La meta de Porthu, 1928
Pateros
y es su cabeza un granero
de sentencias atinadas
en caza de pato y ciervos.
Es yegüerizo de oficio,
pero aun es mejor patero.
(El cabestreo. A. C. Bocanegra)
A Luis García siempre le debo una cerveza, o tres, sabe Dios. Nunca le saldo la deuda porque su riqueza humana es tan grande que con lo único que se le puede corresponder es con el aprecio. Igual lo encuentro haciendo esculturas en su casa (aves en vuelo o al borde del nido), que anillando zampullines en la marisma, que censando aves desde la avioneta, que a pie del Toruño, bajo el gran acebuche, intercambiando datos con Héctor y otros ornitólogos. Hoy me va a contar cómo era la vida de los pateros: ‘O lo que es lo mismo: los que matábamos patos antes de ser conservacionistas’. Luis es el quinto de una familia de diez hijos. Sus her¬manos mayores aún matan patos, como su padre; sus menores ya no matan, como él. Antes de proteger al pato iba para patero, pero le cogió amor a la marisma y se distanció de sus mayores: ‘...ellos ya disparaban con escopetas chicas a los seis años, muy abiertas las piernas, con la culata apretada como si fuera parte del cuerpo. En casa había ocho, diez escopetas; se cargaban por la boca con pólvora negra, estropajo y una soga de pita; todo se apañaba a base de mortero y maja. La munición eran hierros, tachuelas, puntas, aunque podía reventar el cañón: más de un patero hay manco. Se le echaba perdigón del calibre tres para el ganso, del seis para el pato real, del ocho para la cerceta’. Era el tipo de escopeta que se usaba en los años 40. ‘...estaba hecha por un maestro de la fábrica de tornillos’. Recuerda cuando fue de niño a la finca de ‘un ricacho con mucha tierra por medio’, que dejaba cazar a cambio de una parte de las piezas, y el padre le dijo: ‘Espera que voy a arreglar un asunto’. Al verse amo de la escopeta la cargó un cuarto, se la arrimó al hombro, apuntó a un bando de gorriones y la explosión lo dejó sordo; pero insistió: ‘Voy a cargarla media’. El golpe fue mayor. A la tercera la cargó entera y lo toparon los guardas sin conocimiento. No mató un pájaro y se le fueron las ganas de matarlos hasta hoy, que los cuida en este resto de Paraíso que es Doñana. El patero es el antecesor del ornitólogo, el valor primario de esta ciencia, el primer hombre que vive de los pájaros. Luis viene de bisabuelo, abuelo y padre pateros, que han vivido de los patos, de matar patos, de cambiar patos, de comer patos: ‘Digamos de algo hecho libremente en un mundo donde no había otro trabajo’. La del patero es una historia compleja y con pocos datos. Digamos que el oficio nace y muere con la marisma, extensión inabarcable donde las propiedades se perdían unas con otras. ‘Podía haber veinte fincas, pero nadie tenía claro donde empezaba una y terminaba otra’. El patero cuaja como una especie más dentro de este mundo salvaje; es el depredador más listo en la cadena, adaptado al medio, con su modo de autoabastecerse. ‘Mataba pájaros y te doy carne a cambio de garbanzos o lentejas. Así se sobrevivía. A veces mataba indiscriminadamente, pero hablamos de unos tiempos y de unas marismas con doscientas mil hectáreas. Las especies amenazadas de extinción no le eran rentables: la Naturaleza suele mediar en estas cosas y saca miles de patos frente a tres águilas. Al patero no le interesaba matar un águila real o imperial. Le iba la cantidad. Un tiro valía dinero y no lo podía gastar en un águila, sino en un buen número de pájaros’.
