PALABRAS DE ANDAR POR CASA




DICCIONARIO DE PALABRAS DE ANDAR POR CASA
(Huelva y sus pueblos)
Manuel Garrido Palacios
3ª Edición: Editorial NIEBLA
2ª Edición: Universidad de Huelva
1ª Edición: Calima Editores (Madrid / Mallorca)

F.J.Martínez López · M. Garrido Palacios
M. J. de Lara Ródenas · Rafael Pérez
en una de las presentaciones

EL CAMPILLO


EL CAMPILLO
(De la independencia
 a la democracia)

María Dolores Ferrero Blanco
Cristóbal García García
José Manuel Vázquez Lazo
Universidad de Huelva


Este es un libro pensado y trabajado con amor. Es un humilde intento de paliar, en muy pequeña escala, esa deuda, siempre impagada, que la provincia de Huelva tiene con su cuenca minera. Un reconocimiento de sus pobladores que tanto dieron de sus vidas, de su trabajo y de su fortaleza para iniciar lo que sería un camino sin retorno hacia la futura industrialización de la provincia.
Es, específicamente, un homenaje al pueblo actual de El Campillo, que luchó sin tregua para constituirse en municipio independiente y que tuvo por unos instantes la sensación de un triunfo propio con la llegada de la Segunda República. Por ese motivo se ha dedicado una especial atención al proceso de segregación del municipio de Zalamea la Real y a la trayectoria y vivencias de la etapa republicana, con el objetivo de dar a conocer esos años que supusieron una posibilidad de mejora y que tan esperados fueron por la mayoría de la sociedad campillera.
Quiere ser también una ontribución a la recuperación de su memoria histórica. De los costes que tuvo para esta zona la llegada de la Guerra Civil y de las dificultades de la vida en la posterior dictadura. Y esa contribución la ha hecho posible la entrega y colaboración del pueblo, de los protagonistas y testigos de aquellos duros años. De los que los vivieron y los que los sufrieron. De los que durante mucho tiempo tuvieron que callar y hoy han podido hablar.
La iniciativa de esta publicación fue de su corporación municipal, de su Ayuntamiento, quien deseó dejar constancia de una fecha tan señalada como el 75 aniversario de la independencia de El Campillo, entonces Salvochea.
Por nuestra parte, haber conocido a sus vecinos, haber hablado tanto con ellos, haberles escuchado retazos de su historia, a veces por primera vez contada, ha sido una experiencia inigualable que nos ha compensado con creces esfuerzos y desvelos. 

© Los autores

Mª Dolores Ferrero Blanco


LA HISTORIA DEL AÑO DE LOS TIROS
Mª Dolores Ferrero Blanco
Universidad de Huelva (3ª Edición)

EL PERFUME DEL AMOR


EL PERFUME DEL AMOR
(Novela)
ANTONIA MARÍA PERALTO PÉREZ
Prólogos de Carmen Palanco y Mª Luisa Borrallo
Editorial NIEBLA


Gamel se sienta ceremonioso en su taller de perfumes en Khattab, Giza, a un paso de las pirámides, y deja que floten las palabras. El espacio es obsesivamente blanco; paredes y techos se confunden en una interminable blancura. Nos va a dar una clase magistral, no en balde, Gamel -túnica blanca, trato exquisito, insaciable fumador: «mi contradicción», confiesa- tiene el privilegio de ser una de las treinta y seis narices expertas reconocidas que existen. De cuantos perfumes aroman el mundo, la esencia de los veinte más importantes proceden de sus manos, de las de su gente en su aldea, El Fayum: una porción mínima de la República Árabe de Egipto, de sesenta y dos millones de habitantes, Tierra de Moisés, puente entre Asia y África, con milenios que contar, cruce de rutas de tres continentes, con un suelo que supera el millón de kilómetros cuadrados, de los que sólo un cinco por ciento está habitado, sea en concentraciones como El Cairo, Alejandría, Port Said o Suez, o a ambas orillas a lo largo del Nilo en núcleos agrícolas. Dice Gamel que cada persona requiere su perfume y cada perfume su precio. El azahar lo trae de los naranjales del sur de España. Cada gota que saca de los frascos la aplica sobre la piel de quien le escucha porque al mezclar el olor propio con el ajeno es cuando se valora el perfume idóneo individual. Para esas treinta y seis narices expertas que hay en el mundo existen cuatro tipos de perfumes: fuerte, dulce, floral y fresco, con mil variantes nacidas de ligar flores, especias y frutas. Día después, a bordo de una faluca voy al poblado nubio de Soheil con intención de seguir hacia El Fayum, el paisaje idealizado por Gamel. El sagrado río es tan bello que no importa si el camino de agua mide una hora o un siglo. Según presume una estudiante de la aldea, Mandolis es el equivalente a Osiris, Du-Dun es el dios nubio de las esencias, Egipto tuvo un faraón nubio: Ta-Jarka, siete siglos antes de Cristo, y la frase: Ai kadolli significa te quiero. Posados en las piedras del Nilo hay grandes pájaros blancos, garzas, espulgabueyes, guardavacas, que los campesinos aprecian porque lo limpian. Grazna un cuervo. Hace calor. Suena una canción apenas audible, que no cesa por la presencia forastera. El tiempo pone ritmo. Es el son del momento. Un halcón se posa en el palo del barco, como si el mismísimo Horus diera la bienvenida a quien va a conocer la fuente dorada de los perfumes.
Al regreso me espera un libro de encanto: El perfume del amor, de Antonia María Peralto, que desgrana los perfumes básicos del vivir: los que destilan los fogones, o pueblan las mesas, o invaden la casa, o se añoran cuando se está lejos, o revuelven la memoria si pasan cerca, o conservan el secreto del primer latido. Perfumes con los que Peralto ha construido un relato hermoso que penetra en lo que nos identifica con unas sensaciones de asombro, que no repetiré aquí para no restarle fragancia a la lectura e inducir a ella, y que salen de un impulso por intentar que cada cual pruebe ‘eso’ inexplicable que le aportará algo que parecía faltarle, que lo completa y le evita protagonizar lo que decía Lennon: que a veces pasamos por la vida sin saber que pasamos por la vida. La autora encaja su relato entre Santaella en vísperas de la Guerra Civil y Sevilla cuarenta años después, pero en su fondo hay más. En su apariencia frágil, podría parecer una sucesión de anécdotas. Lo real es que Antonia María Peralto les imprime un carácter universal que las eleva a rango de categoría. Suena el libro a la guitarra del mesón del maestro Machado, donde cualquiera puede sentir un aire íntimo de lo que amó, ama o sueña amar. Repito: en las páginas de El perfume del amor hay mucho más de lo que el título sugiere, bien percibido por el olfato, también privilegiado, de la protagonista y puesto en solfa por la escritora.
El de la aldea nubia es el perfume que adorna el cuerpo. El de la novela es el perfume que busca el alma, el origen si miramos hacia el principio del túnel ya caminado. Y al caer la tarde, se me juntan ambas sensaciones, plenas de sabor, para que las escriba juntas. 

