POETAS DEL SUR DE EUROPA (IV)

CELIA BAUTISTA IGLESIAS
EL RITMO DE LAS SOMBRAS

Sentían ya las moscas la vendimia
y la mimosa, el pruno y el olivo
ensayaban, a coro con el aire,
melodías de siempre,
con batuta de otoño.
Metida en un paréntesis de tiempo,
ella miraba al suelo,
contemplando
la danza improvisada de las hojas.
Un bodegón dinámico que trazan
los dedos invisible de la luz.
Permanecía quieta
sólo ella. Plena, su sombra plana
acariciaba / la nuca del silencio.

Celia Bautista Iglesias nace en Riotinto y ejerce como Catedrática de Lengua y Literatura Españolas lejos de su cuna; otra cuna: una, donde naces y otra donde paces. Incontables son los galardones que adornan su obra, por si no fuera bastante la obra misma. Algunos premios son “Ciudad de Barcelona”, "Luis Cernuda", “Nicolás del Hierro”, “Joaquín Lobato”, “Diario del Norte”, "Leonor", “Carmen Conde", etc. Por eso, que podríamos llamar lo exterior, y por lo que deja traslucir en sus versos, Juan Delgado cree que “su tierra la que se la está perdiendo, y no hay tanto trigo como para que queden las mieses sin cosechar”. Mieses sin cosechar; sentimiento por sacar ¿de qué textura, de qué pulso para que no se diluya en el camino?; frases aún por decir ¿a quién, para quién por quién?; latido pendiente ¿de qué circunstancia? ¿cómo es el paisaje que sólo se ve con los ojos del alma?:

Este sol tamizado
que tiembla entre las sombras de su pruno,
no es como el sol de ayer
con pupilas de fuego,
que secaba el aliento de las flores
tan solo con mirarlas.
Es ámbar derretido,
orujo de membrillo recién hecho,
cendal de brisa y miel que huele a otoño.
A un otoño precoz
que, desde siempre,
se hizo un hueco en ella y le ha robado
centenares de hojas casi verdes,
que un vendaval de vida arrebató
al árbol sorprendido de sus sueños.

Parece que todo ha pasado cuando todo está por pasar. Dijo Lennon un día que no cantaba: “la vida es aquello que pasa mientras hacemos otras cosas”. La vida de cada cual se va enganchando en nasas invisibles, sin salida una vez dentro, nasas que sólo el sentir puede romper a golpe de versos, quizás quitando…

…a todos sus recuerdos
el polvo del silencio de los años.
Los hechos que conforman lo que ha sido,
sin orden, le reclaman
las horas que no pudo o supo darles.
Que los mire y los recree,
presiente que le piden.
Tal vez, vivir no sea más que esto.
Dejar que el tiempo vaya amontonando
la arcilla de pasiones necesarias.
Para, llegado el día, regalarles
el aliento, la voz
y todo el tacto
que modelen sus cuerpos de vasijas.
Si, al fin, consigue hacerlo,
las llenará con todos los latidos
que algún viento celoso le robó.
Para beber de ellas cada día.

Y entre tanta luz cegadora, un manojo de sombras al ritmo de las sombras; sombras que se van o se quedan junto al modelo. Al final, sólo sombras: otra manera de manifestarse la luz:

Con estos prolegómenos de otoño
el jardín se sacude
los últimos sudores del estío.
A espaldas de su mundo,
ella no se resiste a contemplar
las sombras que no encuentran
la dimensión exacta del deseo.
Son distintas, siempre,
las formas que proyecta un mismo árbol.
Tal vez, todo se deba
al ímpetu del aire que lo anima
y cimbrea su talle,
hasta sacar de él
temblores que recuerdan
la danza estremecida
que siente cualquier cuerpo
cuando por fin lo templan
las manos invisibles que soñara.
Se acerca a sus recuerdos de puntillas
como quien no quisiera despertar
al fantasma del tiempo.
Ese que nos esconde
las horas una a una,
para que no exprimamos
su delicioso jugo.
Pretende recorrerse las estancias
que, por algún motivo, se dejó
a media luz / y rescatar de ellas
las sombras que aún palpitan
del sueño inacabado que ya fue.

He leído El ritmo de las sombras de Celia Bautista mientras el estudio se poblaba con la música de Mozart. Unir tanta belleza me ha sabido a esa sensación que no se puede asumir del todo, porque, como la autora dice: “hay en ella una fuerza que se escapa / en dirección contraria de la meta, / rompiendo las cortinas que ha tramado / la pertinaz araña del olvido”.
UBERTO STABILE
POEMARIO INCESANTE 

Este ‘poeta de la transición y en transición permanente’, según Fernando Beltrán, se entrega ‘a la poesía sin miedo, sin pudor; con la gratitud y el respeto de quien se entrega, en la misma medida de sus sueños utópicos, a los demás’, dice Antonio Orihuela. Mueve cultura, la hace posible y él  apenas asoma entre bastidores. De Stabile, en el que “la irreverencia, el humor, la ironía, la rabia y la permanente sugerencia son sus herramientas más efectivas”, según Eugenio Sánchez, hablamos los demás porque como dice Ángel Petisme: “Cuando uno lo conoce  entiende por qué a los soñadores de mapas nunca les tiembla el pulso bajo el crepitar de las velas”. En la antología Maldita sea la poesía, preparada por el autor con Ignacio Escuín, se lee en su página 79:

