Manuel Crespo

BIOGRAFÍAS INTERRUMPIDAS
Goethe - Beethoven: una amistad imposible
Manuel Crespo


Un libro es como el pan, un pan especial que alimenta el alma; pan hecho de esa pasta incolora que resulta de amasar el saber y el sentir. Manuel Crespo, Catedrático de Dibujo, sacó en su dia a la luz un homenaje a un escritor alemán nacido hace más de doscientos cincuenta años, a quien valora como 'ave fénix' que sobrevuela sin oposición las letras europeas. Si se tuviera que trazar el perfil de Johann W. Goethe, en 'Biografías interrumpidas', con una frase de las que Crespo le dedica, ésta sería la de 'profundo descifrador de almas'.
Pero después de leer sus páginas, a uno se le queda la impronta de que Crespo, más que de Goethe, de Brentano, de Rollain y de otros de la época, de quien quería hablar era de uno de los dioses de su olimpo íntimo: Beethoven, músico al que conoce, al que ama, al que comprende con una especie de genial ingenuidad en el ver, oír y sentir. Y no sólo por las citas que enriquecen su libro, como la de la carta de Bettina a Goethe: 'Es de Beethoven de quien quiero hablarte ahora, en cuya presencia me olvidé de ti y del mundo entero', sino por su propia pasión por el músico, porque, sin leer una sola de sus partituras, Crespo ha sido capaz desde siempre de enseñarnos ese alma tanto en fondo como en forma, de descifrar el misterio creativo de aquel ser humano de excepción, artista y hombre bueno del que dijo Haydn que jamás sacrificaría un bello pensamiento a una regla tiránica.
Vienen al papel estas palabras porque ya en los tiempos del Santafé me preguntaba por qué Manuel Crespo no había estudiado música en vez de pintura, para internarse 'del todo' en los monumentos sonoros que, sin duda, constituían su gran alimento espiritual. La respuesta quizá la intuyera entonces, cuando yo me afanaba en el Conservatorio y él en Bellas Artes; respuesta que trae en su magnífico libro, no en su boca, sino en la expresión de otro dios: Mozart, cuando a punto de conocer a Beethoven dice: 'Ni la inteligencia, ni la imaginación, ni las dos unidas hacen al genio. Sólo el amor puede hacerlo'.
Este libro-pan de Manuel Crespo me suena, digo, más que a un homenaje a Goethe, o a una sinopsis de la obra de Beethoven, a un tratado de amor hacia quien se sentía enormemente desgraciado porque, según confesaba en una carta a un amigo, su órgano más noble era el oído, y éste se hallaba muy débil. Igual porque lo exterior era pura miseria frente al universo interior que lo poblaba.

© Manuel Garrido Palacios

El día anterior al momento de quererle

Concha García
El día anterior al momento de quererle
Editorial Calambur
  
Nacida en Córdoba. Vive en Barcelona. Co-fundadora del Aula de Poesía, preside la Asociación Mujeres y Letras. Se le considera un referente de su generación. Premio de Poesía Barcarola. Entre sus obras: Rabitos de pasas, Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas y Árboles que ya florecerán.
A partir de elementos presentes en su intensa trayectoria poética, El día anterior al momento de quererle es, paradójicamente, un libro iniciático que se sostiene en la inminencia y, a la vez, en la memoria; en él recorre las épocas de la vida que incluyen también la de los antepasados y la de los muertos, cuyas voces resuenan en los vivos.

(pág. 37)
Ahora llueve, menos mal que
llueve para que en mi corazón
quepan las anchas salpicaduras
desde el suelo hacia la tierra, y
el pacto que ayer hice con la única
maceta de la casa, una flor de ceibo
color rojo, más intenso
cuando la cambias de lugar. En el
risueño horizonte de la ventana palidecen
tres inusitadas hormigas fuera de su ruta
caídas del cielo, oprimidas,
las gotas de rocío forman pequeños regueros
como cuando un caracol se introduce
en espesas azaleas

© Concha García

Christophe Ono-Dit-Biot

 
INMERSIÓN
Editorial Berenice

Gran Premio de Novela de la Academia Francesa 2013
Premio Renaudot des Iycéens 2013

«La hallaron así. Desnuda y muerta. En la playa de un país árabe. La sal había formado cristales sobre su piel.»

«Una de las historias de amor más hermosas que la literatura nos ha ofrecido en mucho tiempo» (Bruno Corty, Le Figaro Littéraire)

«Una escritura majestuosa. Una novela hermosa y conmovedora» (Valérie Trierweiler, Paris Match)

Presentación:
Jueves 4 diciembre . 8 tarde
Institut Français (calle Márques de la Ensenada, 12 · Madrid)

Revista de Folklore nº 393



ÍNDICE

Editorial: Joaquín Díaz, Director

Margarita López Martín: Memorias del lino en Prádena del Rincón (Madrid)

María Fidalgo Casares: Julia Minguillón y la Escola de Doloriñas, patrimonio etnográfico y antropológico de Galicia

José Ramón López de los Mozos Jiménez y Juan M. de Cózar del Amo: La Pandorga de Semana Santa en Auñón (Guadalajara)

María Teresa Hidalgo Hidalgo: Las canciones de ronda en el ciclo vital de la mujer de la comarca Vegas Altas del Guadiana (Badajoz)

