CANGREJO VIOLINISTAEladio Orta
Ed. Germania. Alzira
Ilustración: Raúl Gálvez
Llama el cartero. Me dice que deja en el buzón de la cancela un sobre con un libro. Es una gran noticia a media mañana. Mientras voy a recogerlo pienso que puede ser de… o de… o de…, que estaban preparando sus ediciones inmediatas. En efecto, es de uno de los autores casi citados, poeta por más señas, nacido en Isla Canela, de nombre Eladio Orta, que ya cuenta con una amplia bibliografía en verso: Encuentro en H (Kronos, Sevilla, 1994), En tránsito (Ed. 1900, Huelva, 1995), Resistencia por Estética (Germania, Alzira, 1999), Berenjenas pa los pavos (El Árbol Espiral, Béjar, 2003), + de poemas tontos (Celya, Salamanca, 2003), Sincronía del Solejero (Huelva, 2004), Vacío Tácito (Puerta del Mar, Málaga, 2007), Antisonetos (Baile del Sol, Tenerife, 2007), Traductor del Médium (Ed. Idea, Tenerife, 2009), Tierrafirmista (Cacúa, Huelva, 2010); y en prosa: Los Cuadernos del tío Prudencio (Crecida, Ayamonte, 1992) y Leche de Camello (Zigurat, Ateneo Obrero de Gijón, 2005).
El libro recién llegado es Cangrejo Violinista. Lo edita Germania (Alzira) y su índice refleja que está dividido en tres partes. La primera ─título de la obra─, Boca y Barrilete. Como lectura de avance en la contraportada aparece un texto anunciador de lo que ofrece en sus páginas: “hilos lingüísticos de ríos emparentados / manchones de sal en la camisa / de batacazos en los límites mágicos de los umbrales interiores de los cabezos / de salpicones de moras en el aire / de sofocos en la puerta de la peña flamenca / de canastas de higos chumbos pelados para aliviar la percusión salobre / (perder la tona es como nadar en un enjambre de aguamala) / (viva el fango / las almejas en ebullición / y las papas fritas con huevos) / enfatiza David Pierfort […] (en el delta de la desembocadura del río Guadalquivir / también le llaman bocas / al cangrejo barrilete / que puebla el fango arenoso milenario de los sueños) […] de las arenas de las playas de Sanlúcar de Barrameda / han desaparecido arrastrados por el siniestro empuje / (atropello deforestación / guantazo lingüístico) / adentrándose en los atardeceres tiznados / de los pulcros fornecos inexplorados / (restos de infancia desperdigados por la pleamar / juguetes de los días abiertos a la luz atlántica) / hilos conexión (gitanito esquizofrénico / cangrejo violinista) […] en isla canela las bocas se han ido retirando de las playas y esteros colindantes al asfalto / buscando lugares perdidos en la inmensidad fangosa de las marismas del San Bruno y caños de la chaveta […] (escribir de lo que desaparece para dejar huella).
Visto así parece un diario, o mejor: un momentario, un instantario en el que Eladio plasma lo que ve tal como lo siente, no despreciando ocasión de incorporar a su poema el modo de decirlo de su entorno, lo que da a lo que escribe una gracia y una frescura inusuales en este tipo de textos. Su visión, mientras escribe, puede verse interrumpida por algo inesperado, asunto que queda atrapado en sus versos como parte viva de todo cuanto percibe a la vez. Sus descripciones traspasan el blanco del papel y el negro de la tinta y adquieren colores puros que él capta y transmite. Como citas previas a Cangrejo Violinista nos regala dos párrafos con esta característica. Uno es Vacío: “hueco cueva habitada por la nada / ni huella en el aire ni brisa en el fango / túnel sin límites cartográficos / ni bosques de árboles andantes / árbol dístico invisible / huesos / espacios deshabitado por la sal”. Otra es Tácito: “tránsito de bandadas de moscas / pregonando silenciosamente la madurez del otoño / la víspera transitoria de la humedad del invierno / las pinzas de las bocas tienden a refugiarse en el vacío / tácito de sus túneles / cuando pifian en la localización de sus cuevas / quién las distrae”.
Ya dentro del corpus de la obra se observa que disfruta compartiendo las metáforas que le salen al paso, no buscadas ni rebuscadas, sino porque quizás ha nacido y ha pensado en ellas mientras se hacía figura en el paisaje. Veamos. “Cangrejo violinista: habitante crustáceo del fango / (uca tangen) pertenece a la familia ocypodidae / pastando algas en las orillas de los caños de la chaveta flor andante de las marismas (también llamado en Andalucía occidental: boca o barrilete o caballete...) / Habitar lo inhabitable (hay territorios baldíos / entre la arena y el fango / entre el fango y la arena / poblado de pinzas comestibles / clamando al sol). Cangrejo violinista: crustáceo zodiacal parar el ritmo frenético / del desastre / lección de mesura posición reposada en la explanada del buen vivir / silencio interior de las marismas / mirar hacia atrás / el cangrejo ahonda en la saliva de la tierra / abraza el sexo húmedo en la cueva”.
Con este tono disonante y armonioso a la vez, Eladio Orta desgrana su poesía en las 87 página del libro. Podría ser que algún pasaje lo hubiera trasladado de otra obra anterior, pero más bien ocurre esta coincidencia porque el poeta narra constantemente su territorio, lo exprime expresivamente, acota sus lindes y se mueve dentro de su ámbito como “sombra vigilante que cruza el espejismo”, que para él es una realidad asumida. El poeta no es que esté solo, sino que ‘es’ solo en sus visiones. Por eso dice: “apuesto por el ritmo / de los cangilones / de las norias”. Sus versos lo son; son cangilones que giran continuamente, entran en la entraña de su isla y van sacando la esencia presentida.
