Juan Villa / 2 novelas 2

EL AÑO DE MALANDAR


A Juan Villa lo vi una tarde en una librería buscando algo de Villalón, no de Cristóbal, el de El Escolástico o El Crótalon, sino de Fernando, nacido tres siglos más tarde: el de La Toriada o Andalucía la baja. De todas formas, ambos parecen –o lo son– antepasados suyos en aumentativo: Villa, Villalón. Después coincidimos en el jurado de un Festival de Cine en el que teníamos que premiar “una película con valores positivos sobre el medio ambiente”. Toma ya. Más adelante –me remito a la época medieval- lo encontré en Doñana buscando eslabones sueltos de viejas culturas y de una historia que le rondaba desde siempre. Por último, nos hemos visto como miembros de otro jurado, esta vez, literario y todo eso. Podría decirse que no es Juan Villa el pícaro de Quevedo, pero sí el buscador, el buscón, a su modo, de huellas de un pasado del que se le enredaron flecos en la memoria, y añadir, que con hallazgos dignos de mentarse. Por ejemplo, procurando documentos para un estudio de derecho comparado en la Europa de los siglos XVI y XVII en la Biblioteca Colombina de la Catedral de Sevilla, topa con un curioso libro de asientos con una nota de la época en la que reza que había sido requisado por la justicia en una casa del Compás del Arenal, que, como después supo, fue corazón de la germanía y pulmón de truhanes y buscones durante el siglo XVI.
Tras dos relatos publicados: El lobito (1998) y Última estación (1999) surge en 2005 el Juan Villa novelista con Crónica de las arenas, obra que tuvo una excelente acogida por estos y por otros pagos. Luego vino una segunda novela: El año de Malandar, que podría considerarse o no continuación de aquella primera. Y lo que iba a ser un monólogo se convierte en una grata charla.
Pregunta: ¿Es como digo?
Respuesta: Más que una segunda parte de Crónica de las Arenas, yo diría que El año de Malandar emana del mismo magma, de ese mundo que delimitan el Guadalquivir y la Ría de Huelva, las marismas y la playa de Arenas Gordas; lo que en un sentido amplio conocemos por Doñana.
P: Decíamos un día que, por muchas novelas que se escriban, cada autor sólo escribe una con varias entregas, pero una.
R: Certifico la aseveración; al menos en mi caso es así, y pienso que de alguna manera en todos, por mucho que se travista un escritor siempre es él el que habla y única su historia, o su tono, que es en definitiva lo que lo caracteriza.
P: Leo El año de Malandar y tiene forma de Diario.
R: El año de Malandar es un diario mezclado con cartas, historias intercaladas e intervenciones directas de voces técnicamente amañadas. Trata de mantener la coralidad de Crónica de las arenas, aunque el lector entre o no en ese juago.
P: Ya que salen personajes y temas de la primera novela, ¿podría convertirse todo al final en una trilogía al uso?
R: Confieso que en un momento dado diseñé una trilogía, pero tengo que añadir que la trilogía se me ha ido de las manos. Como decía antes, ahora me nutro en una suerte de magma del que emanan novelas, dos hasta ahora, relatos y una nouvelle que estoy terminando: Los almajos.
P: Decía Don Julio Caro Baroja que escribir era fácil comparado con encontrar editor. No creo que se refiriera a él.
R: Considerando las penalidades que escucho en boca de algunos buscadores de editor, tengo que decir que, hasta ahora, me ha ido bien. Paréntesis, mi actual editorial, reúne todas las condiciones que un autor busca, sobre todo el buen trato y la buena distribución.
P: Pienso que el escritor escribe, en principio, para sí mismo, y si luego alguien comparte sus palabras, mejor. Lo cierto es que es un trabajo duro.
R: La novela, frente a otros géneros, tiene la poco literaria exigencia del horario: o te sientas a trabajar unas horas todos los días como el que fabrica tornillos o va a coger fresas o la cosa no sale; de un golpe de inspiración no nace una novela, y de esas horas gastadas en escribirla, las hay de gozos y de sombras, no sabría decir si más de una cosa que de otra.
P: Además de por el puro gozo estético que se le supone a toda obra de arte, ¿por qué se debería leer El año de Malandar?
R: Porque es una novela que aporta cierta luz sobre dos cuestiones que, desde mi punto de vista, han tenido siempre el máximo interés: la llegada de la II República y el mundo antiguo de Doñana.