MADRE TERESA DE CALCUTA

MADRE TERESA DE CALCUTA

 “No tener nada” era suficiente para tener a la Madre Teresa entera, con su energía desplegada, con su convicción de que “esa nada” había que compartirla más allá de los signos religiosos o políticos. Bastaba con lo humano. Los turistas que le salían al encuentro se despojaban de joyas, que se recogían en una talega: broches, relojes, collares, pulseras, pendientes o anillos, oro cuyo fin era el trueque por dinero y éste por medicinas y alimentos para llenar en lo posible la inconmensurable “nada”. 
Era ella la que abría la puerta del cenobio de Calcuta cuando iba a buscarla antes del amanecer, aún fresco el día, aunque dentro del edificio hubiera cien monjas para ese menester; y previo a salir rumbo al lugar al que tocara ir, ella servía el te en jarritos para mantener el cuerpo hidratado durante la jornada. Pensaba yo en las personas-globo que viven parapetadas tras los despachos y que para acceder a ellas hay que salvar mil obstáculos. “No tienen nada”; palabras que se me prendieron al alma a las que habría que añadir la insistente cuestión: “Si no tenían nada entonces, ¿qué tendrán ahora?”. Frente a cualquier respuesta, la pregunta seguiría flotando como eco de tragedia, no premonitoria de ningún futuro, sino tragedia del presente rabioso, cuyos protagonistas son siempre los mismos, aunque parezcan otros; seres que, por “no tener nada”, perdieron hasta el latido. ¿De dónde iba a cobrar la Naturaleza su tributo si no era en propia carne?
De las veces que estuve en India, una fue de paso a Nepal, otra para un documental sobre Raví Shankar y otra para lo mismo con la Madre Teresa. Lo primero que me preguntó al llegar a Calcuta fue si me había medicado contra la malaria. Lo hice en Alemania y repetí la toma en Afganistán. Al día siguiente, en una leprosería en plena selva, me lo volvió a preguntar. En estos sitios ella tocaba a los enfermos sin temor al contagio. No era sólo la lepra lo que le preocupaba, sino la malaria. Al irme a Benarés poco después, me recordó las precauciones y la cosa quedó ahí, en un rincón de la memoria.
Tras ser hospitalizada en California en 1991 y caerse en Roma en 1993, con varias costillas rotas, leí en un periódico de Lisboa que estaba ingresada en el geriátrico Woodlands de Calcuta, en cuidados intensivos, mantenida con respiración asistida, afectada por problemas cardiacos. La noticia añadía que en su sangre se habían encontrado parásitos de malaria del tipo Plasmodium Vivax, secuelas del mal que sufrió en Delhi años atrás.
El temor a la malaria que tenía antes de padecerla me sonó entonces como una premonición en esta persona excepcional, fundadora en 1949 de la Orden de las Hermanas de la Caridad, pero que llevaba años haciendo lo que hizo hasta sus últimos días, con su marcapasos, en los barrios más pobres de Calcuta: ayudar, aliviar, dividirse en tantas madres como podía. Nacida en Skopie dentro de una familia albanesa, su faena empezaba a las cuatro de la mañana hasta el oscurecer. Visité con ella el templo de Kali, donde los moribundos esperaban, las leproserías más ocultas, los cenobios donde se formaban mujeres venidas de todo el mundo para seguir su labor. A veces eran viajes de ocho horas para una distancia de 100 kilómetros, a temperaturas que obligaban a buscar resguardo y tomar te contra la deshidratación a cada trecho. Luego la vi en Madrid cuando vino y mi admiración por ella, al margen de creencias, no decayó nunca. Siempre mantuve ese cariño que nace ante un ser humano tan especial, que empezó su labor recogiendo fetos de los basureros para enterrarlos, que llenó su casa de huérfanos hasta que organizó su comunidad. Por eso me produjo un escalofrío la noticia final de que sufrió malaria, como si el bichito infame fuera ese enemigo que esperaba y que ella sabía que habría de llegar. Una de esas cosas que uno no acaba de comprender nunca. 

© Manuel Garrido Palacios
Foto en una aldea comprobando el sonido recogido.

Emilio Ferrín

LOS PUENTES DE VERONA
Emilio Ferrín
Editorial En Huida
Presentación: 3 diciembre 2014 · 8 tarde
Espacio Cultural Colombre
Callejón Colombre (entre calles Febo 2-4 y Esperanza de Triana 35)
TRIANA

Héctor Garrido

CABALLOS EN EL CIELO
© Héctor Garrido
En las marismas de Doñana, caballos salvajes pastan libres sobre el agua. El cielo se refleja como en un espejo. 

Héctor Garrido (Huelva, 1969), fotógrafo especializado en ciencia, naturaleza, retrato y creación artística, autor de fotografías conocidas internacionalmente por explorar en nuevos espacios y conceptos y, de forma destacada, por el uso de la ciencia como materia prima para construir su diálogo artístico, lleva su fotografía aérea a Alemania con la exposición "VOLAVÉRUNT". La Galería de Arte 100kubik, con sede en Colonia, acogerá su nuevo trabajo: "VOLAVÉRUNT". Según explica el autor, el título de la obra hace referencia a uno de los grabados que Francisco de Goya publicó a finales del siglo XVIII -el número 61-, en el que se representa a Cayetana de Silva, Duquesa de Alba, volando como en una ensoñación. Cayetana de Silva era una mujer excepcionalmente hermosa e inteligente que repartía su tiempo entre la Corte, en Madrid, y Sanlúcar de Barrameda, así como en los terrenos cercanos del Coto de Doñana, del que era propietaria. Allí pasó con Francisco de Goya una intensa temporada de la que fueron fruto varios cuadros y muchos apuntes, los conocidos como “Cuadernos de Sanlúcar”. A partir de uno de estos apuntes, Goya realizó el grabado titulado “VOLAVÉRUNT”, donde ella vuela sobre tres brujas, quizás sobre los territorios donde se fraguó su amistad, frente a la desembocadura del Guadalquivir. Con este trabajo Héctor Garrido ha querido imaginar, a través de sus fotografías aéreas, cómo podría haber sido la visión de la dama de Volavérunt, si hubiera podido volar sobre esas tierras andaluzas. Héctor Garrido es uno de los escasos habitantes del mítico Coto de Doñana, el que quizás siga siendo uno de los últimos rincones salvajes de Europa. Desde esa privilegiada posición realiza su labor de fotógrafo para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, conviviendo íntimamente con la naturaleza. Sus trabajos aéreos en Doñana y sus fotografías realizadas en los seis continentes del Planeta han sido publicadas por las más prestigiosas revistas internacionales.