Si al ir de caza la bandada no le parecía suficiente, ‘porque era un trabajo de artesanía’, esperaba horas hasta que hubiera más. Para diez patos, no tiraba, aunque, como en todo, mandaba el hambre. Muchos días se conformaba con lo que fuera: ‘era terrible que no entrara comida en casa’. No había control sobre los pateros, ni ley que limitara sus pasos, aparte de moverse por un terreno difícil. Entre ellos sí existían rivalidades ‘porque solían vivir en el mismo pueblo. En una calle de Los Palacios había diez pateros, y se sabía quién, cómo y cuánto cazaba; no era agradable llevar días sin tirar mientras el vecino traía treinta ánsares. Uno se sentía campeón; otro, desgraciado. Eso, casa con casa’. En un plano más amplio, los pateros se distribuían por zonas. En esta parte de la marisma cazaban unos, en aquella, otros. Más que solaparse, se respetaban, ‘y los puestos tenían sus dueños de caza tradicionales: este es mi terreno, de mi familia, de los míos’. Le sugiero: ‘cuando un niño dice: este es mi perro, esta es mi casa, aprende la primera lección de usurpación de la tierra’. Remata: ‘Pues lo mismo; es así de siempre y para siempre’. Mujeres pateras no han existido. ‘La mujer tiene una importancia vital en la patería, pero en la casa, esperando al hombre para vender o cambiar el monto, administrándolo para evitar días de hambre. La pieza ganada se puede equiparar hoy al sobre con la paga que el hombre trae cada final de mes. Bicho cazable era todo el que se podía convertir en moneda de cambio; por ejemplo: un macho y una hembra de patos reales, una pieza de dos; un par de cercetas con dos patos pequeños, cuatro. Una familia de pateros vivía de la caza. No había dinero, y la gente, aunque quisiera comprar, no podía. Y si los patos no se vendían por caros o por no malvenderlos, era un desastre, un malgasto de esfuerzo’.
© Manuel Garrido Palacios
© Fotos: A. Camoyán, Héctor Garrido, Abelardo Bellido
Las fiestas romeras del Andévalo
Las fiestas romeras del Andévalo
San Benito Abad en El Cerro
Artes, costumbres y riquezas
de la provincia de Huelva (fasc. nº 24)
Universidad de Huelva
EL HACEDOR DE LLUVIA
M. Garrido Palacios
Calima Ed. Mallorca
►
LE FAISEUR DE PLUIE
M. Garrido Palacios
Ed. L'Harmattan.
Paris
M. Garrido Palacios
Ed. L'Harmattan.
Paris
Carmelita, Hipacia, Tasio, todos son nombres antiguos nacidos de la mente joven de un escritor maduro, que ha sabido transformar los sueños en realidades de las que claman “conciencia”, por ejemplo, cuando dice que “a la madre se la quiere sin decirle que la quieres”, recogiendo ese sentir que se adormece de joven y cual Guadiana renace cuando percibes su ausencia. Y del Himmario mágico Tasio entresaca otra perla cultivada al remanso de los años y la paciencia, cuando “despierta el sentir del miedo a la eterna soledad”.....y todo esto, tan sólo en las dos primeras páginas, ¡qué fuerte!, me inquieta continuar, pero sigo.
Barruntar, espurrear, el chivato cizañero, escudriñando los cielos, santiguadora, refajo, desasnar, visitera y caracuco, lenguajes del pueblo “llano” que se mueve en lo pagano pero que mira hacia el cielo, ¡por si acaso!, y no buscando las lágrimas de las nubes, que es labor del Hacedor, de quien nos dice el autor que era un aprendiz de pícaro, que vivió sin convencer, pregonando “veleidades” que todos quieren oír, pues el pueblo “puro” y “sano” necesita del engaño que alimentan las conjuras, la crítica y el cotilleo, dando así “salsa” a la vida de pueblos grandes y chicos que resultan aburridos si les falta el “condimento”.
Y, ¡cómo no!, ya sale Dios con mayúscula o minúscula según la necesidad que en el momento tengamos, pues el pueblo descreído será sabio o será pícaro, pero ya tiene bien aprendido qué árbol le da cobijo.
Manuel Garrido Palacios es un gran observador que nos transporta al mundo de la sabiduría popular y nos introduce en el lenguaje “olvidado” de quien no tuvo maestro, con refranes y sentencias de la escuela de la calle que nace de la experiencia. Nos repasa el santoral nominando a personajes que van a misa el domingo para cumplir el precepto, y nos recuerda que Tasio pudo haber sido mi abuelo, pues las distancias son cortas, muy cortas, cuando se trata del tiempo.
Libro denso. Términos desconocidos que asociados en la frase te descubren su sentido. Enseñanzas no amparadas en teoremas ni ecuaciones, ni en dogmas, ni en pensamientos de filósofos de escuela, pues provienen de la sangre, del sudor y de las lágrimas del pueblo desconocido que sólo tiene la lógica de aquel error cometido.
Herrumbe puede ser Huelva, Santurce o Valladolid, y tía Carmelita o Tasio somos todos, los de antes, los de hoy, los de mañana y pasado: no hay apenas diferencia pues la escala evolutiva sigue su paso, sin prisa, dentro de un orden biológico que no lo marca el reloj.
Si algo le sobra a este libro, es la fecha de edición, pues unifica el pasado, el presente y el futuro; no se crea distinción; y si algo le echo en falta, es que el número de páginas no se aproxime al millar.
