JOAQUÍN SOROLLA

JOAQUÍN SOROLLA
Fragmentos de las cartas que Joaquín Sorolla (1863-1923) escribe desde Ayamonte cuando pinta La pesca del atún (1919) para la Hispanic Society of America, Nueva York. Ref. La vida y la obra de Joaquín Sorolla, de Bernardino de Pantorba. Ed. Extensa, Madrid 1970.
"... este viaje es un calvario. Estoy cansadísimo. Confieso que ya no tengo edad para aguantar estas cosas. En Ayamonte podré pintar el límite de España, con algún elemento portugués... He estado buscando local. Un vía crucis que me ha dejado fatigado. Ayamonte es igual a Tetuán; tiene el mismo color; sólo faltan los moros. No sé si lo que voy a hacer quedará bien o mal, porque no tengo gran entusiasmo por nada; sólo tengo cansancio, vejez y tristeza; Pídele a Dios por mí. [...] Ayamonte, con Portugal al fondo y las pesquerías del Océano, creo que explicarán sobradamente el haberlo pintado... Me he quedado a vivir en el Hotel Márquez, posada con honores de casa de huéspedes [...] Estoy satisfecho, porque el cuadro puede ser hermoso y de gran vigor. Además, no me mareo casi nada; tenía por esto gran preocupación. [...] Esta obra es difícil, pero, más que nada, yo no tengo la fortaleza de movimientos que antes tenía. Es la vejez, y no debo enfadarme. [...] Hoy quedó definitivamente [el] cuadro compuesto; tiene fuerza emocionante. [...] Ayer trabajé mucho, y así se le dio un avance al cuadro..., pero necesita muchos todavía. La obra va bien. No hay sino tener paciencia, y que Dios cuide de mi salud, porque mi espíritu flojea mucho y el descorazonamiento me produce temor [...] Cuando me doy un atracón fuerte y pinto con intensidad, el cansancio me produce una alegría celestial y una satisfacción inmensa: la del hombre que cumple con su deber, y los sacrificios que hago los tengo ultracompensados. [...] Se nota ya lo que va a ser el cuadro; da gusto y estoy contento. Es difícil; es enojoso [...] pero el coscorrón lo vale; además, yo no puedo pintar de otro modo, aunque me devane los sesos... No llegas nunca a la copia de la verdad... pero la tienes delante... y sin querer, algo coges. [...] Ayer no solté la paleta en tres horas seguidas, y estaba muy excitado y cansadísimo, por la lucha, el calor y el ruido, porque el cuadro lo pinto dentro de la fábrica de Feu, que tiene una puerta sobre el río, y puedo pintar todo directamente del natural: barcos, río, personas y atunes... Como me habían dejado para pintar cuatro atunes muy grandes, y el calor se siente, tenía prisa por terminarlos antes que se estropeasen. [...] Espero que todas las figuras quedarán mañana tapadas de color. El cuadro es hermoso de composición, y quizás el más valiente de la serie. [...] Todo va marchando bien; el cuadro, adelantado, y más lo estaría, si no fuese por el deseo de hacer un arte que es siempre difícil [...] en fin, ya que es el último, no hay para qué lamentarse ahora; seguiremos y, Dios mediante, saldremos victoriosos. Ayer estuve nervioso, porque cuando vino el modelo, algo tarde, el sol daba ya en el agua, y me cegaba, y no podía saber cómo tenía el modelo la cara; como la cabeza es grande, no podía dejar una simple mancha violeta; quise enterarme y vino el disgusto; perdí el verdadero tono y empecé a tantear y cansarme, para que, al final, comprendiese que había perdido una tarde. Pero ¡he aprovechando tantas en esta obra! ¡Me he dado tantas alegrías... de resistencia! [...] Hoy, día de San Pedro, he dado la última pincelada del cuadro..."
© Joaquín Sorolla
Joaquín Sorolla
Paseo del faro. Biarritz (1906)
Exposición:
Sorolla y Estados Unidos
Salas Recoletos · Fundación Mapfre

Museum of Fine Arts. Boston. Colección Peter Chardon Brooks Memorial. Donación de la Sra. de Richard M. Saltonstall. Photograph © 2014 Museum of Fine Arts. Boston. La exposición ha sido organizada por el Meadows Museum, SMU, The San Diego Museum of Art y FUNDACIÓN MAPFRE. La contribución de The Hispanic Society of América ha sido crucial para el éxito de la muestra. El proyecto ha podido llevarse a cabo gracias a la generosa donación de The Meadows Foundation. 

Ricardo Baroja

Ricardo Baroja
Minas de Río Tinto, 1871-Bera de Bidasoa, 1953
La meta de Porthu, 1928

Toulouse-Lautrec

Sketch for a Portrait of a Lady
Henri De Toulouse-Lautrec
(1864-1901)
The Courtauld Gallery. London

Pateros

ROCÍO 
(Crónica intemporal)
Manuel Garrido Palacios

Sabe más que la experiencia
y es su cabeza un granero
de sentencias atinadas
en caza de pato y ciervos.
Es yegüerizo de oficio, 
pero aun es mejor patero.
(El cabestreo. A. C. Bocanegra)


