JESÚS ARCENSIO

SUEÑO Y COSTUMBRE
(Antología poética)
Jesús Arcensio
Biblioteca de La Huebra
Prólogo de Manuel Moya


         Un grande de la Poesía, Jesús Arcensio (1911-1992) que escribió:

Todos van. Todos vienen.
Yo, parado, a las doce, en esta esquina
sobre el asfalto quieto,
porque he perdido el Norte de mi tiempo.
No me sirven mis pasos
─pasos a estrella nube, pájaro─
para andar entre bosques de oficinas,
almacenes y bancos.
La calle es una selva de cemento
tan extraña a mi pie, que ando perdido,
totalmente perdido. Aquí, clavado,
miro mis viejos mapas
donde se escribe amor con A mayúscula,
que me señalan rumbos cordiales
del nacer al morir. Y no me sirven.
Estoy aquí, esperando
que alguien llegue y me hable.
Pero todos pasan con prisas,
sin mirar, pronunciando
palabras que no entiendo: reactores,
kilovatios, salarios, dividendos...

En una transversal de la Alameda Sundhein de la ciudad de Huelva figura su nombre en la esquina, calle en la que no existe una sola puerta por la que entrar o salir de una casa, sino ventanas, tiestos, rejas, visillos, persianas de viviendas, que, sin pretenderlo, dan la espalda a su titular en una circunstancia no prevista en el trazado urbano, pero subsanable. Si los que dan o quitan rótulos quisieran hacer olvidar el nombre de alguien, que no es el caso, no podrían haber usado modo más eficaz que el de dedicarle una vía como ésta, que jamás recibirá una sola carta, ni un triste recibo, ni una bombona de gas, ni siquiera una multa. Nada. A la calle del poeta no irá nunca nada ni nadie preguntará por ella. Este trato a Jesús Arcensio no es justo. Y no es un tema localista: no entraría en él ni a empujones. Se trata de no obviar un nombre de los que dan rango a una ciudad, con una obra admirada más allá de la asfixiante linde de los autopoetas de diseño, tan de escaparate y subvención. 
En el magnífico estudio que le hace Manuel Moya en “Sueño y costumbre” dice que “De joven mantiene contactos con los integrantes de Papel de Aleluyas, Rogelio Buendía y Adriano del Valle. En 1935 funda el suplemento Letras, en el que intervienen Nicolás Guillén, Miguel Hernández y otros. Su producción se divide en dos momentos delimitados por la guerra civil. Si en el primero, su poesía es claramente bucólica y amorosa, cercana al purismo de Juan Ramón Jiménez, en el segundo está enmarcada entre el dolor, la pérdida de confianza en el hombre y en los vaivenes y dudas de la propia existencia. Consumado sonetista, no rehuyó otras formas versales. Reacio a las publicaciones, sólo dio a las imprentas dos libros, al final de su vida, a pesar de lo cual siempre gozó de magisterio en los ambientes poéticos”. 
Con la humildad de un grande, Jesús se ve así en Autorretrato:

Este que aquí, de pan e incertidumbre
vive y desvive un poco cada día,
éste soy yo, de afán y de agonía,
de sed y agua, de ceniza y lumbre.

Hombre partido en dos -sueño y costumbre-,
hombre de hielo ardiente y llama fría
a quien lenguas de dulce poesía
lamen la llaga de su pesadumbre.

Hombre, al fin, como tú, como cualquiera,
que no sabe quién es ni a qué ha venido
ni el color de la muerte que le espera.

Un hombre que ama y sufre, que ha bebido,
que es malo y bueno... y que, en verdad, quisiera,
si hay que morir, morir como ha vivido. 

Habría que cambiar de calle a Jesús Arcensio por pura justicia. Una ciudad no puede permitirse estar de espaldas a un poeta que la ha vivido en su esplendor creativo, que le ha legado una obra de tanta hondura y belleza. Añado que parte de lo que cantan los flamencos de aquí son letras suyas, firmadas o no. Y si una voz no bastara para darle otra calle, ahí esperan para ser leídos todos los poemas del libro. Una ciudad brilla más, entre otras cosas, cuando los que se encargan de la cosa cultural saben o quieren –porque poder, pueden– valorar a su gente señera. El poema del principio termina así:

Yo sigo aquí, perdido,
aislado en este tiempo que no es mío.
Y pasan, van y vienen cuerpos, sombras.
Cruzan y vuelven a pasar, indiferentes,
sin mirar que hay un hombre en una esquina,
perdido, extraviado
en la isla de un tiempo que no es suy

DOS SONETOS 

Este, de 1969 está en la fachada del Convento de Nuestra Señora del Carmen. de Galaroza.