© Benito A. de la Morena
Tras varios años de la publicación de El Abandonario, que ya nos asombró por la destreza narrativa, por la riqueza de su lenguaje y por las muchas claves y sentidos del texto, Manuel Garrido Palacios nos ofrece ahora su novela El hacedor de lluvia, que comienza y acaba con signos suspensivos. Juntas conforman un cuadro rico de matices que nos sumerge en una atmósfera de nostalgia, recuerdo y soledad desde la voz del único personaje que, muerto, dialoga con su amigo Tasio sobre el pasado de Herrumbre, pueblo abandonado que simboliza tantos otros condenados a la desaparición: «Mi memoria se posa sobre el pueblo mientras llega otra vez, inútilmente, la hora del Ángelus fijada para mi entierro, amigo Tasio. Acabado el último acto, ya somos menos que nada; yo, metido en el ataúd de los tenebros; tú, muerto en la silla de anea» (p. 9). Ambos han sido mudos testigos de la muerte del pueblo -Paraíso para unos, infierno para otros, Herrumbre se vació sin que tú ni yo halláramos razón para abandonarlo (p.53)-, que no tiene localización concreta en el espacio, con lo que se refuerza el valor simbólico; en un tiempo que sugiere los difíciles años que rodearon a la guerra civil, con su iniquidad de fusilamientos, paseos y sórdidas venganzas.
El monólogo sin respuesta evoca la vida del pueblo desolado y pobre, con una galería de personajes que sobreviven en un medio que nada les brinda, tan estéril como la tierra sobre la que se asienta. Como en El Abandonario, tras la evocación de lo vivido late la presencia constante de la tía Carmelita, protectora, educadora, testigo y hacedora maternal del destino del narrador, de Hipacia, de Ausencio, de todos. Sabia en dichos y en hechos, lectora eternamente doliente, del médico a la santiguadora, de la santiguadora al médico un día sí y otro no, se expresa en su Himnario (p. 11), texto dentro del texto de la memoria que se desgrana en coplas, canciones y versos hechos para perdurar. El hacedor de lluvia, personaje que da título a la obra, un aprendiz de pícaro de trágico final, encarna el engaño en el que viven muchos personajes y, en gran medida, la inutilidad del esfuerzo humano. Muchas historias en Herrumbre no son lo que parecen, encierran misterios que se van desvelando poco a poco: la sospechosa preñez de las casadas, la siniestra actividad del chivato, el frágil ministerio sacerdotal de Doninmaculado, el alcalde Sefito o el político Donglorio con sus incumplidas promesas, el falso poeta Panduro, las cartas que intercambian tía Carmelita y el cura, las limitadas artes de la santiguadora tanto como del médico, los sospechosos poderes curativos del agua de sulfo del balneario ruinoso... En el pueblo que latía al paso del vivir para vivir (27), la verdad y la mentira, la vida y la muerte se entrelazan en un entramado de anécdotas y de historias personales en las que no faltan las briznas del humor, la frase ingeniosa, la situación burda abocada al ridículo. Fantasía, realidad, sueño y más allá se confunden en la configuración de una atmósfera a la vez maravillosa y crudamente real, una especie de universo en donde la vida es poesía -en ocasiones poesía amarga- y la poesía se hace vida.
El sentido último del relato no es hacer historia sino otorgarle el lugar que le corresponde; las palabras de Tasio parecen desvelar la intención esencial del narrador: No es mi voz la que recupera la historia sin pronunciar palabra; es la historia misma la que pide mansamente la dignidad de su sitio (141). El pueblo y sus gentes, la técnica narrativa, la dignidad que se confiere al dolor, al silencio y a lo no tangible, evocan el magisterio de Juan Rulfo; en el fluir de lenguaje del pueblo moribundo resuenan los ecos de la prosa siempre auténtica y precisa de Delibes, escritores por los que el autor siempre ha manifestado sin reticencias su admiración. El largo caminar de Garrido Palacios por las tierras de España, por el latido vivo de sus pueblos y de su realidad, se despliega aquí con una copiosa riqueza léxica de términos olvidados en las grandes urbes, pero a los que de esta manera confiere la dignidad de la perduración en su genuino contexto, de una riqueza que podría desaparecer irremisiblemente. Presta su voz al monólogo interior del protagonista que intenta vanamente el diálogo ausente con su amigo Tasio, pero también a todos los personajes que representan un mundo al que condenamos a la desaparición sólo porque, desde nuestra propia ignorancia, desconocemos. Como apunta el narrador, A medida que te hablo, Tasio, compruebo que la historia chica de Herrumbre encerraba más ventura que el “pogueso” o el “futuro espezarandor” del político Donglorio...Historia de gente de carne y hueso, poso de hechos en el que tanto se mojaban las canciones esquineras como la pluma de tía Carmelita. (123). En síntesis, una novela que ofrece más de una lectura y, a cada paso, la muestra de un hacer narrativo maduro, versátil, pleno de sugerencias. De su autor, Manuel Garrido Palacios, conocedor como nadie de la etnografía viva española, creador televisivo y de la palabra, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York, distinguido con el Premio Borges de Narrativa en California, esperamos pronta continuación de los puntos suspensivos finales de este Hacedor de lluvia.
