JUAN VILLA

EL AÑO DE MALANDAR
Juan Villa
Ed. Paréntesis

A Juan Villa lo vi una tarde en una librería buscando algo de Villalón, no de Cristóbal, el de El Escolástico o El Crótalon, sino de Fernando, nacido tres siglos más tarde: el de La Toriada o Andalucía la baja. De todas formas, ambos parecen –o lo son– antepasados suyos en aumentativo: Villa, Villalón. Después coincidimos en el jurado de un Festival de Cine en el que teníamos que premiar “una película con valores positivos sobre el medio ambiente”. Toma ya. Más adelante –me remito a la época medieval- lo encontré en Doñana buscando eslabones sueltos de viejas culturas y de una historia que le rondaba desde siempre. Por último, nos hemos visto como miembros de otro jurado, esta vez, literario y todo eso. Podría decirse que no es Juan Villa el pícaro de Quevedo, pero sí el buscador, el buscón, a su modo, de huellas de un pasado del que se le enredaron flecos en la memoria, y añadir, que con hallazgos dignos de mentarse. Por ejemplo, procurando documentos para un estudio de derecho comparado en la Europa de los siglos XVI y XVII en la Biblioteca Colombina de la Catedral de Sevilla, topa con un curioso libro de asientos con una nota de la época en la que reza que había sido requisado por la justicia en una casa del Compás del Arenal, que, como después supo, fue corazón de la germanía y pulmón de truhanes y buscones durante el siglo XVI.
Tras dos relatos publicados: El lobito (1998) y Última estación (1999) surge en 2005 el Juan Villa novelista con Crónica de las arenas, obra que tuvo una excelente acogida por estos y por otros pagos. Luego vino una segunda novela: El año de Malandar, que podría considerarse o no continuación de aquella primera. Y lo que iba a ser un monólogo se convierte en una grata charla.
Pregunta: ¿Es como digo?
Respuesta: Más que una segunda parte de Crónica de las Arenas, yo diría que El año de Malandaremana del mismo magma, de ese mundo que delimitan el Guadalquivir y la Ría de Huelva, las marismas y la playa de Arenas Gordas; lo que en un sentido amplio conocemos por Doñana.
P: Se dice que por muchas novelas que se escriban, cada autor sólo escribe una con varias entregas, pero una.
R: Certifico la aseveración; al menos en mi caso es así, y pienso que de alguna manera en todos, por mucho que se travista un escritor siempre es él el que habla y única su historia, o su tono, que es en definitiva lo que lo caracteriza.
P: Leo El año de Malandar y tiene forma de Diario.
R: Es un diario mezclado con cartas, historias intercaladas e intervenciones directas de voces técnicamente amañadas. Trata de mantener la coralidad de Crónica de las arenas, aunque el lector entre o no en ese juago.
P: Ya que salen personajes y temas de la primera novela, ¿podría convertirse todo al final en una trilogía al uso?
R: Confieso que en un momento dado diseñé una trilogía, pero tengo que añadir que la trilogía se me ha ido de las manos. Como decía, ahora me nutro en una suerte de magma del que emanan novelas, dos hasta ahora, relatos y una nouvelle que estoy terminando: Los almajos.
P: Decía Don Julio Caro Baroja que escribir era fácil comparado con encontrar editor. No creo que se refiriera a él.
R: Considerando las penalidades que escucho en boca de algunos buscadores de editor, tengo que decir que, hasta ahora, me ha ido bien. Paréntesis, mi actual editorial, reúne las condiciones que un autor busca, sobre todo el buen trato y la buena distribución.
P: Pienso que el escritor escribe, en principio, para sí mismo, y si luego alguien comparte sus palabras, mejor. Lo cierto es que es un trabajo duro.
R: La novela, frente a otros géneros, tiene la poco literaria exigencia del horario: o te sientas a trabajar unas horas todos los días como el que fabrica tornillos o va a coger fresas o la cosa no sale; de un golpe de inspiración no nace una novela, y de esas horas gastadas en escribirla, las hay de gozos y de sombras, no sabría decir si más de una cosa que de otra.
P: Además del gozo estético de toda obra bien hecha, ¿por qué se debería leer El año de Malandar?
R: Porque aporta luz sobre dos cuestiones que, desde mi punto de vista, han tenido siempre el máximo interés: la llegada de la II República y el mundo antiguo de Doñana.

© Manuel Garrido Palacios

TARTESSOS EN EL TIEMPO

TARTESSOS EN EL TIEMPO
Jesús Fernández Jurado

(Premio Ernesto Cardenal)