© Natura hoy.com

Julio Alvar

CANCIONERO POPULAR ARAGONÉS
Julio Alvar
Col. La espiga dorada


PRÓLOGO 
(En memoria de Janine)

Dice Juan Ramón Jiménez en El viaje definitivo: 

Y yo me iré.
Y se quedarán los pájaros cantando. 

La esencia de uno de los poemas más bellos que se hayan escrito, impregna lo que dicen, sin decirlo, las voces que sacan de sus memorias lo que conocemos como canciones populares: «Y yo me iré», pero los nuevos vendrán a recoger este testigo sonoro de una época para que otra generación sepa que, a pesar de todo, cantábamos. Cada canción es un nexo, una seña de identidad, un eslabón que une el pasado con el futuro a través de este presente que responde a otro verso: 'Pero lo nuestro es pasar'. Hasta es posible que alguien, aunque no entone ninguna de las canciones, pase por el pueblo, ponga oído, las recoja, las siembre sabe Dios o las fije en el papel, evitando que algo tan indefenso como un eco ayer ande a saltos por la Historia en manos que no aciertan a darle el sitio que merece. ¡Cuánta riqueza de este tipo se perdió por ignorancia o por ese desinterés que es puerta del olvido! La tradición oral es herencia común que pasa por nosotros camino de los que asoman por la esquina del tiempo, y los Cancioneros son colecciones en verso de los sentimientos expresados sobre los hechos que componían la vida, sin que fuera necesaria la rúbrica del autor. El pueblo suele firmar como «Anónimo», que es el nombre más repetido en las obras que nos han llegado. Mayor honor no cabe para un humilde canto que el de ser no-firmado por ese «Anónimo» que representa al ingenio popular y queda marcado como patrimonio de todos. Y aunque lo nuestro sea pasar, es bueno que usemos nasas menudas y sensibles para retener lo que podamos de toda esa herencia, según el Maestro Correas: «Trabajosa en ganar, medrosa en poseer, llorosa en dejar», en vez de dejarla ir, como los ríos de Manrique: 'A la mar, que es el morir'. Para unos, lo que se canta afecta al ámbito social, a las lindes geográficas, une al clan, define al grupo, es parte del ritual colectivo y responde al verso machadiano dedicado a la guitarra: 

Siempre que te escucha el caminante
sueña escuchar un aire de su tierra. 

Para otros es un material virgen, una fuente que no deja de manar, en la que suelen mojar la pluma para activar su inspiración literaria; hay que decirlo: no siempre con ese «respeto imponente» exigido por José Carlos de Luna, ni con el tacto necesario para asumir que «Así es la rosa». Al hablar de tradición me extiendo a lo que es artesanía, música, juegos, costumbres: formas insertas en el ciclo vital de los pueblos. Al centrarme en los Cancioneros, aparte de los ejemplos puntuales que ofrecen obras maravillosas como el Thesoro... de Covarrubias, Autoridades..., y tantos libros que los traen diluidos en sus páginas, podría citar los dedicados en exclusiva a recoger canciones, como los de Amberes, Upsala, París, Palacio, Baena, Reales, Salamanca..., hermosos manuscritos que descansan en los anaqueles de las grandes bibliotecas, con su pátina de polvo de Historia posado en sus cubiertas, además de los temáticos, regionales y locales, que abarcan un repertorio de versos que son regalo para el paladar expresivo por transmitirnos con garbo sentimientos y emociones básicas como el asombro de estar en mitad del misterio de la vida, dichas en un sitio concreto, pero con valor universal. Es fácil que al registrar un documento oral en un pueblo aseguren los informantes: «Esa canción es de aquí porque la cantaba la tatarabuela de mi abuela». Es suficiente. Un periodo de tiempo así de claro hay que interpretarlo como significante de «siempre», aunque cualquier siempre sólo sea un arañazo en la Historia, y ésta, a su vez, con todos sus siglos a cuestas, no pase de ser la visión cantada por el poeta Lara: 'La breve eternidad de un instante'. En este paisaje general se encuadra este Cancionero, uno de los muchos y excelentes trabajos de Julio Alvar, hecho a la vez que dibujaba las rutas del ALEA, junto a su hermano Manuel, o ensanchaba su saber en pueblos primitivos, o detectaba mil formas de latir por la misma cosa en otros mundos que, por lejanos que parecieran, no dejaban de estar en éste. Por eso él prefiere ser llamado Etnólogo, no Antropólogo, aunque desde el afecto, quien le escribe estas líneas lo llamaría sabio a secas. Sabio de campo más que de gabinete. Sabio de todas las técnicas que lleven a retener pálpitos, modos de entender la vida. Resulta una delicia leer sus trabajos sobre El cine como instrumento de la antropología en su mirar hacia otras culturas, o Los purépechas, o La Cultura Popular y el dibujo etnográfico, etc. Este Cancionero popular aragonés, libro que bien podría llamarse Cancionero de Alvar, contiene cancioncillas que arraigaron en pueblos de Zaragoza (su cuna) Teruel y Huesca (San Juan de Plan, Híjar. Abizanda, Almudévar, Caspe, Berbegal, Torla, Aniño, Cañada de Vench, Tramacastiel, Monreal, Jorcas, Huesa, Blancas, Calanda...) y otras ya más extendidas por la geografía española, a las que suma textos que hablan de santos: Antón, Bartolomé, Blas, Valero, Águeda, Pilar, de milagros y misterios dolorosos, o de temas como el suceso de Agustinica, la descripción del arado, El piojo y la pulga, el romance de La loba parda, que en Terriente es colorada, La Matilde, El reloj, La infanta cautiva de Valdeoliva, cuyo raptor resulta ser el hermano, o el lance de la dama apoyada en el antepecho del balcón que recibe proposiciones del caballero que la mira. De todo esto trae sus versiones locales, aparte pastorelas navideñas, letras carnavaleras, de la matanza, de juegos infantiles de comba o rueda, incluso copia un epitafio en verso de 1840 que ve en el cementerio de Teruel, sin olvidar algún conjuro contra el granizo y seguidillas como la que recoge en Ballobar:

Cuando mi madre cierne,
yo me enfarino
para que diga la gente
que yo he cernido'. 