© Manuel Garrido Palacios

Virginia Woolf



Virginia Woolf
Un cuarto propio
UNAM. México

Escrito quedó en el río Ouse el último latido de Virginia Woolf. Nacida en Londres en 1882, Adeline Virginia Stephen -Woolf por su boda con Leonard- percibe en su mente un mal sin solución, un muro letal para la creatividad, y un día de primavera de 1941 llena de piedras los bolsillos de su bata y se entrega a las aguas voluntariamente, para siempre. Michael Cunningham narra en “Las horas” tan triste hecho de quien, según Jeanette Winterson, «sentó las bases de la novela futura». Una carta al marido sella su decisión, cierra una gran página literaria en Inglaterra y acaba con Hogarth Press, la editorial de ambos, exquisita en la selección de textos merced a un criterio tallado en la lectura y en el afán de comprender el trabajo ajeno.
Ensayista, atenta a los vaivenes de su tiempo, cultivadora del ingenio y de las tertulias de Bloomsbury, barrio al que se muda desde el de Kensington y que da nombre al grupo en el que se integran las voces más lúcidas de la generación, tan frontales a las intocables costumbres victorianas, Virginia Woolf aparece para los críticos como “mujer excepcional, que lega frutos indispensables: experimenta con su idioma, innova la novela y saca a flote técnicas como la del fluir de la conciencia”. En “Un cuarto propio” se sitúa en la invitación que le hacen en 1928 para hablar sobre "la mujer y la ficción" en la Universidad de Cambridge, tribuna idónea para preguntarse por ciertos aspectos de la condición femenina y exponer sus ideas acerca del escaso número de escritoras en la historia de la literatura. Para ello, mezcla el análisis sociológico, el histórico y el filosófico con su potencial poético y cuestiona, por ejemplo, qué habría pasado si Shakespeare, que para Virginia Woolf es el genio que trasciende su individualidad e ilumina la tierra con un brillo único, hubiera tenido una hermana a la par de creativa que él, pero sin poder escribir por el sólo hecho de ser mujer. 
Desde el ángulo feminista pone el dedo en la herida ante el atónito auditorio de Cambridge, el centro académico de más prestigio en Inglaterra, al que ella hubiera querido asistir, pero que hasta seis años después de su muerte no abre sus puertas a la mujer para realizar una simple inscripción formal. Antes, la mujer podía ir a las clases, pero sus estudios carecían de validez en la sociedad inglesa. Su discurso en semejante escenario no lo quiere solventar con faena de aliño, sino mostrándose como es: una mujer culta, capaz de un rigor y una seriedad a la altura de la institución. Sabe que si sus palabras impactan en aquel foro, lo harán con más fuerza en la sociedad que lo sustenta. Se inventa para ello una narradora de ficción, que comparte con ella la tribuna, a la cual da vía libre total para expresarse como una mujer que piensa, siente, investiga y habla de manera distinta a lo previsto por algunos. En los previos de “Un cuarto propio”, señala Raquel Serur que el nombre de Virginia Woolf es “imprescindible en las cumbres de la literatura europea de la primera mitad del siglo XX. Se convierte en paradigma de aquello a lo que debiera aspirar toda mujer que tomara la vía de escribir como compromiso vital y creativo”. Para Virginia Woolf, lo que produce la mujer es esencial para construir una sensibilidad propia. Escribe: “Allí estaba yo (con el nombre que se les antoje: da igual) sentada a la orilla de un río, absorta en mi pensar. El yugo de que les hablé -las mujeres y la novela, la obligación de resolver un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios- doblaba mi cabeza hacia el suelo”; e insiste en que para el desarrollo de todo esto, la mujer necesita su sitio, su espacio vital, su “cuarto propio”. La obra es un referente que se universaliza, porque, como advierte Rosario Castellanos, “un feminismo bien entendido” conduce a hacer que mujeres y hombres colaboren “en la construcción de un mundo nuevo luminoso, habitable para aquellos en quienes se manifiesta lo mejor de la humanidad: la inteligencia, el amor, la justicia, la laboriosidad”. Virginia Woolf añade: "Sabe Dios que hice mi parte con mi pluma y con mi voz. No debo nada a nadie".

