ALJARAQUE

Antonio de Aljaraque

Al entierro de Antonio fueron tres personas, contando al enterrador, que va a todos. Fue un día violento, gris, feo, de los que se dice que en las nubes andan de mudanza por el ruido tormentero que baja de allí. Muerto de madrugada, sumando el sueño eterno al voluntario, alguien dio el triste aviso por la mañana. Vino un municipal, el médico, qué sé yo quién vino. Lo seguro fue que vino la muerte, dama que juega al ajedrez de la vida y da jaque mate a los latidos. La beneficencia le puso caja y la fecha llanto. Sin oficio conocido, Antonio vivía, duraba, estaba, como todos, sin saber para qué en mitad del misterio de la vida: «Cuando venga lo que tenga que venir, aquí estoy», dicen que dijo. O no fue así y alguien inventó la frase en su honor. Su padre, pastor viejo, curtido, Domingo de nombre, me sondeó una tarde lluviosa para que comprara una piarita de corderos con tal de que Antonio los cuidara. Le dije que no entendía de eso, ni tenía cuartos, ni me apetecía. Pero ahora sé que padre Domingo me quiso decir algo más que aquello. Me dijo sin estirar el discurso: «Con piara o sin ella haz lo que puedas por mi Antonio. Protégelo de los buitres del color que sean». Ese día trajo el buen hombre un esqueje verde de olivo y lo plantó ladera abajo con esmero. Lo quise ayudar con mi torpeza y al hacer el agujero y clavar el palo entendí que lo que allí floreciera no iba a ser sólo un olivo, sino una amistad serena, un respeto a la vida simple, un saber estar sin sobresaltos, una de esas cosas difíciles de describir pero que quedan fijas para siempre. Domingo murió y quedó el hijo Antonio. Con el tiempo creció el olivo y ahí está, hecho un ganapán, con su tímida fronda dando aceitunas, como los grandes: «Con aceitunas y un bollo nadie va al hoyo; si son gordales, mételas en salmuera treinta días; si son manzanillas, diez más; si echas un huevo en el tiesto y toma la forma de moneda tiesa, ya las puedes comer». Cuando paso cerca saludo al árbol nuevo como si Domingo estuviera cuidando que no se le arrimen las cabras, como si siguiera apelmazando el cepellón, como si nunca hubiera dejado de insistir en lo del hijo, en su temor a los buitres. Ya digo, y no se me va del pensamiento: tres personas fueron al entierro de Antonio, contando el enterrador, que va a todos. Antes de empezar a echar paladas de tierra para tapar la caja tiró la colilla al suelo, la pisó con dejadez de costumbre y soltó una frase de las que no se entienden pero que sonó a rezo íntimo, aunque trajera ecos de no significar nada. Antonio, posiblemente, se encontró allí -¿dónde es allí?: la otra banda, decía él- con su padre, que imagino que le preguntaría por el esqueje de olivo que plantamos. Antonio igual le dijo que el árbol del afecto seguía donde mismo, basta que él lo hubiera sembrado, como clara señal de una extraña amistad que arraigó como el palo, que dio su fruto como las ramas, y que permanece después de tanto entierro, de tanta muerte, de tanta lucha, como un misterio del que, a decir verdad, no sé más que estas cosas que digo.

© Manuel Garrido Palacios

Max Moreau

Arrêtez de nous compliquer l'existence
115 préconisations concrètes pour redresser notre économie
Préface de Jean-Paul Betbèze
Editorial L’Hatmattan
Paris

Ce nouvel essai de Max Moreau porte sur la nécessité d'une rupture économique clairvoyante et propose un modèle séquentiel méthodique - économique, militaire, intellectuel -, un diagnostic et une stratégie - Master Plan -, des choix rigoureux. 115 préconisations drastiques, des objectifs ambitieux, un idéal pour transcender les Français. Servi par un humour corrosif, ce recueil de compréhension économique originale et pragmatique est un appel à la lucidité... Il s'agit d'une vraie mesure de Salut public, le livre de chevet idéal pour les gouvernant.