A Luis García siempre le debo una cerveza, o tres, sabe Dios. Nunca le saldo la deuda porque su riqueza humana es tan grande que con lo único que se le puede corresponder es con el aprecio. Igual lo encuentro haciendo esculturas en su casa (aves en vuelo o al borde del nido), que anillando zampullines en la marisma, que censando aves desde la avioneta, que a pie del Toruño, bajo el gran acebuche, intercambiando datos con Héctor y otros ornitólogos. Hoy me va a contar cómo era la vida de los pateros: ‘O lo que es lo mismo: los que matábamos patos antes de ser conservacionistas’. Luis es el quinto de una familia de diez hijos. Sus her¬manos mayores aún matan patos, como su padre; sus menores ya no matan, como él. Antes de proteger al pato iba para patero, pero le cogió amor a la marisma y se distanció de sus mayores: ‘...ellos ya disparaban con escopetas chicas a los seis años, muy abiertas las piernas, con la culata apretada como si fuera parte del cuerpo. En casa había ocho, diez escopetas; se cargaban por la boca con pólvora negra, estropajo y una soga de pita; todo se apañaba a base de mortero y maja. La munición eran hierros, tachuelas, puntas, aunque podía reventar el cañón: más de un patero hay manco. Se le echaba perdigón del calibre tres para el ganso, del seis para el pato real, del ocho para la cerceta’. Era el tipo de escopeta que se usaba en los años 40. ‘...estaba hecha por un maestro de la fábrica de tornillos’. Recuerda cuando fue de niño a la finca de ‘un ricacho con mucha tierra por medio’, que dejaba cazar a cambio de una parte de las piezas, y el padre le dijo: ‘Espera que voy a arreglar un asunto’. Al verse amo de la escopeta la cargó un cuarto, se la arrimó al hombro, apuntó a un bando de gorriones y la explosión lo dejó sordo; pero insistió: ‘Voy a cargarla media’. El golpe fue mayor. A la tercera la cargó entera y lo toparon los guardas sin conocimiento. No mató un pájaro y se le fueron las ganas de matarlos hasta hoy, que los cuida en este resto de Paraíso que es Doñana. El patero es el antecesor del ornitólogo, el valor primario de esta ciencia, el primer hombre que vive de los pájaros. Luis viene de bisabuelo, abuelo y padre pateros, que han vivido de los patos, de matar patos, de cambiar patos, de comer patos: ‘Digamos de algo hecho libremente en un mundo donde no había otro trabajo’. La del patero es una historia compleja y con pocos datos. Digamos que el oficio nace y muere con la marisma, extensión inabarcable donde las propiedades se perdían unas con otras. ‘Podía haber veinte fincas, pero nadie tenía claro donde empezaba una y terminaba otra’. El patero cuaja como una especie más dentro de este mundo salvaje; es el depredador más listo en la cadena, adaptado al medio, con su modo de autoabastecerse. ‘Mataba pájaros y te doy carne a cambio de garbanzos o lentejas. Así se sobrevivía. A veces mataba indiscriminadamente, pero hablamos de unos tiempos y de unas marismas con doscientas mil hectáreas. Las especies amenazadas de extinción no le eran rentables: la Naturaleza suele mediar en estas cosas y saca miles de patos frente a tres águilas. Al patero no le interesaba matar un águila real o imperial. Le iba la cantidad. Un tiro valía dinero y no lo podía gastar en un águila, sino en un buen número de pájaros’.