© Manuel Garrido Palacios

LOS ACADÉMICOS CUENTAN


LOS ACADÉMICOS CUENTAN
Academia Norteamericana de la Lengua Española
Nueva York
Gerardo Piña-Rosales (edición y prólogo)
Cuentos escritos por académicos de todo el mundo
Ed. ANLE /Axiara. Col. Pulso Herido 6. Marzo 2015. 344 pp. 

Las palabras traen su fragancia oculta, su eco íntimo, su ‘otro’ sentido, cualidad que aportan al texto en el que aparecen para sumarle brillo. Me fijo en el título de la nueva obra editada por la Academia Norteamericana de la Lengua Española en Nueva York: ‘Los académicos cuentan’. En primer plano está el concepto narrar, contar, transmitir individualmente ideas, impresiones, pensamientos. historias. En segundo, como una sombra subliminal, está el de tallar una obra merced al trabajo colectivo, que no queda en la puntualidad de unas páginas, sino en dar esplendor al idioma que nos une, en fijar, en universalizar las primeras palabras que entendimos en la vida, el primer sonido que nos habitó. El libro, aún tibio del parto de las imprentas, contiene ambos encantos: abre sus páginas para que cada voz se exprese y, por si fuera poco, coloca la guinda en el título: cuentan, trabajan, están ahí, cuidan el idioma sin hacer ruido, sin poner solemne el gesto. Es a lo que llamo fragancia.

ÍNDICE

Presentación, Gerardo Piña-Rosales / 11
LUIS ALBERTO AMBROGGIO: La fluida concepción del tiempo / 13
OLVIDO ANDÚJAR: ¡Os quiero matar a todos! / 17
FRANCISCO ARELLANO OVIEDO: Una pesadilla menor que la realidad / 23
MARTA ELENA COSTA: El empleado / 31
RAFAEL COURTOISIE: La obra de Louis Groussac / 43
JORGE I. COVARRUBIAS: La partida / 51
JORGE DÁVILA VÁZQUEZ: De una rosa / 55
JUAN CARLOS DIDO: Para leer con lupa / 61
DELIA DOMÍNGUEZ: Leche Negra / 71
OSWALDO ENCALADA VÁSQUEZ: El café / 77
DAVID ESCOBAR GALINDO: Historias sin cuento / 81
VÍCTOR FUENTES: Gracias a la vida / 87
MANUEL GARRIDO PALACIOS: El árbol del futuro / 89
ISAAC GOLDEMBERG: A Dios al Perú /101
EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA: Siete noches en California / 93
ULISES GONZALES: Detalle de mi infancia / 115
PEDRO GUERRERO RUIZ: Ibn Al-Yasar / 121
JORGE KATTÁN ZABLAH: Condimento exótico / 125
MARÍA ROSA LOJO: Plegarias atendidas / 129
FERNANDO MARTÍN PESCADOR: La vida en tres palabras / 135
MARICEL MAYOR MARSÁN: Las dos mitades de una historia / 139
JOSÉ MARÍA MERINO: Liquidando al Meta / 147
ROBERTO MODERN: La sabiduría de los humildes, De la cadena, Una fábula / 153
JUAN DAVID MORGAN: Isla azul / 157
FRANCISCO MUÑOZ GUERRERO: Acerca de Basilius el Escita / 173
JOSÉ LUIS NAJENSON: Vacaciones académicas de invierno / 183
JULIO ORTEGA: Los suaves ofendidos / 193
GERARDO PIÑA-ROSALES: Don Quijote en Manhattan / 199
ALISTER RAMÍREZ MÁRQUEZ: La vendedora de huevos de pingüinos / 225
RAMÓN EMILIO REYES: La cena / 231
RAÚL RIVADENEIRA PRADA: El saxofonista y su perro cantor / 237
VIOLETA ROJO: Miniaturas de ciudad y río / 253
BRUNO ROSARIO CANDELIER: Sueño rotundo / 255
ROSE MARY SALUM: Ocho / 259
CÉSAR SÁNCHEZ BERAS: La llovizna. La dadivosa. La anticigüeña / 269
RAFAEL E. SAUMELL: Blanquita, qué trágica eres / 273
FERNANDO SORRENTINO: La insoportable complejidad del ser / 281
GRACIELA TOMASSINI: El diario de Felicitas y otros minicuentos / 293
JUAN VALDANO: Saduj: el otro hombre / 297