POETAS DEL SUR DE EUROPA (I)

A MODO DE ZAGUÁN

La Poesía es la fragancia de la obra, el nexo con la belleza. El autor la capta, pero no sabe en qué lugar reside para arañarle porciones. Se aplica ‘Poesía’ al arte de la palabra porque con ella se hace el verso, pero esa rendija por la que se accede a otra dimensión también está en la talla, en la música, en el color, en la armonía, en la danza, en el cine, en cuanto nos mueve por dentro. Ese eco oculto que flota viene a ser como lo que dice Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-Puerto Rico 1958): ‘la chicharra sierra un pino, que nunca llega…’ (Platero y yo. 1907-1916. Librairie des Éditions Espagnoles. Paris 1956. Ilust. de Baltasar Lobo). 
Vienen aquí versos de poetas que fraguaron parte de su obra en el Sur de Europa y que nos llegan poco o no como merecen. Leerlos es escucharlos en voz baja, compartirles las visiones que rumian en soledad con herramientas como algo que pinte y el abismo de la hoja en blanco en cuyo fondo brilla el río que pasa sin hacer ruido.
En los viajes llevo libros de poemas y los leo allá donde voy por compartir nombres, obras, sensaciones. He aquí una muestra.


JOSÉ MANUEL DE LARA
ANTOLOGÍA

Estoy en un aeropuerto. Diez horas de vuelo, un aterrizaje, un pupitre para sellar el pasaporte, un policía que mira si me parezco al de la foto, un cuarto de hotel y, durante unos días, trabajo. Traigo versos de su antología RETRATO APRESURADO (Huelva, 2003) preparada por sus hijos; libro-sorpresa para el poeta, gozo para sus lectores, honor para sus amigos, acto de justicia para la literatura. Dice un poema:

Está lloviendo. Llueve,
interminablemente, desde el alba.
No se ve el cielo ni se ve la tierra,
solamente el agua.
Silencio. ¿Qué decir
sin que no se me mojen las palabras?
Tengo abierto delante un horizonte
que se me está cerrando por la espalda.
Y no sé qué pensar, ni sé qué hacer
debajo de esta lluvia fría y larga.
El mundo se ha encogido, que las cosas
parecen más pequeñas con el agua;
y yo, empequeñecido, me contemplo
en el mojado cristal de una ventana.
En el centro de un círculo pequeño
ahogada tengo el alma.
Levantaré la frente hasta ponerme
un arañazo de lluvia por la cara.
Voy pisando los charcos fuertemente,
salpicando de barro la esperanza;
que hasta Dios me parece descendido
de su altura de luz esta mañana.

Los versos no pesan en el equipaje; son memoria, sombras, olor a jazmín, pregón de tarde, canción que se intuye. El poeta hurga en el alma para sacar a flor los pilares que más la conmueven: el amor y la muerte. Sobre la muerte tiene el libro SOMBRA INFINITA [1965]. Sobre el amor, AGUA DE OTOÑO, poema directo como un dardo:

No sé qué larga sombra de silencio
entristeció la duda de tus ojos.
Aquella luz, aquel abril contigo,
ahora sólo es agua del otoño.

Desconfiada y triste me preguntas
por un amor que fue y quedó en nosotros;
y, sin quererlo, anidan en mi sangre
aquellos raros pájaros remotos.

Sé que la vida ha puesto, desde entonces,
un algo sobre tí, que no conozco.
Pero en tu modo inquieto de mirarme
contemplo tu niñez llena de asombro.



JOSÉ BERGAMÍN
ESPERANDO LA MANO DE NIEVE


Nace en Madrid y vive ‘temporalmente’ en la serranía de Huelva ‘entre huertos y emparrados, con frescas albercas y un trajín de avispas y rumor de lievas’. Ahi concibe este libro, en opinión del editor, ‘uno de los textos más conmovedores de la lírica castellana, acaso su poemario más deslumbrante y que viene a escenificar su despedida del mundo’. El poeta se sitúa en mitad del misterio de la vida:

Aquí estoy en este ahora
que es como un ahora eterno:
un ahora en que soy niño
y soy joven y soy viejo.
Estoy aquí desde hace
ochenta años lo menos,
pisando esta misma tierra
mirando este mismo cielo.
Siento que cierra mis párpados
la pesadumbre de un sueño
del que no despertaré,
ya, más que fuera del tiempo.