Muchas páginas históricas de Huelva podrían escribirse desde sus cabezos, gigantes amarillos que ya se erguían silenciosos ante los antiguos viajeros y que no han dejado de tener protagonismo a lo largo de los siglos. En las cuevas de los del Conquero, hoy allanadas y engullidas por mansiones de lujo, vivía la gente marginada que no tenía sitio en la ciudad. El de la Horca carga con su oscura leyenda. El de la Esperanza parió una tarde una urna funeraria y un diente de tiburón. El de la calle Aragón, trágico por el derrumbe, sostiene en su cima un milenario lienzo de muro. El del Pino ofrecía ramas y mesetas para el columpio y la comba. El de la Plaza de Toros daba la mejor lama para bolindros de butre y grada gratis a los que lo trepaban para ver torear al Litri. En el de la Morana se descubrían conchas por los pasadizos tallados por el agua. En todos estrenó el amor parte de una generación medianera entre un ayer de encanto pueblerino y un desasosiego de urbe. En la cornisa del que bordea la Cinta se reunían los pastores al atardecer para juntar las piaras y arrimarlas a los corrales; punto alto sobre el camino a Gibraleón, la marisma y el río, que puso a soñar a alguien con antiguas naves fondeadas en los esteros y soltar en voz baja que de la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos, visión poética de quien sólo sabía de sueños ante una realidad en la que ni pedía juguetes a los Magos, sino un bollo, cinco higos, tres bellotas.Pero no hay sueño sin un pie en la tierra, aunque el soñador tenga la mente en las nubes y el mar de marco. No hay idea, por abstracta que sea, sin raíces prendidas al suelo, ni especulación que no parta de un suceso tangible, ni hecho que no guarde sus razones, como pasa con la petición del autor de ‘Tartessos en el tiempo’ a quien esto escribe de unas líneas previas para su obra. Un prólogo es el umbral por el que se accede a un edificio levantado con palabras; palabras que son sombra de hechos; hechos de los que afloran restos; restos que son fuentes materiales en las que el investigador bebe. Podría parecer extraño que Jesús Fernández Jurado confiara un prólogo a quien no tiene más actividad en esta disciplina que la de acercarse humildemente a ver qué es Tartessos, pero no es tan extraño si vemos que las razones que conforman su decisión se condensan en una sola: su generosidad. A sabiendas de que una historia es más bella cuando se cree que cuando se estudia, quizás el autor haya querido que abra las puertas de su libro la imagen idealizada que se grabó en la plastilina de mi generación, cuando de niños sólo sabíamos de Tartessos que su nombre flotaba en el aire salobre de esta tierra, Argantonio arriba o abajo. Desde el Santuario de la Cinta imaginábamos en la ría las naves fondeadas mercadeando lo que se terciara para con la primera marea regresar al horizonte. Veíamos, sin ver nada, cada nave como un puente que unía el mundo conocido con este sur de Europa, el medio de relación entre pueblos alejados entre sí, el vehículo para entender “los procesos económicos, culturales e ideológicos” que emergían a partir de que un vendedor y un comprador estrenaban comercio en una playa. Desde entonces, por más que he intentado hallar respuesta a si los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos, el esfuerzo sólo me ha dado la incertidumbre cierta de que los tartesios eran los de la orilla, o los llegados de fuera o la mezcla de ambos. Con tan preciso panorama fue fácil caminar por los ecos hasta la cornisa del cabezo, desde cuya altura todo tomó forma de mito, entendiendo por mito no una mentira, sino la verdad invertida que hace que sea fuera lo que sólo es dentro, para eso somos inasequibles al vacío que produce la ignorancia. Pero Tartessos no respondía del todo a la ambigua realidad del mito, ya que tanto las escasas fuentes escritas, que emitían latidos de su ser real y no imaginado, como los hallazgos habidos en las excavaciones merced al trabajo sistemático de los especialistas, eran datos tozudos, aunque propios para el análisis de los investigadores, no para el sueño de la generación que jugaba en los cabezos, o en las compuertas del Molino, o en la Vega o en la Merced, para la que la pobreza de noticias sobre Tartessos hacía que el vocablo sólo diera nombre al sueño, sin más respaldo que lo que cada cual imaginara en aquel colegio sotanero con maestro republicano. Sin embargo, casando lo que se le escapaba a don Enrique casi en susurro –no fuera a ser antialgo y lo estamparan contra el paredón– con el menudeo diario, se llegaba a comprender por qué las personas de aquel mundo –parientes, allegados, vecinos, artesanos, municipales, gruístas, embarcados, pescadores, rederos, constructores de chozas, criadores de cerdos, carpinteros de ribera, mineros de Tharsis o los que pasaban por allí camino del alfolí, el salaero o la mojama-, no soltaban prenda sobre Tartessos en sus conversaciones. Para la chiquillería de la época hubiera sido un cuento abuelero enriquecedor, justo para contrarrestar el protagonismo de héroes justicieros que se nos pegaban al alma como el Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Jabato... Hoy pienso que nadie decía nada sobre un pasado tartésico porque Tartessos no era para ellos un pasado, sino la continuación de un lejano ayer en el presente puro y duro, ya que vivían y actuaban en el escenario común representando idéntico drama desde milenios atrás, cuyo argumento era tan simple como gastar este algo entre dos nadas que es la vida según el ánimo de cada instante. Sin saberlo explicar, ellos se sentían a su modo parte de una cultura antigua, perdida en el laberinto de los orígenes, con sus dioses y diosas, sus hambres, sus hartazgos –menos–, sus mandamases –aunque no se llamaran Argantonio, vocablo que pobló el imaginario colectivo y del que aquel maestro nos dijo lo que sabemos ahora: que está hecho del nombre que los celtas daban a la plata, arganto–, y sus comerciantes, cambistas, navegantes, mineros, chipichangas de puerto..., o sea, un pueblo llano dándole al cedazo de los días para sacar la miga de la subsistencia mientras los jefes de turno cerraban tratos con los visitantes:
Las pastoras van solas
con el rebaño,
que los pastores
están ajustando cuentas
con los señores.

¿Por qué las gentes de a pie del agua del Tinto o del Odiel iban a extrañarse de que siete siglos antes de este apaño de Era hubieran existido otros como ellos, que hacían las mismas cosas? No queda ahí la especulación de aquel tiempo, sino que al observar el patio de vecinos, el barrio, la ciudad entera o un amplio círculo alrededor, tampoco era raro ni nuevo que los jóvenes bajaran a las minas de la gran franja rica en yacimientos, ni que una parte del fruto extraído se fundiera para convertirlo en joyas menudas que las diteras vendían a plazos por los patios, ni que ese intercambio propiciara un comercio indeclarable –lo que puede la tradición–, ni que de los barcos fondeados en la bella y maltratada ría se alijaran prendas para el mercadeo en tierra, ni que no existiera escritura propiamente dicha, sino unos signos detrás del almanaque con el te debo me debes del panadero o del de la fruta, ni que las leyes se agarraran a la memoria porque lo de leer se resistía, ya que el alfabeto no era de dominio público. En cuanto a echar el corazón fuera cantando, a pregonar el sentir en versos, ¿valdría con decir Alosno, que aún no paró de hacerlo? El muro con el que se topaban al final de su vida era el mismo que el de ahora. Nadie sabe qué se cantaría entonces, pero su fondo no podía diferir mucho de...
Cuando la muerte se inclina
a llevarse a los mortales,
ya no valen medicinas
ni los grandes capitales;
mandan las leyes divinas.

