hondo. Al pasar por la calle Montergate, cuyo atractivo mercado permanece abierto hasta entrada la noche, veo que un hombre se lleva una botella de vino de las que están expuestas para la venta, un trozo de queso, un pan flauta y un paquete de leche. Cuando una señora de las que compra advierte al tendero y éste sale a la calle, el hombre ya se ha esfumado, por lo que decide dejarlo ir sin dar excesivas muestras de cabreo ante el robo. Lo que sí hace es llamar a la policía, que viene pronto a recibir la protesta, ya que al hombre será difícil encontrarlo. La lluvia persiste; es menuda, incesante, de las que no te dan más tregua que la que tú consigas bajo un alero o en el interior de un café, donde, por cierto, reina un buen gusto en la selección de la música que tienen de fondo para diluir conversaciones o para saborear el ambiente. Se trata de la Sinfonía 40 de Mozart, tan nueva a todas horas a pesar de ser tan conocida. Siempre me pareció que esta obra llevaba dentro una alegría triste, racionada para que nadie se creara ilusiones extremas. Misterios de Wolfgang Amadeus aún sin resolver. Esto pienso cuando, aprovechando el primer clarito, me aventuro a llegar a mi hotel en la calle Amboisse. En la esquina veo sentado en la acera al hombre que huyó antes del mercado de Montergate dando el último tragantón al vino, al pan, al queso y a la leche. Y en el tiempo que tardo en sobrepasarlo se me suman otras sensaciones de la noche, como la de la lluvia que no cesa, la de Mozart en el café, la de la policía escuchando al tendero, la del asado de buey regado con un burdeos de la casa y, sobre todas ellas, la del comedor de cuchillas de afeitar en el Barrio Latino, tan paralelo al kafkiano Artista del hambre. Y me pregunto entonces qué habrá sido de él, qué será de cualquiera de nosotros, comamos lo que comamos.

© Manuel Garrido Palacios

PARIS

 PARIS

En la parisina Eglise de Saint Ephren, sin público a esta hora de la tarde, ensaya una joven la Suite nº 1 de Juan Sebastián Bach para Violoncello. Chirrían los goznes de la puerta cuando entro al tiempo que ella sale de la sacristía para ocupar el centro del altar. La sorpresa crea un instante infinito en el que ambos dudamos si avanzar o retroceder. Igual ella prefiere esperar a que en el templo no haya ni un testigo de su ensayo mientras yo me debato entre quedarme o qué. Pero ambos resolvemos la situación dándole al instante su importancia. Ella se sienta en su solitaria silla, acomoda el violoncello y retoca levemente las clavijas hasta conseguir el temple justo en las cuerdas. Yo doy tres pasos de puntillas, encogiéndome para hacer menor mi presencia y me siento en uno de los bancos reclinatorios. El leve roce de las ropas y el encaje de posturas es el epílogo de lo mundano. Lo divino empieza cuando ella alza el arco y empieza a tocar. Jamás asistí a un concierto para mí solo. La Suite nº 1, BWV 1007, en sol mayor, consta de Prélude, Allemande, Courante, Sarabande, Menuet I-II y Gigue, como las demás suites hasta la 6. Sólo cambia de una a otra la tonalidad y el Menuet en la 3 y la 4 por Bourrée y por Gavotte en la 5 y la 6. Datos. Fríos datos que el calor del sonido que nace al fondo ahoga. El Prélude no le sale como quiere y antes de acabarlo lo corta, lo empieza otra vez y, ya segura, sin interrupciones, parece que ni ella está ni yo estoy. Brota un universo dentro del Universo y las notas lo pueblan como una familia cantora que anduviera de aquí para allá por su propia casa. Al final, ella permanece un momento con el arco bajo, pensativa y yo sin moverme por si el milagro del concierto se repite. Después se levanta y se oculta tras la cortina roja que cubre el frontal. Yo salgo a la calle y me pierdo en el barrio con sus otros sonidos, como si hubiera bajado de una altura pocas veces accesible. Me quedo con el eco de la belleza, con el regusto de un latido que tendré que escribir un día. Hoy mismo. Ahora. ¿Para que esperar?

