Octavio Paz

EL RÍO REFLEXIVO 
Poesía y Ensayo en Octavio Paz
Anthony Stanton


En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo.
El viento lo despierta,
toca su centro y lo supende en luz
que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

© Octavio Paz

© Imagen: Gerardo Piña-Rosales
© BOP · Boletín Octavio Paz
Vol. II Núm. III · Abril-Mayo 2015
Editor: Luis Ríos

Academia Norteamericana de la Lengua Española

LUXOR

LUXOR

A veces la mente se contiene y no deja que salga el sentimiento a flor de labios. La emoción se convierte en dique de silencio, el silencio en eco interior, el eco en sombra de lo que se hubiera querido decir y la sombra en imagen de una expresión amordazada. Latido arriba o abajo, esta es la sensación que te envuelve al entrar en la antigua Tebas, una de las arquitecturas más... (aquí tendría que venir una palabra que no existe y que no me atrevo a crear porque no acertaría) que se han podido levantar. Hablo del Templo de Luxor, semienterrado una eternidad en la arena (¿o sería más correcto decir: conservado celosamente por el desierto?) y hoy recuperado en discreta proporción para despertar asombros.
Aprovechando el generoso trazado del recinto, que ya albergaba sus propias creencias, otras religiones vinieron a hacerse sitio dentro, no para establecer una comunión general, sino para que cada cual pudiera vivir la suya propia sin dar mucha matraca a las demás. Era acuñar ese milagro humano que llamamos sincretismo. Cabe ahondar en lo que pasó (esto es sólo un apunte de campo tomado en pleno escenario) pero cuenta Arunanand que lo primero que hicieron los grandes conquistadores al llegar aquí fue respetarlo todo, que parece poco. Esa fue la gran idea que pusieron en práctica: sumar y no restar. No en balde todo un Alejandro Magno permanece insculpido como un dios faraón en uno de sus muros. 
Si la palabra saca a la luz divinidades es porque el bosque de columnas y el gran patio de Luxor no se antojan obra humana, sino de las deidades reflejadas en la piedra, de las que se podría decir que, en vez de gastar la brevedad de la vida en destruirse mutuamente (hubo tiempo para ello y aún seguimos en las mismas) aquí parece ser que pugnaron por ver cuál de todas conseguía la perfecta comunión entre fondo y forma, entre lo que se piensa y lo que se hace. El fruto fue, sin duda: esta belleza. 
Las ruinas de Tebas están unidas con el Templo de Luxor por una avenida flanqueada por una treintena de esfinges, testigos pétreos de la obra. Después se avanza por el Nilo y se ve que el verdor se estrecha y la arena se asoma hasta tocar el agua, como si el desierto empujara por ambos lados su carga poderosa para estrangular la corriente con nubes de polvo. Pero el Nilo sabio le ha enseñado durante milenios que él es el alma de Egipto, agua sagrada que saldrá al Mediterráneo y que, grano que lleve en su seno, lo devolverá un día para que siga siendo desierto.
Aquí la vida nace con el Sol y renace con la Luna. No para. Ninguna ausencia corta el pulso al tiempo. Los cuervos graznan rozando el agua del atardecer, cuya pátina en calma rasgan proas de barcos, bateas y falucas. Al lubricán reza el almuecín desde el alminar de la mezquita a cuyo lado se yerguen esbeltas estatuas con la indiferencia de los dioses. La gente se arrima a ellas y las abraza como si recuperaran al viejo conocido que perdieran de vista hace siglos. Es la hermosa forma de compartir por unos instantes la religión universal de la belleza, se tenga el credo que se tenga. 

© Manuel Garrido Palacios
© Foto mgp

JAMUGA

JAMUGA
(De Diccionario de palabras de andar por casa:
Huelva y provincia)