Nada de esto era ajeno al ámbito que viví de zagal. Si el maestro José hacía formeros para enaguar vírgenes, ¿quién era el artesano tartesio y a qué imágenes tomaba medida? No lo nombro por buscarle clientela, sino por subrayar que todos estos ecos desafinados suenan en orden al asomarnos a este hermoso libro cuando el autor dice que en la “Andalucía atlántica, pronunciar la palabra Tartessos es desencadenar una tormenta de emociones, de sentimientos que rebosan de leyendas, de antigüedad, de mitos y de deseos, de riquezas mineras y de historias de una Historia cierta que aún desconocemos y que quizás nunca logremos aprehenderla, ni siquiera asumirla como propia. Tartessos es una palabra que pretende definir, y al tiempo encubre, la realidad que fue mitificada; una voz que antes fue muchas otras en la transmisión oral de los que aún recordaban quiénes eran y de dónde procedían, sin saber a ciencia cierta hacia dónde iban” La respuesta la tendrá siempre el arqueólogo, que, en su papel de “historiador en sentido estricto”, ante la penuria de otras evidencias para llenar el gran vacío, es capaz de aportar a nuestras vidas la reconstrucción de un tiesto a partir de un fragmento minúsculo, o de extraer una verdad de la entraña de un grano de trigo. Esto no quita sabor al mito, tesoro poético que embellece la historia de cualquier país “La de España –según García y Bellido– tiene el privilegio de comenzar con los dos enigmas más sugestivos de la historia del Occidente europeo: el de Atlantis y el de Tartessos” Y advierte que “la mayor desgracia que puede ocurrir a la historia de un pueblo es que un día lleguen a descifrarse sus enigmas, que sus leyendas se conviertan en historia, que sus héroes y semidioses se reduzcan a seres humanamente palpables. Si conociésemos lo que hay de real y verdadero tras estos entes creados por la fantasía de los pueblos, perderíamos al punto un rico tesoro de sueños y ensueños porque la verdad es a veces triste. El hombre prefiere a la posesión de la verdad absoluta el difícil pero bello camino sembrado de dudas, misterios y enigmas que conducen a ella y nunca la alcanzan” Por si el ánimo de soñar decayera, Jesús Fernández Jurado escribe en otras páginas que “la cocina de Huelva no es el resultado de un desarrollo de lo gastronómico que pudiéramos considerar reciente, sino de la evolución y afianzamiento de una tradición culinaria que, sin exagerar un ápice, consideramos al menos trimilenaria y enraizada en aquellas gentes tartesias...” Para Julio Caro Baroja todo se halla mezclado: “...fábulas inventadas por los marinos, trozos de leyendas indígenas, teorías mitológico-geográficas ideadas por eruditos..., son demasiadas las alusiones para despreciarlas, aunque tampoco conviene que nos dejemos fascinar por ellas” Si una leyenda es una historia no contrastada, una historia puede ser una leyenda contrastada. La historia se nutre de datos y de interpretaciones. A la leyenda le basta un soplo para tejerse y poblar los sueños. Y así vamos en el barco de la noche -como late en la Odisea-, sin renunciar al sueño y a la vez esperando que la aurora de lo real abra camino en plena marea. Mientras la proa avanza –sigue Caro Baroja– “para explicar y describir armónicamente la vida social andaluza de épocas tan remotas, parece lo más propio comenzar contando un mito y glosarlo después, porque, si estamos lejos del tiempo en que se aceptaba entre los eruditos e historiadores toda referencia mitológica como dato positivo, también lo estamos de aquellos tiempos en que se creía que las narraciones fabulosas habían de ser sistemáticamente rechazadas”. De la tierra, el cielo y el mar nació Tartessos. Ese fue el sueño de quien, sentado al borde del cabezo al lubricán, veía cómo el resplandor de los viejos dioses se ocultaba por Bacuta. Que toda historia haya de tejerse con hilos forjados en la investigación más rigurosa no quita para que en paralelo corra con vida propia la incertidumbre de la fábula, del mito, del sueño, porque, bien mirado, la Poesía nunca hizo daño a nadie.
© MGP · © Imagen de portada de Carmen García Sanz (Pluma de pavo real. Referencia a los productos exóticos que llegaban a Tartessos)