Las canciones han estado ahí todo ese «siempre» al que aludí , y los Cancioneros las han reunido para que no se perdiera algo valioso que no existía mientras no se cantaba, cosa que ha ocurrido en tiempos buenos y en tiempos malos, o sea, cuando se podía cantar libremente o cuando para sobrevivir a los lobos del poder y de la censura había que ahogar ciertas expresiones genuinas: no más que simples canciones oreadas en la plaza, en la posada o en la intimidad; el pecado estaba en que eran fruto de labios dispuestos a ser espita por la que el alma popular expresaba algo que el poderoso, con toda su carga externa, no tenía. «Y yo me iré». Cuando se apague la luz y no quede nadie de hoy, ni los que cantaban o gastaban su tiempo en recoger los cantos, ni los que prohibían cantar, o los que los imponían, o los que aprovechaban lo secularmente cantado en beneficio propio, bien podrían entonarse en honor del de Alvar y de todos los Cancioneros lo que trae en Antología Rota el zamorano León Felipe, que tanto sabía de pueblos, dedicado a quien persiguió toda canción no apta para oídos de dictadores. Versos tan vigentes ayer como hoy: 

Hermano... tuya es la hacienda... 
la casa, el caballo y la pistola... 
Mía es la voz antigua de la tierra. 
Tú te quedas con todo 
y me dejas desnudo y errante por el mundo... 
mas yo te dejo mudo... ¡mudo!... 
¿Y cómo vas a recoger el trigo 
y a alimentar el fuego 
si yo me llevo la canción? 

© Manuel Garrido Palacios

Raquel Rico

RESPLANDOR
Raquel Rico
Ed. Renacimiento
Sevilla

“Nada tengo que hacer / mientras tú no me llames. / Me esfuerzo cada día / y cumplo diligente / horarios y tareas, / mas ese hacer es nada. / Cuando al fin tenga un nombre / que salga de tus labios / y sepa que me esperas, / cada paso del viaje / será por fin camino / y destino / y certeza, / pues sólo a ti me debo”.
Raquel Rico, Profesora de Historia del Derecho de la Universidad de Sevilla, obtuvo el Premio Nacional María Espinosa con poemas de su obra Conciencia del instante y el Luis Cernuda con Miradas. Luego publicó De par en par, en Pre-textos. y Miscelánea italiana, en Signum Edicioni d’Arte.
Resplandor es un poemario dividido en tres partes: 1, A dos voces, 2, Dos amores me habitan y 3, Lugares. En el propio enunciado de estos capítulos se encuentra la esencia de toda la obra: paisajes con el amor de fondo. En cuanto a la forma, la autora cuenta que en 1999 tuvo acceso a una edición de los Sonetos de Shakespeare en la versión de Carlos Pujol, publicada por La Veleta de Granada. Conocía otras traducciones que la habían acompañado en el viaje de su vida, pero fue esa la que despertó en ella la emoción iluminada, inexplicable, que se produce cuando palabras ajenas enseñan a identificar con precisión los sentimientos:
“Las palabras que escojo, / las que buscan nombrarte, / me tiemblan en la pluma, / no quieren escribirse. / Se retuercen dramáticas, / temen ser desmedidas, / excesivas, inútiles, / mi amor las avergüenza. / Y yo, también cobarde, / trivializo la hoguera / que me reconcilia con el mundo, / renuncio a describir cupidos / que enrojecen mi corazón / con la inocencia de la felicidad, / a la aventura / de nombrar un instante / que es tempestad y puerto, / delirio y armonía”.
Todos los poemas incluidos en el primer tramo: A dos voces, son, además, el resultado del reto de utilizar versos de Shakespeare como temática y punto de partida de sus propios poemas; versos, palabras que se integran en el texto o aparecen como cita que lo justifica. Se advierte, por tanto, ecos de los sonetos 10, 17, 52. 57, 58, 65, 71, 92, 97 y 147.
El poema ‘Oscuro, herido, insomne y memorioso’ tiene su historia aparte. Escribe Felipe Benítez Reyes en su libro Vidas improbables que “al endecasilabita Servando Meana, su ambición por concebir una obra memorable le impedía terminar unos poemas que, en el mejor de los casos, se agotaban en un par de versos”. Raquel Rico propuso a los alumnos de un Taller de Poesía que intentaran continuar algunos, y ella escogió éste:
“Oscuro, insomne, herido y memorioso... / vaga el amor que tuve y ya no tengo. / Oscuro porque es negro el laberinto / en el que busca hallar la luz de entonces. / Insomne porque el sueño ya no logra / que mis ojos descansen en los suyos / y herido el corazón late despacio / aguardando que el día por fin llegue. / Memorioso, el recuerdo no abandona / a quien tuvo la dicha de tenerle, / a quien vivió con él en la esperanza”.
Una cita de Natalia Ginzburg: “La única verdadera riqueza del hombre es una vocación”, late a lo largo del libro en el sentido de amar y de expresarlo con la más bella herramienta humana: la palabra. Raquel Rico escribe:
“Porque es tuya mi vida / y tuyo este presente / sin ti, sin mí, sin nada, / te espero cada día. / La ciudad es la misma. / Tiene calles sagradas / que demoran mis pasos, / renacen los jazmines / y la luna suaviza / la noche y la distancia. / Cada rostro es el tuyo. / Hay quien dice palabras / que un día me dijiste, / misteriosas sonrisas / que me enseñan tus dientes / y otros ojos me miran / como tú me mirabas. / Porque sé, porque creo, / porque viví contigo / la certeza más alta, / esperar es lo mío / y en ti mi confianza”.
En suma, “nombradas las palabras”, convencida de que “como un cofre es el tiempo / en que tú estas ausente”, Raquel Rico ofrece en su libro esa porción de misterio poético que hace visible el amor dentro de cada alma, ese no sé qué tan único que contiene la poesía y que ella comparte quizás para “que esta tinta tan negra / pueda hacer que mi amor resplandezca por siempre”.