Tú, que del mar te nombran Capitana,
dejas aquí el timón por la mancera.
Y, así como excelente marinera,
eres también magnífica hortelana.

Rumbos de miel le das a la manzana;
rumbos de flor a cada primavera;
rumbos de pan a cada sementera;
rumbos de amor le das a la serrana.

Mira, Madre, qué mar tan deleitosa,
qué oceanía de tréboles y flores
mece a tus pies su plácido oleaje.

Anclando va tu amor en cada cosa
cuando el serrano mar de tus amores
navegas en virgíneo cabotaje.

CIUDAD DORMIDA lo dedica a Niebla. Moya anota que 'fue escrito en un bar en 1969', según José Antonio Ortega, sobrino del poeta, testigo del momento:

Lame el sol los tremendos cornalones
con que el toro del tiempo tu muralla,
terco, quiere abatir. La brisa calla
y acaricia tus viejos desgarrones.

Encantada ciudad, Niebla. Ilusiones
de hacer hoy el ayer. Loca batalla
es quererle poner al tiempo vall
vararlo en un mar de evocaciones.

Navío anclado junto al rojo río
que naves salomónicas meciera;
arca de historia, fama y poderío;

ciudad de los mil sueños: iQuién pudiera
devolverte tu vieja voz, tu brío,
la gloria de tu antigua primavera!

© Jesús Arcensio

EL AÑO DE LOS TIROS · Rafael Moreno

1888. EL AÑO DE LOS TIROS
Rafael Moreno 

Novela concebida como homenaje a los protagonistas del movimiento obrero y ecologista de la Cuenca Minera de Riotinto. El texto, que sale a la luz en un momento de recorte de logros sociales conseguidos siempre a base de sangre, sudor y lágrimas, reivindica el lugar que en la Historia le ha sido hurtado a los mineros de Huelva.

RAFAEL MORENO


LO QUE DURA LA NOCHE
Rafael Moreno
RD Editores. Sevilla


La aparición de un cadáver provoca en la vida de Facundo Cruz un viraje de ciento ochenta grados cuando el protagonista está a punto de poner el punto final a su larga carrera como policía. En adelante, como si se tratase del llamado "efecto mariposa", todo estará relacionado con todo, y cualquier variación en el orden establecido será consecuencia de la aparición de este suceso. El personaje, episodio tras episodio, conduce al lector por una trama excelentemente tejida mediante los hilos del suspense, de lo policíaco y de la narrativa de género histórico, para terminar con un sorprendente e inesperado final.

Félix Grande · Libro de Familia


LIBRO DE FAMILIA
Félix Grande
Colección Palabra de Honor
Visor Libros
Madrid 2011
  
Félix Grande es poeta cuando habla y cuando calla. Las veces que he asistido a sus decires en este o en aquel foro -Madrid, Trigueros, Granada, Sevilla…- parecían sus elocuentes silencios pausas para digerir cuanto bueno había dicho y preparación para lo que quedaba por decir.
La última vez fue en la Casa Colón de Huelva, presentado por un malagueño brillante, José García Pérez, y me dolió la sed del poeta cuando preguntó desde el estrado: ‘¿No habría por ahí un poco de agua?, tengo la garganta seca’. Esta vez, 'agua sin peces ni barro, agua, agua, agua agua'. Pasó esto nada más empezar, cosa que al público ya le sonó a verso. Pero no había agua para el poeta y hubo que buscarla primero en los lavabos, donde no se encontró un vaso, y después en un bar cercano. No mermó el interés del público (por cierto, 4 personas) por esta circunstancia ‘tan natural, por lo visto, en los actos culturales’, sino que se acrecentó por escuchar lo que el poeta dijo después de beber:

‘tu agua lujosa lleva bajo el ala
el vuelo popular de la corrala’

Nada desentonó con la sed porque se acordó de Alosno, pueblo cantado y cantaor por excelencia, al que tanto quiere el poeta, donde reza un fandango:

Dame agua de tu noria,
que vengo muerto de sed; 
Jesucristo, por beber,
le dio a una mujer la gloria;
yo te daré mi querer.