Versos que saben a ocaso, a lubricán, a linde entre la vida y la muerte: 

El paisaje es fantasmal
a mis ojos de fantasma.
El sol de otoño platea
el oro que arde en sus brasas.
Se va volviendo ceniza
la tarde, que el sol apaga
al mismo tiempo que va
apagándose mi alma.
Esta sosegada paz,
esta silenciosa calma,
es la muerte la que viene
generosamente a dármela.

Contemporáneo de Lorca, Juan Ramón o Cernuda, en la guerra civil española es un activista cultural contra el fascismo. ‘El exilio lo lleva a México, donde funda la editorial Séneca, que publica por vez primera Poeta en Nueva York o Residencia en la tierra’. A su regreso a España, ‘un altercado con el régimen franquista lo devuelve al exilio hasta 1974’.

CARMEN CIRIA
ÁRBOL DE INVIERNO

Así que de aquí para allá he compartido poemas de Machado, Bécquer, Gerardo Diego, Lorca y otros. Hace poco sucedió en Paris. Según esta costumbre, leí un poema de Carmen Ciria, a la que Uberto Stabile incluyó en MUJERES EN SU TINTA. Antología de voces poéticas femeninas (Huelva, 2004), de la que dice que ‘posee un universo lleno de ironía y sentido del humor’, como refleja el magnífico poema dedicado a Simone Ortega y a sus recetas culinarias y que titula Amantes glaseados:

Se escogen los recuerdos más delicados y los momentos
de epifanía, y se les raspa la piel
con el filo de un cuchillo.
Se les quita toda la nostalgia y las palpitaciones
que aún provoquen y se lavan bien.
Si son recuerdos pequeños, cotidianos,
se dejan enteros,
si son grandes, llenos de pasión y alma,
se cortan en dos a lo largo.
Se meten en un cazo con el agua fría, la mantequilla,
el azúcar y la sal.
Se recorta un papel grueso,
impregnado de ganas de librarse de ellos,
de confianza en el futuro,
y se mete dentro de la cacerola
tocando casi los sentimientos.
Se cuecen a fuego vivo
hasta que se haya consumado el dolor.
Cuando llega este momento
los recuerdos están a punto para ser olvidados.
Se sirven en fuente honda, acompañando al corazón
de la cocinera, salteado y con pimienta.

JESÚS ARCENSIO
SUEÑO Y COSTUMBRE

Con la humildad de los grandes espíritus, el poeta se autorretrata:

Este que aquí, de pan e incertidumbre
vive y desvive un poco cada día,
éste soy yo, de afán y de agonía,
de sed y agua, de ceniza y lumbre.

Hombre partido en dos ─sueño y costumbre─,
hombre de hielo ardiente y llama fría
a quien lenguas de dulce poesía
lamen la llaga de su pesadumbre.

Hombre, al fin, como tú, como cualquiera,
que no sabe quién es ni a qué ha venido
ni el color de la muerte que le espera.

Un hombre que ama y sufre, que ha bebido,
que es malo y bueno... y que, en verdad, quisiera,
si hay que morir, morir como ha vivido. 

Mantiene contactos con los poetas Buendía, Adriano del Valle, Guillén, Hernández y otros. El prólogo dice que ‘su producción se divide en dos momentos delimitados por la guerra civil. En el primero, su poesía es bucólica, amorosa, cercana al purismo de Juan Ramón; en el segundo está enmarcada entre el dolor, la pérdida de confianza en el hombre y en los vaivenes de la propia existencia’:

Todos van. Todos vienen.
Yo, parado, a las doce, en esta esquina
sobre el asfalto quieto,
porque he perdido el Norte de mi tiempo.