LA HIJA DE CELESTINA

ALONSO JERÓNIMO DE SALAS BABADILLO
LA HIJA DE CELESTINA


LA DAMA CULTA

LA DAMA CULTA
Manuel Jesús Soriano Pinzón
Editorial ABECEDARIO

Don Quijote va de viaje


Don Quijote va de viaje

Acabo de conocer en el tren a una persona tan sincera que ha tenido el valor de confesar a los que compartimos con ella el viaje que no ha leído el Quijote. Tal como suena. Con un par. “Impresionante documento”. Y ha añadido, por si faltara sal, ajo o pimentón: “Si yo dijera esto en público seguro que me llevarían como bicho raro a una de las televisiones para que los del sofá casero se rieran de mí con la suficiencia que da la ignorancia hasta terminar llamándome inculto, o político, mostrando por mí una gran lástima, aunque tampoco ellos hubieran abierto el libro jamás –caso de tenerlo- ni para quitarle el polvo”. Otro viajero le responde conmovido que comparte su arrojo de declarar esto tan llanamente porque ante la propaganda culturizante que asegura en este tiempo de moda cervantina que todo el mundo tiene su Quijotito en casa dispuesto a devorarlo en soledad o en familia, según costumbre, él piensa que no es así, porque una cosa es comprarlo para que luzca en el mueble-bar del espejo, junto al televisor, y las visitas digan: “Oh, el Quijote. Yo también lo tengo”, y otra, haber embuchado cada capítulo, palabra a palabra, sintiendo el texto como la obra cumbre de nuestro maltratado idioma. Añade: “Al final, todos presumirán de haberlo leído, releído, asimilado, incluso aprendido de memoria y otros hasta de haber colaborado en su redacción. Dale alas al osado y te asombrará con sorpresones como este o peores. ¡Qué cruz!” Interviene un tercer viajero: “Yo no voy tan lejos como usted; creo que si hiciéramos una encuesta en este vagón, quizás mentiría un porcentaje asegurando conocerlo, dudaría otro grupo medio justificando que lo empezó aunque aún ande por la mitad de la primera parte, otros dirían que no conocen el libro y una mínima parte declararía que le hincó el diente como Dios manda, suponiendo que Dios se meta en asuntos tan así” . Animado por los que estamos en conversación, los dos viajeros se atreven a hacer la experiencia y, sin dudarlo más que lo justo, recorren ceremoniosos fila por fila, libreta y lápiz en las manos, disparando la temible pregunta: “¿Ha leído usted el Quijote?”
Al final, de ser cabal el resultado obtenido sería un gozo, pero que los cálculos fallen a tope suena extraño porque no es posible que todos los encuestados hayan declarado saberse el Quijote al dedillo, excepción hecha de la persona sincera que va a nuestro lado, que removió el tema al decir que no lo había leído. Al saber las respuestas, dicha persona va a más. Igual es algún héroe que se entrena para Delegata de lo que Sea. Así que repite en voz alta: “Soy el único en este vagón que no ha leído El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de don Miguel de Cervantes Saavedra, y no me apura decirlo porque me prometo a mí mismo en este instante que lo empezaré a leer nada más llegue a mi destino esta noche” Como era de esperar, todas las miradas se vuelven buscando la suya con cuarta y mitad de sonrisa de Gioconda, tras de la que se advierte un sentimiento de admiración hacia quien también pudo mentir y no lo hizo.

© Manuel Garrido Palacios

© Dibujo de Gustavo Doré

L'ABANDONNOIR

L'ABANDONNOIR
Manuel Garrido Palacios
Traduc. al francés: Isabelle Toledo
Edit, L’HARMATTAN. Paris

Novela de Manuel Garrido Palacios construida como las antiguas tragedias griegas. En vez del carro sobre el cual el primer dramaturgo declamaba la historia de los héroes míticos para concurrir al premio representado por un bode (tragos), estamos en presencia de un muerto en su ataúd durante la vigilia que le hace el último vecino, mudo de soledad, en un pueblo perdido. En su soliloquio, el muerto hace desfilar a todos los habitantes que hubo en dicho pueblo con las anécdotas cotidianas, las intrigas, amores, odios y alegrías posibles de un lugar extinguido. La simplicidad brutal de los eventos, la unidad de tiempo y de espacio, las voces de los muertos que suben como un coro, parecen los elementos de una tragedia mediterránea que bien podría ser de Esquilo. Igual que en la vida, se reflejan también los momentos crueles o divertidos, las escenas burlescas, el humor corrosivo, la amargura, la pobreza y el hambre conocidos por tantas criaturas de la posguerra civil española. Ese pueblo escondido, llamado Herrumbre, es un microcosmos pero abarca toda la vida y la vida de todos nosotros. Conociendo el pasado del autor, escritor especializado en la etnografía, viajero y cineasta, el lector podría pensar que se trata de una obra de recopilación de cuentos, leyendas o anécdotas cosechadas durante toda una vida en contacto con los pueblos más rancios de España. Pero no. Pasa por la obra un soplo épico, una grandeza que solamente una experiencia vivida puede desenlazar y ofrecer. En efecto unas confidencias del autor confirman que muchas escenas son trasposiciones de su infancia en un pueblo similar a Herrumbre. Reviven los sonidos, los sabores, los rumores de ese mundo que hoy se desvanecería en el olvido si el autor no lo hubiera conservado en su memoria para nosotros.Hay en la novela El Abandonario unas invenciones lingüísticas que harán las delicias del lector. La riqueza del vocabulario, a veces inventado o inspirado en el lenguaje hablado, de los refranes, de los insultos, de las canciones populares, hace del texto una enciclopedia de la sabiduría del mundo rural, de un universo en desaparición. Existen escenas muy innovadoras en literatura, tal vez por influencia de la técnica cinematográfica, como por ejemplo, cuando se mezclan en el texto todas las conversaciones sobre la plazoleta del pueblo, como un rumor de fondo, donde respira la vida trivial de los habitantes. O cuando se entrecruzan los comentarios de las personas que preparan los pestiños en la cocina, escuchados por el niño desde su alcoba, donde fue recluido para que no incomodara los preparativos. Ese niño de ayer es el autor que escucha hoy las reminiscencias de estas voces de la felicidad simple.El lector francés entrará sin preámbulo en ese mundo mediterráneo ya familiarizado por sus lecturas de las novelas de Marcel Pagnol o Jean Giono. El Abandonario, de Manuel Garrido Palacios, no necesita de reflexiones metafísicas o escatológicas en ese contexto de vigilia mortuoria donde flota el espíritu colectivo resignado tanto a la vida como a la muerte.

© François-Luis Blanc (Francia)

BENITO A. DE LA MORENA

ENTREVISTA CON EL DR. BENITO A. DE LA MORENA
TRAS SU CONFERENCIA 
“UN PASEO POR EL CIELO. UN SEGUNDO EN LA VIDA DEL UNIVERSO”