Aquella noche, Félix no quería cantar sus versos, sino decir el motivo por el cual traía seco el paladar, que no era otro sino que a Francisca Aguirre, con quien se casó dos veces, le acababan de conceder el Premio Nacional de Poesía. Sed. Sed tenía el público de la sala de escucharlo, pero él sólo quería hablar de Paca y de las circunstancias que marcaron su vida desde la guerra civil. Sólo al final habló brevemente de esta obra propia recién horneada: ‘Libro de Familia’, de cuyas páginas entresacó algunos poemas para, de inmediato, retomar la copla que le copaba el sentimiento. 

Este fauno verbal mete la boca
entre los muslos de las sílabas
y ahí las tienes a las palabras:
húmedas. Vivas. ¡Qué te parece!

Félix hubiera sido cantaor, y lo es, o guitarrista, y lo es, pero en el momento de decir ‘este es mi sitio’, escogió ser poeta, o la poesía lo escogió a él para estar presente y humedecer de emoción tanta sequedad, tanta atonía, tanto destemple, porque él conoce

...el lenguaje, el universal,
el susurro de Dios, el alba
del mundo, el abogado santo
de la humillación y la pena.
Félix recitó:
[La mujer de mi vida
Duerme lucha en la cama a tos partida, contra
su catarro septuagenario.
Amor mío cúrate cúrame.
Tu tos brama en el cráter de mi miedo.
Oh cráter de mi culpa.
¿En qué barranco de mi infancia
rodeé de perros tu inocencia, todos
rabiosos? Ah tus pulmones: mira
cómo señalan con su dedo neumónico hacia
mi pasado materno. Y ahora qué
con esa tos, esa tos juez, esa ventana irreparable
tan abierta como mis ojos, tan cerrada
como este nudo de perdón en la mitad del cuello?]

El poeta se interna en el túnel del origen y ya nadie es quién para jugar con fechas ni datos de costumbre. Su biografía se resume en que nace al crear su primer poema, crece con el eco y no muere nunca porque la estela lo lleva a los confines del túnel cabalgando sobre sus palabras. La sed de Félix frente a los que lo escuchábamos se convirtió en sed de abrir este bello libro a ver de qué verbo estaba hecho, quizás de ‘soplos de materia y secretos de evidencia cósmica’.

© Manuel Garrido Palacios
En la imagen: Félix Grande, Garrido Palacios y Domingo Prieto.

EL ABANDONARIO

EL ABANDONARIO
M. Garrido Palacios 
1ª Edición. Editorial Calima. Mallorca
2ª Edición. Editorial Harmattan. Paris
  

