POETAS DEL SUR DE EUROPA (III)

JUAN RAMÓN DE FONDO

Tengo por uno de los poemas más bellos que se hallan escrito jamás el que el poeta siente como Viaje Definitivo. Dice así:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando,
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron,
y el pueblo se hará nuevo cada año,
y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico.

Y yo me iré, y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

En 1986, recién salido a la luz tras una ceguera de meses, fue el poema el que me llevó a rodar la película ‘Juan Ramón de fondo’ (55 min.) para una de las series televisivas en las que andaba inmerso en ese momento: La Duna Móvil. Reuní para ello a poetas locales y, sin salir del ámbito de Moguer, procuré dejar en el celuloide una visión de Juan Ramón Jiménez en las voces de los que participaron: nombraré a los que ya no viven: Figueroa, Feria, Arcensio o Abelardo. Rodé libre de prejuicios, ajeno a las diferencias que existían entre ciertos poetas; me refiero a ese incesante ‘que si tú que si yo’ destructivo capaz de dar al  traste con una energía que quizás produciría fruto más noble de mediar la elegancia y no la acidez, la voluntad y no las neuras revueltas. Mi idea era integrar a representantes de todos los grupos, sin importarme lo que A tuviera contra B, C o Z y viceversa (¡qué cruz!), con idea de hacer una breve antología filmada del momento poético en el ámbito juanramoniano. La película se hizo, aunque, salvando honrosas excepciones de saber estar, que no abrieron el pico en todo el rodaje ni para bien ni para mal- recibí presiones constantes sobre a quién tenía que ‘sacar’ en el film y a quién no ‘porque patatín patatán’, llegando alguno al punto de decirme que no lo pusiera ‘al lado de mengano o de sutano’. Por supuesto, no lo puse ‘al lado’, sino frente por frente, con lo cual solventé el absurdo capricho. Mi equipo y yo habíamos visto a mucha gente rara por esos mundos, pero no tanto por tan poca cosa. Incluso otro alguien, o el mismo, se atrevió a plantearme que ‘si venía fulano, él se iba’. Harto de tanta miseria, le respondí: ‘Pues vete’. No se fue, claro.
Ahora que se homenajea al Nobel -precisamente con el título de la película: Juan Ramón de fondo, aunque sin nombrarla, claro- he querido tomar esta nota que me ha venido a la mente como breve recuerdo de aquel trabajo. La memoria hace su balance y ve que, de entonces acá, poco han cambiado los protagonistas; unos han permanecido en su sitio, con una integridad que emociona, y otros, no sólo han seguido el camino ya marcado entonces por la soberbia y la estupidez, sino que lo han superado con creces, posiblemente porque les dio tiempo para ensayar.
Ando en tratos para hacer una segunda parte del apasionante mundo  juanramoniano. En principio, y vista la experiencia, se rodaría en Puerto Rico con poetas y testimonios de allá y contaditos de acá. Juan Ramón Jiménez merece ese respeto.

ALMUTAMID



Abro la carpeta en la que llevo poemas de Almutamid (1040-1095) traducidos por Emilio García Gómez y leo uno:

El relámpago la asustó
cuando en su mano
el relámpago del vino resplandecía.
¡Ojalá supiera cómo,
si ella es el sol de la mañana,
se asusta de la luz!

En el ferry que cruza a Tánger desde Algeciras viajan tres muchachas que van por primera vez a Marruecos, según sus palabras, mientras ven esta unión de un mar y un océano en todo su esplendor. Sigo leyendo:

En sueños tu imagen
presentó a la mía, mejilla y pecho;
recogí la rosa y mordí la manzana;
me ofreció los rojos labios y aspiré su aliento:
me pareció que sentía el olor a sándalo.
Ojalá quisiera visitarme cuando estoy despierto
Pero entre nosotros pende el velo de la separación:
¿Por qué la tristeza no se aparta de nosotros,
por qué no se aleja la desgracia?

Supongo que el trayecto sobre unas aguas revueltas hoy en el Estrecho lo van a hacer acomodadas en el interior del buque, igual temiendo mareos o por pura timidez ante este acontecimiento que van a vivir, pero pronto rompen con ello, salen a cubierta, se apoyan en la baranda y el miedo a lo desconocido lo cambian por un cálido y contagioso entusiasmo. 

Es un antílope
por su cuello,
una gacela por sus ojos,
un jardín de arriates
por su fragancia,
una rama de sauce
por su talle.

Les digo que no es poco pasar a otra cultura, a otros sabores, a otros aromas, a otra lengua cruzando el agua, donde no existe transición posible, sino un corte a tajo. Por si no fuera suficiente, saltan delfines a babor como si quisieran infundirles confianza o les dieran la bienvenida, y las tres muchachas los señalan, les gritan, intentan retratarlos para retener la magia del momento. Todo les sorprende, de todo disfrutan, todo lo celebran, todo lo viven. Continúo el poema de Almutamid:

El corazón persiste y ya no cesa;
la pasión es grande y no se oculta;
las lágrimas corren como las gotas de lluvia,
el cuerpo se agosta con su color amarillo;
y esto sucede cuando la que amo a mí está unida:
¿Qué sería, si de mí se apartase?


Su capacidad de admiración parece que se ensancha; hasta les brillan lágrimas de tanta emoción junto a la frase inevitable: ‘Creí que nunca vería esto’. Quien ya pasó por este camino comparte el sentir.

Te he visto en sueños en mi lecho,
y era como si tu brazo mullido fuese mi almohada;
era como si me abrazases, y sintieses
el amor y el desvelo que yo siento;
era como si te besase los labios, la nuca,
las mejillas y lograse mi deseo.
¡Por tu amor! Si no me visitase tu imagen,
en sueños, a intervalos, no dormiría más.