© Marisa Regueiro
Hoy, miren, el paisaje se nace en páginas de lluvia, con el hacedor Garrido Palacios, que vuelve a traernos el deleite de Tasio desde Herrumbre, aquel pueblo que en su mística es ningún lugar o todos los pueblos o quizá el silencio hablado de los pueblos. Para festejar fulgor de primavera y feria de la tapa (del libro) figúrese que alguien responde a Tasio su cuestión de ¿para qué nací yo si no voy a ser ni recuerdo?, y se hace grande por la sabiduría que se enmarca en este zarandeo. Manuel Garrido Palacios tiene cara de sorpresa ¡siempre¡ y siempre se le ocurren vidas para sorprendernos. Él nos convierte en Ausencio, nos devuelve a Constanza, nos anuncia Telesforo, nos quiere predicar en prosa pícara, sana picardía; hasta que de tanto llevarnos por tiempos de Tasio, nunca sepamos por qué se superan en muerte quienes fueran egoístas en vida. Un regalo frondoso para vivirlo este Hacedor de lluvia de Garrido Palacios, un tesoro.
© Ramón Llanes
Héctor Garrido · Exposición
Australia Occidental
Grabados rupestres datados con más de 10.000 años de antigüedad.
La conservación del Patrimonio Histórico
también forma parte de la conservación
del Planeta
Gallery Hill. Western Australia
© Héctor Garrido · Exposición CAMBIOS
CAMBIOS es una
introducción visual al Cambio Global, a sus causas y sus consecuencias. A
través de 20 imágenes seleccionadas del fotógrafo Héctor Garrido se realiza un
cuidado recorrido por los temas principales que son las causas o las
consecuencias del cambio global, obteniendo con ello una interesante y completa
visión de conjunto. Pequeños textos de apoyo permiten al espectador obtener sus
propias conclusiones sobre los problemas que se ciernen sobre el futuro
sostenible en nuestro Planeta. Las sugerentes y
espectaculares imágenes nos muestran una concatenación de temas clave para comprender
el verdadero significado de la expresión Cambio Global. Ecosistemas en peligro
en diferentes partes del mundo, que atentan a la estabilidad bioclimática del
Planeta. Especies amenazadas o singulares, únicas por representar las formas
extremas de la vida en la Tierra. La creciente amenaza de las especies
invasoras, que ocasionan una pérdida de biodiversidad irreparable. La pérdida
del acervo genético original de nuestros cultivos. La contaminación irreparable
en espacios que antaño eran fuente de vida y riqueza. Y la pérdida del Patrimonio
cultural histórico ... La Península
Antártica, los Andes, la Gran Barrera de Coral, el Banc D'Arguin, Doñana ...
Ballena jorobada, zunzuncito cubano, cóndor de los Andes, zorro volador
australiano, lince ibérico ... África, Australia, América, Europa, la Antártida
... Grandes protagonistas y grandes escenarios para representar a un mundo
cambiante.
Héctor Garrido (Huelva,
1969) es fotógrafo adscrito a la Estación Biológica de Doñana - Consejo
Superior de Investigaciones Científicas. Ha publicado 16 libros y realizado un
centenar de exposiciones fotográficas y divulgativas, asi como expediciones
científicas a muchos de los grandes paisajes del Planeta; sus fotografías
aparecen habitualmente en los principales medios de comunicación del mundo,
siendo hoy en día uno de los fotógrafos más reconocidos en el campo de la
ciencia y la divulgación en España.