Yo he visto
los mejores poetas de mi generación
desterrados, desheredados
ocultos en el fondo de los bares
y he visto sus miradas
como versos trepidantes
cabalgar hacia el final de la noche
y he visto su ternura descuartizada
por la abundancia de quienes les temen
y en su miedo los hacen grandes.
He visto la bondad en sus gestos
la rebeldía de un mundo
que no necesita ni ley ni orden para ser justo,
y la testaruda razón de quienes a la vida
responden con la vida misma.
Yo he visto
una canción que no tenía letra ni remite
y ellos la entendieron.
Les he visto levantarse
contra los versos exquisitos y subalternos,
les he visto encadenarse a las excavadoras
para frenar la destrucción de su tierra
de su conciencia
y nadie los invitó a los palacios de Doñana
y mucho menos a editar poemas
bajo el sello hipócrita
de quienes lavándose la cara
ensucian el mundo.
He visto cómo se engañaban para seguir
perdiendo en un círculo de ganadores
como alacranes en mitad de un fuego
que desintegra y reduce
la inteligencia y el miedo.
Y por todo ello han sido procesados,
sentenciados, condenados
abocados a la indigencia laboral
y clandestinidad de la palabra.
Yo he visto
los mejores poetas de mi generación
romper versos a conciencia
porque bien ya otros lo hacen
y no ha ocurrido nada.
En su profunda voluntad de cambio
en sus humanas contradicciones,
en su maldita y genial resistencia
frente al pensamiento único,
he visto los mejores poetas de mi generación
perder sus mejores oportunidades
y no ha pasado nada,
pues nada hay más digno
que ser coherente y efímero
en todo momento y verso,
esa maldita poesía que nos hace libres…

         En otra antología: Habitación desnuda (1977-2007) escribe Alfons Cervera: “He leído estos poemas con la seguridad de que hay un cuchillo dispuesto a agrandar con su filo las dimensiones de la belleza’. Se podría decir de cualquiera de sus libros: Distrito marítimo, Hermosas escenas de la noche, Empire eleison, El pianista del Metropol, De Kategorías, Rendez-vous, Las edades del alcohol, Per-verso, Los días contados, Otros poemas, Material de derribo o Poética. Un algo de ese todo cabe en las antologías de Stabile, una desnudez de alma que da al vacío. Cada poema es una calle del universo del poeta:

Vengo del otro lado de los kilómetros
de oír a Leroi Jones tocar las congas
en un sueño vertiginoso.
Caminé en silencio tras los versos y las visiones
de Ginsberg, Kerouac, Corso y Ferlinghetti,
incluso llegué a desvelar
la tortuosa languidez de Emily Dickinson
entre los acólitos del terror.
He sido siempre mi mejor enemigo
no tuve miedo cuando hube de traicionarme
porque en toda traición existía una redención.
Vi los restos de un naufragio
levantarse contra su destino.
Muchos de nosotros escribimos
los mejores poemas con nuestros cuerpos
Jehová enterrado. Satanás muerto
-leí a Cumings-
y también hubo mañanas sin sol
y noches con dos lunas
donde nos arrastramos embriagados
hacia el misterio
y cada paso, cada verso, a ciegas
se convertía en un riesgo
en el riesgo del placer.

         Confiesa que escribe poesía: ‘Porque no sé escribir música. Si algún Dios se hubiera apiadado de mi antes me hubiera concedido el don de interpretar los sonidos de la naturaleza. Expulsado de ese Paraíso me dedico a escribir poemas como un proscrito en busca de la música perdida’.
JOSÉ MARÍA MILLARES SALL
KRAK 

KRAK es un libro que reúne ‘los textos más atrevidos y los de mayor fuerza poética’ del tiempo último de José María Millares Sall (1921-2009). Son poemas que quedaron ‘ahí’ tras su muerte, pero dispuestos por él para su publicación un día en una ‘juiciosa unidad’. Cabe preguntarse ¿quién o qué es Krak?. Para quien esto escribe es una energía, un espíritu, un poder generador, una criatura tallada dentro del poeta, suya, por tanto, hasta el tuétano. Es él mismo rayano en los confines de lo sensible, ‘que deambula por su vida y por su obra’ y que confiesa haber visto ‘hacia un otoño…’, en esa introspección continua que ha necesitado para levantar su escritura desde la sima del silencio; es un ente con el que ha ‘mantenido una rara relación de amor-odio’ cuya crónica posible podría estar –está-  en los versos. Ese poder creador no lo visita: va con él; es parte de él, es un él más íntimo que él mismo; un él que se sale de sí; es aliento, latido, pulso, fuerza que ‘acomete -con brutalidad burlona- al ya frágil debilitado escritor’ al que hace ‘cumplir un descarado y descarnado ajuste de cuentas consigo y con la poesía’. Es un atrevimiento que conmueve. 
De todo este material inasible majado en la marmita del alma brota el milagro, hondo y profundo al tiempo, recio hasta herir, de su poesía.

(Poema 10. Página 31)

El barco
de la muerte a la deriva
que se aparta
de las olas y los grandes mariscos
porque sabe que allí
está su casa y el muelle que lo espera
para ponerle cadenas
y anclas que así le impidan salir
por las noches con amigotes y mujeres
pero Krak que es muy paciente
espera para cambiar
el muelle de lugar y ponerlo
sobre la arena de un desierto donde el ancla
y las cadenas
convierte en un taller de costura
y al barco en una señora
muy obesa que cuando se sienta
los sismógrafos registran temblores de tierra
y el niño que duerme
se despierta gritando porque en efecto
le ha despertado un rodar
de piedras y que todo se movía
cuando para Krak
no era esa
su travesura.
UMAR ABASS
MANUEL MOYA 

El sueño de Dakhla es un texto atribuido al poeta saharaui Umar Abass, con poemas que hablan del exilio y de la tierra perdida desde una evidente actitud moral, sin renunciar por ello a una atmósfera intimista, a un ámbito propio. Umar Abass nace en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. A los dieciocho años se traslada a París, donde permanece hasta rozar la treintena. Posteriormente se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal. Tras un corto periodo preso es expulsado del país y se instala en Damasco, ciudad que abandona para incorporarse como combatiente a la lucha que libra su pueblo. Participa en la proclamación de Bir Lehlú y sufre heridas en combate. Desde 1987 vive entre Madrid, Tindouf y Kirsehir ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo cursos universitarios. Ha publicado el libro de viajes: Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por el norte de Irán y traducido por poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din al castellano. Su poesía escrita entre 1977 y 1998 es recogida por la prestigiosa editorial L’Harmattan (París, 1999) bajo el título de Tregua / Trêve. La obra El sueño de Dakhla abarca sus versos desde esa fecha hasta 2005.
Sus poemas son como más de una vez hemos soñado que tendría que ser la Poesía: pura esencia. El titulado Abu Nuwas dice:

Hay tardes en que siento,
aquí, en mi corazón, el río,
lo siento como siento que soy viejo.
Pero ajeno a mí, el río pasa y pasa,
mientras la tarde deja en las orillas
una luz tibia,
olor a lodo, a flores muertas.
Sí, es este el río,
el que llega en las sombras,
el que muele las sombras,
el que arrastra las sombras.