Me preguntan por el motivo de mi viaje. Les digo que voy a Agmat a un encuentro con gente que escribe poesía, que la recita, que la escucha, que la saborea sin más y que, algunas veces, la saca en libros. Se ha escogido Agmat como marco por estar allí las tumbas de Almutamid, Rumaiquiya y una de sus hijas:

¡Oh mi elegida entre todos los seres humanos!
¡Oh estrella! ¡Oh luna! / ¡Oh rama cuando camina,
oh gacela cuando mira!
¡Oh aliento del jardín, cuando
le agita la brisa de la aurora!
¡Oh dueña de una mirada lánguida
que me encadena!
¿Cuándo me curaré? ¡Por ti daría la vista y el oído!
Tu frescor aliviaría
la oscuridad de mi corazón.

Ya en tierra, camino de Agmat, les sugiero que recalen en Tánger, Assilah, Larache, Bolubilis, Fez, Xauen o Marrakech, que ofrece la sensación de asistir al latido maravilloso  de la Plaza del Fna, o Asamblea de muertos, y se diluyan en el laberinto de la Khasba, donde colores y aromas envuelven y encantan.

Tres cosas impidieron que me visitara
por miedo al espía y temor del irritado envidioso:
la luz de su frente, el tintineo de sus joyas
y el fragante ámbar que envolvía sus vestidos.
Supón que se tapa la frente con la amplia bocamanga
y se despoja de las joyas,
más ¿qué hará con su aroma?

Las tres muchachas, tras haber visto el mar por primera vez, se interesan por Almutamid y deciden seguir hasta Agmat para integrarse en la reunión de gente que hace poesía, que la canta, la recita, la ama.

Dos mujeres escapadas de un libro sagrado sacan agua de un pozo de brocal de piedras situado en el camino de Settat, cerca de Marrakech. Ambas tiran de la cuerda que eleva el cubo rebosante, como si ensayaran el ritual de un ritmo, el de la vida, por ejemplo. La carrucha herrumbrosa cuelga de un trípode de palos; madera que se curva a cada esfuerzo sin que en siglos se haya roto. O se ha roto pero a mí me gusta que no se haya roto. Se queja. En tortuoso camino veo un accidente de autobús en una curva. Se hace lo que se puede hasta que las ambulancias lleguen. Coloco la cabeza sangrante de una anciana sobre un cartón y la cubro con otro para evitar que la llovizna le empape el rostro.
Los que pueden hablar cuentan entre ayes que el vehículo resbaló con el agua, volcó, dio vueltas cuesta abajo y la gente rompió con sus cuerpos los cristales de las ventanillas. Ahora yacen sobre la hierba o lloran sentados en las rocas que flanquean la triste visión del suceso. El autobús humea con las ruedas hacia arriba. Alguien dice que nos apartemos todos por si explota. Es el cuadro de la indefensión humana. Las mujeres escapadas del libro sagrado me ven parar luego junto a ellas y me preguntan qué ha ocurrido allá lejos que no cesan de venir ambulancias. Les digo lo que acabo de contar y les pido de beber. Me dan un cucharro de corcha para que me sacie. Resuena en mi memoria mi pueblo de Alosno y su copla siempre a punto:

Dame agua de tu noria
que vengo muerto de sed.
Jesucristo, por beber,
le dio a una mujer la Gloria;
yo te voy a dar mi querer.

Haimas repletas de objetos de barro se alinean en otros  tramos del camino. Si paro, compro. Seguro. La habilidad de los mercaderes anula la que uno cree tener para el regateo. Pero si no les discutes es peor. No te aprecian como comprador. El equilibrio, según Mohamed, está en esto: de lo que te pidan por un tiesto lo divides por la mitad y ahí empieza el tira y afloja. Será difícil marchar de vacío. El tope es cuando te ofrezcen otra cosa desviando tu atención del objeto que deseas. Ahí tienes que decidir.
Luego de tanto trote llego a la tumba de Almutamid, en Agmat. Ya vine hace unos meses con ocasión de rodar un documental sobre él, Rumayquiya (Itimad) y la hija que duerme eternamente junto a ellos. Las tres tumbas están en el Mausoleo que cuida Ait Zaouit Abdelkrim, que recita fragmentos de poemas de Almutamid Ben Abbad como si el poeta muerto reviviera en su voz emocionada. Los versos están escritos en árabe en el zócalo que adorna el recinto, templo levantado en honor de la Poesía, que abre sus puertas al nacimiento del Sol. Aparte de lo escrito en los muros parece flotar un eco de Rumayquiya diciendo aquellos versos finales: ‘Ya estoy para siempre junto a él. Dejadme en paz’.

© Manuel Garrido Palacios
© Fotos MGP.