Si al ir de caza la bandada no le parecía suficiente, ‘porque era un trabajo de artesanía’, esperaba horas hasta que hubiera más. Para diez patos, no tiraba, aunque, como en todo, mandaba el hambre. Muchos días se conformaba con lo que fuera: ‘era terrible que no entrara comida en casa’. No había control sobre los pateros, ni ley que limitara sus pasos, aparte de moverse por un terreno difícil. Entre ellos sí existían rivalidades ‘porque solían vivir en el mismo pueblo. En una calle de Los Palacios había diez pateros, y se sabía quién, cómo y cuánto cazaba; no era agradable llevar días sin tirar mientras el vecino traía treinta ánsares. Uno se sentía campeón; otro, desgraciado. Eso, casa con casa’. En un plano más amplio, los pateros se distribuían por zonas. En esta parte de la marisma cazaban unos, en aquella, otros. Más que solaparse, se respetaban, ‘y los puestos tenían sus dueños de caza tradicionales: este es mi terreno, de mi familia, de los míos’. Le sugiero: ‘cuando un niño dice: este es mi perro, esta es mi casa, aprende la primera lección de usurpación de la tierra’. Remata: ‘Pues lo mismo; es así de siempre y para siempre’. Mujeres pateras no han existido. ‘La mujer tiene una importancia vital en la patería, pero en la casa, esperando al hombre para vender o cambiar el monto, administrándolo para evitar días de hambre. La pieza ganada se puede equiparar hoy al sobre con la paga que el hombre trae cada final de mes. Bicho cazable era todo el que se podía convertir en moneda de cambio; por ejemplo: un macho y una hembra de patos reales, una pieza de dos; un par de cercetas con dos patos pequeños, cuatro. Una familia de pateros vivía de la caza. No había dinero, y la gente, aunque quisiera comprar, no podía. Y si los patos no se vendían por caros o por no malvenderlos, era un desastre, un malgasto de esfuerzo’. 
El patero cazaba lo que su tiro abarcara: patos, cigüeñas, grullas, avutardas. ‘Las cigüeñas eran una pieza más porque se entendía la caza como un modo de hacer dinero con cualquier especie. Las mujeres les cortaban pico y patas, las despellejaban y las vendían como avutardas; la carne de cigüeña es rica, la de flamenco mala; la peor es la de morito: único ibis europeo; es agria, como si hubiera estado en vinagre’. Las cigüeñas se concentran para emigrar en grupos de miles, con sus dormideros al atardecer, ‘y se vendían a gente que con un macho de cuadro kilos hecho con arroz hartaban a toda la familia, lo que con un pavo no podían ni pensarlo porque valía diez veces más’. Había quien respetaba a la cigüeña por ser sagrada: trae los niños, y a la golondrina, por quitar las espinas a la corona de Cristo, y, aunque en general no había sentido de la conservación, los pateros paraban de matar algún tiempo especies concretas. ‘Hoy se matan cien veces más patos que antes, pero como deporte, por gente que llega en grandes coches, con escopetas de miras telescópicas. Es otra historia. Veo lo de matar por necesidad, como el patero, pero matar por deporte no lo entiendo. Hoy día no se comen pájaros como no sean perdices, pero se mata más y más dramáticamente que entonces. Aquello era una supervivencia en un mundo hostil. Lo que es difícil de entender es que a las puertas del siglo XXI haya quien mate todo tipo de bichos’. Los pateros tenían una sensibilidad para la veda según ellos la entendían, que era cuando los pájaros estaban criando. La veda era una medida económica; ‘si mataban todo hoy, mañana no había’. Coincidía que durante la veda pillaban algún trabajo agrícola, por lo que no podían atender la caza. En primavera se generaban los cultivos, y eran días de trabajo, cobro y mesa. Pasado ese tiempo había que volver a la caza. Nadie sabía que iba a ocurrir mañana. Antes de ser Parque Nacional, las miles de hectáreas de marisma, corrales y dunas eran un simple cazadero: ‘la caza no se hubiera agotado nunca de llevar el ritmo que llevaba. Hoy los plomos del doce han sido sustituidos por pesticidas que pueden matar cientos de aves en un día’. Tenían su bulla con los que mataban las patas al salir del nido: ‘eran gentes menos cazadoras; es cuando empiezan a intervenir las escopetas de cartucho; mataban lo mismo patas que liebres con lebratos a medio criar. Eso lo repudiaban los pateros’. Es la frontera entre el viejo patero y el cazador moderno. ‘Ahora es más viña sin vallado que entonces’. La técnica del patero no pasó del uso del perro y el caballo. El perro quedaba en el hato y hasta escuchar el sonido del disparo no se movía. El patero iba hasta donde había patos, cargaba la escopeta y ya era cosa de ir tapado detrás del caballo, que llevaba una jáquina, una cuerda que iba del hocico a la mano del patero. Los caballos se preparaban desde que eran potros dando tiros a su lado para que perdieran el miedo, el oído o el espanto; eran tiros con pólvora sola, para no gastar y porque hace más ruido. Así que el patero tras el caballo rodeaba el grupo de patos hasta tenerlos a una mínima distancia de huída, buscaba el sitio donde el tiro fuera una línea en la que podía caer un buen número, ponía la escopeta por encima del caballo con sigilo, pisaba el cabestrillo para que el caballo agachara el morro, como si pastara, y tiraba: ‘un solo tiro era la faena del día o de la semana. Yo le he conocido a mi padre matar de un tiro 120 patos’. Al sentirlo, el perro corría a recoger los patos alicortados, aún vivos; y así traía uno iba por otro, sin matarlos. Cada patero tenía cuatro o cinco perros enseñados. Un depredador sabe que tiene que comer en cualquier época. ‘Se come el nido, los huevos, la madre y el padre. Pero el hombre se fija en que conviene dejar de matar por un tiempo, cierto que para que nazcan más piezas que matar’. El hombre no tenía en el campo bicho que le compitieran en la caza. Sólo las rapaces que sobrevolaban las bandadas hacían que los patos se asustaran y echaran por tierra horas de acecho: ‘cuando el patero creía que le faltaba un minuto para disparar, la pasada de un aguilucho lagunero mandaba todo al cuerno. También podía ser que los patos estuvieran difíciles y el vuelo de una rapaz los agrupara mejor para el tiro’. El patero usaba también muchas trampas que hoy sirven a la ciencia para coger pájaros vivos y estudiarlos, como las costillas de madera y un arco de alambre tenso: ‘un patero podía poner quinientas costillas al día, y eso significaba muchos pájaros muertos. Lo de vivo o muerto depende de si el mecanismo es largo o corto y de la red que lleva el arco. Otro sistema era ir de noche al dormidero de estorninos con la linterna; en una jornada que se diera bien se cogía medio saco de pajaritos’. Además de ser plato seguro, se vendían. ‘Lo difícil era encontrar rábanos o chocolate’. Aunque el patero no salía de la marisma, ‘algunos se planteaban la caza de varios días; iban por vereda hasta Cádiz o a la Janda, no más de 150 kilómetros’. Los patos cazados se ensartaban por los agujeros de la nariz con las mismas plumas y se colgaban del caballo; al llegar al hato, los ponían en el serón o en sacos. ‘Había un patero dedicado a ser el correo, que traía los patos desde los hatos a los pueblos cuando la caza duraba días. Más tarde alguien puso una especie de cámara que los conservaba al fresco en nieve hasta su venta. Esto era una despensa y si a un parado le hacía falta dinero, cazaba y vendía. Así ha sido siempre: según el hambre, así la caza’. Gente de Doñana, El Rocío, Puebla, Los Palacios, Coria, Lebrija, Trebujena y Villafranco nutrían la colonia de pateros. Eran clanes de una profesión que pasaba de padres a hijos. A la familia de Luis la conocían como los Pateros desde el bisabuelo; gente que no podía vivir si su casa no estaba en la linde de la marisma para entrar y salir. Se recuerdan los hermanos Telégrafos, los Marianos, los Prudencia. Era raro ser patero si no se pertenecía a un clan, aunque hay casos de solitarios. En buen tiempo de caza era rentable hacer cuadrillas: ‘era terrible ver a diez pateros en batería’. Las últimas marismas donde tienen presencia los pateros son las de Hato Blanco; allí han de negociar con los dueños de las tierras: de cada tres piezas, una para el dueño y dos para él. Esa es la última fase del patero. ‘Alguna vez se le comparó con el furtivo, que es otra cosa. No era un furtivo porque no existía prohibición. Esto era una gran tierra virgen y, como su presencia no influía, los propietarios lo toleraban. Era raro que un dueño de finca no dejara entrar a un patero. No competían en la caza; eran utilizados como conocedores por aquellos que cazaban por diversión: hacían cazar a los señoritos; era una manera de cobrar y pagar el favor. Un día de caza así podía generarle al patero quince días de caza propia’. Las condiciones de vida empiezan a cambiar a final de los 50 y poco a poco llega la protección. Hoy no tiene sentido ser patero; hay otro nivel de vida y vigilancia; ha menguado el territorio para cazar, la propia caza, y la agricultura ha hecho su conquista. Cuando la marisma se transforma en arrozales en 1945 y se reduce el espacio para el animal, hay pateros que se hacen pescadores en los canales; se adaptan, ponen sus trampas en el agua y en vez de aves cogen anguilas, cangrejos, ‘lo que hay en la última forma de vida libre que queda. Trabajan tres o veinte horas. Las barcas pateras las usaban en Sanlúcar para recoger huevos: otro modo de ganarse la vida por aquí. Un patero era un tío que tenía tanta hambre como imaginación, aunque no todos servían. Pero listo o torpe, le había tocado ser patero en la vida, y patero era. Los Parques Nacionales nacen al tomar conciencia de algo que nos estábamos cargando. En 1964, creo, nace el Parque Nacional de Doñana. Aquí se pasa de unas doscientas mil hectáreas a unas cuarenta mil de parque marismeño, lo que quiere decir que mucha caza queda fuera de la reserva’. Hablamos de una Doñana de hace medio siglo, inimaginable en su extensión, acotada hoy, aún inimaginable. ‘Era un mundo indómito que si el patero hubiera tenido otro trabajo no habría pisado jamás, sólo por no soportar los mosquitos. Mi padre respetó que yo no fuera patero. Jamás tiré con escopeta gorda. Veía los pájaros de otra manera y de muchacho me hice taxidermista. No podía soportar que algo tan hermoso como un pájaro se tirara hecho restos, que no existiera mañana, y quería conservarlo como fuera. A pesar de estar muerto, el pájaro era bello. No sería capaz de comulgar con alguien que se dedicara a la caza. Pero en ese tiempo, si no hubiera tenido otra alternativa, hubiera sido patero, aparte de que valiera o no. La historia te separa o te admite’. Como la propia vida.

