Carmen Ciria







Cuando participo por ahí en un acto literario suelo cerrar mi turno leyendo obras de gente de mi entorno a la que leo, a la que admiro. Así he compartido con diversos auditorios poemas de Juan Delgado, José Manuel de Lara, Manuel Moya, Abelardo Rodríguez, Jesús Arcensio, Odón Betanzos, Uberto Stabile y otros, sin que ellos lo supieran. Hablo de sitios a la mano como Calcuta, Nueva York, Dublín y otras cercanías.
Hace poco presenté en Paris la reedición de un libro mío y, según esta costumbre, leí poemas de Carmen Ciria, a la que Stabile tuvo el acierto de incluir en el libro Mujeres en su tinta. Antología de voces poéticas femeninas (Ed. La espiga dorada), voz con un universo ‘próximo y contemporáneo, lleno de ironía y sentido del humor, como refleja el magnífico poema Amantes glaseados’, que dedica a Simone Ortega y a sus recetas. He aquí el poema leído: ‘Se escogen los recuerdos más delicados y los momentos / de epifanía, y se les raspa la piel / con el filo de un cuchillo. / Se les quita toda la nostalgia y las palpitaciones / que aún provoquen y se lavan bien. / Si son recuerdos pequeños, cotidianos, / se dejan enteros, / si son grandes, llenos de pasión y alma, / se cortan en dos a lo largo. / Se meten en un cazo con el agua fría, la mantequilla, / el azúcar y la sal. / Se recorta un papel grueso, impregnado de ganas de librarse de ellos, / de confianza en el futuro, / y se mete dentro de la cacerola / tocando casi los sentimientos. / Se cuecen a fuego vivo / hasta que se haya consumado el dolor. / Cuando llega este momento / los recuerdos están a punto para ser olvidados. / Se sirven en fuente honda, acompañando al corazón / de la cocinera, salteado y con pimienta’.
Carmen Ciria publicó hace unos años Árbol de invierno (Arcibel Editores), libro que recoge una espléndida cosecha de versos y que se lee con el mismo placer que sus anteriores: Espacios y distancias, La Luz y el Unicornio, Es hora de la Fuga, etc. Sus versos de Carmen Ciria destilan Poesía con mayúscula, que se dice pronto y parece poco. La poeta ofrece una vez más una clara y recia obra de las que se leen y releen, de las que se recomiendan, de las que se memoran, de las que se comparten en eventos con el honor que merecen, lejos de la asfixia localista.
Se hurga en el alma para sacar lo que se puede; no lo que se quiere, que suele ser mucho o nada; es la diferencia esencial del jadeo humano por conseguir expresarse. ‘Un viento amatista pasó sobre la tierra / y ha sellado las fuentes de mi abismo’. El alma es un punto en el infinito que nadie sabe dónde está, pero está, ni qué es, pero es. Punto que desearíamos rozar, que nos ilumina: ‘Sólo beber la Luz; sólo beberla’. Hay quien cree que lo toca y no consigue más que plagiar algún triste tejer y destejer, quizás convencido de que el alma reside en la oreja, en el colmillo, en la barriga o tras la cortina del cuarto de baño. Frente a estas incertidumbres, aflora en contadas ocasiones, sin hacer ruido, una voz poética que trae en su obra el perfume del alma, que anuncia que está donde ‘se abre esplendorosa la campiña’ plena de latidos. Y se sabe que su expresión proviene de esa sede, única por la belleza, que encierra su equipaje de palabras tras haber capturado ‘un tiempo remoto que me aturde / y ya no sé / si es tomillo o marisma lo que huelo’. El lector entonces se reconforta y le comparte: ‘clareando mis murallas, / hermoseó mi alféizar con su obsequio’.
Quien crea belleza, sea con palabras, notas, colores o rayos, construye una sola obra. En el caso de Carmen Ciria, el material es el verso, del que nace el poema con vocación de perdurar en una voz, en un libro como Árbol de invierno. Dice Leonardo: ‘El punto se mueve y nace la línea; la línea se desplaza y nace el plano; el plano se eleva y nace el volumen; tus manos sacarán lo que lleve dentro…’.
Carmen Ciria supo, porque se lo dije, que el auditorio parisino aplaudió su poema, quiso que lo repitiera y me lo pidió para hacer copias. No es para explicar la emoción de ese aplauso en la capital de Europa dedicado a la obra de una colega lejana; aún más lejana en aquellos días, en los que ella estaba en América, quizás buscando ese punto crucial que es el alma, guardando sensaciones con las que ya mismo nos sorprenderá de nuevo con otra bella cosecha de poemas.

© Manuel Garrido Palacios