© Manuel Garrido Palacios

Touches blanches, Touches noires

Universidad de Huelva · Campus de La Merced
25 noviembre 2015 · 7’30 de la tarde

Presentación de
TOUCHES BLANCHES, TOUCHES NOIRES
de
Manuel Garrido Palacios

publicada por Éditions Le Soupirail (Francia)
traducida del español por
Marie-Claire Durand Guiziou
y Jean-Marie Florès
Moderará el acto y leerá un mensaje de la
Academia Norteamericana de la Lengua Española
de Nueva York: Francisco José Martínez López
Presentará la obra: François-Luis Blanc
Abrirá el coloquio: Manuel Garrido Palacios

José Mora Romero


José Mora Romero
Un artista que pasó como el aire

Le pido a Juan Manuel Seisdedos que plasme en un pliego el perfil que recuerde de Don José Mora Romero, el guitarrista y pianista que tanto acompañó en su aventura a la gente que acudía al Bar Santafé. Juan me envía el dibujo y le añade: “Esta es la imagen que consigo hilvanar. Es curioso, pero en la nebulosa del recuerdo lo veo más claro. Lástima del cuadro que le hice tocando el piano y que borré porque no me gustó. Casi siempre iba embutido en su viejo abrigo gris; los ojos pequeños y claros…” 
Sumo al dibujo una foto de 1932 en la que aparece con su guitarra y ambas imágenes me llevan a componer un paisaje de hace décadas, cuyo eje era el viejo Bar de Boni, base del Grupo Santafé. Tesis se han hecho sobre lo que fue aquel fenómeno cultural; hasta hay quien se arrima ahora a ver si sale en la foto sepia; grato es apuntarse a lo bueno, cosa que le sobraba al sitio, como momentos malos, por lo que al tal se le podría cantar: “La noche del aguacero, / dime dónde te metiste, / que no te mojaste el pelo”. 
Allí se hablaba de pintura, poesía, música o de lo que cayera, siempre con la presencia de nuestro músico de cabecera, Don José Mora Romero, al que un día le dimos la alegría de tantear una guitarra eléctrica. Abrimos el estuche, la enchufamos y la pusimos en sus manos. Con recelo, la pulsó al aire, palpó los trastes, pellizcó las cuerdas y les arrancó un acorde pomposo que hizo del cuartucho en el que se jugaba al tute la Notre Dame sureña. Sonó con tal fuerza, que asustó a los gatos que tenían el tugurio por dormitorio, a los que ni los golpes del juego, ni los tacos, ni las broncas, ni los gritos para pedir tollos a Bartolo habían conseguido mover jamás. Don José, curioso con el invento, tocó una de sus preciosas gavotas en La menor, cerrando con un delicioso Para Elisa de Beethoven. No abrió el pico. Aquel sonido envolvente y pomposo lo había embrujado. Sólo al marcharse soltó por lo bajo: ‘Estos cabritos siempre tienen razón’. 
Los conciertos en vivo de Don José eran alimento musical para nosotros, sin reparar si su perfil respondía o no al músico que era y no era, que estaba y no estaba. Nos bastaba con sentirlo cerca. No se concibe el recuerdo del Santafé sin su estampa de pajarita y traje brillantón por codos y rodillas. ¿De qué época salía cuando iba a ocupar su rincón? Nos contaba cuando dio un concierto en Moscú y el Zar de turno mandó que tiraran la llave del estuche de la guitarra al río: ‘Para que esas cuerdas no vibren en otras manos’. O cuando un crítico escribió que Andrés Segovia era el marido de la guitarra, Sáinz de la Maza el amante, y él, el novio; uno la mantenía, otro la trataba a destiempo y él la mimaba. O cuando en un país (¿imaginario?: todo en el Santafé lo parecía) pidió que parasen el reloj del teatro para que su concierto se escuchara hasta en lo más mínimo y provocó que el lugar quedara sin hora durante años porque nadie quiso romper el encanto. O cuando venía andando desde San Juan ‘igual que un chiquillo de ágil’. Como su vestimenta no casaba con sus glorias, había clientes nuevos que lo confundían. Manolo el limpiabotas dejó su caja de cremas junto a Don José y un fuereño le dijo desde el mostrador: ‘¡Eh, abuelo!, saque brillo a mis zapatos’. Fue Troya; o peor; resultó duro deshacer de golpe aquel error del hombre, que se defendía: ‘Yo vi la caja al lado del vejete y creí que era el limpia’. 
Ciertas tardes le organizábamos conciertos en las casas. En la de Seisdedos había que cortar el ‘tic-tac’ del reloj de pared y evitar cualquier ruido: el del tráfico, aunque escaso, era difícil, como el del grifo abierto por tita Ana dejando caer su catarata en el fregadero, o el del aporreo del llamador, o el del arrastre del adoquín que aguantaba la puerta, o el del choque de la persiana en la pared. El corazón, había que parar el corazón porque su temple igual hacía que la guitarra gritara o que no se la oyera. Pero el concierto se daba. 
Un día nos avisaron del Hospital. Don José estaba en una cama bajo la luz azulada de la tarde. Fue un tiempo corto e infinito en el que no sacó a oreo sus fantasías. Nos miró y le vimos brillar una lágrima, la misma que inunda su memoria y viene a posarse en estas líneas. Lágrima frontera entre la vida y la muerte. Y ya no lo vimos más en el paisaje inacabado del Santafé, sentado en su rincón, allá en sus sueños. 

