Juan Delgado

EL CEDAZO


Hoy me llegan calientes los recuerdos
llenos de sol de estío, de tardes prietas
en sadismo infantil buscando grillos
por la pradera rumorosa y noble,
con sus pozos de antigua arboladura,
sembrando de nostalgias la mirada,
y las verdes culebras sobre el limo
verde y mojado de la charca eterna.


Hace unas semanas compuse esta media página con versos de Juan Delgado, poeta tallado en la mina. Después hice lo mismo con Victoriano Crémer. El primero me dice hoy que entre sus poetas preferidos estuvo siempre el segundo, que “Crémer fue para mí uno de los admirados”.
Entre los grandes se producen a veces estas sinceridades; no todo es odio ni colmillo retorcido cuando la obra de cada cual ha trascendido la invisible línea del bien y del mal y sus nombres son reconocidos por todos.
Juan Delgado me cuenta que “cuando Concha Lagos publicó en la Colección Ágora, de Madrid, mi libro El Cedazo, que había tenido problemas con la censura de entonces (eran Semanas Santas de púlpito y matraca; quedó en finalista de un premio nacional señero, según me confesó un miembro del Jurado), Crémer hizo una reseña que me llenó de entusiasmo; hay que imaginar la emoción del poeta principiante, en un pueblo perdido, cuando sabe que uno de los impulsores de Espadaña, la revista que combatía las directrices culturales de la Dictadura enfrentándose a la titulada Garcilaso, donde pululaban los poetas del Régimen, se ocupaba de comentar un libro mío”, cuyos versos siguen diciendo que 


...todo es verano ahora por mi sangre
dispuesta a regresar, a hacerse niña.
Estamos persiguiendo al camión chato
de gasógeno y lenta maniobra
que hacía más fácil el prohibido juego;
o poniéndole al toro banderillas,
un toro de madera, en el cercado
vecino de mi casa. Nunca pude
llegar a ser espada en las corridas,
mi hermano Pepe y Rafalín llevaban
capas azules y eran los más grandes.


Como el tiempo pasa rápido y aquello fue cuando fue, y Delgado está en plenitud, y Crémer, en la suya de 102 años se fue dejándonos la emoción de sus versos, he pedido a Juan Delgado el texto que le dedicó Crémer, publicado en Proa, León, un 28 de octubre de 1973, hace ya… Y dice: “El cedazo es un instrumento, mejor diríamos herramienta campesina, que sirve para separar, para seleccionar, lo fino, para eliminar la paja del grano; para sacar y poner a buen recaudo lo principal de lo accesorio. Es un instrumento sencillo, compuesto por un aro y una red.
Pero basta para que el milagro de la separación se produzca. El título corresponde perfectamente al contenido del libro de Juan Delgado López; porque lo que contiene es aquellas proporciones de vida verdaderamente sensibles y dignas de entre la enorme paja que siempre se nos acumula. Versos son en los cuales se reflejan, o se contienen, los recuerdos, las emociones, las señales más activas e importantes, y que van desde la apasionada experiencia amorosa, hasta el sentimiento de vacío cuando el padre desaparece, o “el sonido cascado de la vieja campana”, o la entrañable geografía de la casa con la habitación grande, muy fría y la cama de hierro... Juan Delgado López no retuerce las dulces o agitadas memorias para sorprender con una forma nueva de expresión. Las cosas que selecciona su cedazo son así: sencillas, directas, claras. Ni tampoco necesita para contarlas utilizar un instrumento de estentóreas resonancias. Le basta la voz sencilla, clara, directa. Las cosas son como son, los sentimientos como nos alcanzan, la voz honda y preocupada pero sin énfasis. Poesía, nostalgia y delicadas tonalidades, como la piel de seda que oculta un fruto bien madurado.”. Van los versos:


Por Santiago, las tardes de novena,
subíamos a la torre, las lechuzas
nos daban miedo y risa al mismo tiempo.
Todo estaba debajo de nosotros:
El Puerto de la Cruz, lejos, quería
seguir siendo señero en el camino
y orientar nuestros pasos cardinales.
Luego los cohetes explotaban
a nuestra misma altura, y los vencejos
se alborotaban en fugaz negrura
dando a la tarde agilidad y vida.


La belleza permanece fresca en el tiempo tal si fuera recién creada: la de la reseña de Victoriano Crémer y la de los versos de El Cedazo, leve muestra de lo que un día se llamará Poesía Total, o bien Obras Completas de Juan Delgado. (Ya otro grande de la Poesía está en ello: Manuel Moya)



PAISAJES DE LA MEMORIA


Juan Delgado nace y renace en Campofrío cada vez que escribe: 



El pueblo era tan campo
que el campo por sus calles paseaba.