Thomas Bernhard


Thomas Bernhard
MAESTROS ANTIGUOS
Traducción: Miguel Sáenz
Alianza

GENTE QUE PASA


GENTE QUE PASA

          Yesterday nació en el Algarve. Paul McCartney se alojó cerca de Albufeira, en visita breve, en un hotel entre el bosque y la playa, donde te cuentan que vino de cenar y, antes de subir a su cuarto, vio que actuaba en el bar un grupo local. Tardó un minuto en integrarse, tocar el piano, la guitarra, el bajo y hasta la batería, concierto que duró hasta el alba ante los atónitos músicos, a los que les regaló una canción hecha allí mismo, sin más. Al día siguiente, de camino al aeropuerto de Faro, trazó los compases de Yesterday, quizás lo más bello que se hizo el siglo pasado. Luego fue Daniel Baremboin el que impartió clases magistrales que reunieron en la misma costa a músicos de todo el mundo y, para completar el cartel, contó el Algarve con la presencia de Bernardo Bertolucci para dar una charla sobre el cine como arte, no como parida subvencionada. Vino por un día y se quedó cuatro, lo que supuso poder disfrutar de su palabra y de su magisterio.
          Ahora, sin salir del Algarve, se ha desarrollado un Curso de Cine con análisis y coloquios. El primer día se visionó Hannibal, película homónima de la novela de Thomas Harris, que aborda sin tapujos la doble cara de esa moneda que es el ser humano. Repito la impresión que me produjo su estreno: Ridley Scott bordó una obra de arte contando con Hopkins, Moore, Oldman y un elenco de leyenda.
          De las opiniones surgidas en la sala podrían salir otras películas partiendo del modelo. Y es porque retrata la esencia humana desde el doble ángulo del bien y del mal. Se valora unánimemente la secuencia florentina en el Palazzo de la Signoría con la muerte del agente Pazzi. El ponente la trae tan desmenuzada por planos que los asistentes compartimos su discurso como si manejáramos una lupa.
          Un realizador francés aborda la película desde lo que es el  montaje, en el que el Director ha optado por hacerlo lineal, a un ritmo preciso, sin ser ese vendaval que la tecnología propicia y al que el automatismo le restaría la esencia del encanto creativo. En Hannibal se ajusta el tiempo a la emoción, a la sensación, a la sugerencia, al hilo narrativo con mano de orfebre. Valora la búsqueda del ámbar y pone como ejemplo clave la secuencia a la que dan vida el agente con los sesos al aire, Hannibal y Starling, el reloj que mide los minutos que restan para huir y los coches policiales avanzando en off hacia la casa, todo envuelto en la música ofrecida por Zimmer, que tanto recuerda a Bach, Mahler, Strauss II o Mozart, en especial en Laudate Dominum (K 321) Vide Cor meun en la banda sonora.
          Un cámara inglés habla de la iluminación que divide la obra en dos partes: la primera, a base de luces planas y directas, cuando Starling y los agentes intentan detener en el mercado a la delincuente; y la segunda, en la que se atenúan los brillos para concentrar la acción íntimista en el descubrimiento de Hannibal a partir de su enigmático gesto en el retrato del panel. Como maestría de lenguaje califica este aspecto del film.
          Además de la técnica, estuvo presente un criterio que demostró que hay obras nacidas para la Historia y otras destinadas al olvido tras el rótulo final. Y es que el criterio mueve más que el dinero, y queda como cultura, que parece poco.