Por Manuel Garrido Palacios

El nombre de su conferencia trae a la memoria un verso del gran poeta José Manuel de Lara, que habla de “la efímera eternidad de un instante”, y de lo que dice Steven Weinberg en “Los tres primeros minutos del Universo”. Como si el coloquio posterior continuara, me dirijo al Dr. de la Morena, un lujo de científico y de persona, levanto mi mano y hago las preguntas que no hice en el auditorio:
─MGP: Hay una profundidad en el verso, pura percepción del paso del tiempo, y una posible medida del inicio de todo: un instante, tres minutos. Su paseo por el cielo quiere describir un segundo de la vida del Universo. Cada voz da su visión. ¿Son tres caminos que buscan lo mismo?
─B de la M:  Si definimos la poesía como la parte etérea del pensamiento, esa  imaginación que describe lo que aparece en la mente del poeta, entonces me atrevería a decir que la visión de “un segundo en la vida del Universo” es un canto al romanticismo, a lo imposible, una loa al corazón y una sinrazón que le pide a la mente actuar en esa sintonía universal que nos recuerda lo sublime de la “creación”.
─MGP: ¿Qué sabemos de un Universo cuya medida desconocemos?
─B de la M:   Si pretendemos asociar el concepto Humanidad a un aspecto no─físico del ser humano, que es esencial e intrínseco de nuestra especie, dudo que ese vocablo que nos asimila con la naturaleza del género humano, sea una percepción correcta. En mi conferencia he querido resaltar nuestras imperfecciones comparándolas con  lo poco que sabemos de un Universo cuya medida desconocemos, como su origen y el motivo de su creación.
─MGP: Este vacío de medida, origen y motivo parece emparentar con el misterio del sentido de la vida y de la idea de que nos rige algo que tampoco controlamos.
─B de la M:  Dejarlo a la casualidad me parece muy atrevido, hablar de un Ser Superior me acongoja, pero lo acepto desde mi sinrazón. Mi mente no ha llegado a evolucionar tanto como para entenderlo, pero deseo saber y me esfuerzo en ello. Tampoco entiendo los genocidios, el proselitismo, el maltrato de género, la insolidaridad, el exceso de ambición, el comercio de armas, el hambre, las guerras y un largo etcétera con el que parece sintonizar el ser “humano”. Será que mi mente es joven aunque mi cuerpo envejezca.

© B. de la M. · © M.G.P.

MAUREEN GIBBON

MAUREEN GIBBON
ROJO PARÍS
Vaso Roto Ed.

París, 1862. Una joven vestida de harapos conoce a Édouard Manet. El encuentro cambia su vida y el mundo del arte. En esta novela apasionante, la autora reclama la figura de Victorine Meurent y le hace justicia no sólo como musa, amante y modelo de cuadros como Olimpia y Desayuno en la hierba, sino como mujer y artista (expone su obra en el Salón de París) consciente de su propio deseo. Victorine fue un espíritu libre que creció fiel al consejo de Manet: «No busques complacer a la gente, deja que ellos te complazcan a ti».
Según The New York Times Sunday Book Review, «Gibbon da un giro a la relación habitual entre artista y modelo, otorgándole voz al sujeto de la obra de Manet... Al detallar las dificultades que enfrentaron las mujeres de clase obrera en la Francia del siglo XIX, se revela la cantidad de valor y determinación que una pintora como Meurent necesitó para permanecer fiel a su propia visión».
Maureen Gibbon, escritora norteamericana, es autora de Swimming Sweet Arrow (2001), Thief (2010), Rojo París (2016) -novelas- y del poemario en prosa Magdalena (2007), además de relatos, ensayos y reseñas en The New York Times, The Daily Mail, Playboy, Byliner y otros medios.


Odón Betanzos Palacios


Odón Betanzos Palacios
o la integridad del árbol herido

Editor: Gerardo Piña-Rosales
Círculo de escritores y poetas iberoamericanos
de Nueva York

GERARDO PIÑA-ROSALES

GERARDO PIÑA-ROSALES
El secreto de Artemisia y otras historias
Vaso Roto Ediciones

Este libro es una colección de escritos íntimos de honda factura y prosa renovadora. El propio autor dice: “…pálidos reflejos de mi cosmogonía particular, estas fabulaciones ─sueños y visiones deletéreos, crónicas apócrifas, variaciones, viñetas, aguafuertes, retratos, instantáneas, momentos epifánicos y algún que otro desvaído relato─ (perpetradas en la cámara obscura de mi madriguera neoyorkina) aspiran, oh lector, quienquiera que seas, a servirte, nada más y nada menos ─y aunque sólo sea por unas horas─, de lenitivo, bálsamo o consuelo, en este diario morir que mal llamamos vida”

© Gerardo Piña-Rosales
(Fragmento de la introducción llamada Captatio benevolentiae) 

Touches blanches. Touches noires

TOUCHES BLANCHES. TOUCHES NOIRES
(Roman)
Manuel Garrido Palacios
Presentación en Biarritz










(Directora · Editora · Autor ·Traductor)

EL ESCRIBA SENTADO

EL ESCRIBA SENTADO

Si se entra al Louvre por la puerta Sully al encuentro de la cultura egipcia, lo primero que sale al paso es la sala de los escribas, cada uno en su urna en postura de profesional de la comunicación con su papiro dispuesto sobre las piernas cruzadas. Visto el conjunto de golpe se piensa que se está ante el cuadro de una agencia de prensa cristalizada en cronistas de las dinastías 19, 20 y 21, con su tintero y su sello para marcar documentos. Miles de años nos separan de la visión de lo que podría imaginarse la redacción de un viejo periódico, donde en vez del director preside la sala el dios Thot, mientras que Horus no pierde ojo como buen redactor-jefe. En el Louvre cada cual tiene sus visitas fijas como si fueran parientes a los que no se les puede perder cara, además de disfrutar de todo lo demás y de lo que las salas previas ofrecen como exposiciones pasajeras. ¿Qué se saca de una sala que es casi de paso? ¿Qué podría ofrecer una fría mañana una reunión de escribas? Mucho. Uno se figura que el que está más cerca del ventanal por donde se ve la calle ha escrito esto: ‘Un gran inconveniente de la guerra social comparada con la guerra ordinaria es que las influencias de la ley natural están más o menos combatidas por la voluntad y las instituciones humanas, y no es siempre mejor el más robusto, ni el más adaptado el que tiene la suerte de subir. Al contrario, por lo regular suele sacrificarse la grandeza individual del espíritu a preferencias personales inspiradas por la posición social, la raza y la riqueza’. Un poco más allá, otro escriba podría decir en su papiro: ‘La sociedad debe estar organizada de forma que la felicidad de uno no nazca de la ruina de otros; lo justo es que cada individuo encuentre el bien propio en el de la colectividad, y viceversa, que resulte de la colectividad únicamente el del individuo’. No para ahí la cosa; el escriba que queda frente parece hacer señas para que se le lea su obra del día: ‘Llegará un tiempo en que la distancia entre el punto de partida y el de llegada se ensanchará de tal modo, que los mismos sabios del porvenir se negarían a admitir la posibilidad de un lazo entre ambos, si los escritos y los vestigios del pasado no les dieran los materiales necesarios para guiarles en su juicio’. También se puede sentir en la sala el siseo de un escriba aislado que ofrece su texto: ‘No hay mano que detenga a la Tierra en su curva, ni oración que detenga al Sol, ni calme el furor de los elementos que luchan entre sí. No hay voz que despierte del sueño de la muerte, ni ángel que liberte al prisionero, ni mano que baje de las nubes para dar pan al hambriento, ni signo celeste que dé conocimientos sobrenaturales’. Lo que es común a todos estos escribas es el estar erguidos con un orgullo de oficio expresado con el cuerpo, aparte de saberse notarios de la Historia. Los escribas tienen la postura tan fijada porque quieren decir con su lenguaje corporal que se puede escribir durante siglos guardando semejante equilibrio, o apoyados en una mesa, o sobre el muro, o en el propio lecho siempre que se escriba en libertad lo que se desee escribir. Cualquier postura será válida, menos de rodillas.