MANUEL DURÁN

MANUEL DURÁN
PREMIO NACIONAL “ENRIQUE ANDERSON IMBERT” 2015
OTORGADO POR LA ACADEMIA NORTEAMERICANA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

NUEVA YORK. Manuel Durán, profesor emérito de la Universidad de Yale, gana el Premio Nacional “Enrique Anderson Imbert” 2015 otorgado por la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE).
Este Premio reconoce la trayectoria de vida profesional de quienes han contribuido con sus estudios, trabajos y obras al conocimiento y difusión de la lengua y las culturas hispánicas en los Estados Unidos.
El jurado fundamentó su decisión señalando “su ejemplar fecundidad poética y ensayística, su trayectoria educativa como investigador, crítico y profesor universitario e impacto general en el mundo de las letras para el conocimiento y difusión del idioma y las culturas hispánicas en los Estados Unidos, además de constituir una vida ejemplar por su extraordinario esfuerzo de superación desde las condiciones más adversas”.
El premio se concede a personas residentes de los Estados Unidos y consta de un diploma y una medalla conmemorativa.
Los ganadores de las tres ediciones anteriores fueron Elias Rivers, catedrático emérito de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook (2012), Saúl Sosnowski, profesor en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Maryland (2013) y Nicolás Kanellos profesor de estudios hispánicos en la Universidad de Houston y director de Arte Público Press (2014).
El director de la ANLE, Gerardo Piña-Rosales, declaró: “El Jurado desarrolló una excelente y difícil labor pues en esta edición los finalistas contaban con historiales distintos, todos ellos meritorios. No me cabe duda de que Manuel Durán, como poeta, crítico y educador –representante del exilio español primero en México y luego en los Estados Unidos– no tiene parangón. Felicito al jurado por su visión lúcida y ejemplar profesionalidad".
El galardonado expresó: “Sorpresa muy agradable es la noticia del premio que me otorga la ANLE. Por una parte es bien cierto que los que trabajamos en las escuelas y las Universidades no lo hacemos con el afán de enriquecernos, y tampoco vamos en busca de aplausos y honores. Nos atrae el contacto con los jóvenes, la posibilidad de influir en forma indirecta, casi misteriosamente, en el futuro de nuestros pueblos y nuestras culturas, y pagar la deuda que tenemos con los que fueron nuestros maestros. Y a su vez los que estudiaron con nosotros, por lo menos algunos de ellos, seguirán nuestros pasos. Esta continuidad, esta cadena, no se rompe; es, afortunadamente, eterna.”
Carlos E. Paldao, secretario del certamen, comentó: “La trayectoria de Manuel Durán se ha caracterizado por su constante excelencia como crítico, investigador, poeta y profesor universitario. El Jurado ha reconocido sus extraordinarios méritos por la ingente calidad y profunda contribución al conocimiento y difusión de la lengua, las letras y las culturas panhispánicas en los Estados Unidos.”
Manuel Durán (Barcelona, 1925) abandonó España al final de la guerra civil y, tras una estadía en Francia, llegó a México en 1942 donde cursó estudios de Leyes al igual que de Filosofía y Letras en la UNAM. Complementó su formación con estudios de posgrado en La Sorbona. En París conoció a Octavio Paz y desde entonces colaboró con él en diversos proyectos. De regreso al continente, se estableció en los Estados Unidos obteniendo el doctorado en Lenguas y Literaturas Romances en la Universidad de Princeton, con una tesis dirigida por el gran humanista, filólogo e historiador Américo Castro. En 1960 llega a la Universidad de Yale donde desarrolló una larga carrera como catedrático, Director de Estudios Graduados y, finalmente, Jefe del Departamento de Español y Portugués.
La lista de publicaciones de Manuel Durán es extensa: estudios monográficos sobre escritores del Siglo de Oro (Cervantes, Luis de León, Calderón de la Barca, Quevedo) y sobre autores modernos (Lorca, Cela, Ortega, Gayte, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Elizondo y Paz, entre otros).
Manuel Durán viaja con frecuencia a México, país al que considera su segunda patria. Jubilado, pasa la mitad del año en La Florida, frente a la bahía de Tampa, que recorre en su barco de vela. En su biblioteca privada puede verse la reproducción de un grabado de Goya, que es el autorretrato del gran artista disfrazado de Padre Tiempo, con una guadaña y un farol, y al pie un lema que Manuel Durán, a los 90 años, hace suyo: "Aun aprendo".



Correspondiente de la Real Academia Española

Yannick Brun-Picard

VIVRE AUX CÔTÉS DES AUTRES EN HARMONIE
L'indispensable ciment sociétal
Yannick Brun-Picard
L’Harmattan
Paris 

L'indispensable ciment sociétal, cette faculté à vivre aux côtés des autres en harmonie, est un concept vital à l'avenir de nos sociétés et se synthétise sous les termes de convivance. Cette dernière se révèle être un concept préhensible, vivable et diffusable au sein des différentes structures sociétales où elle acquiert sa texture, sa densité et son identité. L'intérêt du présent ouvrage est de rendre accessible les mécanismes conscients, inconscients, innés et acquis mis en synergie au coeur du vivre ensemble intégré dans la convivance.

Jean Paul Richter

SIEBENKÄS
Editorial Berenice

La vida del abogado Firmian Stanislaus Siebenkäs sólo puede contarse en un estilo cómico, especialmente desde que contrae matrimonio con la modista Lanette Egelkraut. A su enlace acude su amigo Heinrich Leibgeber, con el que comparte una identificación personal y un asombroso parecido físico. Infelizmente casado, Siebenkäs va a consultar a su amigo, que, en realidad, es su alter ego, o doble fantasma (Doppelgänger: palabra inventada por Jean Paul). Leibgeber lo convence para fingir su propia muerte, a fin de comenzar una nueva vida. Siebenkäs toma el consejo y pronto conoce a la bella Natalie. Protagonista y doble se enamoran e inician el camino hacia esa «boda después de la muerte» a la que alude el título.
Así empieza esta compleja novela en cuya trama Jean Paul intercala una serie de sátiras, idilios y parlamentos plagados de metáforas, humor irónico y reflexiones sobre su forma de entender el arte de escribir. Richter crea en esta novela la figura del «doble acompañante» o «fantasma» tan utilizada otras veces, y que ha inspirado obras de la modernidad literaria: Dostoievski, Hesse, Borges, Magris... Crítica social, posiciones políticas, ciencia, personajes de profundidad psicológica, Jean Paul lo abarca todo, desafiando de manera original los límites de la estructura de la novela como se entendía hasta ese momento.
(Edit.)