Manuel Garrido Palacios nos entrega en 'EL ABANDONARIO' su apasionante novela. Dedicado profesionalmente al cine y a la etnografía, sólo en estos últimos años ha ido publicando libros de ficción literaria. El sorprendente EL CLAN Y OTROS CUENTOS (Ed. Calima, Palma de Mallorca) y esa variopinta fábula titulada NOCHE DE PERROS (Ed. AR, Sevilla, Calima, Mallorca y L'Harmattan, Paris) nos mostraban ya a un narrador premioso conocedor de su oficio y exhaustivo gozador de la alta, rica tradición castellana. En ambos libros latía el aliento de un hombre entrañado, investido en lo popular, en el que la ironía, el escepticismo, la retranca..., nos daban cuenta de un mundo personal, entretejido de realidad y ficción mágica, con un pie puesto en los estribos de la picaresca (con esa visión escéptica, amargosa del mundo) y el otro en ese prolijo mundo de lo escéptico y de lo soterráneo que encontramos también en la vasta tradición castellana, desde Cervantes a Rulfo, desde Quevedo a Valle o al Cela del Pascual Duarte. Pareciera que todos esos largos años emboscado detrás de la cámara, atento a las luces y a las penumbras, a las voces y al silencio, hubiesen propiciado en el autor un caudal vivo de sombras y máscaras que ahora, en su faceta más propiamente creativa, se nos revelan en toda su concertante, apabullada realidad. Estas tres coordenadas: la tradición escéptica, la visión mágica y el lenguaje popular , más que presentes en sus dos libros de relatos, constituyen ahora el soporte literario de este libro (EL ABANDONARIO) tan sorprendente como impagable. EL ABANDONARIO es un viaje hacia los médanos interiores de una memoria que se resiste a reconocerse en los parámetros realistas o mecanicistas, donde los hechos quedaban sepultados, envilecidos por un proceso de afirmación histórica o ramplonamente temporal. Muy al contrario, lo primero que sorprende en esta novela, es precisamente la ausencia del tiempo. El recuerdo, la memoria, ajenos a la contaduría de las horas, se superponen, se erigen, vivifican la realidad, construyendo una reconocible fantasmagoría de hechos simultáneos y envolventes que atrapan al lector ya desde sus primeras líneas, aventurándolo a un mundo de una sencillez, de una fantasía desaforada. En realidad, lo que Manuel Garrido Palacios, persigue a lo largo de esta obra inolvidable es recrear, alentar, producir una atmósfera interior reconocible, en la que vida y muerte, realidad y magia se entretejan de una manera creíble y lo que es más importante, natural, en torno a los pellizcos de la vida. Pero si ya en su larga obra cinematográfica Garrido Palacios trata de recoger la devastada memoria de los pueblos, afirmándolos en su identidad y sublimando precisamente aquellos elementos que hacían palpable esa identidad, aquí, en esta, su primera novela, se nos propone una vuelta de tuerca al introducirnos en un mundo de resonancias míticas que nos agarra desde la pura y abstracta identidad y donde el lenguaje, de una llaneza casi cegadora, consigue por sí mismo convertirse en el absoluto protagonista de esta historia en la que un muerto relata a quien lo vela la historia de un pueblo fenecido, atrapado en su propia fantasmagoría. Nos hallamos, pues, ante una novela sorprendente que consigue imantar al lector a las primeras de cambio, para mantenerlo en vilo durante toda la deslumbrante travesía. Y es que Garrido Palacios, seguro de su oficio, capaz de descubrir una atmósfera en unas pocas líneas, lejos de adentrarse en un discurso atolondradamente lírico, prefiere ponerse en manos de la naturalidad, de la fluidez de la palabra dicha, oída, metida en la matriz y en el estómago. Será, así, a través de los personajes que hablan a través del muerto, que se construya la peculiarísima memoria de Herrumbre, ese pueblo acosado por la nada, y cuya historia es la que se va enhebrando a lo largo de todo el libro. Mamuel Garrido Palacios se ha limitado, parece y aquí estriba gran parte del éxito del relato a dar sentido a todas esas voces, ordenándolas de manera que el lector se reconozca en cada una de ellas, removiendo en él los más dormidos soportales de la memoria. Una novela, en definitiva sugeridora y valiente, escrita con toda el alma, que se reconcilia con el arte de la prosa, tan demacrado, tan envilecido últimamente. Sin duda, y acabamos, una de las novelas más deslumbrantes escritas en los últimos tiempos en la lengua de Rojas, Cervantes o Rulfo.

© Manuel Moya (España)

UN MOMENTO MÁGICO

A PIE DE OBRA

En ciertos actos humanos hay un momento mágico que permite conectar con 'lo divino’ aunque sea 'la efímera eternidad de un instante’, según el verso de José Manuel de Lara. De no ser así, los habitantes de ese Olimpo idílico protestarían ante la invasión que se les vendría encima al grito de ‘¡Esto es mío! ¡Viva no sé qué!’. Estos seres misteriosos –quizás representados en los ídolos del yacimiento Orden/Seminario/Torrejón– no se mezclarían así como así con los que ocupamos este laberinto nuestro; no nos iban a consentir pasar su umbral con la desorganización que hemos creado y padecemos, cargados con lastres como el ‘¡Y tú, más!’ de turno, peroratas de púlpito o tribuna o consignas sobre el camino de la verdad y eso.
          Pero a veces en ese ámbito se abre un postigo para otear el panorama y, sin avisar, se produce un momento mágico en el que intuimos que no todo está perdido. El miedo y la esperanza juegan su partida, hacen tablas durante la breve eternidad, los humanos nos estremecemos y después, a sensación gastada, cada mochuelo busca su alcaparra.
          Hoy se ha producido este fenómeno y lo reseño. A la hora prevista llegó la gente a la concentración, se repartieron pegatinas, se caminó hacia la excavación del expolio y todo se desarrolló según guión: sonaron los megáfonos, se movieron los grupos, se dijo el motivo de estar allí y, cuando el acto abocaba a su final, surgió la feliz idea de rodear con una cadena humana los yacimientos arqueológicos atormentados por las excavadoras. Fue ahí, ante el escenario en el que estaban –ya no todos– los viejos ídolos, cuando se hizo un silencio que parió un grito unánime, a coro limpio, para decir que se honraba una memoria propia, unas creencias propias, unas raíces propias, no venidas ni impuestas, sino propias, tan propias, que ese gesto colectivo propició el gran momento mágico capaz de unir voluntades para proteger todo un sentimiento común, que parece poco. Fue una pacífica ‘toma’ por parte de los que rodeaban aquella tierra, del contenido espiritual guardado durante milenios para un día señalado. Lo que quedó luego fue la fragancia del suceso tallada en la memoria, la misma que intento traducir a palabras a pie de obra.