No se ausenta. Se limita a asomarse a la cornisa infinita del verso en la desierta planicie del papel. En Minas de Riotinto fragua su vocación literaria, lugar que lo adopta como Hijo para sumar a sus milenios de afanes el pálpito de una obra sólida, extensa, reconocida, mezcla de memoria, esencia, compromiso, emoción, origen, amargor, ternura. Juan Delgado vuelve en Paisajes de la memoria a Campofrío: 


...la luz; donde las cales
subliman claridad y se hacen vida;
donde el amor es una herida
cardinal que da luces cardinales;
donde los patios y brocales
encuentran una luz a su medida;
donde el sendero de la huida
se le niega a la luz y a sus cristales;
donde palomas y jazmines
conjugan con la luz la melodía
de un mágico concierto regalado;
donde invitados a festines
de luz, nos encontramos cada día
por la gracia de un dios enamorado.


Su voz, que puebla el estudio esta tarde, divide su obra en tres estancias: Paisajes del agua, del aire y de carne. En la primera nos lleva por la Fuentecilla: “Vengo a verte otra vez, y ya no eres. Todo está igual pero nada es lo mismo”; por el Socavón: “me atrevo a buscar tu alma de siglos; / entro en ti. Me disfrazo de sol y rompo el aire donde cuelgan racimos de murciélagos”; por la Fuente del Cabezo, que, “ciega de amor, ausente de pisadas, se ha extinguido como un abrazo roto en la inutilidad de la caricia sin cuerpo acariciado”; por las charcas del Odiel, donde “está el mar ahogado en la intima embriaguez de un sueño evanescente”; por el Pilar de agua: “vienes a mi memoria como la queja sorprendida y pura del leño que se quema en el hogar”; por las Albercas del Chorrero, en las que “los duendes pervertidos de dimes y diretes campan a su albedrío por los rojos confines de la tarde”; y así por Valdelombre, Copa, Fuente Ramiro y Huerta Adela, hasta alcanzar los Paisajes del aire, en los que caminamos por el Puerto de la Cruz, que “mima por el Norte un encinar recio, de seria verdura penitente y secular”; por el crepúsculo en el Odiel: cuando “la tarde va tejiendo su costal de matices con estambre de sombras”; por la Calleja de los Pozos, en cuya vida “tal vez hubo horadados misterios para encontrar tesoros”; por la del Molino: “paraíso de juegos y de mundos infantiles”; por la del Papa: “humilde, pobre, honrado, sencillo, padre de siete hijos; amor y hambre por hacienda”; por la del Sastre, por la que “transitaban sueños de taurinos triunfos”; por la del Risco Gordo, de “orgullo latente y vejez asumida”; por la Cañada, donde “todo es redondo”; por las Ventas en primavera, cuando “el canto del cuco va marcando el pulso de los campos”; por la casa vieja, buena para “dormir cansancios, alborear amores”.
En los Paisajes de carne aparecen Catalina, de “voz grave y cansada, ronca, como lija en el aire serrano que abrazaba al pueblo”; el hombre de campo, “de sol a sol trabajando como una hormiga; el sol y el agua curtieron en bronce tu voz de almendra”; Fideíto, “que vivía con dos tías viejas, flacas, macilentas, enlutadas y tristes en una casa antigua, profunda, sin aire, de una sola habitación oscura al fondo a la derecha”; Olegario, a quien “el juego lo incitó a la conquista de cielos y de soles [y quedó] mutilado; Angélica, de portón “siempre abierto para que entrara la gracia de Dios”; Manuel de Emilia, que compartía “el secreto del penúltimo nido en los campos de encinas”; tío Francisco, “raigón de brezo: duro, fuerte, hirsuto, calcinado”; Fermina, “hada buena, venida a menos”; y el afilador, que “llenaba las calles de música celeste”.
Supe del libro en vísperas de que un sanedrín lo intentara diluir en disimulada espera. Lamentable que un poeta de la talla de Juan Delgado sufriera la arbitrariedad de quien sólo sacó de su pluma tres ripios. Pero “la memoria se llena de dioses  tutelares”.  El libro es para el poeta:

...un viaje por un silencio luminoso, compañero, liberador,
y una soledad que propicia el revuelo
de rubias mariposas por la mente
orquestando en la sangre sinfonías de tiempo recobrado.

Y así cierra su entrega de versos: 

“Quise poner nombre a su sola presencia
y no había palabras.

© Manuel Garrido Palacios

E. Bulwer-Lytton

Editorial Impedimenta


C. Cindy

JOURNAL D'UNE ANOREXIQUE BOULIMIQUE

Le combat d'un ange

C. Cindy

Ed. L'Harmattan

Paris


Un triste soir d'octobre 2012, notre vie s'est suspendue. Nous venions d'apprendre que notre fille Cindy avait choisi de s'envoler pour toujours... Cela faisait cinq ans, depuis son agression sexuelle, que la vie de notre fille s'était elle aussi suspendue. L'anorexie et sa grande complice, la boulimie, étaient alors entrées chez nous, empoisonnant à jamais nos existences, jusqu'à ce billet sans retour. Ce livre contient le journal intime tenu par Cindy.