© Manuel Garrido Palacios

Pearl S. Buck


LA BUENA TIERRA
Pearl S. Buck
Pearl S. Buck

La primera novela que leí cuando era un crío, de portada a colofón, fue La buena tierra, de Pearl S. Buck. No voy a repetir aquí lo que viene en cualquier manual, que la autora nació en Hillsboro, Virginia (USA) en 1892, y que aún sin romper a hablar, sólo con meses de vida, sus padres –él, misionero presbiteriano– se trasladaron a vivir a China, en concreto a Zhenjiang, Jiangsu, lo que motivó que Pearl aprendiera el idioma de su tierra de acogida antes que el de su país de cuna. Tampoco me extenderé sobre su carrera literaria, que fue premiada con el Nobel y el Pulitzer, porque son datos archisabidos, que diría Quevedo. Sólo diré que el ejemplar que me regaló una gran Maestra, de nombre Margarita, venía en rústica y en formato de bolsillo, libro que aún conservo, por cierto. Luis de Caralt publicó el segundo libro suyo que cayó en mis manos: Viento del Este. Viento del Oeste, y luego llegaron Asia, La madre, La estirpe del dragón, Peonía, El pez dragón, La gran aventura, etc. La buena tierra fue traducida al lenguaje cinematográfico por Sidney Franklin, y su estreno en 1937, con Paul Muni, Walter Connolly y Luise Rainer en los papeles centrales, aunque mereció más, mucho más, sólo obtuvo un Oscar a la Mejor Actriz y otro a la Fotografía: inolvidable en escenas como la invasión de las langostas. Al ser el primer libro que me abría sus puertas para que me internara en sus páginas, significó para mí un despertar a la literatura tras una serie de textos dejados a medio leer, aparte de los que establecían las disciplinas de la escuela.
La buena tierra es la historia de Wang Lung y su familia. Él hereda una tierra de sus antepasados, la labra, la sufre, la goza y todo gira alrededor de ese predio en el marco de la China precomunista. En el escenario propuesto a ras de suelo, pura tierra, Wang Lung, hombre prudente, sabe que aquello es su origen y su futuro, y se afana en el presente de su juventud en trabajar lo que el Destino ha puesto a su alcance hasta conseguir una notable prosperidad que le permitirá con el tiempo contratar a otros para que le trabajen a él. Como una sombra permanente y respetada está la figura de su padre, que antes hizo lo mismo y trazó el camino, como referente, de la unión familiar y de la transmisión de una cultura de supervivencia venida de lejos, básica, suficiente. Mi personaje favorito entonces, al igual que ahora en la relectura, es O-Lan, la primera mujer de Lung, al que tanto ayudó en los peores momentos de penuria que asomaron; mujer que con el matrimonio se libera de su condición de esclava. Loto es la segunda esposa, descrita por Pearl S. Buck como una belleza que cautivó a Lung. Hay una tercera: Cukoo, la amante que calcula y media en los tratos y conflictos que se generan, y una cuarta: Flor de Peral, esclava de la casa, hacia la que Lung también se siente fuertemente atraído. La familia se completa con varios hijos: Nung En, primogénito, que no querrá aprender a manejar la tierra, sino a leer y a escribir, como su hermano Nung Wen, que entrará en los secretos del comercio y administrará la hacienda. Luego nacerá una hija en la peor época de hambre, que no tendrá un desarrollo como sus hermanos y permanecerá al calor familiar sin otro horizonte. Le seguirán un niño y una niña, mellizos. La niña se casará con un pudiente y el hijo se hará soldado contraviniendo el deseo del padre, que lo quería sin formación alguna para que se dedicara a continuar con la labranza de la tierra como una tradición. En el coro de personajes no faltarán un tío de Lung, que utilizará el buen nombre de su sobrino para llevar a cabo acciones turbias, y su hijo, seguidor del modelo paterno.
La historia en sí, el dibujo de cada personaje, sus relaciones, sus grandezas y sus miserias, todo universalizado, elevado de la anécdota localista a rango de categoría, tienen en la obra un encanto difícil de conseguir en una narración; encanto tan denso en su fondo, tan alado en su forma, tan de tallarse en ‘los canalillos de la memoria’, como diría Tasio, que al releerla he tenido la sensación de haber seguido en todo momento por la página que había dejado señalada ayer mismo, y no hace décadas.
Recuerdo hoy esta hermosa novela por varias razones: 1ª, porque he vuelto a leerla al estar fijada como libro-eje de unas jornadas literarias a las que he asistido; 2ª, porque, al hilo de las sabias palabras de un viejo maestro, siempre es preferible leer una buena obra dos veces que una mala una sola; y 3ª porque, simplemente, me ha apetecido leerla quizás como disimulado homenaje de respeto a esa primera vez que se abre un libro de los que te marcan un camino del que ya nunca puedes desviarte.

© Manuel Garrido Palacios

EL HACEDOR DE LLUVIA

EL HACEDOR DE LLUVIA
Manuel Garrido Palacios
1ª edición · Calima · Mallorca/Madrid


LE FAISEUR DE PLUIE
Manuel Garrido Palacios
2ª edición · L'Harmattan, Paris.
traduit par Isabelle Toledo / William Rozenblat


