


© Fotos MGP.Se cumpió un siglo del nacimiento del poeta Jesús Arcensio (Galaroza 1911-Sevilla 1992), el mismo que escribió: “Todos van. Todos vienen. / Yo, parado, a las doce, en esta esquina / sobre el asfalto quieto, / porque he perdido el Norte de mi tiempo. / No me sirven mis pasos / -pasos a estrella nube, pájaro- / para andar entre bosques de oficinas, / almacenes y bancos. / La calle es una selva de cemento / tan extraña a mi pie, que ando perdido, / totalmente perdido. Aquí, clavado, / miro mis viejos mapas / donde se escribe amor con A mayúscula, / que me señalan rumbos cordiales / del nacer al morir. Y no me sirven. / Estoy aquí, esperando / que alguien llegue y me hable. / Pero todos pasan con prisas, / sin mirar, pronunciando / palabras que no entiendo: reactores, / kilovatios, salarios, dividendos... “
En una transversal de la Alameda Sundhein figura su nombre en la esquina, calle en la que no existe una sola puerta por la que entrar o salir de una casa, sino ventanas, tiestos, rejas, visillos, persianas de viviendas, que, sin pretenderlo, dan la espalda a su titular en una circunstancia no prevista en el trazado urbano, pero subsanable. Si los que dan o quitan rótulos quisieran hacer olvidar el nombre de alguien, que no es el caso, no podrían haber usado modo más eficaz que el de dedicarle una vía como ésta, que jamás recibirá una sola carta, ni un triste recibo, ni una bombona de gas, ni siquiera una multa. Nada. A la calle del poeta no irá nunca nada ni nadie preguntará por ella.
Este trato a Jesús (posiblemente junto a Lara, Garfias y Juan Delgado… los poetas de la tierra más cercanos a Juan Ramón) no es justo. Y no es un tema localista: no entraría en él ni a empujones. Se trata de no obviar un nombre de los que dan rango a una ciudad, con una obra admirada más allá de la asfixiante linde de los autopoetas de diseño, tan de escaparate y subvención.
El magnífico estudio que le hace Manuel Moya en “Sueño y costumbre” (La Huebra, 2002) previo a la antología que trae, dice que “De joven mantiene contactos con los integrantes de Papel de Aleluyas, Rogelio Buendía y Adriano del Valle. En 1935 funda el suplemento Letras, en el que intervienen Nicolás Guillén, Miguel Hernández y otros. Su producción se divide en dos momentos delimitados por la guerra civil. Si en el primero, su poesía es claramente bucólica y amorosa, cercana al purismo de Juan Ramón Jiménez, en el segundo está enmarcada entre el dolor, la pérdida de confianza en el hombre y en los vaivenes y dudas de la propia existencia. Consumado sonetista, no rehuyó otras formas versales. Reacio a las publicaciones, sólo dio a las imprentas dos libros, al final de su vida, a pesar de lo cual siempre gozó de magisterio en los ambientes poéticos”.
Con la humildad de un grande, Jesús se ve a sí mismo en Autorretrato: “Este que aquí, de pan e incertidumbre / vive y desvive un poco cada día, / éste soy yo, de afán y de agonía, / de sed y agua, de ceniza y lumbre. / Hombre partido en dos -sueño y costumbre-, / hombre de hielo ardiente y llama fría / a quien lenguas de dulce poesía / lamen la llaga de su pesadumbre. / Hombre, al fin, como tú, como cualquiera, / que no sabe quién es ni a qué ha venido / ni el color de la muerte que le espera. / Un hombre que ama y sufre, que ha bebido, / que es malo y bueno... y que, en verdad, quisiera, / si hay que morir, morir como ha vivido”.
Habría que cambiar de calle a Jesús Arcensio por pura justicia. Una ciudad no puede permitirse estar de espaldas a un poeta que la ha vivido en su esplendor creativo, que le ha legado una obra de tanta hondura y belleza. Añado que parte de lo que cantan los flamencos de aquí son letras suyas, firmadas o no. Y si una voz no bastara para darle otra calle, ahí esperan para ser leídos todos los poemas del libro. Una ciudad brilla más, entre otras cosas, cuando los que se encargan de la cosa cultural saben o quieren –porque poder, pueden– valorar a su gente señera.
El poema del principio termina así: “Yo sigo aquí, perdido, / aislado en este tiempo que no es mío. / Y pasan, van y vienen cuerpos, sombras. / Cruzan y vuelven a pasar, indiferentes, / sin mirar que hay un hombre en una esquina, / perdido, extraviado / en la isla de un tiempo que no es suyo”.
© Manuel Garrido Palacios
Este soneto –datado en 1969- se halla en la fachada del Convento de Nuestra Señora del Carmen de Galaroza.
Tú, que del mar te nombran Capitana,
dejas aquí el timón por la mancera.
Y, así como excelente marinera,
eres también magnífica hortelana.
Rumbos de miel le das a la manzana;
rumbos de flor a cada primavera;
rumbos de pan a cada sementera;
rumbos de amor le das a la serrana.
Mira, Madre, qué mar tan deleitosa,
qué oceanía de tréboles y flores
mece a tus pies su plácido oleaje.
Anclando va tu amor en cada cosa
cuando el serrano mar de tus amores
navegas en virgíneo cabotaje.
© Jesús Arcensio
CIUDAD DORMIDA
En Sueño y Costumbre (Antología) Asoc. Lit. Huebra. Aracena 2002. Estudio y edición de Manuel Moya, que anota: ‘Este soneto fue escrito por Jesús Arcensio (1911-1992) en un bar en 1969. Aporta el dato su sobrino José Antonio Ortega, presente cuando se escribió’.
Lame el sol los tremendos cornalones
con que el toro del tiempo tu muralla,
terco, quiere abatir. La brisa calla
y acaricia tus viejos desgarrones.
Encantada ciudad, Niebla. Ilusiones
de hacer hoy el ayer. Loca batalla
es quererle poner al tiempo valla
y vararlo en un mar de evocaciones.
Navío anclado junto al rojo río
que naves salomónicas meciera;
arca de historia, fama y poderío;
ciudad de los mil sueños: iQuién pudiera
devolverte tu vieja voz, tu brío,
la gloria de tu antigua primavera!
© Jesús Arcensio