«Un autor genial que nadaba como nadie entre los antagonismos. Un gran humorista.»
(Hermann Hesse)

«Estos idilios familiares, contados por Jean Paul, adquieren dimensiones cósmicas, y la épica doméstica -amor conyugal, trabajos domésticos, una jornada feliz, la cuna y el ataúd- se entreteje en una trama deliciosa e infinita. 
(Claudio Magris)

Mário de Sá-Carneiro

Cartas Escolhidas (II)
Mário de Sá-Carneiro
Colecção Clássicos. Estudos e Documentos n.º 267
Introdução, Apelo Documental e Notas: António Quadros
Publicações Europa-América, Lda., 1992
Lisboa

Diego Ropero Regidor

LOS DÍAS CUMPLIDOS
Diego Ropero Regidor
(Poesía 1977-2010)
Ediciones La Isla de Siltolá



“Creemos entender la tristeza / del amante, los sinsabores de la turbación, / el contenido de una carta de amor / que atrapada llega por suerte del destino / en el interior de una botella, / y no la procedencia / ni el significado de la pérdida. / Solo un instante cierta corazonada / que regresa ya sin nombre”.
Diego Ropero-Regidor (Moguer, 1955) es poeta. Evito añadir que es historiador, que enriquece con sus ponencias los congresos americanistas, que dirige el Archivo Histórico, la Biblioteca Iberoamericana de Moguer, las colecciones Biblioteca Nueva Urium (investigación) y La Columna Quemada (verso) y que ha editado Poesía reunida, de Miguel Teurbe (1820-1857), Tierra de secreta transparencia, de Serafina Núñez (1913-2006), cubanos, y Finís vitae: testamento y codicilo, de Felipe Godínez, en el 350 aniversario de la muerte de este dramaturgo del Siglo de Oro.
Así que no lo digo; lo callo porque ante su último libro hasta ahora: Los días cumplidos, lo único que me apetece decir es eso tan complicadamente simple: que es poeta, que parece poco porque se suelta de tirón, de puro impulso tras la lectura serena de sus páginas. Un poeta, por cierto, tallado en el yunque de la mágica fragua moguereña:
“Nunca he visto desbordarse / el río de mis horas, / y siento que se enfurece / bajo la ciénaga y el matorral; / hilo de sangre en la penumbra / de una ciudad fingida, / irrelevante para los obtusos. / Nunca lo he visto, en verdad, arrasando / las orillas que le hurtaron / impúdicos vestigios de polvo, / escombros que lapidan la vida, / cacharros inútiles para la despensa; / un pecio convertido en obra de arte, / casi un espejo hecho añicos / que desdobla el perfil del cauce enmohecido; / esplendor en la hierba que mi corazón / procuró a modo de acertijo / y, finalmente, silenciaron las rapaces / que sobrevuelan la marisma. / Ya solo queda un mástil / atravesando cual pértiga el pecho / escurridizo de la serpiente / que un argonauta dejó de centinela / a las puertas del infierno”.
La obra, que reúne una selección de poemas de su bibliografía (Canto a Perseo, 1977-1983; Dioses –plaquette-, 1986; Bethesda, 1988; Vieja herida el río, 1998; Anoche me visitó la luna, 2001; La realidad velada de la lluvia, 2004; Restos del naufragio, 2005; El bosque devastado, 2006) más tres títulos inéditos (Pacto con un extraño. El pájaro imposible -Poemas de Cuba- y Estando la casa en llamas), se ha presentado en Seattie (USA), Huelva y Moguer y en otoño se hará en Sevilla y Madrid, quizá porque “La ciudad en otoño es más eterna, / se desgrana como música de pétalos / a la caída de la tarde / y yo la tomo como si fuera una novia / pudiente, un sortilegio, aventura / cálida por el costado del río. / Todo su cuerpo late tremendo, fanal / y lúdico, apasionado, casi desnudo, / por la osamenta de la marisma / más resistente y amable del mundo”.
En la nota que acompaña al libro dice el poeta que, “en principio pensaba publicar solo los libros inéditos, pero finalmente reuní casi toda la poesía”, lo que para Antonio Molina Flores, prologuista, representa “casi unas Obras Completas, si no fuéramos tan jóvenes”.
Dice el poeta: “Ansia de tu tiempo / y tu voluntad. / Ninguno de los dos obtuve; / solo palabras huecas / me llevaron al hastío”.