Con este título, Manuel Garrido Palacios ha presentado en la Feria del Libro su última obra, hasta ahora. Pero antes de tender el puente entre el autor y lectores del libro, conviene tener presente el profundo abismo que media entre determinadas creaciones literarias; por poner un ejemplo, el que hay entre un best-seller y una Novela. El Hacedor de Lluvia no es un best-seller, es una Novela, que son dos cosas completamente distintas. Las Novelas, ni lavan más blanco, ni quitan las manchas más rebeldes; ni son una franquicia, ni un producto industrial, y por no tener, no tienen marketing. Está todavía por ver que las Novelas de Cervantes, de Pérez Galdós, de Clarín, de Pío Baroja, de Valle Inclán, de Proust, o de Tolstoi, entre otros, figuren en las listas de los libros más vendidos o más leídos. El best-seller nace con la crítica bajo el brazo, con un lector dócil y manejable y con fecha de caducidad; a la Novela hay que construirle la crítica, justa o equivocada, y nunca neutral ni demostrable, y, generalmente, disfruta de la eterna juventud a pesar de que va a caer en las manos de un lector rebelde e inquisitivo.
El Hacedor de Lluvia es, sin duda alguna, una Novela; es Literatura, y además, admirablemente escrita. Garrido Palacios escribe con un estilo propio (cada escritor tiene el suyo), sin apartarse un ápice de las normas fundamentales de la preceptiva literaria, pero con su peculiar y original concepción de un barroquismo nuevo y original, que navega por los complejos senderos de la creatividad «con una precisión tonal y poética que nos recuerda al gran maestro Juan Rulfo» (Manuel Moya). Yo añadiría que soplan, también, vientos de Jorge Manrique y de Cervantes.
Del título, ¿por qué Hacedor se escribe con mayúscula? ¿Se refiere a alguien que el paisanaje respeta y teme como si fuera Dios, el Supremo Hacedor?; no estamos seguros, pero se vislumbra que la tendencia estética del autor desborda el mero valor literal de la palabra. La lluvia es un producto natural de la Ley Natural, sin asperges, latines ni orates frates; como mucho, se anuncia unos días antes con unos dolores que estrujan la espalda de la tía Carmelita. La verdad es que España, de siempre, ha sido una cantera inagotable de Hacedores de Lluvia.
Esta reflexión es una de las claves, puede ser, del proceso de la elaboración formal de la obra, desde su invención hasta su planteamiento literario, gramatical y artístico que, lenta y pausadamente, fue cultivando el autor hasta su definitiva floración, anudando en una sola unidad, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente, la alegría y la tristeza, la ficción y la realidad.
La historia, «chica, tierna y terrible», se desarrolla en un pueblo de cuyo nombre el autor no se acuerda, o no quiere acordarse, y se saca de la manga el nombre de Herrumbre (Oxido del hierro. Gusto o sabor que algunas cosas, como las aguas, toman del hierro. RAE) Puede discutirse si está en Extremadura, o en Aragón, o en Asturias, o en cualquiera otra «nación», pero a mí me da que, éste, se encuentra en el Andévalo; lo digo por el habla: «lejananza, lejiondo, ajobo, tagilar, recencio, medrosía, jopo, cacaruco, repapilar, andancio, guifa, pesina, pescudar, tristura, encevique, alpendre, escampar, quinterías, comistrajo, chinero...».
Herrumbre está encallado en la eternidad «donde la nada es el algo que hay», sentencia uno de los dos «herrumbranos, herrumbreños o herrumbrosos» que quedan en el abandonario. El pueblo ha muerto por consunción de sus referencias sociales y morales: la miseria, la explotación y la humillación «sin contar la época turbia en la que el chivato acabó con tanta criatura a tiro limpio» (Pág. 17), han secado las fuentes del futuro y del presente, pero no han podido, nunca pueden, apagar las brasas de la memoria, sobre todo, la que ahora llaman «memoria histórica».
Quizá sea este el poso de esperanza que brinda la Novela; por un lado, la eternidad de la memoria; por otro, la fe en el amor y la felicidad: «y no tiene nada que ver que no conociera un amor así para que creyera ciegamente en él» (Pág. 11); nacemos, vivimos y morimos, pero en el duro peregrinar, si creemos en ella, se encuentra la felicidad, «no la aparente, ni la de la bolsa llena, ni la cambiada por dignidad, sino la salida de dentro» (Pág. 32).
La técnica narrativa de Garrido Palacios se intercala, magistralmente, en la agilidad parlante de la retórica tradicional guardada en la talega de la sabiduría popular; dichos, refranes, coplillas y anécdotas acompañadas de situaciones jocosas y de rancio humor, como la competición sonora que se celebró en Herrumbre, y que en algo nos remite a la de los rebuznos contada en los capítulos XXV y XXVII de la Segunda Parte del Quijote, aunque la del pueblo no era de rebuznos precisamente. 
Creo que se trata de una hermosa y gran Novela que a los amantes de la buena Literatura les gustará leer, y tal vez releer, pues nos deja la inquietante sensación de que en ella, hay más.

© Alberto Casas


He leído la novela El Hacedor de Lluvia, de Manuel Garrido Palacios para hacerle una reseña, y he de confesar de entrada mi asombro ante una obra de un hondo calado tanto en lo que dice como en la manera de decirlo. Aunque es novela independiente, también es continuación de su anterior El Abandonario, en cuyas páginas vimos la historia de un pueblo llamado Herrumbre, y de unas personas, que diría que son los perfiles de todas las personas, pues el abanico tipológico es inagotable en este autor. Parecía que en aquella primera salida quedaba todo dicho y resuelto, aunque como lector intuí que Garrido Palacios se había reservado el misterio de qué pasará mañana, como así ha hecho. A esta entrega de El Hacedor de Lluvia le seguirá una tercera con la que compondrá la Trilogía llamada a ser, sin la menor duda, un clásico de la narrativa actual.
De las reseñas que he leído destaco como clave en varias el hecho de sugerir en este autor el dominio de una realidad mágica que le llega desde la otra orilla del Atlántico y que tiene nombre: Juan Rulfo. Correcto. A lo que hay que añadir: y la propia. También he visto referencias a Fernando de Rojas, a Cervantes, a Quevedo, a Baroja. Opiniones con las que estoy totalmente de acuerdo. Pero me parece que se han pasado por alto influencias importantes, que dan la medida de un autor que cuaja su estilo entre el pasado y en el presente. Quiero decir que he querido ver en su literatura un atisbo de Willian Saroyan y, sobre todo, de Thomas Bernhard. Esto no significa que los temas de la obra de Garrido Palacios se parezcan a la de los autores citados, sino que en su originalidad contiene y retiene el encanto narrativo que hace que uno empiece por la primera página y no pueda dejar de leer hasta la última, y aún le parezca poco. 
Esta maestría es de destacar en El Hacedor de Lluvia, personaje que el autor pone y quita del papel, como a cientos, pues se trata de una obra coral donde las entradas, las salidas, los movimientos, las vidas y las muertes de los personajes van dando forma a una porción de novela, quedando al final relacionados todos con una solidez literaria asombrosa. Incluso los pasajes aparentemente livianos, aquellos que podrían tener un tinte anecdótico, se elevan por mano de este autor a rango de categoría.
Sería prolija la nómina a citar de cuantos se mueven en sus 180 páginas: Doninmaculado, Tía Carmelita, Wenceslao, la Guanera, el chivato, Constanza, Belarmino, Ausencio –héroe a la fuerza– y tantos otros que, a pesar de estar nombrados y descritos minuciosamente no se resisten a permanecer en un localismo limitado del pueblo de Herrumbre, sino que el narrador los universaliza con unos soberbios trazos. 
Conocía de Manuel Garrido Palacios lo que había publicado sobre Etnografía, y un buen día cayó en mis manos su primer libro de narrativa: El Clan y otros cuentos, que obtuvo el Premio Borges en Los Ángeles (USA) del Liceo Internacional de Escritores, libro en el que aparece ese monumento al sentimiento como es El Árbol del Futuro, aparte de otros relatos, como los obsesivos Cuento Curvo o El Resplandor, fantástica puesta en escena de un posible caos total. Y desde entonces mantuve mi atención hacia su obra literaria en la esperanza de verle otro libro de cuentos. En sustitución del mismo, sacó la novela El Abandonario, y ahora, camino del colofón, que será su Trilogía, acaba de publicar esta joya literaria llamada El Hacedor de Lluvia, de la que sólo me cabe decir, en atención al espacio periodístico, que quien no la lea, se perderá algo inolvidable.