En otro poema advierte:

Sí así lo quieres,
cubre el cielo de tinieblas
y azota las cumbres
y enfurece a los ríos,
pero apiádate de esta casa
que he alzado por tres veces
de la furia y la sevicia de los hombres.
Nada conozco más frágil que estos muros
donde un mísero fuego cada noche
me calienta y me da luz,
así que hazme el favor,
pasa de largo
y de castigar
castiga las murallas del alcázar,
que se alzaron para desafiar al mundo,
y no a mí, que a nadie desafío.

Parecen beber estos versos de uno sólo que leí hace años: ‘Si el río quisiera obedecerme’, escrito por el poeta Manuel Moya, quien obtuvo con este libro el Premio Vicente Presa de Poesía.
RAQUEL RICO
RESPLANDOR

Nada tengo que hacer
mientras tú no me llames.
Me esfuerzo cada día
y cumplo diligente
horarios y tareas,
mas ese hacer es nada.
Cuando al fin tenga un nombre
que salga de tus labios
y sepa que me esperas,
cada paso del viaje
será por fin camino
y destino
y certeza,
pues sólo a ti me debo.

Raquel Rico, Profesora de Historia del Derecho de la Universidad de Sevilla, obtuvo el Premio Nacional María Espinosa con poemas de su obra Conciencia del instante y el Luis Cernuda con Miradas. Luego publicó De par en par, en Pre-textos. y Miscelánea italiana, en Signum Edicioni d’Arte.
Resplandor es un poemario dividido en tres partes: 1, A dos voces, 2, Dos amores me habitan y 3, Lugares. En el propio enunciado de estos capítulos se encuentra la esencia de toda la obra: paisajes con el amor de fondo. En cuanto a la forma, la autora cuenta que en 1999 tuvo acceso a una edición de los Sonetos de Shakespeare en la versión de Carlos Pujol, publicada por La Veleta de Granada. Conocía otras traducciones que la habían acompañado en el viaje de su vida, pero fue esa la que despertó en ella la emoción iluminada, inexplicable, que se produce cuando palabras ajenas enseñan a identificar con precisión los sentimientos:


Las palabras que escojo,
las que buscan nombrarte,
me tiemblan en la pluma,
no quieren escribirse.
Se retuercen dramáticas,
temen ser desmedidas,
excesivas, inútiles,
mi amor las avergüenza.
Y yo, también cobarde,
trivializo la hoguera
que me reconcilia con el mundo,
renuncio a describir cupidos
que enrojecen mi corazón
con la inocencia de la felicidad,
a la aventura
de nombrar un instante
que es tempestad y puerto,
delirio y armonía.

Todos los poemas incluidos en el primer tramo: A dos voces, son, además, el resultado del reto de utilizar versos de Shakespeare como temática y punto de partida de sus propios poemas; versos, palabras que se integran en el texto o aparecen como cita que lo justifica. Se advierte, por tanto, ecos de los sonetos 10, 17, 52. 57, 58, 65, 71, 92, 97 y 147.
El poema ‘Oscuro, herido, insomne y memorioso’ tiene su historia aparte. Escribe Felipe Benítez Reyes en su libro Vidas improbables que “al endecasilabita Servando Meana, su ambición por concebir una obra memorable le impedía terminar unos poemas que, en el mejor de los casos, se agotaban en un par de versos”. Raquel Rico propuso a los alumnos de un Taller de Poesía que intentaran continuar algunos, y ella escogió éste:


Oscuro, insomne, herido y memorioso... 
vaga el amor que tuve y ya no tengo.
Oscuro porque es negro el laberinto
en el que busca hallar la luz de entonces.
Insomne porque el sueño ya no logra
que mis ojos descansen en los suyos
y herido el corazón late despacio
aguardando que el día por fin llegue.
Memorioso, el recuerdo no abandona
a quien tuvo la dicha de tenerle,
a quien vivió con él en la esperanza.

Una cita de Natalia Ginzburg: “La única verdadera riqueza del hombre es una vocación”, late a lo largo del libro en el sentido de amar y de expresarlo con la más bella herramienta humana: la palabra. Raquel Rico escribe:

Porque es tuya mi vida
y tuyo este presente
sin ti, sin mí, sin nada,
te espero cada día.
La ciudad es la misma.
Tiene calles sagradas
que demoran mis pasos,
renacen los jazmines
y la luna suaviza
la noche y la distancia.
Cada rostro es el tuyo.
Hay quien dice palabras
que un día me dijiste,
misteriosas sonrisas
que me enseñan tus dientes
y otros ojos me miran
como tú me mirabas.
Porque sé, porque creo,
porque viví contigo
la certeza más alta,
esperar es lo mío
y en ti mi confianza.

En suma, “nombradas las palabras”, convencida de que “como un cofre es el tiempo / en que tú estas ausente”, Raquel Rico ofrece en su libro esa porción de misterio poético que hace visible el amor dentro de cada alma, ese no sé qué tan único que contiene la poesía y que ella comparte quizás para “que esta tinta tan negra / pueda hacer que mi amor resplandezca por siempre”.