F. J. Erskine
DAMAS EN BICICLETA
Cómo vestir y normas de comportamiento
Escrito por la señorita F. J. Erskine
Trad. José C. Vales
Editorial Impedimenta`
Nicolas de Largilliere
Étude pour un portrait de jeune fille
Courtauld Institute of Art. Londres
Musée Jacquemart-André · Paris
Nuit de chiens
Manuel Garrido Palacios
Ed. L’Harmattan. Paris
Deux années après la mort de Charles Baudelaire en 1867, on publia un recueil de petits poèmes en prose. Nous avons choisi une citation du dernier poème Les bons chiens car nous pensons qu’elle traduit parfaitement la thématique du livre de Manuel Garrido Palacios: «Je chante le chien crotté, le chien pauvre, le chien sans domicile, le chien flâneur, le chien saltimbanque, le chien dont l’instinct, comme celui du pauvre, du bohémien et de l’histrion, est merveilleusement aiguillonné par la nécessité, cette si bonne mère, cette vraie patronne des intelligences! Je chante les chiens calamiteux, soit ceux qui errent solitaires dans les ravines sinueuses des immenses villes, soit ceux qui ont dit à l’homme abandonné avec des yeux clignotants et spirituels: «Prends-moi avec toi, et de nos misères nous ferons peut-être une espèce de bonheur». Le chien a toujours été un sujet pour les poètes et les romanciers. Il est très difficile de definir Nuit de chiens. Est-ce vraiment un livre de contes comme le suggère l’auteur ? C’est plus sûrement un recueil qui parle des chiens et de leurs rapports avec les hommes.
Le terme fable conviendrait davantage. Car chaque texte en est une. Victimes du bon vouloir et de la méchanceté de leurs maîtres, ils observent avec beaucoup de flair la réalité de la vie et sans la moindre complaisance ils jugent avec une grande perspicacité le comportement des hommes dont ils sont bien souvent les victimes. Les rares fois qu’ils survivent c’est parce qu’ils s’attachent à des maîtres qui comme eux sont à la dérive et ils sont alors capables de sacrifier leur vie pour eux. À toutes les pages, les chiens prodiguent à profusion des sentiments de tendresse et le livre devient alors une véritable leçon d’amour.
© Jean-Marie Florès
John H. Levée
John H. Levée
Octubre III, 1955
Colección privada. Paris
Colección privada. Paris
John H. Levée (Los Ángeles, 1924) estudia en el Art Center de Nueva York y en la Academia Julian de París. Participa en el Salón de mayo desde 1954. Exposición circulante en Alemanía "Artistas americanos en Francia". Expone en el Stedelijk Museum de Ámsterdam, en 1955, con los pintores norteamericanos Alcopley, Chelimsky, Fontaine y Parker. Individual en Gimpel, Londres, en 1955. Un año después interviene en una muestra de grupo abierta en la Galerie de France, en París. Tras pasar por un grafismo negro y macizo. que lo emparenta a veces con Soulages, Levée encuentra su senda más personal en una modalidad de colores sordos, brillantemente improvisadora y que no pierde, sin embargo, lo voluntario de su acento.
© Michel Seuphor. Lexicón Kapelusz. Pintura abstracta
Faustino Rodríguez
Ariadna-Aracné
LAS METAMORFOSIS
Faustino Rodríguez
Exposición - Vinoteca De blanco a tinto · Gibraleón
Exposición - Vinoteca De blanco a tinto · Gibraleón
“La Metamorfosis
de Ovidio es un compendio de fábulas e imágenes contadas de la manera más bella
en la que se puede narrar una historia: desde la invención poética. Trasmitir
en ilustraciones toda la obra sería prolijo […] Plásticamente,
son muchas las que me pueden inspirar […] las que he tomado como motivo son las
que me han impactado más […] formas y tiempo, como Virgilio a Dante en la Divina Comedia o como Ovidio al resto de
los creadores desde hace más de dos milenios, han dado lugar a estas veinte
metamorfosis vistas y revividas por los ojos de un admirador del poeta de
Sulmona”.
© Faustino Rodríguez
Carmen Ciria
El libro, en palabras de su autora, "es una meditación poética sobre el tiempo, la condición humana, la femenina, en particular, la muerte, el enfrentamiento interrogativo ante la existencia, en suma, los grandes temas, que han de ser expresados con voz propia".
LA HERMANA DE SHAKESPEARE SE QUEJA
Como mi hermano yo quise también
ir a la escuela, expandirme, volar,
florecer entre versos y disfraces.
Reinos hubiera inventado, leyendas
v dormido después en el techo del mundo.
La cocina fue mi teatro,
gloria conquistaba barriendo.
¿Mi lucha?: contra el polvo
donde rebelde grabé libertad.
He remendado retazos de vidas,
bordando sin cesar penas y besos
de grandes personajes.
y mi hermano escapó.
Yo quedé encadenada al costurero.
La fama para él, a mí el cuidado
de nuestros rotos padres.
La fantasía para él, a mí
la realidad de un matrimonio impuesto.
Quise ir a la escuela. No me dejaron.