© Manuel Garrido Palacios

Lazarillo en Armação de Pera

Lazarillo en Armação de Pera 

En Armação de Pera, pleno Algarve, se ha desarrollado un curso sobre la novela picaresca española con sesiones dedicadas a «La vida de Lazarillo de Tormes: y de sus fortunas y adversidades». En cada una se ha medido la obra a lo largo y a lo ancho tocando lo social, lo literario o lo folklórico, o sea, desde sabrosos ángulos, siendo la estrella el tema común con el que han cerrado todos los oradores: la identidad del autor, que es el enigma que acompaña a la obra desde su nacimiento en el siglo XVI, uno de los secretos de la literatura en castellano, dato guardado en el aire, sin cajas fuertes, ni sótanos blindados ni otro esfuerzo que el de no declararlo. Se han barajado nombres, pero no «el nombre». Las voces han gastado su tiempo en recorrer caminos que pudieran conducir a desentrañar la duda, y se han amasado valiosos estudios a ver si arrojaban una luz en el túnel de silencio, como el de Häns Krüggert, escritor sorprendido, a la par que el resto, de que ignoremos la autoría de una obra que en sus albores contó con tres ediciones simultáneas, ya que aparece en 1554 en Burgos, Amberes y Alcalá.
Armação de Pera es un sitio calmoso que no necesita la publicidad que pudiera aportarle el curso. Le es suficiente el boca-oído. En general, no tiene el Algarve ningún figurón que cante cifras de visitantes al ojo por ciento, ni que le ponga apellidos recurrentes como Algarve-la-espuma, o Algarve-las-olas, o monerías por el estilo plagiadas de textos para ni se sabe qué. Algarve es Algarve de una punta a otra, sin tanta música celestial, lugar del sur de Europa al que acude gente del mundo entero porque el sitio solo se vale, sin voceros salvadores que vivan a costa del contribuyente. Tiene unos acantilados de margas terciarias, un paseo colgante desde donde cada puesta de sol –la luz– es, como en todo este sur de sures, maravillosa, y una exquisita cocina, que no se suele alabar, entre otras razones, porque no hace falta. Es buena de entrada a salida. Así de natural. Ya decía Ortega que no había que explicar lo obvio. Sin curso o con él, cualquier plato a la algarvía tiene rango para merecer el viaje y ocupar mesa en una de las cien tabernas que se asoman al mar para lo que Rosendo de Almonte llamaría: una degustación.
Armação de Pera es ideal para dedicar unas jornadas a teorizar sobre el autor de Lazarillo y marcharse tal cual se llegó: sin saberlo. Lo curioso es que para hablar de quien tanta hambre y frío pasó se goce de tan buena mesa y cama.

© Manuel Garrido Palacios.

POETAS DEL SUR DE EUROPA (IV)

CELIA BAUTISTA IGLESIAS
EL RITMO DE LAS SOMBRAS

Sentían ya las moscas la vendimia
y la mimosa, el pruno y el olivo
ensayaban, a coro con el aire,
melodías de siempre,
con batuta de otoño.
Metida en un paréntesis de tiempo,
ella miraba al suelo,
contemplando
la danza improvisada de las hojas.
Un bodegón dinámico que trazan
los dedos invisible de la luz.
Permanecía quieta
sólo ella. Plena, su sombra plana
acariciaba / la nuca del silencio.

Celia Bautista Iglesias nace en Riotinto y ejerce como Catedrática de Lengua y Literatura Españolas lejos de su cuna; otra cuna: una, donde naces y otra donde paces. Incontables son los galardones que adornan su obra, por si no fuera bastante la obra misma. Algunos premios son “Ciudad de Barcelona”, "Luis Cernuda", “Nicolás del Hierro”, “Joaquín Lobato”, “Diario del Norte”, "Leonor", “Carmen Conde", etc. Por eso, que podríamos llamar lo exterior, y por lo que deja traslucir en sus versos, Juan Delgado cree que “su tierra la que se la está perdiendo, y no hay tanto trigo como para que queden las mieses sin cosechar”. Mieses sin cosechar; sentimiento por sacar ¿de qué textura, de qué pulso para que no se diluya en el camino?; frases aún por decir ¿a quién, para quién por quién?; latido pendiente ¿de qué circunstancia? ¿cómo es el paisaje que sólo se ve con los ojos del alma?:

Este sol tamizado
que tiembla entre las sombras de su pruno,
no es como el sol de ayer
con pupilas de fuego,
que secaba el aliento de las flores
tan solo con mirarlas.
Es ámbar derretido,
orujo de membrillo recién hecho,
cendal de brisa y miel que huele a otoño.
A un otoño precoz
que, desde siempre,
se hizo un hueco en ella y le ha robado
centenares de hojas casi verdes,
que un vendaval de vida arrebató
al árbol sorprendido de sus sueños.

Parece que todo ha pasado cuando todo está por pasar. Dijo Lennon un día que no cantaba: “la vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas”. La vida de cada cual se va enganchando en nasas invisibles, sin salida una vez dentro, nasas que sólo el sentir puede romper a golpe de versos, quizás quitando…

…a todos sus recuerdos
el polvo del silencio de los años.
Los hechos que conforman lo que ha sido,
sin orden, le reclaman
las horas que no pudo o supo darles.
Que los mire y los recree,
presiente que le piden.
Tal vez, vivir no sea más que esto.
Dejar que el tiempo vaya amontonando
la arcilla de pasiones necesarias.
Para, llegado el día, regalarles
el aliento, la voz
y todo el tacto
que modelen sus cuerpos de vasijas.
Si, al fin, consigue hacerlo,
las llenará con todos los latidos
que algún viento celoso le robó.
Para beber de ellas cada día.

Y entre tanta luz cegadora, un manojo de sombras al ritmo de las sombras; sombras que se van o se quedan junto al modelo. Al final, sólo sombras: otra manera de manifestarse la luz:

Con estos prolegómenos de otoño
el jardín se sacude
los últimos sudores del estío.
A espaldas de su mundo,
ella no se resiste a contemplar
las sombras que no encuentran
la dimensión exacta del deseo.
Son distintas, siempre,
las formas que proyecta un mismo árbol.
Tal vez, todo se deba
al ímpetu del aire que lo anima
y cimbrea su talle,
hasta sacar de él
temblores que recuerdan
la danza estremecida
que siente cualquier cuerpo
cuando por fin lo templan
las manos invisibles que soñara.
Se acerca a sus recuerdos de puntillas
como quien no quisiera despertar
al fantasma del tiempo.
Ese que nos esconde
las horas una a una,
para que no exprimamos
su delicioso jugo.
Pretende recorrerse las estancias
que, por algún motivo, se dejó
a media luz / y rescatar de ellas
las sombras que aún palpitan
del sueño inacabado que ya fue.

