Mont St. Michael

Mont St. Michael

En la Abadía benedictina de St. Michael no hay que temer a las sombras, al fantasma de turno (fijo o interino), a las interpretaciones de códigos tan secretos que no lo saben ni las mentes preclaras que presumen de guardarlos en sus memorias. A lo que hay que temer en la Abadía benedictina de St. Michael es al frío, al soplo helado que se instala a vivir en la costa de Normandía y se olvida de marcharse. Parece que el frío hubiera nacido aquí o que estuviera rondando este paisaje desde siempre, buscando colarse por las más leves rendijas de los muros del recinto, silbando por las troneras, saliéndote al paso por los torreones, pasillos, salas capitulares, refectorio, garitas y claustro, excepcionalmente hermoso, dicho de paso. 
Vengo acompañando a un equipo de pre-producción americano que anda localizando exteriores para una película que va a dirigir un viejo amigo, gran profesional, cuyo guión requiere como marcos monasterios de este perfil. Aunque hemos estado en otros decorados no menos bellos en Italia, la esposa del director y co-productora del film quiso conocer St. Michael a ver qué se terciaba entre sus muros y aquí estamos, en el origen del frío. Alguien, al observar detenidamente el Monte St. Michael lo ve complicado, con gran dificultad para los operarios maquinistas que tengan que instalar practicables, arcos o grúas. La dura y larga pendiente interior le asusta. Creen que la escalera no tiene fin. Es verdad, no lo tiene. A mí lo que me atenaza es el frío. Los de la plata presupuestan el transporte de chismes y les salen muchos números. Eso, caso de hacerse aquí, que es lo que parece cuando se ven mentes en racha trazando escenas en el vacío, afanados en promediar tiempos y ver posibilidades, pasos que suelen dirigir el proyecto a cuajar en obra. Y si las escenas que se marcan no acaban de encajar en el escenario es posible que se regrese a Italia a fijar sitios y fechas sin más miramientos. La Toscana siempre espera.
Esto lo anoté en mi cuaderno hace unos meses. Hoy, cada cuervo en su olivo, me entero que el filmete se acaba de estrenar en Estados Unidos y que fue rodado allí en un decorado hecho a propósito. Con la noticia recibo una copia obsequio de mis amigos.

© Manuel Garrido Palacios