Por ‘jamuga’ se conoce la silla que se pone en la caballería para que monte la mujer. Sea para diario o para fiesta, se usa simple o adornada, como pasa en la romería de la Virgen de la Peña, de Puebla de Guzmán, donde cada mayordoma ocupa su jamuga. Al gastar largo tiempo en vestir a cada una, ha quedado el dicho: 'Tardas más que una jamuguera'. 'Jamuga', tanto vive en el seno del pueblo como en el papel de los libros. Corominas data el término hacia 1599, procedente ‘del latín sambuca, máquina de guerra en forma de puente levadizo, que en la edad media pasó a designar unas andas para el transporte de damas’. Covarrubias señala que es un ‘género de angarillas, que sobre un alvardoncillo se afirman, y las mujeres van en ellas muy seguras y recogidas. Éstas usaron los moriscos’. Autoridades trae como samuga ‘una especie de silla hecha de unos correones y brazos de madera, a modo de los de las sillas comunes, pero son redondos y más largos. Sirven para que las mujeres vayan con alguna conveniencia sentadas en las caballerías’. ‘Jamuga’ o ‘mujeriegas’, palabras tan arraigadas en pueblos del Andévalo, son usadas también por Mateo Alemán, en Guzmán de Alfarache: ‘Fatigóla de manera, que le fue forzoso dejarse caer de la jamuga’. Cervantes, en Don Quijote: ‘Cubriéndose su herreruelo, subió en su mula a mujeriegas’. Fernández de Ribera, en El mesón del mundo: ‘el tropel de cabalgaduras, un carro, un coche, dos o tres borricos con jamugas’. Quevedo, en un Romance: ‘Florida toda la margen / de jamugas y borricos’. Y en sus Epístolas: ‘La furia de nadar las mujeres en el cuitado Manzanares: cubiertos iban los caminos de borricos y xamugas’. Céspedes, en Píndaro: ‘Para subirle con más comodidad, tomamos, según es la costumbre, caballería de jamugas’. Nogales, en una de las leyendas recogidas: ‘Por allí va la Julianita a mujeriegas sobre su burra parda’. Entre las citas más cercanas tenemos Historia de una finca, de José y Jesús de las Cuevas: ‘Llegó en su mulo como siempre, sin jamuga ni silla’. O Pegar la hebra, de Delibes: ‘Sentado en una especie de jamuga, en las losetas del patio [...] se hallaba Orson Welles’. O Miguel Moreno, en Por los pueblos sorianos: ’Pertrechado con aparejo, artolas o jamugas y sus picos’. O Halcón, en Monólogo de una mujer fría: ‘El primer día cansa mucho el caballo, y más a la mujeriega como has ido hoy’. O Cunqueiro, en Un hombre que se parecía a Orestes: ‘Un labriego con un azadón al hombro, montado a mujeriegas y a pelo en un asno’. Acaban de regalarme una jamuga en buen estado para mi pequeño museo. Ha sido suficiente con dedicarle una mirada atenta para que surjan en el aire del estudio, aparte de las citas, todos los ecos de la gran romería de la Virgen de la Peña, de Puebla de Guzmán, tan bella y, en el fondo, tan desconocida como algunas de las palabras que flotan en su ambiente, por ejemplo: jamuga.

© Manuel Garrido Palacios

Harry Belevan

Escuchando a Harry Belevan
A propósito de la reedición de Escuchando tras la puerta

Dentro de nuestra tradición literaria, Harry Belevan (Lima, 1945) ocupa un lugar relevante en el apartado de la narrativa fantástica, sin embargo creemos que es hora de reconsiderar ese lugar común, ampliar la mirada y no restringir su obra a esa vertiente creativa. Su obra, sobre todo novelística, también se abre a una temática más amplia alejada de las elaboradas construcciones de la fantasía para abordar álgidos problemas de la política nacional y de la violencia, como es visible en Una muerte sin medida (2000).
Belevan es recordado por su fundadora Antología del cuento fantástico peruano, publicada en 1977, cuyo mérito fue presentar un panorama bastante articulado de escritores que reclamaban ser inscritos en una línea narrativa que pugnaba por demostrar las posibilidades de una literatura alejada del realismo. Fue el esfuerzo de un escritor que buscaba reconocerse en una tradición invisibilizada por las demandas de un campo literario que no le otorgaba a la literatura otra posibilidad que la denuncia explícita de los males y conflictos sociales.
En 1975 Belevan publica su primer libro de cuentos Escuchando tras la puerta (reeditado por Animal de invierno, editores) con el auspicioso prólogo de Mario Vargas Llosa, quien, entonces, ya lo presentaba como el más cosmopolita de los escritores peruanos en un momento en que no podía entenderse la literatura peruana sin que esta implementara una mirada sociológica o, en casos extremos, marxista de la realidad.
Si bien el libro no cayó en el vacío total, fue clasificado como un texto de índole fantástica, casi un libro marginal a nuestra tradición que por esos años daba cuenta de realidades vinculadas con el universo de lo popular. Si sumamos a este hecho el que fuera editado en Barcelona y que su circulación fuera restringida en el Perú, tenemos prácticamente a un escritor cuya obra solo circuló de manera restringida o fue leído por minorías.
Es verdad que la mayoría de los cuentos contienen elementos de lo que genéricamente puede denominarse fantástico, como en “La posibilidad de los milagros”, en el que, por ejemplo, el narrador se debate entre “saber si lo que escribo alguna vez sucedió o si solo busco justificarme inventando fantasías” (48), situación de inestabilidad o desconcierto clave en este tipo de relatos, pero no lo es menos que algunos otros no transiten por ese camino como “Los inquilinos” o “Haciendo méritos”, que bien pueden ser considerados relatos realistas. Esto debería tenerse en cuenta para matizar el lugar común que ha limitado a Belevan a pertenecer al poco habitado mundo de los escritores de registro fantástico.
Cabe destacar que esta edición de Escuchando tras la puerta se ve enriquecida con el excelente estudio de José Guich titulado “Los universos hipertextuales en la narrativa de Harry Belevan”. Guich postula, centralmente, que los textos de Belevan, además de deberse a una tradición universal, demandan del lector un conocimiento literario sin el cual sería imposible comprender cabalmente los cuentos en el esfuerzo que realizan, es decir, en su propuesta estética, en esa paradójica originalidad que significa apelar a otros textos y construir unahipertextualidad, una continuidad textual que se expande como un cosmos de palabras. Como sostiene Guich, los cuentos cumplen con proseguir con la escritura de una historia que, retomada por Belevan, se abre a insospechados caminos que el lector competente debe continuar, dialogando con la primera. Esta poética es, en sí misma original, bastante patente en un cuento como “La otra cara de la moneda” que es una continuación de La metamorfosis de Kafka en la que Belevan le otorga a la historia de Gregorio Samsa un final diferente.
La propuesta de Belevan, pionera en su momento, está más vigente que nunca ahora que el conocimiento no es posible sin las prerrogativas del hipertexto, ese universo de relaciones y de posibilidades que se encuentra en la base de lo que, hasta hoy, entendemos por realidad.