Gerardo Piña-Rosales

MIS LECTURAS DEL QUIJOTE
Gerardo Piña-Rosales
ANLE. Nueva York
Ilustración de Gustavo Doré


Para mi hermana Maruja

Seis han sido, hasta ahora, mis lecturas del Quijote. Permítanme que me remonte en el tiempo y trate de rememorar, glosando para ustedes, la impresión que esas lecturas me produjeron.            
La primera vez que el Quijote cayó en mis manos fue hace ya muchos, muchos años, allá por los cincuenta, cuando todavía era yo muy niño, casi recién salido de la guardería. Pese al tiempo transcurrido, recuerdo aún aquel luminoso —¡y bendito!— día malagueño en que Maruja, mi hermana mayor, quizá por mantenerme ocupado y para que no le diese demasiado la lata, puso un libro en mis manos: una edición escolar (supongo que archiexpurgada y modernizada) de la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Cierro los ojos y aquellas estampas grabadas (de Gustavo Doré, descubrí más tarde) recobran todo el encanto, toda la emoción de aquel momento: el hidalgo, en su recámara, leyendo, absorto, embebecido, un voluminoso libraco —¿el Amadís de Gaula?, ¿El Caballero Cifar?, ¿el Tirante el Blanco?, ¿Las sergas de Esplandián?; el enjuto y avellanado don Quijote, en una noche de plenilunio, en el patio de la venta, montado en el escuchimizado Rocinante, velando armas, soñando en sus futuras gestas en pro del desvalido y el humillado; Sancho Panza, abrazado a su borrico, derramando gruesos lagrimones de alegría por el inesperado reencuentro; el Caballero de la Triste Figura, enjaulado, vencido y acabado, camino de su casa, a punto de recobrar la razón de los hombres y perder la de los visionarios, la que de verdad importa; Alonso Quijano, en su lecho de muerte, macilento y demacrado, ante los lloros de la sobrina y el ama, y la pesadumbre del cura. Aquella noche no pude conciliar el sueño: en mi imaginación calenturienta y enaltecida batallaban aquellas imágenes, provocadoras de nuevos y extraños presentimientos. Desde aquel venturoso día me propuse, costase lo que costase, leer aquel curioso libro, cuyos sugestivos dibujos tanto me conmovían. Y así fue: poco a poco, página a página, fui cayendo, gustoso, en las redes que un tal Miguel de Cervantes me tendía.
Años más tarde, y poseído ya por el vicio ennoblecedor de la lectura, volví a encontrarme con el Quijote: era uno de los libros de texto de una clase de bachillerato, en el Instituto Español de Tánger (Marruecos), la ciudad del Estrecho adonde mi familia había emigrado. La clase no era, como ustedes supondrán, de literatura, sino de gramática (¡esa señora tan antipática!), y la impartía una profesora menudita, de dientes caballunos y anchos cinturones de cuero, a la que todos llamábamos doña Avispita.
¿Que qué hacíamos con el Quijote en una clase de gramática? ¡Pues nada más y nada menos que análisis morfológico y sintáctico! Con semejante uso —y abuso— pedagógico, no habrá de extrañarles que muy pronto empezara a detestar el libro de marras. Juraría que a mis condiscípulos les ocurrió otro tanto. A pesar de todo, releí el Quijote, simultaneando su lectura con la de los que hoy llaman comics, y que los muchachos de mi generación conocíamos como tebeos: el Capitán TruenoPantera NegraEl Guerrero del Antifaz, y tantos y tantos otros de ese jaez.  
Por aquellos días de mi adolescencia tangerina, fatalmente enamorado de una Dulcinea de largas trenzas y pecosos morros —de cuyo nombre quisiera acordarme—, y ávido de encumbrarme ante sus virginales ojos, me dio por participar en la función "teatral" que organizaba el Instituto a finales de curso: se trataba —¡imagínenselo ustedes!— de una especie de dramatización de escenas del Quijote. El papel de don Quijote lo representaba don Espingarda, profesor de literatura, más largo que un día sin pan, de asarmentados miembros, y proclive —decían las malas lenguas— a la insólita e inveterada costumbre de componer versos. Don Barrilete, profesor de matemáticas, orondo y abacial, de genio pronto y socarrón, hacía de Sancho Panza. Para Dulcinea habían escogido, faltaría más, a doña Avispita, engalanada para el dichoso evento con un enorme cinturón de dorada hebilla, tan entallado que aún no me explico cómo diablos podía respirar la buena señora. ¿Y a mí, qué papel me habían asignado a mí? ¡El del cura! Sí, amigos, con la Iglesia habíame topado. He de aclarar —en honor a la verdad— que aquella elección no se debía a mi devoción eclesiástica (nunca demasiado boyante), sino a que era —tal vez escogido por la providencia divina— el chico a quien mejor le quedaba la sotana, sobada prenda, de basto paño y color indefinido, prestada, para tan gloriosa ocasión, por el Reverendo Padre Saturnino, profesor de religión. No sé si impresioné o no a mi Dulcinea de luengas trenzas, pero lo que nunca olvidaré de aquel memorable día fue el espantoso calor que bajo el dichoso hábito tuve que soportar durante las dos horas que duró la malhadada función.
Me reencontré con el Quijote pocos años más tarde, en el Colegio de Nuestra Señora del Pilar, en Tetuán, internado que dirigían (y aún dirigen) los padres marianistas. Yo, por aquella época, no debía ser muy buena pieza, porque me castigaban cada dos por tres. Recuerdo que me habían endilgado el sambenito de “rebelde”, por la sencilla (y monstruosa) razón de que me negaba a pasarme los recreos pateando un balón, cuando lo que prefería era enfrascarme en la lectura de una buena novela de Julio Verne. El castigo consistía en quedarse encerrado en la biblioteca del colegio los sábados por la tarde, en vez de ir al cine con los demás compañeros internos. Al principio, y como el cine me encantaba, el castigo me deprimía una barbaridad, pero cuando llegué a descubrir los tesoros que aquella biblioteca encristalada contenía, me regodeé de lo lindo ante la perspectiva de pasarme la santa tarde sabatina leyendo a mis anchas.
Huelga decir que mi rebelión se convirtió en endémica. Entre los tesoros de aquella biblioteca se encontraba —ya lo habrán adivinado— el Quijote, editado (y purificado) por Ebro.
Releí la inmortal obra de Cervantes en la Universidad de Granada, donde a la sazón cursaba yo Filosofía y Letras. Advertí con asombro que la novela parecía distinta en cada nueva lectura; pero no era el libro el que cambiaba, sino yo mismo, acendrado en busca de mi identidad y mi destino. Fue entonces cuando decidí ser escritor. Al fin y al cabo —pensé— era lo único que de verdad me entusiasmaba, lo único que se me daba con pasmosa facilidad. Mi forma natural de expresión era —y es— la escritura; a ella debía dedicarme en cuerpo y alma, pues sólo ella podría, a la postre, concederme la libertad ansiada. La suerte estaba echada.
Huí, me autoexilié de aquella España inquisitorial, chabacana y hortera, y acabé recalando en Nueva York (ciudad de todos los exilios). Después de un largo y tortuoso periodo de lucha con mi demonios interiores, conseguí continuar mis interrumpidos estudios en el Queens College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Y de nuevo, el Quijote, en la pulcra y sabia edición de Martín de Riquer, pulcra y sabiamente comentado por el profesor Márquez Villanueva, excelso cervantista. Esta vez, al socaire de su lectura, fui explorando, de mano de Américo Castro, de Marcel Bataillon y del mismo Márquez Villanueva, la España de aquel siglo XVI, no ya de Oro sino de Hierro, como bien solía decir Cervantes por boca de don Quijote.
La última lectura que realicé del Quijote fue en la edición de Isaías Lerner, otro cervantista ilustre (recientemente fallecido). Y si en las previas lecturas mi interés había gravitado hacia temas tan profundos y universales como el amor, la vida, la locura, o la muerte, ahora me sentí intrigado por los aspectos formales de la novela, por la ironía y parodia cervantinas, y por esa sutil técnica engarzadora que, a la chita callando, parece vertebrar el texto.
Leer el Quijote es siempre una aventura. Como libro polifónico y obra abierta, el Quijote se presta a múltiples lecturas, y tan válida es la del sesudo erudito, profesor de literatura, como la de aquel niño, que una luminosa mañana malagueña, presentía, hechizado por los dibujos de Doré, el rumbo que habría de seguir su vida.

