Will Nausteck

LA CAZA

El jabalí ya está quieto para siempre.
Su error fue existir, comer hierba,
saltar una linde, vivificar un espacio, ocupar un hueco.
Bastó un tiro (y el de gracia)
de quien le dio muerte por deporte:
un héroe casero, titán de asuetos,
gastador de horas en borrar del bosque
la parda estampa, la bella sombra
diluida en el paisaje.
Hizo un agotador esfuerzo
al apretar el gatillo
y será una valentía a recontar
al subordinado que lo escuche.
Usó para la hazaña
el dedo con el que empuja la pluma
de firmar despidos,
de señalar destinos,
de decidir ‘este sí, éste no,
aquel ya veremos’.
Dedo corrupto que niega andar metido
en a, en be o en zeta.
Tras la machada de matar al bicho,
que cabía entero en su mira telescópica,
se retrató en cuclillas junto a la fiera vencida,
alcanzando su efímera gloria
la inmortalidad del imbécil.
Esa tarde colgó el traje gris
en la percha gris del gris despacho.
Después siguió siendo lo gris que era:
un guerrero de diseño congelado,
un número primo de una lista manoseada,
el ‘éste mismo’ como relleno.
El jabalí pasó al estado de la nada,
a despojo sangrante si acaso,
a brillo apagado ante el asombro,
a pupilas quebradas por el terror,
a mancha fruto de una falsa batalla
en el libro de la estupidez humana,
en cuento absurdo para pasto
del club selecto de notables.
'Dele Dios mal galardón’.
Justiciero de pluma y escopeta,
bien merece una ristra de desprecios
quien firma una infamia al alba
y mata al jabalí al caer la tarde,
animal ajeno a burocracias,
inmerso en la costumbre
impuesta por Madre Naturaleza
de vivir para vivir,
sencillamente.

© Will Nausteck