© Jorge Valenzuela · 23 septiembre 2015 · Columna en ‘El Montonero’ (El primer portal de opinión del Perú)

Religiones de la España Antigua

 
RELIGIONES DE LA ESPAÑA ANTIGUA
José María Blázquez
Ed. Cátedra

En Heraklea Minos estaba el llamado Promontorio de Heracles. El viejo dios fenicio tenía un templo en Samaría servido por personal que mantenía la corte. Su nombre se esculpió en las columnas de los templos egipcios. Las ofrendas, que intermitentemente enviaba Cartago al viejo santuario de Tiro, simbolizaban la dependencia espiritual que unía a la capital del mundo púnico con su metrópoli. En el puerto había un templo; en Occidente se alzaban dos santuarios, el de Lixus y el de Cádiz. Una isla, la de Saltés estaba tambien consagrada a Heracles. 

© José Mª Blázquez

Isla de Saltés (al fondo) Ria del Odiel
(Foto MGP)

JULIO CARO BAROJA

Julio Caro Baroja
Escritos combativos
Ediciones Libertarias / Ensayo

La vida del hombre moderno le hace adoptar, ante sus propios quehaceres, actitudes bastante pasivas. En cierta ocasión un profesor norteamericano, planteándose la cuestión de qué cosa era ser antropólogo llegó a la consecuencia de que era el hombre (o la mujer) que vivía de la Antropología. Nada más. Esto más que pasividad parece que implica parasitismo: pero si el antropólogo es el hombre que vive de la Antropología, y el historiador el que vive de la Historia y el físico de la Física, no cabe duda tampoco de que estas actividades han de modelar o moldear al que vive de ellas en universidades, institutos, escuelas, laboratorios, etc. El que "vive de... ", vive en sociedad, con maestros, condiscípulos, colegas y discípulos y al servicio de la Ciencia... Ciencia oficial, nacional y propia de una patria o de un estado, con su lengua y sus tradiciones. Muchas cargas para el parásito en cuestión y muchos modos de aceptarlas pasivamente.
A fines del siglo XIX y comienzos de éste se solían afirmar cosas como ésta: la Prehistoria es una Ciencia francesa. Después hemos oído decir que fuera de la escuela tal, del profesor tal, de la Universidad tal no había salvación. Nacionalismo científico... Mandarinismo universitario... Bien.
Si ha habido una actividad que ha impuesto al que vive de ella la pasividad máxima ésta ha sido la de historiador. Desde el analista antiquísimo pasando por el cronista de reyes y países y llegando al historiador -aux gages-, o el historiador nombrado para escribir una historia oficial, hay muchos tipos de historiadores y auxiliares de historiador que han vivido de su profesión, pero tiránicamente dirigidos en un sentido u otro. Puede agradar a muchos el servicio incluso pueden aceptar esta pasividad como un alto honor e incluso sentirse defensores denodados del Orden; de un determinado orden al menos, dirá el que no está en su línea.
Porque el orden puede estar señalado por prescripción policíaca o gubernativa o marcado por una metodología respetable aceptada por un discípulo que venera a su maestro con motivos grandes. Se puede ser un mal historiador, viviendo de escribir Historia al servicio de un poder público cualquiera más o menos tiránico. Se puede ser un mal historiador viviendo de escribir Historia dentro de los princípios metodológicos de la escuela tal… Pero tanto en el mal caso como en el bueno, el historiador “vive de” y “se subordina a...” De buena fe muchas veces... de mala en algunas otras..
Pensemos ahora en otro presupuesto. El historiador (o el antropólogo) no “vive de...” ¡Ah, entonces es un aficionado, un diletante! Solución sencilla, profesoral, académica y propia para satisfacer a la juventud estudiosa en trance de contrastar méritos y hacer oposiciones. ¿Pero piensa esta misma juventud en lo terrible que es “vivir de" en el mundo del pensamiento y sobre todo en una sociedad como la actual? "Vivir para" es otra cosa. Aún algunos "vivimos para esto", para pensar libremente, sin presiones económicas, sin coacciones sociales. En este sentido es en el que los escritos que siguen pueden considerarse combativos. Porque suponen un combate mental dentro de uno mismo, no combates para triunfar o ser vencido por otro, como los más comunes y celebrados.