© Manuel Garrido Palacios
ANLE

APASIONANTE GRECIA ANTIGUA

APASIONANTE GRECIA ANTIGUA
Urna griega (450-425 a.c.), vasija sacramental que, con aceites fragrantes, se colocaba junto a una tumba o al lecho de muerte. Triptolemo coronado sostiene espigas eleusinas, puede que infestadas con cornezuelo, a la vez que Deméter -o Perséfone- vierte una sagrada libación que, se cree, fue preparada con dicho grano. Las figuras están separadas por el báculo de Triptolemo y unidas por las espigas y la libación.

JUAN DELGADO


JUAN DELGADO
POESÍA · 1971-2010
Universidad de Huelva 
Prólogo de Manuel Moya

De acierto hay que valorar la iniciativa de reunir en un libro los versos del poeta más genuino y cabal que ha dado la Cuenca Minera y la Sierra de Huelva, Juan Delgado (Campofrío, 1933): POESÍA 1971-2010, es decir, la contenida en obras como La sangre perseguida (inédito), Por la imposible senda de tu boca, El cedazo, Oficio de vivir, Cobre y viento, Al andar, Cuaderno de Santa María de Mave, La luz con el tiempo dentro, De cuevas y silencios, Carpeta de Navidad, Cancionero del Odiel, Treinta sonetos vegetales, Seis sonetos para un mismo amor, Los días encontrados y otras oraciones, Tiranía del viento, Paisajes de la memoria, Suite de la Sierra, Árbol de bendición, árbol sagrado, Cancionero del Río Tinto, Memoria de la niebla, Julianita, Habitante del bosque, El sueño de una noche de ginebra, Antología Amarilla, Cuentos del viejo capataz y Geografía y amor.
De acierto hay que valorar que haya sido Manuel Moya el encargado de ponerle orden, prólogo y estudio a tanta belleza escrita, a tanta pasión. Venteando la visita de la dama negra, Juan Delgado le dijo a Moya -según Ángeles, su esposa-, que tratase de conducir este proyecto hast:a su final aunque tuviera que publicarlo “en papel de estraza”, ruego humilde, conmovedor al que este libro, que no llegó a publicarse en vida y del que valdría recontar las dificultades, los despropósitos y los estúpidos silencios burocráticos de los sabios de turno que lo impidieron, da ahora justa respuesta. Hay que temer a los auto-autorizados.
De acierto hay que valorar que la Universidad de Huelva abra con tan importante obra su Colección Ibn Hazm. Escribe Moya: “En su sepelio fue Francisco José Martínez, quien asumió la publicación, extremo que le honra y honra a la institución”. Manuel José de Lara dio todo su apoyo a la obra y a la memoria de un poeta de verdad, que llevó siempre la dignidad como enseña.
En el libro, el lector conoce al poeta, lo encuentra, lo reencuentra, quizás lo descubre. Al ver el contenido del corazón de su medio millar de páginas se nota que no era Juan tan conocido como merecía. En un triste acto de los que suelen celebrarse ‘como sea’ a la muerte de un grande –él lo era-, los intervinientes –salvo un par de honrosas excepciones- leyeron los tres o cuatro versos que estaban publicados en Internet, como si lo esencial estuviera en “decir algo, un algo, lo que fuera” subidos al estrado para salir en la foto al soltarlos, aunque no pasara la cosa de repetir las mismas palabras que el anterior dijo y que el siguiente diría, incluyendo, ¡cómo no! alguna mención personal para aparecer en un pico de la imagen con el yo por delante, y todo, como si las cuatrocientas noventa y nueve páginas restantes de su obra, como si los miles de versos que las habitan no existieran porque no los había señalado oportunamente papá Internet. Lamentable. Esto ocurrió en Riotinto, ya digo, en lo que parecía un contrahomenaje. Aire. 
Frente a toda esta vana palabrería surge este libro: cartas sobre la mesa, obra en atril. codos en la madera, rigor y corazón al canto; latido puro. Un Juan Delgado parido por sus versos; unos versos paridos por Juan Delgado; un Juan con su poesía dentro –extraña luz montaniana que lo iluminaba-, con su anatomía de la pena, su discurso del dolor. su trazo serio, su verticalidad de poeta entero. Es un lujo para el sentimiento esta recopilación completa de su obra, “tan dispersa y poco divulgada que a veces ni él disponía de ejemplares de sus libros”. Obra antologada en Chile o Méjico, considerada en Cuba, pero que, una vez más, otra, apenas había logrado la atención de sus sensibles paisanos. Señala Moya que “el hecho no es nuevo, pero no deja de ser orientativo y hasta cierto punto escandaloso”. La obra de Juan Delgado es para el recopilador “vocacionalmente compleja, poliédrica y, déjenme añadir, arbórea, de manera que uno se siente en ella como cuando de niño, en las siestas de junio, se subía a los cerezos y veía tantas y tantas apetitosas cerezas que nunca sabía muy bien a qué rama acudir”.