© Carmen Ciria
Niño Miguel
Reproduzco el artículo que publiqué en 1976. La foto la hice en Fuentepiña (Moguer) lugar de Juan Ramón Jiménez, durante el rodaje del capítulo que dediqué a Miguel en la serie RAÍCES (Premio Arpa de Oro en el Festival Internacional Golden Harp, de Dublin)
Miguel, un ensayo
La guitarra
más creativa que ha parido este sur ha sido la de Miguel de Vega, Niño Miguel. Hablo en pasado
porque la referencia que hoy tengo de él es la de una sombra buscando quien lo escuche en plena calle con una improvisación a cambio de “dame algo”.
Improvisación que cuaja en genialidad, dicho a lo llano, de la que más tarde ni
se acuerda porque otras músicas acuden a su cabeza, en cabal comunión con sus
manos, para que la sorpresa ensanche toda capacidad de admiración. No lo piensa. Es puro impulso. Decir esto
no va en detrimento de los grandes guitarristas que ha habido y hay aquí. No
los nombro; tanto sabemos sus nombres como que, seguramente, comparten esta
opinión sobre quien tuvo la guitarra como juego impuesto y hoy la tiene como
estela que lo sigue por la ciudad. Miguel no aprendió a tocar la guitarra.
Nació con el don. Los mayores atrevimientos armónicos que puedan experimentarse
en los conservatorios de música vienen a quedar en pañales al lado de los que
Miguel crea sin el menor esfuerzo. Lo que pasa es que cuando toca sólo persigue
agradar un rato y ser recompensado con un euro o lo que caiga, sin saber que si
su música se extendiera más allá de la guitarra y se ampliara a la orquesta
estaríamos hablando de lo más novedoso, fresco y limpio que se ha hecho
últimamente. En tiempos seleccioné varios de sus temas con idea de integrarlos
en un concierto para guitarra y orquesta con él de solista; aún guardo los
bocetos. El caso es que cuando le pedía que repitiera una pieza para perfilar
el trabajo, la tocaba de modo diferente, como una variación sobre la primera,
por lo que llegué a la conclusión de que lo suyo era tocar solo, si acaso, con
un par de guitarras hábiles de acompañamiento, que se las podían ver y desear
para no perder puntada. Tan claro está su perfil creativo, que Miguel tendría que
ocupar una especie de cátedra permanente, activa y práctica, en un local de su
ciudad, un lugar al que él fuera cada día a tocar unas horas para que cada
alumno pillara lo que su capacidad le permitiera, trabajo que le daría, de
paso, un dinero mensual que le evitara tan lamentable estado. Puede que reciba
una pensión; lo ignoro; lo que no quitaría para que tuviera su sitio enseñando
o tocando ante un público nuevo que apreciaría al creador de tan bellas
sensaciones. Miguel no va a leer esto. Le trae al fresco si se comprende o no
su situación, cosa que sí debe importarle a una ciudad en la que no abunda la
gente con brillo propio. No todos los días nace entre el gris ambiente un color
que rompa el monocromo. Miguel haría muchas de las cosas que hacemos los demás,
pero nadie llegaría jamás a una mínima porción de su arte. Nació con el don con
el que nacen los genios. Unos lo desarrollaron. Miguel no pudo. Es la
diferencia, aunque la emoción sea la misma, regalo que él hace por la calle, en
estado puro, a cambio de “dame algo”.
© Manuel Garrido Palacios
Una película sobre Miguel de Vega
de Annabeile Ameline, Benoft Bodlet, Chechu G. Berianga.
Premio ‘Mostra de Valencia’
Miguel Vega Cruz (Huelva 1952), conocido como "Niño Miguel" es uno de los más grandes guitarristas flamencos de la historia y, sin duda, el más desconocido de todos. En los años 70, con apenas 22 años, grabó dos discos que revolucionaron la guitarra flamenca. Su frescura, su sentimiento, su agilidad, sus armonías, su fuerza, su técnica le hacían único y diferente. Un adelantado a su tiempo. Un guitarrista excepcional elevado a la categoría de genio, que debido a una enfermedad no volvió a grabar ningún disco y poco a poco fue dejando de actuar hasta que su único y principal escenario fueron las calles de Huelva, donde tocó día y noche con guitarras ─que no solían tener las seis cuerdas─ por bares y terrazas durante 20 años... Por eso, cuando le preguntamos al Niño Miguel qué título le daría al documental que rodábamos sobre él nos dijo sin dudarlo: "La sombra de las cuerdas". La sombra de las cuerdas, producido por Anabenche (Benoft Bodlet, Chechu G. Berianga y Annabeile Ameline) con la colaboración de la UJ.I (Universidad Jaume I), repasa la trayectoria de la vida del genio, su música, su pensamiento y cuenta como en dos años (2007-2008) Miguel pasó de estar en una situación crítica, tocando en la calle a la de tener una esperanza.