© Manuel Garrido Palacios

LANSKOY

LANSKOY
Aguada (1954)
Galería Jacques Dubourg
Paris

BOTTICELLI

Vénus et les Grâces
BOTTICELLI (1445-1510)
Fresque · 2,11 x 2.83 m.
Acquis en 1882
Louvre
Paris

Antonio Enrique


VIENDO CAER LA TARDE
Antonio Enrique
Col. La espiga dorada 

«Viendo caer la tarde» es un libro de versos que ha publicado Antonio Enrique, «sencillo demiurgo», como lo llama Juan Delgado en el prólogo: El autor dice que la obra «es un discurso donde se me impusieron tres evidencias: primera, que las cosas son tanto más simples cuanto verdaderas; segunda, que la verdad pertenece al misterio —de lo que proviene a todo poema su atmósfera mágica y aun de prodigio—, y tercera, que la única manera válida de enfrentarse al misterio es haciendo acopio de sinceridad personal y literaria, esto es, con lenguaje antirretórico; de manera que pueda decirse: a mayor misterio, expresión más clara».
Continúa el poeta: «Tal vez el hecho de observar la tarde, perderse en las ensoñaciones que suscita, pueda ser considerado un acto insolidario. Lo es, en la medida que toda experiencia estética es interior, individual por tanto. Pero no lo es si se tiene en cuenta que al contemplador de la tarde no se le deja otra opción que disfrutar de lo que pertenece a todos: las infinitas gradaciones de luz, la magnitud del silencio, la retirada de las aves, los olores»
En la presentación se planteó Enrique algo más, pero de viva voz. Por ejemplo: ¿Para qué sirve la poesía? La respuesta abarca un arco tan grande que puede ir de «absolutamente para nada» a «vitalmente necesaria», pasando por gestos indiferentes de los que jamás han accedido a ella o de los soberbios que bajan de sus olimpos caseros y miran así como quien dice al que se atrevió a dar forma bella a su pensamiento verso a verso.
Tanto las evidencias que proclama el autor como la duda de para qué sirve, o qué utilidad tiene un poema están presentes en las páginas de «Viendo caer la tarde». Bastaría decir con él que las «deliciosas tardes / parecidas a perlas / una con otra se atesoran / porque ninguna vuelve, jamás»
El libro parece hecho a base de soledades: «Soy un hombre del desierto / y tú también lo eres; no lo supe / hasta que te encontré. / Hay retratos por la casa / que no me atrevo a mirar. / A veces, de la casa en ruinas / escapa un rumor que parece música. / Morimos no sólo en soledad, / sino de soledad. Y soledad / no la hay mayor que en noviembre. / Puro tiempo condensado, / abismo de soledad. / El silencio se junta con el trigo»
«Ver caer la tarde» es para el poeta «ver caer el mundo / como tú mismo caes / con el peso de tu vida». Cuando se ve caer la tarde con su serenidad de alma «está el esplendor desplegando su fuerza; / se puede ver cada grano de arena / en la tierra que nos aguarda» Y si al final de la escena alguien viene y pregunta: «¿Qué haces ahí, solo?», se le puede responder: «Viendo caer la tarde», convencido, además, de que «a la vista de lo que nos ofrece como bueno el mundo que vivimos», no hay nada mejor que hacer.

© Manuel Garrido Palacios

Inolvidable Colegio Francés (Huelva)

VUELTA AL COLEGIO
Concha Castro Fernández

     Volví a mi Colegio después de 50 años. La sombra siniestra de la piqueta ya se cernia sobre él y quise rememorar aquellos ya tan lejanos días de mi infancia, recorriendo todos sus rincones. La proximidad de su destrucción y la idea de que muy pronto, convertido en escombros, iba a desaparecer para siempre el marco que fue testigo de mi niñez, me llenaba de una triste añoranza. Allí, día a día, se fueron fraguando los cimientos sobre los que se formaría mi espíritu, mi ética y mi personalidad, hasta llegar a la adulta que soy. Con la perspectiva que dan los años, reconozco que parte de lo bueno que puede haber en mí, tuvo su comienzo en aquel entorno.
       Llegué para esta postrera y definitiva visita una tarde de Agosto, de esas en que empieza a notarse que los días se acortan. El sol estaba a punto de ponerse y una difusa luz rosada envolvía el ambiente cuando atravesé la vieja cancela de hierro verde que me recordó que junto a ella, a la hora de la salida, solía ponerse Vidal, el conserje siempre amable, benevolente y comprensivo con los chiquillos y sus chiquilladas.
       Entré por la puerta del recreo que subiendo la escalerilla daba acceso al pasillo, la misma en cuyo dintel estaba todavía la campana que marcaba nuestro tiempo colegial con sus toques estridentes. Allí, en lo alto de los escalones, pude comprobar que aquella pequeña atalaya era el lugar idóneo para observar todo cuanto pasaba fuera, por eso, seguramente, era el sitio elegido para vigilar nuestros recreos. A veces era Madame, con su aspecto delicado y elegante, la que nos controlaba sonriente, pero casi siempre lo hacia la alargada figura de Mademoiselle Ivonne.
       Recordé con nitidez su aspecto grisáceo. El pelo gris recogido en una redecilla negra, los ojos grises en los que muy de tarde en tarde asomaba un destello de ternura, el vestido gris de corte monjil que cubría su silueta alta y osificada, la piel cetrina pegada a la nariz afilada… Tan viva apareció su imagen en mi memoria que creí notar su presencia a mi lado y por un momento cerré los ojos. Cuando miré fuera el recreo se había llenado de bulliciosos niños que corrían y alborotaban sobre el pavimento de tierra amarilla en una tarde de primavera. De entre la algarabía y la tenue nube de polvo que levantaban con sus juegos, se destacaba una niña enclenque y llorosa que subía los escalones, compungida, hasta llegar a la profesora y entre hipidos entrecortados, señalando con un dedo acusador a uno de los numerosos niños que alborotan, le decía
          -Mademoiselle,…hip… ese niño…hip… me ha dado…hip… una patá.
          Y desde su imponente altura y su mirada acerada, Mademoiselle corregía con sequedad:
          -No se dice patá, se dice puntapié.
         