© Manuel Garrido Palacios

FRACTALES · MARISMAS · DOÑANA

FRACTALES, LAS MARISMAS Y DOÑANA
Héctor Garrido
Exposición fotográfica a partir del
8 febrero 2016 · 11:30 horas
FUNDACIÓN BIODIVERSIDAD
Plaza Patio de Banderas 16
SEVILLA

LA MIRADA DEL PASADO

LA MIRADA DEL PASADO

Más allá de los tópicos con los que suelen adormecer la conciencia ciudadana, está el pasado. Más allá de las ‘efímeras certezas’ que suelen pregonar a bombo y platillo valorando que ‘esto’ o ‘aquello’ es ‘lo mejor del mundo’ (¡qué cruz!), está el pasado. Más allá de la ventaja que los vendedores de todo ven en las toneladas de tierra que arropaban las misteriosas miradas de los ídolos, está el pasado. Más allá del egoísmo inmediato, de la foto inmediata, del ‘lo que sea’ inmediato, está el pasado. Más allá del ‘hoy’ vacío, está ese ‘algo’ lleno, es decir, el pasado.
La concentración ciudadana del 31 de enero de 2016 en Huelva, aunque pudiera parecer que fue convocada ayer o antier, no es así. La convoca un pasado de milenios, un pasado de jadeos nuestros. Y lo hace para que  defendamos ese pasado de una agresión insólita, para darnos una lección de pasado, para que entendamos que somos el pasado más un sueño y que hasta ese sueño tiene que entroncar con el pasado por respeto a nosotros mismos.

© Manuel Garrido Palacios

BENITO A. DE LA MORENA

SOLIDARIDAD POR EL EMPLEO

Durante 39 años ha sido el responsable científico del INTA en El Arenosillo como Jefe de la Estación de Sondeos Atmosféricos. Desde ese cargo y de manera trasversal participa en la docencia y coordinación de dos másteres en la Universidad de Huelva, uno de tecnología ambiental y el segundo y más reciente, sobre aviones controlados por piloto remoto (RPAs), además de impartir clases en la Univ. Córdoba en el master sobre energías renovables. Cooperar con empresas en la faceta ambiental ha sido también una de sus actividades preferentes. Doctor en Ciencias Físicas de profesión, siempre ha tenido una especial dedicación por la juventud en general y universitaria en particular. Ha promovido la creación del grupo Solidaridad por el Empleo en linkedin, fundamentado en compartir solidariamente ofertas de trabajo entre los jóvenes desempleados. El haber sido XVII Premio Andalucía Medio Ambiente a "toda una carrera profesional" y "Premio Andalucía 2013 en Educación e Investigación" ha motivado más, si cabe, su ilusión para que, desde las universidades, se cubra ese vacío actual que impide al joven recién graduado conocer el futuro al que puede dirigirse.

Revista de Folklore nº 407

Revista de Folklore nº 407

Editorial de Joaquín Díaz (Director):
La similitud de objetivos y la coincidencia temática que existe entre costumbrismo y etnografía serían motivos suficientes para establecer una relación lógica entre ambas disciplinas. Si ambas pretenden una comprensión de la vida y el alma populares («lo que sabe, siente y hace el pueblo, no lo que se sabe de él», según frase del etnólogo Luis de Hoyos), aparentemente se persigue un mismo fin, aunque se trate de llegar a él por distintas veredas... +

José Luis Rodríguez Plasencia
Ana María Botella Nicolás

Fundación Joaquín Diaz
Urueña. Valladolid

DOÑANA Y LAS MARISMAS

Armonía Fractal de Doñana y las marismas
Héctor Garrido / Juan M. García
LUNWERG Editores