He leído El ritmo de las sombras de Celia Bautista mientras el estudio se poblaba con la música de Mozart. Unir tanta belleza me ha sabido a esa sensación que no se puede asumir del todo, porque, como la autora dice: “hay en ella una fuerza que se escapa / en dirección contraria de la meta, / rompiendo las cortinas que ha tramado / la pertinaz araña del olvido”.
UBERTO STABILE
POEMARIO INCESANTE 

Este ‘poeta de la transición y en transición permanente’, según Fernando Beltrán, se entrega ‘a la poesía sin miedo, sin pudor; con la gratitud y el respeto de quien se entrega, en la misma medida de sus sueños utópicos, a los demás’, dice Antonio Orihuela. Mueve cultura, la hace posible y él  apenas asoma entre bastidores. De Stabile, en el que “la irreverencia, el humor, la ironía, la rabia y la permanente sugerencia son sus herramientas más efectivas”, según Eugenio Sánchez, hablamos los demás porque como dice Ángel Petisme: “Cuando uno lo conoce  entiende por qué a los soñadores de mapas nunca les tiembla el pulso bajo el crepitar de las velas”. En la antología Maldita sea la poesía, preparada por el autor con Ignacio Escuín, se lee en su página 79:

Yo he visto
los mejores poetas de mi generación
desterrados, desheredados
ocultos en el fondo de los bares
y he visto sus miradas
como versos trepidantes
cabalgar hacia el final de la noche
y he visto su ternura descuartizada
por la abundancia de quienes les temen
y en su miedo los hacen grandes.
He visto la bondad en sus gestos
la rebeldía de un mundo
que no necesita ni ley ni orden para ser justo,
y la testaruda razón de quienes a la vida
responden con la vida misma.
Yo he visto
una canción que no tenía letra ni remite
y ellos la entendieron.
Les he visto levantarse
contra los versos exquisitos y subalternos,
les he visto encadenarse a las excavadoras
para frenar la destrucción de su tierra
de su conciencia
y nadie los invitó a los palacios de Doñana
y mucho menos a editar poemas
bajo el sello hipócrita
de quienes lavándose la cara
ensucian el mundo.
He visto cómo se engañaban para seguir
perdiendo en un círculo de ganadores
como alacranes en mitad de un fuego
que desintegra y reduce
la inteligencia y el miedo.
Y por todo ello han sido procesados,
sentenciados, condenados
abocados a la indigencia laboral
y clandestinidad de la palabra.
Yo he visto
los mejores poetas de mi generación
romper versos a conciencia
porque bien ya otros lo hacen
y no ha ocurrido nada.
En su profunda voluntad de cambio
en sus humanas contradicciones,
en su maldita y genial resistencia
frente al pensamiento único,
he visto los mejores poetas de mi generación
perder sus mejores oportunidades
y no ha pasado nada,
pues nada hay más digno
que ser coherente y efímero
en todo momento y verso,
esa maldita poesía que nos hace libres…

         En otra antología: Habitación desnuda (1977-2007) escribe Alfons Cervera: “He leído estos poemas con la seguridad de que hay un cuchillo dispuesto a agrandar con su filo las dimensiones de la belleza’. Se podría decir de cualquiera de sus libros: Distrito marítimo, Hermosas escenas de la noche, Empire eleison, El pianista del Metropol, De Kategorías, Rendez-vous, Las edades del alcohol, Per-verso, Los días contados, Otros poemas, Material de derribo o Poética. Un algo de ese todo cabe en las antologías de Stabile, una desnudez de alma que da al vacío. Cada poema es una calle del universo del poeta:

Vengo del otro lado de los kilómetros
de oír a Leroi Jones tocar las congas
en un sueño vertiginoso.
Caminé en silencio tras los versos y las visiones
de Ginsberg, Kerouac, Corso y Ferlinghetti,
incluso llegué a desvelar
la tortuosa languidez de Emily Dickinson
entre los acólitos del terror.
He sido siempre mi mejor enemigo
no tuve miedo cuando hube de traicionarme
porque en toda traición existía una redención.
Vi los restos de un naufragio
levantarse contra su destino.
Muchos de nosotros escribimos
los mejores poemas con nuestros cuerpos
Jehová enterrado. Satanás muerto
-leí a Cumings-
y también hubo mañanas sin sol
y noches con dos lunas
donde nos arrastramos embriagados
hacia el misterio
y cada paso, cada verso, a ciegas
se convertía en un riesgo
en el riesgo del placer.

         Confiesa que escribe poesía: ‘Porque no sé escribir música. Si algún Dios se hubiera apiadado de mi antes me hubiera concedido el don de interpretar los sonidos de la naturaleza. Expulsado de ese Paraíso me dedico a escribir poemas como un proscrito en busca de la música perdida’.
JOSÉ MARÍA MILLARES SALL
KRAK 

KRAK es un libro que reúne ‘los textos más atrevidos y los de mayor fuerza poética’ del tiempo último de José María Millares Sall (1921-2009). Son poemas que quedaron ‘ahí’ tras su muerte, pero dispuestos por él para su publicación un día en una ‘juiciosa unidad’. Cabe preguntarse ¿quién o qué es Krak?. Para quien esto escribe es una energía, un espíritu, un poder generador, una criatura tallada dentro del poeta, suya, por tanto, hasta el tuétano. Es él mismo rayano en los confines de lo sensible, ‘que deambula por su vida y por su obra’ y que confiesa haber visto ‘hacia un otoño…’, en esa introspección continua que ha necesitado para levantar su escritura desde la sima del silencio; es un ente con el que ha ‘mantenido una rara relación de amor-odio’ cuya crónica posible podría estar –está-  en los versos. Ese poder creador no lo visita: va con él; es parte de él, es un él más íntimo que él mismo; un él que se sale de sí; es aliento, latido, pulso, fuerza que ‘acomete -con brutalidad burlona- al ya frágil debilitado escritor’ al que hace ‘cumplir un descarado y descarnado ajuste de cuentas consigo y con la poesía’. Es un atrevimiento que conmueve. 
De todo este material inasible majado en la marmita del alma brota el milagro, hondo y profundo al tiempo, recio hasta herir, de su poesía.

