Alfares de Cortegana






Alfares de Cortegana




Un viento que no sabe lo que hace ha abatido un tiesto de barro al que tenía gran aprecio. La pieza estaba sobre un alféizar desde un San Juan de hace décadas y componía su color rojizo con la cálida estancia. Brillaba en invierno su panza con el fuego de la chimenea y un año fue improvisado nido de pájaros. He intentado recomponerlo con paciencia para que, al menos, lo que quede recuerde que era una orza castañera de dos asas de las que se hacían en Cortegana cuando Elías Borrero y Francisco –Morito-, ejercían como los últimos alfareros que quedaban en una de las calles más artesanas que tuvo este país.
Mientras pego los trozos se me vienen ambos a la memoria como pidiéndome cuentas del roto. Elías se autojubiló ese año. La hornada hecha ese día fue el epílogo de su obra. Un libro de amases creativos que cerró para siempre. No hubo modo de convencerlo para que esperara a ver si venía un renuevo al alfar, alguien que se interesara por el trabajo milenario y que retuviera en su mente los perfiles de los cacharros con tal de que siguiera dando vida con sus manos a lo que era patrimonio de todos. Elías me escuchó atento, encendió un cigarro de picadura y dijo que para qué el esfuerzo, que estaba cansado, que lo dejaba. Agradecía mis palabras de aliento, pero eran poco frente a la pasividad de instituciones que tendrían que haber defendido su oficio a tiempo.
Los tiestos de la hornada eran como un resumen, un barullo de pulsiones, un boquete abierto en la sensibilidad del artesano por el que se escapaban orzas, cántaros, búcaros, lebrillos, platos, macetas: algo simplemente útil, necesario. A partir de ese instante sólo saldría del alfar el silencio en vez del dulce chirriar del torno, del plof de la pellá sobre la rueda chica, de su jadeo diario. Su queja era por la marginación que sufrían los artesanos y por el bajo coste al que tenían que vender sus obras para vivir. Oficio callado, humilde, paridor de cuencos para agua o leche o rayos, adornados con la santa calma de la honestidad. Diez, quince o cincuenta pesetas de entonces llenas de tiempo detenido. Nunca por tan poco dio alguien tanto.
La obra de Elías quedó por la comarca en las cocinas, en las matanzas, en el hervidero, tiznada sobre el estreor, presente en la sed, colgada del muro encalado o expuesta al viento que no sabe lo que hace en un alféizar lejano. Conforme fumaba aquel cigarro Elías abría y cerraba sus manos como si se desprendiera de todo para dejarlas definitivamente vacías. No quise que la hornada de Elías rodara en sabe Dios qué abandonarios. Me la quedé entera, una parte para mi pequeño museo de cosas amadas y otra para compartirla con quien supiera apreciarla. Dije alfares. En la misma calle Peña quedaba en pie el de Francisco, Morito, otro más que tendría que lidiar con el tiempo y el desinterés de quienes podrían haber desviado la visión limitada que dan las orejeras. Mientras pego hoy la orza me invade el pulso de aquel día y se me puebla el alma de un nosequé triste, de una emoción pura que me mueve en lo hondo al pensar que cada trozo pertenecía a la última hornada de un artesano.

© Manuel Garrido Palacios