Como por arte de magia, ante el gesto adusto y la completa ausencia de conmiseración, a la niña le desaparecían las lágrimas y el dolor de su espinilla y sólo quedabs por un instante boquiabierta antes de retornar a jugar con los demás niños. Sonriendo aún ante la evocación entré en el Colegio. La penumbra del anochecer se hacía presente de improviso y con las primeras sombras llegué a mi clase. Ante la puerta, con la mano puesta en el picaporte, me detuve porque me pareció escuchar al otro lado las voces infantiles que como todas las mañanas, recitaban de carrerilla: “Sistema métrico decimal es el conjunto de pesas y medidas que tiene por base el metro. Se llama decimal porque su base son diez, crecen y decrecen de diez en diez…” Interrumpí mentalmente la retahíla y abrí al fin para entrar en la clase, ¡mi clase! ¡tantas veces recordada cada detalle! Mis ojos emocionados se posaron primero en la mesa de mi querida profesora. Ella supo encontrar dentro de mí, a través de la compleja timidez de niña desgarbada en que estaba envuelta, las cualidades que me acompañaron  a modo de escudo protector a lo largo de mi vida, como mi afición a leer y a escribir mis sentimientos y emociones. Desde esta vieja mesa que contemplaba, en la primera hora de la tarde, mientras los rayos de sol que inundaban el aula, hacían brillar su dorada y larga melena, nos leía cada día, con una de las voces más hermosas que he oído, las páginas clandestinas de Platero y Yo. Luego el libro, traído furtivamente de allende los mares, era guardado celosamente bajo llave para protegerlo de miradas inquisidoras. Ahora reparé en esos detalles y sentí una profunda gratitud hacia esos padres que en plena dictadura tuvieron la osadía de desafiar al Régimen y decidir educar a sus hijos bajo el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
       Seguí mirando a mi alrededor y vi que aún permanecían colgados en las paredes pintadas de rosa, los pequeños cuadros con la historia de Blancanieves que un día dibujara un antiguo alumno. También, como reliquias de tiempos pasados y de otra forma de escribir pausada y minuciosa con palillero y pluma, seguían los blancos tinteros de porcelana encajados dentro de los oscuros pupitres de tapas abatibles y bancos adosados. La pizarra negra y grande, apoyada en un caballete de madera a la derecha de la mesa era la misma… y las alargadas ventanas sobre el jardín de Madame que tanta luz proporcionaban a la clase…         

Todo estaba allí, era reconocible, pero ¿por qué lo veía tan distinto?¿Qué había sido del espacio? ¿Por qué se había encogido tanto?¿Tan grande me había vuelto? Comprendí enseguida que lo que ocurría era que yo no lo contemplaba con los ojos de antaño de “hormiguita del desierto”.
       Y abriéndose paso en mi memoria, entre las emociones y los recuerdos que a borbotones sentía que me embargaban, retazos de poesías de Juan Ramón, al que empecé a conocer entrañablemente junto a su Platero, allí mismo, en aquel espacio tan querido, acudieron en mi ayuda para poder expresar mis sentimientos de aquel momento:

Después del primer faltar me pareció un cementerio,
y en todas partes reinaba la soledad y el silencio,
y un aroma confuso de fechas y cifras, me va,
entre luz y sombra, raramente envolviendo;
este instante que ya iba a ser recuerdo, ¿qué es?;
los pies del ser y el estar
por los espacios del tiempo
¡Cuántos recuerdos, cuántos colores!
¡Qué bien, belleza, te descompones!
Y niña me dejaste… 
para que siempre la niña fuera mía…
¡Que tiempo el tiempo!
¿Se fue con la niña Dios huyendo?

© Concha Castro Fernández

Julia Petriceico Hasdeu

Julia Petriceico Hasdeu
Femme poète de Roumanie 









El número 28 de la rue St. Sulpice, en Paris, luce en su fachada un medallón con la imagen de “Julia Petriceico Hasdeu. Femme poète de Roumanie”. Julia nace y muere en Bucarest (1849-1888) Desde temprana edad se muestra dotada para la escritura y los idiomas.  Tras sus estudios en el instituto San Sava, de su ciudad natal, se traslada a Paris e ingresa en la Sorbona con 16 años. La tuberculosis le siega la vida a los 18. Sus poemas, escritos en rumano y en francés, ven la luz en Paris -1889/1890- en tres tomos: 1: Bourgeons d'avril, 2: Chevalerie y 3: Théâtre. Légendes et contes. Al principio firma Camille Armand. Enterrada en el Cementerio de Bellu, su padre construye en su honor un castillo en Câmpina. Dicen que usó las técnicas del espiritismo para contactar con ella en el más allá. El medallón contiene un hermoso colofón: “Esta casa guarda el recuerdo de un gran espíritu”. 

© MGP. Paris

Juan Delgado

EL CEDAZO


Hoy me llegan calientes los recuerdos
llenos de sol de estío, de tardes prietas
en sadismo infantil buscando grillos
por la pradera rumorosa y noble,
con sus pozos de antigua arboladura,
sembrando de nostalgias la mirada,
y las verdes culebras sobre el limo
verde y mojado de la charca eterna.