© Manuel Garrido Palacios

JACQUES LE GOFF


JACQUES LE GOFF
Mercaderes y banqueros de la Edad Media
Marchands et banquiers du Moyen Âge
Traductor: Damia Bas
© Presses Universitaires de France
© de la traducción: Katelani 2000
© Alianza Editorial

PALABRAS DE ANDAR POR CASA




DICCIONARIO DE PALABRAS DE ANDAR POR CASA
(Huelva y sus pueblos)
Manuel Garrido Palacios
3ª Edición: Editorial NIEBLA
2ª Edición: Universidad de Huelva
1ª Edición: Calima Editores (Madrid / Mallorca)

F.J.Martínez López · M. Garrido Palacios
M. J. de Lara Ródenas · Rafael Pérez
en una de las presentaciones

EL CAMPILLO


EL CAMPILLO
(De la independencia
 a la democracia)

María Dolores Ferrero Blanco
Cristóbal García García
José Manuel Vázquez Lazo
Universidad de Huelva


Este es un libro pensado y trabajado con amor. Es un humilde intento de paliar, en muy pequeña escala, esa deuda, siempre impagada, que la provincia de Huelva tiene con su cuenca minera. Un reconocimiento de sus pobladores que tanto dieron de sus vidas, de su trabajo y de su fortaleza para iniciar lo que sería un camino sin retorno hacia la futura industrialización de la provincia.
Es, específicamente, un homenaje al pueblo actual de El Campillo, que luchó sin tregua para constituirse en municipio independiente y que tuvo por unos instantes la sensación de un triunfo propio con la llegada de la Segunda República. Por ese motivo se ha dedicado una especial atención al proceso de segregación del municipio de Zalamea la Real y a la trayectoria y vivencias de la etapa republicana, con el objetivo de dar a conocer esos años que supusieron una posibilidad de mejora y que tan esperados fueron por la mayoría de la sociedad campillera.
Quiere ser también una ontribución a la recuperación de su memoria histórica. De los costes que tuvo para esta zona la llegada de la Guerra Civil y de las dificultades de la vida en la posterior dictadura. Y esa contribución la ha hecho posible la entrega y colaboración del pueblo, de los protagonistas y testigos de aquellos duros años. De los que los vivieron y los que los sufrieron. De los que durante mucho tiempo tuvieron que callar y hoy han podido hablar.
La iniciativa de esta publicación fue de su corporación municipal, de su Ayuntamiento, quien deseó dejar constancia de una fecha tan señalada como el 75 aniversario de la independencia de El Campillo, entonces Salvochea.
Por nuestra parte, haber conocido a sus vecinos, haber hablado tanto con ellos, haberles escuchado retazos de su historia, a veces por primera vez contada, ha sido una experiencia inigualable que nos ha compensado con creces esfuerzos y desvelos. 

© Los autores

Mª Dolores Ferrero Blanco


LA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS
Mª Dolores Ferrero Blanco
Universidad de Huelva (3ª Edición)

EL PERFUME DEL AMOR


EL PERFUME DEL AMOR
(Novela)
ANTONIA MARÍA PERALTO PÉREZ
Prólogos de Carmen Palanco y Mª Luisa Borrallo
Editorial NIEBLA


Gamel se sienta ceremonioso en su taller de perfumes en Khattab, Giza, a un paso de las pirámides, y deja que floten las palabras. El espacio es obsesivamente blanco; paredes y techos se confunden en una interminable blancura. Nos va a dar una clase magistral, no en balde, Gamel -túnica blanca, trato exquisito, insaciable fumador: «mi contradicción», confiesa- tiene el privilegio de ser una de las treinta y seis narices expertas reconocidas que existen. De cuantos perfumes aroman el mundo, la esencia de los veinte más importantes proceden de sus manos, de las de su gente en su aldea, El Fayum: una porción mínima de la República Árabe de Egipto, de sesenta y dos millones de habitantes, Tierra de Moisés, puente entre Asia y África, con milenios que contar, cruce de rutas de tres continentes, con un suelo que supera el millón de kilómetros cuadrados, de los que sólo un cinco por ciento está habitado, sea en concentraciones como El Cairo, Alejandría, Port Said o Suez, o a ambas orillas a lo largo del Nilo en núcleos agrícolas. Dice Gamel que cada persona requiere su perfume y cada perfume su precio. El azahar lo trae de los naranjales del sur de España. Cada gota que saca de los frascos la aplica sobre la piel de quien le escucha porque al mezclar el olor propio con el ajeno es cuando se valora el perfume idóneo individual. Para esas treinta y seis narices expertas que hay en el mundo existen cuatro tipos de perfumes: fuerte, dulce, floral y fresco, con mil variantes nacidas de ligar flores, especias y frutas. Día después, a bordo de una faluca voy al poblado nubio de Soheil con intención de seguir hacia El Fayum, el paisaje idealizado por Gamel. El sagrado río es tan bello que no importa si el camino de agua mide una hora o un siglo. Según presume una estudiante de la aldea, Mandolis es el equivalente a Osiris, Du-Dun es el dios nubio de las esencias, Egipto tuvo un faraón nubio: Ta-Jarka, siete siglos antes de Cristo, y la frase: Ai kadolli significa te quiero. Posados en las piedras del Nilo hay grandes pájaros blancos, garzas, espulgabueyes, guardavacas, que los campesinos aprecian porque lo limpian. Grazna un cuervo. Hace calor. Suena una canción apenas audible, que no cesa por la presencia forastera. El tiempo pone ritmo. Es el son del momento. Un halcón se posa en el palo del barco, como si el mismísimo Horus diera la bienvenida a quien va a conocer la fuente dorada de los perfumes.
Al regreso me espera un libro de encanto: El perfume del amor, de Antonia María Peralto, que desgrana los perfumes básicos del vivir: los que destilan los fogones, o pueblan las mesas, o invaden la casa, o se añoran cuando se está lejos, o revuelven la memoria si pasan cerca, o conservan el secreto del primer latido. Perfumes con los que Peralto ha construido un relato hermoso que penetra en lo que nos identifica con unas sensaciones de asombro, que no repetiré aquí para no restarle fragancia a la lectura e inducir a ella, y que salen de un impulso por intentar que cada cual pruebe ‘eso’ inexplicable que le aportará algo que parecía faltarle, que lo completa y le evita protagonizar lo que decía Lennon: que a veces pasamos por la vida sin saber que pasamos por la vida. La autora encaja su relato entre Santaella en vísperas de la Guerra Civil y Sevilla cuarenta años después, pero en su fondo hay más. En su apariencia frágil, podría parecer una sucesión de anécdotas. Lo real es que Antonia María Peralto les imprime un carácter universal que las eleva a rango de categoría. Suena el libro a la guitarra del mesón del maestro Machado, donde cualquiera puede sentir un aire íntimo de lo que amó, ama o sueña amar. Repito: en las páginas de El perfume del amor hay mucho más de lo que el título sugiere, bien percibido por el olfato, también privilegiado, de la protagonista y puesto en solfa por la escritora.
El de la aldea nubia es el perfume que adorna el cuerpo. El de la novela es el perfume que busca el alma, el origen si miramos hacia el principio del túnel ya caminado. Y al caer la tarde, se me juntan ambas sensaciones, plenas de sabor, para que las escriba juntas. 