En “El retorno de los brujos”, Pauwles y Bergier recuerdan que “hay otros mundos, pero están en éste”. Uno es Doñana, cuerpo tallado en el tiempo que a veces se desnuda para mostrar un perfil inédito. Varias ciudades han acogido/acogerán una exposición que refleja la “Armonía Fractal de Doñana y las Marismas”, cuyo libro resumen es éste: “un recorrido por un camino cuyo norte es la belleza”. Todo empezó, dice Juan Manuel García, “cuando Fernando Hiraldo, de la Estación Biológica de Doñana, me envió unas fotografías de Héctor Garrido con una escueta nota: ‘Te van a encantar’. Me encantaron. Eran fotos aéreas de las marismas atlánticas, imágenes extraordinarias de color, forma y textura que recordaban obras de pintores modernos, contemporáneos. Las disfruté en la soledad del estudio y en el tiempo libre en el laboratorio; me aliviaron las esperas y las compartí proyectándolas en Granada. Yo había estudiado la génesis de las formas naturales en modelos a escala, en fotos de lugares remotos e inaccesibles, en las altas cumbres, en los desiertos y cañones, en la superficie de Marte. Pero lo que fotografiaba Héctor Garrido desde el aire estaba a un paso de nuestras casas, en una marisma mil y mil veces fotografiada, pero jamás vista desde esta perspectiva captada con la intención de valorar lo inanimado: la propia piel de Doñana… paisaje generado por los trazos que deja sobre la tierra el vaivén del agua y el viento. En el siglo pasado, Benoit Mandelbrot convenció al mundo científico de que la geometría euclidiana usada desde los tiempos clásicos no servía para describir la naturaleza: que las montañas no eran pirámides, ni los árboles conos, ni las líneas de costa rectas. Y propuso usar una nueva geometría para describir la complejidad de las formas naturales: la geometría fractal, que se manifiesta en todos los aspectos del paisaje, en especial en los lugares no transformados por mano humana. En las marismas atlánticas andaluzas, quizás el paraje mejor preservado de Europa, la geometría de la curva, de la frondosidad, se muestra en su esplendor, y más cuando se observa desde el aire, como en las fotos de Héctor. Las imágenes muestran características típicas de los fractales: formas irregulares que no pueden ser descritas por las formas geométricas, o que son autosimilares: que las partes se parecen al todo. Las costas son curvas, con cabos y golfos, entrantes y salientes, ensenadas y riscos. Un río es un cauce de agua al que llegan afluentes, un afluente es un cauce de agua al que llegan arroyos, un arroyo es un cauce de agua al que llegan riachuelos, un riachuelo es un cauce de agua al que llegan barrancos, un barranco es un cauce ocasional de agua“.
Héctor Garrido dice que la marisma fue su paraíso cuando niño: “Navegué por sus aguas, sufrí sus corrientes y probé el sabor de su lodo. Las aves fueron la excusa y el motor de mis aventuras marismeñas y verlas sobrevolar el mundo abrió una puerta de mi imaginación”. Años después, agosto de 2008, por ejemplo, Héctor censa desde la avioneta que pilota Hans la realidad de 1.800 cigüeñas, 375 espátulas, 410 gaviotas, 65 cigüeñuelas, 230 ánades y 870 avocetas en un cálculo de recuento mientras pasa sobre 90.000 aves.
El libro trae vocación de fomentar el respeto por ese patrimonio común, estableciendo ángulos de visión lejanos para permitir que el aire de la vida limpie de hojarasca el cuadro en bien de la objetividad: ángulos altos que faciliten la comparación de las dimensiones externas; bajos para enfatizar la visión; a ras de tierra para que el ser humano se mida con el entorno, o casi rozándolo, en una sensación virtual, porque en una mirada puede caber un universo. En suma, a la distancia ideal para que su contenido se esparza y se comparta; para, según Luis Landero: “ser eternos al menos por un día”. Odile Rodríguez de la Fuente se pregunta “¿cómo definir la belleza que derrocha el orden de la complejidad, la estructura de la irregularidad, la simplicidad de la sofisticación, todo aquí representado?”; eso que Ruiz Limiñana ve como “un ser descomunal [que] yace durmiente, mientras su piel queda a merced del sol y los parásitos; un corazón