No es libro para recibir, leer y pasar a otro, sino para ahondar en lo que nos propone, sin intención de hacerlo, como “dormir en la cueva de una cangreja”. Una palabra constante es ‘huella’. Es posible que, testigo de un mundo que se fue, o que se va o que se irá, Eladio Orta escriba de lo que sabe que “desaparece para dejar huella”.
La melodía de Cangrejo violinista lleva un timbre especial, un qué sé yo que atrae. En suma, eso que llamamos encanto.
TRADUCTOR DEL MÉDIUM
Escribe Eladio Orta en su libro “Traductor del médium” que “el tiempo pasa por el agujero de un dedal / y se detiene en el vacío cósmico / de un cuenco de gazpacho / en el filo pedregoso de una piedra eterna / espera sentado el tiempo / a que el tiempo borre / las huellas infalibles del tiempo”.
Yo no sé muchas cosas, es verdad (León Felipe) pero siento que el tiempo llevado a los versos, traducido al lenguaje poético, se convierte en esencia (lo es en sí mismo), en latidos que suenan sin ruido en su cúpula invisible, en pulsos que se dibujan en su pizarra transparente sin que lo percibamos. ¿Pasa el tiempo por nosotros o pasamos nosotros por el tiempo? Cuando lo nombramos o lo leemos de parte del poeta caemos en la cuenta, otra vez, de que el tiempo es nuestro único, verdadero patrimonio: tiempo que se escurre, tiempo que se va sin que el poderoso sea capaz de detener: “se diluye en el infinito el rostro / del último jefe apache / y el tiempo / imperturbable / ni se inmuta ni se cosca / el tiempo no viaja a ninguna parte / domina / el cosmos / sus ojos traspasan las barreras / arquitectónicas de lo infinito / al tiempo por ahora / aún no han logrado privatizarlo”.
Un libro de versos es un compendio de claves, un sueño escrito; apurando: una declaración, un proyecto de expresión. Puede ser que montañas de folios llenos de ensoñaciones hayan sido recibidos por las carcajadas abiertas de las papeleras, pero otros han marcado camino. No es fácil mirar hacia dentro y verse, ni mirar hacia fuera y apreciar lo que hay. Vamos montados en el tiempo con la teoría del espejo retrovisor. Vemos lo que había, pero cuando ya ha pasado y no es gozable en su plenitud. El poeta confiesa que “entre las páginas de éste libro / se esconde un enjambre sospechoso / crecido y alimentado entre el marasmo / perturbador de las ciénagas / la aridez invertebrada de los barrones / y los frenéticos cantos de los alcaravanes / abocados a las nocturnidades del salitre / enjambre atrapado / en el tronco-vasija / de maguelera reseca) / defendido / de los intrusos por púas de tuneras / y arropado por el ramaje de las retamas / tremendamente provocador para los urbanitas / aguijón seductor dispuesto a clavar / al primer descuido el veneno de la rebeldía”.
Enrique Falcón ahonda en el prólogo cuando dice que “hay un tipo de poesía, que menudea en nuestro país, que todo lo que hace es predisponernos a la resignación. Existe otra, por el contrario, que jamás ha podido olvidar el sabor de la sangre. Ante las asesinas amenazas de la invasión en las marismas, las fracturas de la palabra vuelven radicalmente crítica la textura agrietada con que aquí se muestran la tierra y su lenguaje: es entre la llama y el silencio donde este proyecto de escritura —valientemente rebelde como pocos— se atreve a crecer con su veneno, y consigue resistir”.
Eladio Orta es una de las voces más originales que ha dado el verso en este sur; voz nacida en la marisma, crecida en las bajamares, convencida en los lubricanes; voz casi pájaro que sobrevuela este paisaje mágico; voz vigilante que sabe pintar con palabras a tiempo todos los tiempos: “Invierno: marionetas de trapo bailando en los tejados / la lluvia habla el lenguaje de los signos / (meterse en los huesos del frío / beberse las humedades del salitre / apostar por lo invisible / apostar por lo desconocido / diluvio de barriletes volando a la intemperie […] lo verde brota / el fuego aviva los distraimientos de la carne / detrás de los cristales es invierno y / los higochumbos se desangran en los vallados / […] el viento tristón y alocado / golpea la puerta / queriendo compartir la soledad / el vino / y el calor […] Otoño: “de la candela / para concebir el milagro / siempre tan optimista / metafórico de la hierba / recordando las clásicas redacciones escolares: qué / es el otoño / y reíamos / porque coincidíamos en / en otoño crece el follaje entre los árboles / las risas más atrevidas / rayaban lo prohibido sin adivinarlo: / la garrapiña ataca al pájaro cobarde / que duerme en la jaula […] los pájaros marismeños / mis otros yo / se declaran en huelga de cantos / los humanos le cortan el suministro alimenticio / la danza trágica entre el pájaro y el mosquito / permanecerá como anécdota modernista / mosquito: / insecto vanguardista llamado a desaparecer”.
Cierra Falcón diciendo que la voz de Eladio Orta, lejos de la resignación “se ha querido convertir en médium conforme más cava más allá de lo que a las palabras les es permitido decir [...] Pasto para el fuego, aguijón envenenado, traductor del médium, material de estiércol y llaga de la boca” son “cinco maneras para aproximarse a una práctica de la poesía decidídamente dispuesta a liberarse de los servilismos del lenguaje en un tiempo como el nuestro. Perturbador, abrupto y áspero, y al mismo tiempo familiar, tierno y totalmente reflexivo, el verso de Eladio Orta tiene su única patria en el incendio de las cosas y el mundo. Quizá en derrota, pero nunca —irreductiblemente, nunca— en doma”.
© Manuel Garrido Palacios