© Manuel Garrido Palacios

© Fotos: A. Camoyán, Héctor Garrido, Abelardo Bellido

Las fiestas romeras del Andévalo

Manuel Garrido Palacios
Las fiestas romeras del Andévalo
San Benito Abad en El Cerro
Artes, costumbres y riquezas
de la provincia de Huelva (fasc. nº 24)
Universidad de Huelva

EL HACEDOR DE LLUVIA


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EL HACEDOR DE LLUVIA
M. Garrido Palacios
Calima Ed. Mallorca
LE FAISEUR DE PLUIE
M. Garrido Palacios
Ed. L'Harmattan.
Paris

Carmelita, Hipacia, Tasio, todos son nombres antiguos nacidos de la mente joven de un escritor maduro, que ha sabido transformar los sueños en realidades de las que claman “conciencia”, por ejemplo, cuando dice que “a la madre se la quiere sin decirle que la quieres”, recogiendo ese sentir que se adormece de joven y cual Guadiana renace cuando percibes su ausencia. Y del Himmario mágico Tasio entresaca otra perla cultivada al remanso de los años y la paciencia, cuando “despierta el sentir del miedo a la eterna soledad”.....y todo esto, tan sólo en las dos primeras páginas, ¡qué fuerte!, me inquieta continuar, pero sigo.
Barruntar, espurrear, el chivato cizañero, escudriñando los cielos, santiguadora, refajo, desasnar, visitera y caracuco, lenguajes del pueblo “llano” que se mueve en lo pagano pero que mira hacia el cielo, ¡por si acaso!, y no buscando las lágrimas de las nubes, que es labor del Hacedor, de quien nos dice el autor que era un aprendiz de pícaro, que vivió sin convencer, pregonando “veleidades” que todos quieren oír, pues el pueblo “puro” y “sano” necesita del engaño que alimentan las conjuras, la crítica y el cotilleo, dando así “salsa” a la vida de pueblos grandes y chicos que resultan aburridos si les falta el “condimento”.
Y, ¡cómo no!, ya sale Dios con mayúscula o minúscula según la necesidad que en el momento tengamos, pues el pueblo descreído será sabio o será pícaro, pero ya tiene bien aprendido qué árbol le da cobijo.
Manuel Garrido Palacios es un gran observador que nos transporta al mundo de la sabiduría popular y nos introduce en el lenguaje “olvidado” de quien no tuvo maestro, con refranes y sentencias de la escuela de la calle que nace de la experiencia. Nos repasa el santoral nominando a personajes que van a misa el domingo para cumplir el precepto, y nos recuerda que Tasio pudo haber sido mi abuelo, pues las distancias son cortas, muy cortas, cuando se trata del tiempo.
Libro denso. Términos desconocidos que asociados en la frase te descubren su sentido. Enseñanzas no amparadas en teoremas ni ecuaciones, ni en dogmas, ni en pensamientos de filósofos de escuela, pues provienen de la sangre, del sudor y de las lágrimas del pueblo desconocido que sólo tiene la lógica de aquel error cometido.
Herrumbe puede ser Huelva, Santurce o Valladolid, y tía Carmelita o Tasio somos todos, los de antes, los de hoy, los de mañana y pasado: no hay apenas diferencia pues la escala evolutiva sigue su paso, sin prisa, dentro de un orden biológico que no lo marca el reloj.
Si algo le sobra a este libro, es la fecha de edición, pues unifica el pasado, el presente y el futuro; no se crea distinción; y si algo le echo en falta, es que el número de páginas no se aproxime al millar.