© Manuel Garrido Palacios

EL CLAN Y OTROS CUENTOS

EL CLAN Y OTROS CUENTOS
Manuel Garrido Palacios
Calima Editores · Palma de Mallorca

Julio Caro Baroja

LOS BAROJA
Julio Caro Baroja

Abro ‘Los Baroja’, libro que don Julio me regaló cuando fui a recogerle el prólogo para mi 'Alosno, palabra cantada', y leo: ‘¡Qué no se habrá dicho de mi tío en esos manuales o en estos artículos tremebundos de hombres con ideas enteras, es decir, con forma de tarugo! Se defendió él, como gato panza arriba, de tanto estúpido desparpajo. Pero, periódicamente, desde que empezó a escribir hasta después de la muerte, se nos sirve la caracterización monda y lironda por el melón de tumo. ¡Qué melonar! -decía Juan Ramón Jiménez refiriéndose a un grupo de hombres de su época, tenidos por selectos-. Yo, ahora, que no siento plaza de exquisito, como el poeta andaluz, me acojo a su recuerdo para repetir la frase, sin que me puedan reprochar que es de mi cosecha y por lo tanto vulgar y chabacana. Sí. Repito: ¡Qué melonar!’.
Abro el libro y leo las notas de su paso por pueblos de Huelva entre 1949 y 50. Dice: ‘No sé cómo hay antropólogos, etnólogos e historiadores que especulan, sin tasa, sobre el «arabismo andaluz». El poder de los tópicos hace que el hombre moderno, el especialista, no vea, ni oiga, ni compare... Yendo por la campiña hacia Huelva poco me acordaba yo de lo árabe. Sí de lo romano; veía las huellas de las planificaciones y urbanizaciones dieciochescas y barrocas, llenas de detalles graciosos, y aquellos campos primorosamente labrados, tan poco berberiscos, pero tan mediterráneos […] En [El Cerro de Andévalo] tuvimos la suerte de encontrar a un hombre admirable, el viejo alcalde don Domingo Márquez, y a tres hermanos, José, Inocente y Gonzalo Delgado, que nos brindaron una hospitalidad generosa. En don Domingo, que en aquella fecha andaría por los setenta años, encontramos un tesoro de tradiciones. Podía hablar de agricultura, de ganadería, de las industrias locales o de la lengua. Bailaba las folias con elegancia. En la trastienda de los hermanos se organizó un pequeño festival de cante inolvidable, y cada uno me dio una versión propia del canto de la tierra. Primero, un joven flaco, aguileño, una versión virtuosa, erótica y sentimental en esencia. Después, un aldeano, rubicundo y juanetudo, cantó de modo dionisíaco y casi burlesco. Después, el alcalde, con poca voz, con una especie de irónica amabilidad dieciochesca. El mayor de los hermanos con más sentido literario, a lo culto. Canciones de mina, de trilla, burlonas, fandangos de los quintos […] La provincia de Huelva era aún un tesoro desconocido, y El Cerro, uno de los pueblos más curiosos de toda Andalucía. Las casas, el mobiliario, los trajes y joyas conservados. Quisiera volver otra vez a El Cerro, para adentrarme más en lo que quede, si es que queda algo, de lo que entrevi. Algo castellano-leonés de un lado, de influjo portugués de otro, muy específicamente de lo andaluz que parece que pasó a América en época colonial. La visita a El Alosno y a La Puebla de Guzmán: otros dos pueblos de los que siempre me acordaré por motivos parecidos y a los que volvimos Foster y yo en primavera. Cada uno, con ser vecinos, tienen una fisonomía distinta. La de El Cerro, más severa; más serrana la de La Puebla, más andaluza de llano la de El Alosno. Aquí tuvimos la suerte de entablar relación con un joven, Manuel Lisardo Bowie, con su madre y su hermana. No puede imaginarse familia andaluza más típica. Sin embargo, la madre, ya anciana, doña Margarita Bowie, era hija de escocés empleado en las minas próximas. No he conocido en mi vida una mujer más despierta para responder a un cuestionario folklórico v que supiera más detalles de los usos, creencias y costumbres de su tierra. Era una especie de doña Cecilia Böhl de Faber en potencia, y a mí lo que me hacía reflexionar más, precisamente, era la similitud de las dos en ser hijas de nórdicos y en tener una conciencia andaluza tan extremada. Porque a doña Margarita se veía que su mundo le encantaba y que por el de sus antepasados nórdicos no tenía curiosidad. Volvimos a ver a la anciana en plena actividad con motivo de la fiesta de la Cruz de Mayo y entonces me dictó fórmulas de medicina popular, de creencias y usos’.
Eso, abro el libro ‘Los Baroja’ y me recreo en un viaje que parece imaginario por el rancio aroma que destila Andévalo, tierra que amo y que tanto me ha dado.