Hace unas semanas compuse esta media página con versos de Juan Delgado, poeta tallado en la mina. Después hice lo mismo con Victoriano Crémer. El primero me dice hoy que entre sus poetas preferidos estuvo siempre el segundo, que “Crémer fue para mí uno de los admirados”.
Entre los grandes se producen a veces estas sinceridades; no todo es odio ni colmillo retorcido cuando la obra de cada cual ha trascendido la invisible línea del bien y del mal y sus nombres son reconocidos por todos.
Juan Delgado me cuenta que “cuando Concha Lagos publicó en la Colección Ágora, de Madrid, mi libro El Cedazo, que había tenido problemas con la censura de entonces (eran Semanas Santas de púlpito y matraca; quedó en finalista de un premio nacional señero, según me confesó un miembro del Jurado), Crémer hizo una reseña que me llenó de entusiasmo; hay que imaginar la emoción del poeta principiante, en un pueblo perdido, cuando sabe que uno de los impulsores de Espadaña, la revista que combatía las directrices culturales de la Dictadura enfrentándose a la titulada Garcilaso, donde pululaban los poetas del Régimen, se ocupaba de comentar un libro mío”, cuyos versos siguen diciendo que 


...todo es verano ahora por mi sangre
dispuesta a regresar, a hacerse niña.
Estamos persiguiendo al camión chato
de gasógeno y lenta maniobra
que hacía más fácil el prohibido juego;
o poniéndole al toro banderillas,
un toro de madera, en el cercado
vecino de mi casa. Nunca pude
llegar a ser espada en las corridas,
mi hermano Pepe y Rafalín llevaban
capas azules y eran los más grandes.


Como el tiempo pasa rápido y aquello fue cuando fue, y Delgado está en plenitud, y Crémer, en la suya de 102 años se fue dejándonos la emoción de sus versos, he pedido a Juan Delgado el texto que le dedicó Crémer, publicado en Proa, León, un 28 de octubre de 1973, hace ya… Y dice: “El cedazo es un instrumento, mejor diríamos herramienta campesina, que sirve para separar, para seleccionar, lo fino, para eliminar la paja del grano; para sacar y poner a buen recaudo lo principal de lo accesorio. Es un instrumento sencillo, compuesto por un aro y una red.
Pero basta para que el milagro de la separación se produzca. El título corresponde perfectamente al contenido del libro de Juan Delgado López; porque lo que contiene es aquellas proporciones de vida verdaderamente sensibles y dignas de entre la enorme paja que siempre se nos acumula. Versos son en los cuales se reflejan, o se contienen, los recuerdos, las emociones, las señales más activas e importantes, y que van desde la apasionada experiencia amorosa, hasta el sentimiento de vacío cuando el padre desaparece, o “el sonido cascado de la vieja campana”, o la entrañable geografía de la casa con la habitación grande, muy fría y la cama de hierro... Juan Delgado López no retuerce las dulces o agitadas memorias para sorprender con una forma nueva de expresión. Las cosas que selecciona su cedazo son así: sencillas, directas, claras. Ni tampoco necesita para contarlas utilizar un instrumento de estentóreas resonancias. Le basta la voz sencilla, clara, directa. Las cosas son como son, los sentimientos como nos alcanzan, la voz honda y preocupada pero sin énfasis. Poesía, nostalgia y delicadas tonalidades, como la piel de seda que oculta un fruto bien madurado.”. Van los versos:


Por Santiago, las tardes de novena,
subíamos a la torre, las lechuzas
nos daban miedo y risa al mismo tiempo.
Todo estaba debajo de nosotros:
El Puerto de la Cruz, lejos, quería
seguir siendo señero en el camino
y orientar nuestros pasos cardinales.
Luego los cohetes explotaban
a nuestra misma altura, y los vencejos
se alborotaban en fugaz negrura
dando a la tarde agilidad y vida.


La belleza permanece fresca en el tiempo tal si fuera recién creada: la de la reseña de Victoriano Crémer y la de los versos de El Cedazo, leve muestra de lo que un día se llamará Poesía Total, o bien Obras Completas de Juan Delgado. (Ya otro grande de la Poesía está en ello: Manuel Moya)



PAISAJES DE LA MEMORIA


Juan Delgado nace y renace en Campofrío cada vez que escribe: 



El pueblo era tan campo
que el campo por sus calles paseaba.

No se ausenta. Se limita a asomarse a la cornisa infinita del verso en la desierta planicie del papel. En Minas de Riotinto fragua su vocación literaria, lugar que lo adopta como Hijo para sumar a sus milenios de afanes el pálpito de una obra sólida, extensa, reconocida, mezcla de memoria, esencia, compromiso, emoción, origen, amargor, ternura. Juan Delgado vuelve en Paisajes de la memoria a Campofrío: 


...la luz; donde las cales
subliman claridad y se hacen vida;
donde el amor es una herida
cardinal que da luces cardinales;
donde los patios y brocales
encuentran una luz a su medida;
donde el sendero de la huida
se le niega a la luz y a sus cristales;
donde palomas y jazmines
conjugan con la luz la melodía
de un mágico concierto regalado;
donde invitados a festines
de luz, nos encontramos cada día
por la gracia de un dios enamorado.