© Gerardo Piña Rosales

Andrej Dobosz

Andrej Dobosz
Generat W Bibliotece
Wydawnictwo. Literackie
Kraków 2001

POETAS DEL SUR DE EUROPA (V)





MARÍA ALCANTARILLA
EL MOTIVO ES LO DE MENOS


Nació el día brumoso en Castañuelo, aldea donde se presentaba el hermoso libro de Juan Canterla. Arropando el acto estaban los poetas Manuel Moya y Rafael Vargas, los pintores José León y Seisdedos, y la poeta María Alcantarilla, de Santa Olalla, que traía un ejemplar, aún tibio de la imprenta, de su poemario El motivo es lo de menos, editado por  Huebra, tal como reza en su colofón: “en el tiempo de las castañas”.
En la página 47 dice:

Escribir.
Escribir hasta caer rendido,
hasta que el suelo, al fin, se borre
y ya no pueda mirar a ningún sitio
para saber qué camino es menos largo.
Escribir sin sed ni angustia,
sólo porque la forma sea forma,
o el pensamiento palabra
y la palabra,
nada más que eso:
palabra.
Escribir porque he de hacerlo,
porque una boca que habla
y una fe que no se toca
no hace grandes a los hombres
-los manchan de anhelo imberbe-
Escribir porque soy carne,
porque nadie se me acerca
si no soy yo quien lo llamo,
y nadie jamás entiende
si no es el grito el que pide
-como un eco primitivo
o un hacer que media ingrato-.
Escribir sin más motivos,
sin más espacio que este,
con forma, sin cortapisas...
escribir porque la vida
me escribe si no la nombro.