Todo comenzó en el año 2007, cuando Berlanga y Bodlet realizaron, "Huelva Flamenca", un viaje histórico y geográfico en busca del flamenco que se respira en la provincia onubense, con dos protagonistas de excepción, el Fandango de Huelva y el Niño Miguel. Dos años después de la producción de "La sombra de las cuerdas", esa esperanza fue una realidad: El día 29 de noviembre de! 2011, el Niño Miguel recuperado física y psicológicamente actuó en el Teatro Central de Sevilla, concierto organizado y producido por Anabenche, en colaboración con el Instituto Flamenco Andaluz. Aquel hombre que tocaba con tres cuerdas por las calles de Huelva, levantaba al auditorio del Teatro Central de Sevilla en el concierto flamenco más importante de los últimos años, dando una verdadera lección de música, de superación y lucha humana.
© AnaBenChe.
www.anabenche.es
Diego Velázquez
Vieja friendo huevos (h. 1618)
Óleo sobre lienzo 100,5 x 119,59 cms.
National Gallery of Scotland · Edimburgo
El español en los Estados Unidos
E Pluribus Unum? Enfoques Multidisciplinarios
Ed. Domnita Dumitrescu / Gerardo Piña-Rosales
(Col. Estudios Lingüísticos · Spanish Edition)
Academia Norteamericana de la Lengua Española
Nueva York
Nueva York
Escrito en español, con resúmenes en inglés, el libro reúne 17 estudios sobre diversos aspectos del español en los Estados Unidos, incluyendo temas como: un análisis socio-demográfico de la población hispanounidense, la adquisición dual del bilingüismo inglés-español, la trasmisión transgeneracional de la lengua española, una propuesta de dialectología del español estadounidense, el contacto de dialectos, la convergencia conceptual entre el inglés y el español, el problema del espanglish como marcador de identidad, la política lingüística en el sector de la atención sanitaria, y varias perspectivas sobre la alfabetización de los hispanos y la enseñanza del español como lengua de herencia en los Estados Unidos en el siglo XXI.
Ana Pérez Cañamares
Ana Pérez Cañamares
Ed. Baile del Sol. Tenerife
Cree el escritor Hipólito
G. Navarro que los novelistas se equivocan cuando dicen que escriben cuentos
para descansar de las largas travesías literarias. Se equivocan, es cierto.
Aparte de ejemplos notorios en los que se ha recurrido a rellenar huecos con descripciones
prestadas para conseguir el número de páginas deseado porque se quedaban a
medio camino, lo verdaderamente difícil es contar una historia en tres folios,
en dos, en uno, en cuatro renglones sin que la esencia se diluya alargando los
tiempos hasta hacer cansino el andar entre palabras.
Podía haber sido
cualquiera de los relatos que componen su libro “En días idénticos a nubes”,
pero Ana Pérez Cañamares ha elegido “El sol de noche”, que aparece en quinto
lugar en el conjunto, para estamparlo en la contraportada y decirle al lector:
así escribo. Haya sido o no esa la intención, el proceso sugiere una vez más
que lo propio es seguir a la autora en su selección personal en vez de ponerse
uno a hacerla. El lector comparte o no lo que se le ofrece, pero no es quién
para alterarlo. Y ese es el orden propuesto por Ana.
El título de la obra,
celofán que envuelve la veintena de historias que contiene, lo saca Pérez
Cañamares de un poema de Luis Cernuda, que inserta al principio como lema, cuya
primera estrofa canta: “Adolescente fui en días idénticos a nubes, / cosa
grácil, visible por penumbra y reflejo, / y extraño es, si ese recuerdo busco,
/ que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy”.
El texto de referencia,
“El sol de noche”, quizás el más breve de cuantos traen sus páginas, es como
sigue:
“Ella es de esa gente que
fuma en las cuestas, que se bebe un litro de coca-cola de un trago, que sonríe
cuando la expulsan de clase y se tira vestida a la piscina; ella es la
amiga-vendaval, ésa que te arrastra y te asusta, que adoras y temes, que te dice
ven y sabes que algo va a pasar.
-Ven -me dice.
