Victoriano Crémer

 Victoriano Crémer
Los signos de la sangre 


Y canto para adentro
 porque no tengo afueras.
Me aprieto la guitarra
y siento la madera.
Se me llenan de música
las oscuras cavernas.
Yo soy yo, limitado
por carne sorda y venas.
Si alguna vez levanto
los ojos de las cuerdas,
me siento fugitivo
de lo que vale y cuenta. 

Hace algunos años medio organizamos un Aula de Poesía en el Ateneo de Huelva, entonces presidido por el Dr. Vázquez Limón, y quisimos traer a figuras del arte para que nos ilustraran con su verbo, con sus trazos. Vinieron Francisco Candel, tras el éxito de su novela “Los otros catalanes”, Juan Genovés, del que conocíamos sus imágenes por exposiciones en Madrid y, entre los poetas pusimos el acento en Victoriano Crémer, al que leíamos y del que gozábamos, sin que él lo supiera, de su magisterio. Con los primeros personajes pronto se nos vaciaron los bolsillos, que era con lo que se cubrían los gastos, pero, aún así, aquel Aula de Poesía (Arcensio, Figueroa, Lara y un servidor) inició las gestiones para traer a recitar sus versos al gran poeta, proyecto que, de entrada, aceptó. Ya había venido otra vez con ocasión de un homenaje lírico a Juan Ramón Jiménez. El problema surgió cuando en la siguiente carta me tocó explicarle que, como no teníamos dinero para pagarle ni el viaje. ni la estancia ni nada, oye, ni nada, a ver si él... Victoriano no se negó por ello a venir y dijo que el trayecto de León a Huelva lo haría gustoso para ofrecernos un recital, pero… más adelante. La ocasión, como tantas que quedan en el cedazo del tiempo, nunca llegó. Lo que vino puntual fue la noticia de su muerte un 26 de junio, cuando ya no estaban varios de la época y hasta el propio Ateneo se convirtió en un bingo.

Y no me reconozco,
y me doy tanta pena
que enmudezco y me duele
la raíz de la lengua.
Por eso cuento y canto
para adentro las penas:
Porque me sueno a hombre
y me duelo de veras.

Le Editorial Calambur sacó su obra poética (1944-2004), bajo el título de “Los signos de la sangre”, cuyas páginas recorren “la historia de la poesía española desde el fin de la Guerra Civil hasta el momento presente”. A estas alturas da cosa repetir que fue Premio Nacional de Poesía en 1962, Premio Castilla y León de las Letras en 1994 y Doctor Honoris Causa por la Universidad de León en 1991, entre otros merecimientos, aunque es bueno decirlo, como que nace en Burgos en 1907 y diez años más tarde se traslada a León para siempre. Al término de la contienda, durante la cual lo encarcelan dos veces, se dedica al periodismo, actividad que no deja hasta sus últimos días, ya pasado el siglo de vida. Día a día el Diario de León vino sacando su columna de opinión. En 1944 funda y dirige, con González de Lama y Eugenio de Nora, la revista “Espadaña”, centrada en la Poesía. Ese mismo año publica su libro "Tacto Sonoro", que contiene el pálpito “de las preocupaciones permanentes del escritor: el dolor humano, el hombre perseguido, el silencio de Dios”. Le siguen los dos poemarios “Caminos de mi sangre” y “La espada y la pared”, puras marmitas donde maja la “problemática existencial, la social (el mundo de los humildes), el terror de la guerra o el latido de su entorno, temas que retoma más tarde en “Nuevos cantos de vida y esperanza”, “Furia y paloma” o “Tiempo de soledad”:

Y puedo decir: Hambres,
en plural; Vida Perra;
o simplemente Amor;
y escupir a la Tierra.
Canciones que me arranco
de las furiosas piedras
del montón de la sangre
que llevo siempre a cuestas.
Me escucho y no me importa
que los demás entiendan;
me basta con sentirme
el alma en la madera. 

Con Celaya, Otero, Nora y otros forma parte de la histórica “Antología de la Joven Poesía Española” (1952). Luego vendrían los versos del sosiego en libros como “Lejos de esta lluvia”, “El cálido bullicio” o “El último jinete”, publicado en 2008, ya pasada la linde del siglo. Inabarcable el contenido de ese corazón parado, de ese pulso que se mantuvo firme hasta el último verso, cantó a la soledad, al recuerdo, al sufrimiento, al amor, a los hijos, al dolor, a la vida sencilla del barrio de Puertamoneda, a la vejez, a la muerte acaso:

Que canto para adentro,
porque no tengo afueras. 

Se dice que desde el primer libro “encontró su voz”. Lo más bello para un poeta. La esencia.

© Manuel Garrido Palacios