© Manuel Garrido Palacios

Luis Delgado

AS-SIRR
Luis Delgado


El disco As-Sirr, de Luís Delgado, se abre como si lo hiciera en la tela El cielo protector, de Bernardo Bertolucci, o en la letra impresa The Sheltering Sky, de Paul Bowles. La magia de su música sabe a pregón, rezo, mantra, latido, pulso, canto antiguo que da la vuelta al tiempo y renace. Suena hoy en el estudio mientras escribo y deja desfilar por la mente llanuras infinitas, coincidencias de memoria, lejanías que quedaron flotando en los siglos para venir a fijarse en esta obra con vocación de ser compartidas. Es música, es aire, es imagen de palmera proyectada en las murallas de una ciudad árabe. Luis Delgado reúne a Mohamed Serguini el Arabí, María Luisa García Sánchez, Yammal Eddine ben Allal, Jaime Muñoz, César Carazo, Cuco Pérez, Javier Bergia más los que trabajan en la sombra, y talla esta pura sensación sonora dividida en diez temas: El jazminero, sobre un texto de Abu Utman ibn Luyun, del siglo XIII, que dice:

Tiene esta dulce gacela
dos jardines en su cara
y en su talle floreciente
brillan redondas granadas.

Albo Diya, sobre un texto del siglo XI, de Abul Abbas al-Ama al-Tutili, cuyos versos cantan:
Lo que ese talle de palma
carga sobre mí, me abruma.
Que yo vele y ella duerma
me conduce a la locura.

Asa Sanarey, siglo XI, de Abu Bakr Muhammad ibn Arfa Ra-so: ‘¿Qué le hice a esos ojos rasgados / y a ese pelo, di, / que quieren mi sangre y se empeñan / en verme morir?’. ¡Ya, corazón!, sobre un poema de Isa ibn al-Labbana al-Dani, siglo XI:
Su amante una moza fuese a despedir
y, al alba, llorando por verlo partir
del mar, a la orilla se puso a plañir.

El Tesoro de Fustat, canción en memoria de Ahmed Abdul Malik (1927-1993). Bilaya, con música y texto de la tradición andalusí:
Por Dios, brisa de los enamorados
te ruego que soples hacia allí
donde residen las más hermosas.

As-Sirr, que da nombre al disco. Gaybatuk, también tradicional:
Tu distancia me entristeció
y vi cómo mis ilusiones se alejaban.

Duna luminosa, sobre un texto de Muhammad ibn Ubada al Qazzaz al-Malaquí, poeta del siglo XI:
Vino son sus ojos,
su mejilla huerto,
rojo oro su boca
arrayán su cuerpo,
magia sus palabras,
su unión, el contento.

Y la última, El increíble viaje de Muqadaam Mwafá. Parece ser que la forma ‘muwaxaha’ surge en el siglo IX merced a un poeta llamado El ciego de Cabra. Tantos años después, tras hallazgos casuales, rebuscas e investigaciones de eminentes arabistas, van recuperándose muestras para leerlas o ser musicadas, como ha hecho Luis Delgado en este excelente As-Sirr, que se puede escuchar durante horas mientras se trazan palabras, o se inventan cuentos, o se pregunta a los sabios o se sueña despierto. Tanta recuperación no queda sólo en una paleta de colores sonoros, sino que retrotrae al ámbito de un viaje maravilloso por un campo sembrado de sensaciones tan viejas, que parece que siempre estuvieron ahí, esperándonos, como voces herrumbrosas que resbalaban hacia el olvido y que, gracias al laboreo de artistas como Luis Delgado y su gente, vuelven con nosotros como parte de un común patrimonio inmaterial.


© Manuel Garrido Palacios

George Martin

George Martin with William Pearson
SUMMER OF LOVE
(THE MAKING OF SGT. PEPPER)
First published 1994 by Macmillan London