Su voz, que puebla el estudio esta tarde, divide su obra en tres estancias: Paisajes del agua, del aire y de carne. En la primera nos lleva por la Fuentecilla: “Vengo a verte otra vez, y ya no eres. Todo está igual pero nada es lo mismo”; por el Socavón: “me atrevo a buscar tu alma de siglos; / entro en ti. Me disfrazo de sol y rompo el aire donde cuelgan racimos de murciélagos”; por la Fuente del Cabezo, que, “ciega de amor, ausente de pisadas, se ha extinguido como un abrazo roto en la inutilidad de la caricia sin cuerpo acariciado”; por las charcas del Odiel, donde “está el mar ahogado en la intima embriaguez de un sueño evanescente”; por el Pilar de agua: “vienes a mi memoria como la queja sorprendida y pura del leño que se quema en el hogar”; por las Albercas del Chorrero, en las que “los duendes pervertidos de dimes y diretes campan a su albedrío por los rojos confines de la tarde”; y así por Valdelombre, Copa, Fuente Ramiro y Huerta Adela, hasta alcanzar los Paisajes del aire, en los que caminamos por el Puerto de la Cruz, que “mima por el Norte un encinar recio, de seria verdura penitente y secular”; por el crepúsculo en el Odiel: cuando “la tarde va tejiendo su costal de matices con estambre de sombras”; por la Calleja de los Pozos, en cuya vida “tal vez hubo horadados misterios para encontrar tesoros”; por la del Molino: “paraíso de juegos y de mundos infantiles”; por la del Papa: “humilde, pobre, honrado, sencillo, padre de siete hijos; amor y hambre por hacienda”; por la del Sastre, por la que “transitaban sueños de taurinos triunfos”; por la del Risco Gordo, de “orgullo latente y vejez asumida”; por la Cañada, donde “todo es redondo”; por las Ventas en primavera, cuando “el canto del cuco va marcando el pulso de los campos”; por la casa vieja, buena para “dormir cansancios, alborear amores”.
En los Paisajes de carne aparecen Catalina, de “voz grave y cansada, ronca, como lija en el aire serrano que abrazaba al pueblo”; el hombre de campo, “de sol a sol trabajando como una hormiga; el sol y el agua curtieron en bronce tu voz de almendra”; Fideíto, “que vivía con dos tías viejas, flacas, macilentas, enlutadas y tristes en una casa antigua, profunda, sin aire, de una sola habitación oscura al fondo a la derecha”; Olegario, a quien “el juego lo incitó a la conquista de cielos y de soles [y quedó] mutilado; Angélica, de portón “siempre abierto para que entrara la gracia de Dios”; Manuel de Emilia, que compartía “el secreto del penúltimo nido en los campos de encinas”; tío Francisco, “raigón de brezo: duro, fuerte, hirsuto, calcinado”; Fermina, “hada buena, venida a menos”; y el afilador, que “llenaba las calles de música celeste”.
Supe del libro en vísperas de que un sanedrín lo intentara diluir en disimulada espera. Lamentable que un poeta de la talla de Juan Delgado sufriera la arbitrariedad de quien sólo sacó de su pluma tres ripios. Pero “la memoria se llena de dioses  tutelares”.  El libro es para el poeta:

...un viaje por un silencio luminoso, compañero, liberador,
y una soledad que propicia el revuelo
de rubias mariposas por la mente
orquestando en la sangre sinfonías de tiempo recobrado.

Y así cierra su entrega de versos: 

“Quise poner nombre a su sola presencia
y no había palabras.

© Manuel Garrido Palacios

E. Bulwer-Lytton

Editorial Impedimenta


C. Cindy

JOURNAL D'UNE ANOREXIQUE BOULIMIQUE

Le combat d'un ange

C. Cindy

Ed. L'Harmattan

Paris


Un triste soir d'octobre 2012, notre vie s'est suspendue. Nous venions d'apprendre que notre fille Cindy avait choisi de s'envoler pour toujours... Cela faisait cinq ans, depuis son agression sexuelle, que la vie de notre fille s'était elle aussi suspendue. L'anorexie et sa grande complice, la boulimie, étaient alors entrées chez nous, empoisonnant à jamais nos existences, jusqu'à ce billet sans retour. Ce livre contient le journal intime tenu par Cindy.


Gerardo Piña-Rosales

MIS LECTURAS DEL QUIJOTE
Gerardo Piña-Rosales
ANLE. Nueva York
Ilustración de Gustavo Doré