© Manuel Garrido Palacios

Diccionario de palabras de andar por casa


Diccionario de palabras de andar por casa 
(Huelva y provincia)
Manuel Garrido Palacios
        1ª edición 2006        2ª edición 2008     
Calima Editores. Mallorca        Universidad de Huelva 
Una palabra aportada por Juan Delgado

Cuando te metes en un trabajo de investigación se agradece la participación espontánea de quien no persigue otra cosa que aportarte sus conocimientos para que los aproveches según tu criterio. Me refiero ahora al ‘Diccionario de palabras de andar por casa (Huelva y provincia)’ libro con vocación de ocupar un hueco en cada casa y en las bibliotecas públicas. Desde su salida en Palma de Mallorca (y 2ª edición en la Universidad de Huelva) no he dejado de recibir comunicaciones con palabras, interpretaciones, otras acepciones de las que la obra trae y en fin, un enriquecimiento que se va sumando a lo ya hecho y que a su tiempo verá la luz en la 3ª edición. También en la Universidad Complutense de Madrid ha sido incluido en sus referencias para estudios lingüisticos. Me congratula especialmente el interés del Dr. Manuel Alvar por mi humilde obra. Y no quiero dejar de decir que tan gustoso trabajo no hubiera nacido de no mediar el impulso de la mente más privilegiada que he conocido, a cuyo magisterio me atengo: D. Julio Caro Baroja, que me animó a emprenderla.  Me llegó una aportación del gran poeta de la mina, Juan Delgado, que sabía que la Lengua era/es algo vivo que crece o mengua cada día y que está en continuo desarrollo como vehículo primario que es dentro de la sociedad que la sustenta. Algunas palabras ya están en la obra y no cabe hablar de ellas, pero sí de una: 'recurtillo', que podía ser una primera acepción como diminutivo de recurta, aunque la gracia expresiva del pueblo le da vida propia. Se documenta en vivo: «Quería comprar la colcha y como tengo mi recurtillo, me dije: no lo pienso un minuto, me la compro hoy mismito. Y fui y me la traje». De manera que 'recurtillo' viene a ser ese ahorrillo mudo que duerme en los cajones de la cómoda para lo que haga falta, o como dice la labia andevaleña: pa lo que se tercie.

© Manuel Garrido Palacios
© Fotografías de portadas Héctor Garrido

Tina Pavón

Tina Pavón
(Cantaora) 