© Benito A. de la Morena




Tras varios años de la publicación de El Abandonario, que ya nos asombró por la destreza narrativa, por la riqueza de su lenguaje y por las muchas claves y sentidos del texto, Manuel Garrido Palacios nos ofrece ahora su novela El hacedor de lluvia, que comienza y acaba con signos suspensivos. Juntas conforman un cuadro rico de matices que nos sumerge en una atmósfera de nostalgia, recuerdo y soledad desde la voz del único personaje que, muerto, dialoga con su amigo Tasio sobre el pasado de Herrumbre, pueblo abandonado que simboliza tantos otros condenados a la desaparición: «Mi memoria se posa sobre el pueblo mientras llega otra vez, inútilmente, la hora del Ángelus fijada para mi entierro, amigo Tasio. Acabado el último acto, ya somos menos que nada; yo, metido en el ataúd de los tenebros; tú, muerto en la silla de anea» (p. 9). Ambos han sido mudos testigos de la muerte del pueblo -Paraíso para unos, infierno para otros, Herrumbre se vació sin que tú ni yo halláramos razón para abandonarlo (p.53)-, que no tiene localización concreta en el espacio, con lo que se refuerza el valor simbólico; en un tiempo que sugiere los difíciles años que rodearon a la guerra civil, con su iniquidad de fusilamientos, paseos y sórdidas venganzas. 
El monólogo sin respuesta evoca la vida del pueblo desolado y pobre, con una galería de personajes que sobreviven en un medio que nada les brinda, tan estéril como la tierra sobre la que se asienta. Como en El Abandonario, tras la evocación de lo vivido late la presencia constante de la tía Carmelita, protectora, educadora, testigo y hacedora maternal del destino del narrador, de Hipacia, de Ausencio, de todos. Sabia en dichos y en hechos, lectora eternamente doliente, del médico a la santiguadora, de la santiguadora al médico un día sí y otro no, se expresa en su Himnario (p. 11), texto dentro del texto de la memoria que se desgrana en coplas, canciones y versos hechos para perdurar. El hacedor de lluvia, personaje que da título a la obra, un aprendiz de pícaro de trágico final, encarna el engaño en el que viven muchos personajes y, en gran medida, la inutilidad del esfuerzo humano. Muchas historias en Herrumbre no son lo que parecen, encierran misterios que se van desvelando poco a poco: la sospechosa preñez de las casadas, la siniestra actividad del chivato, el frágil ministerio sacerdotal de Doninmaculado, el alcalde Sefito o el político Donglorio con sus incumplidas promesas, el falso poeta Panduro, las cartas que intercambian tía Carmelita y el cura, las limitadas artes de la santiguadora tanto como del médico, los sospechosos poderes curativos del agua de sulfo del balneario ruinoso... En el pueblo que latía al paso del vivir para vivir (27), la verdad y la mentira, la vida y la muerte se entrelazan en un entramado de anécdotas y de historias personales en las que no faltan las briznas del humor, la frase ingeniosa, la situación burda abocada al ridículo. Fantasía, realidad, sueño y más allá se confunden en la configuración de una atmósfera a la vez maravillosa y crudamente real, una especie de universo en donde la vida es poesía -en ocasiones poesía amarga- y la poesía se hace vida. 
El sentido último del relato no es hacer historia sino otorgarle el lugar que le corresponde; las palabras de Tasio parecen desvelar la intención esencial del narrador: No es mi voz la que recupera la historia sin pronunciar palabra; es la historia misma la que pide mansamente la dignidad de su sitio (141). El pueblo y sus gentes, la técnica narrativa, la dignidad que se confiere al dolor, al silencio y a lo no tangible, evocan el magisterio de Juan Rulfo; en el fluir de lenguaje del pueblo moribundo resuenan los ecos de la prosa siempre auténtica y precisa de Delibes, escritores por los que el autor siempre ha manifestado sin reticencias su admiración. El largo caminar de Garrido Palacios por las tierras de España, por el latido vivo de sus pueblos y de su realidad, se despliega aquí con una copiosa riqueza léxica de términos olvidados en las grandes urbes, pero a los que de esta manera confiere la dignidad de la perduración en su genuino contexto, de una riqueza que podría desaparecer irremisiblemente. Presta su voz al monólogo interior del protagonista que intenta vanamente el diálogo ausente con su amigo Tasio, pero también a todos los personajes que representan un mundo al que condenamos a la desaparición sólo porque, desde nuestra propia ignorancia, desconocemos. Como apunta el narrador, A medida que te hablo, Tasio, compruebo que la historia chica de Herrumbre encerraba más ventura que el “pogueso” o el “futuro espezarandor” del político Donglorio...Historia de gente de carne y hueso, poso de hechos en el que tanto se mojaban las canciones esquineras como la pluma de tía Carmelita. (123). En síntesis, una novela que ofrece más de una lectura y, a cada paso, la muestra de un hacer narrativo maduro, versátil, pleno de sugerencias. De su autor, Manuel Garrido Palacios, conocedor como nadie de la etnografía viva española, creador televisivo y de la palabra, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española de Nueva York, distinguido con el Premio Borges de Narrativa en California, esperamos pronta continuación de los puntos suspensivos finales de este Hacedor de lluvia. 

© Marisa Regueiro






Hoy, miren, el paisaje se nace en páginas de lluvia, con el hacedor Garrido Palacios, que vuelve a traernos el deleite de Tasio desde Herrumbre, aquel pueblo que en su mística es ningún lugar o todos los pueblos o quizá el silencio hablado de los pueblos. Para festejar fulgor de primavera y feria de la tapa (del libro) figúrese que alguien responde a Tasio su cuestión de ¿para qué nací yo si no voy a ser ni recuerdo?, y se hace grande por la sabiduría que se enmarca en este zarandeo. Manuel Garrido Palacios tiene cara de sorpresa ¡siempre¡ y siempre se le ocurren vidas para sorprendernos. Él nos convierte en Ausencio, nos devuelve a Constanza, nos anuncia Telesforo, nos quiere predicar en prosa pícara, sana picardía; hasta que de tanto llevarnos por tiempos de Tasio, nunca sepamos por qué se superan en muerte quienes fueran egoístas en vida. Un regalo frondoso para vivirlo este Hacedor de lluvia de Garrido Palacios, un tesoro. 

© Ramón Llanes

Héctor Garrido · Exposición

 Cambios
exposición
Héctor Garrido
Australia Occidental
Grabados rupestres datados con más de 10.000 años de antigüedad. 
La conservación del Patrimonio Histórico
también forma parte de la conservación del Planeta
Gallery Hill. Western Australia
© Héctor Garrido · Exposición CAMBIOS