María Alcantarilla, periodista, que publicó en 2007 una plaquette poética titulada Qui scribit, se ha iniciado en el arte audiovisual, en el cuento y trabaja en su primera novela, según los datos que ofrece en los previos de la obra, en cuya página 18 trae este otro poema titulado Etiqueta:

Tu nombre se me antoja extenso y hueco.
Como parido una noche negra,
tan leve o tan obtusa
que nadie atinó a ver que ya llegaste
y, desde entonces,
todos te recuerdan como al cesado de sí.
¡Ah, ya ves...!
Los nombres nunca sirven para nada:
atontan al nacido,
lo reducen;
lo sientan siempre a expensas
de una exclamación como cualquier otra,
sin cualidad ni atributo,
sin tono peculiar por los caudales de afines.
Hermanado, porque sí, al arbitrio de la causa.
Un nombre, nada más.
Una forma de arreglarlo,
¿Por qué no?
un estilo centenario,
formalista.
Una manera, agotada,
de engendrar y poner sellos.
Un castigo, sin igual,
para izar habituales y prescindir
de lo propio.

Manuel Moya anota que estamos ante un libro de versos que nos ‘descubre una escritura nada complaciente, muy ligada a una rebeldía que no se impone sólo en lo moral y, por supuesto, a un evidente compromiso consigo misma. Un libro lúcido, maduro, verdadero, que muerde el corazón y astilla la cabeza, en el que a veces las preguntas insinuadas tienen mucho mayor peso que las respuestas’.


Sí; nació el día brumoso en la aldea de Castañuelo, quiso abrir a media mañana y se sumergió en la niebla densa al reunirnos a celebrar el acto en las tabernas de Leoncio y de José, de escuchar al bardo del lugar al que Vargas pondrá en orden los versos que ahora sólo son parte de su memoria, de recordar las artesanías y, en fin, de todo eso que brota alrededor del vaso y de la tapa. Y, como parte de la secuencia, me apetecía abrir el libro de María Alcantarilla para leerlo en voz baja: 

Me dicen que camine,
que comulgue,
que nunca sienta pena
que por qué ando tan triste
que por qué escribo de sombras
que si me siento cansado
que si con tantas ojeras
descanso como es debido
que si escribo porque quiero
o
-sin embargo-,
escribo porque es la moda
que si estando tan delgado
me alimento como el resto
que si, después de los años,
aprendía a tener paciencia.
Que si escucho y no me opongo
que si sostengo, sin ganas,
los fardos de cada día
que si rezo los responsos
que me enseñaron de chico
que si acierto en las acciones
o, al contrario, / me niego como esos otros
que si cumplo con la vida
o me conformo con verla...
Me dicen tantas cosas
que ya no sé si es que dicen
o es que me digo a mí mismo
aunque, pensando tranquilo,
este nunca se cuestiona
Imprecisiones tan necias
o evidencias tan cobardes
nacidas siempre de embustes.

La aldea se pobló de sensaciones, de latidos, aunque, para sentir, como dice María, el motivo sea lo de menos.