Esta gran dama del flamenco vino al mundo con la voz hecha para cantar. Trajo en su equipaje esa virtud admirable y luego la vida se la talló sin prisas en el yunque de los años como una labor artesana de las que perduran, de las que dan rotundidad a la belleza, de las que se gozan «en el malva de la tarde»; voz plena de dulzura fresca y antigua salida de todos los tiempos, voz sabia del eco de los caminos, voz que habita a la distancia justa para abarcar los matices que juegan por lo alto y por lo bajo, voz que es pura expresión, que no fuerza el verso: lo moldea, lo mece, lo devuelve enriquecido, lo adorna, lo ama. 
«El hombre siempre en el mar / y el corazón en el viento», canta Tina Pavón en el disco «Luz de Alba», pleno de poemas de Juan Ramón Jiménez, obra en la que pone el alma con toda su carga de sensibilidad y respeto hacia el poeta. Ella se pregunta cantando: «¿Por qué el alma llora tanto?» Las guitarras de José Luis Rodríguez y el Niño Elías le dan tono y la acompañan en la búsqueda de la esencia expresiva. Los coros de Carmen y Olivia y el ritmo leve del Junco le aportan eco y calor a los latidos. 
Lejos de cualquier tópica disciplina, la voz de Tina Pavón lo mismo es torrente ahora que susurro después; voz que, una vez marcado el cauce por donde irá el poema, parece recitar mientras canta, o cantar mientras recita, y todo libremente, sin someterse a formas rígidas en las que la poesía no supiera moverse. Ese rasgo roto previo a los versos de «la soledad amarilla» hacía siglos que no inundaba el ámbito del flamenco. Es desgarrador el verso en labios de Tina Pavón. No sé si a Juan Ramón Jiménez le gustaba o no el flamenco (digamos que un día sí y otro no), pero es posible que se asombrara al sentir poesía sobre su propio poema, que eso es lo que hace la cantaora Tina Pavón, sumar algo bello a lo bello, poner lo grande con lo grande. 
«Se paró el cielo un instante / sobre el negro de los pinos». Tina «va cantando sus sueños por el camino perdío». Habla de cuando escuchaba y aprendía de su abuela, de que a Mairena «se le cayeron dos lagrimones» como uvas la noche que la escuchó en Sevilla, de sus comienzos a los quince años, bendito tiempo en el que ya apuntaba su voz hacia los verdaderos poetas: cito a Jesús Arcensio, del que llegó a cantar dos poemas sin más allá ni más acá que recordar ahora sus versos y hasta entonarlos a media voz: «Entro en la primavera / con mis zapatos rotos». 
Me encontré con Tina Pavón hace pocos años en la puerta del antiguo Mercado del Carmen como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para despedirnos del recinto, como si retomáramos una conversación interrumpida hace treinta años, como si el Destino lo hubiera previsto. Y hablamos de este y de otros discos, y de cantaores que la movieron por dentro, y de voces que se enredaron en su estilo, y de su idea de cantar por bulerías el «Viaje infinito» del moguereño. Luego subió a su casa, bajó el disco y durante el resto de la mañana estuve escuchándolo a solas en el estudio. La sensación que me quedó y que conservo es la de decir: «Dichoso el poeta que sea cantado por ella porque es un milagro que se pueda cantar así». 

© Manuel Garrido Palacios

Patrick Leigh Fermor

Secuestrar a un general
Patrick Leigh Fermor
Editorial Berenice

Una gran aventura de la Segunda Guerra Mundial y una de las mayores hazañas del escritor Patrick Leigh Fermor, fue el secuestro del general Kreipe, comandante de las fuerzas alemanas en Creta, el 26 de abril de 1944. El plan fue tramado para evitar que siguiese la dura política germana de represalias contra la población cretense. Vestidos como policías militares alemanes, Leigh Fermor y Billy Moss detuvieron y tomaron el control del coche de Kreipe, atravesaron veintidós puestos  enemigos y lograron entregar a su rehén en una playa al sur de la isla. Este es el relato literario sobre el suceso realizado por el propio Leigh Fermor. Además de testimonio de primera mano de un autor considerado un clásico moderno, según William Dalrymple –en The Guardian- ‘este libro póstumo se asegura un lugar en la trilogía de obras maestras de la no ficción inglesa de posguerra’.

Ed.

John Fowles

EL ÁRBOL
John Fowles
Traducción de Pilar Adón
Editorial Impedimenta 

Una obra inspiradora que refuerza nuestra conexión con el mundo natural y nos recuerda el placer que produce perderse en él, el valor de no tener ningún plan y la sabiduría necesaria para dejar que nuestro instinto nos guíe con libertad tanto en la vida como en el arte.

EL MANUAL DE LOS INQUISIDORES

EL MANUAL DE LOS INQUISIDORES
Nicolau Eimeric / Francisco Peña
Introd. y notas: Luis Sala Molins
Col. ARCHIVOS DE LA HEREJÍA
MUCHNIK Editores

Ricardo Muñoz Suay, en su edición de El manual de  Inquisidores anota que “cuando el poder político, religioso o cultural se erige en único depositario de la verdad absoluta, se transforma rápidamente en verdugo y designa hereje al hombre rebelde, que se vuelve víctima”.  
© LSM

Alfred Renaudin

LE PARCEMENT DE L'AVENUE JUNOT
(1909)
Alfred Renaudin (1866-1944)
Musée de Montmatre
Jardins Renoir . Paris

El exilio español de 1939: Las escritoras


JANET PÉREZ
El exilio español de 1939: Las escritoras

Discurso de recepción en la
Academia Norteamericana de la Lengua Española
Nueva York
Contestación: Gerardo Piña-Rosales
Presentación: Jorge I. Covarrubias