LOS ALMAJOS


Ante una nueva novela no parece lo más propio andar desvelando sus claves, sus secretos; puede bastar con dar fe de su nacimiento, de su salto a la vida para despertar el interés por ella. Sus páginas serán las que cuenten al lector el contenido de su corazón de papel y tinta y lo conecte con el autor, en este caso, el almonteño Juan Villa. A la vista de su biobliografia: El lobito (1998), Última estación (1999), Crónica de las arenas (2005) y El año de Malandar (2009), aparte de sus sabrosas crónicas, la obra recién salida de la imprenta: Los almajos (como ‘almarjo’ lo registra Corominas), ya promete, ya anuncia que vamos a acceder a una rica, densa exposición de un tema y a su desarrollo con la dosis de sorpresa en su fondo, por lo que dice, y de buena literatura, por cómo lo dice. Se da la bienvenida a la nueva obra acabada de leer, pero es oportuno callar la trama que en ella se urde para que quien se interne en sus páginas se sorprenda por sí mismo sin ser inducido. Es la filosofía de estas notas librescas. Nadie mejor que su autor para desvelar el misterio que encierra su obra y establecer en una breve charla los límites a desvelar. De entrada y de salida, opino que el encanto de la palabra vuelve a visitar a Juan Villa cuando éste se interna en el mundo de Doñana y las arenas le hablan, y las voces que flotan le hablan, y las dunas le hablan, y los almajos le hablan.
Pregunta: ¿Por qué, esta vez, el nombre de Los almajos?
Respuesta:Los almajos son unas hierbas que crecen en las zonas más pobres de la marisma y sobre las que se cuentan historias que no voy a desvelar porque son una de las claves de la novela. Habrá que leerla.
P: Parece que en la tierra de Doñana encontró Juan Villa un territorio propio del que saca cosecha histórica poco a poco.
R: En él me instalé hace años y ahí sigo. No sé si algún día lo agotaré.
P: ¿Los almajos es novela independiente o forma parte de la estela de las anteriores.
R: Esta novela está íntimamente relacionada con Crónica de las arenas; podría ser un episodio más de aquel mundo del eucalipto.
P: Cuéntala sin contarla. Dime por qué hay que leerla.
R: Desde el punto de vista técnico, Los almajos es una novela corta en la que me he esforzado especialmente. Es una fórmula narrativa poco utilizada en nuestras letras. Desde siempre tuve interés en abordar esta fórmula más concentrada e intensa que la novela propiamente dicha. Creo que eso le va a medida al interés a la historia.
P: Lo de Juan Villa es un enamoramiento con la tierra de Doñana, una insistencia, un afán en hurgar en lo que guarda. Nunca una novela y punto.
R: Podría decir y no mentiría que más que ir yo a Doñana, Doñana ha venido a mí, se me ha impuesto de tal forma que hasta que no me lo ordene no podré dejarla.
P: ¿Hay mucho de invención en la historia que se cuenta o se ajusta a los sucesos?
R: En la novela hay más invención que en las anteriores en las que pretendí plasmar la historia de estos cotos. En Los almajos es lo interior de unos personajes lo que básicamente llena sus páginas, conflictos que pueden desarrollarse en cualquier lugar y cualquier tiempo; por tanto, también en Doñana.
P: ¿En tu hacer literario, la novela es el fruto de un camino que continuará?
R: Es difícil responder. Es algo que el tiempo dirá pero me temo que esto irá para largo.
P: Toda obra tiene en algún párrafo, en alguna página una clave que es la síntesis de lo que se ha querido contar.
R: En Los Almajos, probablemente, eso que se fragua en sus ochenta y siete páginas, esté en la última.
P: ¿Y…?
P: No es cosa de desvelarlo, sino de descubrirlo. Habrá que abrir el libro y dejarse llevar hasta el final.

© Manuel Garrido Palacios