CAMBIOS es una introducción visual al Cambio Global, a sus causas y sus consecuencias. A través de 20 imágenes seleccionadas del fotógrafo Héctor Garrido se realiza un cuidado recorrido por los temas principales que son las causas o las consecuencias del cambio global, obteniendo con ello una interesante y completa visión de conjunto. Pequeños textos de apoyo permiten al espectador obtener sus propias conclusiones sobre los problemas que se ciernen sobre el futuro sostenible en nuestro Planeta. Las sugerentes y espectaculares imágenes nos muestran una concatenación de temas clave para comprender el verdadero significado de la expresión Cambio Global. Ecosistemas en peligro en diferentes partes del mundo, que atentan a la estabilidad bioclimática del Planeta. Especies amenazadas o singulares, únicas por representar las formas extremas de la vida en la Tierra. La creciente amenaza de las especies invasoras, que ocasionan una pérdida de biodiversidad irreparable. La pérdida del acervo genético original de nuestros cultivos. La contaminación irreparable en espacios que antaño eran fuente de vida y riqueza. Y la pérdida del Patrimonio cultural histórico ... La Península Antártica, los Andes, la Gran Barrera de Coral, el Banc D'Arguin, Doñana ... Ballena jorobada, zunzuncito cubano, cóndor de los Andes, zorro volador australiano, lince ibérico ... África, Australia, América, Europa, la Antártida ... Grandes protagonistas y grandes escenarios para representar a un mundo cambiante.
Héctor Garrido (Huelva, 1969) es fotógrafo adscrito a la Estación Biológica de Doñana - Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ha publicado 16 libros y realizado un centenar de exposiciones fotográficas y divulgativas, asi como expediciones científicas a muchos de los grandes paisajes del Planeta; sus fotografías aparecen habitualmente en los principales medios de comunicación del mundo, siendo hoy en día uno de los fotógrafos más reconocidos en el campo de la ciencia y la divulgación en España. 

F. J. Erskine

DAMAS EN BICICLETA
Cómo vestir y normas de comportamiento
Escrito por la señorita F. J. Erskine
Trad. José C. Vales
Editorial Impedimenta`

Nicolas de Largilliere


Nicolas de Largilliere
(1656-1746)

Étude pour un portrait d'homme

Col. particulière France

Étude pour un portrait de jeune fille
Courtauld Institute of Art.  Londres

Musée Jacquemart-André · Paris

Nuit de chiens

Nuit de chiens
Manuel Garrido Palacios
Ed. L’Harmattan. Paris

Deux années après la mort de Charles Baudelaire en 1867, on publia un recueil de petits poèmes en prose. Nous avons choisi une citation du dernier poème Les bons chiens car nous pensons qu’elle traduit parfaitement la thématique du livre de Manuel Garrido Palacios: «Je chante le chien crotté, le chien pauvre, le chien sans domicile, le chien flâneur, le chien saltimbanque, le chien dont l’instinct, comme celui du pauvre, du bohémien et de l’histrion, est merveilleusement aiguillonné par la nécessité, cette si bonne mère, cette vraie patronne des intelligences! Je chante les chiens calamiteux, soit ceux qui errent solitaires dans les ravines sinueuses des immenses villes, soit ceux qui ont dit à l’homme abandonné avec des yeux clignotants et spirituels: «Prends-moi avec toi, et de nos misères nous ferons peut-être une espèce de bonheur». Le chien a toujours été un sujet pour les poètes et les romanciers. Il est très difficile de definir Nuit de chiens. Est-ce vraiment un livre de contes comme le suggère l’auteur ? C’est plus sûrement un recueil qui parle des chiens et de leurs rapports avec les hommes. 
Le terme fable conviendrait davantage. Car chaque texte en est une. Victimes du bon vouloir et de la méchanceté de leurs maîtres, ils observent avec beaucoup de flair la réalité de la vie et sans la moindre complaisance ils jugent avec une grande perspicacité le comportement des hommes dont ils sont bien souvent les victimes. Les rares fois qu’ils survivent c’est parce qu’ils s’attachent à des maîtres qui comme eux sont à la dérive et ils sont alors capables de sacrifier leur vie pour eux. À toutes les pages, les chiens prodiguent à profusion des sentiments de tendresse et le livre devient alors une véritable leçon d’amour.

© Jean-Marie Florès

John H. Levée

John H. Levée
Octubre III, 1955
Colección privada. Paris

John H. Levée (Los Ángeles, 1924) estudia en el Art Center de Nueva York y en la Academia Julian de París. Participa en el Salón de mayo desde 1954. Exposición circulante en Alemanía "Artistas americanos en Francia". Expone en el Stedelijk Museum de Ámsterdam, en 1955, con los pintores norteamericanos Alcopley, Chelimsky, Fontaine y Parker. Individual en Gimpel, Londres, en 1955. Un año después interviene en una muestra de grupo abierta en la Galerie de France, en París. Tras pasar por un grafismo negro y macizo. que lo emparenta a veces con Soulages, Levée encuentra su senda más personal en una modalidad de colores sordos, brillantemente improvisadora y que no pierde, sin embargo, lo voluntario de su acento.

© Michel Seuphor. Lexicón Kapelusz. Pintura abstracta

Faustino Rodríguez

Ariadna-Aracné
LAS METAMORFOSIS
Faustino Rodríguez
Exposición - Vinoteca De blanco a tinto · Gibraleón

“La Metamorfosis de Ovidio es un compendio de fábulas e imágenes contadas de la manera más bella en la que se puede narrar una historia: desde la invención poética. Trasmitir en ilustraciones toda la obra sería prolijo […] Plásticamente, son muchas las que me pueden inspirar […] las que he tomado como motivo son las que me han impactado más […] formas y tiempo, como Virgilio a Dante en la Divina Comedia o como Ovidio al resto de los creadores desde hace más de dos milenios, han dado lugar a estas veinte metamorfosis vistas y revividas por los ojos de un admirador del poeta de Sulmona”.

© Faustino Rodríguez

Carmen Ciria

Carmen Ciria
Bazar de horas
Ediciones En Huída

El libro, en palabras de su autora, "es una meditación poética sobre el tiempo, la condición humana, la femenina, en particular, la muerte, el enfrentamiento interrogativo ante la existencia, en suma, los grandes temas, que han de ser expresados con voz propia".