© Julio Caro Baroja

ISAAC GOLDEMBERG (2 obras)

REMEMBER THE SCORPION
ISAAC GOLDEMBERG
Traducción al inglés de Jonathan Tittler
Los Angeles. The Unnamed Press, 2015

DOS MISTERIOS, UNA NOVELA

Desentrañar dos misteriosos asesinatos –el de un ex capitán del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial y el de un ‘kapo’ judío– es el encargo que, al empezar junio de 1970, recibe el capitán de la policía Simón Weiss, de 35 años, judío alemán nacionalizado peruano y que es secundado por el teniente Katón Kanashiro, nacido en Lima y descendiente de inmigrantes japoneses. La indagación transcurre en seis días, dentro de una atmósfera inquietante y opresiva: el país está gobernado por una dictadura militar y vive las secuelas de uno de los más catastróficos terremotos del que se tenga memoria. Esa atmósfera también está cargada de más componentes harto signifi- cativos. Por lo pronto veamos tres. Primero: los dos asesinatos se cometen casi al mismo tiempo, tal vez antes o durante el terremoto. A muy poca distancia uno del otro, en el Centro histórico de Lima, cerca del Jirón de la Unión. Vía preñada de mucha significación para los peruanos, sobre todo si se recuerda que Abraham Valdelomar –notable poeta, cuentista y dramaturgo nacido en una provincia peruana al igual que el poeta, novelista y dramaturgo Isaac Goldemberg– en los años veinte del siglo pasado sostuviera: ‘El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión (…)’ Segundo: al mismo tiempo que se realiza la investigación, se desarrolla el campeonato mundial de fútbol en México y en él, después de mucho tiempo, concitando gran atención de sus paisanos, participa con muchas ansias de brillar la selección del Perú. Y tercero, examinemos lo siguiente: el título de la novela nos remite al recuerdo de un escorpión. No cualquier escorpión. Con precisión, al de la fábula El escorpión y la rana que algunos atribuyen a Esopo y otros a una tradición japonesa y cuya moraleja es que ‘no trates de engañarte con los demás al creer que son o pueden ser otros y menos engañarte a ti mismo de quién eres’, citada constantemente por el capitán Weiss –que de niño padeció los horrores al estar preso en un campo de concentración nazi y allí ver morir ejecutados a sus padres; adicto a la cocaína, al opio, putañero y entusiasta cultor del ‘vals peruano’, llamado también ‘vals criollo’ y de los boleros– es la brújula no solo de su indagación, sino de su existencia. El relato, en tono de melodrama desde la primera línea y hábilmente dosificado, avanza como un torbellino. Los crímenes de la novela suscitan un espanto al poner de manifiesto la locura que los produjo y acompaña. Por ello, si bien se ocupa de realizar el acopio de detalles, revela caracteres. No solo de los asesinos, sino de los que efectúan la investigación. Es que lo oculto, el enigma o enigmas a resolver, no está en las cosas sino en las personas y las personas no tienen caras sino caretas.
Una novela negra a fin de cuentas desvela un discurso sobre lo oscuro, abominable y desconocido de una sociedad. Reconstruye subjetivamente una realidad que fue deliberadamente rota y escondida. Lo realiza teniendo en cuenta la lógica, los sueños y todo aquello que está fuera de lo racional. De ahí que, sin descuidar lo estrictamente policial, vaya más allá. Implícitamente, en interlíneas igual que la kábala, revela muchas cosas absolutamente sustanciales pero sujetas a múltiples interpretaciones. Es el caso de Acuérdate del escorpión, cuarta novela de Isaac Goldemberg y que, por su prolífica y valiosa obra como poeta, novelista y dramaturgo, figura entre los más brillantes y reconocidos hombres de letras de Latinoamérica. Según la escritora mexicana Margo Glantz, es un ‘libro delirante, paródico, eficaz, reúne todos los estereotipos del género y rinde homenaje a sus antecesores, tanto en la literatura como en el cine. En un muy breve espacio y con gran velocidad, y gracias a su memorable y cocainómano protagonista’. Además, y para finalizar esta breve reseña, el melodrama policial negro Acuérdate del escorpión, tal como ha señalado Mempo Giardinelli –magistral cultor de la novela negra en Hispanoamérica– tiene ‘una trama jugosa y fascinante’ y en ella ‘vuelven a brillar la imaginación y la prosa firme de este gran escritor peruano que es Isaac Goldemberg’.

