VINCENT VAN GOGH



VINCENT VAN GOGH
Autorretrato con caballete (1886)
MUSEO VAN GOGH · Amsterdam

La tumba donde reposa Vincent van Gogh está en Auvers sur Oise, pueblo que queda a hora larga al norte de Paris, cruzando los paisajes testigos del tramo final de su trágica historia. Parece que el caminante entrara y saliera de continuo de algunos de sus cuadros cuando va. La tumba está junto a la de su hermano, rozando una de las tapias del recinto sagrado, ambas cubiertas por una densa capa de hiedra de la que sobresalen los fríos datos tallados en las lápidas: Vincent (1853-1890), Theodore (1857-1891). Sobre las reticencias surgidas para que Vincent fuera enterrado aquí por las circunstancias de su muerte, se impuso la razón. El cementerio de Auvers sur Oise, de extensión media, sin tapias blancas, sino pardas, coronadas de musgo, acoge a diario, desde temprano hasta el ocaso, una discreta peregrinación de sensibles. Si se deja atrás la última casa del pueblo, para llegar a la verja hay que atravesar trigales que se infinitan a ambos lados, tapices ocres sajados por el sendero, y si luce una luz de otoño y el caminante encara sin prisas el grandioso marco, éste le dirá a sus sentidos que esos trigos maduros son los mismos que el artista pintó. En los meses finales de los treinta y siete años que estuvo entre nosotros, creaba constantemente: testamento artístico de setenta pinturas, treinta dibujos y un solitario grabado. No se sabe qué hubiera sido del pueblo de no haberlo habitado Vincent van Gogh y de no poder contar ahora cuanto se cuenta. Lo cabal es que Auvers le debe al pintor ese hormigueo humano que no cesa así llueva, truene o resplandezca la luz atenuada de esta comarca francesa. Auvers sur Oise agradece al artista la llamada de atención que hace al plasmarla en la tersura del lienzo, apasionadamente además. Por eso el pueblo ha respetado el paisaje tantas veces pintado y no ha consentido que se edifique nada que lo rompa, enturbie o manche, para que siga como él lo vio y lo amó. En una cuesta suave hay una venta cuyo dueño muestra orgulloso el cuarto en el que vivió Vincent, cuyos pinceles expresaron con tanta intensidad lo que veía: colores, formas, macizos, vacíos; y hasta puede que te cuente la desazón de sus amores no correspondidos como quien da a probar una amargura, y el mal que lo envolvió en un sudario de silencios, y el disparo que acalló sus latidos. Y la soledad: eso que nadie escoge. Una nube suelta deja caer cuatro gotas en el camino de vuelta del cementerio al pueblo, ocasión para que el caminante, refugiado bajo la fronda de un árbol, observe cómo el mar de trigo tiembla merced al soplo inesperado del viento que pasa. E imagina que llega la hora mágica en la que el espíritu inquieto de Vincent van Gogh, pasea por estos campos conservados para él mientras busca el encuadre ideal para pintarlos. Es como si el trigo, al saberlo, se estremeciera.

© Manuel Garrido Palacios