Cristóbal de las Casas

 Cristóbal de las Casas
VOCABULARIO DE LAS DOS LENGUAS
TOSCANA Y CASTELLANA
(Sevilla 1570)

La edición princeps de este Vocabulario de las Casas es un libro bastante raro: el National Unión Catalogue (impresos anteriores a 1956 en bibliotecas USA), Mansell: 1970, vol. 97, p. 543a, ofrece una lista de sólo ocho ejemplares; el de Brown University fue donado en 1983, y esta primera edición falta en los catálogos de grandísimas bibliotecas universitarias y de primera importancia. El catálogo del British Museum (British Library) de libros publicados antes de 1955 (Readex Edition, 1967), incluye sólo cinco ejemplares en Europa. Hay otro, propiedad del profesor Rafael Lapesa en Madrid, y otro en México, del profesor Juan Lope Blanch, autor del Prólogo. El texto reproducido (propiedad de Brown University) tiene pocos desperfectos y dificultades; contiene una fe de erratas; seguimos su sistema de localizar palabras por folios y número de columna. Además de las enmiendas hechas en la fe de erratas hay otras en letra que parece de la época, o son adiciones al texto. Unas pocas veces estas enmiendas y adiciones han creado manchas que dificultan la lectura. […] El índice alfabetizado al margen en ambas partes parece de tinta más bien moderna que tiene todavía bastante de negro. La doctora Sandra Sider de la Hispanic Society of América opina que probablemente la tinta no debe fecharse antes de fines del siglo XVIII.

© A. David Kossoff (Brown University)

Revista de Folklore nº 404

Revista de Folklore nº 404

SUMARIO:

Editorial de Joaquín Díaz:
Gbriel García Márquez escribió Cien años de soledad en pleno siglo xx en clave de libro sagrado y nos hizo revivir el misterio de una humanidad volviendo a nacer y recreándose en los límites de un pequeño pueblo. Con palabras elementales, García Márquez afirmaba al comienzo de su relato: «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo»... +

José Luis Díez Pascual:
Nombres vernáculos leoneses de aves


José Luis Rodríguez Plasencia:
La matanza en Extremadura (estudio etno-folklórico) (1)


Julia Andrés Oliveira:
El baile de las Carrasquillas, estudio y difusión


LA ÚLTIMA CASA

Calle del MEDIO ALMUD
Tienda de Pepe el día de su derribo
© Fotos mgp.

Abre, molinero,
que vengo a moler,
un almud de trigo
para San José.

ALMUD es un cajetín de madera para medir el grano del trigo. Equivale a la cuarta parte de la cuartilla. De mayor a menor van así: fanega, cuartilla, almud, medio almud, cuartillo y celemín. 

© Manuel Garrido Palacios. Diccionario de palabras de andar por casa (2006 y 2008) 

En 1868 se aprobó una moción para el cambio onomástico de varias calles en la ciudad de Huelva. A la del Medio Almud se le impuso el nombre de Sixto Cámara. Años más tarde volvió a lucir su viejo rótulo en la esquina hasta que en 1896 se le puso el nombre de Amado de Lázaro, que tuvo que ver en la decisiva mejora del puerto. Asi que “propone al Gobierno que las obras o dragados de la barra se ejecuten por el sistema de Administración, para lo cual deberá autorizarse a la Junta para adquirir las dragas por concurso […] o alquilar el material que necesite, al fin de que el próximo invierno se inicien los trabajos”.

© Diego Diaz Hierro. Historia de las calles y plazas de Huelva (1983)

La casa derruida, en la esquina a calle San José, era la tienda de ultramarinos de Pepe Hernández ‘La flor de la sierra’ junto a la panadería de Crespo. ¡Ay la vieja memoria abarrotada de recuerdos!

© Diego Lopa Garrocho

Amado de Lázaro es donde vivía Gabriel el carpintero, mi padrino.


DAVID GARRIDO GUIL


La agonía del viejo cuartel

La imagen es todo un símbolo. La gente ha envuelto en cinta y celofán el cuartel del Paseo de Santa Fé como si tratara de abrazar el edificio para darle calor, para animarlo a aguantar vacío hasta que se llene de contenido, para decirle que no está solo, que hay manos capaces de darle una dignidad como espacio, cosa que durante tantos años, demasiados, escandalosamente demasiados, insoportablemente demasiados años, se le ha negado. Personas de todas las edades se dieron cita en la fachada del viejo caserón de ladrillo visto para reconocerlo como propio de una ciudad que no supo qué hacer con él y que ahora, en ese machadiano ‘hoy es siempre todavía’ quiere hacerlo para darle vida. Lo merece el edificio, lo merece la ciudad, lo merecemos todos.