JUAN DELGADO
PAISAJES DE LA MEMORIA

Fue un acierto reunir en un tomo antológico los versos del poeta más genuino de la Cuenca Minera. Sus páginas se nutren de libros como La sangre perseguida, Por la imposible senda de tu boca, El cedazo, Oficio de vivir, Cobre y viento, Al andar, Cuaderno de Santa María de Mave, La luz con el tiempo dentro, De cuevas y silencios, Carpeta de Navidad, Cancionero del Odiel, Treinta sonetos vegetales, Seis sonetos para un mismo amor, Los días encontrados y otras oraciones, Tiranía del viento, Suite de la Sierra, Árbol de bendición, árbol sagrado, Cancionero del Río Tinto, Memoria de la niebla, Julianita, Habitante del bosque, El sueño de una noche de ginebra, Antología Amarilla, Cuentos del viejo capatazGeografía y amor. Los versos de Juan Delgado son una pasión expresada. La última conversación de su vida la tuvo con Manuel Moya, al que pidió que sacara a la luz y prologara su obra antológica ‘Aunque sea en papel de estraza’, ruego humilde para tan gran libro (Poesía, 1971─2010. Universidad de Huelva. Nombraba entre sus poetas preferidos a Victoriano Crémer: ‘Cuando Concha Lagos publicó en Ágora, de Madrid, El Cedazo, obra que tuvo problemas con la censura de entonces, Crémer hizo una reseña que me emocionó; yo era un principiante en un pueblo perdido y uno de los impulsores de Espadaña, revista que combatía las directrices culturales de la Dictadura frente a la titulada Garcilaso, donde pululaban los poetas del Régimen, se ocupaba de comentar mi libro”. En Paisajes de la memoria está CAMPOFRÍO, LA LUZ, poema que se lee como si se mirara un óleo en el muro de su obra:

Donde la luz. Aquí, donde las cales
subliman claridad y se hacen vida;
aquí donde el amor es una herida
cardinal que da luces cardinales.

Aquí, donde los patíos y brocales
encuentran una luz a su medida;
aquí, donde el sendero de la huida
se le niega a la luz y sus cristales.

Aquí, donde palomas y jazmines
conjugan con la luz la melodía
de un mágico concierto regalado.

Aquí, donde invitados a festines
de luz nos encontramos cada día
por la gracia de un dios enamorado.

ODÓN BETANZOS
SONETOS DE LA MUERTE 

En agosto de 1970 se presentó en mi casa Odón Betanzos, que venía de y regresaba poco después a Nueva York. En tan breve tiempo conversamos lo suficiente como para tallar una amistad, que se sustanció en trabajos sobre el idioma y el oficio de escribir. Este hombre, sencillamente sabio, repetía que en las relaciones humanas ‘no había que restar, sino sumar’. Frente a su actitud, su nombre y su obra no gozaron en su tierra de la consideración que merecían, mediocridad contra la que sólo oponía su palabra limpia y el devenir de la Historia, a cuya puerta, traspasada por él, vegetaba una legión de ninguneadores vocacionales esperando acceder en la postura que hiciera falta. Odón sembró su palabra, la amó y nos la dio hecha poema: Florezco con mi palabra, / articulación trabajada, / siglos de empeños. (La mano universal. Antología. 1972─1976). La palabra fue su herramienta como poeta, su trabajo como Director de una de las 22 Academias de la Lengua Española y su disciplina en la Universidad de la ciudad de Nueva York. La palabra lo elevaba sobre los dimes y diretes que nutren los rincones de lo turbio, de lo injusto. En unos días densos de literatura en la UNÍA (La Rábida), comentando obras de Darío, Sor Juana Inés, Borges, Neruda, Rulfo…, en un ambiente tan literaturizado era lo propio que la palabra buscara reflexión. Decía: ‘Ser escritor es como estar picado de tarántula; el herido no tiene cura; no hay más salida que entregarse por entero a la palabra escrita. Le dijeron a Neruda: Hay un hombre poco instruído que sabe de memoria los versos que ha inventado. Neruda pidió: Que venga. Será el que diga algo nuevo’. La palabra fue un buril que marcó su dimensión de poeta: Los fusilamientos de los padres / los dejaron sin llanto. (Perfiles de las muertes sombras, 1963). Odón inició su andar con la palabra ‘muerte’, y ésta lo obsesionó hasta llegar a dedicarle sus SONETOS DE LA MUERTE. Algo así como meter el dolor en catorce versos:

Por fin es la hora del morir naufragio
cuando el alma se quiebra en sus verdades;
me recuento y digo en eternidades,
corazón que habla en aires de presagio.