JOAQUÍN SOROLLA

JOAQUÍN SOROLLA
Fragmentos de las cartas que Joaquín Sorolla (1863-1923) escribe desde Ayamonte cuando pinta La pesca del atún (1919) para la Hispanic Society of America, Nueva York. Ref. La vida y la obra de Joaquín Sorolla, de Bernardino de Pantorba. Ed. Extensa, Madrid 1970.
"... este viaje es un calvario. Estoy cansadísimo. Confieso que ya no tengo edad para aguantar estas cosas. En Ayamonte podré pintar el límite de España, con algún elemento portugués... He estado buscando local. Un vía crucis que me ha dejado fatigado. Ayamonte es igual a Tetuán; tiene el mismo color; sólo faltan los moros. No sé si lo que voy a hacer quedará bien o mal, porque no tengo gran entusiasmo por nada; sólo tengo cansancio, vejez y tristeza; Pídele a Dios por mí. [...] Ayamonte, con Portugal al fondo y las pesquerías del Océano, creo que explicarán sobradamente el haberlo pintado... Me he quedado a vivir en el Hotel Márquez, posada con honores de casa de huéspedes [...] Estoy satisfecho, porque el cuadro puede ser hermoso y de gran vigor. Además, no me mareo casi nada; tenía por esto gran preocupación. [...] Esta obra es difícil, pero, más que nada, yo no tengo la fortaleza de movimientos que antes tenía. Es la vejez, y no debo enfadarme. [...] Hoy quedó definitivamente [el] cuadro compuesto; tiene fuerza emocionante. [...] Ayer trabajé mucho, y así se le dio un avance al cuadro..., pero necesita muchos todavía. La obra va bien. No hay sino tener paciencia, y que Dios cuide de mi salud, porque mi espíritu flojea mucho y el descorazonamiento me produce temor [...] Cuando me doy un atracón fuerte y pinto con intensidad, el cansancio me produce una alegría celestial y una satisfacción inmensa: la del hombre que cumple con su deber, y los sacrificios que hago los tengo ultracompensados. [...] Se nota ya lo que va a ser el cuadro; da gusto y estoy contento. Es difícil; es enojoso [...] pero el coscorrón lo vale; además, yo no puedo pintar de otro modo, aunque me devane los sesos... No llegas nunca a la copia de la verdad... pero la tienes delante... y sin querer, algo coges. [...] Ayer no solté la paleta en tres horas seguidas, y estaba muy excitado y cansadísimo, por la lucha, el calor y el ruido, porque el cuadro lo pinto dentro de la fábrica de Feu, que tiene una puerta sobre el río, y puedo pintar todo directamente del natural: barcos, río, personas y atunes... Como me habían dejado para pintar cuatro atunes muy grandes, y el calor se siente, tenía prisa por terminarlos antes que se estropeasen. [...] Espero que todas las figuras quedarán mañana tapadas de color. El cuadro es hermoso de composición, y quizás el más valiente de la serie. [...] Todo va marchando bien; el cuadro, adelantado, y más lo estaría, si no fuese por el deseo de hacer un arte que es siempre difícil [...] en fin, ya que es el último, no hay para qué lamentarse ahora; seguiremos y, Dios mediante, saldremos victoriosos. Ayer estuve nervioso, porque cuando vino el modelo, algo tarde, el sol daba ya en el agua, y me cegaba, y no podía saber cómo tenía el modelo la cara; como la cabeza es grande, no podía dejar una simple mancha violeta; quise enterarme y vino el disgusto; perdí el verdadero tono y empecé a tantear y cansarme, para que, al final, comprendiese que había perdido una tarde. Pero ¡he aprovechando tantas en esta obra! ¡Me he dado tantas alegrías... de resistencia! [...] Hoy, día de San Pedro, he dado la última pincelada del cuadro..."
© Joaquín Sorolla
Joaquín Sorolla
Paseo del faro. Biarritz (1906)
Exposición:
Sorolla y Estados Unidos
Salas Recoletos · Fundación Mapfre

Museum of Fine Arts. Boston. Colección Peter Chardon Brooks Memorial. Donación de la Sra. de Richard M. Saltonstall. Photograph © 2014 Museum of Fine Arts. Boston. La exposición ha sido organizada por el Meadows Museum, SMU, The San Diego Museum of Art y FUNDACIÓN MAPFRE. La contribución de The Hispanic Society of América ha sido crucial para el éxito de la muestra. El proyecto ha podido llevarse a cabo gracias a la generosa donación de The Meadows Foundation. 

Ricardo Baroja

Ricardo Baroja
Minas de Río Tinto, 1871-Bera de Bidasoa, 1953
La meta de Porthu, 1928

Toulouse-Lautrec

Sketch for a Portrait of a Lady
Henri De Toulouse-Lautrec
(1864-1901)
The Courtauld Gallery. London

Pateros

ROCÍO 
(Crónica intemporal)
Manuel Garrido Palacios

Sabe más que la experiencia
y es su cabeza un granero
de sentencias atinadas
en caza de pato y ciervos.
Es yegüerizo de oficio, 
pero aun es mejor patero.
(El cabestreo. A. C. Bocanegra)


A Luis García siempre le debo una cerveza, o tres, sabe Dios. Nunca le saldo la deuda porque su riqueza humana es tan grande que con lo único que se le puede corresponder es con el aprecio. Igual lo encuentro haciendo esculturas en su casa (aves en vuelo o al borde del nido), que anillando zampullines en la marisma, que censando aves desde la avioneta, que a pie del Toruño, bajo el gran acebuche, intercambiando datos con Héctor y otros ornitólogos. Hoy me va a contar cómo era la vida de los pateros: ‘O lo que es lo mismo: los que matábamos patos antes de ser conservacionistas’. Luis es el quinto de una familia de diez hijos. Sus her¬manos mayores aún matan patos, como su padre; sus menores ya no matan, como él. Antes de proteger al pato iba para patero, pero le cogió amor a la marisma y se distanció de sus mayores: ‘...ellos ya disparaban con escopetas chicas a los seis años, muy abiertas las piernas, con la culata apretada como si fuera parte del cuerpo. En casa había ocho, diez escopetas; se cargaban por la boca con pólvora negra, estropajo y una soga de pita; todo se apañaba a base de mortero y maja. La munición eran hierros, tachuelas, puntas, aunque podía reventar el cañón: más de un patero hay manco. Se le echaba perdigón del calibre tres para el ganso, del seis para el pato real, del ocho para la cerceta’. Era el tipo de escopeta que se usaba en los años 40. ‘...estaba hecha por un maestro de la fábrica de tornillos’. Recuerda cuando fue de niño a la finca de ‘un ricacho con mucha tierra por medio’, que dejaba cazar a cambio de una parte de las piezas, y el padre le dijo: ‘Espera que voy a arreglar un asunto’. Al verse amo de la escopeta la cargó un cuarto, se la arrimó al hombro, apuntó a un bando de gorriones y la explosión lo dejó sordo; pero insistió: ‘Voy a cargarla media’. El golpe fue mayor. A la tercera la cargó entera y lo toparon los guardas sin conocimiento. No mató un pájaro y se le fueron las ganas de matarlos hasta hoy, que los cuida en este resto de Paraíso que es Doñana. El patero es el antecesor del ornitólogo, el valor primario de esta ciencia, el primer hombre que vive de los pájaros. Luis viene de bisabuelo, abuelo y padre pateros, que han vivido de los patos, de matar patos, de cambiar patos, de comer patos: ‘Digamos de algo hecho libremente en un mundo donde no había otro trabajo’. La del patero es una historia compleja y con pocos datos. Digamos que el oficio nace y muere con la marisma, extensión inabarcable donde las propiedades se perdían unas con otras. ‘Podía haber veinte fincas, pero nadie tenía claro donde empezaba una y terminaba otra’. El patero cuaja como una especie más dentro de este mundo salvaje; es el depredador más listo en la cadena, adaptado al medio, con su modo de autoabastecerse. ‘Mataba pájaros y te doy carne a cambio de garbanzos o lentejas. Así se sobrevivía. A veces mataba indiscriminadamente, pero hablamos de unos tiempos y de unas marismas con doscientas mil hectáreas. Las especies amenazadas de extinción no le eran rentables: la Naturaleza suele mediar en estas cosas y saca miles de patos frente a tres águilas. Al patero no le interesaba matar un águila real o imperial. Le iba la cantidad. Un tiro valía dinero y no lo podía gastar en un águila, sino en un buen número de pájaros’.