(Poema 10. Página 31)

El barco
de la muerte a la deriva
que se aparta
de las olas y los grandes mariscos
porque sabe que allí
está su casa y el muelle que lo espera
para ponerle cadenas
y anclas que así le impidan salir
por las noches con amigotes y mujeres
pero Krak que es muy paciente
espera para cambiar
el muelle de lugar y ponerlo
sobre la arena de un desierto donde el ancla
y las cadenas
convierte en un taller de costura
y al barco en una señora
muy obesa que cuando se sienta
los sismógrafos registran temblores de tierra
y el niño que duerme
se despierta gritando porque en efecto
le ha despertado un rodar
de piedras y que todo se movía
cuando para Krak
no era esa
su travesura.
UMAR ABASS
MANUEL MOYA 

El sueño de Dakhla es un texto atribuido al poeta saharaui Umar Abass, con poemas que hablan del exilio y de la tierra perdida desde una evidente actitud moral, sin renunciar por ello a una atmósfera intimista, a un ámbito propio. Umar Abass nace en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. A los dieciocho años se traslada a París, donde permanece hasta rozar la treintena. Posteriormente se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal. Tras un corto periodo preso es expulsado del país y se instala en Damasco, ciudad que abandona para incorporarse como combatiente a la lucha que libra su pueblo. Participa en la proclamación de Bir Lehlú y sufre heridas en combate. Desde 1987 vive entre Madrid, Tindouf y Kirsehir ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo cursos universitarios. Ha publicado el libro de viajes: Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por el norte de Irán y traducido por poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din al castellano. Su poesía escrita entre 1977 y 1998 es recogida por la prestigiosa editorial L’Harmattan (París, 1999) bajo el título de Tregua / Trêve. La obra El sueño de Dakhla abarca sus versos desde esa fecha hasta 2005.
Sus poemas son como más de una vez hemos soñado que tendría que ser la Poesía: pura esencia. El titulado Abu Nuwas dice:

Hay tardes en que siento,
aquí, en mi corazón, el río,
lo siento como siento que soy viejo.
Pero ajeno a mí, el río pasa y pasa,
mientras la tarde deja en las orillas
una luz tibia,
olor a lodo, a flores muertas.
Sí, es este el río,
el que llega en las sombras,
el que muele las sombras,
el que arrastra las sombras.

En otro poema advierte:

Sí así lo quieres,
cubre el cielo de tinieblas
y azota las cumbres
y enfurece a los ríos,
pero apiádate de esta casa
que he alzado por tres veces
de la furia y la sevicia de los hombres.
Nada conozco más frágil que estos muros
donde un mísero fuego cada noche
me calienta y me da luz,
así que hazme el favor,
pasa de largo
y de castigar
castiga las murallas del alcázar,
que se alzaron para desafiar al mundo,
y no a mí, que a nadie desafío.

Parecen beber estos versos de uno sólo que leí hace años: ‘Si el río quisiera obedecerme’, escrito por el poeta Manuel Moya, quien obtuvo con este libro el Premio Vicente Presa de Poesía.
RAQUEL RICO
RESPLANDOR

Nada tengo que hacer
mientras tú no me llames.
Me esfuerzo cada día
y cumplo diligente
horarios y tareas,
mas ese hacer es nada.
Cuando al fin tenga un nombre
que salga de tus labios
y sepa que me esperas,
cada paso del viaje
será por fin camino
y destino
y certeza,
pues sólo a ti me debo.

Raquel Rico, Profesora de Historia del Derecho de la Universidad de Sevilla, obtuvo el Premio Nacional María Espinosa con poemas de su obra Conciencia del instante y el Luis Cernuda con Miradas. Luego publicó De par en par, en Pre-textos. y Miscelánea italiana, en Signum Edicioni d’Arte.
Resplandor es un poemario dividido en tres partes: 1, A dos voces, 2, Dos amores me habitan y 3, Lugares. En el propio enunciado de estos capítulos se encuentra la esencia de toda la obra: paisajes con el amor de fondo. En cuanto a la forma, la autora cuenta que en 1999 tuvo acceso a una edición de los Sonetos de Shakespeare en la versión de Carlos Pujol, publicada por La Veleta de Granada. Conocía otras traducciones que la habían acompañado en el viaje de su vida, pero fue esa la que despertó en ella la emoción iluminada, inexplicable, que se produce cuando palabras ajenas enseñan a identificar con precisión los sentimientos:


Las palabras que escojo,
las que buscan nombrarte,
me tiemblan en la pluma,
no quieren escribirse.
Se retuercen dramáticas,
temen ser desmedidas,
excesivas, inútiles,
mi amor las avergüenza.
Y yo, también cobarde,
trivializo la hoguera
que me reconcilia con el mundo,
renuncio a describir cupidos
que enrojecen mi corazón
con la inocencia de la felicidad,
a la aventura
de nombrar un instante
que es tempestad y puerto,
delirio y armonía.