compartido, un músculo indómito que cobra vida con el fluido elemental que acude a revivirlo”. Paddy Woodworth tira de su imaginario real: “microbios en una muestra, agua y algas bailando con las arenas; todos encuentran su forma, y son formados por otras formas; una estrella en el barro, un hombre saltando por las nubes”. A estas voces se une la de Francisco Correal para decir que “el medio es el mensaje. La media de edad no es la Edad Media. Un árbol holográfico allí abajo, como huellas de glaciaciones. Sombra en marismas de sol; calzada descalza”. Juan Varela Simó escribe: “siempre me ha resultado extraño el rechazo de cierto público por el arte moderno, como si la abstracción no formara parte de un proceso creativo inconsciente. Pienso, a la vista de estas increíbles imágenes, que lo verdaderamente extraño es el empeño de algunos en reproducir única y fielmente la realidad convencional. ¿Sabe la Tierra que hace arte?”. Diego Escarlón detecta la presencia de “manchas grises en el follaje del Árbol de la Vida. Manchas de muerte y oscuridad, de Hombre, el que pisa fuerte, el que todo lo envenena, lo mata, lo arranca, lo calcina. Quizás los llantos despierten al Hombre y éste entienda que morirá si el árbol cae”. José Luis Sanz ve “la materia viva y la inerte como realidades inextricablemente unidas. Los procesos bióticos y abióticos como fenómenos íntimamente asociados desde hace miles de millones de años. El icono principal de los seres animados, el Árbol de la Vida, gentilmente esculpido por el agua en la superficie de la gea”. Regla Alonso Miura siente que “el lenguaje del agua se asemeja en el arte y la naturaleza. En una acuarela, la expresión de su belleza depende de la intención del artista, la textura y composición del soporte, la carga del pincel, la intensidad del trazo. La naturaleza, fiel a sus leyes, dibuja aparentemente distraída un esquema que, por esencial, resulta intrínsecamente bello”. Para Miguel Delibes de Castro “un gran árbol transpira cada día cientos de litros de agua a la atmósfera. No hay troncos ni ramas en el bosque, sino canales disfrazados por donde corre el agua. Troncos líquidos, copas verdes, el sol arriba... ¿No es un árbol? ¿Es una ensoñación? ¿Será fractal la materia de los sueños de Shakespeare?”. Ramón Masats confiesa: “jamás me imaginé Doñana al microscopio. La he sobrevolado varias veces y nunca había caído en lo que Héctor Garrido me ofrece”. Erika López expresa: “Estoy en un lugar de mi memoria que no recuerdo”. José Saramago añade: “observado desde el aire... parece un árbol tumbado, enorme, con un tronco corto y grueso, constituido por el núcleo central de sepulturas, de donde arrancan cuatro poderosas ramas, contiguas en su nacimiento pero que después, en bifurcaciones sucesivas se extienden hasta perderse de vista, formando una frondosa copa en la que la vida y la muerte se confunden”. Juan Carlos Rubio cree que “una sola gota fue capaz de organizar el mundo; en ella se contenía todo un cosmos. Nadie sabe quién la envió. En su lento discurrir modeló todo lo conocido, luchando sin descanso contra el caos”. A Juan Luis Arsuaga las imágenes le “parecen las circunvoluciones de un cerebro”. Alberto Donaire cuenta que “tras haberla sometido, Hércules fecundó sus huevos, y por las aguas se esparcieron criaturas nunca vistas. Y al son de sus cantos trazaron en la arcilla rasgos quebrados preñados de hijas. Eran las ideas, que venían para derrocar a los sueños”; trazos que Francisco Márquez describe como “garabatos de gigante, laberinto de plastilina, serpientes de agua, puzle de esperanza”.