© Manuel Garrido Palacios

Virginia Woolf



Virginia Woolf
Un cuarto propio
UNAM. México

Escrito quedó en el río Ouse el último latido de Virginia Woolf. Nacida en Londres en 1882, Adeline Virginia Stephen -Woolf por su boda con Leonard- percibe en su mente un mal sin solución, un muro letal para la creatividad, y un día de primavera de 1941 llena de piedras los bolsillos de su bata y se entrega a las aguas voluntariamente, para siempre. Michael Cunningham narra en “Las horas” tan triste hecho de quien, según Jeanette Winterson, «sentó las bases de la novela futura». Una carta al marido sella su decisión, cierra una gran página literaria en Inglaterra y acaba con Hogarth Press, la editorial de ambos, exquisita en la selección de textos merced a un criterio tallado en la lectura y en el afán de comprender el trabajo ajeno.
Ensayista, atenta a los vaivenes de su tiempo, cultivadora del ingenio y de las tertulias de Bloomsbury, barrio al que se muda desde el de Kensington y que da nombre al grupo en el que se integran las voces más lúcidas de la generación, tan frontales a las intocables costumbres victorianas, Virginia Woolf aparece para los críticos como “mujer excepcional, que lega frutos indispensables: experimenta con su idioma, innova la novela y saca a flote técnicas como la del fluir de la conciencia”. En “Un cuarto propio” se sitúa en la invitación que le hacen en 1928 para hablar sobre "la mujer y la ficción" en la Universidad de Cambridge, tribuna idónea para preguntarse por ciertos aspectos de la condición femenina y exponer sus ideas acerca del escaso número de escritoras en la historia de la literatura. Para ello, mezcla el análisis sociológico, el histórico y el filosófico con su potencial poético y cuestiona, por ejemplo, qué habría pasado si Shakespeare, que para Virginia Woolf es el genio que trasciende su individualidad e ilumina la tierra con un brillo único, hubiera tenido una hermana a la par de creativa que él, pero sin poder escribir por el sólo hecho de ser mujer. 
Desde el ángulo feminista pone el dedo en la herida ante el atónito auditorio de Cambridge, el centro académico de más prestigio en Inglaterra, al que ella hubiera querido asistir, pero que hasta seis años después de su muerte no abre sus puertas a la mujer para realizar una simple inscripción formal. Antes, la mujer podía ir a las clases, pero sus estudios carecían de validez en la sociedad inglesa. Su discurso en semejante escenario no lo quiere solventar con faena de aliño, sino mostrándose como es: una mujer culta, capaz de un rigor y una seriedad a la altura de la institución. Sabe que si sus palabras impactan en aquel foro, lo harán con más fuerza en la sociedad que lo sustenta. Se inventa para ello una narradora de ficción, que comparte con ella la tribuna, a la cual da vía libre total para expresarse como una mujer que piensa, siente, investiga y habla de manera distinta a lo previsto por algunos. En los previos de “Un cuarto propio”, señala Raquel Serur que el nombre de Virginia Woolf es “imprescindible en las cumbres de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX. Se convierte en paradigma de aquello a lo que debiera aspirar toda mujer que tomara la vía de escribir como compromiso vital y creativo”. Para Virginia Woolf, lo que produce la mujer es esencial para construir una sensibilidad propia. Escribe: “Allí estaba yo (con el nombre que se les antoje: da igual) sentada a la orilla de un río, absorta en mi pensar. El yugo de que les hablé -las mujeres y la novela, la obligación de resolver un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios- doblaba mi cabeza hacia el suelo”; e insiste en que para el desarrollo de todo esto, la mujer necesita su sitio, su espacio vital, su “cuarto propio”. La obra es un referente que se universaliza, porque, como advierte Rosario Castellanos, “un feminismo bien entendido” conduce a hacer que mujeres y hombres colaboren “en la construcción de un mundo nuevo luminoso, habitable para aquellos en quienes se manifiesta lo mejor de la humanidad: la inteligencia, el amor, la justicia, la laboriosidad”. Virginia Woolf añade: "Sabe Dios que hice mi parte con mi pluma y con mi voz. No debo nada a nadie".

© Manuel Garrido Palacios