Para mi hermana Maruja

Seis han sido, hasta ahora, mis lecturas del Quijote. Permítanme que me remonte en el tiempo y trate de rememorar, glosando para ustedes, la impresión que esas lecturas me produjeron.            
La primera vez que el Quijote cayó en mis manos fue hace ya muchos, muchos años, allá por los cincuenta, cuando todavía era yo muy niño, casi recién salido de la guardería. Pese al tiempo transcurrido, recuerdo aún aquel luminoso —¡y bendito!— día malagueño en que Maruja, mi hermana mayor, quizá por mantenerme ocupado y para que no le diese demasiado la lata, puso un libro en mis manos: una edición escolar (supongo que archiexpurgada y modernizada) de la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cierro los ojos y aquellas estampas grabadas (de Gustavo Doré, descubrí más tarde) recobran todo el encanto, toda la emoción de aquel momento: el hidalgo, en su recámara, leyendo, absorto, embebecido, un voluminoso libraco —¿el Amadís de Gaula?, ¿El Caballero Cifar?, ¿el Tirante el Blanco?, ¿Las sergas de Esplandián?; el enjuto y avellanado don Quijote, en una noche de plenilunio, en el patio de la venta, montado en el escuchimizado Rocinante, velando armas, soñando en sus futuras gestas en pro del desvalido y el humillado; Sancho Panza, abrazado a su borrico, derramando gruesos lagrimones de alegría por el inesperado reencuentro; el Caballero de la Triste Figura, enjaulado, vencido y acabado, camino de su casa, a punto de recobrar la razón de los hombres y perder la de los visionarios, la que de verdad importa; Alonso Quijano, en su lecho de muerte, macilento y demacrado, ante los lloros de la sobrina y el ama, y la pesadumbre del cura. Aquella noche no pude conciliar el sueño: en mi imaginación calenturienta y enaltecida batallaban aquellas imágenes, provocadoras de nuevos y extraños presentimientos. Desde aquel venturoso día me propuse, costase lo que costase, leer aquel curioso libro, cuyos sugestivos dibujos tanto me conmovían. Y así fue: poco a poco, página a página, fui cayendo, gustoso, en las redes que un tal Miguel de Cervantes me tendía.
Años más tarde, y poseído ya por el vicio ennoblecedor de la lectura, volví a encontrarme con el Quijote: era uno de los libros de texto de una clase de bachillerato, en el Instituto Español de Tánger (Marruecos), la ciudad del Estrecho adonde mi familia había emigrado. La clase no era, como ustedes supondrán, de literatura, sino de gramática (¡esa señora tan antipática!), y la impartía una profesora menudita, de dientes caballunos y anchos cinturones de cuero, a la que todos llamábamos doña Avispita.
¿Que qué hacíamos con el Quijote en una clase de gramática? ¡Pues nada más y nada menos que análisis morfológico y sintáctico! Con semejante uso —y abuso— pedagógico, no habrá de extrañarles que muy pronto empezara a detestar el libro de marras. Juraría que a mis condiscípulos les ocurrió otro tanto. A pesar de todo, releí el Quijote, simultaneando su lectura con la de los que hoy llaman comics, y que los muchachos de mi generación conocíamos como tebeos: el Capitán TruenoPantera NegraEl Guerrero del Antifaz, y tantos y tantos otros de ese jaez.  
Por aquellos días de mi adolescencia tangerina, fatalmente enamorado de una Dulcinea de largas trenzas y pecosos morros —de cuyo nombre quisiera acordarme—, y ávido de encumbrarme ante sus virginales ojos, me dio por participar en la función "teatral" que organizaba el Instituto a finales de curso: se trataba —¡imagínenselo ustedes!— de una especie de dramatización de escenas del Quijote. El papel de don Quijote lo representaba don Espingarda, profesor de literatura, más largo que un día sin pan, de asarmentados miembros, y proclive —decían las malas lenguas— a la insólita e inveterada costumbre de componer versos. Don Barrilete, profesor de matemáticas, orondo y abacial, de genio pronto y socarrón, hacía de Sancho Panza. Para Dulcinea habían escogido, faltaría más, a doña Avispita, engalanada para el dichoso evento con un enorme cinturón de dorada hebilla, tan entallado que aún no me explico cómo diablos podía respirar la buena señora. ¿Y a mí, qué papel me habían asignado a mí? ¡El del cura! Sí, amigos, con la Iglesia habíame topado. He de aclarar —en honor a la verdad— que aquella elección no se debía a mi devoción eclesiástica (nunca demasiado boyante), sino a que era —tal vez escogido por la providencia divina— el chico a quien mejor le quedaba la sotana, sobada prenda, de basto paño y color indefinido, prestada, para tan gloriosa ocasión, por el Reverendo Padre Saturnino, profesor de religión. No sé si impresioné o no a mi Dulcinea de luengas trenzas, pero lo que nunca olvidaré de aquel memorable día fue el espantoso calor que bajo el dichoso hábito tuve que soportar durante las dos horas que duró la malhadada función.
Me reencontré con el Quijote pocos años más tarde, en el Colegio de Nuestra Señora del Pilar, en Tetuán, internado que dirigían (y aún dirigen) los padres marianistas. Yo, por aquella época, no debía ser muy buena pieza, porque me castigaban cada dos por tres. Recuerdo que me habían endilgado el sambenito de “rebelde”, por la sencilla (y monstruosa) razón de que me negaba a pasarme los recreos pateando un balón, cuando lo que prefería era enfrascarme en la lectura de una buena novela de Julio Verne. El castigo consistía en quedarse encerrado en la biblioteca del colegio los sábados por la tarde, en vez de ir al cine con los demás compañeros internos. Al principio, y como el cine me encantaba, el castigo me deprimía una barbaridad, pero cuando llegué a descubrir los tesoros que aquella biblioteca encristalada contenía, me regodeé de lo lindo ante la perspectiva de pasarme la santa tarde sabatina leyendo a mis anchas.
Huelga decir que mi rebelión se convirtió en endémica. Entre los tesoros de aquella biblioteca se encontraba —ya lo habrán adivinado— el Quijote, editado (y purificado) por Ebro.
Releí la inmortal obra de Cervantes en la Universidad de Granada, donde a la sazón cursaba yo Filosofía y Letras. Advertí con asombro que la novela parecía distinta en cada nueva lectura; pero no era el libro el que cambiaba, sino yo mismo, acendrado en busca de mi identidad y mi destino. Fue entonces cuando decidí ser escritor. Al fin y al cabo —pensé— era lo único que de verdad me entusiasmaba, lo único que se me daba con pasmosa facilidad. Mi forma natural de expresión era —y es— la escritura; a ella debía dedicarme en cuerpo y alma, pues sólo ella podría, a la postre, concederme la libertad ansiada. La suerte estaba echada.
Huí, me autoexilié de aquella España inquisitorial, chabacana y hortera, y acabé recalando en Nueva York (ciudad de todos los exilios). Después de un largo y tortuoso periodo de lucha con mi demonios interiores, conseguí continuar mis interrumpidos estudios en el Queens College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Y de nuevo, el Quijote, en la pulcra y sabia edición de Martín de Riquer, pulcra y sabiamente comentado por el profesor Márquez Villanueva, excelso cervantista. Esta vez, al socaire de su lectura, fui explorando, de mano de Américo Castro, de Marcel Bataillon y del mismo Márquez Villanueva, la España de aquel siglo XVI, no ya de Oro sino de Hierro, como bien solía decir Cervantes por boca de don Quijote.
La última lectura que realicé del Quijote fue en la edición de Isaías Lerner, otro cervantista ilustre (recientemente fallecido). Y si en las previas lecturas mi interés había gravitado hacia temas tan profundos y universales como el amor, la vida, la locura, o la muerte, ahora me sentí intrigado por los aspectos formales de la novela, por la ironía y parodia cervantinas, y por esa sutil técnica engarzadora que, a la chita callando, parece vertebrar el texto.
Leer el Quijote es siempre una aventura. Como libro polifónico y obra abierta, el Quijote se presta a múltiples lecturas, y tan válida es la del sesudo erudito, profesor de literatura, como la de aquel niño, que una luminosa mañana malagueña, presentía, hechizado por los dibujos de Doré, el rumbo que habría de seguir su vida.

© Gerardo Piña Rosales