Si al ir de caza la bandada no le parecía suficiente, ‘porque era un trabajo de artesanía’, esperaba horas hasta que hubiera más. Para diez patos, no tiraba, aunque, como en todo, mandaba el hambre. Muchos días se conformaba con lo que fuera: ‘era terrible que no entrara comida en casa’. No había control sobre los pateros, ni ley que limitara sus pasos, aparte de moverse por un terreno difícil. Entre ellos sí existían rivalidades ‘porque solían vivir en el mismo pueblo. En una calle de Los Palacios había diez pateros, y se sabía quién, cómo y cuánto cazaba; no era agradable llevar días sin tirar mientras el vecino traía treinta ánsares. Uno se sentía campeón; otro, desgraciado. Eso, casa con casa’. En un plano más amplio, los pateros se distribuían por zonas. En esta parte de la marisma cazaban unos, en aquella, otros. Más que solaparse, se respetaban, ‘y los puestos tenían sus dueños de caza tradicionales: este es mi terreno, de mi familia, de los míos’. Le sugiero: ‘cuando un niño dice: este es mi perro, esta es mi casa, aprende la primera lección de usurpación de la tierra’. Remata: ‘Pues lo mismo; es así de siempre y para siempre’. Mujeres pateras no han existido. ‘La mujer tiene una importancia vital en la patería, pero en la casa, esperando al hombre para vender o cambiar el monto, administrándolo para evitar días de hambre. La pieza ganada se puede equiparar hoy al sobre con la paga que el hombre trae cada final de mes. Bicho cazable era todo el que se podía convertir en moneda de cambio; por ejemplo: un macho y una hembra de patos reales, una pieza de dos; un par de cercetas con dos patos pequeños, cuatro. Una familia de pateros vivía de la caza. No había dinero, y la gente, aunque quisiera comprar, no podía. Y si los patos no se vendían por caros o por no malvenderlos, era un desastre, un malgasto de esfuerzo’. 
El patero cazaba lo que su tiro abarcara: patos, cigüeñas, grullas, avutardas. ‘Las cigüeñas eran una pieza más porque se entendía la caza como un modo de hacer dinero con cualquier especie. Las mujeres les cortaban pico y patas, las despellejaban y las vendían como avutardas; la carne de cigüeña es rica, la de flamenco mala; la peor es la de morito: único ibis europeo; es agria, como si hubiera estado en vinagre’. Las cigüeñas se concentran para emigrar en grupos de miles, con sus dormideros al atardecer, ‘y se vendían a gente que con un macho de cuadro kilos hecho con arroz hartaban a toda la familia, lo que con un pavo no podían ni pensarlo porque valía diez veces más’. Había quien respetaba a la cigüeña por ser sagrada: trae los niños, y a la golondrina, por quitar las espinas a la corona de Cristo, y, aunque en general no había sentido de la conservación, los pateros paraban de matar algún tiempo especies concretas. ‘Hoy se matan cien veces más patos que antes, pero como deporte, por gente que llega en grandes coches, con escopetas de miras telescópicas. Es otra historia. Veo lo de matar por necesidad, como el patero, pero matar por deporte no lo entiendo. Hoy día no se comen pájaros como no sean perdices, pero se mata más y más dramáticamente que entonces. Aquello era una supervivencia en un mundo hostil. Lo que es difícil de entender es que a las puertas del siglo XXI haya quien mate todo tipo de bichos’. Los pateros tenían una sensibilidad para la veda según ellos la entendían, que era cuando los pájaros estaban criando. La veda era una medida económica; ‘si mataban todo hoy, mañana no había’. Coincidía que durante la veda pillaban algún trabajo agrícola, por lo que no podían atender la caza. En primavera se generaban los cultivos, y eran días de trabajo, cobro y mesa. Pasado ese tiempo había que volver a la caza. Nadie sabía que iba a ocurrir mañana. Antes de ser Parque Nacional, las miles de hectáreas de marisma, corrales y dunas eran un simple cazadero: ‘la caza no se hubiera agotado nunca de llevar el ritmo que llevaba. Hoy los plomos del doce han sido sustituidos por pesticidas que pueden matar cientos de aves en un día’. Tenían su bulla con los que mataban las patas al salir del nido: ‘eran gentes menos cazadoras; es cuando empiezan a intervenir las escopetas de cartucho; mataban lo mismo patas que liebres con lebratos a medio criar. Eso lo repudiaban los pateros’. Es la frontera entre el viejo patero y el cazador moderno. ‘Ahora es más viña sin vallado que entonces’. La técnica del patero no pasó del uso del perro y el caballo. El perro quedaba en el hato y hasta escuchar el sonido del disparo no se movía. El patero iba hasta donde había patos, cargaba la escopeta y ya era cosa de ir tapado detrás del caballo, que llevaba una jáquina, una cuerda que iba del hocico a la mano del patero. Los caballos se preparaban desde que eran potros dando tiros a su lado para que perdieran el miedo, el oído o el espanto; eran tiros con pólvora sola, para no gastar y porque hace más ruido. Así que el patero tras el caballo rodeaba el grupo de patos hasta tenerlos a una mínima distancia de huída, buscaba el sitio donde el tiro fuera una línea en la que podía caer un buen número, ponía la escopeta por encima del caballo con sigilo, pisaba el cabestrillo para que el caballo agachara el morro, como si pastara, y tiraba: ‘un solo tiro era la faena del día o de la semana. Yo le he conocido a mi padre matar de un tiro 120 patos’. Al sentirlo, el perro