ESTUDIOS SOBRE LA POÉTICA DE
JOSÉ CORREDOR MATHEOS

Jesús Barrajón y María Rubio editan para Calambur este libro con trabajos sobre la obra de José Corredor-Matheos (Alcázar de San Juan, 1929), obra que para Pedro A. González “es una cuestión de aromas y fragancias. Su concepto de lo poético va más allá de toda definición”. B. Ciplijauskaité no cree “que la poesía castellana contemporánea pueda presentar otra obra tan exigente”. Elena Vega-Sampayo: “La sonrisa, el corazón, la mano y el ojo se ubican en el mismo plano que el árbol, el río o los zapatos y también que el dolor, la tristeza, el amor y el olvido”. Son versos, dice María Rubio, que “nos colocan ante ese momento en el que la búsqueda permanente culmina […] en el instante único, apenas perceptible pero gozoso, del hallazgo feliz”. Pilar Gómez Bedate: “A partir de Carta a Li-Po [su poesía] se singulariza por su identificación con el pensamiento zen y su parentesco con las líricas china y japonesa”. Asunción Castro: “Sus primeros libros […] exploran tonos y motivos […] que vendrían a conformar […] una poética madurada en el ejercicio constante y honesto de la escritura”. Jesús Barrajón trae las palabras del autor sobre su “poesía esencial”: “La escribía ya a los 17 años, pero la abandoné. Que la retomara fue fruto de una evolución personal relacionada con mi interés por el budismo”. Mariola García-Lavernia: “Su temática y su espíritu es lo que nos recuerda el espíritu del Tao”. Mª Elena Rodríguez: “La lluvia, el cielo, las montañas, las plantas… adquieren tal protagonismo que podría decirse, tal cómo lo piensa el autor, que […] son el poema”. José Mª Balcells: “En el Tao se asienta la propuesta corredoriana, a fin de que la necesidad y la voz interiores a las que responde la escritura poética puedan manifestarse por la vía más natural”. Lola Josa: “Aire que dicta sabiduría […] valor de lo espacial nacido del aire y del vuelo”. .Juan Senís “Ineludible conciencia de que la poesía es sólo poesía, nada más“ . Tomás Albaladejo: “El poeta pregunta y se pregunta por lo que ignora y por lo que da por supuesto […] haciendo así que su ignorancia sea sabia”. Josep María Sala: “El olvido de sí mismo y de todo […] posibilita el éxtasis del alma […] esto no supone renuncia alguna a lo sensible”.
Luis García Jambrina: “Uno de los poetas más singulares de su generación; de ahí que no haya tenido acomodo fácil en ella”. Nilo Palenzuela: “Hace coincidir en la breve aparición de la palabra […] la capacidad de asombro que trae consigo”. Para Gómez Porro es “una poesía que pregunta, que examina, que articula su mundo en torno a una batería de interrogantes, cuyo combustible es la incertidumbre”. Carmen Borja: “Desconocemos desde dónde se escribe, quién lo dicta, quién mantiene intacta la conciencia de la muerte. Ese yo que quizá no sea yo”. Antonio Colinas: José Corredor-Matheos “ha sabido ir mas allá con un sentir y un pensar que sólo conceden la edad, la sabiduría, y la síntesis en el tiempo de una obra hecha en lo secreto, en la fidelidad al ser más que al parecer”. Alejandro Duque: “Hasta dentro de la muerte hay una semilla [...] que se resiste a morir”. Miguel Galanes: “Si el poeta no está, a veces, en su escritura es porque se aloja en lo no pronunciado. De aquí nacen la elegancia y la grandeza de sus poemas”. Federico Gallego: Su camino es el “del agua lenta, que crea cauce y abre un curso que se puede extender, soterrar, nunca desaparecer”. Antonio Gamoneda: “Olvida y canta. Mira ante ti como si fuera a amanecer”. Para Giménez-Frontín: “La sociedad civil y cultural catalana no sería la misma sin su obra y sin él”. Javier Lostalé: Hay “una tensión de espera y un nombrar y un ver tan puros, que quien nombra y ve desaparece en tan íntimo acto”. Jorge Riechmann: “Fragilidad del gorrión cuyo salto preserva el mundo”. Y Ángel Rodríguez: “El poema es el sereno rastro de hermosura que queda impreso en la página”.
Al ver la luz el libro en el cumpleaños del poeta, han querido los editores que sea “celebración de su generosidad, de su sentido del humor, del regalo de su sencillez y de su mirada siempre extrañada y cómplice y amistosa, de la hermosa sorpresa de encontrar en la vida real a ese paseante que deambula por sus poemas”.






JUAN DRAGO
SI AMANECE MIENTRAS CAMINAS


“Con el tiempo he sabido que volcando mis sentimientos en el espejo de la tierra misma, coincido con un movimiento universal que defiende este planeta de la rapiña del hombre”.
          Con estas palabras arranca Juan Drago su obra Si amanece mientras caminas (Poemas de la luz), publicado en Málaga. Concebida como Antología, sus páginas contienen versos de todos sus libros anteriores, desde aquel De la luz en el agua de 1981 hasta Aires de Roma andaluza, de 2005, a los que añade generosamente parte de su poemario inédito Lugar y memoria.
No fue en su actividad Juan Drago poeta de mesa camilla y conciliábulo para repartir prebendas y subvenciones. Si se sigue su trayectoria literaria se le ve destacado del falso bosque poetario surgido a la sombra de Juan Ramón (algunos creen incluso que el Nobel de Moguer les debe algo). Y es en su poesía donde podemos hallar las claves de su limpio saber estar en un campo abundante en maleza; él jamás anduvo atento a lo vano y efímero, sino “a los pasos no iniciados todavía” [hacia un] “lugar que está en mí” [con una] “puerta donde un pájaro duda y anhela”. Proclama sin hacer ruido que, lo mismo que la Poesía, “el agua que tiembla, no es de nadie”, y que

…la luz tendida aquí es como un pájaro
que en la tierra del sur deja su sombra.
Los ojos que la miran son testigos”.

          El potencial de Si amanece mientras caminas parece querer justificarlo el poeta en base a un caso acaecido en el campo dunar cuando buscaba el alba. Lo que podía quedar en pura anécdota, Drago ha tuvo el coraje creativo de darle rango de categoría, y de un asunto casual sacó sustancia y lo hizo sonar como metáfora, sabiendo que “sólo ante el tablero hay ocasión de mover ficha en tanto dure la partida”.
          El poema que da título al libro lo dedica a Manola Sánchez, voz rota en mitad de un cante una noche cualquiera. Le dice:

Si amanece mientras caminas
da gracias a la luz por los estorninos del alba
y los juncos mojados por los ánsares.
Tus pies conocen cuanto tus ojos miran,
mientras el mar te llega,
cantando, de la noche.
Gracias por las tres ciervas de la alta duna
y los lucios rúbeos de la aurora,
que te ofrece el arco del sol
como la espalda de una criatura.
Entre zarzas, el alto fresno
ha cruzado la noche
y cubierto de rocío abre sus alas.
Las aves cantan como el mar lejano
en la ribera de todos tus sentidos.
La luz ha tendido una gasa húmeda
bordada con la plata de los espejos
echados en el frío de las brozas.
Los espacios amarillos cabalgan
con crines airosas por sesmos oscuros
anunciando fuego blanco por las marismas.
Mas pregunta a la luz qué se oculta
al otro lado de su venda,
qué se guardan las sombras de los linos,
por qué siguen tus pies las sendas
perdidas de los gamos,
y viene y va el silencio por la frontera
como ángel ardiendo sobre la nieve.

