CULTURA
Asisto a lo que llaman un acto
cultural. Lagarto, lagarto. Los que me acompañan llenan el regreso de opiniones
sobre el evento. Escucho y cato. La queja común es que se confunde ocasión con
tradición, sabiduría con datos, palabreo con reflexión, hábil con artista,
listillo con inteligente, entendederas con atrevimiento, hambre con ganas de
comer y todo así. Repito algunos de los ejemplos expuestos:
1) Un político que tenía que recibir a
figura literaria internacional, en vez de saludarlo como lo que representaba,
le espetó: «Yo también soy poeta».
2) Un... -¿cómo llamar a éste?- le
largó a un escritor tallado y reconocido: «Yo quiero tener las tardes libres para poder
escribir como usted».
3) Un caso lastimoso le dijo a un
recién llegado que en el Sur sólo había dos poetas de valía: Juan Ramón y él.
Como es interminable la lista de
disparates pongo punto porque estas osadías no merecen más. Aunque son
empobrecedoras en sí mismas y no resistirían un análisis, dan norte en conjunto
de lo difícil que resulta entender el significado de Cultura, palabra que tanta
resistencia opone a ser definida porque tiene un corazón tan tierno que
cualquier vaivén podría herirla. Gracias a que por venir de dar culto a lo superior
conserva un halo misterioso que la protege. Hay quien se mueve en lo que le
parece Cultura y con ello recorre el camino de la autocomplacencia. Los que
andan encariñados con ella ven ese camino cultural poblado de saberes, de
formación, de personalidad, de gusto, de sensibilidad, de inteligencia, de tomar las grandes obras como
modelos para aprender, no para plagiar, de sentirlas como tesoro de la
humanidad, sean tradiciones artísticas, científicas, religiosas, filosóficas;
todo eso que conforma un modo de vida: arte, moral, ley, costumbres, hábitos.
Como alimento del espíritu nunca hubo empacho por la Cultura, sino sensación de
bondad por permitir que nos abriera paso hacia ideas que nos enseñaran a sentir
que nadie es el eje del mundo; p sea, para universalizarnos.
La Cultura es el grano que queda
limpio en la era cuando se aventa la paja. Ella se defiende de la confusión porque
está hecha a distinguir la voz del grito, el hablar mucho del decir poco, o
nada, el auditorio vacío aunque parezca lleno, de discursos superficiales, alharacas
pelotilleras, autobombo y aplausos
subvencionados a costa del contribuyente. En cierto despacho no sabían qué
cargo darle a un «compromiso» y le dieron "Cultura mismo". Toma ya.
Habría que elevar el listón, no
bajarlo a niveles infames bajo el pretexto de poner no se sabe qué al alcance de todos. Lo grande es que suban esos
todos. Que no parezca que somos incapaces de ser más que figurantes de una obra
manida que sólo sabe justificarse a diario. Por cierto, ¿de qué acto llamado
cultural venía yo para escuchar estas perlas durante el regreso?
© Manuel Garrido Palacios
© Manuel Garrido Palacios