© Claude Soldeville

EL CLAN Y OTROS CUENTOS


EL CLAN Y OTROS CUENTOS
(relatos)
Manuel Garrido Palacios
Calima Ed. · Mallorca/Madrid

MARÍA CALLAS



ANNE EDWARDS
MARÍA CALLAS · INTIME 
Biographie
Édition illustrée
Traduit de l’anglais par Marie-Claude Elsen
J’AI LU

AHARON APPELFELD

















AHARON APPELFELD
KATERINA
RÉCIT
Traduit de l ' hébreu (Lsraël ) par Sylvie Cohen
Éditions de l'Olivier

SASHA ABRAMSKY


SASHA ABRAMSKY
La casa de los veinte mil libros
Trad. Ángeles de los Santos
Ed. Periférica

JAMES JOYCE


JAMES JOYCE
ULISES
Trad. J.M.Valverde
Bruguera · Lumen

PÍO BAROJA


PÍO BAROJA
LAS NOCHES DEL BUEN RETIRO
Caro Raggio / TusQuest ed.

FABULARIO DE LAS AVES

FABULARIO DE LAS AVES
(Un vuelo por la tradición oral y la literatura) 
Manuel Garrido Palacios
Portada: El Bosco. El jardín de las delicias (det.)
Ilustraciones interiores: Iván y Noé
Editorial Calima • Palma de Mallorca, 240 pg.


El trabajo etnográfico, de larga tradición en España aunque no siempre del todo reconocido, tiene en Manuel Garrido Palacios a uno de sus exponentes más prolíficos, no sólo en la obra impresa, sino también en una amplia trayectoria cinematográfica y televisiva. Pero a sus muchos volúmenes dedicados a fijar el rico venero popular, el imaginario español y de otros países, suma en esta ocasión al trabajo etnográfico la dimensión histórica y literaria que estaba aún por desarrollar en España, en la línea de James Frazer o de Maxime Chevalier. El mito, el cuento, la leyenda contadas a viva voz en los pueblos se interpretan a la luz de la rica tradición literaria occidental, en la que surgen asombrosas semejanzas como testimonio de una continuidad no siempre percibida, pero real, como se demuestra inequívocamente mediante el contraste textual con fuentes tan lejanas en apariencia como Aristóteles, Ovidio, Plinio, la Biblia, Covarrubias, Cervantes, Gracián, Tirso, Fr. Luis de Granada, Lope, entre otras muchas, siempre precisas y reveladoras de un concienzudo trabajo de investigación. El volumen, anticipo de una obra más amplia en el mismo sentido, toma como eje de reflexión las fábulas y los cuentos que el pueblo español ha dedicado a las aves: el cuco, el águila, la grulla, el cuervo, el gallo y la gallina, los pájaros parleros, los de plumaje vistoso, los que aparecen en decires y refranes, son analizados bajo el prisma de sus múltiples apariciones en la literatura, con diversas valoraciones y sentidos. Así, por ej., el águila “desde su aparición como uno de los cuatro vivientes llenos de ojos que rodean el trono" (Apocalipsis, 4, 6-7), es tratada ampliamente por la tradición oral y por la literatura... por Aristófanes, Espinosa, Guevara y otros, que ponderan su inteligencia, su saber impartir justicia y su aguda visión, cualidad que en ocasiones se aplica al hombre listo”

© Marisa Regueiro / Revista RF. Madrid

Fabulario de las aves, de Manuel Garrido Palacios, me resultó interesantísimo. Ese ‘vuelo por la tradición oral y la literatura’ aúna la erudición con la sencillez y ofrece un panorama apasionante sobre el tema. El cuco, la cigüeña, el águila, ofrecen cuentos y anécdotas a veces conocidos, a veces sorprendentemente nuevos, que arrojan luz sobre esas figuras tradicionales. Me encantan las ilustraciones.