          Manola cantaría el poema como quien esto escribe lo ha gozado al leerlo, al igual que el hermoso libro hasta la última hoja, hasta el último verso.




ARCADIO PARDO
LO FANDO, LO NEFANDO. LO SENECTO



Javier Jover, director de Calimas, escribe: ‘Tengo que ver a una persona, en otra ciudad, en otro país, no sé si en otro tiempo. Es el portavoz del más allá, de los pleistocenos del ‘antes’, de los que han de venir. Se llama Arcadio Pardo. Es mi hermano mayor, el hermano mayor de todos nosotros. Puede que todavía no se sepa, que todavía no se conozca ni le hayan leído. Todo se andará: yo me encargaré de ello; no tiene que ser difícil. De momento, puede leerse en los dibujos sobre las paredes de Atapuerca, en las figuras sumerias, en los moldes calcinados de Pompeya, en las canciones contiguas y trashumantes de cada civilización, en los esqueletos que aguardan nuestra llegada a ese lugar final y primigenio, en los pliegos desaparecidos de la biblioteca de Alejandría, en el rumor del espacio, en los dialectos escindidos del silencio ... No se esconde, no se exhibe, no retiene propaganda en sus manos limpias ni en sus bolsillos llenos de fósiles muy muy antiguos. No persigue honores ni mendiga vanidades. Atesora tanta sabiduría que no le cabe en el corazón. No es un secuaz’.

[Poema sin título que abre el libro]

Despojadas las cosas de su género, de su apariencia,
de sus rugosidades, de sus accidentes, la intuición me condujo
a esta verdad entonces: que lo neutro es más profundo.
Concebí en neutro la totalidad:
lo amor, lo espacio, lo nos, lo todo.
Han desde entonces transcurrido océanos de tiempos, he
acumulado múltiple ignorancia, vastedades de dudas,
hacinamientos de interrogaciones, y aunque
me concedo una mengua de brasa de sabiduría,
lo ceniciento abruma la conciencia.
Recupero aquel relámpago de entonces y me asiento de nuevo
en la misma osadía: lo neutro es más profundo;
relieves, floraciones, toda la maravilla diseminada,
los ademanes suntuosos, el trazo de los rostros,
la quietud sin regreso, todo se aviene a su esencialidad,
a su neutralidad.
Sí, lo amor, lo espacio, lo nos, lo todo.
Adjunto ahora esta otra amplitud que se hace conducta,
meditación de los destinos, hoguera de purificaciones y
resumo la actual totalidad en la concentración
de estas palabras supremas:
lo fando, lo nefando, lo senecto.

EFECTO DE LA CONTIGÜIDAD DE LAS COSAS

Ya en su confín varadas,
se someten las cosas a su fenecimiento,
se destruyen sus formas y accidentes,
se hacen mantillo en los jardines,
alguna silueta en la memoria,
algún vestigio de su olor.
Pero, tras una hibernación de límites
variables, recuperan las cosas
su apariencia, los tonos del color,
la calidad del tacto,
la luminosidad del pensamiento,
la salvaje exigencia de volver.
Y vuelven.

Mi intención es componer este espacio con los materiales que aporta el poeta en su obra, o sea, el verdadero protagonista, amasados pacientemente con las voces que

Recuperan sus estancias
entran por corredores y desvanes
van a su lecho. Quiero que lo que escriba
sea como el tiempo que cayó sobre esa duna
y supo la enormidad de la esperanza
el desaliento de esperar la mano
que la recoja, a sabiendas de que a la dureza
de la piedra se opone la fragilidad del aire
la paja quebradiza a la fibra del tronco.


Esto es lo que me apetece tras la relectura del libro Efectos de la contigüidad de las cosas y compartir la idea de que “siempre se es contiguo de algo: del aire, de la lluvia, de algún roce, del frío, de los campos, de los sueños, de los griteríos, de la ceniza que dejan los otoños, de la queja de las piedras sepultadas. Uno es su ‘su’ y su alrededor, carne que se aferra a su momento, asumiendo que cuanto “nos rodea es también contiguo a ese uno, que prodiga

Emanación de su esencia
prolonga, repercute su sustancia en el árbol
en la ventisca, en la tonalidad de poniente
en el fuego del arce que el otoño devora
porque todo se asemeja a un hallazgo milenario
que uno concibe en su manar primero;
vuelve la hoja a ser la hoja
vuelven los nervios a su nervadura.