corría a recoger los patos alicortados, aún vivos; y así traía uno iba por otro, sin matarlos. Cada patero tenía cuatro o cinco perros enseñados. Un depredador sabe que tiene que comer en cualquier época. ‘Se come el nido, los huevos, la madre y el padre. Pero el hombre se fija en que conviene dejar de matar por un tiempo, cierto que para que nazcan más piezas que matar’. El hombre no tenía en el campo bicho que le compitieran en la caza. Sólo las rapaces que sobrevolaban las bandadas hacían que los patos se asustaran y echaran por tierra horas de acecho: ‘cuando el patero creía que le faltaba un minuto para disparar, la pasada de un aguilucho lagunero mandaba todo al cuerno. También podía ser que los patos estuvieran difíciles y el vuelo de una rapaz los agrupara mejor para el tiro’. El patero usaba también muchas trampas que hoy sirven a la ciencia para coger pájaros vivos y estudiarlos, como las costillas de madera y un arco de alambre tenso: ‘un patero podía poner quinientas costillas al día, y eso significaba muchos pájaros muertos. Lo de vivo o muerto depende de si el mecanismo es largo o corto y de la red que lleva el arco. Otro sistema era ir de noche al dormidero de estorninos con la linterna; en una jornada que se diera bien se cogía medio saco de pajaritos’. Además de ser plato seguro, se vendían. ‘Lo difícil era encontrar rábanos o chocolate’. Aunque el patero no salía de la marisma, ‘algunos se planteaban la caza de varios días; iban por vereda hasta Cádiz o a la Janda, no más de 150 kilómetros’. Los patos cazados se ensartaban por los agujeros de la nariz con las mismas plumas y se colgaban del caballo; al llegar al hato, los ponían en el serón o en sacos. ‘Había un patero dedicado a ser el correo, que traía los patos desde los hatos a los pueblos cuando la caza duraba días. Más tarde alguien puso una especie de cámara que los conservaba al fresco en nieve hasta su venta. Esto era una despensa y si a un parado le hacía falta dinero, cazaba y vendía. Así ha sido siempre: según el hambre, así la caza’. Gente de Doñana, El Rocío, Puebla, Los Palacios, Coria, Lebrija, Trebujena y Villafranco nutrían la colonia de pateros. Eran clanes de una profesión que pasaba de padres a hijos. A la familia de Luis la conocían como los Pateros desde el bisabuelo; gente que no podía vivir si su casa no estaba en la linde de la marisma para entrar y salir. Se recuerdan los hermanos Telégrafos, los Marianos, los Prudencia. Era raro ser patero si no se pertenecía a un clan, aunque hay casos de solitarios. En buen tiempo de caza era rentable hacer cuadrillas: ‘era terrible ver a diez pateros en batería’. Las últimas marismas donde tienen presencia los pateros son las de Hato Blanco; allí han de negociar con los dueños de las tierras: de cada tres piezas, una para el dueño y dos para él. Esa es la última fase del patero. ‘Alguna vez se le comparó con el furtivo, que es otra cosa. No era un furtivo porque no existía prohibición. Esto era una gran tierra virgen y, como su presencia no influía, los propietarios lo toleraban. Era raro que un dueño de finca no dejara entrar a un patero. No competían en la caza; eran utilizados como conocedores por aquellos que cazaban por diversión: hacían cazar a los señoritos; era una manera de cobrar y pagar el favor. Un día de caza así podía generarle al patero quince días de caza propia’. Las condiciones de vida empiezan a cambiar a final de los 50 y poco a poco llega la protección. Hoy no tiene sentido ser patero; hay otro nivel de vida y vigilancia; ha menguado el territorio para cazar, la propia caza, y la agricultura ha hecho su conquista. Cuando la marisma se transforma en arrozales en 1945 y se reduce el espacio para el animal, hay pateros que se hacen pescadores en los canales; se adaptan, ponen sus trampas en el agua y en vez de aves cogen anguilas, cangrejos, ‘lo que hay en la última forma de vida libre que queda. Trabajan tres o veinte horas. Las barcas pateras las usaban en Sanlúcar para recoger huevos: otro modo de ganarse la vida por aquí. Un patero era un tío que tenía tanta hambre como imaginación, aunque no todos servían. Pero listo o torpe, le había tocado ser patero en la vida, y patero era. Los Parques Nacionales nacen al tomar conciencia de algo que nos estábamos cargando. En 1964, creo, nace el Parque Nacional de Doñana. Aquí se pasa de unas doscientas mil hectáreas a unas cuarenta mil de parque marismeño, lo que quiere decir que mucha caza queda fuera de la reserva’. Hablamos de una Doñana de hace medio siglo, inimaginable en su extensión, acotada hoy, aún inimaginable. ‘Era un mundo indómito que si el patero hubiera tenido otro trabajo no habría pisado jamás, sólo por no soportar los mosquitos. Mi padre respetó que yo no fuera patero. Jamás tiré con escopeta gorda. Veía los pájaros de otra manera y de muchacho me hice taxidermista. No podía soportar que algo tan hermoso como un pájaro se tirara hecho restos, que no existiera mañana, y quería conservarlo como fuera. A pesar de estar muerto, el pájaro era bello. No sería capaz de comulgar con alguien que se dedicara a la caza. Pero en ese tiempo, si no hubiera tenido otra alternativa, hubiera sido patero, aparte de que valiera o no. La historia te separa o te admite’. Como la propia vida.

© Manuel Garrido Palacios

© Fotos: A. Camoyán, Héctor Garrido, Abelardo Bellido