© Nilo Espinoza Haro


DIALOGHI CON ME E CON I MIEI ALTRI
Diálogos conmigo y mis otros
ISAAC GOLDEMBERG
Edición bilingüe. Traducción al italiano de Emilio Coco
Roma: Giuliano Ladolfi Editore, 2015)

ONDAS CONCÉNTRICAS

Diálogos conmigo y mis otros es un poemario que se decanta por el placer del diálogo y la discusión. Se trata también de un libro construido con la paciencia del lapidario, donde cada arista, cada destello, cada tonalidad, tiene un propósito preciso que no escapa a la voluntad totalizadora de la voz poética de Isaac Goldemberg. El título mismo sugiere y afirma una especie de aporía, en la que la aparente individualidad del autor se desdobla y refleja una multiplicidad de voces que abarca diferentes registros, desde la seguridad porfiada del narrador omnisciente, pasando por la ironía, el comentario sagaz, la crítica despiadada, hasta el pesimismo esperanzador de un peruano errante que se afirma a sí mismo en la naturalidad de ser latinoamericano y judío. Estos Diálogos… del poeta chepenano articulan el abandono momentáneo de la voluntad y del destino propio, y en esta actitud -en la que el asombro proviene no de la novedad, sino de las certidumbres del propio autor- el lector encuentra una sabiduría mortecina que ilumina caminos difíciles de transitar. Estos poemas de Isaac Goldemberg dejan entrever que incluso en la derrota hay brillos destinados para los que han caído, como el poema ‘Caídas’ hace evidente (82):

De dónde
tanta tristeza
que te persigue.
Andas por el filo
y caes con ella
aplaudiendo
el espectáculo
de la caída.

Este poema, en cuya imagen final confluyen el desenlace ominoso y la clarividencia poética, es una buena muestra de la dinámica -que se abre y se cierra frente al lector de forma casi inesperada con una puerta mágica-  intertextual e intratextual que Diálogos… presenta al lector atento. Explico lo anterior a partir de una obviedad formal del poemario: cada uno de los poemas está precedido de uno o varios epígrafes. Esta peculiaridad formal provee a Diálogos conmigo y mis otros la apariencia de un rompecabezas donde se esconde y se cifra el destino de la individualidad, de la unidad, de su autor. Pero como ocurre con toda individualidad escanciada lenta y fragmentariamente, la unidad es sólo una impostura espiritual, un atisbo, la seguridad que la voz poética tiene de que su estructura óntica responde a más de una pregunta y que muchas veces no hay una sola respuesta para satisfacer las heridas que el tiempo y las certidumbres imprimen en los moradores de la tierra. Diálogos… de Isaac Goldemberg también semeja las ondas concéntricas que produce la piedra cuando hiere la superficie, en apariencia pasiva, de un espejo de agua. Se podría pensar que la voz poética, afianzada en su destino y origen judaico-peruano, cultiva ciertas obsesiones íntimas, donde está en juego la identidad propia del autor. Esto, me parece, es sólo una apariencia, la vibración más superficial que la piedra ha producido en la quietud del agua. Goldemberg, más que obsesiones, procura al lector alumbramientos, como si soplara haces de luz hacia sus propias palabras con el propósito de guiar al lector en las discusiones y los diálogos que habitan en la polifonía persuasiva de esta colección poética. Tras la lectura de ‘Ecos’ o ‘Fool them twice, shame on them’ o ‘Retratos y autorretratos’, uno tiene la impresión de sumergirse en un diálogo antiguo donde voces de diferentes texturas se mezclan para crear una sola incertidumbre: los epígrafes que preceden a los poemas se enroscan en la piel clara de los versos de Goldemberg y sus otros, acaso Isaac, acaso un púber deseado por una cristiana dama, quizás un judío errando en la geografía del vasto continente americano, epígrafes -voces impostadas- que recubren, como hiedra, los versos de Isaac Goldemberg: poeta. Los lectores, en suma, hallarán en Diálogos conmigo y mis otros una propuesta límite donde el género platónico del diálogo rezuma certezas e incertidumbres que no por antiguas dejan de tener una profunda resonancia en lo que los cronistas de nuestro tiempo se empeñan en llamar posmodernidad.

© Francisco Laguna Correa



Alonso Barba

ARTE DE LOS METALES
En que se enseña el verdadero beneficio
de los de oro y plata por açogue
el modo de fundirlos todos
y cómo se han de refinar y apartar
unos de otros
Compuesto por el Licenciado
Albaro Alonso Barba
natural de la villa de Lepe,
en la Andaluzia
Cura de la Imperial de Potosí,
De la parroquia de S. Bernardo
Con Privilegio
En Madrid. En la Imprenta del Reyno
Año M.DC.XXXX

GRUTA DE LAS MARAVILLAS

GRUTA DE LAS MARAVILLAS
Fotografías de
Francisco José Hoyos Méndez 
Rafael Manzano Gómez
Prólogo de
Manuel Garrido Palacios