A LURA DOS LIVROS · Tavira

LIBRERÍAS CON ENCANTO
A LURA DOS LIVROS
Tavira

CUATRO AUTORES EN PARIS

CUATRO AUTORES
Vient de paraître

Touches blanches, touches noires

de Manuel Garrido Palacios
traduction de l'espagnol par
 Marie-Claire Durand Guiziou et Jean-Marie Florès
L’imaginaire se conjugue avec la réalité dans ce roman qui distille amertume et douceur, amour et haine, cruauté et vengeance dans un quotidien qui met en scène des habitants du village de Mambraseca, perdu au milieu des scories d’une mine abandonnée et soumis à l’infamie d’un cacique local. L’onde musicale d’une Tarentelle fera vibrer ce hameau en détresse sur fond de guerre civile. À Mambraseca, tous appartiennent au silence éclatant de leurs rêves ; l’infatigable voix de Fátima et la musique de Balbina donnent enfin une consistance à la désolation.

Manuel Garrido Palacios, de l’Académie nord-américaine de langue espagnole de New York, est né à Huelva (Espagne). Poète et écrivain, prix Borges de la narration (1995, Los Angeles, Californie), il a publié plus d’une dizaine d’ouvrages en Espagne. Il a reçu également de nombreuses distinctions en tant que réalisateur (Harpe d’or du festival de Dublin, Prix national de télévision, prix Ondas, etc.).
 


La Ruche

de Mahmoud Chokrollahi
La Ruche est l’histoire d’une illusion puissante et dangereuse comme peut l’être la réalité. Le jeune Hans, égaré dans un château dont on s’extrait difficilement, se voit confier la succession du Professeur, son vieux maître. Ballotté dans un univers machiavélique, où tuer n’est pas un péché capital, il tente de percer le secret de l’incendie du petit matin du vingt février… C’est le pays de la Reine et de ses soldats. Un pays sans frontières, avec ses vastes plaines, le pays des rêves, des rêves devenus cauchemars… Une fable sur la malédiction du Pouvoir où sont mis à nu les rouages de la soumission.
Le roman parcourt le cauchemar éveillé de notre existence.
Mahmoud Chokrollahi est né à Qom (Iran). Avec ce premier roman, il signe une écriture singulière qui chemine entre réel et imaginaire.



À paraître en  novembre
         
À la cave comme au ciel

de Christian Dufourquet

Un vieux lettré mélancolique somnole, dans une pièce envahie de livres, un fusil rouillé à la main. Une femme de ménage enchaîne les petits boulots. Un marginal sillonne la campagne. Ces trois personnages se croisent, se heurtent, parfois mortellement, dans une petite ville, au cœur d'un pays dévasté. La présence des livres, obsédante, invite à s'interroger sur leur pouvoir. Ou sur ce qu'il en reste…

  
Christian Dufourquet a publié de courts romans aux éditions Maurice Nadeau dont le remarqué Franz et Mania (2005) ainsi que de la poésie aux éditions Guy Chambelland et L’arachnoïde.

   
Le Dilettante

de Tchavdar Moutafov

Traduction du bulgare par Krasimir Kavaldjiev
Le Dilettante n’a pas d’équivalent dans notre littérature. Son écriture s’apparente au courant grotesque dans l’expressionnisme bulgare, dans une sorte de libre création. Le Dilettante, réifié dès le début après avoir succombé à l’oppression des objets, affiche les traits d’un dandy décadent fin-de-siècle. Un roman étonnant de modernité, aux influences littéraires diverses, Baudelaire, Maeterlinck ... source d’inspiration des auteurs bulgares contemporains.
Tchavdar Moutafov (1889-1954) est l’auteur du Dilettante, roman bulgare des plus excentriques. Très mar qué par la littérature et la culture germanophones, il est l’au teur de plusieurs nouvelles et essais et de deux romans : Le Dilettante (1926) et La première bataille (1941).

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Éditions Le Soupirail



Carlos de Oliveira

ENTRE DOS MEMORIAS
Carlos de Oliveira
Calambur Ed.