Dice Joaquín Araujo que “para que el chisporroteo de las ideas, los recuerdos y las emociones nos concedan la condición humana, necesitamos el enramado río de las neuronas, que son puro plagio de la voluptuosidad que comparten las estructuras fractales que el agua inicia”. José María Montero mira a Doñana y se pregunta: ¿quién, a ras de suelo, advierte las claves de este idioma cobrizo? ¿Es la Tierra quien habla? ¿Es la Tierra quien escribe? ¿Quién entiende su lenguaje? ¿Quién atiende su mensaje?”. Para Joaquín Fernández, “una formación paisajística fractal… sangre seca purpúrea sobre amarillos limón y tenues grises, delimitados, o no, por un verde acuoso inmóvil y eutrofizado… tiene el significado que el observador quiera darle: la cabeza de un pez exangüe, contaminado por algún vertido, que yace de perfil como los personajes muertos en las medallas”. Mario Sáenz de Buruaga cree que “indescriptibles a nuestras retinas se revelan y rebelan los jeroglíficos que inventa la marisma ahogada. Doñana seca, Doñana ahogada, asilo de vacas al pasto, de equinos asalvajados, de marismeños curtidos; el río va y viene, toma y devuelve, y siempre es el agua la que modela”. Para Ezequiel Martínez “fluye silenciosamente La savia de la Vida. Armonía caprichosa del agua. Orden, desorden, complejidad. Abren cauces fractales. Hacia el mar, la Libertad”. La retina de Josefina Maestre “ha sido capaz de convencer a la razón para que acepte como real lo que podría no parecerlo. Cuesta admitir que unas perlas moteadas hayan quedado engarzadas en una cola de ballena hecha de marisma; en unos pulmones regados de sabia dulce-salina por los que respira un río, o expira, al encharcar y expandirse por abiertos de arena”. Alejandro Víctor García sitúa la pasión en los surcos de una montaña, en las hebras de las nubes, en las formas del limo, en la orografía blanda de los copos que caen sobre nuestros corazones. El mito se cumple en todas las escalas”.Francisco Hortas ve que “las mareas en su discurrir diario perfilan los limos de las zonas estuarinas creando pozas y canales de drenaje, que permiten el desarrollo de cantidad de invertebrados que sirven de alimento a multitud de aves”. Jorge Drexler ve “una red en cada nodo, una espiral de espirales. Las infinitesimales partes que abarcan el todo”; y Juan Manuel García Ruiz: “cuatro líneas paralelas que dibujaron los hombres de las salinas. Cuatro caballones para contener las aguas que se han de evaporar. Un descuido, un abandono y la marea rompe la estructura impuesta, reconquistando un terreno donde el agua, cargada de vida, fluye otra vez celebrando la geometría natural”. “Agua clara en un estuche de cristal. Un sueño donde el agua discurre por su piel y aflora por sus poros. Una marisma o una diosa, tan enigmática como cercana”, escribe Cipriano Marín. PhilI Ball, siente el eco de antiguas deidades al decir que “el agua es indiferente a distancias, tallando las mismas estructuras en la arena y la roca”. Fernando Hiraldo observa que “en Altamira, nuestros primitivos ancestros inmortalizaban a sus presas. En Doñana, cuando la marisma se seca y agua y alimento escasean, la fauna, en su afán por sobrevivir, representa cada año con las huellas de sus movimientos la belleza de la lucha por la vida. Arte irracional y efímero, robado para la inmortalidad” en este libro. Bárbara Din abraza la energía del agua: “recorro la nada mientras creo nuevos surcos que no serán ya inertes. Me pierdo. Me encuentro en un trazo cercano y me extiendo. No importa si mi terreno es inmenso o diminuto. Crezco. Pujo. Intento; no me detengo. Soy la vida”.
Otro mundo que está en éste es Doñana. Y el libro que la cuenta y canta, Armonía Fractal, es una obra donde arte y ciencia se unen para que la Tierra se exprese ante un coro de voces asombradas.

© Manuel Garrido Palacios

EL AYER ROTO

EL AYER ROTO


Hay una tierra vacía
En la que habita el silencio;
ayer guardaba un tesoro
de ídolos y misterios:
ojos que querían decirnos
en el discurso de un gesto
que con amor vigilaban
la memoria de otros tiempos
con sus dioses, con sus diosas,
sus creencias y sus miedos.
Ya no están los idolillos,
Pasaron a un vertedero
porque la ambición que arrasa,
la ignorancia y el desprecio
se los llevaron ayer
como se lleva a un entierro
el alma de cualquier cosa,
es decir, el sentimiento.

© mgp
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Copia de un ídolo hecha por la Universidad de Huelva
Foto publicada por Periferias 
31 enero 2016 · Concentración ciudadana en el yacimiento

MONCARAPACHO

MONCARAPACHO 

ESTÉTICAS E INESTÉTICAS
no Algarve contemporâneo
Jacinto Palma Diaz
Ed. Produções Sustentáveis
Quinta da Fornalha · Castro Marim
www.tipografiatavirense.com