Cuando hace unos años quise estudiar las leyendas de Aracena me asomé a la fuente primaria de la tradición oral por si en su seno guardaba ecos de ellas. Me sorprendió gratamente ver que, aparte de las versiones escritas, las secuencias de estas ‘historias no contrastadas’ salían de las memorias con tal frescura narrativa que para los informantes no suponían ‘algo que pasó’, sino ‘algo que estaba’, que permanecía latente en el imaginario colectivo, cuyos personajes –¿en qué medida reales o inventados?– aún mantenían sus sombras en danza por las calles de este monumento de arquitectura popular que es Aracena. Bastaba con sugerir el tema en el bar, en el puesto de prensa o en las pastelerías que le dan dulzura para que un torrente de voces desbordara a quien quería saber ‘algo más de ese algo’ que flotaba en el recio aire de la ciudad.
Tres de las leyendas recogidas fueron: El Cristo de la Plaza, que daba respuesta a la presencia de la talla de un crucificado en cierta casa merced al trabajo de dos ángeles artesanos. La Fuente de Zulema, que contaba los trágicos amores de dos personas de credos opuestos, con un final que hermanaba el llanto de la dama con la fuente que hoy lleva su nombre. Y La Julianita, pastora a la que enamoró –encantó– un duende que poseía un lujoso palacio en el interior de la montaña, Gruta de las Maravillas, esencia del excelente corpus fotográfico de la obra que aquí empieza. Todas las publiqué en dos libros: Viaje al País de las Leyendas, en Valladolid, y Sepancuantos, en Fuenteheridos, y aún mi entusiasmo tuvo cuerda para reunirlas en el documental Leyendas de Aracena. 
En estas líneas sólo voy a referirme a la de La Julianita por su relación con la Gruta retratada, leyenda que encarnan dos personajes, el duende y la pastora, seres que nadie vio jamás ni fuera ni dentro del majestuoso escenario, que son y no son tal como los perfilan las voces, que están y no están en los sitios que señalan, pero que pueblan la mente de cuantos nacieron en Aracena.
Si toda leyenda arranca de un hecho desnudo al que los siglos vistieron, lo que resulta difícil es seguirle el rastro a la transformación que sufre desde el punto de partida hasta nuestros días, ya que cada voz puede aportarle matices externos acordes con sus propias vivencias, cosa que ocurre porque la leyenda no pertenece a sus protagonistas, sino al común. Tan es así, que si esos protagonistas la escucharan hoy no la identificarían como la que ellos vivieron, ni reconocerían los lugares, y esto es porque la poesía de la leyenda prefiere quedar oculta para poder sobrevivir, sin límites de edad, a sus actores y a sus escenarios. La riqueza de la leyenda está en que es del pueblo y pasa de una generación a otra como propiedad colectiva. Cuando es escrita, queda ahí, muere un poco. Sólo vive mientras va de boca en boca, como ocurre en Aracena, porque cada voz la labra, la reviste del ropaje que la época requiere, eso sí, dejando su fondo intacto, que es la regla madre. 
La Julianita era una pastora que llevaba su ganado al monte y un día salió del gorgollón de una fuente un duende que la embrujó y se la llevó a su palacio subterrá¬neo, es decir, la Gruta coronada por el Castillo y la Iglesia Prioral. Para el pueblo es más atractivo que la cueva, en vez de ser un frío fruto geológico, sea un cálido palacio en el que el duende y la pastora puedan compartir su amor. A Julianita le advierten los suyos que no pase por aquel sitio porque corre el peligro de ser arrastrada por el duende al fondo del agua, que es su reino. Pero ella vuelve una y otra vez sin entender qué poderosa fuerza le impulsa a hacerlo, sin conocer aún la atracción que en todo tiempo tuvo lo prohibido. Y cuando Julianita, dama que habita en cada mujer, siente esa seducción, abre su alma al deseo de amar y ser amada, se sumerge con el duende en el agua de la fuente y ambos penetran en el palacio encantado prometido: la Gruta de las Maravillas.
Aunque se diga que una leyenda ‘pasó hace tantos años’, la voz popular se da trazas para majar en la marmita del vivir real los ingredientes necesarios, como son lo mágico, lo imaginario y lo mítico, con tal de no renunciar a la idea de que todo puede volver a pasar hoy. Las pulsiones internas humanas no han cambiado desde el primer día y ahí están, en ese incons¬cien¬te que es, según palabras de un viejo amigo, el lugar donde habitan los instintos de amor y de poder. Pasan los años y la leyenda sigue viva; enve¬jece el marco, pero continúan acudiendo a otras fuentes otras Julianitas, y salen de ellas otros duendes que les prometen amor. No podía ser de otra forma.
Al abrir el hermoso libro, aún tibio de la imprenta: La Gruta de las Maravillas, pienso que sus autores, Francisco José Hoyos Méndez y Rafael Manzano Gómez, no sólo han captado la intimidad de la cueva para ofrecernos el gozo de la visión de esos salones que contienen ecos del duende y la pastora, es decir, de todo hombre y toda mujer comprometidos en andar juntos el camino de la vida, sino para que observemos atentos las imágenes por si acertáramos a verlos tras las caprichosas estalactitas y estalagmitas o entre las sombras que emergen de los lagos. La intención de Hoyos y Manzano no ha quedado en retratar este templo de la belleza en estado puro, lo que han hecho soberanamente; a tono con el relato legendario, parece que su pretensión ha sido la de llevar a cabo una búsqueda exhaustiva, mediante sus cámaras, de los mil y un encantos que la cueva guarda por si a través de un pliegue descubren, además de la sonrisa de la pastora o la mirada del duende, el lejano misterio por el que alguien accede a compartir con otro ser desconocido hasta entonces el impulso del amor.
La clave puede estar en cada página, por si fuera poco poder admirar con detalle ese cuadro infinito que adorna la cueva, cuya grandeza hace honor a lo que decía el brujo: ‘Hay otros mundos, pero están en este’.