Sutil por lo que enseña es el adagio
del cuerpo que se muere en sus edades,
sufrir de día y ver calamidades
como norma sencilla del naufragio.

La vida dada la estimé en belleza;
me la hicieron a golpe de maldades
y no quiero vivir porque no quiero.

Con las ansias de morir se me empieza
lenta a morir el alma en soledades.
Poco a poco descubro que me muero.

Tenemos en Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870. Rimas y leyendas. Austral) la imagen del arpa en el “ángulo oscuro / de su dueño tal vez olvidada” esperando la mano de nieve que sepa arrancar vida de sus cuerdas. Un poema es esa mano de nieve que nos roza en lo hondo para que suene el alma en este mundo ‘estrepitoso y palabrero’, según Bergamín; para que cada uno se escuche y se sienta parte de ese algo entre dos nadas que es la vida.

© Manuel Garrido Palacios

Jessie Burton

Jessie Burton
LA CASA DE LAS MINIATURAS
Traducción: Carlos Mayor
Narrativa/Salamandra

«La casa de las miniaturas es una de las mejores novelas del año.» Entertainment Weekly
«La casa de las miniaturas es una obra maestra. Burton explora unos temas que hoy siguen siendo tan relevantes como ayer.»
Washington Independent Review of Books

«Esta historia refleja con astucia las obsesiones y los prejuicios de nuestra época. Un libro que nadie debería perderse.»
The Dalias Morning News

«Con su manera indirecta de narrar, unas mujeres que ganan poder progresivamente y un final desgarrador, esta novela sitúa a Burton como una escritora provista de una voz original e impresionante.»
Kirkus Reviews

«Mágica, emocionante y llena de sorpresas. [ ... ] Uno de esos libros que te recuerdan por qué te enamoraste de la Iireratura.»
S.]. Watson, autor de No confíes en nadie

José Jiménez Barbieri

JARDÍN INTERIOR
José Jiménez Barbieri (1888-1942)
Imprenta Isleña 1994

PAISAJE DE OTOÑO

El alma del paisaje, gris y frío,
se ha dormido en su lecho de neblina
y en la tarde de otoño que declina,
hay un misterio tétrico y sombrío.

Sentimos la nostalgia vaga, incierta,
imprecisa y sutil de unos amores;
el perfume lejano de unas flores,
flotando en tomo de la tarde muerta.

Preludia el viento su canción doliente,
el surtidor llorón de alguna fuente
nos dice su dolor. La noche avanza.

Y allá lejos, las notas de un piano,
se quejan como heridas por la mano
de una enferma de amor sin esperanza.

EL JARDÍN TRISTE

Belleza del jardín, triste belleza
de tísica ideal que sus amores
llora en silencio; tú, jardín sin flores,
tienes ese dolor, esa tristeza.

Se han secado por siempre tus rosales.
No se escucha de un pájaro el acento.
Las hojas, arrastradas por el viento,
parecen entonar tus funerales.

Llora a compás de la tristeza mía.
Formemos una misma melodía
jardín abandonado, y nuestra queja

será cual la canción eterna y fuerte
de los alucinados, que en la muerte
van a buscar la dicha que se aleja.