LA HERMANA DE SHAKESPEARE SE QUEJA

Como mi hermano yo quise también
ir a la escuela, expandirme, volar,
florecer entre versos y disfraces.
Reinos hubiera inventado, leyendas
v dormido después en el techo del mundo.
La cocina fue mi teatro,
gloria conquistaba barriendo.
¿Mi lucha?: contra el polvo
donde rebelde grabé libertad.
He remendado retazos de vidas,
bordando sin cesar penas y besos
de grandes personajes.
y mi hermano escapó.
Yo quedé encadenada al costurero.
La fama para él, a mí el cuidado
de nuestros rotos padres.
La fantasía para él, a mí
la realidad de un matrimonio impuesto.
Quise ir a la escuela. No me dejaron.
© Carmen Ciria

Davis

Davis
Salero (1931)
Museo de Arte Moderno
Nueva York

Niño Miguel

Reproduzco el artículo que publiqué en 1976. La foto la hice en Fuentepiña (Moguer) lugar de Juan Ramón Jiménez, durante el rodaje del capítulo que dediqué a Miguel en la serie RAÍCES (Premio Arpa de Oro en el Festival Internacional Golden Harp, de Dublin)

Miguel, un ensayo


La guitarra más creativa que ha parido este sur ha sido la de Miguel de Vega, Niño Miguel. Hablo en pasado porque la referencia que hoy tengo de él es la de una sombra buscando quien lo escuche en plena calle con una improvisación a cambio de “dame algo”. Improvisación que cuaja en genialidad, dicho a lo llano, de la que más tarde ni se acuerda porque otras músicas acuden a su cabeza, en cabal comunión con sus manos, para que la sorpresa ensanche toda capacidad de admiración. No lo piensa. Es puro impulso. Decir esto no va en detrimento de los grandes guitarristas que ha habido y hay aquí. No los nombro; tanto sabemos sus nombres como que, seguramente, comparten esta opinión sobre quien tuvo la guitarra como juego impuesto y hoy la tiene como estela que lo sigue por la ciudad. Miguel no aprendió a tocar la guitarra. Nació con el don. Los mayores atrevimientos armónicos que puedan experimentarse en los conservatorios de música vienen a quedar en pañales al lado de los que Miguel crea sin el menor esfuerzo. Lo que pasa es que cuando toca sólo persigue agradar un rato y ser recompensado con un euro o lo que caiga, sin saber que si su música se extendiera más allá de la guitarra y se ampliara a la orquesta estaríamos hablando de lo más novedoso, fresco y limpio que se ha hecho últimamente. En tiempos seleccioné varios de sus temas con idea de integrarlos en un concierto para guitarra y orquesta con él de solista; aún guardo los bocetos. El caso es que cuando le pedía que repitiera una pieza para perfilar el trabajo, la tocaba de modo diferente, como una variación sobre la primera, por lo que llegué a la conclusión de que lo suyo era tocar solo, si acaso, con un par de guitarras hábiles de acompañamiento, que se las podían ver y desear para no perder puntada. Tan claro está su perfil creativo, que Miguel tendría que ocupar una especie de cátedra permanente, activa y práctica, en un local de su ciudad, un lugar al que él fuera cada día a tocar unas horas para que cada alumno pillara lo que su capacidad le permitiera, trabajo que le daría, de paso, un dinero mensual que le evitara tan lamentable estado. Puede que reciba una pensión; lo ignoro; lo que no quitaría para que tuviera su sitio enseñando o tocando ante un público nuevo que apreciaría al creador de tan bellas sensaciones. Miguel no va a leer esto. Le trae al fresco si se comprende o no su situación, cosa que sí debe importarle a una ciudad en la que no abunda la gente con brillo propio. No todos los días nace entre el gris ambiente un color que rompa el monocromo. Miguel haría muchas de las cosas que hacemos los demás, pero nadie llegaría jamás a una mínima porción de su arte. Nació con el don con el que nacen los genios. Unos lo desarrollaron. Miguel no pudo. Es la diferencia, aunque la emoción sea la misma, regalo que él hace por la calle, en estado puro, a cambio de “dame algo”. 

© Manuel Garrido Palacios



LA SOMBRA DE LAS CUERDAS
Una película sobre Miguel de Vega
de Annabeile Ameline, Benoft Bodlet, Chechu G. Berianga.
Premio ‘Mostra de Valencia’ 

Miguel Vega Cruz (Huelva 1952), conocido como "Niño Miguel" es uno de los más grandes guitarristas flamencos de la historia y, sin duda, el más desconocido de todos. En los años 70, con apenas 22 años, grabó dos discos que revolucionaron la guitarra flamenca. Su frescura, su sentimiento, su agilidad, sus armonías, su fuerza, su técnica le hacían único y diferente. Un adelantado a su tiempo. Un guitarrista excepcional elevado a la categoría de genio, que debido a una enfermedad no volvió a grabar ningún disco y poco a poco fue dejando de actuar hasta que su único y principal escenario fueron las calles de Huelva, donde tocó día y noche con guitarras ─que no solían tener las seis cuerdas─ por bares y terrazas durante 20 años... Por eso, cuando le preguntamos al Niño Miguel qué título le daría al documental que rodábamos sobre él nos dijo sin dudarlo: "La sombra de las cuerdas". La sombra de las cuerdas, producido por Anabenche (Benoft Bodlet, Chechu G. Berianga y Annabeile Ameline) con la colaboración de la UJ.I (Universidad Jaume I), repasa la trayectoria de la vida del genio, su música, su pensamiento y cuenta como en dos años (2007-2008) Miguel pasó de estar en una situación crítica, tocando en la calle a la de tener una esperanza.

Todo comenzó en el año 2007, cuando Berlanga y Bodlet realizaron, "Huelva Flamenca", un viaje histórico y geográfico en busca del flamenco que se respira en la provincia onubense, con dos protagonistas de excepción, el Fandango de Huelva y el Niño Miguel. Dos años después de la producción de "La sombra de las cuerdas", esa esperanza fue una realidad: El día 29 de noviembre de! 2011, el Niño Miguel recuperado física y psicológicamente actuó en el Teatro Central de Sevilla, concierto organizado y producido por Anabenche, en colaboración con el Instituto Flamenco Andaluz. Aquel hombre que tocaba con tres cuerdas por las calles de Huelva, levantaba al auditorio del Teatro Central de Sevilla en el concierto flamenco más importante de los últimos años, dando una verdadera lección de música, de superación y lucha humana.