Y voy, esta vez a la
fiesta que hace Pablo, porque sus padres se han ido, y cuando llegamos todos
nos saludan y nos ofrecen porros y la música sube de volumen, y ella grita y
salta, y dice ‘esto es guay, qué de puta madre’, y tira de mi brazo y lo sacude
al ritmo del chunda chunda, y me hace sentir que bailo bien, pero luego me
suelta y el ritmo se me escapa y cuando me vuelvo a buscarla no está; pregunto
por ella y está en el baño, preparando una sangría en un barreño; remueve con
el brazo el vino, la fruta, el hielo que los demás van echando y luego saca la
mano y me mete los dedos en la boca, ‘pruébala, qué le falta’, y yo no
encuentro que nada le falte, más bien diría que se ha pasado con el vino, pero
no me atrevo a decírselo, porque ella ya está sorbiendo asomada al borde del
barreño. Luego, a la hora de ‘qué mala estoy, todo me da vueltas’, soy yo quien
la sostengo en medio de la calle, y sus vómitos me huelen siempre a lo mismo,
como si no comiera otra cosa que hígado empanado y coliflor; se lo digo y se
ríe, y luego sigue vomitando, y quisiera taparla de las miradas de ese señor
que no nos quita ojo, pero mi cuerpo no da para tanto y ella dice ‘joder,
siempre igual’, y siento que está cansada, pero la animo a seguir caminando,
casi cargo con ella; entre las dos no juntamos para el taxi y el metro la
marearía más; así que caminamos y caminamos por la ciudad de noche, bajo la luz
de las farolas y de una luna tan brillante que parece una bombilla desnuda, y entonces
recuerdo que la luna no tiene luz propia, que el sol le presta su reflejo, y
qué, me encojo de hombros, ahora es el momento de la luna, brillará toda la
noche hasta que el sol salga de nuevo, pero eso no será hasta mañana”.
En tres trazos retrata a
la amiga: “la otra yo”, la sitúa en la escena ante el libreto de la obra: su
vida, y carga con su circunstancia a ciegas bajo la virtual “luz de las
farolas” cuando lo que debe iluminar el cuadro: “luna tan brillante”, no tiene
luz, sino que se la presta el sol. Pero no es oportuno ahondar en ello hasta
que el ímpetu se queme y el vómito cese o decaiga. Es justo el instante vital
-¿será el límite de la adolescencia?- para decir aún: “me encojo de hombros. Es
el momento de la luna”. El brillo durará un presente hasta que el sol encienda
el futuro: “pero eso no será hasta mañana”.
Sí; lo difícil es contar
una historia en un folio, como hace Pérez Cañamares, soberanamente, además.
© Manuel Garrido Palacios
© Manuel Garrido Palacios
Lagos · Algarve
LAGOS · ALGARVE
Presidiendo la piscina interior del Hotel Vila Galé Lagos, hay cuatro budas dorados, todos con su gesto intraducible, su indiferencia de dioses y su mirada perdida en la profundidad del alma de quien los observa. Al caer la tarde la estancia se puebla de una luz difusa, que entra en el agua a través de los grandes ventanales y la transforma en un espejo donde cada buda se refleja. Los cuatro parecen ajenos a cuanto pasa más allá de sus ámbitos inmediatos; sin embargo, mueven a miles, a millones de seres que creen en ellos. El que nada y flota, va y viene por el rectángulo limitado de la piscina, impulsando su cuerpo a brazo, tactando con sus manos la meta de llegada en un espacio fácil de salvar, aunque difícil de asumir si vemos en él una metáfora de la propia vida, tan limitada como la gran piscina que contiene el agua. Los budas no conocen estos límites donde se debaten los cuerpos. No conocen estos ni ningún otro límite porque jamás se impusieron pasar la linde que los separa de lo humano, distancia que los diviniza en sus pedestales; les basta con cruzar sus piernas de manera que la planta de un pie quede hacia arriba y una mano repose sobre la otra. Y pensar, meditar, que es lo mismo que platicar divinamente. La luz baja casi a ras de agua y el velo transparente que levanta el vaho aporta su grado de misterio a la visión de los cuatro budas silentes, diría que con sonrisa insinuada, como participando desde dentro y hacia dentro, no se sabe si de los movimientos del que los mira o moviendo un recuerdo, sin que nadie acierte a saber qué es lo que recuerdan los budas. El ir y venir incesante del que nada y chapotea cerca de ellos puede representar la cara activa de la vida, ese no estar nunca en ningún sitio creyendo que se está en todos, ese avance y retroceso continuos para acabar en el mismo sitio, siempre en el origen. La actitud pasiva de los cuatro budas puede significar el haber llegado al punto en el que no es necesario moverse porque se ha encontrado el lugar que posee el equilibrio, el fiel de la agitada balanza de los latidos. Lo cierto es que por más que se mueva quien está en el agua sólo conseguirá, además de cansarse, rozar la superficie, que volverá a quedar tersa en cuanto pare de agitar el cuerpo. Frente al que va y viene, por más siglos que haga que los cuatro budas están quietos, seguirán removiendo interiormente a miles, a millones de almas en la dirección que le dicten sus creencias. Y esto será así todos los días y todas las noches.
© Manuel Garrido Palacios
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