© J. Jiménez Barbieri

Iglesia de los Cuervos

Iglesia de los Cuervos
Cabo de San Vicente. Algarve
© Fotos Héctor Garrido

Llevo en el macuto el libro ‘Las jarchas mozárabes’, de Álvaro Galmés de Fuentes (Crítica, 1994). Parto temprano desde Lagos hacia el Cabo de San Vicente (donde se inicia la costa vicentina, no bizantina, según deslizan algunas voces) para buscar una referencia, una ruina, lo que quede de la iglesia de Cuervos, que Galmés valora como ‘el más famoso de los santuarios cristianos del sur de al-Andalus subsistente hasta mediados del siglo XII, pues lo describe al-Idriī-sī [m. 1162. Edresi,  de l’Afrique et de l'Espagne, trad. del árabe por Dozy y Goeje] quien afirma que no había experimentado cambio alguno bajo la denominación islámica esta iglesia de los Cuervos (kanīsat al-Gurāb), situada en un promontorio, avanzado sobre el mar, del cabo de San Vicente, en el Algarve’. El texto citado, que documenta que en pleno siglo  existen en al-Andalus centros religiosos cristianos de gran vitalidad, dice que esta iglesia de los Cuervos ‘no ha sufrido ningún cambio desde la época de la dominación cristiana; posee tierras, procedentes de piadosas donaciones y de regalos concedidos por los cristianos que acuden allí en peregrinación. En su techumbre viven diez cuervos; jamás se les ha echado en falta, jamás se ha observado su ausencia. Los sacerdotes que sirven a la iglesia cuentan de estos cuervos cosas maravillosas, pero se dudaría de la veracidad del que quisiera repetirlas. De otra parte, es imposible pasar por ese lugar sin tomar parte en la abundante comida que proporciona la iglesia; es esta una obligación ininterrumpida, una costumbre de la que nunca se aparta... La iglesia está servida por sacerdotes y religiosos. Posee grandes tesoros y rentas muy considerables, que proceden de tierras que le han sido legadas en diferentes partes del Algarve’. Al hilo del relato hago mi trabajo de localización y, siguiendo la costumbre de la buena reposición de fuerzas de los antiguos peregrinos, tomo mi ‘pequenho almoço’ de media mañana en la venta que queda al otro lado del camino, donde, además del buen yantar, me confirman que lo que acabo de visitar es lo que se conoce en la zona desde siempre por iglesia de los Cuervos y que cuantas reliquias pudiera haber guardado en su tiempo, fueron trasladadas a Lisboa. El graznido de las gaviotas sobrevolando el fuerte oleaje se mezcla con el de unos cuervos, cuyos antepasados dieron nombre al sitio. Me pregunto si ellos lo sabrán. 

© Manuel Garrido Palacios

Hartmannus Schedel

Hartmannus Schedel
Liber Chronicarum
Norimbergae: Koberger, 1493

Isabel Greenberg

La ENCICLOPEDIA de LA TIERRA TEMPRANA
Una novela gráfica de Isabel Greenberg
Editorial Impedimenta


August Macke

Sombrerería (1914)
August Macke (1887-1914)
Folkwang Museum
Essen

JÁNOS SZÉKELY

JÁNOS SZÉKELY
Los infortunios de Svoboda
Trad. de Magdalena Palmer
Prólogo de Pablo d'Or
Editorial Impedimenta

"János Székely logra transfigurar el infierno bélico en una historia fantástica, tierna, satírica y trágica al mismo tiempo."
(Éva Vámos, Le Journal Francophone de Budapest)

Mariano Benlliure

Mariano Benlliure
(1862-1947)
Ante la estatua de Piedad Iturbe
Revista Nuevo Mundo (1922)
© Foto: Marín