“En la cresta de las colinas / sin nieve, la piedra; su esmeril; / aguza más la luz: / ¿cómo dormir / con estas agujas / blancas en la memoria? / agujas de catedrales; / ¿cómo olvidar / este rumor de vidrio y algodón / en el cielo? poema escrito / entre una arista y un filo, / entra en las venas, hiere: / aguja de morfina fría; / ¿cómo arde este cristal?” 
Con este poema se inicia el libro Entre dos memorias, de Carlos de Oliveira (Belém, Pará, Brasil, 1921-Lisboa, 1981), aunque allí donde figure su nombre podamos leer: poeta portugués. Esto sucede porque con pocos años de edad se traslada a vivir la familia a Cantanhede, Coimbra, Portugal, en cuya parroquia de Febres presta servicios su padre como médico. Más tarde pasan a Lisboa y mantienen una estrecha relación con la región norteña de A Gandara, paisaje marco de sus obras, que son cinco novelas y varios libros de poesía. Dice en el poemario que nos ocupa: “Se siente la variación / en la atmósfera del cuarto; ¿una corriente / de aire? ¿con la puerta, / las ventanas cerradas? / el soplo viene quizá del estante: / poemas, diccionarios; / como si la biblioteca desprendiese / sustancias volátiles; o / que intentan volar; el temblor, / el presentimiento, despierta / los muebles fascinados; poco a poco, / en el aro de la pantalla, / donde la diferencia es más sensible, / se condensa el rumor de la primeras / palabras: al final, son ellas; / y tan pronto como sus vuelos; / anteriores a la escritura; las precipitan / en el papel, se comienza a escribir”. 
Según la crítica, Carlos de Oliveira se vinculó desde sus comienzos al neorrealismo literario portugués, y publicó su primer libro, Turismo, en 1942, al que siguieron Mãe Pobre (1945), Descida aos Infernos (1949) Terra de Harmonia (1950), Cantata (1960), Sobre o Lado Esquerdo (1968), Micropaisagem (1969), también editado en España por Pretextos con traducción de Ángel Campos Pámpano. Otros libros suyos son Entre Duas Memórias (1971), del que aquí se habla, Pastoral (1977) y la antología Trabalho Poético (1977-78). En cuanto a ficción contemos Casa na Duna (1943), Alcateia (1944), Pequenos Burgueses (1948), Uma Abelha na Chuva (1953), también publicada en España en 2009 por KRK Ediciones con traducción de Xavier Rodríguez Baixeras; y Finisterra (1978) 
Su traductor, el poeta y editor Ángel Campos Pámpano, dice que “el trabajo creativo de Carlos de Oliveira, sin olvidar nunca el carácter social e histórico de la escritura, procura siempre modular con rigor las palabras, depurando al máximo la materia verbal, condensando espléndidamente el verso o el párrafo”, rasgo que puede apreciarse en cualquiera de sus poemas: “Hipótesis posible: / cuanto mayor sea la distancia / más frágil es el astro; / segunda hipótesis, probable: / la atmósfera sabe / que refractar estrellas es un juego; y lo gana; / de ésta se deduce una tercera:/ bloques de polvo irradiante, / endurecidos por el vacío, / sienten su luz astillarse / cerca de nosotros; el interruptor, / como la palabra dice, / interrumpe la lectura; hipótesis: / provoca un temblor en el agua / de la presa; quizá verificable; / y otra más, casi sin sentido: / la sombra; la lámpara apagada; / que se transforma en sueño”. 
Campos Pámpano (San Vicente de Alcántara, 1957-Badajoz, 2008) es uno de los principales traductores de poesía portuguesa (Pessoa, Eugenio de Andrade, Antonio Ramos Rosa...) En 2006 recibió el Premio de Traducción Giovanni Pontierc por Nocturno Mediodía, de Sophia de Mello, y en 2008, el Eduardo Lourenço por su cooperación entre las Comunidades Ibéricas. Director de medios de comunicación, Calambur publicó su poesía reunida: La vida de otro modo (1983-2008). 
El libro de Oliveira Entre dos memorias es la última traducción que dejó, a la que pertenece el poema que cierra: “Sobre el horizonte variable / que la sal asalta, devolviendo / a todo esto / la luz del inicio; / alcanzan más allá de la nieve / una aridez salinizada; / la atmósfera se arruga / como los metales encrespados, / bajo un rumor / más corrosivo que el del viento; / la luz deja de ser la misma: / a sí misma se devora, / amarillea el retrato poco a poco; / mientras el magnesio / entra en su crepúsculo; / y la imagen, / expuesta a un ácido excesivo, / comienza a descomponerse”. 

© Manuel Garrido Palacios