© MGP.

SEPANCUANTOS

SEPANCUANTOS
Manuel Garrido Palacios
Biblioteca de la Huebra
Aracena / Fuenteheridos

Manuel Garrido Palacios en el libro Sepancuantos ha desempeñado fielmente, como peregrino por la Sierra de Huelva, su oficio de bardo, de cosedor de cantos portadores de sentencias, romances, danzas, coplas de muerte, embrujos, hechizos, pócimas para la salud del alma y del cuerpo recogidas de la vegetación de la zona; refranes y fábulas bien documentadas en nuestra tradición picaresca del Lazarillo, de la Celestina, de Quevedo y que incluso se remontan en lontananza a Hesiodo en “Los trabajos y los días”, poema de experiencia humana en cuanto experiencia individual y colectiva, poema didáctico sobre las labores del campo, la distinción de los días fastos y nefastos para emprender una determinada acción o para suplicar a los dioses, poema que al igual que en este libro, intercala fábulas, como la del gavilán y el ruiseñor, y sentencias; asimismo se remonta a los conjuros y ensalmos para atraer el corazón del amado desdeñoso o el castigo, de la comedia, y poesía helenística, y a las Geórgicas de Virgilio, poema inspirado también en el cultivo de la tierra y en la vida de sus campesinos.
Por tanto, su libro‑ensayo arranca de las raíces de nuestra literatura occidental griega y judeo cristiana. Es el “yo” del poeta sumido en una tradición que desarrolla un trabajo etnográfico y antropológico con la descripción e interpretación de los usos, las costumbres, la ideología y la psicología de un pueblo conformado por su entorno natural, su historia y sus condiciones sociales, de un microcosmo incardinado en la serranía de Huelva.
El abanico temático es muy amplio: cuentos y canciones que parten del mito, ese inconsciente colectivo sin espacio ni tiempo, ese “Érase una vez”. Empezaré por canciones y cuentos didácticos que animan al trabajo y que recuerdan los consejos que daba Hesiodo a su hermano Perses, hombre de ágora y poco trabajador, exhortándolo a la virtud y al trabajo: “Mas tú, recordando siempre nuestra admonición, ¡Trabaja! Perses, divino retoño, para que el hambre te odie, y te quiera en cambio la bien coronada Deméter augusta, e hinche de alimento tu cabaña”. Así en el cuento de la viña (Santa Eulalia), el padre exhorta a sus hijos: “Jamás en la vida convirtáis la viña en era. Pero los hijos holgazanes vendieron la viña y en nada de tiempo se les acabó el dinero. Y cuando con los años volvieron al pueblo y pasaron por la viña dice uno: ¡Huy, qué limpia está la viña de nuestro padre! Dice el otro: ¡Ay, hermano! esta viña era nuestra. Por eso nos dijo padre que no la convirtiéramos en era”.
O cuentos de humor negro que reflejan las condiciones sociales, como es el del “Velatorio”, cuento de muerte que al final se truca en vida de penurias: “Había en un velatorio un hombre que solo hacía gritar: ¡Ay, que lo van a llevar allí donde no hay luz, ni se come, ni se bebe, ni na de na!”. Pero no se trata del descenso a los infiernos de Ulises, repletos de sombras en el vacío: “¡Hijo mío! ¡Cómo has bajado en vida a esta oscuridad tenebrosa?”, le dice su madre Anticlea, sino que la descripción lóbrega y sombría, que parece referirse al más allá, queda brusca y sarcásticamente truncada por la vuelta a la lóbrega realidad del más acá, “del muerto al hoyo y el vivo al bollo”, por el chiste que recoge la sabiduría pragmática y resignada de todo un pueblo: “Este hijo de su madre lo quiere llevar a mi casa”, piensa con terror un asistente del velatorio.Seguiré por los años del hambre en el Castañuelo: 

“Hablamos un poquito
de lo que son las castañas,
a ver si los tiempos malos
desaparecen de España.
Eran los años del hambre
y no los puedo olvidar,
comíamos nada más que tentullos,
solos, solitos, sin pan”. 

Y además de la angustia del hambre, la angustia del lobo: “Los fantasmas de la Sierra”, como dice Segundo Canterla: 

“En el camino Hinojales
en la Sierra Valle‑Cano
allí salían los lobos
por la mañana temprano”.