© AnaBenChe.
www.anabenche.es

Diego Velázquez

Diego Velázquez
Vieja friendo huevos (h. 1618)
Óleo sobre lienzo 100,5 x 119,59 cms.
National Gallery of Scotland · Edimburgo


Diego Velázquez
La fragua de Vulcano (1630)
Óleo sobre lienzo, 223 x 290 cm.
Museo del Prado · Madrid 

El español en los Estados Unidos

El español en los Estados Unidos:
E Pluribus Unum? Enfoques Multidisciplinarios
Ed. Domnita Dumitrescu / Gerardo Piña-Rosales
(Col. Estudios Lingüísticos · Spanish Edition)
Academia Norteamericana de la Lengua Española
Nueva York

Escrito en español, con resúmenes en inglés, el libro reúne 17 estudios sobre diversos aspectos del español en los Estados Unidos, incluyendo temas como: un análisis socio-demográfico de la población hispanounidense, la adquisición dual del bilingüismo inglés-español, la trasmisión transgeneracional de la lengua española, una propuesta de dialectología del español estadounidense, el contacto de dialectos, la convergencia conceptual entre el inglés y el español, el problema del espanglish como marcador de identidad, la política lingüística en el sector de la atención sanitaria, y varias perspectivas sobre la alfabetización de los hispanos y la enseñanza del español como lengua de herencia en los Estados Unidos en el siglo XXI. 

Ana Pérez Cañamares

EN DÍAS IDÉNTICOS A NUBES
Ana Pérez Cañamares
Ed. Baile del Sol. Tenerife

Cree el escritor Hipólito G. Navarro que los novelistas se equivocan cuando dicen que escriben cuentos para descansar de las largas travesías literarias. Se equivocan, es cierto. Aparte de ejemplos notorios en los que se ha recurrido a rellenar huecos con descripciones prestadas para conseguir el número de páginas deseado porque se quedaban a medio camino, lo verdaderamente difícil es contar una historia en tres folios, en dos, en uno, en cuatro renglones sin que la esencia se diluya alargando los tiempos hasta hacer cansino el andar entre palabras.
Podía haber sido cualquiera de los relatos que componen su libro “En días idénticos a nubes”, pero Ana Pérez Cañamares ha elegido “El sol de noche”, que aparece en quinto lugar en el conjunto, para estamparlo en la contraportada y decirle al lector: así escribo. Haya sido o no esa la intención, el proceso sugiere una vez más que lo propio es seguir a la autora en su selección personal en vez de ponerse uno a hacerla. El lector comparte o no lo que se le ofrece, pero no es quién para alterarlo. Y ese es el orden propuesto por Ana.
El título de la obra, celofán que envuelve la veintena de historias que contiene, lo saca Pérez Cañamares de un poema de Luis Cernuda, que inserta al principio como lema, cuya primera estrofa canta: “Adolescente fui en días idénticos a nubes, / cosa grácil, visible por penumbra y reflejo, / y extraño es, si ese recuerdo busco, / que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy”.
El texto de referencia, “El sol de noche”, quizás el más breve de cuantos traen sus páginas, es como sigue:
“Ella es de esa gente que fuma en las cuestas, que se bebe un litro de coca-cola de un trago, que sonríe cuando la expulsan de clase y se tira vestida a la piscina; ella es la amiga-vendaval, ésa que te arrastra y te asusta, que adoras y temes, que te dice ven y sabes que algo va a pasar.
-Ven -me dice.
Y voy, esta vez a la fiesta que hace Pablo, porque sus padres se han ido, y cuando llegamos todos nos saludan y nos ofrecen porros y la música sube de volumen, y ella grita y salta, y dice ‘esto es guay, qué de puta madre’, y tira de mi brazo y lo sacude al ritmo del chunda chunda, y me hace sentir que bailo bien, pero luego me suelta y el ritmo se me escapa y cuando me vuelvo a buscarla no está; pregunto por ella y está en el baño, preparando una sangría en un barreño; remueve con el brazo el vino, la fruta, el hielo que los demás van echando y luego saca la mano y me mete los dedos en la boca, ‘pruébala, qué le falta’, y yo no encuentro que nada le falte, más bien diría que se ha pasado con el vino, pero no me atrevo a decírselo, porque ella ya está sorbiendo asomada al borde del barreño. Luego, a la hora de ‘qué mala estoy, todo me da vueltas’, soy yo quien la sostengo en medio de la calle, y sus vómitos me huelen siempre a lo mismo, como si no comiera otra cosa que hígado empanado y coliflor; se lo digo y se ríe, y luego sigue vomitando, y quisiera taparla de las miradas de ese señor que no nos quita ojo, pero mi cuerpo no da para tanto y ella dice ‘joder, siempre igual’, y siento que está cansada, pero la animo a seguir caminando, casi cargo con ella; entre las dos no juntamos para el taxi y el metro la marearía más; así que caminamos y caminamos por la ciudad de noche, bajo la luz de las farolas y de una luna tan brillante que parece una bombilla desnuda, y entonces recuerdo que la luna no tiene luz propia, que el sol le presta su reflejo, y qué, me encojo de hombros, ahora es el momento de la luna, brillará toda la noche hasta que el sol salga de nuevo, pero eso no será hasta mañana”.
En tres trazos retrata a la amiga: “la otra yo”, la sitúa en la escena ante el libreto de la obra: su vida, y carga con su circunstancia a ciegas bajo la virtual “luz de las farolas” cuando lo que debe iluminar el cuadro: “luna tan brillante”, no tiene luz, sino que se la presta el sol. Pero no es oportuno ahondar en ello hasta que el ímpetu se queme y el vómito cese o decaiga. Es justo el instante vital -¿será el límite de la adolescencia?- para decir aún: “me encojo de hombros. Es el momento de la luna”. El brillo durará un presente hasta que el sol encienda el futuro: “pero eso no será hasta mañana”.
Sí; lo difícil es contar una historia en un folio, como hace Pérez Cañamares, soberanamente, además.

© Manuel Garrido Palacios