Todos los poemas incluidos en el primer tramo: A dos voces, son, además, el resultado del reto de utilizar versos de Shakespeare como temática y punto de partida de sus propios poemas; versos, palabras que se integran en el texto o aparecen como cita que lo justifica. Se advierte, por tanto, ecos de los sonetos 10, 17, 52. 57, 58, 65, 71, 92, 97 y 147.
El poema ‘Oscuro, herido, insomne y memorioso’ tiene su historia aparte. Escribe Felipe Benítez Reyes en su libro Vidas improbables que “al endecasilabita Servando Meana, su ambición por concebir una obra memorable le impedía terminar unos poemas que, en el mejor de los casos, se agotaban en un par de versos”. Raquel Rico propuso a los alumnos de un Taller de Poesía que intentaran continuar algunos, y ella escogió éste:


Oscuro, insomne, herido y memorioso... 
vaga el amor que tuve y ya no tengo.
Oscuro porque es negro el laberinto
en el que busca hallar la luz de entonces.
Insomne porque el sueño ya no logra
que mis ojos descansen en los suyos
y herido el corazón late despacio
aguardando que el día por fin llegue.
Memorioso, el recuerdo no abandona
a quien tuvo la dicha de tenerle,
a quien vivió con él en la esperanza.

Una cita de Natalia Ginzburg: “La única verdadera riqueza del hombre es una vocación”, late a lo largo del libro en el sentido de amar y de expresarlo con la más bella herramienta humana: la palabra. Raquel Rico escribe:

Porque es tuya mi vida
y tuyo este presente
sin ti, sin mí, sin nada,
te espero cada día.
La ciudad es la misma.
Tiene calles sagradas
que demoran mis pasos,
renacen los jazmines
y la luna suaviza
la noche y la distancia.
Cada rostro es el tuyo.
Hay quien dice palabras
que un día me dijiste,
misteriosas sonrisas
que me enseñan tus dientes
y otros ojos me miran
como tú me mirabas.
Porque sé, porque creo,
porque viví contigo
la certeza más alta,
esperar es lo mío
y en ti mi confianza.

En suma, “nombradas las palabras”, convencida de que “como un cofre es el tiempo / en que tú estas ausente”, Raquel Rico ofrece en su libro esa porción de misterio poético que hace visible el amor dentro de cada alma, ese no sé qué tan único que contiene la poesía y que ella comparte quizás para “que esta tinta tan negra / pueda hacer que mi amor resplandezca por siempre”.

© Manuel Garrido Palacios

LANSKOY

LANSKOY
Aguada (1954)
Galería Jacques Dubourg
Paris

BOTTICELLI

Vénus et les Grâces
BOTTICELLI (1445-1510)
Fresque · 2,11 x 2.83 m.
Acquis en 1882
Louvre
Paris

Antonio Enrique


VIENDO CAER LA TARDE
Antonio Enrique
Col. La espiga dorada 

«Viendo caer la tarde» es un libro de versos que ha publicado Antonio Enrique, «sencillo demiurgo», como lo llama Juan Delgado en el prólogo: El autor dice que la obra «es un discurso donde se me impusieron tres evidencias: primera, que las cosas son tanto más simples cuanto verdaderas; segunda, que la verdad pertenece al misterio —de lo que proviene a todo poema su atmósfera mágica y aun de prodigio—, y tercera, que la única manera válida de enfrentarse al misterio es haciendo acopio de sinceridad personal y literaria, esto es, con lenguaje antirretórico; de manera que pueda decirse: a mayor misterio, expresión más clara».
Continúa el poeta: «Tal vez el hecho de observar la tarde, perderse en las ensoñaciones que suscita, pueda ser considerado un acto insolidario. Lo es, en la medida que toda experiencia estética es interior, individual por tanto. Pero no lo es si se tiene en cuenta que al contemplador de la tarde no se le deja otra opción que disfrutar de lo que pertenece a todos: las infinitas gradaciones de luz, la magnitud del silencio, la retirada de las aves, los olores»
En la presentación se planteó Enrique algo más, pero de viva voz. Por ejemplo: ¿Para qué sirve la poesía? La respuesta abarca un arco tan grande que puede ir de «absolutamente para nada» a «vitalmente necesaria», pasando por gestos indiferentes de los que jamás han accedido a ella o de los soberbios que bajan de sus olimpos caseros y miran así como quien dice al que se atrevió a dar forma bella a su pensamiento verso a verso.
Tanto las evidencias que proclama el autor como la duda de para qué sirve, o qué utilidad tiene un poema están presentes en las páginas de «Viendo caer la tarde». Bastaría decir con él que las «deliciosas tardes / parecidas a perlas / una con otra se atesoran / porque ninguna vuelve, jamás»
El libro parece hecho a base de soledades: «Soy un hombre del desierto / y tú también lo eres; no lo supe / hasta que te encontré. / Hay retratos por la casa / que no me atrevo a mirar. / A veces, de la casa en ruinas / escapa un rumor que parece música. / Morimos no sólo en soledad, / sino de soledad. Y soledad / no la hay mayor que en noviembre. / Puro tiempo condensado, / abismo de soledad. / El silencio se junta con el trigo»
«Ver caer la tarde» es para el poeta «ver caer el mundo / como tú mismo caes / con el peso de tu vida». Cuando se ve caer la tarde con su serenidad de alma «está el esplendor desplegando su fuerza; / se puede ver cada grano de arena / en la tierra que nos aguarda» Y si al final de la escena alguien viene y pregunta: «¿Qué haces ahí, solo?», se le puede responder: «Viendo caer la tarde», convencido, además, de que «a la vista de lo que nos ofrece como bueno el mundo que vivimos», no hay nada mejor que hacer.

© Manuel Garrido Palacios