O de la relación “Amos‑criados” que con humor y resignación apunta a la ley del mas fuerte: 

“En los campos de las Huelvas
de chiquillo me crié,
los patrones eran buenos,
algunos malos también.
Porque en los otros trabajos
no quiero ni recordar
las penitas que pasamos
para poderlos cobrar”.

Resuenan los ecos de la fábula del gavilán y del ruiseñor de “Los trabajos y los días”: “Ved cómo hablaba un gavilán a un ruiseñor de moteado cuello, al que llevaba bien alto apresándolo en sus garras: Infeliz, ¿por que chillas? Te tiene alguien mucho más fuerte que tú”. “¿El trato con los dueños?”, pregunta el bardo al campesino: 

“No eran agradecidos. 
Bien se dice que quien no agradece, 
al diablo se parece.
Y lo más bonito era
que te cobraban por algo
en un terreno tan malo
que no entraban ni los galgos".

“Hasta que vino el jaleo de la República, que se pensaba que iba a mejorarlo todo, pero fue más pataleo, porque no se dejaban gobernar, hasta que reventó la cosa con el dictador y nos aplastó unos pocos de años: 

"En el castillo Monjui,
en el último rincón,
tenía que estar metido
el que estas muertes firmó.
Por tener ideas republicanas
Que es la más sana de la Nación”.

Son asimismo cantos de carnaval que se conforman en las vísperas del despertar de las fuerzas incontroladas de la primavera y, por tanto, de la libertad de palabra y de acción. En un “Sal fuera de ti” como nos predica Dionisios. 

“Por el carnaval todo pasa,
que no nos coja de espanto,
y si alguno se agravia,
que baje agua del Barranco”.

O coplas de juegos infantiles ya perdidos como el de la comba: 

“Soy la reina de los mares,
señores, me van a ver,
tiro mi pañuelo al suelo
y lo vuelvo a recoger”. 

O cantos de matanza o de la molienda, o el del “recado para objetos y animales”, o de bodas, o de amoríos felices o infelices. Y toda esta variopinta tradición, pensamiento y sabiduría popular toma carne y hueso en la figura del pintor Marcial, en el “Encuentro imtemporal”, en Linares de la Sierra: “Quien venga buscando un genio, no lo va a encontrar, pero quien venga buscando un tonto, tampoco. Soy casado -señalando la fotografía de boda, agrega-: aquí empecé la vida. Muy feliz. Pero se tuercen las cosas. Yo no he querido tocar más a ninguna mujer. Soy la mitad religioso; la otra mitad invisible. Voy a misa cuando puedo. El cura viene por aquí; es amigo; me dice: Vaya usted a misa todos los días. ¿Todos los días, con las cosas que tengo que hacer? No soy aficionado a hincarme de rodillas, ni a cosas extrañas; yo no sé si el sacerdote tiene algo que decirme; si lo tiene, que me lo diga; por ejemplo: Usted menea demasiado las orejas. Lo escucho y adiós”.
Manuel Garrido Palacios, guiado por el hilo de su inspiración poética, como Teseo por el hilo de Ariadna, se ha internado en el laberinto de la Sierra y en la médula consciente o inconsciente del bosque de la mente para desentrañar su misterio y, de esta manera, documentar con rigor científico y calidad literaria el saber y sentir ancestral de sus gentes a través de un entramado de canciones, fábulas, refranes, cuentos, que como bien señala: “van a la búsqueda de unas señas de identidad que los una como grupo; la incógnita ante cualquier más allá, aparte del amor, del miedo, de la muerte”.

© Margarita Ramírez Montesinos

ÍNDICE

A modo de zaguán
1
LA MEMORIA DE ESPIRI Y AMELIA
(Santa Ana la Real)
2
EL CUENTO DEL VELATORIO
Y SUS PARALELOS LITERARIOS
(Desde Aracena)
3
TÓMALO, JUAN. DÁCALO, JUANA
(La Umbría)
4
HALO DE ALDEA
(Castañuelo)
5
LA ERA DEL SAPO
(Castañuelo)
6
A LA UNA, ANDA LA MULA
(Castañuelo)
7
LA PALOMA ENCANTADA Y OTROS ENCANTOS
(Los Marines)
8
ANDANDO CON LOBOS
(Los Marines)
9
LA SOLEDAD SALE AL PASO
(Marigenta)
10
ENCUENTRO INTEMPORAL
(Linares de la Sierra)
11
MAÑANA SIN MEDIDA
(Linares de la Sierra)
12
LAS MEDIAS AZULES Y OTRAS PRENDAS
(Corteconcepción)
13
UN ÚLTIMO CUENTO
(Fuenteheridos)
14
TIEMPO DETENIDO
(Valdelarco)
15
CALLE BOMBA SIETE
(Valdelarco)
16
LA HISTORIA INACABADA
(Puerto Moral)
17
MARZO RABÚO
(Calabazares)
18
ALREDEDOR DE LA TÓRTOLA
(Hinojales)

Notas al texto