NOCHE DE PERROS

NOCHE DE PERROS
Manuel Garrido Palacios
Ed. AR. Sevilla 

Un viernes de invierno, en Mairena del Aljarafe y diluviando, se concentraron más de 150 personas para dialogar sobre el pensamiento y la praxis de la liberación en América Latina. Conferencia, película sobre monseñor Romero y cine fórum fueron los tres momentos de la noche. Era una noche de perros. Sin pensarlo vino al recuerdo la obra de Manuel Garrido Palacios. El animal humano asusta a veces a los perros. Pero el perro soporta al hombre, le quiere; arriesga su vida por el amo. En torno al hambre bailan vocablos añejos la danza de la muerte. ¡Mierda! Cuestión espinosa la del sentido de la vida. El viejo del acordeón estruja el libro sonoro entre sus brazos..., así escribe Garrido Palacios, enraizado en los Baroja, repleto de rasgos dramáticos, anecdótico, categórico, adulto con ojos nuevos en vía muerta. Y, sin embargo, ansioso de libertad, no sólo negativa, no sólo política, sino vital. Rebelde, primario, amigo del perro que no sabe dónde ir y se echa aquí o allá con los ojos cerrados -como si tratara de vislumbrar en la oscuridad el regreso del alma-. «El perro se relame el hocico y nos mira como si acabara de descubrir a dos ingenuos filósofos recién llegados a este mundo». Sobre este mundo, «aldea global», cada uno se deja impresionar de forma bien distinta: sin fe en la espera o con esperanza: al atardecer de la vida o al clarear el día; en la bruma o en los sueños;rebuscando o indagando; en la taberna o junto a la chimenea; como una mota en el todo o siendo en los otros. Cada uno es uno mismo y el otro, así de relativo, así de prodigioso. ¡Bienvenida noche de perros!. Una noche de perros unos matones asesinaron a varios cerebros y a una madre y a su hija. Se hizo eÍ silencio, tras las ráfagas descargadas. Tampoco se quiso investigar. ¿Qué es importante? No es de describir la risotada del carnicero blandiendo el arma manchada. El libro sigue empapado en sangre. Era el fin de una secuencia: ¡Más vale el amor que la guerra! Amor y muerte son pulsiones bien distintas y, sin embargo, ambas anidan en los animales humanos. Después vendría una relativa paz. Frente a la sangre, la palabra. ¡Nunca más el loco ir y venir de los ejércitos que juegan con la tecnología de las armas mortíferas, Unos avanzan hacia la vida, otros retroceden hacia la muerte. Uno mismo avanza y retrocede. Pero ¡cómo duele el retroceso! Si me matan, dijo Romero en marzo de los ochenta, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Dejemos el asunto en manos del tiempo. El niño se anima por fandangos. Pare la perra, el perro ladra. Las mujeres ahogan sus voces enflorando las tumbas de los desaparecidos. ¡Nunca más la mortífera violencia! ¡Nunca más la guerra! ¡Ojalá se acallen las voces de los voceras! Que se paralicen las manos de quienes quieren exterminar tres mil millones de seres humanos. No se lo tomen ustedes a broma…«ladra el perro a lo que siente, /a lo que existe, al menor latido ladra...» Dice Manuel Garrido Palacios en Noche de perros: «el perro no siente por el hombre asco, sino miedo, terror». Va en serio. Mejor silenciar el contenido de una conversación al final de los diálogos del cine fórum, aquella noche de perros. Dos animales humanos pueden matar a ciento cincuenta personas. Pero, «a Dios gracias», se restablece la calma... y nieva en la sierra. ¡Qué frío! «Somos personas».

© José Mora Galiana

Miguel Veyrat

LA PUERTA MÁGICA
Antología
Miguel Veyrat
Prólogo de A. L. Prieto de Paula
Libros del Aire

ELEGÍA EN THOLOS
(a Martine Broda, in memoriam)

Mas si creemos que nuestro único sujeto
es el deseo y al mismo tiempo
nuestra esencia, querríamos ser el objeto
perdido y olvidar todo lenguaje.
Dormir en la colina disfrazados de chopos
y cantuesos. Dormir junto a las cosas
enterradas bajo un horizonte
de leche negra -dormir entre las zarzas
jaras y sarmientos que un día fueron
sujetos abrasados. Y también con los muertos
de dolor o de una borrachera. Dormir
bajo la grava junto a las flores de Víznar
o Bagdad, crucificadas de noche
por el odio que despierta la conciencia
de ser libre. Dormir en la colina
de Spoon River tras un mausoleo cualquiera,
bajo el manzano de un huerto
o sobre una sima del mar. Ser para siempre
un ser aunque muerto deslumbrante
de deseo -y conseguir que dure al menos
el tiempo de regreso hasta el chispazo inicial.
Sólo un gesto. Y dormir para siempre
de la mano de nadie -como duerme Martine
con su enjuto cuerpo entregado
en ofrenda a sus amantes lares, Jouve
Juarroz, Celan o Lacan. Todos duermen
ahora en la colina de Tholos. Y nosotros también
muertos con ella como objetos cosas
húmedas entre la seca arena -este silencio.

© Miguel Veyrat