Arcadio Pardo parece haber escrito de un solo impulso un singular tratado de los renacimientos que suceden a diario sin que apenas percibamos el fenómeno. Algo así a lo que advirtió Lennon cuando dijo que la vida era lo que pasaba mientras hacíamos otras cosas. A Arcadio Pardo lo perfila Carlos Edmundo de Ory como “poeta de la memoria de carbunclo y la palabra grande de belleza, joyero de la poesía de cristal de roca y de sangre de otoño, boca que canta lo ya no, achicharrando de llamaradas el ser y que mira extático el abismo de lo lejano de donde vino a traer su tristeza solar llena de árboles, cuevas, toros y caballos, ríos, viento y cosmos, y que me dejó soñando con la leona asiria”. Una mirada a su bibliografía nos ofrece, entre otros títulos, Plantos de lo abolido y lo naciente, Relación del desorden y del orden y Poemas del centro y de la superficie, Poemas seguidos, Efímera efeméride, Silva de varia realidad, Travesía de los confines, El mundo acaba de Tineghir, o el más reciente: De la lenta eclosión del crisantemo, donde dice:

El crisantemo es flor de postrimero.
Es de especie de tránsito y agónica.
Es a la par de irradiación y de recogimiento en sí
antes poco que lleguen las tinieblas finales.
Acompaña a los muertos fenecidos recién,
y a los que yacen decenares de tiempos en cobijo.
El crisantemo habla a los yacidos,
les dice el transcurso y la hora,
y si quienes vinieron han llorado y gemido,
y si los quienes que no han acudido pierden
o han perdido la imagen de su faz,
de cómo era su voz, y de cómo vestían
y de cómo fundían en memoria
sus enseres, los mares, las vigas de la casa,
las armas que esgrimieron.
Y de cómo creíanse en los siglos pasados
coetáneos de otros muertos de enantes.
Todo fundían y confundían.
De soledad se empapa el crisantemo.
Son su asiento los bordes de las lápidas,
las cuidadas macetas protegidas
por jardineros de la santidad.

Contiguos los libros, me dejan hurgar en su palabra y formar con los caracteres que aquí caben un atril para orear los versos de Arcadio Pardo, convencido de que habrá que…

Rastrear la unidad del mundo en otros signos
en otras residencias donde cada cosa
derive de su emanación…

Estos poemas son “Eslabones que hoy he recogido frescos, como primicias de las huertas a las zonas de nieblas movedizas del recuerdo”.






RAFAEL DELGADO
HOMBRE DE LOS MIL NOMBRES





Uno de los felices heterónimos de Anatoli Flipovic, quizás el más querido por el poeta entre todos los nombres capaces de contribuir ‘a la paz y a la cultura’, es el de Rafael Delgado. Nombres o corazones usados según para qué, como dice la sabia copla alosnera:

Yo tengo tres corazones
a mí no me afligen penas;
uno pa que vaya y venga,
otro pa que lo aprisionen
y otro pa que tú lo tengas.

Usando el de Anatoli, o el de Wolfgang o el de Rafael, o todos al tiempo, el autor consiguió hace años el Premio Saltés de Cuentos con una obra de una originalidad aún no valorada con justeza, puede que por la rala difusión que tuvo. Su título: Tres sólo reflejaba el número de relatos que contenía: Una ronda del torneo de Bari Bari, El muñeco La última ronda. Se editó con ocasión de una Feria del Libro y, si como digo, le faltó eco, hay que añadir que ofreció la porción necesaria de literatura para que viéramos asomar jopo por el horizonte narrativo a este escritor de, como él dice: «sincronía anacrónica», y, como decimos los demás: de calidad suficiente para que celebremos ahora la salida de su nueva obra: «Diario de un hombre solo».
          Para los que queremos al buenón de Rafael reunirnos en la presentación del libro fue una fiesta por él mismo y por su obra, glosada por Uberto Stabile. Y es que no ha habido por aquí otro autor tan empujado a publicar, tan suplicado a sacar lo escrito en un libro que nos retornara a la poesía más allá del ego que tanto la empaña; que planteara en cada poema la partida de ajedrez que desde el primer día de la existencia libran la vida y la muerte. Que la universalizara. Un oráculo que no falla, el de otro grande: Manuel Moya, que me lo dijo un día antes con otras palabras, como el agua que «canta el mismo verso, pero con distinta agua»: «Peaso libro el de Rafalito».
          Dice en sus páginas: «Y de nuevo en mí, Espíritu», reconociendo en sus dentros esa voz hecha para «pintar el lienzo de la vida» cuando

…la pasión me mira
donde miran las miradas
y en la mirada a una flor
contemplo el Universo,

… ese Universo que es un lamento sereno y constante, sabiendo que están tendidas desde antiguo las nasas que son invisibles a las quejas:

Nosotros perdimos el paisaje,
las nasas y las redes,
el cielo transparente,
el aire puro,
la dimensión de fondo,
la epopeya de los nativos
con la derrota en la mirada.
No había nada, dijeron
y sin embargo,
el horizonte, las playas,
la luz en el agua era el gran tesoro.

          «Diario de un hombre solo» detiene el tiempo, habla al sol, muestra la «esencia, la sangre, los músculos de alambre» de una arboladura humana que ve que «no se aleja el mar», sino que es la mirada la que no lo alcanza. Viento y memoria, latido puro hecho poesía por Rafael Delgado, heterónimo de un tal Anatoli, figura de versos «hasta los pies vestido».

© Manuel Garrido Palacios