© Jorge Covarrubias / Academia Norteamericana de la Lengua Española. Nueva York.

Índice

Introducción · EL CUCO · LA CIGÜEÑA · EL ÁGUILA · LA GRULLA · EL CUERVO · EL CUERVO Y OTROS PÁJAROS EN SUS AVENTURAS · EL GALLO · LA GALLINA · PÁJAROS PARLEROS · UN PLUMAJE VISTOSO · UNA BANDADA DE PÁJAROS DIVERSOS · EPÍLOGO · Notas · Bibliografía

MARGARET ATWOOD


MARGARET ATWOOD
EL CUENTO DE LA CRIADA
Traducción de Elsa Mateo Blanco
Salamandra

ANTONIO MACHADO

ANTONIO MACHADO
CAMPOS DE CASTILLA

El viaje regala testimonios reacios a las vitrinas, no aptos para posar junto al bicho disecado; no son nada que ande en vías de desaparecer, sino simples frutos de las…

...buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Emociona sentir voces que defienden su expresión en esta batalla que libran en una sociedad que no las valora con el respeto imponente que José Carlos de Luna pedía para el Piyayo:

algo de nuestro ayer, que todavía,
vemos vagar por estas calles viejas.

 Vamos del aún al ya en un soplo, total, para saber que no somos tan diferentes los de aquí y los de allá, por alejados que estén los suelos. El ser humano es igual a sí mismo por los siglos de los siglos, con su carga de grandezas y miserias, sus mitos y creencias como respuesta a sus dudas; no más: 

gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Voy en el tren de la vida. Miro por la ventanilla y llevo la impronta puesta de que me gusta anotarlo todo en el papel o en la memoria. En un trayecto largo y en un departamento estanco, que es un mundo, se aprende mucho porque el renuevo de voces se impone cada vez que se llega a una estación, entrando los recién llegados al diálogo abierto sin más trámite. Lejos de las chácharas soporíferas de púlpito o estrado, aquí reinan el sentir y la gracia. Es el caso de la mujer que va frente a mí, de Madrid ella,  que dice que ‘el chotis es una danza escocesa, pero por lo que cuenta mi madre, con casi el siglo de edad, antes se bailaban seguidillas, tiranas, fandangos y jotas, como en Navarredonda, Villaviciosa de Odón o en Cadalso de los Vidrios’.
El tren llega a un destino cualquiera, final para unos, de paso para otros; salen, entran; hay revuelo de maletas y el andén hierve unos instantes con despedidas y encuentros. Después todo tiembla y el tren camina de nuevo. El departamento entra en conversación y mi cuaderno de notas se llena de sitios a los que ir, de gente a quien buscar, de cosas que hay que ver; se constata que, pese a tanto viento en contra de la cultura base, aún existen pueblos y voces: ‘quien va y vuelve / buen viaje hace’, dice alguien. Todos charlan animadamente mientras la luz del día cambia. Una mujer cuenta que ‘el Canelo le hablaba a la Puntilla y el Mono se lo contó toito tó a la madre’. El tren hace tran tran con su paso redondo. Pendulea mi cabeza. Un hombre añade que ayer se lastimó un brazo, que un pastor le dio un tirón seco para dejarle los huesos en su sitio y que se lo vendó con un pañuelo pringado en clara de huevo. El tren frena y hace rechinar los dientes. Puesto otra vez en marcha, sobre las rodillas viajeras plantan una maleta para echar una partida de cartas. Me preguntan si me gusta el juego. Respondo: ¡Psss!.
Un vendedor de chaqueta blanca y una canasta se asoma: ‘¡Pastelitos buenos y baratos!’. Una dama saca un termo de café humeante y comenta: ‘las procesiones de Cazorla, que es mi pueblo, parecen colgadas de la montaña’. Tras envolver el aire de aroma cafetero, pregunta a la señora que va al lado: ‘¿De dónde es usted?’ ‘Yo soy de Baeza, el pueblo de don Antonio Machado’. La otra la corrige: ‘Ese poeta es de Sevilla’. La una se revuelve: ‘Si no nació en Baeza, Baeza le nació dentro, que mi pueblo puede presumir de eso, de rebonito y de deliciosos platos como ajoharina, andrajos, gachas, sopa y migas; y ya sabe el refrán: no donde naces, sino donde paces’.

El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!

El departamento guarda silencio ante tanto desparpajo. Es hermoso que haya gente que ame tanto a su pueblo como para regalarle un poeta entero. Abro el libro del poeta al que le nació Baeza dentro, Campos de Castilla y leo:

Tras la turbia ventanilla,
pasa la devanadera
del campo de primavera.
La luz en el techo brilla
de mi vagón de tercera.
Entre nubarrones blancos,
oro y grana.
La niebla de la mañana
huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío!
¡Este frío de un amanecer en vela!
Resonante, jadeante,
marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor
sobre su manta dormido;
un fraile y un cazador
y el perro a sus pies tendido.
Yo contemplo mi equipaje,
mi viejo saco de cuero;
y recuerdo otro viaje.

© Manuel Garrido Palacios